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4 La pesada herencia

I. Pseudoindustrialización

De la relación entre la metrópoli y la colonia, embebida en Bagú, nació un nuevo concepto de Peña para explicar la condición argentina, siempre en relación al rasgo dependentista, la idea de pseudoindustrialización. En el número 4 de Fichas decía:

En fin, los terratenientes saben que el crecimiento industrial les brinda un mercado interno seguro, que valoriza sus productos y, asegurándoles en cierta medida contra las fluctuaciones del mercado mundial, les permite negociar en mejores condiciones la venta de sus productos al comprador metropolitano […] La vinculación financiera entre ambas clases [los industriales y los terratenientes], por la territorialización de la ganancia industrial y la capitalización de la renta agraria, hacen el resto en cuanto a la soldadura de sus intereses económicos (PEÑA, 1965B: 3).

Antes que nada, es importante considerar que era un fenómeno que involucraba a toda América Latina, era resultado de la configuración capitalista que analizamos, que subyugaba al continente a los designios de los países más desarrollados y, por último, mantuvo parámetros de atraso en la región, entre los más importantes, la escasa composición técnica del capital, la falta de innovación agraria, etc (TARCUS, 1996: 323). Ahora bien, si desglosamos el concepto mencionado, nos topamos con los siguientes rasgos. En primer lugar, aparece en escena la alternativa de conformación de un mercado interno, pero debemos pensar que no fue un programa adrede y vinculado con un intento de industrialización relativamente consistente, sino como la única alternativa posible frente a los cambios económicos.

En segundo lugar, el autor expuso una clara revisión de las teorías, como la de Puiggrós, que sostenían la posibilidad de que exista una alianza entre los sectores populares y la burguesía industrial, que para el caso argentino fue asociada con el peronismo, para superar el atraso imperante, del cual eran responsables los grupos más concentrados que se dedicaban a la producción y exportación primaria. De acuerdo a la lectura de Peña, esas facciones de la burguesía no eran opuestas, sino todo lo contrario, ya que sus intereses se complementaban y estaban compuestas por los mismos integrantes.

En tercer lugar, se manifiesta el problema sobre cúal era la capacidad de acción de la burguesía, una problemática que será más amplia ya que, como veremos, también fue un problema relacionado con la clase obrera. Antes que nada, la facción de la burguesía nacional ligada a las actividades de exportación era la que sustentaba el desarrollo desigual de la región porque los beneficios económicos que se extraían eran sumamente altos, por lo tanto, no había necesidad de industrialización hasta, como apreciamos en el primer capítulo, la crisis de 1929 que literalmente obligó a la misma. Ambos sectores de la burguesía buscaban obtener el máximo de una tasa de ganancia parasitaria.

Entonces, debido a la incorporación de Argentina al capitalismo internacional, el país quedó reducido a una posición periférica y dedicada a la producción y exportación primaria, en el marco del desarrollo desigual y combinado del capitalismo. A nivel interno, ese tipo de desarrollo se tradujo en la coexistencia de dos facciones de la burguesía diferenciadas, los terratenientes y los industriales, pero que mantenían un tronco de origen en común; sin embargo, dicha divergencia no fue sinónimo de exclusión ya que, desde la interpretación de Peña, estaban relacionadas porque los industriales surgieron al calor de la organización en torno a la exportación primaria debido a que la industria se consolidó al calor de los intereses exportadores, como pudimos apreciar con el Plan Pinedo.

