Recuperación y actualización
del pensamiento estructuralista latinoamericano para pensar el desarrollo en la economía capitalista contemporánea
Carolina Lauxmann e Ignacio Trucco
Introducción
A mediados del siglo pasado, desde la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), con los precursores aportes de Prebisch y las contribuciones de prestigiosos científicos sociales, comenzó a delinearse el pensamiento estructuralista latinoamericano del desarrollo. El estructuralismo latinoamericano (ELA), a diferencia de las corrientes principales de la teoría del desarrollo que centraban su atención en el estudio de los espacios nacionales subdesarrollados de manera aislada (Buch-Hansen & Lauridsen, 2012), presentó una interpretación sistémica para abordar esta problemática (Sunkel, 1970a).
El ELA entendía que el capitalismo, en su evolución histórica, fue conformando un sistema mundial jerárquico y desigual, sobre la base de la capacidad diferencial de ciertos países para generar y apropiarse de los frutos del progreso técnico en la era moderna. Ello se cristalizó en la existencia de, por un lado, espacios centrales –asociados a los países desarrollados– que marcaban el pulso de la dinámica sistémica, con estructuras productivas diversificadas en actividades y homogéneas en términos de productividad, capaces de incorporar allí al grueso de su población. Por otro lado, estaban las periferias; estos espacios –que se identificaban con los países subdesarrollados– respondían de manera subordinada a las demandas céntricas y presentaban estructuras productivas especializadas en términos de actividades y heterogéneas en lo que se refiere a niveles de productividad, incapaces de emplear a las grandes masas de población en tareas de elevada productividad y bien remuneradas.
Asimismo, el ELA consideraba que dicha configuración jerárquica y desigual –de centros y periferias– se sustentaba, persistía y se agudizaba, a partir del sistema de relaciones internacionales vigente y de su interacción con las estructuras socioeconómicas de los distintos espacios nacionales (CEPAL, 1951; Prebisch, 1949, 1963, 1981). Así, la clave de lectura propuesta por el ELA no solo rechazaba los cerrados nacionalismos metodológicos para analizar los problemas del desarrollo de los países de la América Latina; también implicaba una crítica explícita a la reformulación neoclásica de la teoría ricardiana de las ventajas comparativas, que operaba como legitimación teórica del sistema de intercambio internacional y que no se veía cuestionada por muchos de los teóricos del desarrollo de la corriente principal (Bustelo, 1999; Hirschman, 1980; Sztulwark, 2005). De este modo, el ELA, y particularmente la CEPAL, a partir de la década de 1950, comenzaron a ocupar un lugar privilegiado en el planteamiento de una perspectiva crítica original sobre los problemas del desarrollo de los espacios periféricos, especialmente de los de América Latina (Cardoso, 1977; Rosenthal, 1994).
A partir de las contribuciones teóricas del ELA, desde la CEPAL se estimuló una estrategia de desarrollo asociada al impulso del proceso de industrialización por parte de los Estados de los distintos países de la región. Se esperaba que con el desenvolvimiento del sector manufacturero se solucionara el problema del diferencial tecnológico que existía con los centros –dado que en dicho sector se concentraba gran parte del progreso técnico– y se avanzara en un proceso de transformación de sus estructuras productivas. La industrialización de los países de la región, a su vez, permitiría mejorar sus niveles de ingreso, absorbiendo a las masas de población desempleada o que se desempeñaban en actividades de baja productividad. Asimismo, el desarrollo del sector manufacturero contribuiría a cualificar el posicionamiento de América Latina en la economía capitalista mundial, en la que, hasta el momento, se insertaba de manera subordinada, respondiendo a las demandas de los centros industriales, particularmente del centro hegemónico de la época: Gran Bretaña, como proveedora de bienes primarios (CEPAL, 1951; Prebisch, 1949).
De la mano de esta estrategia de desarrollo económico, muchos países latinoamericanos avanzaron considerablemente en términos de industrialización (Bértola & Ocampo, 2013). Sin embargo, ello no significó el catch up tecnológico por parte de la periferia latinoamericana, ni la reducción del diferencial de ingreso existente con respecto a los países centrales, ni una modificación de su rol subordinado y dependiente en la economía global (véase Furtado, 1971; Pinto, 1965, 1970, 1973; Prebisch, 1963; Sunkel, 1970b).
De forma temprana, promediando la década de 1950, la CEPAL comenzó a advertir estas limitaciones y apeló a contribuciones de otras disciplinas de las ciencias sociales en la búsqueda de avanzar en el entendimiento de las particularidades de los países latinoamericanos y de comprender la dificultad que presentaban para abandonar su posicionamiento periférico (Di Filippo, 2007; Faletto, 1996). En ese escenario, la figura de Medina Echavarría ocupó un lugar relevante y sus aportes contribuyeron a sentar los fundamentos para avanzar en los estudios de sociología del desarrollo dentro de la institución (Gurrieri, 1979).
Bajo el comando de Medina Echavarría, primero en la CEPAL y luego en la División de Programación del Desarrollo Social del Instituto Latinoamericano de Planeación Económica y Social (ILPES), entre mediados de la década de 1950 y mediados de la de 1970, se avanzó en estudios que procuraban analizar los procesos de desarrollo económico que atravesaban los distintos países de América Latina. Particularmente, estas investigaciones se orientaron a examinar las limitaciones de los procesos de desarrollo desde una perspectiva interdisciplinar e integral, considerando, centralmente, aunque no excluyentemente, la estructura social de los países de la región, configurada en el marco de su inserción en el sistema capitalista moderno.
Muchas de las contribuciones de la sociología del desarrollo de estos años nutrieron y permitieron complejizar los estudios sobre la problemática del desarrollo económico y las estrategias orientadas a su consecución. En este contexto, además de prestar atención a los condicionamientos sistémicos al desarrollo que enfrentaban los espacios periféricos, el ELA comenzó a analizar los condicionamientos internos de los países de América Latina, asociados a las particularidades de su estructura social, y los límites que presentaban para habilitar su salida de posicionamientos periféricos (véase, por ejemplo, Medina Echavarría, 1973; Prebisch, 1963). El énfasis puesto en las especificidades locales de las estructuras sociales y las limitaciones que presentaban para propiciar el desarrollo de la periferia latinoamericana no significaba desconocer, ni dejar de lado, los condicionamientos sistémicos que enfrentaban. Por el contrario, el ELA avanzaba, así, en un planteo que entendía que el desarrollo económico enfrentaba condicionamientos internos tan relevantes como los externos; incluso ambos se presentaban como las dos caras de una misma realidad histórica: la incorporación al sistema capitalista moderno por parte de los países latinoamericanos[1].
El trabajo interdisciplinario llevado a cabo en la CEPAL y el ILPES permitió avanzar en el estudio de la problemática del desarrollo económico de manera multidimensional e integrada. Se realizaron exámenes de la configuración de las estructuras socioeconómicas de los distintos países de la región en el marco de su incorporación al sistema capitalista moderno, entre fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. Se analizaron las continuidades y cambios que experimentaron en virtud del proceso de industrialización, acaecido entre mediados de la década de 1940 y mediados de la de 1970, y las implicancias que ello presentaba para el desarrollo de América Latina.
Este proyecto de abordaje interdisciplinar e integral de los problemas del desarrollo del ELA se vio afectado por los cambios conceptuales y políticos que comenzaron a operar en América Latina en general, y en la CEPAL y el ILPES en particular, a comienzos de la década de 1960. La muerte de John F. Kennedy y la modificación en la geopolítica económica de EE. UU. con respecto a América Latina; la salida de Prebisch de la secretaría ejecutiva de la CEPAL y su dirección “a distancia” del ILPES; los límites de muchos países de la región para desarrollarse; y la creciente influencia de perspectivas marxistas en la región habilitaron un giro en el ELA hacia una mirada más crítica –dentro y fuera de la CEPAL y el ILPES (Bielschowsky, 1998; Di Filippo, 2007; Falero, 2006; Franco, 2015; Gabay, 2009; Kay, 1991). Este viraje conceptual estuvo asociado a la problematización de la dependencia de los países de la región en el sistema mundial, que permitió enriquecer aquel programa original de investigaciones del ELA, impulsado desde la CEPAL.
Tomando en consideración la situación de dependencia de los países de la región, desde mediados de la década de 1960 y hasta mediados de la de 1970, tuvieron lugar una serie de publicaciones realizadas por diversos autores vinculados al ELA (véase Furtado, 1971; Graciarena, 1976; Pinto, 1965, 1970, 1973, 1976; Prebisch, 1976; Sunkel, 1970b). Estas surgieron tanto desde el seno de la CEPAL como desde otras instituciones de relevancia regional preocupadas por la problemática del desarrollo, también radicadas en Santiago Chile, como la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO) de la Universidad de Chile, entre otras (Beigel, 2009; Falero, 2006). Dichas contribuciones, que versaban sobre los estilos de desarrollo, la heterogeneidad estructural y la particularidad del capitalismo periférico, dieron cuenta de un enriquecimiento de la mirada interdisciplinaria e integral del ELA para abordar la problemática del desarrollo de la región en clave sistémico-histórico-estructural. Esta perspectiva, que quizás adquirió en esta etapa su forma más acabada, abordando explícitamente dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales de las sociedades latinoamericanas, encontró también el inicio de su declive.
