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Narrar la economía fronteriza entre presente e historia

La desapropiación de Cristina Rivera Garza contra el extractivismo

Elena Ritondale[1]

En Autobiografía del algodón (2020)[2], de Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964), la narradora desarrolla los vínculos entre su familia y los campos algodoneros en el norte de México, durante los años posrevolucionarios y la época cardenista. Dividido en siete secciones, el libro se estructura en distintos niveles temporales. Por un lado, se sitúa en el presente de la autora-narradora, que sigue las huellas de la historia de su familia a lo largo de varios viajes y gracias a la recuperación de material de archivo. Por el otro, se desplaza a distintos momentos del pasado: desde la época revolucionaria hasta los años 40 y después volviendo a nuestros días.

Sin embargo, Autobiografía del algodón es mucho más que una memoria familiar. De la participación del escritor José Revueltas en la huelga de los trabajadores algodoneros (con diálogos intertextuales explícitos con El luto humano[3]) a los sistemas de riego del ingeniero Eduardo Chávez, de la vida de los trabajadores mexicanos en el sur de EE. UU. hasta nuestros días, el relato sigue hasta llegar a un último viaje de Rivera Garza a un territorio constantemente explotado por la actividad humana.

Los desplazamientos de los cuerpos en el espacio muestran dinámicas de poder que se podrían analizar desde la perspectiva de la biopolítica, remitiendo tanto a la propuesta de Foucault[4], como a los trabajos de muchos autores que han “traducido” su análisis al contexto específico mexicano y fronterizo.

Sin embargo, la manera en que los protagonistas viven el espacio no resulta tan simple de definir: si, por un lado, están sometidos a lógicas macroeconómicas que determinan sus movimientos, por el otro, se halla una agencia específica por parte de algunos de ellos, junto con la capacidad de recurrir a la palabra y al discurso para determinar, por lo menos en parte, su destino.

Una primera pregunta a la que este análisis quiere contestar es, por lo tanto, si son “cuerpos dóciles”[5] los personajes que transitan los largos territorios del norte mexicano en Autobiografía del algodón. ¿O la autora hace hincapié, en cambio, en su protagonismo, justamente al enseñar que sus acciones y decisiones determinan el destino de las generaciones futuras de la familia?

En Vigilar y castigar, Foucault utiliza la expresión “cuerpos dóciles” para referirse, inicialmente, a los soldados, remitiendo al nacimiento de la cárcel moderna. Así, además de describir el origen de un patrón de arquitectura, explica cómo, junto con este, se ha dado un tipo específico de disciplina. Esta ejerce una función precisa en la formación de un cuerpo profesional formado por personas que, como los soldados en los ejércitos, “adaptan” sus cuerpos para desempeñar sus tareas. Estos cuerpos, a su vez, controlan otros cuerpos que llegarán a ser “dóciles”: los de los presos. La disciplina de la cárcel está programada para “castigar” a los presos a través de la ordenación de sus cuerpos en el espacio, de la regulación de su tiempo y de imposiciones que los hacen compatibles con un sistema, sus normas y sus objetivos, entre otras cosas. En un primer momento, efectivamente, los cuerpos de los campesinos y sembradores en el campo algodonero parecerían encajar en esta definición, por su moverse en el sistema de acuerdo con un proyecto establecido por otros, desde arriba; por estar sometidos a tiempos y formas de trabajo que tampoco pueden controlar de manera autónoma; por ser, toda su vida, dependientes de la lógica, del tiempo y del sistema impuesto por el funcionamiento del campo. Sin embargo, proponemos que –como enseñaremos– ellos subvierten esta lógica, tratando de imponer su agencia sobre el territorio y boicoteando la disciplina vertical que se quiere imponer sobre ellos. Siendo, en síntesis, cuerpos que no se pueden controlar.

A esta lectura, en las páginas que siguen, se acompaña otra. Frente al posicionamiento de Rivera Garza con respecto a la historia y economía reciente del territorio fronterizo, proponemos que la escritura realizada por esta autora representa una oposición a la actividad “extractivista” denunciada en el libro. Para sostener esta hipótesis, cabe abrir un paréntesis sobre algunas de sus propuestas teóricas previas.

La obra de Rivera Garza, en efecto, se sitúa en el que se ha definido como un “giro documental”, siguiendo el planteamiento de Hal Foster y Mark Nash[6], entre otros. Sin embargo, la académica y escritora interpreta de forma original este diálogo con archivos y documentos, de manera coherente con su conocida definición de “necroescritura” y con el concepto de “desapropiación”. En Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación[7], relaciona los dos términos, situando ambos en contextos caracterizados por la violencia –haciendo referencias explícitas a la necropolítica de Achille Mbembe– y explicando que, en estos, se producen

ciertos procesos de escritura eminentemente dialógicos, […] en los que el imperio de la autoría, en tanto productora de sentido, se ha desplazado de manera radical de la unicidad del autor hacia la función del lector, quien, en lugar de apropiarse del material del mundo que es el otro, se desapropia[8].

