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2 América Latina y Argentina como objetos de estudio

I. Renovación y objetividad

En el número 2 de la revista Fichas de investigación económica y social (en adelante Fichas), Peña realizó una serie de comentarios a la obra de Wright Mills, La imaginación sociológica, prologada por Gino Germani, quien dirigió la colección encargada por la editorial Paidós a principios de los 60’, en relación a las implicancias de las ciencias sociales en temas políticos; observaciones que demuestran la importancia adquirida por dicho campo de estudios ya que eran la llave para entender el contexto de cambios y trasformaciones que tenían lugar en estas latitudes.

Según el pensador argentino, las menciones del sociólogo italiano sobre la obra de Mills tenían como objetivo de dejar de lado la relación entre la supuesta sociológica científica y las implicancias directas con los problemas y las demandas sociales; dicho en otros términos, el componente científico y objetivo sólo era posible en la medida en que se relegaran las desviaciones ideológicas (PEÑA,1965A: 37),[1] esto no quiere decir que el intelectual italiano dejara de la lado su compromiso cívico, pero sí los sesgos políticos. En este sentido, el objetivo del prólogo de Germani fue inmunizar al lector de las implicancias políticas de la obra del sociólogo norteamericano para rescatar los aportes metodológicos de su trabajo, por lo tanto, le estaría quitando el sentido a la labor del pensador anglosajón ya que, de acuerdo a éste último, “La primera tarea política e intelectual –porque aquí coinciden ambas cosas– del científico social consiste hoy en poner en claro los elementos del malestar y la indiferencia contemporáneos” (MILLS, 1961: 32). Es decir, sería absurdo negar que el trabajo de Germani, como apreciamos antes, es inescindible de comprender el peronismo en todas sus dimensiones, no sólo como objeto de análisis científico, sino también como un proceso que lo involucraba como ciudadano, más todavía después de su experiencia fascista en Italia, pero la crítica de Peña radica en que intentó ocultarla, o volverla secundaria respecto de un supuesto afán de cientificidad. En este sentido, si bien Peña no fue el único, sí fue uno de los intelectuales que con mayor anticipación marcó dicha objeción a la forma de concebir las investigaciones y los estudios sociales. De hecho, este tipo de lecturas fue compartida por otros pensadores ulteriores, como Gunder Frank, quien objetó las percepciones más tradicionales sobre el desarrollo en América Latina, no tanto por cuestiones teóricas, sino por elementos tendenciosos y por negar las consecuencias prácticas que los mismos tenían, sobre todo tras la revolución en Cuba (GUNDER FRANK, 1973: 310-311).[2]

Por otra parte, el sociólogo italiano presentó un segundo problema relacionado con las posibilidades de la sociología en América Latina ya que, más allá de los intentos de universalización de dicha disciplina, o sea, de que pudieran delimitarse parámetros generales para dicha ciencia, los problemas nacionales o regionales no eran idénticos, como tampoco las tradiciones culturales e intelectuales de los distintos países, entonces, resultaba trunco desde su inicio dicho intento (MILLS, 1961: 9).[3] Justamente, aquí se inserta una de las observaciones más lúcidas de Peña a Germani ya que en esa ansiada búsqueda de cientificidad y objetividad terminó por establecer modelos dicotómicos, sociedades atrasadas/sociedades desarrolladas, por ejemplo, que generalizaron y abstrajeron en lugar de contribuir a una explicación acorde con los problemas que trataban de responder (PEÑA: 1965A: 42). En resumidas cuentas, de acuerdo a Peña, “[…] el profesor Germani y Asociados, educan a los futuros sociólogos profesionales en el estilo de investigación burocrático y parcelario que caracteriza al empirismo abstracto” (PEÑA, 1965A: 40). Dicho en otras palabras, la intención de lograr una supuesta cientificidad ayudó a, por un lado, que prevalezcan las cuestiones administrativas por encima de las verdaderas demandas de conocimiento y, por el otro lado, más grave aún, a generar modelos de estudio, que en su afán de atender a los criterios de cientificidad y empirismo, terminaron por convertirse en modelos demasiado abstractos.

