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4 El empleo de signos en metafísica

La recepción de la tradición: arte característica combinatoria y concepción heredada del signo

La recepción por parte de Kant de concepciones del signo y del lenguaje provenientes de la tradición inmediata se halla en el contexto y en función de su análisis de la metafísica. Entre los exámenes vinculados al lenguaje disponibles para Kant en el contexto filosófico inmediato se encontraban los siguientes. J. Locke expone su concepción del lenguaje en el tercer libro y el último capítulo del libro cuarto de An Essay concerning Human Understanding(1690). Esta obra que influyó decisivamente en la reflexión sobre el lenguaje en el siglo XVIII, fue conocida en el contexto germano parlante a través de sus versiones francesa (1700) y latina (1701). En Königsberg Martin Knutzen, profesor de Kant, recomendaba la lectura de los escritos de Locke a sus estudiantes. A su vez, en Halle, G. F. Meier, cuyo texto de lógica Kant empleaba en sus lecciones, dictó lecciones sobre Locke que incluían su filosofía del conocimiento y del lenguaje [1]. La concepción del lenguaje de Locke fue analizada y discutida por J. H. Lambert, Ch. Wolff y G. W. Leibniz, que influyen en la lógica y metodología kantianas, p. ej. en relación con la noción de signo [2]. G. W. Leibniz discute la concepción de Locke en Nouveaux essais sur l’entendement humain, escrito en 1703, pero publicado póstumo en 1765. En relación a ello G. Martin indica que la lógica analítica de Leibniz sirve de base al Kant precrítico [3]. A su vez, A. G. Baumgarten, Ch. A. Crusius, G. F. Meier, J. H. Lambert y J. Ch. Wolff constituyen, junto a Leibniz, las fuentes racionalistas en las cuales se apoya Kant para establecer sus nociones de signo y símbolo[4].

La investigación metafísica se halla ligada a una reflexión acerca de su método y forma parte de esta reflexión el considerar los signos en los cuales se formula, ello puede verse ya en 1755 en Nueva dilucidación de los primeros principios del conocimiento metafísico donde Kant evalúa el “arte característica combinatoria” de manera explícita en los siguientes términos:

“He aquí un ejemplo de poca importancia, pero no del todo desdeñable, en el arte característica combinatoria; en efecto, los términos simplísimos de que nos valemos para explicar estos principios no difieren en casi nada de los caracteres. Con respecto a este arte, tan ponderado por Leibnitz, como todos los eruditos se han quejado de que a su muerte ha sido sepultada en el mismo túmulo con tan grande varón, en esta ocasión voy a decir lo que pienso al respecto. Confieso que en las palabras del gran filósofo creo advertir una semejanza con el testamento de aquel padre de Esopo que en el momento de morir advirtió a sus hijos que había escondido un tesoro en cierto lugar de sus tierras y como exhalara el último suspiro antes de precisar el punto exacto, dio con ello a sus hijos ocasión para remover con afán todo el campo y trabajar incesantemente el terreno hasta que, perdida la ilusión de encontrar el tesoro, vieron que la fecundidad de la tierra recompensaba con creces sus esfuerzos. Y estimo en verdad que este único fruto debe esperarse de la indagación de su renombrada disciplina, si hay quienes sostienen que se debe seguirla hasta el presente. Pero si se me permite decir abiertamente mi opinión, mucho me temo que le suceda al sabio incomparable lo mismo que señala en la Química el sabio Boerhaave con respecto a los más grandes artífices de los alquimistas; porque después de descubrir muchos y extraordinarios secretos llegaron a pensar que todo lo podrían conseguir con tal que se aplicaran a ello y con cierta velocidad de previsión dieran por hechas las cosas que podían suceder. No cabe duda de que cuando nos referimos a los principios absolutamente primeros está bien valerse del arte característica en las ocasiones en que deban usarse nociones y aun términos o signos muy simples; pero cuando hay que expresar el conocimiento compuesto con la ayuda de los caracteres, toda la perspicacia del ingenio se queda de pronto atascada como en una roca y se ve impedida por inextricable dificultad.”[5].

Sirva esto como primer indicio de una actitud expresa por parte de Kant respecto del posible valor del empleo de esta forma de designación con respecto a la complejidad del conocimiento en cuestiones metafísicas.

A su vez, el editor de las lecciones de lógica, G. B. Jäsche, indica que Kant había adoptado en 1765 y usado de manera continua desde entonces como guía para sus lecciones de lógica el manual de Meier [6]. En él se halla la caracterización del concepto de signo que sintetiza la tradición que sirve de base a la elaboración de la perspectiva de Kant:

Un signo [Zeichen] (signum, symbolum) es un medio a través de cuyo uso puede ser conocida la realidad de otra cosa; la cual se denomina la cosa designada [bezeichnete Sache] o el significado [Bedeutung] (signatum, significatus). Una expresión [Ausdruck] (terminus) es un signo del conocimiento, las expresiones que normalmente residen en la voz humana se denominan palabras [Worte] (vocabulum). El conocimiento [Erkenntnis] designado a través de expresiones y palabras es denominado el significado del mismo (significatus vocabuli et termini).” (EA, XVI, 815)

Esta formulación presenta en general la comprensión del signo que veremos en la Investigación y sirve de guía tanto al desarrollo de la concepción kantiana de la lógica formal en la Lógica como a la identificación del lenguaje como facultad de designación a partir de la Antropología. Una reflexión explicita respecto del empleo de signos en filosofía en general, especialmente en metafísica, y el uso de una concepción de signo reasumida de la tradición identifican, ya desde estos momentos iniciales, la reflexión kantiana del lenguaje.