En la segunda mitad de la década de 1970, coincidieron cambios fundamentales en el plano político –dictaduras en distintos países de América Latina– y económico local y mundial –crisis y recesión global– y, relacionado con ello, en el plano de las ideas del desarrollo (Bielschowsky, 1998). El pensamiento neoclásico se volvió dominante en el campo de la teoría económica del desarrollo (Buch-Hansen & Lauridsen, 2012; Hirschman, 1980; Meier, 2002). El ELA y la CEPAL se vieron particularmente afectados en este escenario, lo que dio inicio al desarrollo del enfoque neoestructuralista, el cual procuró posicionarse como alternativo a la teoría neoclásica dominante. En la elaboración del neoestructuralismo, la CEPAL buscó aggiornar el pensamiento estructuralista latinoamericano de posguerra y reformularlo atendiendo a las nuevas dinámicas del capitalismo mundial que estaban emergiendo. Para ello, además de tomar como propias ciertas críticas de la ortodoxia neoclásica, se nutrió de distintos enfoques heterodoxos en auge en los espacios centrales a fines del siglo XX –como, por ejemplo: el neoinstitucionalismo, el evolucionismo neoschumpeteriano, las perspectivas postkeynesianas, entre otros (Pérez Caldentey, 2015; Sztulwark, 2005). Pero, como plantean diversos autores (véase Falero, 2006; Kay, 1993; Leiva, 2008; Nahón et al., 2006; Sztulwark, 2005), en este tránsito al neoestructuralismo, el ELA perdió sus rasgos más originales y terminó posicionándose como una perspectiva ortodoxa moderada. En este contexto, la perspectiva sistémico-histórico-estructural, que abona un análisis interdisciplinar e integral de los problemas del desarrollo, perdió terreno y, con ello, se quitó relevancia al examen de las estructuras sociales en los estudios del desarrollo económico de la región.
Es importante señalar que, a inicios del siglo XXI, tuvo lugar una renovada preocupación por los estudios de estructura social en la CEPAL (véase Filguera, 2001; Franco et al., 2007; Sembler, 2006); sin embargo, esta no presentó mayores vínculos con las discusiones que se suscitaban en el campo del desarrollo económico dentro de la institución.
En el presente trabajo, se procura destacar la importancia de revincular las discusiones del desarrollo económico con las consideraciones sobre la estructura social. Concretamente, se pretende resaltar la relevancia y la necesidad de abordar la problemática del desarrollo de Latinoamérica en el sistema capitalista contemporáneo desde un enfoque interdisciplinar e integral. Se trata de volver a poner en el primer plano tanto los condicionamientos sistémicos como las particularidades socioeconómicas internas de los países de la región, y las relaciones existentes entre ellas, para pensar estrategias que permitan la salida de sus posicionamientos periféricos.
En este sentido, luego de la presente introducción, en el primer punto se abordan los planteos iniciales sobre el desarrollo económico elaborados en la CEPAL, así como su complejización a partir de la interacción con las contribuciones de la sociología del desarrollo. En el segundo punto, se da cuenta del enriquecimiento de los planteamientos del ELA a partir de ciertas lecturas críticas provenientes del campo de la sociología entre inicios y mediados de la década de 1970, así como la subsiguiente pérdida de gravitación de las contribuciones sociológicas para entender los problemas del desarrollo dentro de la CEPAL y del ELA. El trabajo cierra con unas breves consideraciones finales en las que, sobre la base de los desarrollos previos, se esbozan algunas ideas orientativas para recuperar y avanzar en la realización de análisis interdisciplinares que centren su atención en la consideración de las estructuras socioeconómicas de los países de la región, con el fin de pensar estrategias de desarrollo integrales en el marco del sistema capitalista contemporáneo.
1. Los problemas del desarrollo bajo el lente del estructuralismo cepalino
1.1. Contribuciones prístinas sobre el desarrollo económico
El escrito de Raúl Prebisch, publicado por primera vez en 1949, titulado El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas, sentó las bases para el estudio de la problemática del desarrollo con un tinte crítico y original desde –y para– la región (Cardoso, 1977; Faletto, 1996; Rosenthal, 1994). La discusión sobre el desarrollo había comenzado a permear distintos campos de las ciencias sociales desde mediados del siglo XX, en el marco del proceso de descolonización de los últimos bastiones imperiales que continuaban existiendo en África y Asia, y de emergencia de la Guerra Fría (Wallerstein, 1993). Particular fuerza tuvo este debate en el campo de la economía (Sumner, 2006), al punto tal de llegar a configurarse dentro de este una subdisciplina específica abocada a dicha problemática: la Teoría Económica del Desarrollo (Bustelo, 1999).
Gran parte de los “pioneros” del desarrollo económico –como Nurkse, Lewis, Myrdal, Hirschman, Rosenstein-Rodan, por mencionar a algunos de los economistas más destacados– advirtieron la existencia de diferencias cualitativas a nivel de estructuras –no meramente cuantitativas o de grado– entre los países desarrollados y los que, por ese entonces, a partir del reporte de Naciones Unidas de 1951, comenzaron a llamarse subdesarrollados (véase Meier & Seers, 1984). Atendiendo a ello, plantearon la necesidad de implementar un herramental teórico-metodológico diferente al creado por y para el estudio de los países desarrollados, que contemple la especificidad de estos países. Sobre esta base, llegaron a considerar que, para reducir las diferencias estructurales que los países subdesarrollados presentaban con respecto a los desarrollados y alcanzar sus niveles de riqueza y bienestar, era necesario estimular el proceso de acumulación de capital en aquellos, particularmente a través de la dinamización del sector industrial. Para eso, y con cierto influjo de ideas keynesianas, plantearon la necesidad de la intervención estatal en el impulso y el direccionamiento de la industrialización (Bustelo, 1999; Hirschman, 1980). Los pioneros consideraban que, si dichas medidas se aplicaban de manera correcta, más tarde o más temprano, los distintos países del mundo alcanzarían el estatus de “desarrollado” (Bustelo, 1999; Leys, 1996).
Prebisch coincidía en muchos de los puntos identificados por los economistas antes mencionados, incluso es considerado por diversos autores como uno de los pioneros del desarrollo (véase Bustelo 1999; Pérez Caldentey et al., 2012; Meier & Seers, 1984). Sin embargo, no dejó de ser un pionero “distinto”, que presentó una perspectiva crítica con relación a la corriente principal de la teoría económica del desarrollo (Buch-Hansen & Lauridsen, 2012). Concordaba con el resto de los pioneros en la existencia de una diferencia estructural entre países desarrollados y subdesarrollados, a los que identificaba, respectivamente, como centros y periferias, y en la importancia de avanzar en un proceso de industrialización dirigido por el Estado con el objeto de subsanarla (Bustelo, 1999; Sztulwark, 2005). No obstante, advertía ciertos obstáculos y condicionamientos para su realización, más allá de la buena o mala implementación de las medidas correctas. Si bien Prebisch consideraba la especificidad estructural de los países periféricos y su diferencia con los centrales, no los entendía como unidades aisladas, sino como partes interdependientes del sistema capitalista global, cuya dinámica de reproducción incidía en su configuración (Sunkel, 1970a). Por lo tanto, su capacidad de transformación no solo dependería de la buena implementación de las políticas correctas, sino, también, de las posibilidades de llevar a cabo dichas políticas dentro del marco de reproducción sistémica del capitalismo moderno.
Prebisch planteó una crítica al sistema de relaciones internacionales existente. Entendía que la teoría ricardiana de las ventajas comparativas, en la versión convencional de la economía neoclásica, que operaba como legitimación teórica del sistema de intercambio internacional, resultaba beneficiosa para los países centrales y perjudicaba a los periféricos. Según los postulados de esta teoría, cada país debía especializarse en la producción de bienes para los que fuera relativamente más eficiente, dada su dotación de recursos naturales, humanos, culturales, de capital, etc., y comerciar su excedente en el mercado mundial. De este modo, se lograría la máxima eficiencia productiva y el óptimo social no solo a nivel nacional sino también global (Cardoso, 1980; Preston, 1999). Pero, para Prebisch, este tipo de especialización no hacía más que reforzar las características diferenciadas de las estructuras productivas de los países centrales y periféricos, y atentar contra las posibilidades de desarrollo económico de estos últimos. El economista argentino planteaba que los espacios centrales eran aquellos donde el progreso técnico más se había desarrollado y penetrado en el conjunto del entramado productivo, generando, de esta manera, una estructura productiva homogénea y diversificada, con capacidad de absorber a un gran porcentaje de la población en actividades de elevada productividad. En la periferia, por el contrario, el desarrollo técnico había sido reducido y tenido lugar solo en ciertos sectores de actividad, particularmente en aquellos que estaban vinculados a la producción de bienes que se exportaban a los centros. Esto daba lugar a la configuración de una estructura productiva heterogénea y especializada, con escasa capacidad de generar empleo de elevada productividad para el grueso de la población. Las relaciones de intercambio internacional, lejos de revertir esta disparidad estructural, la acrecentaban. El desarrollo capitalista presentaba, según Prebisch, una dinámica centrípeta que tendía a concentrar el progreso técnico y sus frutos en el centro y a dejar relegada a la periferia de los beneficios de estos (CEPAL, 1951; Prebisch, 1949).
Para romper con estas formas de relacionamiento desigual dentro del capitalismo mundial, Prebisch planteaba la misma estrategia que el resto de los pioneros: la necesidad de avanzar en un proceso de industrialización deliberadamente impulsado por el Estado. El “padre fundador” del ELA postulaba que, al ser la manufactura la actividad por excelencia portadora del progreso técnico, avanzar en el desenvolvimiento de esta permitiría a los países de la región disminuir el diferencial tecnológico con los países centrales, mejorar su nivel de ingreso y las condiciones de reproducción social internas, además de cualificar su posicionamiento en el sistema de comercio internacional (CEPAL, 1951; Prebisch, 1949).