En última instancia, el meollo de los problemas derivados de la propuesta del sociólogo italiano radicaba en que “[…] en América Latina vemos cómo los más notorios importadores de los métodos norteamericanos, con el profesor Germani a la cabeza, combinan sus preocupaciones metodológicas con una abundancia de dosis de ensayismo y de falta de rigor –innegables plagas latinoamericanas– contra las cuales dicen que se proponen luchar desde sus institutos” (PEÑA, 1965A: 46). En otros términos, la propuesta de Germani no era lo suficientemente concreta para enfrentar la demanda que se proponía suplir, además de que en Latinoamérica no existían las condiciones institucionales que requerían dicha tarea (PEÑA. 1965A: 48), por lo tanto, era una propuesta débil.[4]

Las discusiones que expusimos tenían un interrogante inmediato que responder que era encontrar un método que permitiese entender en el escenario local lo que había sido el peronismo en particular y el populismo en general, pero ahora un paso más allá de la problemática derivada de la herencia peronista porque la nueva incógnita que se presentaba estaba relacionada con la modernización del país y América Latina, es decir, que dicho fenómeno debía leerse bajo la lupa de un proceso de cambio social más amplio y complejo.

II. Populismo y modernización: el caso peronista

Entender y esgrimir una respuesta lo más certera posible sobre el gobierno peronista fue una de las principales preguntas, sino la más relevante, de la incipiente sociología. En esta dirección, uno de los trabajos más destacado fue el de Germani, cuya reflexión vamos a exponer a partir de dos obras: Estructura social, primero, y Política y sociedad en una época en transición, después.

El punto de partida, por lo menos el que tomamos en esta sección, de la obra del pensador europeo, por un lado, es un concepto similar a uno expuesto por Wright Mills, este concepto es el de estructura, entendida como una unidad de análisis que va más allá de otras agrupaciones, como la nacional, y a partir de la cual operan ciertos elementos como el Estado, las relaciones de poder, etc., que son los que componen y dan forma al entramado social porque determinan las relaciones de poder vigentes. En esta dirección, la estructura permitiría visualizar la relación entre la sociedad y el sistema político, tanto cómo se fundamenta y cómo se crea un régimen de gobierno estable y duradero en el tiempo. Por el otro lado, Germani enfatiza el principio metodológico que sostiene que la conformación y la comprobación de las hipótesis reside en la observación de la realidad (GERMANI, 1987: 10), intentando, de manera fallida para Peña, romper con el ensayismo y la especulación como herramientas recurrentes en las ciencias sociales latinoamericanas.

Tomando como referencia los axiomas que mencionamos, Germani observó a la sociedad argentina y las características del peronismo, donde se entrecruzaron dos procesos históricos en marcha que confluyeron en el mismo punto: primero, las migraciones internas como resultado de la caída de la actividad agrícola en las zonas de mayor producción a partir de las repercusiones de la crisis internacional de 1929; segundo, una incipiente industrialización sustitutiva, liviana y orientada al mercado interno, que empezó a absorber la mano de obra que llegaba del interior del país (GERMANI, 1987: 61 y 75). Siguiendo este razonamiento, “En su opinión, el reciente proceso de industrialización y los cambios políticos y sociales desencadenados en la Argentina durante la década del 40’ habían acentuado el grado de movilidad social provocando un movimiento de ascenso en masa de un número creciente de individuos y la correlativa formación de una clase media” (BLANCO, 2006: 142). Dicho en otras palabras, el peronismo fue la expresión de esa sociedad transformada que necesitaba de un espacio político que pudiera representarla. Por eso mismo, la orientación sociológica de Germani tenía el objetivo de articular el método de las ciencias sociales -con distintas influencias, como veremos a continuación- con los problemas sociales del entorno en el cual se encontraba inmerso como científico y ciudadano (BLANCO, 2006: 117-118). En este sentido, la réplica de Peña parecería absurda debido a que Germani reconoce la orientación cívica de su profesión, sin embargo, el eje estaría en que Peña impugnó esa percepción universal, para denominarla de alguna manera, ya que, en realidad, tenía implícita una visión sesgada enmarcada en esa pretensión más general.