La Investigación acerca de la distinción de los principios de la teología natural y la moral

El uso del lenguaje y su relación con la posibilidad del conocimiento en filosofía, especialmente en metafísica, aparecen explícitamente como problema para la reflexión filosófica en Investigación acerca de la distinción de los principios de la teología natural y la moral de 1764, donde Kant responde a la cuestión planteada por la Academia de Ciencias de Berlín acerca del grado de evidencia de las verdades de la metafísica. La importancia de este escrito para el tema que nos ocupa es decisiva, ya que este texto indica la conexión establecida por Kant entre la reflexión filosófica y los signos en que ésta se expresa y formula. En él se confirma tanto la diferenciación respecto del arte característica combinatoria leibniziana como la asunción por parte de Kant de la concepción del signo y del lenguaje heredada de la tradición, sintetizada en la caracterización de Meier. En este escrito Kant rechaza la posibilidad de un método único para matemática y filosofía. Precisamente, el tipo de signos que cada una emplea y su uso en ellas tienen un papel central en el establecimiento de la diferenciación entre ambos métodos.

La resolución de la cuestión planteada respecto del grado de certeza posible de alcanzar en metafísica le aparecía a Kant como condición para una nueva configuración de la metafísica que superara la continua diversidad de opiniones y posiciones que la caracterizaba. La respuesta a la cuestión no podía entonces ser, a su vez, planteada como metafísica, ya que ello implicaba repetir las mismas dificultades que se buscaba superar. Por ello, en vez de ofrecer una respuesta más en el contexto inmediato de esta disciplina, Kant se propone como tarea central establecer las bases de un método que le posibilitara a la metafísica lograr “la más alta certeza” (Investigación, EA II, 275) y permitiera superar así la diversidad de opiniones. Dicha respuesta no podía basarse, entonces, según Kant, ni en las doctrinas ya establecidas, cuya falta de evidencia precisamente había dado lugar a la cuestión planteada, ni en el establecimiento de definiciones como punto de partida de la investigación, procedimiento que filosofía debía evitar La guía para la unificación de los esfuerzos teóricos en filosofía debía ser buscada en el método y era ofrecida por el método aplicado por Newton en la ciencias de la naturaleza. Tal como Newton había establecido un método seguro, sustentado en la “experiencia y la geometría” (Investigación, EA II, 275), superando con ello los intentos de obtener conocimiento a través de hipótesis dudosas, también la experiencia debía ser el fundamento para el método filosófico; pero, en filosofía, a diferencia de la ciencia natural, ésta, en vez de la experiencia externa, debía ser una “experiencia interna segura” (Investigación, EA II, 286). En este sentido el empleo del lenguaje es confrontado con la evidencia que debía ofrecer la “forma de conocimiento” (Investigación, EA II, 275) propia de la metafísica. Acorde a ello la metafísica debía proceder por medio de la experiencia y buscar en una “conciencia intuitiva inmediata” (Investigación, EA II, 286) las notas propias que pueden hallarse como ciertas en un concepto. Frente a esta necesidad de distinción conceptual y a la exigencia de evidencia en el conocimiento e! empleo del lenguaje aparece como factor de posible confusión e incertidumbre que contribuye al error.

El empleo del lenguaje es considerado explícitamente en relación con el método de la metafísica de una doble manera. En primer término, al examinar las consecuencias que trae para el método de la metafísica el que sus signos sean palabras. A ello se refiere Kant en el desarrollo de las tres primeras secciones de las cuatro que componen el escrito (Cf. Investigación, EA II, 278-79, 284 y 291-92). En segundo lugar, al enunciar la primera regla del método de la metafísica, una de las dos que estipula, la cual niega a la metafísica la posibilidad del empleo de definiciones al comienzo de la investigación, ya que éstas, en ese caso, sólo serían definiciones nominales (Cf. Investigación, EA II, 285). Esta doble consideración explícita muestra los aspectos más salientes de una reflexión que, al evaluar el empleo del lenguaje en relación al método que debía seguir metafísica, indica aspectos centrales de la vinculación entre el lenguaje y la naturaleza de la metafísica. Dicha reflexión comienza con una comparación entre las maneras de lograr certeza en matemática y en filosofía, luego propone el nuevo método para acceder a la certeza metafísica y caracteriza la naturaleza específica de ésta. Finalmente, analiza la distinción y la certeza en el saber acerca de Dios y de la moral.

El empleo de signos en matemática y filosofía

La comparación entre las maneras de lograr certeza (Gewißheit) en el “conocimiento matemático” y el “conocimiento filosófico” (Investigación, EA II, 276) establece cuatro diferencias centrales.

a) Las definiciones en matemática se obtienen sintéticamente, en filosofía, analíticamente. Las formas de arribar a un concepto universal son dos: el enlace arbitrario (willkürlich), convencional, de conceptos o la separación que por medio del análisis clarifica un conocimiento complejo dado. La matemática procede de la primera manera. En ella el concepto definido surge por medio de la definición, no preexiste a ésta. Con las definiciones en filosofía ocurre algo enteramente distinto, aquí “el concepto de la cosa ya está dado, pero de manera confusa o insuficientemente determinado” (Investigación, EA, II, 276). En este caso el concepto debe ser analizado, se debe separar las notas (Merkmale) que lo componen, compararlas en todos los casos, y precisar detalladamente y determinar el pensamiento abstracto[7]. Por ejemplo, si se quiere definir el concepto de tiempo, se debe partir de la idea común que se tiene y considerarla en todas sus relaciones posibles para descubrir sus notas por medio del análisis, conectar las distintas notas abstraídas, para ver si pueden brindar un concepto suficiente, si son coherentes entre sí y si una no está ya incluida en otra. Si se quisiera proceder sintéticamente en este caso, sólo el azar haría que tal definición expresara el concepto dado. A la posible objeción de que los filósofos, de hecho, proceden también de manera sintética, cuando, p. ej. definen a una substancia dotada de razón como espíritu, responde Kant que “tales determinaciones del significado de una palabra (Wortbedeutung) no son definiciones filosóficas, sino, en el caso de que se las quiera llamar definiciones, serían meramente definiciones gramaticales. Pues para decir con qué nombre (Name) se quiere acompañar un concepto establecido por convención no hace falta la filosofía.” (Investigación, EA II, 277). El ejemplo de Kant es el de mónada, según él, un concepto inventado, pero no dado.

