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Cuerpo y espacios
desde una ceguedad ilustrada

Concepción Reverte Bernal[1]

En las modalidades de análisis crítico que tienen en cuenta la materialidad de “escribir desde el cuerpo”, una de ellas es la que tiene en consideración la discapacidad o los disability studies, usando la expresión en inglés[2]. A lo largo del siglo XX hasta el presente, ya en la segunda década del siglo XXI, ha ido creciendo el interés por mostrar diferentes tipos de discapacidad para concienciarnos sobre este asunto, y en España contamos con una organización social muy poderosa, la ONCE, que surgió para atender a las personas con problemas visuales. Para este Congreso me centraré en la discapacidad visual, lo que me ha permitido actualizar lo que sé sobre un curioso escritor peruano del siglo XVIII.

1. Castillo y la crítica

Podemos decir actualmente que fray Francisco del Castillo, apodado en sus días “el ciego de la Merced” (Lima, 1716-1770), es uno de los autores que destacan en la literatura hispanoamericana del siglo XVIII y, por consiguiente, en la literatura colonial peruana. Castillo, que alcanzó notoriedad en el Perú hasta ser alabado a su muerte con la “Disertación sobre la ceguedad ilustrada”, publicada en el Mercurio Peruano por el sabio Ignacio de Castro (1791), dejó la mayor parte de sus obras inéditas, lo que motivó su olvido, convirtiéndose con el paso del tiempo en un personaje legendario, recordado, sobre todo, por su habilidad como repentista. Así lo representaba Ricardo Palma en sus célebres Tradiciones Peruanas. Como es sabido Palma, que era ante todo un creador, aderezaba la historia en el género que le dio renombre y, aunque el punto de partida de sus tradiciones pudiesen ser documentos manejados por él mientras fue, por ejemplo, director de la Biblioteca Nacional del Perú, hoy resulta difícil discernir los límites entre lo real y lo imaginado de lo que cuenta[3]. Ya en el siglo XX, Castillo es objeto de atención de importantes historiadores peruanos. Las primeras ediciones modernas de obras de Castillo las realiza el jesuita Rubén Vargas Ugarte, en De nuestro antiguo teatro (1943) y, sobre todo, en el segundo volumen de la colección “Clásicos Peruanos”, de Obras de fray Francisco del Castillo (1948). Discípulo del anterior fue Guillermo Lohmann Villena, quien estudió en su tesis doctoral el teatro colonial peruano, convertida en el libro El Arte Dramático en Lima durante el Virreinato (1945), donde destina un capítulo al ciego de la Merced y realiza su semblanza histórica. Al mercedario Severo Aparicio se debe el descubrimiento y comentario de un conjunto de obras de Castillo (1961) y un artículo posterior donde repasa su biografía (2008). Dieron noticia de los primeros estudios sobre Castillo importantes críticos literarios, como los peruanos Luis Alberto Sánchez, Augusto Tamayo Vargas y el cubano José Juan Arrom.

El editor guatemalteco afincado en Perú Carlos Milla Batres, preparó, bajo la dirección del P. Vargas Ugarte, su tesis doctoral Vida y obras literaria édita e inédita del ciego de la Merced: Fray Francisco del Castillo Andraca y Tamayo (1976), que no llegó a publicar. En ella Milla Batres hace un excelente estado de la cuestión sobre Castillo, aportando datos nuevos para su biografía y la localización de sus textos, así como la transcripción de parte de sus obras. Gracias a la generosidad de los citados Lohmann Villena, Aparicio y Milla Batres pude llevar a cabo hace muchos años mi tesis doctoral El teatro de Fr. Francisco del Castillo (“el Ciego de la Merced”) (1983), dirigida por el especialista en Siglos de Oro Jesús Cañedo Fernández. De esa tesis derivaron dos libros: Aproximación crítica a un dramaturgo virreinal peruano: Fr. Francisco del Castillo (“el Ciego de la Merced”) (Reverte, 1985), estudio literario de su teatro, y El teatro de Fr. Francisco del Castillo (“el Ciego de la Merced”) (Reverte, 1988), edición crítica de sus obras dramáticas, publicada en microfichas.

