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La heterotopía de la metamorfosis gnoseológica en Nombres y Animales de Rita Indiana

Maria Cristina Caruso[1]

Rita Indiana es una de las escritoras dominicas actuales más leídas dentro y fuera de los límites del mar Caribe. Su obra se destaca por el estilo novedoso, capaz de dar voz a personajes profundamente caribeños con un alcance globalmente reconocible. Muchas de sus novelas son de inspiración autobiográfica, como Nombres y animales (2013), que se basa en un evento particularmente significativo de la vida de la autora, es decir, el encuentro, durante su adolescencia, con un chico haitiano que trabajaba en la clínica veterinaria de sus tíos. Sin embargo, en su vida real, Rita Indiana no logró entrelazar una relación cognoscitiva o de amistad con este chico. Y eso debido a los perjuicios antihaitianos interiorizados, herencia de la propaganda de odio racial promovida durante treinta años de trujillado. Así, en su novela Nombres y animales, Rita Indiana transforma el espacio físico de la clínica veterinaria de sus tíos en un espacio simbólico, lugar de un encuentro-choque gnoseológico, del cual se producirá la metamorfosis de la protagonista. La clínica, en cuanto dispositivo de control, corrección y circunscripción de la enfermedad y de la muerte, se configura como una estructura discreta de compresión del espacio[2]. Se trata de un espacio que con Michelle Foucault (1966) podemos definir como heterotópico, es decir, un contralugar disciplinario cuyos horizontes simbólicos hallan significaciones en el principio de dislocación y aislamiento[3]. La protagonista anónima de la novela conoce a Radamés trabajando en la clínica veterinaria de su tío Fin y su tía Celia. Rada es un chico haitiano, migrante y clandestino y se convierte lentamente en parte de la vida cotidiana de la protagonista. La novela consta de fragmentos de una cotidianidad adolescente en compañía de varios personajes, entre los que se destaca Vita, una amiga italiana de la protagonista que vive en Santo Domingo junto a sus padres burgueses que encarnan un estilo de vida desinhibido y anticonvencional. El contacto con estos dos personajes subversivos impone a la protagonista enfrentarse con su episteme heteronormativa y racista, y, justamente por este choque, logrará superar sus límites cognoscitivos y concretizar su metamorfosis ontológica e interpretativa.

El título de la novela representa el primer peldaño hacia el núcleo simbólico de la obra: refiriéndose a la distancia que permanece entre la esencia animal y la tentativa de definición nominal, resume la acción portante de toda la novela, es decir, la tentativa de codificar por palabras definitorias las peculiaridades del sujeto:

Los gatos no tienen nombres, eso lo sabe todo el mundo. A los perros, sin embargo, cualquier cosa les queda bien, uno les tira una o dos sílabas y se les quedan pegados con velcro […]. El problema es que […] los nombres rebotan como el agua sobre los pelos de gato[4].

En esta cita la narración construye un paralelismo metafórico entre sujetos que tienden a la costumbre, los perros, y sujetos que se escapan de cada tentativa de definición categórica, los gatos. Efectivamente, toda la novela se basa en un contrapunteo de capítulos narrativos y capítulos digresivos dedicados a las historias de los pacientes de la clínica. Este contrapunteo funciona justamente como un juego de referencias simbólicas donde las vicisitudes de las mascotas revelan algo de los personajes de la historia. En el caso de la protagonista, a los momentos cumbre de su evolución, se relaciona la búsqueda del nombre más adecuado para un gato que entra y sale de la clínica, no como paciente, sino como habitante, y que no se deja acercar. De hecho, como el gato, la protagonista no tiene nombre, y es incapaz de alinearse a los cánones performativos heteropatriarcales impuestos al género femenino[5]. Como el gato, la protagonista se escapa de las palabras definitorias: si nombrar es definir, especificar y significar las cosas, entonces esta acción se basa en las estructuras gnoseológicas que hemos interiorizado[6]. Así, nombrando al gato, la protagonista espera acercarlo, definirlo y poseerlo. En la tentativa de encajar al gato en límites epistemológicos claros y ciertos, la protagonista intenta hallar su propria definición. Es interesante, entonces, que justamente en este contralugar disciplinar se desarrolle la metamorfosis contranormativa de la protagonista y su búsqueda de autodefinición:

Abro la puerta y en el aire siento el golpe de cloro con el que repasan los pisos y paredes de este lugar, como todas las mañanas recorro las salas abriendo las ventanas y en mi mente comienzo a darle vueltas en una tómbola a todos los nombres que he escrito en mi libreta durante la noche anterior […]. Las persianas del sótano están oxidadas y la manivela tarda un poco en ceder, cuando finalmente entra un rayo que ilumina desde la pileta de bañar a los perros hasta la jaula más grande, […], una bolita surge de la tómbola hacia mi boca con el nombre ganador. Y ahí está el gato […]. Antes de que me mire digo el nombre que he elegido, pero se queda ahí con esa respiración regular e imperceptible…[7]

El vocabulario utilizado en este fragmento remite al orden, a la limpieza profunda y a la repetitividad, y esto choca brutalmente con la indisciplina del gato. La protagonista trabaja en esta heterotopía disciplinaria justamente porque tiene que aprender a trabajar, a portarse como conviene a una mujer. La chica, bajo el poder ejercido por su tía Celia, dueña de la clínica, tiene que ser normada, es decir, adaptada a reglas performativas impuestas. Sin embargo, fuera del control del dispositivo de poder representado por su tía, en la parte más interna de la clínica, el sótano, la protagonista emprende de forma inconsciente el cuestionamiento de su manera de nombrar y significar las cosas y el mundo[8]. La clínica es al mismo tiempo una heterotopía y también el lugar vivencial de la chica, que contiene y protege sus habitudes, ordenándolas, normándolas y disciplinándolas. Cabe recordar que las palabras habitar” y “habitudes” hallan la misma etimología latina en habere, que significa ‘tener’, ‘poseer’ y, entonces, ‘ejercer poder’. Como dicho anteriormente, gracias a su carácter disciplinario y a su conformación abierta hacia el exterior, la clínica permite a los agentes externos (y de alguna forma, patógenos) entrar y encontrar su resolución: Radamés, como la protagonista, es un cuerpo que necesita ser rectificado, disciplinado en cuanto persona no blanca y clandestina. Es justamente por la entrada de Radamés en la clínica por lo que se genera la crisis epistemológica y, por ende, la metamorfosis de la protagonista:

Detrás del escritorio en la sala de espera había un hombre sentado en mi silla […]. Tía Celia salió y me presentó a Radamés, un obrero haitiano […]. [L]os tres, Radamés en el medio y mis tíos detrás, parecían listos para una foto familiar en la que yo, al parecer, no iba aparecer. […]. Tía Celia puso cara de anuncio católico y me dijo: “Armenia está mala, así que Radamés […] está aquí para que bañe a los perros cuando haya que bañarlos”. […] Radamés descendía conmigo y la perra hacia el sótano. Como venía de la calle mis ojos se tardaron un rato en acostumbrarse a la oscuridad. Mientras yo me agarraba a la baranda para no tropezarme, Radamés ya tenía a la Puddle sobre las piernas como una niña…[9]

Radamés no entra de forma liviana en la clínica, sino que, con un inconsciente movimiento abrupto, llega hasta el sótano que representa para la protagonista un rinconcito secreto donde practicar su interrogación interior, es decir, la búsqueda del nombre para el gato. En la interpretación topoanalítica de Gaston Bachelar, el sótano es, efectivamente, el lugar predilecto de los secretos y los deseos más íntimos. Entrando en el sótano, penetra la intimidad de la protagonista y así se produce un contacto, involuntario, destinado a cambiar la perspectiva del horizonte interpretativo de la chica. Me parece muy interesante la temporánea ceguera de la protagonista: en mi interpretación hay una cercanía simbólica entre la luz de la calle que deslumbra su vista y el trastorno que le provoca la imprevista llegada de Radamés, representante de la alteridad. La cita continúa con una referencia metafórica que remite a la transformación de la protagonista:

En unos minutos la perra era una otra, respetándole un poco de pelo en la frente y las patitas, Radamés la convirtió en algo sacado de un libro de historia universal o una princesa. En su cara se podía ver algo que en los humanos se llama orgullo[10].

Gracias a una relación metafórica entre la perrita y la protagonista, se percibe la delicada capacidad de Radamés de “arreglar”, “reordenar” las cosas. En esta cita hallo un denso y profundo resumen metafórico del efecto evidente que el contacto con Radamés producirá en la muchacha: gracias a su presencia discreta y delicada, el chico gana la confianza de la protagonista, que le revela su práctica secreta:

Radamés […] me pregunta que qué es lo que escribo en mi libretita todo el tiempo, […] le explico que el gato no tiene un nombre porque no he encontrado uno que sirva, un nombre al que el gato quiera responder. Él se pone muy serio y me dice que hay cosas más importantes que un nombre. […] me acerco para ayudarlo a secar el perro, y cuando estoy cerca me agarra por la muñeca para dirigir el ritmo de mi mano, me mira a los ojos y no me dice nada[11].