b) La matemática considera la universalidad en los signos in concreto, la filosofía por medio de signos in abstracto. En la aritmética se reemplazan las “cosas” (Sachen) por signos (Zeichen), empleando designaciones (Bezeichnungen) específicas para el aumento o disminución, y, en general, para las relaciones entre números. Se procede siguiendo reglas sencillas de reemplazo, asociación o pasaje de términos. De este modo “la cosa designada es completamente dejada fuera del pensamiento, hasta que, finalmente, con el resultado se descifra el significado (Bedeutung) de la consecuencia simbólica (symbolischen Folgerung).” (Investigación, EA II, 278). Asimismo, en geometría, en un círculo cortado por una línea, se puede conocer in concreto, las propiedades universales referidas al mismo. Comparado con ello el procedimiento en filosofía es enteramente diferente ya que:

“Los signos de la reflexión filosófica jamás son otra cosa que palabras (Worte), que, en su composición, no informan acerca de los conceptos parciales en los cuales consiste la idea total indicada (andeutet) por la palabra, ni tampoco son aptos, en sus combinaciones, para designar (bezeichnen) las relaciones de los pensamientos filosóficos. De allí que en este género de conocimiento en todo examen se deba tener ante los ojos la cosa misma y resulte necesario representarse lo universal in abstracto sin poder hacer uso de la importante facilidad de proceder con signos particulares en vez del concepto universal de la cosa misma.” (Investigación, EA II, 278-79)

En el caso de que la filosofía quisiera explicar, por ejemplo, que todo cuerpo está compuesto de sustancias simples, debe primero dejar en claro que éste es una totalidad compuesta de sustancias y proseguir así precisando las condiciones requeridas para arribar a tal conclusión. Pero,

“Aquí ni figuras ni signos visibles (sichtbare Zeichen) pueden expresar (ausdrücken) los pensamientos así como tampoco sus relaciones; tampoco se puede realizar una permutación de signos según reglas en lugar de la consideración abstracta, de modo tal que con este proceder se substituya la representación de la cosa misma con la representación más clara y más cómoda de los signos, sino que lo universal debe ser examinado in abstracto.” (Investigación, EA II, 279)

c) En matemática los conceptos inanalizables y principios indemostrables son pocos, en filosofía numerosos. Conceptos como los de cantidad, unidad o espacio son inanalizables, al menos en el sentido de que su análisis y definición no pertenecen a la matemática como tal. En sentido estricto, ello no forma parte de la matemática, pues la matemática jamás procede por descomposición de un concepto dado, sino, como se dijera, por medio de un enlace entre conceptos por convención. En filosofía el análisis de los conceptos es necesario, ya que de ello depende tanto la certeza que puede lograr el conocimiento como la posibilidad del establecimiento de consecuencias seguras. Pero es igualmente claro que es inevitable llegar a conceptos inanalizables (sea por ellos mismos o para nosotros), los cuales son numerosos en la medida en que no es posible que conocimientos universales de la diversidad que se le ofrece a la filosofía pueda ser el resultado de la composición de pocos conceptos fundamentales. De allí que son muchos aquellos conceptos que, como el tiempo, el espacio, o la diversidad de sentimientos no pueden ser descompuestos. Las definiciones de conceptos como los de deseo, placer o displacer jamás han sido, de manera detallada y exhaustiva, completamente analizadas. De forma tal que con conceptos de clases tan variadas se debe suponer como fundamento diferentes conceptos elementales. Con relación a los principios indemostrables, en la matemática éstos son muy pocos, como p. ej. el todo es igual a las suma de las partes o entre dos puntos sólo puede haber una recta, y, si bien ellos son susceptibles de demostración, en esta disciplina son tenido como inmediatamente ciertos. Comparado con ello, en filosofía sería sumamente valioso poseer un cuadro de los principios indemostrables. La búsqueda de estas verdades fundamentales indemostrables es la tarea más importante de la filosofía y su descubrimiento jamás tendría fin, pues cualquiera fuera el objeto, aquellas notas que el entendimiento capta en él son los datos para otros varios principios indemostrables, los cuales constituyen el fundamento a partir del cual las definiciones pueden ser establecidas. Por ejemplo, antes de poder definir qué es el espacio se debe primero buscar por análisis aquellas notas que pueden ser pensadas en forma inmediata en él. Es posible identificar, p. ej. que en él muchas cosas se dan unas junto a otras, que éstas pueden ser substancias y que el espacio tiene tres dimensiones, Proposiciones como éstas pueden perfectamente ser aclaradas o explicadas en tanto que al ser consideradas in concreto se puede conocerlas intuitivamente, “pero jamás pueden ser demostradas” (Investigación, EA II, 281); y no pueden serlo puesto que ellas constituyen “los primeros y más simples pensamientos” (Gedanken) (Investigación, EA II, 281) que se pueden tener del objeto cuando se comienza con su análisis. A su vez, en matemática los primeros pensamientos que se pueden tener de lo que se va a conocer constituyen, precisamente, la definición, porque el concepto del objeto recién se produce por medio de la definición y, por ello, sencillamente no corresponde considerarlo como demostrable, puesto que precisamente la síntesis que lo posibilita como tal es lo primero. Por su parte,

“En filosofía, donde el concepto que se debe definir me es dado, lo que primera e inmediatamente es percibido en él debe servir como juicio que sirve de fundamento y es indemostrable. Pues, puesto que aún no tengo el concepto total distinto de la cosa, sino que, ante todo, lo busco, este juicio que sirve de fundamento no puede ser demostrado a partir de dicho concepto, de modo tal que éste tiene, más bien, la función de producir el conocimiento distinto y la definición. Por consiguiente, habré de tener juicios que sirven de fundamento primeros, antes de toda definición filosófica de la cosa, si bien aquí puede producirse el error de que considere como una nota primitiva (uranfängliches Merkmal), lo que en realidad es una nota derivada (abgeleitetes Merkmal).” (Investigación, EA II, 281-2)

d) El objeto de la matemática es simple y sencillo, el de la filosofía complejo e intrincado. El conocimiento matemático se basa en conocimientos fundamentales, claros y ciertos, referidos a la cantidad, lo cual constituye la aritmética general. Algo muy semejante ocurre con respecto al espacio y a la geometría. La relación de un trillón respecto de la unidad es entera y claramente comprensible, en cambio de ningún modo lo es la relación del concepto de libertad respecto de sus presuntas “unidades”, es decir de conceptos simples y conocidos que lo constituyeran. Los objetos de la filosofía son complejos, están constituidos por cualidades “’infinitamente variadas” que para ser diferenciadas requieren de mucho trabajo de análisis (Investigación, EA II, 282); de modo semejante es aún más difícil resolver los conocimientos entrelazados por medio de la descomposición.