Para la difusión académica posterior de las obras de Castillo, me parece particularmente relevante su inclusión en estudios históricos y literarios significativos, como han sido los de Donoso (1963), Suárez Radillo (1981) o Flores Galindo (1984); los artículos que le dedican desde los Estados Unidos los expertos en literatura colonial peruana Daniel R. Reedy (1987) y Raquel Chang-Rodríguez (1992, 1996, 1999); su incorporación como autor en manuales de historia literaria hispanoamericana de prestigio, como los preparados por Goic (1988), Oviedo (1995), González Echevarría y Pupo-Walker (1996, en inglés, y 2006, en español). Para su divulgación, aunque muy poco académica por la manera en que edita las obras de Castillo sin, por ejemplo, citar sus fuentes, ha tenido eco la edición de la llamada Obra Completa de Fray Francisco del Castillo, preparada por el abogado peruano César A. Debarbieri (1996); en este sentido también resulta relevante que el escritor y profesor peruano Ricardo Silva-Santisteban recogiera Todo el ingenio lo allana de Castillo, en su Antología General del Teatro Peruano (2000).

Dado que el Ciego de la Merced es actualmente un escritor que suscita interés, a diferencia de lo que ocurría hace cuarenta años, es frecuente encontrar que sus obras son objeto de estudio en simposios, comunicaciones en congresos o artículos de revistas especializadas. Entre sus obras, la que parece haber captado mayor atención es su comedia histórica La conquista del Perú, tanto por el asunto que trata como por las contradicciones de pensamiento que revela (por ejemplo, Chang-Rodríguez, en los artículos citados, o García-Bedoya 2008). Además del trabajo mencionado de Aparicio (2008), como aportaciones recientes que sobresalen, quiero subrayar la tesis doctoral del profesor Félix S. Vásquez (2000), que fue dirigida por el Prof. Reedy, de la que extrajo Vásquez varios artículos (2005, 2006), los trabajos de la profesora de Filología Griega Pilar Hualde Pascual (2007, 2009), que demuestran la sólida formación en estudios clásicos de Castillo, un artículo del profesor Javier de Navascués (2009) y los más recientes de los profesores peruanos Martina Vinatea (2020) o Eduardo Hopkins (2016, 2021).

2. Datos biográficos

Francisco de Paula del Castillo y Tamayo nació en Lima, el 2 de abril de 1716. Su partida de bautismo fue encontrada por Lohmann Villena, zanjando discusiones sobre la fecha y lugar de su nacimiento[4]. Como indicó Aparicio (2008), ya en ese acto, que tuvo lugar en la parroquia de San Marcelo, se advertía la elevada posición de sus padres, por las personas que los acompañaron. Castillo era hijo legítimo de don Luis del Castillo y Andraca, español oriundo de la localidad catalana de su segundo apellido, y de doña Jordana Tamayo de Salazar, limeña de notoria hidalguía.

Consta que su padre, don Luis, residía en Lima en 1701 y que se le había concedido el corregimiento de la rica ciudad de Saña o Zaña, donde vivió ejerciendo dicho cargo entre 1718 y 1720, hasta la destrucción de la ciudad por ataques de piratas y el desbordamiento del río. Don Luis se trasladó entonces a Lambayeque y de allí a Lima en 1728, donde fallecería cinco años más tarde. Durante sus estancias en Lima, don Luis trató a personalidades del mundo cultural peruano, que corresponden a la generación literaria anterior a nuestro autor, que es la que participa en las tertulias al estilo francés de Manuel de Oms y Santa Pau, marqués de Castel-dos-rius, quien gobernó el virreinato entre 1707 y 1710. A esa generación pertenecían el sabio peruano Pedro de Peralta Barnuevo, Pedro José Bermúdez de la Torre y Solier o Luis Antonio de Oviedo y Herrera, Conde de la Granja, con quienes tuvo trato el padre del ciego. Don Luis era además dueño de una imprenta situada en el Portal de los escribanos, para la que se había concedido, en 1712, la facultad privativa por veinte años de imprimir las cartillas de primeras letras y papeles de convites, con la condición de entregar un canon de dinero a la Casa de los niños expósitos, lo cual era un excelente negocio.

