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Centralidad de la mirada
en Pedro Páramo

Pablo Lombó Mulliert[1]

En estas páginas expondré los apuntes que he ido tomando después de una serie de observaciones acerca de la narrativa de Juan Rulfo tamizadas por algunas ideas que proponen los estudios sensoriales, principalmente en el ámbito antropológico, que se han ocupado en las últimas décadas de analizar las maneras en las que “significados y valores sensoriales forman el modelo sensorial adoptado por una sociedad”, y según el cual “los miembros de esa sociedad ‘logran sentido’ del mundo, o pueden traducir las percepciones y conceptos sensoriales en una particular ‘visión del mundo’”[2]. Estas anotaciones no pretenden rastrear aspectos de la realidad histórica mexicana en los textos de Rulfo, sino tratar de comprender las formas en las que los personajes de la novela Pedro Páramo sienten la realidad figurada en la que existen, partiendo de la idea de que

el lenguaje no refleja una realidad basada en un mundo objetivo exterior, totalmente independiente de lo que la gente observa y percibe, sino todo lo contrario: el lenguaje refleja estructuras conceptuales basadas en la experiencia de las personas y en el conocimiento del mundo exterior que las rodea[3].

Una aproximación a la obra rulfiana semejante fue propuesta por José Pascual Buxó, para quien las voces que integran la novela Pedro Páramo, así como otros cuentos de El Llano en llamas, crean un “monólogo colectivo” en el que

cada uno de los participantes sigue el curso de su propio esfuerzo por hallar las correlaciones adecuadas entre las imágenes sensoriales que constituyen la materia de su conciencia y las imágenes verbales (las palabras) que podrán hacerlas patentes a la conciencia de los demás[4].

Buxó, sin embargo, concentró principalmente su atención en las imágenes eidéticas, “visualmente perceptibles y, al propio tiempo, cargadas de valoraciones subjetivas”, sobre las que se erige la

“visión ideológica del mundo” que subyace y condiciona –sustancial y formalmente– la ficción de Pedro Páramo, y gracias a la cual podemos aceptar sin sobresalto la conspicua presencia de un dogma escatológico –por no decir de una ahincada devoción popular– fundado en las doctrinas de la Iglesia católica acerca de las ánimas del purgatorio[5].

Tomando en cuenta las reflexiones de los estudios sensoriales, hay que partir de la diferenciación entre los sistemas sensoriales que se articulan alrededor de la novela de Rulfo, aunque compartan algunos rasgos y sean en cierta medida reconocibles por los lectores, puesto que “la experiencia sensorial está cultural y físicamente ordenada”[6]. El sistema sensorial de Rulfo mismo difería del de sus personajes, quienes, a su vez, no comparten por completo el sistema sensorial de los habitantes del Jalisco preindustrializado en los que se inspiran, ya que Rulfo no pretendía calcar o reflejar la realidad, sino convertirlos en “sujetos de su propia visión del mundo”, procurando

hacer descansar la configuración del objeto de la representación artística […] en la jerarquización y orquestación de las diferentes voces en el relato. Y, en esta orquestación jerarquizada, el narrador no aparece nunca como portador de una “verdad” superior a la de los personajes[7].

Esas “verdades” a las que se refiere la estudiosa pueden leerse también como el conocimiento que cada uno de los personajes aporta acerca de la realidad imaginada en la que existe, y que configuran el sentido de ese mosaico de “verdades” que es Comala. Cada uno de los lectores, al ir conociendo las visiones de la realidad de estos personajes, entramos en contacto con un mundo concebido a partir de sensibilidades sensoriales diferentes de la nuestra; entramos en contacto con un mundo que no puede ser percibido sino con la sensibilidad de los personajes que lo habitan, por lo que debemos, de alguna manera, aprender a sentir como lo hacen ellos para comprender el sentido que le dan a su realidad.