Una de las influencias más importantes de Germani fue la denominada Escuela de Frankfurt, particularmente un pensador: Mannheim.[5] Antes que nada, las ideas de diversos filósofos alemanes, no sólo algunos de los cuales se agruparon en la escuela de pensamiento mencionada, no eran desconocidas en el territorio nacional gracias a la difusión que tuvieron por distintos medios, como la Revista de Occidente y la Biblioteca de Ideas del siglo XX, ambas dirigidas por el filósofo español Ortega y Gasset (BLANCO, 2006: 109). La relevancia del filósofo alemán radicaba en que, al igual que intentaba hacer Germani, buscaba explicar las diversas tensiones que se generan en cualquier sociedad en cambio, donde se ponían en cuestionamiento y se erigían nuevas formas de dominación efectiva. Por lo tanto, entendemos que:

El problema no radicaba entonces en el espíritu moderno (secularización, racionalismo, individualismo) sino en esa convivencia, que podía resultar explosiva, de lo “contemporáneo con lo no contemporáneo”: estructuras tradicionales deterioradas por el proceso de modernización, estructuras modernas y vastos sectores de la vida social parcialmente desintegrados. Dicho de otro modo, la crisis obedecía a una falla en el proceso de individuación que parecía reducirse a un efecto automático de la diferenciación social y que no le proporcionaba al individuo los medios para forjarse una personalidad (BLANCO, 1999: 105).

Antes que nada, en el breve pasaje podemos observar la dicotomía como forma de intelección en Germani; en este sentido, con sus rasgos particulares, la emergencia del peronismo, al igual que otros procesos de transición en la región, atestiguaba esta transformación trunca que no llegó a resolverse porque nunca se obtuvieron los resultados a la europea; por eso mismo, el meollo del estudio del sociólogo italiano radicaba en profundizar sobre esa situación, sobre la convivencia entre los elementos modernos y los atrasados. Nuevamente, en esta lectura, podemos percibir el influjo de Mannheim ya que uno de los problemas destacados en las transformaciones sociales que aparecen asociados al surgimiento de fenómenos políticos de corte autoritario es la persistencia de las formas de dominación tradicionales, por ejemplo, la figura del líder centrado en rasgos carismáticos (MANNHEIM, 1953: 124-125).

Volviendo a la transición, en primer lugar, lo típico de la misma es la tensión que existe en los parámetros viejos que empiezan a quedar en desuso y los nuevos que están surgiendo. Y, uno de los aspectos más relevantes es que “[…] penetra en la conciencia individual, en la que también llegan a coexistir actitudes, ideas, valores, pertenecientes a diferentes etapas de la transición” (GERMANI, 1962: 70). Justamente, la emergencia del peronismo atestiguaba una sociedad en cambio en la cual los sujetos sociales necesitaban hacerse de elementos, simbólicos y concretos, para desenvolverse en semejante contexto, en esta dirección, terminaron aceptando un régimen paternalista y autoritario, como también se había dado en otros países de la región, debido a que se identificaban con esos rasgos autoritarios y tradicionales. Por ejemplo, en México, el gobierno de Lázaro Cárdenas puede pensarse como un fenómeno similar en tanto que favoreció la incorporación de los sectores mayoritarios que se habían movilizado desde la Revolución mexicana, por eso mismo, la denominación de populismo radicalizado ya que benefició a las milicias campesinas, a los sectores urbanos, entre otros (COLLIER y COLLIER, 1991: 198). Más allá de las diferencias, la cuestión radicaba en que la vertiginosidad de esas alteraciones era igual de angustiante debido a los resultados generados en la sociedad, no sólo en cuanto al presente, sino también en relación al futuro (TERÁN, 2013: 115). Problema que no resulta ajeno a la cuestión que venimos tratando en relación a cómo actúan las masas frente a las modificaciones sociales ya que, en palabras de Mannheim, podemos explicarlo de la siguiente manera:

Lo que el psicoanalista llama la “catexis” –la fijación de energía emocional en ciertos objetos; el amor que uno siente por su hogar, su jardín, sus hijos, el trabajo, la ocupación o la satisfacción emocional que se obtiene debido a la posición social, el éxito, etc.– mantiene normalmente fija la energía emocional. Cuando se afloja estas fijaciones debido a un choque repentino; cuando, por ejemplo, se debilita el amor propio de un hombre al perder su trabajo, en forma tal que quedan perturbadas las satisfacciones de la vida cotidiana, entonces él y los millares o millones que se encuentran en el mismo caso, son presa de energías emocionales que no están fijas y arraigadas y que esperan dirección y fijación, los cuales serán dictados por los nuevos controladores de la sociedad de masas (MANNHEIM, 1953: 359-360).