El mote de “el ciego de la Merced”, con que se hizo célebre Castillo, se debe en primer término a su discapacidad visual, acaecida en sus primeros meses o años, pero que, según Ignacio de Castro, quien había oído hablar mucho de él, pero no lo llegó a conocer, no era una incapacidad total sino una extremada miopía o lipitud. Tal como ha repetido la crítica[5] y como veremos, el propio Castillo hace constantes alusiones a esa falta de vista en sus obras, contraponiendo su ceguera física a la ceguera moral de sus contemporáneos, en un uso retórico de dicho impedimento. La gran inteligencia de Castillo y su asombrosa capacidad para aprender superando su defecto físico es ponderada, como indica Castro, en su elogio póstumo (1791, pp.213-214), resaltando sus dotes como poeta, dramaturgo, músico y repentista. Castro resalta asimismo su gran memoria, compensación intelectual atribuida a otros ciegos con los que lo compara; piénsese, por ej., ahora en Jorge Luis Borges. El propio Castillo se describe a sí mismo en su poesía improvisando al compás de una vihuela. Si es verdad que Castillo se valía de esas cualidades para entretener a sus conciudadanos de acuerdo con las costumbres de ocio de la clase alta limeña, lo cual consideraba Castro un desperdicio de su talento, al estudiar en profundidad sus obras advertimos que poseía también un conocimiento sobresaliente de las letras españolas, el latín y el griego (Reverte y Hualde).

Mientras vivieron sus padres velaron por él y por su educación, pero al quedar huérfano de ambos en 1733, a los 17 años, para evitar que quedase desamparado, fue llevado al convento de la Merced de Lima, donde fue admitido como hermano lego contando con su ceguera[6], bajo la condición de ceder todos sus bienes al convento, en particular el usufructo de la imprenta familiar. Sea cual fuese la mayor o menor inclinación religiosa de Castillo al entrar al convento, el hecho es que junto a obras suyas que se relacionan con una vida mundana, deja otras que reflejan una piedad honda y sincera, como su auto sacramental Guerra es la vida del hombre o su extenso poema a “La Pasión y Muerte de Nuestro Redentor y Señor Jesucristo según los cuatro evangelistas”. Como al profesar Castillo se reservó ciertas prerrogativas contraviniendo lo pactado, entre ellas la reserva para sí de su imprenta, el Capítulo provincial de la orden mercedaria de Lima, reunido en 1738, dispuso la anulación de la profesión de Castillo, hecho que se solucionaría, puesto que Castillo pudo profesar, tal como aparece en documentos posteriores, falleciendo dentro de la orden. Para entender algunos aspectos de la vida religiosa del ciego y de su entorno histórico evitando burdos anacronismos, hay que atender a lo que explica el historiador mercedario Severo Aparicio (2008), quien rastreó la documentación conservada de la época, dentro y fuera del convento de la Merced de Lima, siendo preciso considerar el despojo que sufrió la biblioteca del convento durante la Independencia[7]. Aparicio resalta la comprensión con que trató la orden mercedaria al ciego y cómo atendió a su formación, dadas las extraordinarias facultades intelectuales que poseía. Aparicio piensa que Castillo debió de asistir al Colegio de S. Pedro Nolasco, prestigiosa casa de formación de la Provincia de Lima[8], y dentro del convento dispuso de un amanuense para escribir sus obras.

Paralelamente a su vida conventual, Castillo tuvo una intensa vida social que lo llevó a estar atento a lo que sucedía en Lima, cuyas calles recorría con un lazarillo, según reflejan su serie de romances costumbristas limeños y otros poemas (Vásquez), y donde se muestra a sí mismo improvisando con su guitarra y como un aficionado a los toros. Esta vertiente popular se conjuga con otra aristocrática y culta, propia de quien se sentía orgulloso de su origen y poseía los prejuicios propios de su casta y de su clase social, tal como advirtieron los historiadores Vargas Ugarte (Obras de Castillo, 1948, XXIX) y Flores Galindo (1984). La imagen más desvergonzada del ciego que ofrecía Palma en sus Tradiciones parece carecer de base real y los poemas que le atribuye no se puede decir a ciencia cierta que procedan de él; es más, Aparicio (2008) refería cómo algunos de los poemas recogidos por Palma se asignaban en Chile a otros autores. Sin embargo, su afición a las fiestas y dotes improvisadoras, relacionadas con algunos de sus poemas y que mencionan Castro y el escritor satírico limeño inmediatamente posterior José Joaquín de Larriva y Ruiz (1780-1832)[9], resultan acordes con cierto clima de relajamiento moral en la Lima contemporánea. Como advertirá el lector de sus obras y he comentado anteriormente en algunos trabajos, Castillo fue un hombre de pensamiento conservador, afín a su estado, pero revela un conocimiento de las novedades coetáneas, manifestando su rechazo a las nuevas ideas enciclopedistas, que se abren paso en la segunda mitad del siglo XVIII preparando el camino a la Independencia.