Figura 1. Sistemas sensoriales alrededor de Pédro Páramo

Por principio de cosas, los personajes de Pedro Páramo perciben sus existencias y construyen sus recuerdos a partir de esas experiencias sensoriales que involucran uno o más sentidos, y comparten ciertos conceptos sensoriales, es decir, apreciaciones sobre la realidad en la que viven surgidas de la experiencia corporal. La percepción de la temperatura del ambiente, por ejemplo, genera uno de esos conceptos sensoriales más básicos con los que se llena de sentido la realidad. Para la sociedad rural que convive en Comala, fuertemente regida por los ciclos de la naturaleza, la sensación de frescura se asocia con el germinar de la vida natural y, por lo tanto, con la prosperidad agrícola y las consecuentes estabilidad alimenticia y ganancias económicas[8]. Esta sensación positiva se extiende también a otros ámbitos de la existencia, como se puede ver en los recuerdos de Pedro Páramo, para el cual la felicidad de la infancia y la figura idealizada de Susana San Juan están rodeadas de frescura[9]. La sensación de calor sofocante, en cambio, en el extremo opuesto del espectro, se asocia con la sequía, la pobreza y la muerte.

Esta oposición que nace de la percepción de las diferentes temperaturas queda de manifiesto en las primeras páginas de la novela, cuando Juan Preciado llega a la Comala desierta, en “ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias”[10], y trata de conciliar la realidad que comienza a conocer mediante su experiencia con la Comala próspera que su madre, Dolores, le había descrito:

Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El olor de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada[11].

Puede aceptarse, escribió Buxó, que se conceda a la superposición adversativa entre la sensación de frescura y la del calor insoportable la expresión “de una antítesis escatológica: la del perdido paraíso maternal (la tierra sembradía cuya fragancia se evoca nostálgicamente)” para Juan Preciado o “las delicias infantiles” y “el primer amor varonil” para Pedro Páramo, y la del agobiante purgatorio o infierno, si se prefiere, erigido sobre la violencia del cacique[12].

El tacto normalmente se relaciona con el trabajo manual de la sociedad pobre de Comala (desgranar el maíz, moler chocolate, amansar potrillos, romper los terrones de los surcos, ligar la milpa…)[13] y con las relaciones o los deseos sexuales (Eduviges se “atrinchilla” al cuerpo de Pedro Páramo, y este “entrevera” sus piernas con las de ella; Inocencio Osorio, alias “Saltaperico”, pulsa y soba los cuerpos de las mujeres que acuden a verlo para provocarlas; y Anita, violada por Miguel Páramo, lo siente sobre su cuerpo haciendo “cosas malas” con ella[14]). En relación con los sentidos del gusto y del olfato, estrechamente relacionados entre sí, es notable observar que solamente los personajes que no nacieron en Comala son los únicos que perciben los sabores agrios de la fruta que crece en la región; todos los demás, al no conocer el contraste de otras tierras, perciben los sabores locales sin punto de comparación y no pueden asociarlos, como los que vienen de fuera, con el destino funesto de Comala. El padre Rentería recuerda en una conversación con el sacerdote de Contla el sabor de las guayabas, de los duraznos y de las mandarinas que comían cuando estudiaban en el seminario, para quejarse de que en Comala “solo crecen arrayanes y naranjos; naranjos y arrayanes agrios”[15], tal y como su existencia. Esta misma sensación desagradable es la que percibe Bartolomé San Juan al volver a Comala después de varias décadas:

Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana. […]. Aquí, en cambio, no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que este es un pueblo desdichado; untado todo de desdicha[16].

La eficacia de la explicación que da Bartolomé a su hija Susana sobre la idea que tiene de Comala descansa en la doble sinestesia que utiliza: la asociación del verbo “sentir” y del adjetivo “acedo” al adjetivo “amarillo” comienza a preparar el terreno para construir la segunda, pues el verbo “sentir” se refiere tanto a los sentidos del gusto y del olfato, como a los del tacto y de la vista, puesto que ese olor surge de una sustancia visible (“amarillo”) y tangible (“untado”), como un fruto en estado de putrefacción. Mediante el sentido del olfato y del gusto, los personajes de fuera, a diferencia de los demás, elaboran un concepto fuertemente negativo sobre Comala.