Ahora bien, más allá de las negativas a los cambios, ¿qué otro factor desmotivó la tentativa de industrialización? Aquí es donde aparece en escena el imperialismo. Una de las definiciones más recurridas sobre dicho fenómeno es la que aportó Lenin y fue retomada por parte de la izquierda occidental: la idea de que el imperialismo, en tanto la etapa final del capitalismo, pone en evidencia las contradicciones propias del sistema, por ejemplo, “Ahora el monopolio es un hecho. Los economistas escriben montañas de libros en los cuales describen manifestaciones aisladas del monopolio y siguen declarando a coro que el marxismo ha sido refutado (LENIN, 2005: 21). El imperialismo sería la personificación del propio sepulturero porque las mismas condiciones que habían hecho posible la expansión del capitalismo, eran las que lo ponían a prueba. Tengamos en cuenta que en El capital, Marx expuso que la centralización y la concentración son fenómenos potenciales derivados de la lógica del capital como resultado de la competencia por la cual los capitalistas luchan para obtener un porcentaje más elevado de la tasa de ganancia (MARX, 2015: 558). En consecuencia, no sería un fenómeno ajeno a las teorizaciones de Lenin, pero el enfoque del dirigente soviético se produjo en un contexto donde el imperialismo presentaba “[…] de un lado, los grandes países imperialistas, industrializados, fuente del capital monopolista y de la exportación de capitales; de otro, las colonias, resultado de la expansión mundial de los primeros sobre la periferia no capitalista” (TARCUS, 1996: 66). La diferencia expuesta se erguía como un diagnóstico bastante acertado sobre la situación global y, particularmente, del lugar que tenían los países latinoamericanos.

El enfoque de Lenin, primero, no era nuevo para su época porque muchas de las problemática expuestas ya habían sido trabajadas por otros teóricos relevantes del período, como Rudolf Hilferding. Siguiendo con las contradicciones que son propias de la última instancia del sistema capitalista, la característica distintiva del capitalismo fue su potencial productivo, desconocido hasta ese entonces; empero, en la época del imperialismo, el capital industrial había sido reemplazado por otra forma: el capital financiero, posible gracias a los bancos y los monopolios que habían ayudado a que dicho sistema tomará escala global, acentuando el rasgo especulativo.

Segundo, dicha intervención intelectual tuvo una derivación política evidente, más allá del llamamiento al socialismo, que fue la defensa de la autodeterminación de los pueblos. Dicho de otra forma, el imperialismo amparó las expansiones de los países más desarrollados que se impusieron sobre aquellos menos avanzados en pos a aumentar sus beneficios, lo cual involucró la subyugación de dichos países imposibilitando su desarrollo.[1] Situación de la cual no estuvo exenta la Argentina porque las clases dominantes nacionales se erigieron al calor de la influencia imperialista, tanto los terratenientes como los industriales (PEÑA, 1965B: 5). En resumidas cuentas, nos topamos con una clase dominante sin ningún potencial de acción para romper con la situación imperante ya que se veía beneficiada por la misma, condición que parecía extenderse a perpetuidad, siempre y cuando se sostuviera el sistema económico que la beneficiaba. Este sería el gran problema de la clase dominante argentina y latinoamericana, sus incapacidades para romper con la condición vigente, por eso mismo, la visión trágica sobre la historia que caracterizó a Peña porque en ésta “[…] no caben modelos a seguir, no hay una opción más ‘progresista’ que otra, no hay linaje revolucionario a retomar” (TARCUS, 1996: 192). Dicho en otras palabras, el análisis sobre la historia y el presente regional demostraba que no había una posibilidad efectiva que tomar para superar la situación de atraso que parecía perpetuarse para el país y el continente.

Ahora bien, en este punto, podemos aventurar que nos acercamos a cierta contradicción en la lectura de Peña ya que plantea que el desarrollo industrial autónomo es imposible, pero, al mismo tiempo, éste constituye su horizonte, es decir, es la única posibilidad para superar el atraso imperante en el país, si bien no es definitivo, sí queda como la única opción plausible.[2] El eje de la cuestión giraba en torno a la acción de los terratenientes ya que eran el sector más dinámico de la economía nacional:

Mientras las metrópolis compran sus productos a buen precio, los terratenientes son fieles amigos de la misma y sus entusiastas aliados, llegando a actuar como la quinta columna imperialista en detrimento de todos los intereses burgueses de la nación, e incluso de los sectores más débiles de la propia clase terrateniente. Cuando ocurre lo contrario, y en especial durante las crisis, los terratenientes reclaman medidas antiimperialistas llegando, incluso, a pedir la expropiación de empresas imperialistas (PEÑA, 1965B: 8).

