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IV

En consecuencia, puesto que todo mentiroso es un aseverador de falsedad –y todo aseverador de falsedad es un testigo falso, que va contra la verdad–, veamos ahora si alguna autoridad apoya a quienes dicen que la obra divina es hecha por un agente humano.

Consta en las Sagradas Escrituras, allí donde por primera vez se habla del granizo, a propósito de aquellas plagas que azotaron el Egipto. Es la séptima y última plaga. Dijo el Señor: Y caerá mañana a esta misma hora granizo muy grande, como nunca hubo en Egipto desde el día en que fue fundada y hasta el de hoy.[1] Así pues en este pasaje el Señor dice que enviará Él mismo el granizo al día siguiente, no hombre alguno, por cierto [149D] ni Moisés ni Aarón –que eran justos, es decir, hombres de Dios–, ni Janes y Jambres, hechiceros de los egipcios, presentados como magos del Faraón, y que el apóstol dice que se opusieron a Moisés, así como también se opusieron a la verdad.[2] Y enseguida, ciertamente, tal como está escrito, por medio de incantaciones egipcias y determinados arcanos, lanzaron ambos sus báculos en presencia del Faraón, y estos se convirtieron en serpientes. Pero el de Aarón las devoró. Inmediatamente convirtieron las aguas en sangre, y en seguida hicieron surgir ranas de los ríos, aunque no pudieron contenerlas a fin de que permanecieran en el río, como sí pudo Moisés en la palabra del Señor. Y cuando vinieron los mosquitos y nada pudieron hacer al respecto, dijeron que el dedo de Dios les era contrario, [150A] y ya no intentaron nada más.

Es claro que si un hombre pudiera enviar el granizo, Janes y Jambres lo hubieran hecho, puesto que convirtieron las aguas en sangre e hicieron salir las ranas de los ríos –cosa que no pueden hacer aquellos a los que hoy apodan “tempestarios”–.

IV

Quoniam ergo omnis mendax falsitatis assertor est, et omnis assertor falsitatis falsus testis est, agens contra veritatem, videamus iam isti –qui opus divinum auctore homine fieri dicunt– utrum fulciantur aliqua auctoritate.

In sacris igitur Scripturis, ubi primum grando introducitur, in plagis utique illis, quibus Aegyptus percussa est, invenitur: septima denique plaga Aegypti ista est. Dixit autem Dominus: En pluam hac ipsa hora cras grandinem multam nimis, qualis non fuit in Aegypto a die qua fundata est usque in praesens tempus. In his itaque verbis Dominus se ipsum dicit missurum grandinem in crastina, non aliquem hominem, certe [149D] nec Moysen aut Aaron, qui iusti et Dei homines erant, nec Iamnem et Mambrem incantatores Aegyptiorum, qui scribuntur magi Pharaonis, quos apostolus dicit restitisse Moysi, sicut et hi resistunt veritati. Iam equidem illi, sicut scriptum est, per incantationes Aegyptias et arcana quaedam proiecerant singuli virgas suas coram Pharaone, et versae fuerant in dracones, licet virga Aaron devoraverit virgas eorum. Iam aquas verterant in sanguinem, iam ranas produxerant e fluminibus, licet eas cohibere non possent, sicut Moyses in verbo Domini fecit, ut tantum in flumine remanerent. At cum ventum est ad Scyniphas, et nihil inde facere potuissent, dixerunt digitum Dei sibi esse contrarium, nihilque [150A] ulterius tale conati.

Certe si quilibet homo grandinem potuisset immittere, Iamnes et Mambres immisissent, quia aquas converterunt in sanguinem, et ranas de fluminibus produxerunt; quod isti facere non possunt, qui nunc dicuntur tempestarii.


  1. Éxodo IX, 18.
  2. Cf. II Timoteo III, 8.


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