Radamés, que conoce muy bien el poder coercitivo y violento de las palabras clasificatorias, redimensiona la urgencia epistemológica de la protagonista con un comentario sencillo y perentorio. Leo en esta escena el principio de la resignificación gnoseológica de la chica: gracias a la guía de Radamés, la protagonista intenta aprender un ritmo nuevo, para ejercer prácticas de interpretación y significación alternativas. Es justamente a partir de esta nueva perspectiva como la protagonista adquiere la capacidad de descubrir su verdadera forma, y quizás las palabras con las cuales nombrarse y reconocerse[12]. Solo gracias a la interacción con Radamés, la protagonista puede percibir y concebir discrepancias respecto del sistema de significación epistemológica con el que solía interpretar el mundo y a sí misma, y por tanto, solo gracias al contacto forzado con la otredad, podrá, en el curso de la historia e incluso más allá de lo que la novela nos permite conocer, inaugurar un camino de redefinición personal que transgrede las normas heteronormativas y patriarcales.

Finalmente, gracias a la intervención de otro agente, Vita, se cumplirá la metamorfosis de la protagonista:

Cuando Vita entró en la clínica y vio a Radamés en la sala de espera y le preguntó que si quería venir y él dijo que sí, quise matarla. […]. Me imaginé las risitas y las narices torcidas diciendo mi nombre y después “haitiano” […] y cerré los ojos pidiendo al cielo que lo hiciera desaparecer. […] Vita, a quien no le importa ni lo que piensan los muchachos de mi curso ni ningún otro, siguió caminando. […]. Estuve masticando sin decir nada, […] hasta que sentí como un pedazo de carne del tamaño de un ratón trató de bajar por mi garganta y no pudo. […] Radamés […] me empujó el trozo de carne hacia dentro […] lo mejor era que ni Rada, ni Vita habían visto lo que, junto con la carne, meneaba la cola en mis adentros[13].

Vita extrae del espacio disciplinario de la clínica a Radamés y a la protagonista y los coloca en otra dimensión heterotópica, un parque: en cuanto espacio de concentración de las prácticas sociales de exclusión e inclusión, la protagonista choca violentamente con sus prejuicios racistas que se hacen más evidentes en contraposición a la inclusividad de Vita. El fracaso de su sistema interpretativo provoca una sensación de profundo malestar, físico y emotivo, que toma la forma de un ratón en su garganta.

Cuando Vita conoce a Radamés, esta se le acerca de forma espontánea, lo que a la protagonista le parece hasta molesto porque no la comprende. Mediante la intervención de Vita, por tanto, se rompe el aislamiento al que estaba sometida la relación entre Rada y la narradora, imponiendo una distorsión y ampliación de los límites cognoscitivos representados por el espacio-clínica. Esta ruptura socavará los parámetros cognitivos que ya con el contacto directo de otro sujeto, Radamés, habían entrado en crisis. Cabe subrayar que la relación con Radamés se hace posible solo en función de la intervención de Vita, que, violando los límites (distancias de seguridad) garantizados por el espacio-clínica, posibilita cambios en el intercambio intersubjetivo tan profundos como para cuestionar los pilares gnoseológicos sobre el yo y el mundo, que hasta entonces representaban el edificio epistemológico interiorizado y granítico del narrador.

Sobrevivida, gracias a Radamés, al colapso de su sistema de significación y a la vergüenza para sus perjuicios, la protagonista muere y renace con ojos nuevos que le permiten mirar hacia su existencia de una forma profundamente otra. También hay que considerar que la amistad entre Vita y el protagonista es una compleja relación afectiva. Esta dinámica relacional se caracteriza por impulsos instintivos y emocionales complejos y significativos, que representan el punto de partida de una metamorfosis para las dos chicas. Cabe recordar que estamos ante dos adolescentes, por lo tanto, dos subjetividades en proceso de una corriente muy profunda:

… vimos una película […] Edipo Rey de un director que se llama Pasolini. […] lo que no me esperaba era que el papá de Vita me dijo que Pasolini era homosexual, y yo […] me levanté para ir al baño. […] me miré en el espejo porque realmente no tenía que utilizar el inodoro. Vi mi cara […] y toqué la punta de mi nariz embijándola hasta que surgió un cerdo en el espejo y dije con una voz extraña: homosexual[14].