Resultado de los cambios producidos a nivel social, la mayoría de la población resultaba desconcertada y se terminaba convirtiendo en una masa disponible para los nuevos líderes, autoritarios generalmente, que los encontraban útiles para sus necesidades y ansías de poder. Empero, como venimos advirtiendo, son cuestiones que tienen que considerarse en un plano más amplio asociado a las diatribas de la sociedad moderna y el “miedo a libertad”, en términos de Fromm, de que el hombre moderno no ha ganado la libertad en un sentido positivo y, en consecuencia, resulta preso de la propensión a la pertenencia a líderes y sectores que los terminan subsumiendo ya que decide abandonar su libertad en pos de obtener la seguridad que es capaz de aportar la pertenencia a un grupo (FROMM, 2006. 115). Por lo tanto, podemos advertir que el problema central en cuanto al impacto de la transición de la sociedad tradicional a la sociedad de masas estuvo en que no se realizaron los principios propios de una democracia representativa, especialmente toda la gama de los derechos basados en la libertad de los individuos que terminaron siendo manipulados por los gobiernos en el poder (GERMANI, 1962: 159). No obstante, este desfasaje producido durante las transiciones no debe pensarse que desembocó en los procesos totalitarios que tuvieron lugar en el viejo continente porque en los casos totalitarios europeos existieron rasgos que le dieron particularidad como el odio de clase y una virulencia mucho más marcada que no estuvieron presentes en el caso latinoamericano para aquellos que entendieron al peronismo de esa forma (BLANCO, 1999: 116).

En el final del camino, la única posibilidad de establecer una sociedad moderna era consolidando la democracia liberal burguesa como principio ordenador atendiendo, al mismo tiempo, la amenaza que representaba la imposición de la mayoría, la cual no podía ser dejada de lado. Además, tengamos en cuenta que la primera de las obras citadas de Germani fue escrita tras la encomienda del presidente Aramburu en el marco de desperonizar la sociedad (BLANCO y JACKSON, 2015: 13), lo cual, por un lado, no era un problema desconocido para la academia en relación a comprender la Argentina moderna y, por el otro lado, era inescindible del desarrollo económico de la región, al cual nos abocaremos a continuación.

III. Los programas de desarrollo: soluciones teóricas para problemas prácticos

Hacia mediados de la década de 1950, en Latinoamérica se creó la CEPAL (Comisión económica para América Latina), la cual, entendemos, puede pensarse como un punto de quiebre en la historia de la región porque fue un hito respecto de la suerte del subcontinente en cuanto a que el eje para entender y mejorar la situación a futuro pasaba a tener como centro la modernización económica entendiendo que ésta era el punto de partida de todo lo siguiente, como la estabilización democrática (BLANCO y JACKSON, 2015: 32). Pero, ¿cuál fue la propuesta o la teoría dominante respecto de qué camino seguir para lograr semejante tarea? La primera de estas doctrinas fue la de Walter Rostow, economista norteamericano que además fue funcionario del gobierno de Kennedy en el contexto de la Revolución cubana y sus repercusiones para la región, como la invasión a Bahía de Cochinos o las actividades de la OEA.

En este sentido, podemos decir que una de sus obras más importantes, Las etapas del crecimiento económico, tenía un objetivo claro que versaba en demostrar que era posible, incluso inevitable, que todas las sociedades del planeta atravesaran una serie de estadios relativamente similares hasta llegar a una economía capitalista desarrollada; de esta manera, se refutaban las supuestas ventajas del comunismo, en plena Guerra Fría, como bien indica el subtítulo de su libro, Un manifiesto no comunista.

El punto de partida del análisis de Rostow residía en “[…] que las sociedades son organismos de acción recíproca” (ROSTOW, 1964: 18). Es decir, que, a diferencia del marxismo, lo que podemos denominar como superestructura, o sea, los elementos políticos e institucionales, sí eran capaces y debían interceder en las cuestiones económicas y sociales. Así, legitimaba la acción de los gobiernos en pos de alterar los cimientos económicos y sociales. Por ejemplo, la modificación de la superestructura, como la aceptación de la economía de libre mercado y los valores de la democracia liberal, sería el pilar para los cambios más profundos asociados con el funcionamiento económico de la sociedad.

