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Conclusión

De dónde venimos y hacia dónde vamos

En primer lugar, a lo largo del trabajo pudimos apreciar que los análisis de Peña vincularon la historia y la suerte argentina con la de sus vecinos latinoamericanos, por lo tanto, había más similitudes que diferencias, como bien atestiguaban algunos fenómenos como la colonización española, el imperialismo, el escaso potencial de la clase obrera como sujeto revolucionario, entre otras cuestiones. En esta dirección, las características que esbozamos serían la prueba y la causa de que el país y la región eran, y siguen siendo, inviables en términos de desarrollo capitalista ya que sólo nos quedaría, como bien ha demostrado nuestro intelectual seleccionado, la perpetuación de esas condiciones de dependencia imperantes. Por eso mismo, como ha señalado Tarcus, en Milcíades Peña encontramos una visión trágica sobre la historia porque “[…] la dinámica histórica es entendida como el resultado de la aguda contradicción de las fuerzas sociales, aunque en el contexto específico de nuestra formación social: una modalidad peculiar de capitalismo dependiente condujo a una ‘combinatoria endiablada’ que impidió la constitución de una nación moderna” (TARCUS, 1996: 33). De una manera u otra, no habría posibilidades de romper con las condiciones que nos atarían al atraso pasado y futuro.

En segundo lugar, una de las diferencias más destacadas de Peña en relación a otros pensadores del período fue la siguiente, por la cual entendemos que fue un intelectual significativo:

Se producía así un clivaje en la teoría de la modernización a otra de la dependencia, que colocaba el eje del problema no en el desarrollo técnico sino en una cuestión política que demandaba la ruptura con el imperialismo y también con la propia burguesía nacional que si en la primera versión era la protagonista del cambio, se había relegado incapaz de liderarlo y ahora, abandonada a su vocación, debía ser reemplazada por otros actores sociales (TERÁN, 2013: 172-173).

Lo que vemos es la mutación en una franja del pensamiento argentino que rechazó el etapismo, la idea de que la suerte del país era seguir con la sucesión de etapas, valga la redundancia, hasta lograr el desarrollo tan buscado. Por lo tanto, la salida sería la ruptura con la situación vigente, como bien había presentado el caso cubano, como el gran paradigma revolucionario en América Latina, aunque, para nuestro caso, no teníamos una clase social con las condiciones necesarias para cumplir semejante tarea. De hecho, la problemática de lograr una consciencia y acción revolucionarias fue una de las tareas más importantes pregonadas por los protagonistas. En palabras del mismo Che Guevara:

Ésta es la educación que mejor cuadra a una juventud que se prepara para el comunismo: la forma de educación de la cual el trabajo pierde la categoría de obsesión que tiene en el mundo capitalista y pasa a ser un grato deber social, que se realiza con alegría, que se realiza al son de cánticos revolucionarios, en medio de la camaradería más fraternal, en medio de contactos humanos que vigorizan a unos y otros, y a todos elevan (GUEVARA, 2012: 75).

Para el Che, la posibilidad del socialismo sólo era viable con el nacimiento de un hombre nuevo que sirviera de apoyo, y al mismo tiempo transforme, la sociedad en la que se encontraba. En esta dirección, Cuba se erigía como la vanguardia en América Latina sosteniendo, incluso, la opción por la lucha armada como la única vía plausible para semejante tarea. En este sentido, Peña fue uno de los pensadores más lúcidos para advertir las condiciones de Argentina y América Latina, eran similares, en consecuencia, la salida del atraso debería ser relativamente parecida. En definitiva, para Peña, parafraseando a Marx y Engels, “Son los individuos reales, su acción y sus condiciones de vida, tanto aquellas con que se han encontrado como las engendradas por su propia acción” (MARX Y ENGELS, 2012: 18). En esta dirección, ante todo, conocer las situaciones concretas de la región, era una de las condiciones indispensables para empezar a pensar y romper con las condiciones imperantes en vistas de un futuro distinto. Además, “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘como verdaderamente ha sido’. Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro” (BENJAMIN 2007: 67); es decir, que la historia no está a salvo del presente y que, al mismo tiempo, es ese presente el que nos compete ya que los problemas que nos atañen como sociedad son siempre problemas del porvenir, son problemas que nunca llegan, pero que siempre están latentes y frente a los cuales debemos elaborar alternativas (ROGGERONE, 2018: 38). Por lo tanto, recuperar y reflexionar sobre los debates que se empezaron a gestar hace poco más de cinco décadas es determinante para entender nuestro escenario actual donde muchos de los fenómenos que se asoman en la superficie tienen que ver, están relacionados con ciertas cuestiones inconclusas que tuvieron su origen en los años que estudiamos.



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