Finalmente, Vita conduce a la protagonista a un espacio radicalmente opuesto a la heterotopía disciplinaria de la clínica, su casa. Este hogar se perfila como heterotópico en cuanto yuxtaposición de diferencias y oposiciones: a pesar de ser italianos y burgueses, sus padres y Vita no cumplen con los estereotipos eurocéntricos promovidos por tía Celia; por el contrario, le proponen a la protagonista un sistema epistemológico excéntrico y subversivo que la lleve al autorreconocimiento. En la intimidad del cuarto de baño, otro lugar excepcional, la chica observa su reflejo y lo interroga. Ha chocado con sus sentimientos transgresores, así busca y encuentra palabras nuevas para decodificarse: se reconoce homosexual.

Gracias al contacto con subjetividades subversivas, la protagonista accede a posibilidades epistémicas alternativas, queer en el sentido de contranormativo. Mirándose en el espejo, pone en escena una catarsis carnavalesca por la cual consagrarse a la metamorfosis.

Por tanto, dos elementos, uno espacial y otro interaccional, desencadenan la metamorfosis de la protagonista: la clínica y los dos amigos de la protagonista. La clínica representa el lugar de impacto con la alteridad encarnada por Radamés, sujeto ajeno, inicialmente reconocido en función de los estereotipos antihaitianos interiorizados por el narrador. Sin embargo, la intervención de Vita compromete los límites de la dinámica de contacto que se desarrolla en el limitado espacio de la clínica, que hasta ahora ha representado un espacio familiar y conocido, por lo tanto, un ámbito que permite mitigar las consecuencias de las disonancias sociales y gnoseológicas surgidas. Si es cierto que en el espacio-clínica la persona de Radamés deja paulatinamente de ser percibida estereotipadamente para dar paso al descubrimiento de una subjetividad humana, también es cierto que este edificio representa un lugar de confort en el que la naturaleza de los acontecimientos extraordinarios (en sentido normativo, racista y machista) es de alguna manera filtrada y debilitada por la naturaleza circunscrita del edificio y los eventos habituales que allí tienen lugar. Si bien la niña pasa la mayor parte de sus días en la clínica, ser parte de un sistema formal, es decir, el sistema laboral, asegura un desapego que frena el proceso de cambio que lentamente se produce en el narrador. La elección de una clínica veterinaria remite a un espacio heterotópico en el que se circunscriben los síntomas de causas incontrolables (enfermedad, muerte, abandono) para ser resueltos o al menos permitir que el sistema absorba su efecto. En este sentido, el espacio-clínica se configura como una heterotopía crónica.

Los protagonistas de Nombres y animales producen una fractura en la dinámica del poder epistemológico: hay un cuestionamiento real de la performatividad y los significados de los sujetos, y aún y quizás de mayor importancia, una forma de resistencia al sistema constituido, que surge de una interacción intersubjetiva; por lo tanto, se hace explícito en un contexto experiencial y no conceptual o abstracto.

La narradora-protagonista pertenece a una familia de clase alta que gravita en los círculos políticos de Balaguer, lo que remite precisamente al contexto más canónico en cuanto al género del bildungsroman, la clase dirigente y políticamente alineada. Y aun recordamos que la experiencia más significativa para la niña es el encuentro con la alteridad haitiana de Radamés, el sujeto colonial por excelencia, que tiene mucho que ver con la retórica imperialista que subyace en el discurso de formación de la clase burguesa hegemónica que está en la base del bildungsroman anglosajón e imperialista. Es un relato altamente subjetivo de circunstancias que dan lugar a un cambio inconsciente y profundo, que marca el paso de una época a otra, o en todo caso, de acontecimientos que actúan como encrucijada fundamental en el desarrollo de la personalidad del sujeto en una edad tan compleja como la adolescencia.

Este es el momento de máxima tensión para el protagonista, cuando la violencia del sistema epistemológico racista se ejerce sobre la realidad, sobre los cuerpos. Como hemos dicho, es precisamente el contacto vivencial entre los cuerpos lo que permite constatar el desfase entre la idea racista y la realidad humana: la narradora no solo redescubre al otro, sino que entra en contacto con él y llega a conocerlo como igual. Esto implica una dolorosa conciencia de la propia precognición de las cosas y del mundo. Cuando Rada es capturado como un animal destinado al matadero, la protagonista tiene que lidiar con la violencia de la realidad fáctica, con las consecuencias de ese sistema epistemológico al que fue la primera en referirse hasta hacía poco. El protagonista ahora se ve obligado a verificar los resultados. Incluye incluso la participación coral de las subjetividades en actos de exclusión que desde preceptos epistemológicos se convierten en práctica social.