De acuerdo a la lectura de Peña, la industria nacional surgió de las acciones de la clase terrateniente y su relación con el imperialismo ya que, cuando la situación era favorable para las exportaciones, no había tentativa de fomentar el proteccionismo y la industria; mientras que, cuando el contexto económico era regresivo, sobre todo a partir de la crisis de 1930, empezó a reclamar otro tipo de políticas económicas. Pero, para agregar mayor complejidad a las cosas, la industrialización no fue tal, sino que fue una pseudoindustrialización porque esa burguesía industrial buscó explotar el mercado interno como última opción y no avanzar sobre la veta ligada al mercado externo (PEÑA, 1965: 15). Además, para el caso, este proceso de pseudoindustrialización tuvo un actor en particular que le dio impulso, las Fuerzas Armadas, que contribuyeron a dicho fenómeno, aunque manteniendo ciertas limitaciones que la alejaban de cualquier panacea emancipadora, por ejemplo, el respeto a la propiedad privada (PEÑA, 1965B: 16).

Sin embargo, si retomamos a Chiaramonte, podemos aseverar que: “Forzar una realidad histórica como la de la Argentina de los años 70 [1870], con el afán de encauzarla plenamente por un desarrollo de tipo capitalista independiente, es el núcleo programático del grupo industrialista, que apela al proteccionismo como paso inicial y a las reformas políticas democráticas como forma de ese proceso” (CHIARAMONTE, 1986: 175). En este caso, nos encontramos con un enfoque historiográfico que sostiene una visión más positiva respecto de las posibilidades de industrialización ya que existieron propuestas que así lo manifestaron, aunque la presentación del programa de Vicente F. López, tal vez el más conducente de éstos, haya sido relativamente circunstancial y desechado tras el rechazo a la ley de aduanas de 1875 que tenía como objetivo el aumento de impuestos a los bienes importados (CHIARAMONTE, 1986: 203).

1890 fue el punto de inflexión en el incipiente y limitado proceso de industrialización porque, primero, puso en evidencia las diferencias entre las clases dominantes, más allá de que conformaban una sola y, segundo, debido a que se hacía sentir cada vez más la demanda de participación de las clases subalternas que eran cada vez mayores. Por lo tanto, “La verdad es que el [levantamiento] del 90 fue un movimiento oligárquico y fue también un movimiento de defensa nacional” (PEÑA, 1966B: 3). Es decir, que fue la misma oligarquía la que actuó en defensa de la soberanía nacional, pero, ¿no estaríamos frente a una contradicción? ¿no era que la clase dominante argentina era absolutamente extranjerizante porque sus ganancias devenían de su vínculo con el capital extranjero? No, no estamos frente a una contradicción porque, en primer lugar, lo que estaba en juego era el control de las decisiones económicas que, más allá del grado de sujeción a los capitales extranjeros, seguían perteneciendo a la clase dominante y, en segundo lugar, las oligarquías provincianas no tenían el mismo grado de participación que las del Litoral y Buenos Aires y, en consecuencia, dependían de las partidas del gobierno central (PEÑA, 1966B: 8). En este sentido, podemos ver, retomando las teorizaciones de Cardoso y Faletto, que la economía argentina era una economía de control nacional y no de enclave porque eran los grupos locales los que tomaban las decisiones económicas. Por lo tanto, el único antiimperialismo que pudo surgir en el territorio nacional era un antiimperialismo cojo:

Apresurémonos a señalar las limitaciones del antiimperialismo, el cual desemboca inexorablemente en una vía muerta. Se trata básicamente de las limitaciones de la clase más poderosa dentro del conglomerado de los productores nacionales, es decir, los estancieros bonaerenses. El antiimperialismo cojo de esta clase era puramente defensivo y de signo negativo; consistía en tratar de impedir que el capital financiero internacional avanzara más allá de cierto punto en su control sobre el país (PEÑA, 1966B: 12).