Vale destacar que, para el momento en que Prebisch elaboró su propuesta y comenzó a tomar cuerpo el pensamiento estructuralista latinoamericano, el proceso de industrialización, en clave sustitutiva de importaciones, ya estaba teniendo lugar en muchos países latinoamericanos (CEPAL, 1965a). De hecho, en el contexto de crisis y guerras mundiales, diversos países de América Latina cambiaron la actividad motriz de sus economías, de modo que pasó a ganar peso el sector industrial y un “desarrollo hacia adentro”, mientras que perdía fuerza el sector primario de exportación y el “desarrollo hacia afuera” (Rodríguez, 2006). Sin embargo, una vez que las propuestas de Prebisch y del ELA adquirieron gravitación e impulso a través de la CEPAL[2], el proceso de industrialización en la región cambió su cariz, en un contexto de relevo hegemónico a nivel mundial y de una geopolítica económica de la nueva potencia hegemónica –Estados Unidos– que, como se planteó en el capítulo 1, si bien en sus inicios no estimulaba, tampoco parecía oponer mayores trabas a esta estrategia de desarrollo de América Latina. La industrialización sustitutiva de importaciones pasó de tener un carácter coyuntural a estar crecientemente inserta dentro de una estrategia de desarrollo impulsada y orientada por el Estado en un gran número de países latinoamericanos (CEPAL, 1965a; FitzGerald, 1998). Es más, la planificación o programación del desarrollo económico adquirió un lugar relevante en la escena pública, y la CEPAL procuró brindar apoyo técnico en la materia a los países de la región que buscaban conferir racionalidad al proceso de industrialización en curso (Bielschowsky, 1998; Rosales, 1988).
La estrategia de industrialización dirigida por el Estado presentó ciertos éxitos en términos económicos, con un PBI regional que creció en promedio un 5,5 % interanual entre 1950 y 1980 (Bértola & Ocampo, 2013). No obstante, el desenvolvimiento industrial también mostró limitaciones a la hora de viabilizar procesos de transformación estructural y habilitar la salida de los países de la región de su posicionamiento periférico[3].
Ya tempranamente, durante la década de 1950, Prebisch comenzó a advertir ciertos límites del proceso de industrialización para sostener su dinamismo y propiciar un cambio estructural habilitador del desarrollo (Bielschowsky, 1998; Rosales, 1988). Planteó diversas estrategias para redefinirlo y darle sostenibilidad y viabilidad en términos económicos –por ejemplo: el estímulo a los procesos de integración productiva regional, como pudo evidenciarse en el capítulo 2– pero, además, amplió el lente analítico para examinar estas limitaciones. Así, el ELA y la CEPAL, que en sus inicios se concentraron en la dimensión económica del desarrollo, comenzaron a abrir la problemática a otras disciplinas de las ciencias sociales para avanzar en el entendimiento del desarrollo –y sus límites– como un proceso de cambio social (Faletto, 1996; Gurrieri, 1979).
En este contexto, el ELA pasó a nutrirse de los aportes realizados por la sociología de la modernización y del desarrollo en América Latina[4]. Fue así que las contribuciones de Prebisch y del ELA no solo repararon en las asimetrías del sistema de relaciones internacionales, sino que también posaron su atención en las estructuras sociales de los diferentes países latinoamericanos, configuradas en su proceso de inserción en la modernidad capitalista. A este respecto, la incorporación de Medina Echavarría a la institución tuvo una gran importancia para avanzar en el estudio interdisciplinario e integral de la problemática del desarrollo. En el siguiente punto se analizan los principales aportes del autor en esta materia y sus contribuciones al enriquecimiento de los planteos de raigambre económica de la CEPAL y del ELA para abordar los problemas del desarrollo económico de la región.
1.2. Contribuciones de la sociología al pensamiento de la CEPAL
José Medina Echavarría, un español que llegó exiliado a México en 1939 tras la caída de la II República, contribuyó al desarrollo y a la institucionalización de las ciencias sociales en la región. De su formación en Derecho en España, donde obtuvo el doctorado en 1929 en la Universidad Central de Madrid, y su inicial interés por los estudios de la filosofía del derecho, fue progresivamente virando hacia el campo de la sociología. El escenario europeo, avasallado por las guerras y el ascenso de los totalitarismos, ponía en crisis a la razón y a la modernidad, y Medina buscó en los clásicos de la sociología –como Max y Alfred Weber, Mannheim, Simmel, Tönnies– herramientas para comprender racionalmente estos procesos y tratar de salir de dicha crisis (Morales Martín, 2010; Ribes Leiva, 2003). Esta concepción de la sociología como una ciencia que permite obtener conocimiento de realidades sociales concretas fue la que continuó desarrollando tras su arribo a América Latina. De este modo, contribuyó a la consolidación de una mirada sociológica circunstanciada en la región, influenciado no solo por las aportaciones de la sociología occidental, sino también, ya en el continente, por los insumos de la sociología norteamericana (Moya López, 2016; Ribes Leiva, 2003).
Su ingreso a la CEPAL se produjo en 1952 en el área de publicaciones. Sus primeras contribuciones se plasmaron en la obra Los aspectos sociales del desarrollo económico en América Latina (1955). Continuó aportando luego al desarrollo del pensamiento sociológico en la institución, en colaboración con otros destacados científicos sociales, como miembro de la División de Asuntos Sociales (1958-1963) y como jefe de la División de Planificación Social en el ILPES (1963-1974) (Franco, 2013; Morales, 2012). Medina Echavarría, enmarcado dentro de la sociología de la modernización, introdujo aportes que lo alejaron del evolucionismo ingenuo de muchos de los sociólogos inscriptos en esta corriente, vinculado con una mirada analítica y abstracta de los procesos históricos (Gurrieri, 1979; Roitman Rosenmann, 2008, Solari et al. 1976). El autor español analizó el proceso histórico concreto de desarrollo económico de los países latinoamericanos –y sus límites– en el marco de la incorporación de América Latina a la modernidad capitalista y, por lo tanto, de la expansión –y penetración– de la racionalidad instrumental en estas latitudes y del tránsito de sociedades tradicionales a modernas.
Así, en su trabajo Las condiciones sociales del desarrollo económico, ante la advertencia de que el ritmo de crecimiento real era menor al estimado, se preguntaba:
¿Dónde están las fallas? Un examen crítico riguroso no permite descubrir errores en las proyecciones y cálculos hechos ni falsedad alguna en los datos manejados; tampoco se ofrecen contingencias externas o internas que puedan explicar el fenómeno. ¿No será entonces lícito ir más allá de los “datos manejados” en la busca de otros que no se tuvieron en cuenta o que se dieron simplemente por supuestos? ¿No estará la respuesta en la conducta económica efectiva de los distintos grupos humanos de ese país que se supuso iba a reaccionar racionalmente a las nuevas condiciones propuestas? ¿Cuál ha sido esa conducta real y a qué se debe? Porque una meta de inversiones no es un proceso automático que no exija la presencia de hombres concretos con la voluntad de invertir, empresarios capaces de iniciativa, deseosos de aprovechar una coyuntura favorable, ni es posible una meta de ahorro sin hombres dispuestos a modificar razonablemente sus hábitos de consumo y sus niveles de ingreso, ni cabe alcanzar con solo procedimientos mecánicos el necesario aumento de la productividad, sin una determinada moral de trabajo y si no hay hombres impulsados por su propio nivel de aspiración a la aceptación voluntaria de la disciplina indispensable (Medina Echavarría, 1973: 2).
Asimismo, continuaba argumentado el autor que
Cuando se señalan como poderosos obstáculos al desarrollo económico la vigencia de determinados valores y la existencia de ciertas actitudes, usos y tradiciones, no se está frente a entidades misteriosas ante las que nada quepa hacer… Los motivos, las actividades y las creencias que mueven a los hombres no se dan en el vacío, sino como exigencias de definidos usos e instituciones. El análisis de los motivos lleva de modo necesario al análisis de una estructura social… Ahora bien, entre los principios generales de la ciencia social contemporánea apenas nadie niega su reconocimiento a estos dos fundamentales: primero, que estructura social y carácter –como hoy se dice– se corresponden estrechamente, siendo el uno correlato del otro; segundo, que la estructura social es un complejo de instituciones que no puede alterarse sin modificaciones paralelas y más o menos profundas en todas ellas. Esto quiere decir que cuando el economista tropieza con manifestaciones de conducta que no corresponden a sus supuestos y exigencias, es que está ante un carácter –un sistema de actitudes y motivos– que fue moldeado por una estructura social distinta de la que él pretende y necesita (Medina Echavarría, 1973: 3-4).
Así, Medina Echavarría entendía el desarrollo económico como un fenómeno de cambio social, en el cual lo que cambia es una estructura social en su totalidad (Medina Echavarría, 1973: 18-19). Para describir y explicar qué es lo que cambia, el autor español recurrió al empleo de tipos ideales weberianos, como un instrumento heurístico que permite conocer la realidad por medio de la contrastación entre ella y el tipo ideal. En este sentido, para Medina, el desarrollo económico demandaba e implicaba el tránsito de una sociedad tradicional a una sociedad moderna (véase CEPAL, 1963; Medina Echavarría, 1973).