El derrumbe definitivo del sistema de valores y de valoración y significación de las cosas y del mundo que habíamos visto inscrito en el edificio de la clínica está dado por la pragmática y cruel evidencia de ese mismo sistema:

A Rada le toca quedarse [en la clínica] así que me quedo hasta las siete para hacerle compañía. […] Yo me antojo de una Coca-Cola […], él me dice que me invita […]. Al salir con la Coca-Cola […] un gorila con uniforme camuflado lo detiene, le pide sus documentos y entonces Rada comienza a temblar, alza la vista y ve un camión lleno de haitianos en la parte trasera, con ojos de vacas pal matadero. […]. Un golpe en el estómago le hace soltar la botella de Coca-Cola, que explota regando espuma de soda por el asfalto. Media hora más tarde yo salgo a buscar a Rada, el colmadero me dice “¿el mono? Se lo llevaron pa Haití, ja ja ja.” [] Yo corro al patio y encuentro el hueco donde Rada ha metido mi libreta […] trato de sacarla […] haciéndome dañ1acándomeome sangre que me lamo. Logro sacar pedazos mojados por la lluvia […] y mi propria sangre. Cuando creo que he sacado la libreta completa […] me siento y espero a que llegue alguien, quien sea, a ayudarme a poner esto en orden[15].

El edificio epistemológico representado por la clínica colapsa bajo la violencia sistémica ejercida por el poder, y la protagonista se queda desorientada. Ahora necesita un refugio para redescubrir una zona de confort en la que encontrar puntos de referencia ciertos, verificados, fiables: el movimiento desde el exterior extremo en el que Rada ha desaparecido, arrebatado por la fuerza violenta y represiva del sistema que solo deja vestigios efímeros (la Coca-Cola esparcida sobre el asfalto) dentro del espacio-clínica, es repentino, furioso, desesperado. La narradora corre a buscar el agujero donde su amigo había escondido la libreta de los nombres, pero ese antiguo sistema de significados ahora está destruido, es inservible. Por mucho que la protagonista intente, duela y sufra, sus parámetros de significado, incluso los emocionales, se distorsionan. Se queda en espera de ayuda colapsando en el vacío dejado por Radamés: portador del caos y de la luz en la construcción interior del protagonista, su sustracción desde el espacio vivencial de la niña implica la verdadera crisis, y por tanto la verdadera catarsis y metamorfosis gnoseológica.

En esta novela, Rita Indiana ha dado voz no solo a un proceso de interrogación de las prácticas epistemológicas y sociales que regulan el sentido del otro y del yo, sino que ha sabido poner de manifiesto las disfunciones de un sistema de valores racistas y patriarcales que, interiorizados, constituyen el fundamento de la discriminación humana. El epílogo del texto deja a la protagonista, y con ella al lector, en una especie de caos sereno, dado por la conciencia no solo de la falacia del sistema epistemológico hegemónico, sino sobre todo de la violencia concreta que se ejerce sobre los cuerpos, en todos los cuerpos, en todos los sujetos.


  1. Università della Calabria.
  2. Michel Foucault, Utopie, eterotopie, Napoli, Edizioni Cronopio, 2004, pp. 12-18.
  3. Ibidem, pp. 18-19.
  4. Rita Indiana, Nombres y animales, Cáceres, Periférica, 2013, p. 5.
  5. Judith Butler, El género en disputa. El femenismo y la subversión de la identidad, Barcelona, Paidós, 2007.
  6. Samuele Grassi, Anarchismo queer: un’introduzione, Pisa, Edizioni ETS, 2013.
  7. Rita Indiana, op. cit., pp. 5-7.
  8. Gaston Bachelard, La poetica dello spazio, Bari, Dedalo, 1999, pp. 31-64.
  9. Rita Indiana, op. cit., pp. 50-51.
  10. Rita Indiana, op. cit., p. 51.
  11. Rita Indiana, op. cit., p. 104.
  12. Erving Goffman, Stigma: l’identità negata, Verona, Ombre Corte, 2012.
  13. Rita Indiana, op. cit., p. 108.
  14. Rita Indiana, op. cit., pp. 121-122.
  15. Rita Indiana, op. cit., p. 197.


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