Rivera Garza define, por lo tanto, estas prácticas como “necroescrituras”, debido al hecho de que se realizan “en condiciones de extrema mortandad y en soportes que van del papel a la pantalla digital”[9]. Así, afirma que la poética que sostiene las necroescrituras –y que denomina como “desapropiación”– reta el concepto de “propiedad”[10]. Remitiendo a la idea de “comunalidad”[11], además, aclara que el objetivo de la desapropiación es

desposeerse del dominio de lo propio, configurando comunalidades de escritura que, al develar el trabajo colectivo de los muchos, como el concepto antropológico mixe del que provienen, atienden a lógicas del cuidado mutuo y a las prácticas del bien común[12].

Se puede también poner en relación el trabajo de Rivera Garza con las “literaturas posautónomas” de Josefina Ludmer[13] citada en Los muertos indóciles…–, aunque no todos los críticos coincidan con esta perspectiva. De acuerdo con Liliana Weinberg, por ejemplo, Rivera Garza integra distintas modalidades discursivas, lo que, sin embargo,

no implica necesariamente desembocar en una hibridez genérica ni tampoco en la disolución de las fronteras entre ficción y no ficción. Rivera Garza apela a diversas herramientas para construir un relato en que concurren el oficio de la historiadora y el de la narradora, en una permanente retroalimentación de regímenes discursivos que, sin embargo, no pierden su especificidad ni conducen a descreer de las nociones de “realidad” y de “verdad”[14].

Esta afirmación resulta correcta –según nuestra lectura– con respecto al libro siguiente de Rivera Garza, El invencible verano de Liliana[15], donde las nociones de realidad y verdad son centrales y donde no nos parece hallar un desdibujarse del límite entre estas y sus opuestos. En cambio, en Autobiografía del algodón, creemos que el diálogo con la propuesta teórica de Ludmer es muy presente, entre otras razones, por la problematización de la idea de género literario que en ella se hace concreta.

Muchos críticos han hecho hincapié en la hibridez genérica que caracteriza la obra de Rivera Garza en su conjunto. De acuerdo con Quintana, Palisi, Corona, Romero y Talbi-Boulhais, la escritura riveragarciana resulta en un “género interlocutivo e interactivo”, una escritura que “es a la vez horizontal, vertical, selectiva y necesariamente discontinua”[16]. Según Cruz Arzabal, por otro lado, la estética riveragarciana “consiste mayormente en la creación de zonas de diferencia dentro de los géneros y formas literarias”[17] ya que, indica este autor, sus producciones posteriores a 2013 no responden a la clasificación convencional que distingue entre ficción y “no ficción” y se sitúan en un territorio incómodo entre la invención y el archivo[18].

Otra categoría útil para el análisis que llevamos a cabo aquí es la de “escritura geológica”, a la que, además, Rivera Garza dedica su último libro[19]. Si bien es cierto, como indicado por Andrés Olaizola[20], que el concepto de “escrituras geológicas” comenzó a ensayarse ya con Había mucha neblina o humo o no sé qué[21], también es cierto –como este mismo autor asimismo indica– que es en Autobiografía del algodón donde sostiene el desarrollo de la trayectoria narrativa de forma más evidente.

Rivera Garza, a partir del ya nombrado concepto de “desapropiación, que ilumina la manera en que la práctica de la escritura se basa “en el trabajo material comunitario de los/as practicantes de la lengua”[22], generando “capas sobre capas de relación con lenguajes mediados por los cuerpos y experiencias de otro”[23], explica que las escrituras geológicas se consiguen a través de diversas “estrategias de re-escritura, dentro de las cuales se pueden contar las así llamadas excavación, reciclaje, yuxtaposición”[24].

Como veremos, esta actividad de “excavación literaria” tiene el objetivo opuesto –y se desarrolla hacia la dirección inversa– de la actividad económica extractivista predatoria, contestada por la autora.

La escritura riveragarciana se caracteriza, entonces, por traducir estos planteamientos en el uso constante de materiales de archivo[25] (tanto histórico como institucional o familiar) y textos de la tradición literaria[26]. De hecho, no se puede entender Autobiografía del algodón sin tener en cuenta que uno de sus subtextos es El luto humano de José Revueltas:

Lo que José Revueltas vio esa tarde del 16 de marzo de 1934 cuando llegó finalmente a Estación Camarón fueron los sembradíos de algodón del Distrito de Riego Número 4. El sistema. Las parcelas ocupaban todo bajo el cielo. Si veía hacia lo lejos, avizoraba el orden que el algodón había impuesto sobre la llanura. Si veía de cerca, podía observar las plantas en crecimiento: el grosor de los tallos y las hojas cortadas divididas en tres o cinco lóbulos. Si se daba la vuelta a toda velocidad, podía sentir los ojos del algodón sobre su espalda. Nada escapaba a su mirada sin capullos. El gobierno había prometido transformar el desierto en tierra agrícola[27].