Sus textos nombran hechos y personajes destacados del momento, en el caso de estos últimos, por amistad o buscando la aprobación y el mecenazgo en su poesía de homenaje. Dentro de las personalidades a las que se dirige sobresale el asesor del virrey Amat en Perú, José Perfecto de Salas, cuya biografía elaboró el historiador chileno Ricardo Donoso en el libro Un letrado del Siglo XVIII, el Doctor José Perfecto de Salas (1963), incluyendo en ella unas páginas dedicadas a su relación con el ciego (220-225); libro al que se añade algún dato en bibliografía posterior (ej., Ramírez Rivera 2000). Como es sabido, las reformas ilustradas de Amat, en seguimiento de la política de Carlos III, con mejoras urbanas y administrativas, la ejecución de la expulsión de los jesuitas en 1767, sus escándalos con varias mujeres, el más famoso con la actriz apodada la Perricholi, y las acusaciones de venalidad, les valieron a él y a su asesor la animadversión de la clase alta peruana, la cual dirigiría contra ambos el Drama de los palanganas veterano y bisoño (1776) (Reverte 2021). Para completar la biografía de Castillo hay que añadir que en algunos estudios sobre la historia del periodismo peruano el ciego es mencionado como uno de sus primeros representantes, vinculado a la redacción de la Gaceta de Lima.

Castillo murió en el convento de la Merced de Lima en noviembre de 1770, noticia que publica la Gaceta de Lima el 27 de enero de 1771 y que corroboran las listas de mercedarios fallecidos en el período consultadas por Guillermo Lohmann Villena (1945) y por Severo Aparicio (2008). La nota necrológica de ese periódico declara la consternación general que produjo su muerte, ya que en vida “dio pábulo a la común admiración” (véanse Lohmann, Aparicio y Reverte 1985).

3. Un poeta ciego deambula por diversos espacios de la capital del virreinato del Perú

Para presentar a Castillo como el poeta ciego que es, recuerdo que, como he referido, le pusieron en el convento a un amanuense y salía a la calle acompañado por un lazarillo. Como poeta cabe calificarlo como un poeta de transición del pleno Barroco al Neoclasicismo, es decir, un poeta que encaja dentro de lo que sería la estética del llamado (no sin ciertas discrepancias) estilo Rococó, tal como expliqué en un trabajo publicado en la revista Edad de Oro (2010). Este hecho pudo generar el desdén con que lo trata el investigador peruano Pedro Lasarte, al hablar de la poesía satírica colonial en la Historia de las literaturas en el Perú (2017), ya que Lasarte había trabajado anteriormente a Mateo Rosas de Oquendo y a Juan del Valle Caviedes. De hecho, el convento de la Merced de Lima, donde residió la mayor parte de su vida Francisco del Castillo, es considerado un ejemplo sobresaliente de la arquitectura rococó en el Perú.

Castillo dejó escrita mucha poesía de homenaje, pero también poemas de otro tipo. Los espacios físicos predominantes en su poesía son las calles del centro de Lima, el coso taurino adonde acudiría el ciego (recordemos que el virrey Amat construyó la famosa Plaza de Acho de Lima), un corral de comedias o coliseo en el que piensa cuando escribe su teatro y casas de gente noble o acomodada, como la de su mecenas, el asesor José Perfecto de Salas. En todo momento Castillo se siente un integrante de la clase alta peruana, rechazando a los que considera inferiores, como a indígenas de clase humilde, cholos o negros, con la variedad de mestizajes de las denominadas castas en el Perú. Trata, sin embargo, con deferencia a la nobleza indígena, como expresan su comedia La conquista del Perú, con su correspondiente Loa.

