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El ser, la mentira y la nada

Florencia Hamu y Ezequiel Ludueña

Meens advierte que es difícil creer que el texto haya sido efectivamente pensado como un sermón porque algunas partes resultan demasiado eruditas.[1] Una de ellas es el capítulo tercero. Allí, hallamos un excursus metafísico que sirve para definir qué es una mentira. Agobardo se apoya en las Escrituras para alcanzar su objetivo fundamental: deslegitimar la creencia popular en los “tempestarios” y sus poderes y advertir que, al inventar “lo que no es” (149A), no solo se atribuye cierto carácter divino al ser humano, sino que al mismo tiempo se le niega a Dios el poder exclusivo de hacer lo que el ser humano no puede hacer: “al declarar que el ser humano puede hacer lo que solamente Dios puede hacer –es decir, que Dios no hace lo que hace– queda así confinado entre dos mentiras enormes y mortíferas” (147B).

Decir que ciertos seres humanos pueden desatar una tormenta de granizo es mentir. ¿Pero qué es, desde el punto de vista metafísico, mentir? La respuesta de Agobardo es clara: mentir es alejarse de Dios.

La mentira, afirma Agobardo, no posee “esencia” y por eso no “subsiste”: es “nada”, “no existe en una substancia propia”. Para entender este razonamiento es necesario dejar de lado los significados que la tradición de la filosofía occidental ha ido asignando, de manera más o menos consciente, a los términos “esencia” y “substancia”. Aquí, “esencia” no equivale a uno de los elementos de la dicotomía esencia-existencia, no indica la determinación como distinta del hecho de existir, más bien parece significar el hecho de ser; aquí, “substancia” no supone la distinción aristotélica entre una substancia primera y una segunda, hace referencia al hecho de ser. Agobardo no distingue explícitamente entre ser y ser algo. Por eso, “esencia” y “substancia” son sinónimos y representan lo opuesto a la nada. Pero sí distingue entre dos tipos de ser. Dios es el único que “posee ser verdadero” (149A), las creaturas, no: “no hay más que dos tipos de ser: uno supremo, porque no recibe su ser de otro, y otro magnífico, porque recibe su ser de Dios es decir, el Creador y la creatura–” (ib.). Dicho de otro modo: las creaturas participan del ser.

Se ha señalado, con acierto, que esa terminología (y ese esquema de pensamiento) aparece en una de las principales fuentes del Renacimiento Carolingio: la obra de Agustín de Hipona.[2] Agobardo la emplea para explicar en qué sentido mentir es decir lo que no es, la nada.[3] La mentira es “insustancial”, un alejarse del ser. Esta línea de argumentación ético-metafísica es también propia de Agustín.[4] El distanciamiento respecto de la nada o del ser tiene un sentido ético en el marco de una ética ontológica o de una ontología ética, que, para Agobardo, expresa el contenido espiritual del Cristianismo. El fundamento de esa ética es la identidad entre verdad, ser (o “esencia”), bien y Dios. Citando al Apóstol, Agobardo nos recuerda que “ninguna mentira proviene de la verdad” (148C). En términos éticos: el mal no proviene del bien. Todo lo que es, por el hecho de ser, es bueno. El mal no existe sino como carencia.[5] Ahora bien, si la mentira no proviene de Dios, ya que carece de “esencia”, ¿cómo es posible que quienes creen en los tempestarios sean capaces de decir lo que no es? Quienes así creen son creaturas. Es decir, según Agobardo, han recibido el ser, pero no poseen el “ser verdadero y supremo”. ¿Pueden, entonces, “crear” algo que carece de ser? ¿De dónde viene la mentira y cómo explicamos su existencia? La mentira es un pecaminoso alejarse del ser y del bien, o sea, de Dios: “quien quiera persistir en lo que es, no se aleje de Aquel que le dio el ser” (149B). Por ende, mentira y verdad son movimientos de alejamiento o acercamiento respecto del ser, posibilitados por el libre albedrío.


  1. Cf. Meens, 2012, p. 160.
  2. “Dios es una cierta substancia, pues lo que no es substancia alguna, no existe en modo alguno (Deus est quaedam substantia; nam quod nulla substantia est, nihil omnino est)”, Comentarios a los Salmos 68, 1, 5. “Pues toda substancia que no es Dios es creatura, y la que no es creatura es Dios (omnis enim substantia quae Deus non est creatura est, et quae creatura non est Deus est)”, Sobre la Trinidad I, 6, 9. Cf. Ib. V, 2, 3. “Puesto que Dios es la esencia suprema –es decir, el que existe en grado supremo– y es, por ende, inmutable, dio el ser a las cosas que creó de la nada, pero no un ser supremo, como es Él […]. Tal como de la palabra sapere deriva sapientia, así essentia deriva del verbo esse, término nuevo, por cierto, no usado por los antiguos autores latinos, pero ya empleado en nuestros días para que no falte en nuestro idioma lo que los griegos llaman οὐσία, término cuya traducción literal es essentia. Y por esto, de esa naturaleza que existe en grado supremo, por cuyo hacer existe todo lo que existe, no hay más naturaleza contraria que la que no existe. Ciertamente, lo contrario de lo que es es el no ser. Por eso no hay una esencia contraria a Dios, esencia suprema y autor de todas las esencias, sean las que sean”, La ciudad de Dios XII, 2.
  3. Ferrari (2003, p. 171) anota: “En otras palabras: no hay tempestarii porque no puede haberlos”. Sánchez Jiménez (2018, pp. 109-110) menciona la tesis de Paola Caruso, según la cual Agobardo estaría respondiendo aquí a la doctrina de Fredegiso de Tours, quien en su Epístola sobre la nada y las tinieblas (escrita ca. 804-814) pretende demostrar que la nada es “algo” (aliquid). Cf. Colish, 1984, p. 759. Hacia 830, Agobardo escribió explícitamente contra Fredegiso (aunque no en relación a la mencionada epístola). Cf. ibidem, p. 766. Unas décadas después, Eriúgena elaborará su interpretación de la fórmula creatio de nihilo, en la que nihil resulta ser el nombre divino por excelencia. Cf. el clásico trabajo de Piemonte, 1968.
  4. Cf. Jolivet, 2006, p. 18.
  5. Cf., por ejemplo, Agustín, Confesiones III, 7, 12 y Manual 11.


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