El método de la metafísica

El balance de la comparación general arroja como resultado que las diferencias entre ambos tipos de conocimiento son esenciales y que “nada ha sido más perjudicial para la filosofía que la matemática, esto es, el pensar en imitar su método allí donde su aplicación es imposible” (Investigación, EA II, 283). Dado que la metafísica “es una filosofía de los fundamentos primeros de nuestro conocimiento” (Investigación, EA II, 283), a la diferenciación entre metafísica y matemática le cabe lo dicho acerca de la distinción entre filosofía y matemática. Según ello, la matemática tiene su punto de partida en la definición de su objeto, mientras que la metafísica jamás debe comenzar de este modo, sino que, antes bien, la definición en metafísica es “lo último” (Investigación, EA II, 283) que se conoce de algo. En ella el concepto es dado pero de manera confusa y su la tarea consiste en aclararlo y examinarlo para llegar a su determinación precisa. Refiriéndose al ejemplo clásico del tiempo, dice Kant que aquí la investigación debe comenzar con una serie de operaciones a realizar entre sus notas características, como la comparación, la subordinación y la delimitación, que abran la vía para una aclaración de la idea en cuestión. Del tiempo, ejemplo arquetípico de la dificultad en el conocimiento metafísico,

“muchas cosas verdaderas y penetrantes han sido dichas, sin embargo su definición real (Realerklärung) jamás ha sido dada. La definición nominal (Namenerklärung) por su parte nos ayuda poco o nada, pues aún sin ella se comprende suficientemente esta palabra (Wort) como para no confundirla. Si tuviéramos tantas definiciones correctas como las que aparecen en los libros bajo este nombre, con qué seguridad no procederíamos y cuántas consecuencias podríamos derivar de ello. Pero la experiencia nos enseña lo contrario.” (Investigación, EA II, 284)

Sin embargo, en metafísica es posible obtener conocimientos claros y ciertos de un objeto y, a partir de ello, establecer consecuencias aún antes de llegar a dar la definición; en ella es posible llegar a conocer con certeza ciertos predicados, aun cuando no sea posible dar “el concepto exhaustivamente determinado de la cosa, es decir, la definición.” (Investigación, EA II, 284). Así p. ej. aun cuando no se sepa qué es el deseo, puede decirse con certeza que todo deseo presupone una representación de lo deseado o que esta representación se refiere al futuro, lo cual, sin embargo, no suprime el carácter provisorio de tal conocimiento, que, por lo parcial, se mueve en un terreno incierto. Lo que se sabe en matemática, por el contrario es completamente diferente.

“En la matemática el significado (Bedeutung) de los signos (Zeichen) es seguro, porque uno puede volverse fácilmente conciente de cuál ha sido el que ha querido asignarle. En la filosofía en general y en la metafísica en particular las palabras (Worte) tienen su significado (Bedeutung) por su uso en el habla (Redegebrauch), a no ser que éste les sea más precisamente determinado a través de una precisión lógica. Pero, puesto que a menudo se emplean las mismas palabras para conceptos que sin embargo contienen escondida una diferencia notable, aquí, en la aplicación en cada caso del concepto (aun cuando su denominación (Benennung) parezca apropiada para el uso en el habla), se debe prestar una precavida atención a si realmente también es el mismo concepto el que ha sido enlazado con el mismo signo.” (Investigación, EA II, 284-85)

Bajo el mismo nombre puede haber, pues, dos conceptos. Así p. ej. se dice que una persona distingue el oro del latón y que una animal distingue entre alimentos usando la misma palabra, aun cuando en el primer caso “distinguir” sólo puede tener lugar si se juzga, lo cual no ocurre en el segundo. El análisis realizado hasta aquí resulta en el establecimiento de las dos reglas del método según el cual se puede alcanzar la mayor certeza posible en metafísica.

“La primera y principal regla es que no se comience con definiciones, ya que éstas serían sólo definiciones nominales (Worterklärung) de lo que se busca, p. ej. necesario es aquello cuyo contradictorio es imposible. Pero también aquí son muy pocos los casos en los cuales se puede, desde el mismo inicio, establecer con firmeza el concepto claramente determinado. Se debe más bien primero buscar con cuidado en el objeto aquello de lo que uno, en forma inmediata, está seguro, aun antes de poseer su definición.” (Investigación, EA II, 285)