Para mostrar ejemplos de su talante poético asociados a su ceguera citaré en esta comunicación unos pocos pasajes de sus romances costumbristas, recogidos por el Padre Rubén Vargas Ugarte en el volumen de Obras del ciego por el que cito (Lima, Editorial Studium, 1948). Dichos poemas sirvieron de ejemplo al historiador Alberto Flores Galindo hace años (1984) para manifestar las tensiones entre las castas en la capital del virreinato del Perú, destacando la alta proporción de esclavos en la población. Cinco de esos poemas han sido cuidadosamente anotados posteriormente por Martina Vinatea (2020), proponiéndolos como una muestra de “Romances de negros” en el Perú.

En general, en su poesía y teatro, Castillo hace alusiones a su falta de vista, que suple con otros sentidos como el oído, con una agudeza auditiva con la que dice atender a las conversaciones de los habitantes de Lima. Él es consciente de que deambula “a tientas”, valiéndose por el sentido del tacto[10], pero, como se sabe inteligente y culto, con frecuencia contrapone la ceguera física a la ceguera moral. En ocasiones se le escapan algunas pullas contra los ilustrados, como hombre conservador que es. También subraya la paradoja de que un hombre ciego como él, sea capaz de ver más, en el aspecto moral, de lo que son capaces de captar quienes gozan de plenitud visual.

Su primer romance costumbrista, que carece de título (pp. 5-11), empieza así:

A referir voy un caso,

con admiración y pena,

y su gravedad consiste

solo en su ridiculeza […]

Y siendo mi obligación

hacer que el error se vea,

por si su enmienda se logra […].

Cierto día, para todos,

y para mí noche negra,

caminaba como siempre

tengo de costumbre, a tientas,

de la plaza mayor iba,

con la luz del que me lleva,

a la calle, a quien la fama,
de Mercaderes vocea.

Estando así Castillo oye un gran ruido, según dice “dándole la aprensión/ lo que la vista le niega”, por lo que pregunta a su lazarillo la causa. Así se entera de que el estruendo se debe a que el paso de los carruajes está cortado por el diálogo con el que se entretienen dos negros cocheros, lo cual impide avanzar. El romance concluye con este comentario del ciego:

Todos los señores paran

y están con la boca abierta,

pero no para mandar

castigar tal desvergüenza.

Entonces no pude más

y brotando ardiente un Etna,

calla, le dije, a mi guía,

no añada tu voz más leña,

sigue tu viaje, que yo

me hallo bien con mi ceguera,

por quien ve tales cosas

aún más de cólera ciega.

Y si había de tener vista

en una ciudad como esta,

para ver de tal canalla

dominada a la nobleza,

mejor es no tener ojos,

porque, cerrada la puerta,

no se perturbe la mente
con especies tan horrendas.

En el segundo romance costumbrista “Conversación de dos mulas y un caballo en la Plaza Mayor de Lima” (pp. 12-21), no sale a relucir la ceguera de Castillo, pero sí sus prejuicios raciales, pues se supone que escucha y entiende el diálogo sobre los trabajos de dos mulas, cuyo nombre acaba asimilando al de “mulatas”, y el desempeño más cómodo del caballo, que sirve a un cobrador.

El tercer romance costumbrista, “Conversación de dos escribanos receptores” (pp. 22-33) vuelve a iniciarse con el tema de su ceguera:

Caminaba, como suelo,

a tientas, mas con oído

(que en este sentido alcanzo

parte de lo que no miro)

Ahora su lazarillo lo deja en el Portal de los escribanos, donde, según afirma, “me hizo ver sin ojos/ lo que los linces no han visto”. Su agudeza auditiva lo hace ser “testigo” en contra de lo que comentan los escribanos, mostrando su corrupción, charla que lo mantiene “embelesado” hasta que acude a recogerlo su lazarillo.