Tan efímero como incapaz fue el antiimperialismo nacional ya que no tenía como objetivo una política claramente opositora a los lineamientos extranjerizantes de la economía local, sino sólo protestar en favor de mantener cierto control de las actividades y las decisiones locales. De hecho, el único nacionalismo posible en esta época a nivel interno fue el que encabezaron personajes como Aristóbulo del Valle, entre otros, que reconocían a los productores locales, por ejemplo, pero siempre mantuvieron una visión condescendiente con el imperialismo (PEÑA, 2012: 375).

Es más, llegada la década de 1930, los problemas relacionados con la pseudoindustrialización y la débil defensa de los intereses nacionales seguían siendo persistentes a nivel nacional, alcanzando uno de sus puntos más destacados con el lanzamiento del Plan Pinedo que, más allá de cualquier objetivo de industrialización, tenía como intención primaria mantener la posición de la oligarquía en el medio de las turbulencias generadas por la crisis de 1930 (PEÑA, 2012: 460). Nuevamente, lo que aparecía en primera plana eran las diferencias al interior de una misma clase dominante, donde se terminó imponiendo -en realidad nunca había dejado de ostentar la hegemonía- la facción ligada a la exportación que intentó sostener hasta el último momento la alianza con Gran Bretaña, incluso cuando era evidente que el ordenamiento internacional estaba virando hacia Estados Unidos; es decir, que estamos en presencia de un conflicto por la hegemonía al interior de una única clase dominante. En cierta forma, el Pacto Roca-Runciman abalaba este aspecto porque “Los estancieros de Buenos Aires, viendo peligrar la base de su riqueza, envían a Inglaterra una misión encabezada por el Vicepresidente de la Nación, Julio A. Roca, y por un abogado de los ferrocarriles ingleses a quien la Corona británica había premiado con el título de Sir” (PEÑA, 1965C: 53). Nos encontraríamos frente a un acto de pura desesperación de la clase dominante que lo único que buscaba era mantener a cualquier precio sus beneficios, incluso a costa de cierta reorganización de la economía nacional a futuro.

Finalmente, llegaríamos a una situación extrema y única debido a que el país se encontraba subyugado a un doble imperialismo, porque “A consecuencia del Tratado Roca- Runciman, en la medida en que acentuaba el control británico sobre la economía nacional, perdía posiciones el imperialismo norteamericano. El cerrado bilateralismo con Gran Bretaña reducía a niveles mínimos las compras en Estados Unidos” (PEÑA, 1965C: 54). Más allá del reconocimiento a Inglaterra, también Estados Unidos se hacía pesar en el territorio. En resumidas cuentas, sólo se consolidó la pseudoindustrialización porque la industria local era el resultado de las acciones de la clase dominante para mantener sus ganancias en un contexto internacional que estaba cambiando y volviéndose adverso (PEÑA, 1965C: 55). En este punto, es interesante resaltar la relevancia que había adquirido el imperialismo en el universo intelectual de mediados del siglo XX ya que era uno de los conceptos que mejor cohesionaban los problemas pasados y presentes de la Argentina debido a que “[…] el imperialismo se fue perfilando como la categoría capaz de explicar una porción fundamental de la historia nacional, y desde entonces el discurso antiimperialista casi no se verá porque, como Dios, estará en todas partes” (TERÁN, 2013: 168). De hecho, el mismo Fidel Castro expuso una interpretación que podemos pensar siguiendo esta idea: “Ni una sola iniciativa valiente ha sido dictada. Batista vive entregado de pies y manos a los grandes intereses, y no podía ser de otro modo, por su mentalidad, su carencia total de ideología y de principios, por la ausencia absoluta de fe, la confianza y el respaldo de las masas” (CASTRO, 2005: 92). Más allá de las referencias a la figura de Batista, lo que estaba por detrás de las acciones del dictador y los destinos de la isla eran los intereses de los países imperialistas, especialmente de uno solo, Estados Unidos, que dictaba la suerte del pueblo cubano.