El libro de Revueltas y los archivos participan en este esfuerzo realizado por Rivera Garza para hacer que la historia de los lugares y de las comunidades no se pierda. Historia y ficción se vuelven cómplices –aquí sí borrando sus límites–, como destaca en las líneas siguientes:

¿Se conocieron ahí, José Revueltas y José María Rivera Doñez, en Estación Camarón, sobre la tierra blancuzca e hiriente de la frontera, rodeados de viento, matojos, chaparros? […]. ¿Fue el de mi abuelo o el de mi abuela uno de los rostros “severos y graves” que se le colaron en la memoria a José Revueltas años después, mientras escribía a mano, cuadernillo tras cuadernillo hasta completar nueve, Las huellas habitadas, su segunda novela? Ojalá que sí. Imposible saberlo. La gente de campo deja pocas huellas: algún dicho, dos o tres anécdotas, hijos[28].

En muchos otros pasajes, se hace visible esta complicidad entre historia y ficción, que encuentra en el campo algodonero su pilar narrativo y que involucra a la voz narradora. Se lee, por ejemplo:

Esta es la historia de mis abuelos, abriéndose paso entre matorrales y huizaches, lodo, culebrillas. Tiempo. La historia de cómo una planta humilde y poderosa transformó las vidas de tantos, comunidades enteras, hasta el clima mismo. La historia de cómo, aun antes de nacer, el algodón me formó[29].

La escritora-narradora nos indica claramente los elementos centrales de su discurso: historia, territorio, la planta del algodón y, como veremos más adelante, el clima que cambia debido a esta. No menciona, aquí, las palabras “economía” ni “política”; sin embargo, remite a ellas en las páginas siguientes. Estrada Orozco, en su análisis, subraya cómo fueron dos “experimentos” de ingeniería los responsables del hecho de que las dos partes de la familia de Rivera Garza acabaran en el mismo territorio: por un lado,

el experimento algodonero de la presa Don Martín, que movilizó a los Rivera desde su vida minera entre San Luis Potosí y Zacatecas hacia promesa agraria en Coahuila, [y que] culmina con el desastroso desborde de la presa y la subsecuente migración de esta rama de la familia hacia Tamaulipas[30];

Por otro lado, “un experimento similar de reparto agrario y bonanza algodonera [que] ocurre a la luz de una derivación del Río Bravo”[31].

Por su parte, Rivera Garza pone de relieve la acción del hombre en las líneas que siguen, aludiendo a la capacidad de visión y a la planificación humana que se impone al medio ambiente:

Un buen día, un general que ha ganado la guerra mira hacia el horizonte y, en lugar de ver puro monte seco y hosco, en lugar de ver planicies inhóspitas o espacios vacíos, ve parcelas bien ordenadas, ve cultivos, cosechas. Y piensa: aquí empezará la agricultura. Su declaración sonaría menos rimbombante si no fuera cierta. En memorándums breves se ordena la construcción de una presa donde confluyen las aguas de dos ríos. Y eso también adquiere un nombre: Don Martín. Luego es cuestión de repartir tierras. Corrección: es cuestión de expropiar tierras y de repartir tierras. Y, así, luego de décadas de abandono, la gente aparece otra vez[32].

El territorio está sometido a la voluntad del hombre, a una idea de progreso coherente con los dictámenes del positivismo, y, en un primer momento, esta razón ordenadora sin demasiados escrúpulos da sus frutos: plantas y hombres empiezan a poblar lo que antes era “desierto”. Rivera Garza recuerda el entusiasmo que acompaña la construcción de la presa, un proyecto político y nacional bien logrado, hasta el punto de que la autora indica cómo Plutarco Elías Calles participó en su inauguración. Son los años de la fe en el progreso. Esta fe, junto con el hambre, determina el desplazamiento masivo de familias, cuyos proyectos y deseos están determinados por la presencia del agua y, como consecuencia, del algodón. Las llanuras y los cerros secos están atravesados por personas, cuerpos que, según dice la autora, “sobraban, más que faltaban”[33].

Así, si antes fueron las minas las que empujaban a los trabajadores y sus familias a moverse de un lado al otro del país, después, el sistema de riego y el campo algodonero desempeñaron la misma función.

