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XIII

También en nuestros tiempos vemos a veces que, cuando se recogen las cosechas y las vendimias, no se puede volver a sembrar debido a una sequía. ¿Por qué no obtenéis de esos tempestarios vuestros que envíen “tormentas provocadas” que irriguen la tierra para que podáis, luego, volver a sembrar?

Pero, ya que no habéis hecho esto [155B] ni visteis ni escuchasteis jamás que alguien lo hiciera, escuchad ahora qué dice además sobre esto, entre otras cosas, el Señor mismo, creador de todas las cosas, rector, gobernante, ordenador y dispensador, a su bienaventurado siervo Job. Efectivamente, el diablo, autor del mal, príncipe y cabeza de todos los males, acusador de los hermanos, acusó al bienaventurado Job ante Dios, diciendo que no lo servía movido por una intención recta –esto es, solo para complacerlo y disfrutar en Él–, sino para cuidar y multiplicar sus bienes terrenales. E ímprobo, soberbio, tontísimo, como si conociera la mente del varón de Dios mejor que su creador, le solicitó a Dios que tentara a Job para demostrar así que lo que él, el diablo, decía era verdad. Y el Señor, tan justo como misericordioso –justo para confundir al diablo, misericordioso [155C] para exaltar a su fiel servidor– le concedió al diablo potestad, primero, sobre todos los asuntos de Job, luego sobre sus hijos, después incluso sobre la salud de su cuerpo y sobre los consejos de su esposa y, finalmente, sobre los reproches y desdenes de todo tipo, que proferían sus sirvientes. Con todo, el diablo se retiró vencido y confundido y el siervo del Señor salió vencedor y triunfante.

Y, entonces, el pío Señor, así como no quiso que Pablo se volviera altivo por la grandeza de sus revelaciones (según cuenta el Apóstol de sí mismo), tampoco quiso que, por la grandeza de su victoria, Job se volviera altanero. Y quiso humillarlo, no quitándole las cosas (ya las había perdido), no atacando su cuerpo (ya había sido probado como oro en la fragua), no ubicándolo junto a algún gran varón (pues no había en la tierra varón semejante a Job: verdaderamente [155D] era el más grande entre los hombres de Oriente). Sin embargo, comenzó a humillarlo con vehemencia, mostrándole, de manera sublime, la inmensidad de su poderío, a fin de que su fiel servidor, conociendo las inefables grandezas de su inestimable e infinito creador, se despreciara a sí mismo y, despreciándose, se inclinara –exactamente como terminó haciéndolo–. Pues esto es lo que se advierte en sus palabras, cuando dice: Por eso yo me reprendo y hago penitencia en brasas y ceniza;[1] pasaje que en otra traducción es más claro: Me desprecié y consumí y me consideré tierra y ceniza.

Y entonces, cuando Dios todopoderoso pregunta a su fiel servidor si él, Job, puede hacer esto o aquello o si conoce a alguien que pueda, y dónde estaba él cuando [156A] todo fue creado, en el medio de semejante humillación, Dios pregunta sobre cosas que, sin duda, ningún otro puede hacer sino solo el Todopoderoso, y dice: ¿Dónde estabas tú cuando yo ponía los cimientos de la tierra? Y: ¿Quién dispuso sus medidas? O: ¿Sobre qué se apoyan sus bases? ¿Quién encerró el mar entre puertas? Y: ¿Acaso podrás reunir las brillantes estrellas, las Pléyades, o podrías detener el giro del Arturo? Y: ¿Acaso conoces el orden del cielo? Y: ¿Acaso enviarás los relámpagos o vendrán [solos]? Y muchas otras preguntas similares.[2] Entre tantas y tales preguntas –decía– Dios pregunta también a Job: ¿Acaso has penetrado los tesoros de la nieve o vislumbrado los del granizo, o lo que dispuse para los tiempos de los enemigos, para los días de luchas y guerra? ¿Por dónde se esparce la luz y se reparte el calor sobre la tierra? ¿Quién dio curso a una lluvia terrible o abrió camino [156B] al resonante trueno a fin de que lloviese en una tierra inhabitada, en el desierto donde ningún mortal mora, para inundar esa tierra intransitable y desolada y producir verdes hierbas? ¿Quién es el padre de las lluvias o quién engendró las gotas del rocío? ¿De qué útero ha surgido la helada? ¿Y quién generó el hielo que cae del cielo? Las aguas se endurecen como piedra y la superficie del abismo se estremece.