A partir de ello pueden establecerse conclusiones y realizar juicios ciertos del objeto sin tener el dominio que brinda la definición, la cual nunca debía ser el producto de un examen o conclusión apresurados, sino el resultado manifiesto que se ofrece con total distinción en el juicio. La segunda regla es que en los juicios inmediatos del objeto se identifique lo que puede encontrarse en él con total certeza; luego uno debe asegurarse de que un juicio no esté ya contenido en el otro, tal como se procede con los axiomas de la geometría. Ambas reglas caracterizan al nuevo método de la metafísica que fundamentalmente es el mismo que “Newton introdujo en las ciencias de la naturaleza” (Investigación EA II, 286). Según éste se debe, a través de experiencias seguras, y con ayuda de la geometría, buscar las reglas según las cuales tienen lugar los fenómenos de la naturaleza. Los acontecimientos de la naturaleza se explican cuando se muestra claramente cómo éstos se hallan bajo reglas conocidas. Ello es posible, aun cuando el fundamento primero de tales reglas no sea directamente perceptible en los cuerpos. De manera semejante en la metafísica se debe buscar a través de una “experiencia interna segura” (sichere innere Erfahrung) (Investigación, EA II, 286), es decir, de una “conciencia inmediata evidente” (unmittelbares augenschainliches Bewußtsein) (Investigación EA II, 286) aquellas notas que se hallan con certeza y, aun cuando no se conozca la esencia total de la cosa, uno puede igual valerse de dichas notas y establecer consecuencias a partir de ellas. Por ello el método de la metafísica debe ser analítico, ya que la tarea de la metafísica consiste en “resolver (auflösen) conocimientos confusos” (Investigación, EA II, 289). Ello se opone a la aplicación de la matemática a la filosofía. Cuando se procede así, los conceptos más abstractos, “a los cuales arriba el entendimiento de manera natural al final” (Investigación, EA II, 289), son puestos al comienzo, porque se sigue el mismo plan de la matemática, a la que se quiere imitar. De este modo se comienza con lo más difícil, p. ej. la posibilidad y la existencia en general, necesidad y contingencia, todos conceptos abstractos que demandan gran atención, puesto que los signos que se emplean para designarlos sufren con su aplicación (Anwendung) muchas desviaciones que pasan sin ser notadas. Según este punto de vista la metafísica podría proceder sintéticamente, definiendo al comienzo y estableciendo consecuencias a partir de ello. Pero esta manera de ver no capta que en la metafísica se trata de conceptos compuestos con los cuales sólo se puede proceder analíticamente. Por el contrario, si los filósofos, a) emprenden el “camino natural de la sana razón” (Investigación, EA II, 289), b) buscan en primer lugar aquello que se pueda saber con certeza del concepto abstraído de un objeto, sin pretender por ello dar una definición, sacando conclusiones sólo de datos seguros, y si ellos c) en cada aplicación modificada de un concepto prestan atención a si el concepto es el mismo y el empleo de los signos no ha sufrido distorsiones, entonces es probable que no se repita la cantidad de puntos de vista como los que usualmente ofrece la metafísica, pero “aquellos que se expongan tendrían un valor seguro” (Investigación, EA II, 289). En metafísica no es posible, pues, proceder sintéticamente al modo de la matemática, en ella se debe prestar atención en cada caso que se aplica un concepto si se le ha dado a éste el mismo significado.

La certeza en metafísica

Se está seguro, se está en lo cierto o se tiene certeza (Gewißheit) en la medida en que se sabe que “es imposible que un conocimiento sea falso.” (Investigación, EA II, 290). El examen de la naturaleza de la certeza en el conocimiento metafísico se da en dos pasos.

a) La certeza metafísica es de naturaleza diferente de la matemática. La certeza puede ser analizada desde un punto de vista subjetivo u objetivo. El grado de la certeza, cuando es tomado objetivamente, depende del carácter suficiente de las notas para el establecimiento necesario de una verdad. Considerado desde un punto de vista subjetivo, el grado de la certeza es mayor en la medida en que “el conocimiento de esta necesidad tiene más intuición (Anschauung).” (Investigación, EA II, 291). En las dos formas de consideración la certeza matemática es de una clase diferente a la metafísica. La certeza desde el punto de vista objetivo descansa en el establecimiento de una condición universal previa al conocimiento: “El entendimiento humano, tal como toda otra fuerza de la naturaleza, está ligado a ciertas reglas.” (Investigación, EA II, 291). Se cometen errores no porque el entendimiento enlace los conceptos sin reglas, sino porque al no percibir una nota en una cosa se le niega y entonces se juzga que no está en la cosa “aquello de lo que uno no es consciente” (Investigación, EA II, 291). La matemática llega a sus conceptos de manera sintética y puede decir con entera seguridad lo que no ha querido representar en su objeto por medio de su definición; ello, claramente, no está contenido en la definición.

“Pues el concepto de lo definido recién se produce por la definición y no tiene ningún significado (Bedeutung) más que el que la definición (Definition) le da. Comparadas con ello, filosofía y metafísica son mucho más inciertas respecto de sus definiciones (Erklärungen), en el caso de que quieran arriesgarse a dar alguna. Pues el concepto de lo que debe ser definido está dado. Si no se percibe alguna nota, que pertenece a la diferenciación suficiente de lo que debe definirse, y se juzga que tal nota no falta para la exposición exhaustiva del concepto, entonces la definición se vuelve falsa y engañosa.” (Investigación, EA II, 291)

Desde el punto de vista subjetivo también es clara la diferencia en la manera en que matemática y filosofía logran certeza. Tal como se dijo, en el desarrollo de las demostraciones y en el establecimiento de las conclusiones la matemática considera el conocimiento universal en los signos in concreto, la filosofía, por el contrario, junto a los signos in abstracto. En el caso de la matemática se puede estar seguro de lo que se ve con los propios ojos “porque los signos (Zeichen) de la matemática son medios sensibles de conocimiento (sinnliche Erkenntnißmittel)” (Investigación, EA II, 291). Entonces, así como uno puede estar seguro de lo que ve por sí mismo, así puede también saber que no ha dejado fuera de atención ningún concepto. De este modo la atención resulta aliviada por el hecho de que tiene que pensar no en las cosas con relación a su representación universal, sino en los signos con relación a su conocimiento particular, que, aquí, es sensible. En este sentido, la intuición que posee el conocimiento es mayor en la matemática que en la metafísica, puesto que en la primera el objeto es considerado en signos sensibles in concreto, en la segunda siempre sólo en conceptos generales abstraídos, cuya clara impresión nunca puede ser como en la matemática; en la geometría, donde “además los signos tienen una semejanza con las cosas designadas (bezeichneten Sachen), esta evidencia es por ello aún mayor, aun cuando en el álgebra la certeza es igual de confiable.” (Investigación, EA II, 292). La metafísica no comparte con el conocimiento matemático esta posibilidad de intuición:

“Por el contrario, las palabras (Worte), en tanto signos (Zeichen) del conocimiento filosófico, sólo ayudan como recuerdo (Erinnerung) del concepto universal designado (bezeichneten). Uno debe tener todo el tiempo su significado (Bedeutung) inmediatamente a la vista. El entendimiento puro debe ser mantenido en tensión permanentemente y si, sin notarlo, no capta o se le pierde una nota de un concepto abstraído, ya que nada sensible nos puede poner de manifiesto su omisión, entonces cosas diferentes son tenidas por la misma y se producen conocimientos equivocados.” (Investigación, EA II, 291-92)

De modo tal que, tanto objetiva como subjetivamente, la certeza que se tiene de la imposibilidad de haber errado en metafísica no puede ser equiparada a la que se posee en matemática.