En ambos casos, sin embargo, la autora denuncia la lógica extractivista, que no tiene en cuenta las características naturales de los lugares:

Los especialistas, por lo demás, no detectaron a tiempo la calidad salitrosa de una buena parte de la tierra distribuida –el río Salado no se llamaba salado por mera casualidad– ni tampoco pudieron evitar los derrames de la presa que, sin control alguno, fueron desaprovechados. Así, cuando la sequía se presentó puntual a su cita con la desesperanza y el agobio, se encontró a una región en crisis tanto de producción agrícola como de organización social[34].

De la visión y la fe en el progreso, Rivera Garza pasa así a aludir a cierta miopía histórica, que matiza la capacidad del hombre de transformar el territorio y muestra el ser humano en una condición de inadecuación, en lo que a su convivencia con los elementos naturales se refiere. Por otro lado, Rivera Garza tiene la capacidad de cuestionar y problematizar un aspecto tan complejo como la convivencia entre ser humano y plantas, en el contexto de la explotación de estas últimas. Lo hace con una lógica que, aun dentro de las contradicciones, permite leer con atención los mecanismos de explotación:

[E]sta es la planta sobre la cual se asientan, según Sven Beckert, los fundamentos mismos de la acumulación originaria que, con base en el despojo y la explotación de cuerpos esclavos, o de tierras desmontadas, se convirtió en el sistema económico del mundo actual. Pero veo la foto de ese hombre muy joven que fue mi padre, listo para ir a caballo a los campos de algodón, y me detengo. Veo las imágenes de los pizcadores sonriendo entre montañas de algodón recién cosechado, y vuelvo a detenerme. […].
Sobre los mismos caminos donde hoy se ensañan la violencia y el exterminio, por ahí pasó, centelleante y atroz, el algodón. ¿Hay una relación entre esa efímera abundancia algodonera y la sanguinaria lucha que desata el Estado mexicano contra la ciudadanía cuando, con el pretexto de la ilegalidad de ciertas plantas y sus productos, se dedica a desplazar poblaciones enteras para después organizar el botín del despojo? En este libro argumento que sí. Al fulgurante paso del monocultivo del algodón por la frontera de Tamaulipas le siguió la dolorosa erosión del suelo, lo que le facilitó la transición hacia el cultivo del sorgo. Al sorgo, lo siguió la llegada de las maquiladoras, en auge sobre todo después de la firma del Tratado de Libre Comercio que selló la negligencia del régimen respecto a la vida rural de México. […]. Y, luego, en medio de todo eso, como pude comprobarlo en mi última visita a Estación Camarón, el uso de tecnología de fracturación hidráulica para sacarle al fondo de la tierra lo que ya habían extraído de su superficie: la ganancia. Y en eso estamos hoy[35].

Rivera Garza muestra, así, las consecuencias del extractivismo económico en el plan social, cultural y político, enseñándonos la línea que, del algodón y los sistemas basados en él, pasa por la explotación laboral en las maquiladoras, hasta llegar a la fracturación hidráulica, que también denuncia.

Por un lado, en Autobiografía del algodón, encontramos entonces la línea narrativa centrada en la historia “oficial”, la de las planificaciones públicas y las decisiones políticas, que distribuye cuerpos en el territorio de acuerdo con sus funciones.

Sin embargo, y como se lee también en la última cita, hay otra historia que, quizás, a Rivera Garza parece interesarle más, una historia “desde abajo”. No son solo los grandes capitales, al comienzo del siglo xx, los que determinan el destino de los lugares. Lo hacen –intentan hacerlo– también los trabajadores jornaleros, los asalariados que organizan la huelga para oponerse a un sueldo de hambre. La organización del campo se rompe en el momento en que estos trabajadores, descritos por Rivera Garza como “cinco mil hombres quietos, endurecidos por la fe”[36], rechazan ser cuerpos dóciles.

De la imagen del agua, se pasa, entonces, a la del fuego, para representar un entorno que parece haber estallado, haber despertado como un coro, a la vez. Refiriéndose a la llegada de Revueltas en Estación Camarón, Rivera Garza escribe:

Le han dicho que allá, a un día de camino si consigue cambiar los caballos, las cosas están que arden. Le han dicho que si quiere ver acción directa, si quiere cambiar el mundo de verdad, debe arrancarse más para el norte. Allá, a un paso de la frontera, encontrará Estación Camarón. Allá acaba de estallar la huelga[37].

Y la autora relata las formas en que estos hombres y mujeres se organizan como un cuerpo unido, un cuerpo social:

Un nuevo sindicato, que se ufanaba de no estar supeditado ni a la burguesía ni al capital ni a los sindicatos blancos, había confiado en que, si lograban detener la producción, los Ferrara tendrían que ceder. Pero los Ferrara, que todavía se comportaban como los dueños de las tierras que habían sido, no se dejaron intimidar. En lugar de aumentar el salario mínimo de 50 o 60 centavos a $1.50 […], prefirieron enredarse en negociaciones secretas con el gobierno para no interrumpir la siembra del algodón y, de paso, parar en seco cualquier iniciativa de asociación autónoma. Pero ni Américo Ferrara ni Otilio Gómez Rodríguez contaron con la testarudez del sindicato ni con la respuesta de esos hombres y mujeres que habían llegado de lejos con la esperanza alborotada, dispuestos a arriesgarlo todo por un poco de tierra[38].