En la elaboración de estos tipos ideales, Medina Echavarría identificaba distintas estratificaciones sociales, instituciones y valores para las sociedades tradicionales y las modernas. Así, por ejemplo, planteaba que “la sociedad tradicional y la industrial se oponen radicalmente en su actitud al cambio. La tradicional exalta más bien la herencia del pasado. La sociedad industrial, por el contrario, valora y estimula toda mudanza, es decir, el cambio se encuentra institucionalizado” (Medina Echavarría & Hauser, 1961: 49). También reconocía que en la sociedad moderna prima el principio de mérito, mientras que en la tradicional lo hace el de adscripción, y que en las sociedades tradicionales existen unas pocas instituciones que concentran un amplio abanico de funciones, mientras que en la sociedad industrial dominan las instituciones especializadas, cada una con una tarea delimitada y específica (Medina Echavarría & Hauser, 1961).
Siguiendo esta clave de lectura y atendiendo a la historia concreta de América Latina, Medina Echavarría planteaba que, en el tránsito hacia el desarrollo –al que equiparaba con el proceso de modernización–, las sociedades latinoamericanas presentaban ciertas particularidades que operaban como condiciones negativas u obstáculos (Medina Echavarría, 1973). El autor consideraba que los países de América Latina, sin desconocer sus especificidades, en términos generales se caracterizaban por presentar estructuras sociales en las que convivían elementos tradicionales y modernos. Esta combinación de lo tradicional y lo moderno, de lo actual y lo arcaico, podía responder tanto a la falta de impulso de los elementos modernos como a la capacidad de sobrevivencia de los tradicionales. Medina Echavarría osciló entre ambas opciones, sin preocuparse por inclinarse en definitiva por ninguna de ellas. En El desarrollo social de América Latina en la posguerra[5] presentó la hipótesis de la porosidad estructural de la sociedad tradicional, que absorbe o asimila elementos modernos sin modificar sus fundamentos básicos (CEPAL, 1963: 12). En Consideraciones sociológicas sobre el desarrollo económico de América Latina puso más énfasis en la debilidad de los elementos modernos (Gurrieri, 1979). Más allá de la fortaleza o debilidad relativa de los elementos modernos o tradicionales, lo importante para Medina Echavarría era la coexistencia de estos elementos. Para el autor, este era el rasgo característico de las sociedades de América Latina de principios de la década de 1960, y allí residía una de las mayores dificultades para avanzar en términos de desarrollo económico y configurar una sociedad industrial-moderna.
Esta coexistencia de lo tradicional y lo moderno se traducía en formas de asincronía que se manifestaban en distintas esferas de la vida social, y allí se encontraba uno de los principales obstáculos para el desarrollo. Por ejemplo, podía suceder que la estructura técnico-económica de una sociedad se hubiera transformado en la dirección requerida por el tipo industrial, al tiempo que el proceso de cambio de las actitudes y comportamientos de los distintos estratos y el proceso de cambios de las instituciones se vieran rezagados en esta materia. También era posible que las actitudes hubiesen evolucionado en el sentido requerido por la sociedad industrial, pero existiera estancamiento en el aparato técnico-económico, educacional, político, etc. La existencia de asincronías, en cualquiera de los sentidos que ocurriera, era entendida como un obstáculo para el desarrollo, en tanto se consideraba que, para conformar una sociedad industrial-moderna, era necesario avanzar, de manera articulada, en transformaciones en las distintas esferas de la vida (CEPAL, 1992) [6].
Por otro lado, vale destacar además que, en su esfuerzo por teorizar sobre la historia concreta de América Latina, Medina Echavarría, en línea con los planteos modernizadores, reconocía la existencia de una tendencia secular hacia la racionalización y la constitución de la sociedad industrial-moderna. El proceso de desarrollo económico se presentaba como un aspecto fragmentario de esta tendencia, que en verdad se desplegaba entrelazado con otro de carácter social. Sin embargo, el autor también reconocía que el desarrollo económico era un objetivo perseguido expresamente por los actores sociales (Gurrieri, 1979). Por lo tanto, si bien Medina entendía que el desarrollo económico constituía una tendencia real, también consideraba que no resultaba para nada inexorable; no se trataba de un proceso que tuviera lugar a través de fuerzas que operan más allá de la voluntad de los individuos. El camino del desarrollo económico se presentaba, entonces, como uno y múltiple, y en su elección se manifestaba la decisión humana. De este modo, en lo que se refiere al desarrollo económico, para el académico español era necesario analizar: qué se quiere, con todas las connotaciones ideológicas que tiene el tema, quiénes lo quieren y quienes no, y cómo se va a lograr dicho objetivo.
Entender el desarrollo como una tendencia real y como un objetivo social demandó al ELA otorgar mayor centralidad al análisis de los actores y de las estructuras sociales adecuados para impulsarlo. En línea con ello, la planificación del desarrollo dejó de tener un carácter exclusivamente técnico-económico, y tomó fuerza la idea de la planificación del desarrollo como un proceso de cambio social (véase CEPAL, 1965b).
Además de estas contribuciones teóricas, diversos eventos socioeconómicos y políticos regionales e internacionales contribuyeron a otorgar mayor centralidad a la planificación social del desarrollo dentro del pensamiento estructuralista latinoamericano. La década de 1950 dejó planteados varios interrogantes con respecto a la posibilidad de sostener un crecimiento dinámico sobre la base del proceso de industrialización ante escenarios de creciente inestabilidad macroeconómica, asociados en buena medida a problemas de restricción externa. Asimismo, evidenció que el proceso de industrialización no alcanzaba a absorber a la fuerza de trabajo que migraba del campo a la ciudad buscando mejorar sus condiciones de vida, y que daba lugar a un crecimiento de la población urbana, particularmente en grandes ciudades, y a su tugurización (Bielschowsky, 1998). Por su parte, la Revolución cubana de 1959 implicó un cambio de la geopolítica-económica de Estados Unidos con respecto a América Latina. La potencia del Norte de América comenzó a manifestar interés por los problemas económicos y sociales de los países latinoamericanos e impulsó la denominada “Alianza para el Progreso” [7]. Este programa, que tuvo sus antecedentes en la Operación Panamericana de 1958 y en el Acta de Bogotá de 1960, presentó dos propósitos muy explícitos: desalentar las revoluciones sociales en otros países de la región y asegurar la hegemonía de los Estados Unidos en América. Para ello, Estados Unidos se dispuso a brindar apoyo técnico y financiero a los países latinoamericanos con el propósito de acelerar sus procesos de desarrollo social y económico, a fin de satisfacer las aspiraciones de sus pueblos a una vida más plena y proporcionarles la oportunidad de mejorar sus condiciones de reproducción social, sobre la base del fortalecimiento de las instituciones libres y democráticas (Franco, 2013, 2015; Gabay, 2009).
La Carta de Punta del Este (1961) representó la ratificación de la Alianza para el Progreso en la región. Ello puede advertirse en su preámbulo[8]:
Las Repúblicas americanas proclaman su decisión de asociarse en un esfuerzo común para alcanzar un progreso económico más acelerado y una más amplia justicia social para sus pueblos, respetando la dignidad del hombre y la libertad política… Inspiradas en estos principios, en los de la Operación Panamericana y en los del Acta de Bogotá, las Repúblicas americanas han resuelto adoptar aquí el siguiente programa de acción para iniciar y llevar adelante la Alianza para el Progreso.
Las contribuciones teóricas, y los cambios en el escenario económico y político regional e internacional antes mencionados, llevaron al ELA a otorgar una importancia creciente a la pretensión de analizar el desarrollo económico como un proceso de cambio social total y de avanzar en su planificación. En este contexto, tomaron relevancia los análisis sobre las estructuras sociales y sobre cómo propiciar sus transformaciones para estimular actitudes y valores que impulsen procesos de cambio estructural, que permitan mejorar las condiciones de vida de las grandes masas de población en América Latina[9].
Ello se hace evidente en diversas publicaciones de autores estructuralistas. Particularmente, resulta interesante destacar a este respecto el libro de Prebisch de 1963 titulado Hacia una dinámica del desarrollo latinoamericano. En este texto, que es el último que “el padre del estructuralismo” escribió estando en la función de director ejecutivo de la CEPAL[10], se reparaba expresamente en los factores estructurales que requerían ser modificados para abrir cauce al desarrollo de la región. Prebisch planteó allí el problema de la insuficiencia dinámica de la acumulación de capital en los países de la región, que impedía que una proporción sensible de la población activa, que crecía rápidamente, pudiera ser absorbida en actividades de elevada productividad. Entendía que esta problemática estaba asociada a la estructura social prevaleciente en la región. El autor advertía que la estructura social en los países de América Latina, sin desconsiderar sus particularidades nacionales, se caracterizaba por el privilegio en la distribución de la riqueza y, por consiguiente, del ingreso, presentando en la cúspide a un estrato muy reducido de la población con patrones de consumo superfluo que desviaban fondos de la inversión productiva. Concretamente planteaba:
La estructura social prevaleciente en América Latina opone un serio obstáculo al progreso técnico y, por consiguiente, al desarrollo económico y social. Tres son las principales manifestaciones de este hecho: a) esa estructura entorpece considerablemente la movilidad social, esto es, el surgimiento y ascenso de los elementos dinámicos de la sociedad, de los hombres con iniciativa y empuje, capaces de asumir riesgos y responsabilidades, tanto en la técnica y en la economía como en otros aspectos de la vida; b) la estructura social se caracteriza en gran medida por el privilegio en la distribución de la riqueza y, por consiguiente, del ingreso; el privilegio debilita o elimina el incentivo a la actividad económica, en desmedro del empleo eficaz de los hombres, las tierras y las máquinas; c) ese privilegio distributivo no se traduce en fuerte ritmo de acumulación de capital, sino en módulos exagerados de consumo en los estratos superiores de la sociedad en contraste con la precaria existencia de la masas populares (Prebisch, 1963: 4).