b) La certeza en metafísica es de la misma clase que en todo otro conocimiento racional. La metafísica es capaz lograr certeza suficiente como cualquier otro conocimiento racional, a excepción de la matemática. Metafísica es “filosofía aplicada a la comprensión racional más general” (Investigación, EA II, 292), en ella, como acabamos de ver respecto de las definiciones, los errores surgen, particularmente, “no sólo porque no se conoce ciertas cosas, sino porque se decide juzgar, aun cuando no se conoce todo lo que es necesario para ello.” (Investigación, EA II, 292). Frente a ello, la metafísica debe circunscribirse a aquellos predicados que se conocen con certeza. Ateniéndose a estos conocimientos ciertos y distintos y evitando dar definiciones ella puede evitar el tipo de errores que la caracterizan e incluso establecer conclusiones ciertas; puede p. ej. saber con certeza que el alma no es materia. Dentro de sus límites propios, entonces, la certeza en metafísica es del mismo tipo del conocimiento filosófico en general. Pero, más aún, sostiene Kant aquí que no es posible indicar fundamentos, ni materiales ni formales, que permitieran sostener que la certeza que se puede lograr en metafísica pudiera ser de una clase diferente a la de cualquier otro conocimiento. Tampoco está la metafísica más allá de la regulación formal de la lógica. Tal el resultado de una discusión con la posición de Ch. Crusius. Según éste el conocimiento metafísico debía ser reconfigurado, particularmente a través de la negación de la prevalencia del principio de contradicción como principio supremo y universal de todo conocimiento. Según ello, otros principios debían reglar el empleo del entendimiento, p. ej.: lo que no puedo pensar sino como verdadero, es verdadero (Cf. Investigación, EA II, 294). La argumentación kantiana se contrapone a esta idea a través de un análisis de los juicios verdaderos, tanto afirmativos como negativos. En el primer caso el fundamento se halla en el principio de identidad, en el segundo en el de contradicción: “Ambos constituyen en el entendimiento formal los principios más generales y supremos de la razón humana total.” (Investigación, EA II, 294). La raíz del error de la posición a la que Kant se opone se hallaba en que se le había adjudicado al principio de contradicción un rango de privilegio exclusivo frente al de identidad, pero “toda proposición que sea inmediatamente pensada bajo cualquiera de ellos, y no pueda ser pensada de otro modo, es indemostrable” (Investigación, EA II, 294). La postura de Kant es que ambos principios son indemostrables, inmediatos, tienen el mismo rango y regulan el uso formal del entendimiento como tal, que concierne a todo conocimiento. La metafísica no tiene, pues, ningún fundamento formal de certeza distinto al de cualquier otro ámbito de conocimiento. La conclusión de esta discusión es, entonces, en primer término, la validez de las reglas del uso formal del entendimiento para las proposiciones de la metafísica. Pero además, si la metafísica está sometida como conocimiento a las mismas reglas de todo conocimiento, una reflexión previa sobre el método se aplica también a ella. Empleo de signos y procedimiento con las definiciones quedan, también, subsumidos bajo este doble resultado. El empleo de signos debe ser de forma tal que permita establecer juicios ciertos por medio de la identificación de predicados distintos, debe evitarse comenzar por definiciones y el contenido no puede estar exceptuado de la regulación de la lógica. La metafísica puede alcanzar el mismo grado de certeza que otras formas de conocimiento, diferenciándose, como hemos visto, sólo de la matemática.

Posibilidad de distinción y certeza en los fundamentos del conocimiento natural de Dios y de la moral

De la aplicación del nuevo método de la metafísica a los fundamentos del conocimiento natural de Dios y de la moral resulta que es posible la certeza en el primer caso, pero no en el segundo. En ello queda comprendido el alcance y los límites del empleo de signos en metafísica.

Respecto de la posible certeza en el conocimiento natural de Dios, la argumentación parte de que, en general, la identificación de algo es más fácil y clara cuando aquella cosa de la que se trata es la única de su tipo. Sin embargo la mayor evidencia se produce cuando se llega a que “a una cosa le conviene estos y ningún otro predicado. Ya que con determinaciones contingentes es difícil encontrar las condiciones cambiantes de sus predicados.” (Investigación, EA II, 296). En el conocimiento filosófico de Dios “El concepto principal que se le ofrece al metafísico es, directamente, la existencia necesaria de un ser.” (Investigación, EA II, 296-97). Ello posibilita un conocimiento cierto con respecto Dios en tanto no se relaciona con la contingencia. Pero, en el caso de que los juicios sean, por ejemplo, respecto de la justicia, bondad o providencia divinas, “puesto que en los conceptos que tenemos en nosotros de estas determinaciones hay mucho no desplegado (Unentwickeltes), en esta ciencia sólo podemos tener una certeza por aproximación (Annäherung), o una certeza moral.” (Investigación, EA II, 297). Ello señala el alcance al cual se enfrenta el análisis y los límites de la posible certeza en metafísica.