Pero, así como era la causa de los problemas que atravesaba el país, también fue una de las motivaciones y vinculación política e intelectual de Argentina con América Latina. “El antiimperialismo se convirtió en una idea-fuerza, y la apelación a los designios imperiales sirvió como funcional fundamentación para explicar todos los males latinoamericanos […]” (TERÁN, 2013: 171), siempre teniendo en cuenta las implicancias de la Revolución cubana en el marco regional como una posibilidad concreta de superar los atrasos vigentes, torcer el brazo del imperialismo y, sobre todo para el campo trotskista, la rápida radicalización de la revolución en cuestión “[…] parecía confirmar, en cambio, la estrategia trotskista de la revolución permanente” (TARCUS, 1996: 362). Sobre el concepto mencionado profundizaremos más adelante, pero lo que nos interesa remarcar ahora tiene que ver con la impronta adquirida por los sectores populares como los actores predilectos de los acontecimientos de cambio.

II. El cierre de los caminos

En cuanto a las ideas que venimos desarrollando hasta ahora, desde la interpretación de Peña, no tendríamos la posibilidad de contemplar un camino distinto al que finalmente siguió la economía argentina y latinoamericana debido al peso del imperialismo y las metrópolis, sobre todo de Gran Bretaña, en el proceso de organización de la economía nacional; dirección que fue unívoca a lo largo del siglo XIX porque

La revolución burguesa –como toda revolución social– significa la expropiación de antiguas clases dominantes, la modificación de las relaciones de propiedad, el ascenso de nuevas clases al poder. Nadie en América Latina tenía el interés de introducir estos cambios, y menos que nadie la burguesía comercial, y por supuesto nada de esto significó la independencia. La revolución democrático-burguesa no puede darse sin la presencia de una clase burguesa con intereses nacionales, es decir, basada en la existencia de un mercado interno nacional –no puramente local–, una clase que tenga urgencia para aplicar sus capitales a la industria (PEÑA, 2012: 90-91).

El siglo XIX fue la centuria en el cual se conformó esa mínima industria nacional debido al proceso que mencionamos. Lo que nos interesa destacar son los siguientes puntos: en primer lugar, era inexorable la ausencia de una burguesía similar a la de otros países debido a la injerencia del imperialismo y porque no existía una burguesía industrial como resultado del proceso de colonización española y, en segundo lugar, fue común a toda Latinoamérica. En nuestro caso, “El movimiento de Mayo no fue la culminación visible, dirigida por las clases privilegiadas, de un vasto movimiento de masas que presionaba desde abajo […] Así ocurrió también en todo el resto de América Latina” (PEÑA, 2012: 98). La situación no fue única para nuestro país ya que también aquejó a gran parte del continente porque toda Latinoamérica fue presa del imperialismo, marcando a futuro la suerte de toda la región, más allá de la apariencia emancipadora de algunos movimientos políticos, como el artiguismo; en última instancia fueron los sectores más pujante, en ascenso, los que encabezaron las independencias en la región.

Además de las cuestiones económicas asociadas con la industria, podemos apreciar que el aspecto político fue destacado en este camino debido a que profundizó los elementos de atraso que persistieron en el tiempo. En esta dirección, el estudio de algunas de las principales figuras del período fue la clave para entender un poco más la suerte del país condensada por el peronismo. Como ya vimos, de acuerdo a la lectura de Peña, el siglo XIX argentino fue el período de la civilización del cuero cuyas derivaciones persistieron en el tiempo, en consecuencia, en este plano, creemos importante remarcar el fuerte componente histórico de las interpretaciones de Peña, más que de algunos escritos de coyuntura.