Para intensificar la acumulación de capital, Prebisch (1963) sugirió la posibilidad de comprimir el consumo de los grupos de altos ingresos. Para avanzar en este sentido, el autor argentino consideraba que se requerirían tanto medidas compulsivas como incentivos. A este respecto, planteaba que la reforma agraria se presentaba como una necesidad impostergable. Ella permitiría realizar un cambio estructural que diera lugar a un mejor aprovechamiento del potencial de ahorro y promoviera la movilidad social, de modo tal de lograr un mejor aprovechamiento también de recursos humanos, tierra y capital. Según Prebisch, la prevalencia de privilegio en la estructura social debilitaba considerablemente el incentivo al progreso técnico y, en consecuencia, el aprovechamiento de las personas con iniciativa y capacidad que demanda el desarrollo tecnológico.
Vale destacar que, si bien durante estas décadas, el ELA y la CEPAL avanzaron en el estudio de los condicionantes internos, esto no implicó un descuido de la mirada sistémica. Puntualmente, Prebisch, en la obra anteriormente referenciada, planteó la necesidad de continuar avanzando en el proceso de industrialización, dado que, de mantenerse las tendencias dispares de la demanda internacional, éstas jugarían en contra de la expansión de las exportaciones tradicionales –de bienes primarios– de los países periféricos, lo que generaría un estrangulamiento externo para la región. Para continuar con el desenvolvimiento manufacturero y avanzar en un cambio estructural propiciador del desarrollo, comprendiendo las limitaciones de demanda de los mercados nacionales, el autor proponía, entre otras medidas, estimular las exportaciones de bienes industriales desde los espacios periféricos y avanzar en la consolidación de un mercado común latinoamericano[11]. Es más, la importancia de los condicionantes sistémicos en la configuración de las estructuras socioeconómicas de los países de la región y en sus procesos de desarrollo económico adquirió mayor profundidad y alcance dentro del ELA a lo largo de la década de 1960 y hasta mediados de la década de 1970, asociada a la discusión de la problemática de la dependencia. Diversas circunstancias incidieron en ello; en el punto siguiente se repara en éstas y en la evolución de esta problematización en América Latina.
2. El pensamiento latinoamericano del desarrollo y la CEPAL de fines de siglo XX
2.1. Contribuciones críticas a la sociología del desarrollo cepalina
Un conjunto heterogéneo pero articulado de situaciones habilitó cambios de énfasis en el abordaje de la problemática del desarrollo económico por parte del ELA. En este sentido, pueden mencionarse: la salida de Prebisch de la dirección ejecutiva de la CEPAL en 1963; la dirección “a distancia” del recientemente creado ILPES, vinculada con su posterior incorporación a la UNCTAD (1963-1969); el asesinato de Kennedy en noviembre de 1963 y el nuevo giro de la geopolítica económica de Estados Unidos para con América Latina[12]; y cierta radicalización del clima sociopolítico en la región (Bielschowsky, 1998; Franco, 2013, 2015; Gabay, 2009).
Si bien desde “el manifiesto”, durante toda la década de 1950 y particularmente a inicios de la década de 1960, las ideas de desarrollo económico del ELA, impulsadas desde la CEPAL, se presentaban como auspiciosas, las circunstancias antes mencionadas comenzaron a alterar esta valoración. Los cambios institucionales, políticos y económicos globales y regionales anteriormente referenciados, sumados a cierta frustración con respecto a la efectividad de las políticas de desarrollo que estaban teniendo lugar en distintos países de América Latina, impulsaron una revisión crítica de éstas durante el transcurso de la década de 1960 y hasta mediados de la década de 1970.
Estas revisiones tuvieron lugar tanto dentro como fuera de la CEPAL, en instituciones relevantes para el pensamiento social del desarrollo en la región, también emplazadas en Santiago de Chile, como la FLACSO, la Universidad Católica y la Universidad de Chile, por mencionar algunas de las más importantes (Beigel, 2009; Bielschowsky, 1998; Falero, 2006; Faletto, 1996; Nahón et al., 2006). Las contribuciones de raigambre marxista de diversos intelectuales latinoamericanos que emigraron y se exiliaron en Chile, debido a golpes militares acaecidos en distintos países de la región, ejercieron un influjo significativo en este examen crítico. Pueden destacarse, en este contexto, particularmente, los aportes de científicos sociales brasileños como Fernando Henrique Cardoso, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra y Darcy Ribeiro, entre otros, que dieron sustento a la problematización de la dependencia de los países latinoamericanos en sus procesos de desarrollo dentro de la economía capitalista moderna (Roitman Rosenmann, 2008).
Quizás una de las contribuciones que más se destacó a este respecto, en el marco del ELA, fue la obra de Cardoso y Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina (1969). Estos autores, que se desempeñaban en la División de Programación del Desarrollo Social del ILPES, bajo la dirección de Medina Echavarría, continuando con la tradición del exiliado español, buscaban identificar la especificidad del desarrollo de América Latina en el marco de su inserción en el sistema capitalista moderno (Morales, 2012). A las aportaciones cepalinas que se venían desarrollando hasta el momento sobre la estructura y el funcionamiento social, incorporaron consideraciones vinculadas a la dominación política y, asociado a ellas, examinaron las situaciones concretas de dependencia de los países de la región (Faletto, 1996; Preston, 1999).
Más allá de esta contribución específica, en términos generales se evidenció un proceso de reorientación de las contribuciones del ELA. Éstas adquirieron matices críticos a partir de la incorporación de ciertas lecturas marxistas que compartían el interés original del pensamiento estructuralista latinoamericano por analizar la singularidad de los países de América Latina en su integración al moderno sistema capitalista mundial, y se mostraban preocupadas por impulsar su desarrollo económico dentro de éste (Di Filippo, 2007; Falero, 2006; Kay, 1991)[13].
En este escenario, se produjeron una serie de contribuciones excepcionales dentro del ELA que continuaron otorgando centralidad a la estructura social y profundizando el análisis del desarrollo como un proceso de cambio social total. Sin procurar hacer un examen exhaustivo de éstas, a continuación se referencian algunas de las categorías conceptuales y autores más relevantes de este periodo, que se extendió hasta mediados de la década de 1970, a fin de ilustrar la complejización del pensamiento estructuralista latinoamericano del desarrollo en esta etapa.
Autores como Aníbal Pinto, Jorge Graciarena, Enzo Faletto, Osvaldo Sunkel, Celso Furtado y el propio Prebisch avanzaron en precisiones y actualizaciones para caracterizar la estructura social de los países latinoamericanos, incorporando conceptos como: estilos de desarrollo, heterogeneidad estructural, estructuras de poder y sociedad privilegiada de consumo. Estas categorías conceptuales fueron los puntos de apoyo centrales del ELA en este período.
Pinto, en su trabajo Concentración del progreso técnico y de sus frutos en el desarrollo latinoamericano (1965), presentó la tesis de la “heterogeneidad estructural”. El autor, en esta y en otras contribuciones (véase Pinto, 1970, 1973), advirtió, críticamente, que el proceso de industrialización de América Latina presentaba un carácter concentrador y excluyente, ya que el progreso técnico asociado al desenvolvimiento industrial solo quedaba concentrado en puntos determinados de la estructura productiva, sin difundirse al conjunto. Esta concentración del progreso técnico se traducía en diferencias de productividad intra- e intersectoriales, así como regionales, que repercutían en una desigual asignación socioespacial del ingreso. La escasa expansión de la técnica moderna dejaba a grandes segmentos de la población y a diferentes regiones del espacio nacional marginadas de sus frutos. Asimismo, Pinto evidenció que el proceso de industrialización en curso se encontraba lejos de contribuir a disminuir la dependencia externa de los países de la región. Ésta simplemente cambiaba su rostro; la dependencia se materializaba a través del endeudamiento, la subordinación tecnológica, la extranjerización de actividades estratégicas, etc., lo cual la tornaba tanto o aun más relevante que durante el período del modelo agroexportador.
Furtado (1971), por su parte, buscó analizar el problema del subdesarrollo y la dependencia de los espacios periféricos en el marco del examen de la estructura y la dinámica de funcionamiento del sistema global del que formaban parte. Planteó que el subdesarrollo de los países de América Latina respondía a un proceso imitativo de los patrones de consumo de los países desarrollados. Si bien advirtió que la región transitó por distintas estrategias de desarrollo, ya bajo el esquema de inserción agroexportadora, ya durante el proceso de sustitución de importaciones, identificó una característica común en ambas: la elevación de la productividad, vinculada al ingreso del progreso técnico, se encontró asociada a la “modernización” de los patrones de consumo de una minoría privilegiada –conformada por grupos propietarios, profesionales urbanos y burócratas. En otras palabras, el autor advertía que la imitación de los patrones de consumo de los países centrales por parte de un grupo social reducido de ingresos elevados configuraba un hecho determinante de la forma de desarrollo en condiciones de dependencia de América Latina.