El límite de la posible certeza metafísica queda señalado en tanto los “fundamentos primeros de la moral, de acuerdo a su estado presente, no son aptos para producir la evidencia necesaria” (Investigación, EA II, 298). La justificación de esta posición implica la aplicación del método propuesto a los principios de la moral. Ello se muestra en el análisis del concepto de obligación, central en la formulación de tales principios. El concepto de obligación implica el de deber en tanto el concepto de deber se desprende del hacer obligatorio, “Todo deber expresa la necesidad de una acción y puede tener un doble significado (Bedeutung)” (Investigación, EA II, 298): como medio o como fin; el análisis del concepto implica el deslinde entre ambos. En el primer caso se trata sólo de un precepto o una indicación para la solución de un problema, el que se plantea respecto de cómo alcanzar el fin propuesto. Aquí no hay obligatoriedad sino sólo la habilidad de hallar una solución, la cual puede ser de diversas maneras, ya que “el uso de los medios no tiene ninguna otra necesidad que aquella que le conviene al fin” (Investigación, EA II, 298). En este sentido, todas las acciones prescriptas por la moral “bajo las condiciones de ciertos fines, son contingentes y no pueden significar ninguna obligación sino en tanto ellas sean subordinadas a fines necesarios.” (Investigación, EA II, 298). Independientemente del contenido específico que se establezca como fundamento en la filosofía práctica, la acción prescripta debe ordenar inmediatamente en forma necesaria y no bajo la condición de otro fin, por ello dicha formulación es primera e indemostrable. Así como hay conceptos inanalizables de lo verdadero en los objetos de conocimiento, así hay un sentimiento inanalizable del bien, el cual no va a poder ser encontrado directamente en una cosa, sino sólo en relación con un ser que recibe, percibe y siente: “Es una tarea del entendimiento el analizar y aclarar el concepto compuesto y confuso (verworrenen) del bien, mostrando como este concepto surge de sensaciones simples del bien.” (Investigación, EA II, 299). Cuando el bien al que se refiere es simple, el juicio “esto es bueno” es indemostrable. De manera semejante, una acción formulada en un principio es considerada como buena inmediatamente, cuando no “contiene de manera encubierta (versteckte Art) algo otro bueno que pueda ser conocido por análisis” (Investigación, EA II, 299), entonces, en este caso, “la necesidad de esta acción es un principio material indemostrable de la obligación.” (Investigación, EA II, 300). Todo ello muestra que la filosofía práctica se halla distante de brindar la necesaria distinción y seguridad requeridas para lograr la evidencia en sus conceptos y principios fundamentales. En el caso de los principios de la moral debía ser establecido con seguridad si es directamente la facultad de conocimiento o el sentimiento quien decide respecto de los primeros principios. Lo dicho sirve para confirmar la doble intención, referida tanto a la filosofía teórica como práctica, en la cual se inscribe el desarrollo del nuevo método.

El valor del lenguaje para la reflexión filosófica

De acuerdo a lo visto, entonces, la reflexión de Kant respecto de la función del lenguaje en el método de la filosofía debería ser tomada como algo más que una observación marginal. Ella se muestra explícitamente como momento en una argumentación y como toma de posición respecto del valor del lenguaje para la reflexión filosófica, lo cual, a modo de conclusión de este punto, se indica en el siguiente desglose.

a) La característica explícita de dicha argumentación queda confirmada por la arquitectura del texto: el lenguaje es considerado en los tres primeros (de los cuatro) capítulos y es tema, al formularse lo que debe ser evitado, en la primera de las dos reglas del método. La articulación conceptual de esta argumentación se construye a través de la recepción de la concepción tradicional de signo, sintetizada en la definición de Meier y manifiesta en la constelación semántica que aparece en los pasajes citados: objeto (Objekt, Gegenstand); concepto (Begriff); significado (Bedeutung) (de las palabras, de los signos y de los conceptos); signo (Zeichen); nombre (Name); cosa designada (bezeichnete Sache). También mencionan los pasajes algunas relaciones entre estos términos: p. e denominar (benennen), designar (bezeichnen), indicar (andeuten). Con estos términos y relaciones cuenta, pues, la argumentación kantiana. Esta constelación semántica se corresponde con la “semántica leibniziana”, establecida entre: conceptos, signos y objetos [8]. En ella también puede identificarse el empleo del término significado (Bedeutung), así p. ej. el texto habla de: “significado de los signos” (Investigación, EA II, 284), “significado de las palabras” (Investigación, EA II, 288), “haber dado su significado al concepto” (Investigación, EA II, 290), “el significado de la conclusión simbólica” (Investigación, EA II, 278). Tal vez no esté de más subrayar que la recepción por parte de Kant en este escrito de los conceptos de signo y significado es activa. Aquí se caracteriza por el hecho de que si bien se emplea dicha concepción como tal, al hacerlo se subraya el empleo que se hace de los signos. La diferencia entre los métodos de la filosofía y de la matemática se halla no sólo en el tipo de signos sino también en el empleo que se hace de éstos y de su resultado para el conocimiento.

b) Desde el punto de vista de la reflexión sobre el lenguaje la argumentación presentada puede ser recapitulada del siguiente modo. Ella se centra en primer término en las dificultades que trae para la metafísica el que dependa del empleo del lenguaje. La posible certeza a alcanzar en metafísica se enfrenta en primer lugar ya con la carencia de certeza motivada por la diversidad de opiniones que se enlaza al uso en el habla[9]. Pero, además, en el empleo conjunto de palabras y conceptos se producen desviaciones en tanto que la falta de un significado seguro y bien establecido lleva a aplicar mal el concepto al caso. En los conceptos de la metafísica “sus signos sufren muchas desviaciones difíciles de notar en la aplicación” (Investigación, EA II, 290). Los objetos de la metafísica suman a la complejidad del concepto su designación por medio de palabras, cuya significado procede de su uso en el habla. A diferencia del proceder de la matemática que puede dejar de atender al objeto del cual se trate en relación con su concepto universal y concentrarse en la operatoria con los signos que lo representa, el método de la metafísica debe permanecer atento al concepto y a las notas que componen su significado. Confusión e inseguridad en la determinación y aplicación de las notas características del concepto son pues el resultado que arroja el uso de las palabras, signos propios de la metafísica. En metafísica, pues, sea por lo que debe superarse, la confusión y complejidad de los conceptos que le son dados, sea por aquello que debe alcanzarse, la definición real, el lenguaje, en tanto éste es doblemente identificado según nuestro texto como: a) palabras como signos empleados en función de conocimiento y b) diferenciación entre definición nominal y definición real, es comparado con la posible evidencia total del concepto. Con relación a lo primero entonces, el nuevo método de la metafísica debe proceder por análisis de conocimientos complejos, sus conceptos le están dados pero de manera confusa y sin estar suficientemente determinados. Por ello la filosofía debe analizar el concepto y comparar, en todos los casos, las notas abstraídas con el concepto dado. Es decir, debe considerar el concepto en todos los respectos para descubrir sus notas. Debe asimismo enlazar las distintas notas separadas para ver si dan un concepto suficiente y pueden ser puestas conjuntamente. Sintetizando, la tarea de la filosofía es: analizar, explicitar exhaustivamente y determinar los conceptos dados de manera confusa, para llevarlos a su distinción, totalidad y determinación (Cf. Investigación, EA II, 278). El análisis procede pues desde su punto de partida, los conceptos del objeto dados en forma confusa, hacia su término de llegada, el concepto plenamente determinado. Recién en este caso puede pensarse en la posibilidad de una definición real, la cual es siempre, entonces, a lo sumo punto de llegada y nunca puede ser punto de partida. La respuesta al problema planteado sería, entonces: respecto de las dificultades planteadas por el uso de los conceptos en el habla lo que hay que tener en cuenta es el análisis conceptual. Lo segundo es evitar definiciones que sean meramente nominales.