Ahora bien, a grandes rasgos y teniendo en cuenta la observación que realizamos, el modelo de Rostow tenía una orientación universal, la cual no negaba las diferencias regionales, dentro de ellas las de América Latina:

¿Debe considerarse a los estados latinoamericanos en el caso general o dentro de los afortunados descendientes de una Europa ya en proceso de transición? En general, estamos tentados de decir que pertenecen al caso general, es decir, que comenzaron con una versión de sociedad tradicional –con frecuencia, una fusión de la tradicional Europa de origen latino con las culturas indígenas tradicionales– que necesitó de un cambio fundamental antes de que pudiera alcanzar los múltiples beneficios del interés compuesto; pero los casos latinoamericanos varían entre sí (ROSTOW, 1964: 31).

Dicho en otras palabras, Latinoamérica tenía condiciones relativamente similares a la de los países que sí se desarrollaron ya que en ella se podían identificar rasgos parecidos a los que tuvieron los casos exitosos. Por lo tanto, sólo era una cuestión de tiempo y de políticas bien definidas para que alcance los beneficios del desarrollo. En las mismas palabras del autor: “Debemos demostrar que las naciones latinoamericanas –que ahora constituyen el foco principal de las esperanzas comunistas– pueden pasar, con buen éxito, a través del período de condiciones previas a un impulso inicial bien establecido dentro de la órbita del mundo democrático, resistiendo a los halagos y tentaciones del comunismo” (ROSTOW, 1964: 159). Las naciones europeas que se convirtieron en las principales economías y sistemas políticos del siglo XX fueron aquellas que habían contado con ciertas condiciones que las favorecieron, como una consolidación estatal relativamente temprana o el ordenamiento de un mercado interno; características que no se habían cumplido en América Latina y, en consecuencia, había que motivarlas para evitar caer en las vanas tentaciones comunistas.[6]

Empero, más allá de un supuesto optimismo inicial, en nuestra región las cosas no se presentaban tan lineales, por lo tanto, los supuestos de Rostow empezaron a ser revisados por distintos autores, entre ellos Celso Furtado desde Brasil. Antes que nada, tengamos en cuenta que el trabajo del economista norteamericano fue publicado en 1958 y el de Furtado en 1961, apenas tres años después, lo cual demuestra, entendemos, la amplia difusión que había logrado en el ámbito académico y que, en consecuencia, las ideas expuestas por Rostow no eran para nada marginales en el escenario intelectual.

En primer lugar, Furtado criticó la naturaleza abstracta del método con el que suelen trabajar los economistas debido a que resultan demasiados abstractos y contribuyen a que se dejen de lado las implicancias históricas que influyen en la economía (FURTADO, 1964: 16). Por lo tanto, desde su perspectiva, debemos partir de un análisis anclado en las particularidades del objeto de estudio que pretendemos abordar; a diferencia de la tarea habitual de los economistas que se refugian en la abstracción y la generalización desmedida como elementos teóricos. Frente a este diagnóstico, el pensador brasilero propuso conceptualizar las situaciones específicas del territorio, las cuales fueron denominadas bajo el nombre de subdesarrollo:

[el cual] no constituye una etapa necesaria del proceso de formación de las economías capitalistas modernas. Es, en sí, un proceso particular resultante de la penetración de las empresas capitalistas modernas en las estructuras arcaicas. El fenómeno de subdesarrollo se presenta en formas variadas y en distintas etapas. El caso más simple es la coexistencia de empresas extranjeras, productoras de una mercadería de exportación, con una extensa zona de economía de subsistencia, cuya existencia puede proseguir, en equilibrio estático, durante largos períodos (FURTADO, 1964: 176).