El romance 4º, “Conversación de unas negras en la calle de los Borricos” (pp. 34-45), se supone que es el diálogo que ha podido oír Castillo sobre los callejones en los que vive la población africana de Lima, los cuales son considerados lugares que conducen al infierno y cuyo ambiente se traslada al interior de las casas cuando entran en ellas los afroperuanos faltos de vigilancia.

En el romance 5º: “Conversación de un negro, mayordomo de chacra, con un indio, alcalde de los camaroneros, en la calle de los Borricos” (pp. 46-57), hablantes que se llaman respectivamente Miguel Torres y Nicolás Quispe, sale a relucir cómo puede resultar más fácil la vida de los negros en Lima, que saben manejar a sus amos, que la vida de los indígenas, señores naturales de estas tierras, quienes son insultados como “cholos”.

En el romance 6º Castillo recrea la “Declamación de un filósofo contra la esclavitud perpetua de los negros, celoso de la libertad, y respuesta de un mulato arpista en abono de la esclavitud” (pp. 58-66), contraponiendo las ideas de un philosophe, es decir, de un afrancesado, al temor a la abolición de la esclavitud, cuya defensa pone paradójicamente en boca de un esclavo. Nuevamente salen a relucir los prejuicios de Castillo y su temor al cambio social.

El romance 7º interesa más al tema que nos ocupa, pues en él se reproduce la supuesta “Conversación de un ciego y un cojo en la esquina del Capón” (pp. 67-78), limitaciones físicas de ambos a las que se da un sentido metafórico o moral. Empieza diciendo Castillo:

En la esquina del Capón,

cuya voz, por más que cante,

a muchos que yo conozco

les basta para azorarse,

a un ciego encontró un cojo,

y fue el encuentro tan grande,

que los tuve por carneros

en el modo de toparse.

El cojo, es bien conocido

que no es capaz de ignorarse,

aunque no es en el lugar

el más práctico en las calles. […]

Decíale el cojo al ciego:

Usted disculpas no gaste,

pues las que tiene parece

que a las manos se las traen.

A lo que replica el ciego,

con agudeza admirable:

las de Vuesarced, mi dueño,

al pie parece que salen.

Pero, prosiguiendo el cojo

dijo: Yo llegué a engañarme

creyendo que Usted estaba

diestro en vientos semejantes,

porque siendo este lugar,

de ciegos tan abundante,

presumí que, a ojos cerrados,

una academia formasen

cuyo estudio solo fuese

aprender del tacto el arte;

así como en la milicia

es la táctica apreciable,

y como de cirujanos

se dice, para alabarles

las operaciones suyas,
que ojos en los dedos traen.

Desde aquí entablan una pugna verbal sobre quién vence, si el ciego que es capaz de apreciar lo que otros no advierten, o las numerosas personas que adolecen de algo, es decir, revelan una falta o cojera moral. El ciego interrumpe el diálogo:

A esto se atravesó el ciego

diciéndole: amigo, baste

de letanía de ciegos

y ciegos inacabable,

pues, creo que en esta tierra

sin que nadie lo embarace,

cualquier tuerto será rey,

y no será disputable,

pues en tierra donde todos

ciegos llegan a mirarse,

parece ser de derecho

que el que fuese tuerto mande.

Yo daré por mi ceguera

a Dios gracias incesantes,

pues la naturaleza
me ha librado de la de arte.

El romance concluye en sendas octavas, donde se hacen juegos verbales con las respectivas carencias; reproduzco aquí solamente la octava que corresponde a la ceguera:

¡Oh tiempo, oh costumbres, quién pensara

que hay hombres de tan viles intenciones

que, estando en posesión de vista clara,

afectan ceguedad en sus acciones!

Esta niebla común se disipara

si, a la luz de prudentes reflexiones,

vieran que a Dios y al mundo son malquistos
los ciegos voluntarios, por mal vistos.

En el romance 8º: “Conversación y disputa de tío Juancho, gran cochero, con Dominguillo el enano, carretonero antiguo, tratando de las mayores utilidades que reportan los cocheros o carretoneros en la Plaza firme de toros de esta ciudad” (pp. 79-87), dichos cochero y carretonero compiten sobre las ganancias de cada uno transportando bienes y gente, de condición ilustre o humilde, y cómo el carretonero se ufana de tener más ingresos gracias a “cuantas gentes del bronce,/ cholas, mulatas y chinas,/ se embarcan con algazara/ con sus amigos y amigas”. Aquí nuevamente son patentes los prejuicios sociales y raciales del ciego de la Merced.