c) Esta concepción del método de la metafísica muestra, además, una consecuencia respecto de la posible aplicación a las cuestiones metafísicas de la idea leibniziana del arte característica combinatoria. El rechazo de la universalidad del método confirma la negación de la posibilidad de tal aplicación, ya que:

“ni figuras ni signos visibles pueden expresar los pensamientos así como tampoco sus relaciones; tampoco se puede realizar una permutación de signos según reglas en lugar de la consideración abstracta de modo tal que con este proceder se substituya la representación de la cosa misma con la [representación] más clara y cómoda de los signos, sino que lo universal debe ser examinado in abstracto.” (Investigación, EA II, 279)

d) Finalmente, el análisis de Kant del nuevo método que debía seguir la metafísica indica el valor que le asigna a éste en función del posible conocimiento. El lenguaje es analizado respecto de la posible evidencia a lograr en el conocimiento y con ello doblemente confrontado: con el concepto y la intuición. El recurso a la intuición como justificación del conocimiento es un rasgo esencial del nuevo método de la metafísica en este texto; el conocimiento debe basarse en “proposiciones de experiencia” (Investigación, EA II, 275 y 278); la necesidad del conocimiento dependerá directamente de la intuición que pueda brindarse en él (Cf. Investigación, EA II, 291). Las palabras sólo acompañan al concepto pero no ofrecen intuición alguna. Mientras los signos de la matemática muestran el concepto en la intuición, las palabras sólo representan el concepto sin poder garantizar la presencia de la intuición. De modo tal que en el contexto del nuevo método el empleo de signos es evaluado desde el punto de vista del conocimiento en comparación con el concepto y la intuición[10]. Las palabras como signos, comparados con el conocimiento que pueden ofrecer, no son ni notas del concepto, ni presentaciones en la intuición, como tales sólo sirven para recordar la universalidad del concepto pero no para exhibirla.

Al haberse planteado en este escrito el lenguaje como problema para la reflexión filosófica simultáneamente se ha determinado un lugar teórico para el mismo que puede ser identificado por medio de estos cuatro rasgos recién señalados: a) presencia de una constelación semántica filosófica referida al lenguaje y conceptos directamente emparentados, surgida de la recepción de la tradición filosófica y su activa reapropiación por parte de Kant; b) inscripción de una argumentación expresa respecto del lenguaje en el contexto de la reflexión sobre el método de la filosofía; c) distanciamiento respecto de la idea del arte característica combinatoria como parte del método de la metafísica; y d) doble confrontación del lenguaje con el concepto y la intuición en cuanto a su posible valor para el conocimiento. Todo ello constituye una base constante sobre la que se desarrolla la posterior reflexión kantiana respecto del lenguaje.


  1. Reinhardt Brandt – Heinrich Klemme, “John Locke”, T. Borsche (Ed.), Klassiker der Sprachphilosophie, Munich, C. H. Beck, 1996, p. 134. Respecto de la reflexión 398 donde se habla de la “disputa de palabras” comenta la edición de la Academia: “Probablemente piensa Kant aquí en An Essay concerning Human Understanding, Libro III, Cap 2 §§, 2, 3 y 8; Cap 9 § 4 ss, especialmente § 8; Cap. 10 § 22 de J. Locke; pasajes donde J. Locke dice que las palabras sólo son signos sensibles de las ideas y que ello de ningún modo implica que el hablante y el oyente al valerse de las mismas palabras también opinen lo mismo.”Immanuel Kant, Reflexionen zur Anthropologíe, EA, XV, 160 (R 398).
  2. Reinhardt Brandt – Heinrich Klemme, loc. cit., p. 144.
  3. Cf. Gottfried Martin, Leibniz. Logik und Metaphysik, Berlín- Nueva York, Berlín – Nueva York, W. de Gruyter, (2° ed.) 1967, pp. 212 y 221.
  4. Al respecto los trabajos ya mencionados de Ada Lamacchia.
  5. Immanuel Kant, Nueva dilucidación de los primeros principios del conocimiento metafísico (Trad. B. Maas de Zagalasky), Cuadernos de filosofía, 20, 1973, p. 450.
  6. Lógica, EA IX, 3. Jäsche se refiere a Georg Friederich Meier Auszug aus der Vernunftlehre, Halle bei Gebauer 1752, esta obra constituye una versión abreviada de la Doctrina de la razón. Ambas versiones fueron publicadas simultáneamente, el extracto parece pensado para servir como manual, según observa María Jesús Vázquez Lobeiras, op. cit. p. 33 (nota 98); Cf. Ibíd., pp. 32-35.
  7. En la Lógica Kant caracteriza “nota” del modo siguiente: “Una nota [Merkmal] es aquello en una cosa que constituye una parte del conocimiento de la misma o, lo que es lo mismo, una representación parcial en la medida en que es considerada como fundamento de conocimiento de la representación total. Según esto todos nuestros conceptos son notas y todo pensar no es otra cosa que un representar por medio de notas.” Lógica, EA IX, 58.
  8. Cf. Hans Burkhardt, Logik und Semiotik in der Philosophie von Leibniz, Munich, Philosophie Verlag, 1980, pp. 180-182.
  9. Esta indicación respecto de la confusión de lenguas (Sprachverwirrung) esreiterada por Kant al comienzo de la metodología trascendental (Cf. CRP B 735).
  10. En la Lógica Kant caracteriza ambas nociones: “La intuición [Anschauung] es una representación singular (repraesentatio singularis), el concepto [Begriff] una representación general (repraesentatio per notas communes) o representación por reflexión (repraesentatio discursiva).” Lógica, EA IX, 91.


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