Todos los personajes, sin embargo, de la novela dan mayor importancia a la vista y al oído en sus experiencias sensoriales, y en la consecuente creación de significados sobre la realidad, dejando a los tres restantes sentidos casi relegados o en función complementaria para corroborar las ideas surgidas de la percepción visual o auditiva. Es curioso que dos de los títulos con los que Rulfo había pensado titular Pedro Páramo aludan precisamente a ellos: Una estrella junto a la luna, a la vista, y Los murmullos, al oído[17]. Los verbos y las palabras, pues, que se refieren a la acción de escuchar y a la acción de decir, complemento de la escucha, y a la acción de ver cuentan con muchas más apariciones en la novela de las que tienen los verbos y las palabras que se refieren al tacto, al olfato y al gusto. Esta preponderancia revela que el oído y la vista se configuran como medios predilectos para conocer e interpretar la realidad y, como parte de ella, a los demás. El lenguaje que utiliza Juan Preciado al narrar su experiencia es un muy buen ejemplo de ello, pues, como indicó Marta Portal, se trata de

un personaje desvaído; sin atributos físicos, sin rasgos de carácter, que no se autodefine, que no tiene antecedentes, que apenas existe para los otros… No actúa, no se rebela, ¿quién es? Casi nadie. Solo quiere ver, conocer, escuchar. Ha sentido ilusión y confiesa haber sentido miedo. Es el paradigma de la percepción, de la mirada, de la contemplación de un mundo extraño[18].

Esto es lo que dice Juan Preciado desde su sepultura al recordar su llegada a Comala:

Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: “Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma… Mi madre[19].

En la conciencia de Juan Preciado, a la realidad objetiva perceptible, se superponen los recuerdos de su madre, creando un fuerte contraste entre la prosperidad recordada y la aridez percibida. Con esta superposición entre la mirada del hijo tamizada por los recuerdos de la madre, comienza a anticiparse la conocida estructura de la novela, que presenta una marcada ruptura cronológica y la superposición de dos trayectorias narrativas diferentes[20]. Los ojos que su madre le dio, sin embargo, corresponden a una metáfora sinestésica de las palabras, puesto que Juan Preciado evidentemente no ve ni recuerda lo que vio y recordaba su madre, sino que recuerda las palabras con las que ella le describió, con una voz “secreta, casi apagada”, lo que ella recordaba haber percibido y, consecuentemente, la concepción que sobre esa realidad había configurado en su conciencia. De esta manera, en el entendimiento de Juan Preciado, se contraponen dos tiempos (la Comala del pasado y la del presente), dos percepciones sensoriales (lo que escuchó decir a su madre y lo que él mismo vio) y dos concepciones diferentes de esa realidad (la idea casi paradisíaca que recordaba la madre, y de la que surgieron las ilusiones que lo impulsaron a emprender su viaje, y la incomprensión de esa misteriosa realidad a la que ha llegado). Para los personajes de la novela, como se verá, estos dos sentidos, vista y oído, se asocian, evidentemente, con la percepción de la realidad objetiva, pero también con la contemplación casi obsesiva de la propia existencia.

Los verbos que se refieren a la percepción poseen una amplia gama de posibilidades sintácticas y una riqueza particular en cuanto a estructuras polisémicas. En muchas ocasiones, el verbo “ver” en la novela Pedro Páramo es utilizado como núcleo de perífrasis verbales con las que se matiza el significado mismo del verbo y que forman parte del acervo de metáforas sensoriales o metáforas conceptuales mediante las cuales logramos entender un dominio de experiencia en términos de otro. Un ejemplo de estas metáforas visuales presentes en la novela sería la frase “Le hice ver que aquello tenía posibilidades”[21], en donde el infinitivo deja de aludir a la percepción de la realidad física mediante la acción de la luz sobre los órganos visuales, para connotar determinada comprensión o interpretación del mundo[22]. Así, en la lengua que comparten los personajes de la novela (y gran parte de sus lectores), las perífrasis verbales “ir a ver” (“Voy a ver a mi padre”), “venir a ver” (“Yo le prometí que vendría a verlo”), “querer ver” (“Quería verte”), “volver a ver” (“Le ofrecí nombrarte administrador, con tal de volverte a ver”), etc., corresponden a la metaforización latina del frecuentativo del verbo “ver”: encontrarse o pasar tiempo con alguien. En ambos casos, lo que cuenta es el conocimiento o reconocimiento, mediante la mirada, de la realidad o del otro.