XIII

Nostris quoque temporibus videmus aliquando, collectis messibus et vindemiis, propter siccitatem agricolas seminare non posse. Quare non obtinetis apud tempestarios vestros ut mittant auras levatitias, quibus terra inrigetur, et postea seminare possitis?

Verum, quia id vos nec fecistis, [155B] nec facere umquam vidistis et audistis, audite nunc, quid ipse Dominus, rerum omnium conditor, rector, gubernator, ordinator et dispensator, servo suo beato Iob inter caetera etiam de huiusmodi rebus dicat. Etenim cum diabolus, inventor mali, princeps et caput omnium malorum, accusator fratrum, accusasset beatum Iob apud Dominum, dicens quod non recta intentione, id est soli ei placendi et solo eo fruendi, illi serviret, sed pro terrenarum rerum multiplicatione ac defensione, expetissetque eum temptandum, quatenus temptando ita verum esse ostenderet improbus, superbus et stultissimus, quasi mentem viri Dei melius nosset quam conditor eius, Dominus quoque iustus et misericors, iustus ad confundendum diabolum, misericors [155C] ad exaltandum fidelem famulum suum, concessit illi potestatem, primum quidem in rebus omnibus, deinde verum in filiis, post etiam in salute corporis, ac deinceps in suasione coniugis, postremo autem in exprobratione et multifaria despectione famulorum. Sed diabolus victus et confusus recessit; servus Domini victor et triumphans excrevit.

Volens igitur pius Dominus, secundum quod apostolus dicit de se ipso, ne magnitudo eum revelationum extolleret, ita et illum, ne magnitudo victoriae elatum redderet, humiliare, non ablatione rerum, quas perdiderat, non percussione corporis, per quam iam sicut aurum in camino examinatus erat, non comparatione alicuius magni viri, quia similis ei super terram nullus erat, quippe [155D] qui inter homines orientales magnus esset, coepit tamen eum humiliare vehementer, sublimiter ostendendo illi immensitatem potentiae suae, ut fidelis famulus, cognoscendo inaestimabilis atque incircumscripti conditoris ineffabilia magnalia, semetipsum despiceret, et despiciendo inclinaret, sicuti et factum est. Nam hoc in verbis eius apparet, quibus ait: Idcirco ipse me reprehendo et ago paenitentiam in favilla et cinere; quod alia translatio apertius declarat, dicens: Despexi memetipsum et distabui et aestimavi me terram et cinerem.

In hac ergo humiliatione, cum omnipotens Deus sciscitaretur fidelem famulum, utrum ista aut illa facere posset, aut nosset quis fecerit, aut ubi esset, quando [156A] fiebant, interrogat de talibus utique, quae nemo alius, nisi solus Omnipotens facere potest, et dicit: Ubi eras, quando ponebam fundamenta terrae? Et: Quis posuit mensuras eius? vel: Super quo bases illius solidatae sunt? Quis conclusit ostiis mare? Et: Numquid coniungere valebis micantes stellas, Pleiades, aut girum Arcturi poteris dissipare? Et: Numquid nosti ordinem caeli? Et: Numquid mittes fulgura, et ibunt? Et multa huiusmodi. Inter haec, inquam, tanta ac talia inquirit etiam ab eo, dicens: Numquid ingressus es thesauros nivis aut thesauros grandinis aspexisti, quae praeparavi in tempus hostis, in diem pugnae et belli? Per quam viam spargitur lux, dividitur aestus super terram? Quis dedit vehementissimo imbri cursum et viam sonantis [156B] tonitrui ut plueret super terram absque homine in deserto, ubi nullus mortalium commoratur, ut impleret inviam et desolatam et produceret herbas virentes? Quis est pluviae pater? Vel quis genuit stillas roris? De cuius utero egressa est glaties? Et gelu de caelo quis genuit? In similitudinem lapidis aquae durantur et superficies abyssi constringitur.


  1. Job XLII, 6.
  2. Ib., XXXVIII, 22-30.


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