El noveno y último de esta serie de romances costumbristas, los cuales hacen evocar Lima por dentro y fuera (1797), de Esteban Terralla y Landa, un poco posterior a estos romances de Castillo, es el “Coloquio y disputa en que se indaga el dónde, el cuándo y el pretexto con que se miente más en Lima” (pp. 88-96), en el que se trata sobre dónde se fraguan más mentiras en Lima o cuál es el lugar donde se originan, es decir, su mentidero. Hablan varios personajes exponiendo sus opiniones, según los cuales esos sitios serían: el Portal de los escribanos, los comercios, los corredores de los escribanos, los locales donde trabajan zapateros y sastres, otros gremios, los sitios donde se reúnen las mujeres de mal vivir y el correo postal, y el último que interviene en la discusión convence a todos sobre las mentiras que propaga el correo. Aquí conviene recordar que el Lazarillo de ciegos caminantes (publicado con datos falsos de impresión hacia 1775 o 1776), de don Alonso Carrió de La Vandera, que trata del servicio de postas o correos en el virreinato del Perú, se publicó poco después del fallecimiento del ciego.

Con estas páginas he querido tratar, como expuse al principio, sobre un modo de escribir desde el cuerpo cuando existe un impedimento, en este caso la ceguera, empleándolo incluso como realce para lo que se escribe, lo que no quita para que sea, a su vez, reflejo de los prejuicios de una época, pues el ciego de la Merced no es un ciego que deambula pidiendo por las calles, sino miembro de una orden religiosa que lo acoge y lo ha instruido, quien se siente además parte de la clase alta limeña. Su autopresentación como ciego, acompañado por un lazarillo, figura en estas obras como una especie de “performance”. Afortunadamente, hoy en día se van ampliando los derechos de las personas, sea cual sea su condición física, edad, origen y clase social.

Bibliografía

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  1. Universidad de Cádiz (España).
  2. Por ejemplo, Francine Masiello (2021), Callsen y Groß (2020). Las publicaciones sobre los “disabilities studies” se encuentran en auge, hasta el punto de hablar de “disability rhetoric”, una de cuyas manifestaciones sería escribir desde la ceguera.
  3. Recordemos lo sucedido en la Biblioteca Nacional peruana durante la guerra con Chile (1879-1883) y su incendio en 1943, antes de que hubiese terminado el catálogo de sus fondos.
  4. También lo consideran nacido en Piura, en 1720, error que en ocasiones se repite. Para la biografía histórica de Castillo me baso principalmente en los estudios citados de Vargas Ugarte, Lohmann, Donoso, Milla Batres y Aparicio; en 1985 añadí algunos datos basándome en la lectura de sus obras. El ciego de la Merced ha sido confundido ocasionalmente con un jesuita homónimo peruano del siglo XVII.
  5. Por ejemplo, Augusto Tamayo Vargas, Literatura Peruana [sin año], pp. 412-420.
  6. La situación de hermano lego se le supone, dadas sus circunstancias, pues Aparicio en “Vida de Fray Francisco del Castillo, ‘el Ciego’ de la Merced” (2008), dice no haber encontrado ninguna constancia de ello en las actas conventuales.
  7. Por ejemplo, Víctor M. Barriga (1944).
  8. Puede verse el estudio de Aparicio (2001), donde recoge también su trabajo sobre Castillo de 1961.
  9. En el nº 5 de El Nuevo Depositario (Reverte Bernal “El Nuevo Depositario y Nueva Depositaria de José Joaquín de Larriva contra Gaspar Rico, más literatura que periodismo” 2009). Esta misma inclinación a “todo fandango y guaragua” es la que se le echa en cara en la “Plática ad fratres que un corista más antiguo le hizo al Padre Francisco del Castillo el día de su profesión solemne en esta casa”, poema que contesta Castillo en la “Plática que se le hizo en la profesión”.
  10. A esto parece referirse Shannon Walters (2020). Puede verse también, por ejemplo, Brenda Jo Brueggemann y James A. Fredal (1997).


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