Concretamente, Furtado planteó que la producción en los países periféricos se desarrollaba de forma tal de atender las demandas de esta minoría. En lo que se refiere a la etapa de sustitución de importaciones, el aparato productivo buscó satisfacer las necesidades de la minoría rica que antes, bajo la inserción exportadora, se abastecía mediante importaciones. En línea con ello, el desenvolvimiento manufacturero de los países periféricos se encontró asociado a los patrones de consumo crecientemente diversificados de los grupos de altos ingresos. Las empresas industriales que atendían esta demanda, en un escenario de predominancia creciente de las corporaciones multinacionales, lejos de avanzar en la generación endógena de progreso técnico en América Latina, se acoplaron a una lógica de descentralización total o parcial de la producción física de artículos que continuaban siendo concebidos en los centros. Las actividades manufactureras descentralizadas demandaban un elevado coeficiente de capital. Como contrapartida, se veían reducidas las posibilidades de realizar inversiones, y difundir la técnica moderna, en la parte del aparato productivo orientado a satisfacer las necesidades de las grandes mayorías de la población. De este modo, el desarrollo dependiente de la periferia latinoamericana daba lugar a una creciente internacionalización de sus economías, en línea con las demandas de una pequeña minoría privilegiada, y desatendiendo a las grandes masas de su población.
Sunkel (1970b) también pretendió articular la problemática de la dependencia a los ya abordados problemas del desarrollo y subdesarrollo. Para ello, avanzó en la configuración de un esquema analítico para el estudio de la estructura, el funcionamiento y la transformación de la sociedad que contribuyó a la realización de un abordaje integral de estas problemáticas. A partir de este esquema, destacó la influencia trascendental que han ejercido sobre la estructura y el funcionamiento de nuestros sistemas socioeconómicos –y sobre su proceso de transformación– las vinculaciones externas, sin desconocer, por ello, las particularidades domésticas de éstos. En línea con el planteo de Pinto anteriormente referenciado, Sunkel reparó en la creciente dependencia externa que implicó el proceso de industrialización por sustitución de importaciones para los países de la región, el cual demandó la incorporación de conocimiento tecnológico, capacidad administrativa, recursos humanos calificados, maquinarias y equipos, insumos y aportes financieros de procedencia extranjera. Para el autor, tuvo lugar, así, un proceso de creciente desnacionalización y sucursalización de la industria latinoamericana, en una etapa de acelerada expansión de los conglomerados transnacionales. Asociado a este proceso, Sunkel advirtió una agudización de la heterogeneidad productiva y un incremento de la marginalidad en los países de la región, que presionaba a la desintegración nacional. Planteaba que, en la medida en que los conglomerados transnacionales comenzaron a tomar una posición preponderante en las economías latinoamericanas, particularmente en el sector industrial, solo una minoría de la población de los países de la región quedaba integrada a la economía transnacionalizada, al costo de la desintegración nacional.
El mismo Prebisch (1976) llevó a cabo una serie de publicaciones que a la postre fueron incorporadas en un trabajo unificado bajo el título de Capitalismo periférico (1981). Allí, el autor analizó con detalle los distintos aspectos que caracterizaban la estructura socioeconómica de la periferia latinoamericana. En sintonía con los autores antes referenciados, Prebisch planteó la tesis de que, en América Latina, los grupos sociales capaces de controlar el excedente, en el marco de una estructura social estructuralmente heterogénea, drenaban una porción de éste hacia el consumo imitativo de los centros. Esto generaba que el ritmo de acumulación reproductiva no alcanzara a cubrir la incorporación de la totalidad de la población en el espacio periférico. Por otra parte, los grupos sociales emergentes que alcanzaban algún grado de capacidad para tomar una porción de dicho excedente, ya sea mediante la organización sindical, la especialización educativa o el control de aparatos y recursos estatales, procuraban imitar los patrones de consumo de los estratos privilegiados de altos ingresos. Esto desencadenaba una dinámica conflictiva en distintos niveles que se traducía en procesos inflacionarios y de inestabilidad política e institucional. Incluso, en un punto crítico, ello podía dar lugar a la irrupción de un poder militar represivo que pusiera límites a la expresión democrática de dicho conflicto y a las posibilidades de ascenso de nuevos grupos a la puja por el excedente. Al escenario conflictual doméstico se sumaban las presiones de los centros, que extraían parte del excedente mediante las rentas de la inversión extranjera directa y del sistema internacional de capitales, a través de los ciclos de endeudamiento externo.
Como consecuencia de estas lecturas y preocupados por las características del desarrollo –o subdesarrollo– de los países de la región, algunos autores que conformaron el cuerpo del ELA avanzaron en estudios sobre estilos de desarrollo. Destacan a este respecto las contribuciones de Graciarena (1976), Wolfe (1976) y Pinto (1976). En ellas pueden encontrarse algunas reflexiones teóricas sobre el concepto de desarrollo en general y sobre el de estilos de desarrollo en particular, que introdujeron consideraciones sobre el examen del poder en la sociedad y, asociado a ello, sobre quiénes son los “agentes de desarrollo” y qué margen de acción presentan para diseñar e implementar políticas y estrategias orientadas a estimular la configuración de un determinado estilo. También se plantearon reflexiones para la caracterización de diferentes estilos de desarrollo; se presentaron algunos análisis sobre “el estilo latinoamericano”, y se puntualizó en el hecho de que la adopción de un estilo concreto, real, es siempre una alternativa, políticamente buscada, entre varias históricamente posibles y potencialmente viables. Estas contribuciones eran particularmente relevantes en un contexto en el que existían expectativas de que la sociedad, a través de sus dirigentes políticos, se movilizara para el logro de un estilo de desarrollo que, además del crecimiento y la modernidad, trajera aparejado el aumento generalizado del bienestar social.
Muchos países latinoamericanos formularon planes en pos de la consecución de estos objetivos, los cuales implicaban programas de reformas agrícolas, monetarias, crediticias, y reestructuraciones del sistema impositivo, entre otros, pero se enfrentaron con diversos obstáculos. La mayoría de las veces, las reformas no pudieron llevarse a cabo porque los gobiernos se vieron sometidos a fuertes presiones por parte de los sectores perjudicados. En otros casos, los propósitos que se formulaban correspondían más al ánimo de los planificadores que a las convicciones de los políticos y de los ejecutivos de los organismos públicos. La sensibilidad de los políticos se orientaba mucho más a atender las demandas de corto plazo, mientras que los planificadores estaban más preocupados por los problemas estructurales del desarrollo y, por lo tanto, presentaban propuestas de política de mediano y largo plazo (Faletto, 1996). Los intentos de concebir y configurar estilos de desarrollo alternativos, que eleven el bienestar humano y contribuyan a la justicia social, terminaban pareciendo formulaciones utópicas; “cierto grado de frustración era casi inevitable” (Faletto, 1996: 94).
En líneas generales, se puede considerar que estos trabajos procuraron avanzar en el entendimiento del estilo de desarrollo prevaleciente en América Latina desde la posguerra, en el marco de su participación en la economía capitalista mundial, otorgando centralidad, para ello, al análisis de la estructuración social y de las relaciones de poder asociadas, a la hora de interpretar los procesos de acumulación y distribución del excedente. Destacaban que el proceso de desarrollo latinoamericano ha dado lugar a una fuerte heterogeneidad socioeconómica y espacial y, vinculado a ello, una aguda concentración del ingreso, en tanto los procesos de incorporación del progreso técnico al entramado productivo se han concentrado en algunas actividades sin lograr emplear a la totalidad de la oferta de mano de obra, lo que dejó a grandes segmentos de la población vinculados a actividades de baja productividad e ingreso.
Asimismo, planteaban que esta particular forma de incorporación y difusión acotada del progreso técnico se encontraba relacionada con las características de la estructura social de los países de la región. Particularmente, reparaban en la identificación de los estratos de mayor nivel de ingreso de la sociedad con los estilos de vida de las sociedades desarrolladas y, también, en los comportamientos de los estratos de menor nivel de ingreso que aspiraban a replicarlos y pujaban por el excedente, lo que restringía la capacidad de volcarlo hacia la inversión productiva. Esta imitación de los patrones de consumo del centro, en la que la penetración de las empresas transnacionales –y sus técnicas “modernas”– ha jugado un rol relevante, explicaba, en gran parte, la perpetuación del subdesarrollo y la dependencia en la periferia latinoamericana. Se ve, así, cómo estos análisis mantenían la original y genuina inquietud del ELA por examinar la especificidad de los países latinoamericanos en su integración al capitalismo moderno, poniendo el eje en el análisis de las estructuras socioeconómicas y de las relaciones de poder asociadas, para comprenderlas e intervenir en ellas.
Es importante advertir que, si bien este tipo de estudios alcanzó su máxima expresión dentro del ELA durante la década de 1970, también en este período comenzó a experimentar su declive. A partir de los años 1973 y 1974, la producción y difusión de las ideas de la CEPAL, y del conjunto de instituciones internacionales vinculadas a la problemática del desarrollo en América Latina con sede en Santiago de Chile, se vieron atravesadas por diferentes circunstancias históricas que marcaron un cambio en su orientación. Coincidieron en este momento episodios fundamentales en el plano político local, con la irrupción de la dictadura de Pinochet; en el plano económico local e internacional, asociados a la crisis y recesión mundial; y, relacionado con ello, en el plano de las ideas, frente a la decadencia de la teoría económica del desarrollo y a la avanzada de la ortodoxia neoclásica en el análisis de las economías subdesarrolladas (Bielschowsky, 1998; Hirschman, 1980; Meier, 2002; Nahón et al., 2006). Ello implicó, particularmente a través de la CEPAL y del ILPES, una reformulación del ELA, que devino, bajo ese nuevo escenario, en neoestructuralista. Las implicancias de este giro en el pensamiento del desarrollo de la región y, especialmente, en el tratamiento otorgado a la estructura social para comprender e incidir en él, se analizan en el siguiente punto.