En primer lugar, el caudillismo fue el fenómeno político más destacado en Argentina de este período debido a que fue determinante porque presentaba elementos persistentes a futuro ya que “Los caudillos era jefes bonapartistas –se dirían hoy– de las clases dominantes del Litoral y del Interior en lucha contra la oligarquía porteña” (PEÑA, 2012: 124). Estamos frente a antecedentes que darían cuenta de que este tipo de figuras no eran una novedad absoluta del peronismo porque ya habían existido en otros momentos de la historia argentina y, en segundo lugar, las masas predilectas que se dejaban conducir eran las que provenían del interior del país, justamente las que menos de un siglo después conformarían la base social y política del peronismo. Por otra parte, los sectores populares en cuestión habían logrado alcanzar cierta trascendencia en el ámbito nacional debido a la movilización generada por las guerras de independencia y, más todavía, con los conflictos que se produjeron durante las décadas posteriores (PEÑA, 2012: 154). En consecuencia, dichos sectores mayoritarios ya contaban con cierta tradición de presión, la cual nunca pudo ser resuelta por los medios institucionales y, finalmente, encontró una canalización definitiva con el peronismo que, para los opositores representaba una clara falencia institucional.

Ahora bien, estaríamos frente a la siguiente encrucijada porque, por un lado, tenemos masas que se movilizan e influyen en la política nacional y, por el otro lado, sectores oligárquicos que logran la adhesión de las mismas, pero no constituyen una alternativa a los sectores dominantes de Buenos Aires, entonces, ¿cuál fue la llave que permitió esa unión? Aquí es donde entra en escena, como ya vimos más de una vez, el fenómeno imperialista.

El rasgo decisivo del imperialismo capitalista es la exportación de capital, en este sentido recién puede hablarse de una política imperialista de contenido capitalista a partir, más o menos, de 1870. La característica del imperialismo es que adquiere la propiedad de los medios de producción o de cambio en otros países, transfiriéndolo a la metrópoli como cosa propia. No era este el tipo de explotación que practicaba Inglaterra en la Argentina antes de 1860. La explotación se ejercía a través del comercio […] (PEÑA, 2012: 130).

He aquí el meollo de la cuestión, la oligarquía de Buenos Aires era indispensable debido al rol de intermediaria que cumplía entre la metrópoli y la colonia (es decir, Argentina), por lo tanto, no se podía prescindir de ella en cuanto al ordenamiento económico. En esta dirección, los sectores del interior que se opusieron a aquella lo hacían en vistas de impostar sus reclamos más que de intentar una modificación abrupta de la organización económica y política del incipiente país. En definitiva, todo el conflicto entre unitarios y federales del siglo XIX en Argentina resultaba secundario respecto del ordenamiento nacional ya que el mismo quedó supeditado a la forma de organización imperialista y nunca versó sobre una propuesta política alternativa que contemplara la participación de los sectores mayoritarios que habían hecho su aparición en la escena nacional.

Todo esto nos devuelve al problema que planteamos al inicio del capítulo presente: las falencias para lograr un desarrollo industrial autóctono obturado por, primero, la colonización española, segundo, los designios imperialistas y, tercero, la falta de interés de las clases dominantes; incluso aquellas figuras interpretadas como defensoras de la soberanía nacional, como el caso de Rosas con la batalla de la Vuelta de Obligado y otros acontecimientos, en realidad prepararon la suerte nacional para la completa sumisión al solventar la monoproducción primaria destinada a un único comprador (PEÑA, 2012: 164). Tras la caída del gobernador de Buenos Aires, la oligarquía porteña utilizó todos los recursos disponibles para hacer pesar sus demandas por encima del resto de los grupos participantes, incluso a costa de la unidad nacional al declarar a la provincia, por un breve lapso de tiempo, separada de la Confederación, manteniendo la tendencia económica que apreciamos anteriormente.