Los protagonistas de la historia son agencias activas, artífices de su destino, constantemente en movimiento para mejorar su condición. Esto acontece desde el comienzo, cuando José María y Petra dejan la mina en la que él trabaja y se dirigen hacia el norte, justamente llegando al campo algodonero. Pero, como se ha dicho, acontece no solo en el plan de las historias personales, sino en el de las estrategias colectivas también.

Rivera Garza nos narra el asombro que el mismo Revueltas habría sentido frente a estos cuerpos organizados, “testarudos”, tan distintos de otros cuerpos conocidos en diferentes rincones del país:

Revueltas escuchó con atención el recuento de los hechos. […] Observó en todo detalle las caras serias, quietas, de los asambleístas. […] Había algo infranqueable en su manera de mirarlo, una especie de curiosidad mezclada con desafío. Se había topado con los rostros de los trabajadores en las fábricas de la Ciudad de México, en la correccional donde había pasado seis meses acusado de sedición después de haber participado en una marcha, en su primera estancia en las Islas Marías, a donde mandaban a los presos más peligrosos contra el régimen, pero estas caras de Estación Camarón lo agitaron desde dentro. ¿Dónde había estado toda su vida?[39]

Finalmente, la autora recurre a la perspectiva de Revueltas para narrar cómo este sujeto colectivo representado por los trabajadores del campo algodonero sería difícil de controlar hasta por parte del Partido Comunista: “Si el partido esperaba que organizara a las masas que ellos llamaban desorganizadas, el partido no tenía la menor idea de lo que se estaba fraguando aquí”[40]. Es evidente hasta qué punto no se trata de cuerpos “dóciles”, por ejemplo, porque los huelguistas se niegan a trabajar, enfrentan las consecuencias de sus acciones, escriben telegramas, exigen que los compañeros presos sean dejados libres, piden salario mínimo y derechos laborales como la jornada de 8 horas, entre otras cosas.

Otro pilar de Autobiografía es la escritura. Esta aparece ya desde las primeras páginas del libro como un hilo que recorre las vicisitudes y hace que tengan voz. Es aquí donde –proponemos– Rivera Garza devuelve la memoria paralela a la de la explotación del territorio, reconstruyendo la historia de quienes a esa se opusieron. Documentos, telegramas, panfletos y la escritura de Revueltas son, también, consecuencia de la actividad económica vinculada con el cultivo del algodón, pero ponen de relieve la agencia humana, la voluntad de situarse activamente en el devenir. La escritura es una acción que abre el paso al futuro y que, de alguna forma, lo crea. Es una acción que conecta los ancestros a la escritora, que, hoy, puede recordarlos.

Existe ese momento. […]. No quiero asegurar que esto pasó así, pero sí puedo decir, sin violentar en nada a la verdad, que cuando Revueltas llegó a Estación Camarón, azuzado por el rumor de una huelga de 5 mil o de 15 mil trabajadores […] la escritura entró en unas vidas que, de otra manera, se habrían perdido como se perdió después el algodón. Se registraban muchas cosas en esos días –las toneladas del oro blanco, como le llamaban, los millones de pesos o de dólares, la extensión de terrenos, los millares cúbicos de agua, los kilómetros de vías de tren– pero la huelga de Estación Camarón no apareció en ningún lado, ni antes ni después. Ni los que participaron ni los que se le opusieron hablaron nunca de ella. Sólo a José Revueltas, a quienes los hombres de la asamblea miraban con recelo bajo la carpa que los protegía de la noche, se le ocurrió utilizar la palabra escrita para recordar todo lo que vio en esa primavera tumultuosa en el norte más norte de México[41].

Pero la escritura no es solo una forma de acción política. Si bien es cierto que la máquina de escribir Oliver desempeña un papel central en este momento de la narración, la redacción de textos, tal como Rivera Garza indica, entra en la historia personal de su familia también de una forma mucho más sencilla. Así se describe, por ejemplo, la figura de Petra, su abuela, la primera de su familia que pudo escribir.

Petra no lo llamaba su diario. No tenía nombre para eso que hacía con cierta regularidad: sentarse sobre una de las sillas y abrir el cuaderno sobre la mesa. Tomar el lápiz, chupar la punta de carbón, y escribir. Ahí anotaba los hechos memorables. […]. Con el tiempo había aprendido que eso, la escritura, también servía para anotar el tipo de cosas que le producían pesar, desasosiego, rabia. Quería eso en su memoria también. Sobre todo la rabia[42].