Gran parte de la crítica sobre la novela ha destacado la oralidad simulada, ficticia, con la que se relacionan sus personajes y mediante la cual refuerzan su pertenencia a la comunidad de Comala, por lo que el oído también cuenta con una función determinante en el ámbito de las relaciones sociales. El uso constante del diálogo entre los personajes que habitan tanto en Pedro Páramo como en los cuentos de El Llano en llamas remite a ese gesto sonoro “performativo”, mediante el cual “las voces hacen figura, saben de sí y, en el acto de simularse frente al otro, actúan y se autocaracterizan a partir de que toman la palabra en un aquí y ahora”[23], para que quienes los escuchan puedan sacar las propias conclusiones. Fulgor Sedano, por ejemplo, durante su primer encuentro con Pedro Páramo, cambia radicalmente la impresión que de él tenía tras escuchar sus palabras. Sin embargo, muchos de los personajes de la novela, como señaló Buxó, están inmersos en “una actividad egocéntrica en la que cada voz audible está laboriosamente entregada a la textura de un monólogo que es, paradójicamente, interiorizado y comunicativo”[24]. Es decir, comunican, sí, con los demás, mediante palabras pronunciadas, pero principalmente consigo mismos, de manera reflexiva, ofreciendo a los lectores mayores conocimientos sobre su interioridad y sobre la manera en la que perciben la realidad que habitan. Además de los diálogos o monólogos de los personajes, muchos gestos sonoros llenan de sonidos la novela y evocan “estados de ánimo, como sucede con los suspiros, los sollozos, los susurros, los gruñidos, los quejidos, los lamentos, los llantos y sus opuestos, las risas”, que no suelen ser signo de alegría, sino casi de lo contrario, “mostrando la otra cara de esa moneda, la del dolor y el hartazgo”[25].

Los sonidos de los elementos naturales o del ambiente, al ser percibidos por los personajes, también se llenan de significado e incluso de simbolismo. Juan Preciado, por ejemplo, contrapone la vitalidad de la cotidianidad de Sayula a la inerme soledad de Comala mediante la percepción auditiva:

Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol. Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer. Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer. Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías[26].

La descripción del primer paisaje se logra “a partir de sonidos incidentales” que, vinculados con la “descripción de la experiencia visual”, generan, “más que sinestesias, imágenes multisensoriales de gran fuerza”[27]. En cambio, en la segunda descripción de la atmósfera enrarecida que percibe en Comala, predomina la percepción auditiva, como si esa realidad estuviera solamente configurada a partir de sonidos. El espacio exterior de Sayula, asociado con la vida, es percibido, recordado y descrito entrelazando los sentidos de la vista y del oído; el espacio de Comala, asociado con la muerte, se percibe principalmente con el oído, pero se trata de un oído que percibe más allá de los sonidos, puesto que en Comala no se escucha nada de verdad; Juan Preciado afirma que todas las palabras que ha oído en el pueblo “no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños”[28].

En la novela de Juan Rulfo, la esfera o dimensión en la que existen los muertos forma parte de la realidad, y algunos personajes, principalmente femeninos, la perciben mediante sus sentidos, por lo que se puede corroborar la afirmación de diferentes antropólogos acerca de la diferenciación sensorial en razón del género y la atribución a lo masculino o a lo femenino de determinadas capacidades sensoriales y, por ende, de determinados roles sociales[29]. En el sistema sensorial del universo rulfiano, y no solo en él, se adjudica a la feminidad la capacidad de percibir con los sentidos esa esfera de lo sobrenatural. El caso de Eduviges Diada es paradigmático, pues se trata del único personaje que posee un “sexto sentido” con el cual puede percibir (ver y escuchar) a los muertos. No con las mismas capacidades de Eduviges, pero con una aguda sensibilidad, parecería que la madre de Gamaliel Villalpando, propietaria del expendio de alcohol de Comala, percibe también cuando la muerte llega al pueblo, pues afirma al enterarse de la defunción de un personaje: “… con razón me olió a muerto. Fíjate que hasta yo le dije al Gamaliel: ‘Me huele a que alguien se murió en el pueblo’”[30]. Se puede entender el verbo “oler” de la primera de las frases en sentido literal, aludiendo a la percepción olfativa (“Percibí el olor particular que percibo cuando muere alguien”), y el de la segunda frase en sentido metafórico (“Me parece que alguien se ha muerto”). Otras dos mujeres perciben la presencia de un muerto con los sentidos, pero se trata de un muerto familiar, que, en cierto sentido, se va a despedir de ellas. Antes de descubrir que Bartolomé San Juan había muerto en las minas de la Andrómeda, su hija, Susana, y la nana lo advierten a su alrededor; la primera siente un peso en la cama que se le va acercando y trata de encontrarle la cara[31]; la segunda siente sobre su hombro el peso de una mano, aunque no haya nadie a su lado, y escucha primero una respiración y después una voz “en secreto” que le dice: “Vete de aquí, Justina. Arregla tus enseres y vete. Ya no te necesitamos”[32].