Furtado sostuvo una interpretación en la cual no existía la linealidad presentada por Rostow ya que el caso de América Latina era la realidad concreta de que podían coexistir y mantenerse en el tiempo elementos diametralmente opuestos debido a que algunos se encontraban plenamente desarrollados, mientras que otros eran de la más absoluta subsistencia. Por ejemplo, uno de los casos más contundentes de esta convivencia entre los extremos que podemos mencionar es la United Fruit Company en Guatemala que fue uno de los casos que dio lugar a la diferenciación entre economías de enclave y aquellas que, más allá de su vinculación con el exterior, seguían siendo controladas por grupos locales (CARDOSO y FALETTO, 1977: 21-24).

A partir de lo desarrollado, la falacia de Rostow radicaría en que no hay un camino unívoco porque los esfuerzos que se necesitan para pasar de una condición de subdesarrollo a una de desarrollo, lo cual es posible pero muy difícil debido al esfuerzo que pocas veces se puede lograr ya que consiste en superar la dependencia, principalmente de divisas, del sector primario-exportador para que la industria y la actividad interna se conviertan en el motor dinámico de la economía y reemplacen a la demanda externa como la palanca económica por excelencia (FURTADO, 1964: 209). En este desfasaje es donde Furtado introdujo uno de los aspectos más problemáticos de las economías latinoamericanas como fue, y sigue siendo, la demanda de capitales para lograr el salto cualitativo en la transformación de la estructura económica ya que depende de la importación de bienes de capital que no son producidos localmente.[7] Esta problemática fue abordada y respondida de manera dispar por los programas desarrollistas.

La dependencia del sector extranjero se convirtió rápidamente en uno de los objetos de indagación más recurridos. Para Sergio Bagú, la falta de capitales tenía un origen histórico situado en el mismo momento en el que se iniciaron las expediciones europeas al nuevo mundo. Según esta interpretación, la carencia fue originada en España debido a que nunca tuvo la intención de acumular capital, sino sólo de explotar los beneficios económicos que resultaron de semejante expansión ultramarina, por lo tanto, nunca existió un proceso de acumulación que favoreciera a la América española, aunque ésta resultó determinante en la acumulación, valga la redundancia, del sistema capitalista en su conjunto, sobre la cual profundizaremos más adelante (BAGÚ, [s.f.]: 37).

De esta manera, empezó a adquirir forma la economía capitalista internacional organizada en torno a dos regiones, el centro europeo y la periferia americana. Por esta razón, estamos en condiciones de hablar de capitalismo colonial porque “[…] América ingresó con sorprendente celeridad dentro del ciclo del capitalismo comercial, ya inaugurado en Europa. Más aún: América contribuyó a dar a ese ciclo un vigor colosal, haciendo posible la iniciación del período del capitalismo industrial, siglos más tarde” (BAGÚ, [s.f.]: 87). La incorporación de Latinoamérica al sistema capitalista fue una condición necesaria para que pudiera desarrollarse el capitalismo industrial que no tuvo como protagonistas a España y Portugal, ni mucho menos a sus colonias, ya que éstos se beneficiaron con el sistema comercial que se encargaron de perpetuar con el paso del tiempo. Justamente, una de las innovaciones de Bagú fue demostrar, en términos similares y casi coetáneos a Furtado, que la estructuración económica de América Latina tuvo como columna vertebral la coexistencia entre elementos plenamente feudales y otros propios del capitalismo más avanzado, sin negar la naturaleza dominante del segundo (GILETTA, 2013: 23).

En conclusión, Latinoamérica no se encontraba en una situación de atraso, la cual iba a superarse en poco tiempo con políticas adecuadas, como plantearía el enfoque de Rostow, sino que su condición de subdesarrollo implicaba, por un lado, la convivencia de elementos atrasados con otros del capitalismo plenamente desarrollado; y, por el otro lado, con el paso del tiempo sólo iba a profundizarse esa inadecuación porque los últimos necesitaban de la vigencia de esos rasgos arcaicos para perpetuarse en el tiempo, podemos pensar, como veremos más adelante, en las empresas peruanas que empleaban mano de obra bajo formas no capitalistas, es decir, no salariales, como el denominado enganche. En última instancia, esa condición de América Latina era el resultado de su incorporación al sistema capitalista, en consecuencia, en la medida en que la región formaba parte del capitalismo internacional, sólo habrían de persistir los rasgos mencionados y volverse cada vez más dispares.