Este “compartir” un espacio en la historia, este sentido radical de pertenencia expresado por Rivera Garza es, entonces, en primer lugar, un pertenecer a una escritura de muchas autorías, un volver a pisar las huellas de quienes nos han precedido[43], incluso en la tarea de escribir sobre ciertas historias. Al hacerlo, se devuelve algo a quienes nos antecedieron, a sus múltiples autorías.

El territorio en que estas historias se sitúan es, como hemos indicado, también protagonista o coprotagonista de la narración. Según Estrada Orozco, se trata de un ambiente que contradice en parte las nociones occidentales sobre el desierto, ya que en Autobiografía del algodón se representa

un desierto que se llena una y otra vez: una fauna secreta, una flora imposible y, sí, la gente que lo camina y lo habita en otra forma […]. Este desierto, al modo que lo hace la memoria o la resiliencia de los grupos que lo habitan, se renueva una y otra vez: lo cruzan los algodonales; lo renueva el sorgo; el fracking lo hace cascajo; y lo azota el crimen[44].

De tal forma, para Estrada Orozco, al ciclo del desierto que siempre se renueva, se superpone el de “la producción voraz cuyo ciclo es devastador”[45].

Aunque el algodón fue un protagonista fundamental de la historia de sus ancestros, hemos visto cómo Rivera Garza lo pone en relación directa con el terricidio, que ella define como el “daño infligido sobre las superficies vivas de la tierra en nombre de la ganancia”, porque este fue causado por “[l]os ciclos de producción destructiva que caracterizaron al cultivo del algodón en la frontera entre México y Estados Unidos”[46], con el consecuente desgaste del terreno.

El ciclo voraz del algodón revolucionario, que financiaron por igual la compañía norteamericana, basada en Houston, Anderson and Clayton y el Banco Ejidal por parte del gobierno mexicano, dilapidó las tierras al sur del Río Bravo, provocando el ensalitramiento y la erosión que terminó por expulsar a los agricultores pobres de la región […]. Pronto, al menos en Tamaulipas, los campos del algodón cedieron su lugar al cultivo del sorgo. […]. A diferencia del algodón, que podía producir ingresos suficientes para la manutención de una familia en parcelas de 10 o 20 hectáreas, el sorgo precisaba de una mayor extensión de terreno para poder generar ganancias suficientes para los inversionistas. La resistencia del sorgo a la sequía y a suelos alcalinos, con algo de sal, lo hizo ideal en el momento de emergencia agrícola. Mientras eso pasaba, los que pudieron vender sus tierras así lo hicieron. […]. Un ciclo más de producción destructiva había llegado a su fin. Y otro había empezado[47].

Así, Rivera Garza se sitúa política y explícitamente con respecto a una idea de economía basada en la lógica extractivista, reseñando diacrónicamente los momentos más significativos en la historia económica del territorio. Después, los que fueron agricultores, relata la autora, se volvieron mano de obra barata en Estados Unidos e, incluso antes del Tratado de Libre Comercio de 1994, entraron a trabajar en las maquiladoras. Rivera Garza logra así trazar el desarrollo de la economía fronteriza, a partir del cultivo intensivo del algodón, para luego pasar al extractivismo salvaje y la violencia presente con la memoria de lo familiar. Vuelvo a hacer referencia a Estrada Orozco, quien indica que el recorrido por los desplazamientos de la generación de los abuelos, que, añadimos, es asimismo un recorrido por las actividades económicas que protagonizaron el norte de México y la frontera,

es también un recorrido por las relaciones del entorno de violencia actual en México, y un ejercicio de vinculación que yuxtapone las reiteradas prácticas de explotación del suelo y la actual crisis de criminalidad; acaso, uno de los ejemplos más claros de esta yuxtaposición que apunta hacia la necroescritura es el cambio de la presa Don Martín por una narcofosa submarina que la organización criminal de los Zetas ha creado en la misma geografía[48].

Rivera Garza reconstruye entonces el vínculo entre sujeto y comunidad, y entre historias e hhistoria, a través de este doble recorrido familiar, que fue determinado por iniciativas económicas y políticas del territorio. Por esto, en el espacio natural, “es posible identificar las capas del tiempo”[49], porque es a través de este como trayectorias personales, pasadas y presentes se conectan con las de la comunidad.

Pero, antes de los Zetas y de las narcofosas, un pueblo como Estación Camarón se vuelve fantasma –nos dice Rivera Garza, que cita a Gastón Gordillo– porque se trata de uno de esos sitios “destruidos no porque estén hechos añicos físicamente, sino porque las relaciones sociales que les dieron vida se han disuelto”. Y, en el caso de Estación Camarón, que la autora compara con Selma, en Alabama, se trataba de pueblos cuyas estructuras se sostenían “con los pivotes de la discriminación y la precariedad”[50], y ambos sitios fueron el escenario de movilizaciones que acabaron con el sistema de producción destructiva, por lo menos hasta cierto punto.