Una de las peculiaridades más evidentes de Pedro Páramo es que, en el presente de la narración, todos los personajes que la habitan están muertos: los vivos que aparecen dentro del espacio narrativo en el que se describe la cotidianeidad de la vida en Comala fallecieron mucho tiempo antes de que Juan Preciado llegara al pueblo, y quienes habitan ese espacio después de su llegada podrían ser definidos como las almas de esos mismos personajes. Debido a este aspecto fantástico[33], se entrelazan la experiencia que de la muerte y de los muertos hacen los personajes vivos mediante la percepción sensorial (como en los casos de Eduviges, Susana y Justina) y la experiencia que de la realidad hacen los personajes muertos mediante una suerte de percepción no corporal, puesto que sus cuerpos, sus cadáveres, sus osamentas se encuentran enterrados y sin la posibilidad de utilizar las más sencillas funciones del sistema nervioso, pero en sus conciencias, en los parlamentos que expresan, asocian lo que perciben con las categorías lingüísticas que utilizaban en vida para referirse a las capacidades de los sentidos. Las almas que deambulan por Comala ven sin ojos, pero utilizan el verbo “ver” (“No, hijo, no te veo”, le dice a Juan Preciado su madre muerta[34]); oyen sin oídos, y lo que oyen no tiene sonido; los muertos enterrados debajo de Comala sienten la humedad sin los receptores del tacto, la sienten directamente en el fosfato cálcico de sus huesos (“Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”[35]). Los personajes muertos de la novela se concentran con sus palabras, ya en los diálogos que entablan con los demás muertos, ya en los monólogos que pronuncian, en la percepción que recuerdan haber tenido de la vida, durante ese presente sin tiempo que es la muerte. La vida, pues, en Comala se ve y se escucha, se siente, se olfatea y se saborea. La muerte, en cambio, se reduce al contrapunto entre el silencio y el sonido, a puros ecos y murmullos del pasado.

Los personajes muertos perciben fragmentariamente la realidad en la que existen (tal vez no haya otra forma de percibirla) y tan incesantemente recuerdan la realidad que habitaron cuando estaban vivos, que parecerían incluso volver a vivir lo ya vivido con sus pensamientos desde la muerte:

Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos para dormir. Entonces yo dormía a su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo de sus brazos. Creo sentir todavía el golpe pausado de su respiración; las palpitaciones y suspiros con que ella arrullaba mi sueño… Creo sentir la pena de su muerte… Pero esto es falso. Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada solo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta[36].

A los muertos de Comala, parecería interesarles, más que su existencia en la muerte o llegar a comprender su estado, rememorar la vida, volver a sentirla en sus recuerdos, volver a imaginarla, a mirarla, y también enterarse de las vidas que recuerdan los demás muertos y tratar de imaginarlas. Es por ello por lo que hablar de la centralidad de la mirada en Pedro Páramo, frente a la centralidad del oído y de los demás sentidos, equivale a afirmar la centralidad de la vida.