Esta imbricada vinculación fue denominada de diversas maneras, por ejemplo, volviendo a Bagú, vimos que le adjudicó el nombre de capitalismo colonial, que “[…] instaurado en América Latina se insertó en condición de dependencia, estructurando su producción –en lo fundamental, materias primas y metales preciosos– en función de los requerimientos del mercado internacional” (GILETTA, 2013: 24). De esta manera, la incorporación que mencionamos incidió rotundamente en la determinación del perfil productivo de Latinoamérica, sentando las bases de un futuro problema cuya resolución era tan necesaria como esquiva: alcanzar las posibilidades de modernización gracias a la capacidad industrial.

La vinculación que mencionamos no es tema menor debido a que América Latina fue, y podemos pensar que sigue siendo, una pieza clave para el desarrollo del capitalismo industrial, con epicentro en Europa ya que, desde el temprano siglo XVI, fue necesaria su participación, reconocida, incluso, por el mismo Marx:

El descubrimiento de los países auríferos y argentíferos de América, el exterminio, la esclavización, y el sepultamiento de la población indígena en las minas, los primeros pasos hacia la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión de África en un coto de caza de esclavos negros, anuncian la aurora de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos son otros tantos momentos fundamentales de la acumulación originaria (MARX, 2015: 669).[8]

Sin la producción y la mano de obra que aportaron las zonas periféricas del globo, porque no era sólo América, sino también África, no hubiera sido posible la acumulación de capital necesaria para el futuro desarrollo del capitalismo. La perpetuación de esta relación fue el axioma del cual partieron gran parte de las teorías de la dependencia que se desarrollaron en los años siguientes en estas latitudes. Por ejemplo, de acuerdo a Marini, “[…] es propio del capital crear su propio modo de circulación, y/o de esto depende la reproducción ampliada en escala mundial del modo de producción capitalista” (MARINI, 1991: 16). Desde esta perspectiva, las mismas necesidades de reproducción y ampliación del sistema son las que, indefectiblemente, delinearon el sistema capitalista en ambos márgenes del océano Atlántico, cuestión en la cual ahondaremos más adelante. Asimismo, otro rasgo distintivo de la conformación en cuestión estuvo en que, a diferencia de lo que tenía lugar en Europa, en América Latina, la acumulación se dio a partir de la sobreexplotación de la mano de obra (MARINI, 1991: 16), con las consecuencias que la misma produjo, entre ellas, la perpetuación de formas de retribución no salariales, como marcamos precedentemente, en algunas regiones del continente durante mucho tiempo.

Otra de las posturas alineadas desde la visión dependentista fue la de Gunder Frank, según quien, “El desarrollo y el subdesarrollo son las caras opuestas de la misma moneda” (GUNDER FRANK, 1970: 21). Ambos estadios son el resultado del sistema capitalista y son imprescindibles el uno del otro, en consecuencia, habrán de perpetuarse y profundizar las diferencias con el paso del tiempo. Uno de los aspectos más interesantes de esta interpretación es que la diferencia mencionada puede aplicarse tanto al sistema en general como así también al interior de los países, entre lo que el autor denominó como centro y satélites.

IV. Conclusión

En resumidas cuentas, en primer lugar, estaríamos en condiciones de decir que las investigaciones científicas, particularmente en el campo de la sociología, resultaron inseparables de los dilemas y las discusiones políticas más álgidas (BLANCO y JACKSON, 2015: 96-97). El objetivo de las mismas radicaba en entender los problemas y las posibilidades de modernización en la región, sobre todo la económica porque era el punto de partida para el resto ya que constituía el puntapié inicial para la estabilización democrática y la oclusión de la amenaza comunista que estaba cada vez más patente en la región. Por lo tanto, debemos tener en cuenta el carácter intrínsecamente político de dichas intervenciones en el sentido más pleno del concepto debido a que aquellos intelectuales que participaron en las mismas entendían que sus intervenciones tenían implicancia reales en el presente y el futuro de la comunidad que integraban. En segundo lugar, a raíz de las distintas discusiones que expusimos sobre el desarrollo y/o el subdesarrollo en la región, empezó a tomar consistencia el debate más importante del período asociado con determinar el carácter feudal o capitalista de América Latina, al cual nos abocaremos a continuación, porque conocida la naturaleza, con la mayor exactitud posible, sería posible diagramar las estrategias a seguir en pos de construir un futuro distinto para el conjunto regional. Antes de avanzar sobre esta cuestión, entendemos que dicho debate se basa en una consideración más amplia sobre los procesos latinoamericanos que tiene que ver con la tesis de Florestan Fernandes sobre la “arcaización de lo moderno” y la “modernización de lo arcaico”, es decir, que en nuestras latitudes la dialéctica entre ambos elementos constituyen el eje de nuestra historia, sin lograr imponerse definitivamente uno sobre el otro (FERNANDES, 1985).