Rivera Garza subraya la relevancia de la palabra “pertenecer” –al territorio, a una historia colectiva– conectando de tal manera el concepto mixe de “comunalidad” que mencionamos arriba con la creación de un discurso compartido que pone en el mismo nivel el medio ambiente y las personas que en este viven. Y “pertenecer”, según la propuesta de la escritora, no se aplica solo a la experiencia humana, sino también a la condición de otros seres naturales. Este concepto implica, por parte de Rivera Garza, tomar la idea de Revueltas de la descentralización de la presencia humana[51]:

[A]penas un punto en un universo definitivamente más extenso, más maravilloso, más fulminante. Un eslabón, quiero decir. Algo que, deleuzianamente, conecta. Los pies con la tierra, la mano con otras manos, los ojos con la mirada ignota del animal o de la planta o de la piedra o de ese otro que todavía no alcanzamos a distinguir en la orilla de las esferas. Yo soy yo y mi galaxia. Yo soy yo y mi sitio sobre la tierra. Yo soy yo y mi sitio junto con otros sobre la tierra, en este lugar del sistema solar, dentro de un universo plagado de estrellas[52].

Cristina Rivera Garza opone “pertenecer” a “usurpar”, verbos que se aplican a la escritura como a la economía o la vida en general:

Pertenecer es el mecanismo que utilizamos para volver palpable al tiempo. La escritura, que convoca al pasado, que lo requiere, también nos lo convida. Usurpar es otro verbo […] sin clemencia. Usurpar es apoderarse de una propiedad y de un derecho que le pertenece legítimamente a otro. Por lo general con violencia. Arrogarse la dignidad, empleo y oficio de otro y usarlos como si fueran propios. El usurpador es el que no puede ver la vecindad que nos instaura desde dentro y desde el inicio[53].

La autora traduce “pertenecer” en una práctica concreta de escritura que, según ella, se funda en la desapropiación. Desde esta perspectiva, se pueden leer también las aproximaciones, apropiaciones y relecturas de escritores canónicos por su parte, como Juan Rulfo y José Revueltas.

Al respecto, Rivera Garza establece un vínculo entre las historias olvidadas de lugares como Estación Camarón y afirma:

… para recuperar ese acceso a la tradición perdida, es necesario traerla a colación, es decir, volverla partícipe de diálogos y procesos del presente. A eso, que Toufic llama resurrección, le llamo desapropiación. Se trata de localizar los artefactos de esa tradición –que en este caso es una tradición de lucha y de contestación– para que se vuelva a reflejar en el espejo de nuestra cultura y de nuestra experiencia[54].

De esta manera, Rivera Garza insiste –con respecto al concepto de “desapropiación”– en su dimensión diacrónica, en su profundidad histórica. Una profundidad que une la historia del territorio y del tiempo, del tiempo en el territorio: una profundidad geológica.

A partir, entonces, del concepto de “desapropiación”, y con el objetivo de “devolver” al presente historias no solo olvidadas, sino castigadas, Rivera Garza lleva a cabo un trabajo de recuperación de “materialidades diversas” –de ahí el papel ético-estructural del archivo en su obra– para rescribirlas o, como ella indica, para “escribir con ellas”, porque “[r]e-escribir […] es resuscitar”[55].

Para concluir con este capítulo, hemos tratado de iluminar en estas páginas la oposición de Rivera Garza a las políticas extractivistas que han afectado el territorio mexicano. Además de afirmaciones concretas, que en parte hemos citado aquí, pensamos que los procesos dialógicos en que se basa la desapropiación propuesta por Rivera Garza son, en sí, una estrategia opuesta a la lógica extractivista. Esto acontece porque, en ellos, la autoría –entendida como un imperio o una propiedad de algún texto– se desplaza y multiplica. Es –también– a través de una idea específica de texto como Rivera Garza cuestiona la lógica de la propiedad situada en la base de la acción extractivista. Su práctica de escritura, remitiendo a la idea de comunalidad, ejerce un tipo de acción opuesto al que se lleva a cabo en los procesos extractivistas, porque se basa en el “trabajo material comunitario” por parte de los hablantes a lo largo de la historia. Este continuo proceso histórico, cuyas huellas son los archivos que participan del entramado del texto, es iluminado por la autora a través de una práctica de “excavación literaria”, pero incluye el reciclaje y la autoría compartida, dirigiéndose hacia el objetivo opuesto al de la lógica predatoria denunciada por Rivera Garza en el plan económico y político.