2.2. Declinación del problema de la estructura social en los estudios del desarrollo en el tránsito al neoestructuralismo
Desde mediados de la década de 1970 y hasta fines de la década de 1980, ante la urgencia de otras prioridades, los estudios sobre los problemas del desarrollo de América Latina perdieron centralidad en la discusión académica, incluso dentro de instituciones como la CEPAL y el ILPES (Nahón et al., 2006; Sztulwark, 2005). Como plantea Bielschowsky (1998), las “angustias” de corto plazo, vinculadas a la cesación de pagos, la inflación, el desequilibrio en las cuentas públicas, la caída del crecimiento y el aumento del desempleo en la gran mayoría de los países de la región, desplazaron los análisis de largo plazo.
Recién a inicios de la década de 1990 volvieron a retomarse los estudios sobre el desarrollo; sin embargo, en este escenario, el ELA experimentó una importante reformulación que dio lugar a la emergencia del neoestructuralismo en el seno de la CEPAL. Este cambio en el pensamiento regional procuró atender al nuevo contexto económico, político e ideológico internacional, e impulsar el desarrollo de la región en el marco de las nuevas dinámicas que comenzaba a presentar el sistema capitalista mundial (Bielschowsky, 1998, 2009; Sztulwark, 2005).
Como advierten diversos autores (véase Bielschowsky, 2009; Sztulwark, 2005), en los planteamientos neoestructuralistas se puede identificar la continuidad de ciertos tópicos centrales del ELA. Este es el caso, por ejemplo, de la importancia dada al progreso técnico para mejorar la productividad de las economías y su competitividad internacional, de modo tal de reducir su vulnerabilidad externa. También se mantienen las consideraciones sobre la importancia de configurar estructuras sociales más equitativas para modificar los patrones de consumo suntuoso y liberar recursos para incrementar la inversión productiva e incorporar progreso tecnológico (véase CEPAL, 1990). No obstante, la emergencia del neoestructuralismo implicó una ruptura teórico-epistemológica con el enfoque del ELA, en tanto dejó de situar el análisis de dichos tópicos en el marco del estudio de la particularidad de la configuración de las estructuras socioeconómicas de América Latina en su participación en la economía capitalista moderna, y de los condicionamientos que ello implica para su desarrollo.
Ello se evidencia, por ejemplo, en el texto Transformación productiva con equidad[14]. Allí se presentaba una mirada integrada de los problemas del desarrollo, que retomaba los planteos del ELA de las décadas de 1960 y 1970, al posar el centro de la atención en el tema de la equidad y, asociado a ello, en las particularidades de las estructuras sociales de los países de la región (Faletto, 1996). Sin embargo, esta lectura integrada de los procesos de desarrollo mostraba un distanciamiento de la mirada sistémica, histórica y estructural, característica del ELA. Según surge de la publicación de la CEPAL, la institución pareciera no continuar reparando en los condicionamientos del sistema de relaciones internacionales y en las estructuras de poder asociadas para el desarrollo de la región. Si bien la CEPAL consideraba la existencia de un diferencial tecnológico entre los países desarrollados y los de América Latina (CEPAL, 1990: 11), y advertía sobre la necesidad de la cooperación internacional para favorecer a los países subdesarrollados (CEPAL, 1990, 13), no se hacía referencia a las dinámicas sistémicas que producen y reproducen dicho diferencial. En el texto no se realiza ninguna alusión a la dinámica centrípeta del desarrollo capitalista, ni a su tendencia a configurar un sistema mundial jerárquico y desigual. Es más, ni una sola vez en todo el documento se hace mención a la relación centro-periferia. Por el contrario, se enfatiza en la importancia de reforzar la inserción de los países de la región en el sistema de relaciones internacionales vigente a fines del siglo XX, como estrategia para mejorar su productividad y competitividad (CEPAL, 1990: 14).
Vale destacar que, asociado al cambio de enfoque teórico-epistemológico, los análisis sobre las relaciones que se constituyen entre las particulares estructuras socioeconómicas de los países latinoamericanos y sus procesos de desarrollo perdieron relevancia dentro de la institución[15]. Diferentes factores operaron a este respecto. Por un lado, la penetración de la teoría neoclásica en el pensamiento del desarrollo en la región (Falero, 2006; Nahón et al., 2006; Sztulwark, 2005). Por otro lado, el aumento significativo de la pobreza y la marginación social en los países latinoamericanos desde fines de la década de 1970, en el marco de la aplicación de políticas neoliberales inspiradas en estas ideas neoclásicas que tendieron a configurar un nuevo “estilo de desarrollo”, posicionó a esta problemática en el centro de la palestra y dio lugar a un cambio en los clivajes para el análisis de las sociedades latinoamericanas (Filguera, 2001; Franco et al., 2007; Sembler, 2006).
En este contexto, particularmente a través de la CEPAL y del ILPES, el foco de análisis de los problemas del desarrollo retomó a una perspectiva estrictamente económica, que obturó el diálogo interdisciplinario que desde mediados de la década de 1950 había venido nutriendo al ELA (Di Filippo, 2007; Nahón et al., 2006).
Es importante mencionar, no obstante, que pese a la incidencia de la teoría neoclásica y a la recuperada centralidad de la dimensión económica en el planteamiento de los problemas del desarrollo, la CEPAL buscó ofrecer una alternativa al enfoque neoclásico dominante, que había penetrado con fuerza en la región de la mano de Organismos de Financiamiento Internacionales –como el FMI, el BM– y orientado las políticas públicas de distintos países de América Latina en las últimas décadas del siglo XX –como ya se abordó en los capítulos 1 y 2. Para ello se nutrió de elementos de distintas perspectivas heterodoxas que fueron emergiendo a nivel internacional a fines del siglo pasado –como el neoinstitucionalismo, el evolucionismo neoschumpeteriano, las teorías poskeynesianas, entre otras– (Nahón et al., 2006; Pérez Caldentey, 2015; Sztulwark, 2005).
El neoestructuralismo compartía con estas corrientes la pretensión de teorizar los problemas del desarrollo, considerando que la historia, la institucionalidad, las estructuras productivas y de mercado, y las relaciones distributivas juegan un papel central a la hora de comprender el comportamiento y el desempeño de los actores económicos en particular y de los sistemas socioeconómicos en general (Pérez Caldentey, 2015). Pese a estas incorporaciones, la CEPAL neoestructuralista no se alejó por completo del enfoque dominante y adquirió un perfil ortodoxo moderado (Nahón et al., 2006; Leiva, 2008). Asimismo, al incorporar estos desarrollos teóricos heterodoxos y hacerlos propios, los rasgos más originales del pensamiento estructuralista latinoamericano del desarrollo resultaron más difíciles de rastrear (Sztulwark, 2005). Concretamente, el examen de las dinámicas de funcionamiento de la economía capitalista mundial y la configuración, a partir de éstas, del orden jerárquico y desigual de centros y periferias, cristalizado en espacios nacionales con diferentes estructuras socioeconómicas, y el análisis de las modalidades específicas del desarrollo latinoamericano en el marco de su participación en la economía capitalista mundial, dejaron de tener centralidad en el pensamiento del desarrollo de la región, particularmente en el pensamiento neoestructuralista cepalino.
Finalmente, resta mencionar que, con el inicio del siglo XXI, ante las consecuencias socioeconómicas negativas de la aplicación de las políticas neoliberales para estimular el desarrollo de la región y la emergencia de alternativas políticas de centroizquierda en distintos países latinoamericanos que volvieron a poner en agenda el problema de la equidad y la justicia social, renacieron los estudios sobre la estratificación social (Filguera, 2001; Franco et al., 2007). Sin embargo, éstos presentaron un cariz diferente a los de la década de 1960 y 1970, centrándose más bien en el examen de la manera en que se abordaron y evolucionaron los estudios de estratificación social en el resto del mundo durante las últimas dos décadas del siglo XX (véase Filguera, 2001; Sembler, 2006). Es cierto que también se llevaron a cabo diversas investigaciones sobre las reconfiguraciones de las estructuras sociales de los países de la región desde la década de 1980 hasta inicios del siglo XXI (véase Franco et al., 2007; Filguera, 2001; Portes & Hoffman, 2003). No obstante, estos estudios no implicaron una recuperación del ELA, ya que no se abocaron a analizar las especificidades de la estructura social de los países latinoamericanos (re)configuradas a partir de su particular modalidad de inserción en el capitalismo del siglo XXI, las actitudes y valores de sus miembros y las implicancias que presentan para su desarrollo.
En el apartado siguiente, se esbozan algunas ideas que apuntan recuperar esta clave de lectura para avanzar en una mirada interdisciplinaria e integral de los problemas del desarrollo de los países de la región en la economía mundial a inicios del siglo XXI.
Consideraciones finales
A modo de cierre de este capítulo se ensayan algunas ideas que buscan revincular el análisis de la estructura social de los países latinoamericanos y sus implicancias para habilitar procesos de desarrollo, en el marco de la dinámica sistémica de la economía capitalista contemporánea. Para ello, se recuperan desarrollos realizados en este y en los restantes capítulos del libro, de modo que aspectos que apenas se mencionan aquí, pueden ser vistos en profundidad en los apartados referidos.