  1. Alfredo Perera Dennis fue uno de los sinónimos utilizados por Peña a lo largo de su trabajo intelectual, junto a otros como Hermes Radio. Recordemos brevemente que nació en la ciudad de la Plata, en 1933, y falleció tempranamente en 1965, dejando una importante obra, a lo largo del trabajo nos concentraremos en sólo una selección. Por otra parte, inició su actividad política a una edad muy temprana, dentro del Partido Socialista de su ciudad natal, para luego acercarse a las filas del trotskismo, sin dejar de lado las discusiones con figuras de dicho espacio, como el mismo Nahuel Moreno.
  2. Es interesante remarcar que Gunder Frank, con una anticipación destacada, resaltó los futuros problemas derivados de la ofensiva neoliberal, habiendo sido discípulo del mismo Milton Friedman, quien dirigió la tesis doctoral de Gunder Frank en la Universidad de Chicago titulada Growth and Productivity in Ukranian Agriculture frmo 1928 to 1955.
  3. Prólogo de Gino Germani. Es más, el ensayismo fue uno de esos aspectos mencionados por Germani como dominante en la tradición sociológica de la región, en consecuencia, había que buscar en nuevos horizontes una cientificidad que no existía por estas latitudes.
  4. A propósito de esta cuestión, si bien no es el objeto de este trabajo, vale la pena tener presenta la relación entre la incipiente sociología con las tradiciones académicas vigentes hasta ese momento. Al respecto, véase Blanco, Alejandro y Jackson, Luiz Carlos, Sociología en el espejo. Ensayistas, científicos sociales y críticos literarios en Brasil y en la Argentina (1930-1970), Bernal, UNQ, 2015.
  5. Es necesario destacar que la Escuela de Frankfurt se desarrolló después de la Segunda Guerra Mundial y una de sus preocupaciones centrales radicó en entender el nazismo en continuidad con la modernidad, más que como una desviación de un supuesto camino lineal de progreso y despliegue de la razón a lo largo del tiempo. En este sentido, la regresión de la Ilustración estaría dentro de la lógica de su mismo origen y fundamentos (ADORNO y HORKHEIMER, 2013: 9). Por otra parte, en cuanto a Mannheim, podemos decir que el pensador alemán compartió el problema con Germani, en el sentido en que ambos se enfrentaron a la necesidad de reordenar la sociedad tras abruptos cambios, la Segunda Guerra Mundial y el nazismo para el primero y la experiencia peronista para nuestro caso. Por eso, en ambos casos, la necesidad de planificar las futuras sociedades como una respuesta necesaria a la movilización de las masas de las que ambos fueron testigos más allá de las claras diferencias entre ambos fenómenos (MANNHEIM, 1953: 27).
  6. De hecho, algunas de estas condiciones pueden pensarse como las causantes de ese subdesarrollo ya que, por ejemplo, la orientación de una economía abierta en nuestra región negó desde su inicio cualquier tentativa de erguimiento de un mercado interno relativamente estable y capaz de motorizar la industria local. En nuestro caso, la gran mayoría de los productos manufacturados fueron importados y consumidos, mayoritariamente, por los grupos dominantes, además de los períodos en los que aumentó la participación de los sectores medios.
  7. Uno de los trabajos más elaborados que se abocaron a esta cuestión, desde una visión positiva podemos agregar, fue, el ya citado, Dependencia y desarrollo en América Latina de Cardoso y Faletto.
  8. Uno de los trabajos más relevantes que analizan la relación entre el centro y la periferia capitalista es el Wallerstein, El moderno sistema mundial. Al respecto, véase Wallerstein, Immanuel, El moderno sistema mundial I. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, México, Siglo XXI, 1987.


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