  1. Sapienza, Università di Roma.
  2. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, Ciudad de México, Penguin Random House.
  3. José Revueltas, El luto humano, 1943. Se ha consultado aquí la edición digital, publicada por Biblioteca Era en 2011.
  4. Michel Foucault, Nacimiento de la biopolítica: curso en el College de France: 1978-1979, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007.
  5. Según la definición propuesta por Michel Foucault en Vigilar y castigar, Madrid, Siglo xxi de España Editores, [1979] 2005.
  6. Hal Foster, “An Archival Impulse”, en October, vol. 110 (otoño, 2004), pp. 3-22. Recuperado de t.ly/mcfNR.
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    Mark Nash, “Reality in the Age of Aesthetics”, Frieze, n.º 114, abril de 2008. Recuperado de t.ly/EwdOz.
    Mark Nash, “Experiments with Truth: The Documentary Turn”, en Experiments with Truth, Fabric Workshop and Museum, Philadelphia, 2004.
  7. Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación. Barcelona, Tusquets Editores, 2013. Se hace referencia a la edición e-book; por esta razón, el número de página indica la posición en el libro en formato electrónico.
  8. Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles, cit., p. 12.
  9. Ibidem.
  10. Ibidem.
  11. Es un término que procede de la experiencia del pueblo mixe en Oaxaca, México. Rivera Garza se propone acercar este concepto al debate europeo y occidental sobre el trabajo colectivo y la escritura.
  12. Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles, cit. pp. 12-13.
  13. Josefina Ludmer, “Literaturas postautónomas”, Ciberletras, 17(7), 2007. Recuperado de t.ly/_cuMm.
  14. Liliana Weinberg, “Escribir es restituir una huella”, Critical Reviews on Latin American Research, vol. 10, n.º 1, 2022, p. 12.
  15. Cristina Rivera Garza, El invencible verano de Liliana, Ciudad de México, Penguin Random House, 2020.
  16. En Luis Miguel Estrada Orozco, “Autobiografía del algodón, de Cristina Rivera Garza: poética viva y borrador abierto”, en Amoxcalli, Revista de Teoría y Crítica de la Literatura Hispanoamericana, año 4, n.º 8, 2021, p. 226.
  17. Roberto Cruz Arzabal, “Figuraciones sesgadas: teatralidad, intermedialidad y yo autoral en Cristina Rivera Garza”, en Visitas al Patio, vol. 16, n.º 1, 2022, pp. 44-66.
  18. Ibidem, p. 45.
  19. Cristina Rivera Garza, Escrituras geológicas. Iberoamericana Vervuert, 2022. La publicación de este título es posterior a la escritura del presente estudio. Sin embargo, se añade esta nota como actualización sobre el tema.
  20. Andrés Olaizola, “Sobre Autobiografía del algodón, de Cristina Rivera Garza”, en Revista Exlibris, n.º 11, 2022, pp. 374-379.
  21. Cristina Rivera Garza, Había mucha neblina, o humo o no sé qué, Literatura Random House, 2016.
  22. Cristina Rivera Garza, en Andrés Olaizola, “Las escrituras geológicas de Cristina Rivera Garza”, en Boca de Sapo, vol. XXIII, n.º 33, 2022, p. 88.
  23. Ibidem.
  24. Ibidem.
  25. Sobre el concepto de “archivo”, además del trabajo de Hal Foster (2004) ya mencionado arriba, ver también Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión Freudiana, traducción de Paco Vidarte. Madrid, Trotta, 1997.
  26. Véase también Laura Alicino, El guiño de lo real. Intertextualidad y poéticas de resistencia en Cristina Rivera Garza, Albatros Ediciones, 2022.
  27. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 8. Se hace referencia a la edición digital; por lo tanto, el número de página se refiere a la del libro electrónico.
  28. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 97.
  29. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 206.
  30. Luis Miguel Estrada Orozco, cit., p. 112.
  31. Ibidem.
  32. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., pp. 7-8.
  33. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 86.
  34. Ibidem, p. 48.
  35. Ibidem, pp. 206-207.
  36. Ibidem, p. 10.
  37. Ibidem, pp. 6-7.
  38. Ibidem, pp. 14-15.
  39. Ibidem, p. 14.
  40. Ibidem, pp. 15-16.
  41. Ibidem, pp. 12-13.
  42. Ibidem, p. 28.
  43. Liliana Weinberg, Escribir es restituir una huella, cit.
  44. Luis Miguel Estrada Orozco, cit., p. 117.
  45. Ibidem.
  46. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 204.
  47. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., pp. 198-200.
  48. Luis Miguel Estrada Orozco, cit., p. 115.
  49. Andrés Olaizola, “Sobre Autobiografía del algodón…”, cit., p. 375.
  50. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., pp. 202-203.
  51. Ibidem, p. 377.
  52. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 86
  53. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 91.
  54. Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón, cit., p. 204
  55. Ibidem, p. 204.


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