  1. Università degli Studi di Torino.
  2. Constance Classen, David Howes y Anthony Synnott, Aroma: The cultural history of smell, Londres, Routledge, 1994, p. 402 (la traducción es mía).
  3. Iraide Ibarretxe-Antuñano, “Vision Metaphors for the Intellect: Are They Really Cross-Linguistic?”, en Atlantis, vol. 30, n.º 1, junio de 2008, p. 18 (la traducción es mía).
  4. José Pascual Buxó, Construcción y sentido de la realidad simbólica. Cervantes, Rulfo y García Márquez, México, UNAM-DGE Equilibrista, 2015, pp. 162-163. Gran parte de los lectores críticos de la obra de Rulfo se ha concentrado principalmente en dos grandes áreas de estudio: la relación que guarda su narrativa ya con la realidad histórica mexicana, su contexto social concreto, ya con la reelaboración de arquetipos míticos, y las formas con las que Rulfo creó determinadas estructuras narrativas y estilos para que sus personajes expresaran su visión del mundo. Poco se ha dicho, me parece, acerca de la importancia que tienen los sentidos de los personajes en la configuración de esa realidad literaria. En un artículo de 1993, Armand F. Baker expuso su interpretación acerca del significado (simbolismo) de las imágenes acuáticas de Pedro Páramo (“Water-imagery and the theme of disillusion in Pedro Páramo”, en Hispanic Journal, vol. 14, n.º 2, otoño de 1993, pp. 49-60), y Carmina Alejandra García Serrano publicó el año pasado un artículo en el que analiza la connotación fuertemente negativa que nace de la percepción del aguacero y del río desbordado en el cuento “Es que somos muy pobres” (“La percepción del agua en el cuento ‘Es que somos muy pobres’ de Juan Rulfo”, en Revista Iberoamericana de Ciencias Sociales y Humanísticas, vol. 10, n.º 19, enero de 2021, pp. 133-157).
  5. José Pascual Buxó, op. cit., p. 194.
  6. David Howes, “El creciente campo de los Estudios Sensoriales”, Rafael Andrés Sánchez (trad.), en Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad, vol. 15, n.º 6, agosto-noviembre de 2014, p. 17.
  7. Françoise Perus, “Camino de la vida: ‘Nos han dado la tierra’ de Juan Rulfo”, en Revista Iberoamericana, vol. LXIX, n.º 204, julio-septiembre de 2003, p. 578.
  8. “Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos. Sus ojos pequeños se alegraron. Dio hasta tres bocanadas de aquel olor y sonrió hasta enseñar los dientes. ‘¡Vaya! –dijo–. Otro buen año se nos echa encima…’”, Juan Rulfo, Pedro Páramo, José Carlos González-Boixo (ed.), Madrid, Cátedra, 1983, p. 121 (todas las citas proceden de esta edición, en adelante PP). En su análisis sobre las imágenes acuáticas en PP, Armand F. Baker encuentra que la imagen del agua desbordada de este pasaje refleja en cierta medida la expansión del poder y de los abusos con los que Pedro Páramo somete a los habitantes de Comala.
  9. “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento […]. El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría en los dedos detrás del viento”, PP, p. 74. Armand F. Baker indica: “Contrary to what we will see in the latter part of the novel, the rain at this time is a positive force which is associated with a state of abundance, as well as a feeling of joy and satisfaction” (p. 52); ver nota 3.
  10. PP, p. 66.
  11. PP, p. 80.
  12. “De hecho”, afirma Luz Aurora Pimentel, “podrían proponerse tres grandes espacios que organizan el relato y que son capaces de articular significaciones de tipo simbólico: 1) el espacio ideal, fértil y amable de Comala, situado en un pasado remoto, casi mítico; 2) el aquí y el ahora de una Comala árida convertida en el páramo que apellida significativamente al cacique responsable de su destrucción; 3) los espacios intermedios del pasado real de Comala como imágenes fragmentarias de una gradual destrucción de la naturaleza y de toda relación armoniosa entre el ser humano y su entorno” (“Paraíso perdido: Pedro Páramo y los espacios de la añoranza”, en Yvette Jiménez de Báez y Luz Elena Gutiérrez de Velasco (eds.), Pedro Páramo: diálogos en contrapunto [1955-2005], México, El Colegio de México, 2005, p. 48).