En primer lugar, es necesario tomar en consideración las transformaciones geoeconómicas y geopolíticas que han caracterizado el nuevo siglo –véase el capítulo 1– y que tienen un impacto significativo en las condiciones actuales y futuras para el desarrollo de América Latina. Particularmente, con su incorporación a las relaciones económicas con Occidente, Asia –que concentra el 60% de la población mundial– se convirtió aceleradamente en un espacio de recepción de capitales, producción y exportación de mercancías, así como también de consumo de alimentos y energía. Ello modificó las condiciones de reproducción y las posibilidades de desarrollo de América Latina. Pueden mencionarse algunos impactos concretos, como el crecimiento de las exportaciones durante la primera década del siglo XXI, la recuperación del empleo industrial –particularmente mercado-internista–, y las nuevas relaciones económicas internacionales de los capitales y grupos de poder en América Latina. Cada uno de estos aspectos no puede ser considerado de forma homogénea en sus efectos al interior de los espacios nacionales latinoamericanos; por el contrario, con ellos se han desarrollado nuevas formas de conflicto interno y reconfiguraciones en la estructura socioeconómica y espacial latinoamericana.
Pueden identificarse allí diferentes grupos socioeconómicos que, en el seno de los países latinoamericanos, entran en tensión en torno a la generación, apropiación y uso del excedente, particularmente de las divisas que genera el excedente de exportación. Por un lado, se puede distinguir a los productores y exportadores de alimentos, organizados en sistemas de producción regionales que integran actividades industriales arraigadas en redes urbanas de ciudades pequeñas y medianas. Estos actores y espacios han reorientado sus intereses, desde inicios del siglo XXI, atravesados por el desarrollo de los mercados asiáticos.
Por otro lado, se pueden reconocer las grandes aglomeraciones en donde se concentran los productores vinculados a las actividades intensivas en insumos importados, el consumo de las grandes masas y los problemas principales de pobreza y marginalidad característicos de América Latina. Estos actores y espacios, dependientes del mercado interno, conservan intereses en el desarrollo de amplios mercados macrorregionales con cierta autonomía – véase el capítulo 2. Sin embargo, proyectan dicha autonomía sobre la base de un elevado grado de dependencia de las divisas provistas por el sector exportador y con problemas de productividad significativos que implican necesidades de protección y transferencias permanentes.
A estos actores se suman los grupos socioeconómicos de altos ingresos que, con sus patrones de consumo y ahorro, son el destino final de los excedentes, especialmente del de exportación. Ubicados en los grandes centros urbanos, estos grupos trazan relaciones estratégicas con los centros globalizados del espacio occidental en materia financiera, comercial, logística, administrativa, cultural e incluso diplomática, y son capaces de proyectar al espacio nacional sus propios intereses apoyados en dichos aparatos y mecanismos institucionales.
Finalmente, resta incorporar a aquellos actores que, de forma reciente, han puesto en valorización nuevos recursos de exportación en regiones de baja poblacional. En este caso, el peso del capital extranjero y el desarrollo de formas de enclave de producción convierten a estos espacios en dependientes. Sin embargo, inciden en la dinámica nacional proveyendo recursos clave como hidrocarburos, minería y, en algunos casos, alimentos.
Estos diferentes grupos socioeconómicos, que se ven atravesados –y (re)configurados– por las nuevas relaciones internacionales y las condiciones mundiales de acumulación, se disputan el uso del excedente, particularmente las divisas del excedente de exportación, y precipitan tensiones internas que, de no resolverse adecuadamente, pueden desencadenar procesos de inestabilidad macroeconómica.
Es importante mencionar que estos grupos socioeconómicos se definen y desarrollan con una impronta territorial marcada al interior del espacio nacional. De este modo, entre los espacios subnacionales se producen formas jerárquicas y asimétricas que deben ser integradas y conceptualizadas por el pensamiento estructuralista –véase el capítulo 3. Vale destacar también que, en muchos casos, se trata de tensiones que exceden los límites de los espacios nacionales y se integran en relaciones económicas de carácter macrorregional, organizadas en cadenas de valor en las que intervienen actores que operan a nivel global –véase el capítulo 2. Sobre esta dimensión macrorregional se proyectan los actores internos para establecer alianzas y relaciones que moldean e influyen en las estructuras sociales de los espacios nacionales.
Por último, resta mencionar que las tensiones entre los grupos socioeconómicos internos tienen su reflejo también en la configuración y en la forma de implicación del Estado. El desarrollo de políticas públicas relativas a la política cambiaria, monetaria, comercial, industrial, de infraestructura, e incluso diplomática, tiende a organizar los intereses y los resultados de las tensiones descritas. Pero el diseño de la política económica no agota el problema estatal en relación con la puja por los excedentes. Por el contrario, existe un plano más profundo referido a la propia construcción histórica de las instituciones estatales que fijan las reglas institucionales básicas, inclinando el tablero de un modo más estructural en sentidos diferentes. El peso relativo y las capacidades de los diferentes grupos socioeconómicos y regionales tienen un correlato con la definición institucional de largo plazo de las capacidades e incumbencias estatales que decantan en un sentido u otro. Realizar este tipo de evaluaciones resulta imprescindible para cualquier intento de diseño de una estrategia de desarrollo con posibilidades de éxito. Se abre allí un conjunto de interrogantes que también interpelan e interpelaron al pensamiento estructuralista, sobre los cuales es preciso indagar para avanzar en novedosas conceptualizaciones y caracterizaciones de la estatalidad latinoamericana –véase el capítulo 5.
Estas reflexiones introducidas a modo de conclusión suponen un ejercicio de caracterización conjetural e inicial; se nutren de los antecedentes que marcaron el desarrollo del pensamiento estructuralista en su fase original, preocupado por la estructuración social de los procesos de desarrollo periféricos. Más que una caracterización definitiva, presentan un conjunto de ideas orientativas para estudios posteriores, que avancen en la actualización creativa del ELA. Se trata, en definitiva, del planteo de algunos lineamientos para avanzar en una renovación conservativa de aquellos aspectos perennes del ELA que le han permitido encontrar un lugar entre las teorías más relevantes y originales en el campo de las ciencias sociales desarrolladas en el espacio latinoamericano.
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- No obstante, es importante destacar que ya en las contribuciones prístinas del ELA, véase por ejemplo Prebisch (1949), aparecían algunas consideraciones sobre los vínculos existentes entre la configuración de la estructura socioeconómica interna y el sistema de relaciones internacionales vigente.↵
- Organismo del cual Prebisch fue director ejecutivo entre 1950-1963.↵
- En este sentido Hirschman (1968: 658) llegó a plantear: “Se esperaba que la industrialización cambiara el orden social y ¡todo lo que hizo fue tan solo ofrecer manufacturas!”.↵
- La sociología de la modernización se refiere a un conjunto de investigaciones que procuraron comprender de manera holística e histórica la especificidad de una pluralidad de formaciones sociales al momento de integrarse a la modernidad capitalista noroccidental, a fin de entender el modo en que lograron cierta unidad y diferenciación, interna y externa, simultáneamente. Estas contribuciones constituyeron las bases sobre las cuales se edificó la sociología del desarrollo en América Latina, que tenía como objeto conocer el papel de la estructura social en los procesos de desarrollo en el marco de la inserción al sistema capitalista moderno, y habilitaron su diálogo con las tesis estructuralistas cepalinas (para profundizar a este respecto, véase Trucco & Lauxmann, 2024.)↵
- Este texto publicado por la CEPAL fue prácticamente escrito en su totalidad por Medina Echavarría.↵
- Para un análisis de las particularidades históricas concretas de los procesos de transformación asincrónica de las sociedades latinoamericanas, véase CEPAL (1963); Medina Echavarría (1963); Medina Echavarría & Hauser (1961). ↵
- Para mayores precisiones sobre este punto, véase el capítulo 1.↵
- El texto de la Carta de Punta del Este (1961) puede consultarse accediendo a la página de Derecho Internacional (https://www.dipublico.org/).↵
- La creación del ILPES puede entenderse en el marco de la creciente importancia que se le otorgó a la planificación del desarrollo. La CEPAL, que hasta entonces era el organismo que brindaba asistencia en estos temas, no se encontraba en condiciones de responder a la mayor demanda de servicios de capacitación y asesoramiento, y de sostener las actividades de investigación que realizaba, dados los recursos con los que contaba. Por ese motivo, se recomendó ampliar sus recursos y capacidades mediante la creación de un instituto autónomo bajo la égida de la CEPAL. Así tuvo lugar el nacimiento del ILPES, el 16 de febrero de 1962 (Franco, 2013). ↵
- Pero que salió publicado bajo su nombre personal a través de Fondo de Cultura Económica.↵
- Para mayor detalle sobre este punto, remítase al capítulo 2 de esta obra.↵
- Para profundizar a este respecto, véase el capítulo 1 de esta obra.↵
- Vale destacar que, asociados a la problemática de la dependencia, también tuvieron lugar planteos de raigambre marxista que se alejaron de los postulados del ELA, adscribiendo a miradas más radicales que no concebían la posibilidad del desarrollo de América Latina dentro del capitalismo (Falero, 2006; Kay, 1991; Nahón et al., 2006; Roitman Rosenmann, 2008).↵
- Esta publicación que, como se mencionó en los capítulos 1 y 2, puede considerarse la piedra fundacional del neoestructuralismo, se nutrió en gran medida de los desarrollos de Fernando Fajnzylber. Este intelectual chileno contribuyó significativamente a la elaboración del enfoque neoestructuralista; es más, esta obra puede considerarse una síntesis de las elaboraciones teóricas del autor vinculadas al estudio de los problemas del desarrollo de la región durante la década de 1980 (Sztulwark, 2005).↵
- Además de las consideraciones sobre la estructura social planteadas en CEPAL (1990), algunos de los pocos desarrollos sobre estos tópicos durante este período pueden encontrarse en Filguera (1988) y CEPAL (1992). ↵