El punto culminante de la clase dominante bonaerense fue la Guerra de la Triple Alianza o también llamada guerra contra el Paraguay, país mediterráneo que era caracterizado por Peña como despotismo industrial y democracia colonial y que había sido la única región que había logrado algún grado de desarrollo industrial en la región, ergo, constituía la antítesis del proyecto librecambista que encabezaba Buenos Aires y que debía ser eliminado con el fin de suprimir cualquier alternativa al liberalismo económico más radical (PEÑA, 2012: 230-231). En esta dirección, la oligarquía porteña estaba en las antípodas de cualquier posibilidad de unidad latinoamericana porque se beneficiaba y se identificaba con los intereses del capitalismo británico que se negaba a abandonar, como bien quedó demostrado con la crisis de 1930 y los cambios en la hegemonía mundial.

El resto de la historia del siglo XIX sería la consolidación definitiva del imperialismo que formaba parte del mismo funcionamiento del sistema capitalista. Recordemos que Marx no llegó a escribir sobre este fenómeno, como sí lo hicieron otros intelectuales y políticos (tal vez Lenin sea el ejemplo más destacado) pero sí entendemos que Marx dejó algunos apuntes para entender esta cuestión:

[…] los progresos de la acumulación hacen que aumente la materia centralizable, es decir, que aumenten los capitales individuales, en tanto que la expansión de la producción capitalista crea en unas partes la necesidad social y en otras los medios técnicos de aquellas poderosas empresas industriales cuya efectividad se halla vinculada a la previa centralización del capital. Por tanto, hoy en día, la fuerza de atracción mutua de los capitales individuales y la tendencia a la centralización son más poderosos que antes […] En una determinada rama industrial, la centralización llegará a su límite máximo cuando todos los capitales invertidos en ella se fundan en un solo capital (MARX, 2015: 558).

Al imperialismo podríamos pensarlo como una consecuencia del proceso de centralización y concentración, desde la lectura de El capital, propio de la dinámica del sistema capitalista que lleva a que los recursos, los medios de producción, etc., sean parte de una facción cada vez más reducida de capitales que, para finales del siglo XIX, se correspondían con Inglaterra. En última instancia, no estaríamos más que frente a otro caso de desarrollo desigual y combinado, que podemos entenderlo como resultado de la lucha por la expropiación de plusvalía porque el objetivo del imperialismo radica en utilizar la diferencia existente entre los niveles de desarrollo de las fuerzas productivas de los distintos países para asegurar la expropiación de plusvalía, ahora monopolizada por los capitales más desarrollados (PEÑA, 2012: 275).

III. Conclusión

A lo largo del capítulo dimos cuenta de las limitaciones inherentes al proceso de industrialización en Argentina y América Latina como resultado de las pretensiones imperialistas que se impusieron a lo largo del siglo XIX en la región. Así, lo único que parecía seguro en el futuro era la perpetuación de la situación vigente. Ahora bien, toda esta organización económica beneficiaba exclusivamente a la clase dominante que se dedicaba a las actividades de exportación y financieras, para denominarlas de alguna manera, en consecuencia, los sectores mayoritarios no tenían lugar en dicha configuración; sin embargo, los cambios económicos, políticos y sociales que empezaron a sucederse hacia finales del siglo XIX y principios del XX, cambiaron dicha situación, alcanzando su punto culminante con el gobierno peronista, como veremos a continuación.


  1. En esta dirección, Lenin cuenta con una serie de escritos en los cuales se declaraba a favor de la autodeterminación en el marco de la lucha socialista. Al respecto, véase Lenin, V. I., La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, varias ediciones.
  2. Podemos tomar como visión alternativa a la que estamos desarrollando, la lectura de Chiaramonte. De acuerdo al historiador argentino, las políticas proteccionistas que favorecieron la industria recién en 1875 encontraron una propuesta sólida (CHIARAMONTE, 1986: 16). En este sentido, conociendo que el programa de Vicente Fidel López fracasó, puede pensarse que una de las causas estuvo en los apoyos de las clases que se verían favorecidas o perjudicadas por los cambios en la política económica. Por lo tanto, entendemos que Chiaramonte tiene una visión que sostiene la existencia de dos clases antagónicas más que la imbricada relación entre las distintas facciones de una misma clase dominante (CHIARAMONTE, 1986: 27).


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