  13. “En cuanto a la clase social, la usual asociación de las clases más bajas con el trabajo manual es reveladora. Los trabajadores, de hecho, son referenciados simplemente como ‘mano de obra’, un término que redujo su ser social a un solo sentido. […]. Mientras tanto, los niveles más altos de la sociedad británica [léase occidental] se distinguían por su visibilidad, así como el supuesto ‘gusto’ refinado y exigente que tenían por la música, la pintura, la literatura, etc.” (David Howes, op. cit., p. 18).
  14. PP, pp. 88-89.
  15. PP, pp. 130.
  16. PP, p. 140.
  17. “Antes de Pedro Páramo, Rulfo consideró apropiados varios títulos: Los desiertos de la tierra (cercano al definitivo), Los murmullos (que alude a la culpa colectiva); Una estrella junto a la luna (que indica la unión trascendente de la madre y el hijo)”, Ivette Jiménez de Báez, “Juan Rulfo: escritor y escritura”, en Rafael Olea y Laura Angélica de la Torre (eds.), Doscientos años de narrativa mexicana (Siglo xx), México, El Colegio de México, 2010, p. 183.
  18. Marta Portal, “Naturaleza y función de lo fantástico en Pedro Páramo”, en Revista de la Universidad de México, n.º 446, marzo de 1988, p. 22.
  19. PP, p. 66.
  20. La estructura narrativa de Pedro Páramo ha sido analizada por diferentes críticos, principalmente por José Carlos González Boixo (Claves narrativas de Juan Rulfo, León, Universidad, 1984).
  21. PP, p. 140.
  22. “In Cognitive Linguistics literature, the link between vision and cognition has been generally accepted as one of the most consistently universal mappings in this domain. […]. As suggested by several anthropologists, to take for granted that vision is the perceptual modality universally linked to the intellect is the direct consequence of an omnipresent Western perspective that somehow ‘pollutes’ conceptual reality in the domain of perception. Howes (1991), Ong (1991) and Tyler (1984), among others, have already warned us against this ethnocentrism (see also Palmer 2003). Nowadays, it is undeniable that vision occupies a salient position in our conceptualisation of the intellect, but this saliency is not shared by all cultures or even present in older stages in the Indo-European culture”, Iraide Ibarretxe-Antuñano, op. cit., pp. 24-26.
  23. Susana González Aktories, “Pedro Páramo: los rumores del sonido”, en Yvette Jiménez de Báez y Luz Elena Gutiérrez de Velasco (eds.), Pedro Páramo: diálogos en contrapunto (1955-2005), México, El Colegio de México, 2005, p. 384.
  24. José Pascual Buxó, op. cit., p. 37.
  25. Susana González Aktories, op. cit., p. 387 y n.º 11.
  26. PP, p. 69.
  27. Susana González Aktories, op. cit., p. 399.
  28. PP, p. 107.
  29. “Por ejemplo, la tradicional asociación que en Occidente se hace del sexo masculino con los ‘mejores’ sentidos –la vista y el oído– apoyó la idea de que los hombres están naturalmente mejor equipados para actividades como explorar, juzgar, estudiar o escribir; mientras que la asociación del sexo femenino con los sentidos del olfato, el gusto y el tacto, relegó a las mujeres al hogar, haciéndolas señoras de la cocina, del cuarto de los niños y del dormitorio. Tal fue el poder de esta categorización que aquellas mujeres que desafiaron la división sensorial del trabajo (por ejemplo, mediante la escritura o la pintura, en vez de cocinar y coser) enfrentaron una considerable deshonra social hasta bien entrado el siglo XX” (David Howes, op. cit., p. 189).
  30. PP, p. 174.
  31. PP, p. 146.
  32. PP, p. 144.
  33. La “metafísica” rulfiana, anota Marta Portal, “es la manifestación de la concepción religiosa de la posmuerte tal como la siente el pueblo mexicano. Esa concepción cristiana del comportamiento de las almas después de la muerte, puesto que deriva de un sistema filosófico de creencias […] podemos clasificarla –dentro de la temática de lo fantástico– como de sobrenatural verosímil –lo será para el creyente–, sistematizado por la Iglesia y fuertemente deformado por una tradición fanática” (op. cit., p. 20).
  34. PP, p. 116.
  35. PP, p. 136.
  36. PP, p. 133.


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