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5 Peronismo y bonapartismo

I. Los albores del peronismo

Como pudimos apreciar a lo largo del trabajo, en los inicios del siglo XX argentino, según Peña, había dos grandes procesos problemáticos en marcha. El primero estaba asociado al imperialismo y la incapacidad, o falta de interés, de la clase dominante para plantear un modelo autónomo de desarrollo. El segundo, que es el que nos compete en este breve apartado, estaba relacionado con la participación política de las masas donde la aparición del sufragio universal (adjetivo engañoso porque, si bien hubo una ampliación en el número de individuos habilitados para ejercer dicho derecho, no participaba la totalidad de la población, como los extranjeros o las mujeres) fue una estrategia de los grupos concentrados para volver a acaparar el poder debido a que

El tradicional mecanismo, consistente en pasarse el Estado de mano en mano entre camarillas oligárquicas, tendía a independizar a los usufructuarios del poder de las fuerzas reales de clase en que se sustentaban; hasta llegar al juarizmo, que se había distanciado increíblemente de la oligarquía en interés de sus negocios con el capital extranjero. En esos momentos de crisis el sufragio universal aparecía ante los productores nacionales como un medio para retomar un control más estrecho sobre un Estado que en gran medida se les había escapado de las manos. En general la oligarquía había sido enemiga del sufragio universal y de la participación de las masas en la vida política (PEÑA, 1966B: 15).

La reforma política no había sido más que un mecanismo de la clase dominante para volver a controlar el Estado ya que nunca tuvo vocación democrática.[1] En esta dirección, la llegada de Yrigoyen y la UCR al ejecutivo nacional representaba el triunfo electoral, al menos, de la pequeña burguesía, identificada con dicho partido de carácter urbano y profesional, aunque no era el único (PEÑA, 2012: 366). Por otra parte, los primeros partidos asociados con la incipiente clase trabajadora no se enfrentaron abiertamente al imperialismo, primero, por una percepción librecambista con el objetivo de mejorar la condición de vida de los sectores trabajadores y, segundo, a partir de la conformación de los movimientos fascistas en Europa, debido al llamado a luchar contra los totalitarios bajo la idea de solidaridad internacional y la política de Frente Popular (PEÑA, 1965D: 60).

Empero, la fuerza política en cuestión que se había hecho con la primera magistratura nacional, estaba compuesta por figuras que se encontraban más cercanas a los sectores tradicionales que a los sectores medios y, además, estaba presente un nuevo sector denominado, de acuerdo a Peña, como suboligarquía que se había erigido como un grupo cada vez más relevante debido a las funciones de intermediación que cumplía en el marco de las actividades financieras subsidiarias de los intereses imperialistas (PEÑA, 2012: 342). En resumidas cuentas, el contexto en el que nos ubicamos nos deja lejos de cualquier programa orientado a lograr una clara apertura democrática.

Lo que es interesante remarcar es la manera en la que Peña ha demostrado que los supuestos avances progresivos que se podrían rastrear en la historia argentina en realidad no eran más que los vericuetos por los cuales la oligarquía fue consolidando y manteniendo su poder a lo largo del tiempo ya que las transformaciones más profundas brillaban por su ausencia, por ejemplo, las cuestiones educativas: “La educación era una palanca de Arquímedes en la transformación que proponía Sarmiento para el país. Tal vez atribuía a la educación poderes que por sí sola no tenía […]” (PEÑA, 2012: 382). Es decir que los cambios considerados para superar la condición de atraso no habían tenido lugar en el país, más allá de cualquier atisbo de modificación, como la reforma electoral que, como apreciamos, nunca tuvo como objetivo la plena participación de las mayorías en las elecciones. De esta manera, Sarmiento se convirtió en una de las principales figuras que hicieron evidente las limitaciones de los sectores dominantes:

Por otra parte, hay en Sarmiento una conciencia bastante clara de la necesidad de tomar desde muy pronto recaudos físicos contra las posibles derivaciones coloniales de la europeización. Y esto con un criterio continental que lo hace doblemente correcto. La famosa actitud de Sarmiento en 1840, cuando defiende contra Rosas el derecho chileno a ocupar el estrecho de Magallanes, brota precisamente de su preocupación por impedir la colonización europea de esa región. Así surge netamente de los artículos de Sarmiento, que un rosista con cataratas publicó para desprestigiar al sanjuanino presentándolo como un descastado antiargentino, cuando en realidad sólo prueban que tenía una iluminada conciencia de los peligros que enfrentaba América Latina […] Después de la organización nacional, cuando el país estaba efectivamente en condiciones de ejercer su influencia en la Patagonia, Sarmiento defendió intransigentemente este derecho contra Chile. Pero en la época de Rosas, cuando el dilema real era entre el derecho abstracto argentino y la posibilidad real chilena o inglesa, su actitud revela la correcta preocupación de que el sur de América Latina fuera colonizado o malvinizado por Europa, con las previsibles consecuencias para la independencia de Argentina y de Chile (PEÑA, 2012: 396-397).

Si bien nos estamos retrayendo unos años en nuestro análisis, es interesante la cita para remarcar la denuncia de uno de los principales intelectuales y políticos contra las acciones de la clase dominante, siempre en las antípodas de una visión nacional y regional. En esta dirección, la única vía para mitigar o proponer una opción alternativa era incentivar el desarrollo material del país para combatir el incipiente desarrollo desigual y combinado (PEÑA, 2012: 421). Sarmiento habría sido uno de los pocos pensadores lúcidos en exponer las falencias de la clase dominante y resaltó su escaza iniciativa respecto de modificar el camino a seguir por el país.

II. La reconfiguración del peronismo en el escenario argentino

Más arriba analizamos los debates sobre el peronismo en el escenario argentino; ahora, debemos sumar la visión de Peña. Antes que nada, es necesario tener presente que la interpretación del peronismo contribuyó a quebrar la izquierda argentina entre aquellos que se mantenían adeptos al arco tradicional de pensamiento y aquellos que empezaron a considerar a dicho espacio político desde una visión distinta ya que, de acuerdo a su lectura, había contribuido al proceso de liberación nacional y logrado lo que ningún partido de izquierda había conseguido: el apoyo de las masas (TERÁN, 2013: 88). En palabras de Terán:

Por su parte, dentro de la izquierda la relectura del peronismo conllevará una revisión de la doctrina y la tradición del liberalismo, que ya no será considerado como un escalón dentro del progreso argentino sino como una etapa de la dependencia nacional. Con este espíritu se recusaron las contaminaciones que el marxismo habría contraído con aquel legado, iniciándose un proceso de amplias repercusiones político-culturales: si hasta entonces se había concebido predominantemente como heredera del venero liberal, ahora la nueva izquierda lucirá preocupada por descargarse de lo que percibe como un lastre, y seleccionará por consiguiente nuevos interlocutores (TERÁN, 2013: 100).

Empezaba a ser abandonada cierta visión lineal sobre el progreso y la historia argentina debido a que el peronismo había conseguido aquello que ninguna otra agrupación pudo lograr, con el apoyo de los sectores populares y aplicado medidas, como vimos precedentemente, que favorecieron a los grupos mayoritarios. No obstante, tengamos en cuenta que el apoyo al peronismo era crítico y no absoluto en cuanto a que era innegable que se habían promovido medidas como la industrialización, la participación obrera en la renta nacional, etc., y tomaba consistencia en tanto se oponía a una izquierda abstracta e internacional que no tenía en cuenta las consideraciones nacionales, pero no condensaba una propuesta absolutamente emancipadora por sí mismo (ACHA, 2009: 204).

Uno de los interlocutores más destacados de esta relectura del peronismo alejada de los parámetros de la izquierda liberal, como la que representaba Gino Germani, fue la de Hernández Arregui quien criticó al marxismo porque “[…] no era más que una de las formas de esa alienación cultural del coloniaje” (HERNÁNDEZ ARREGUI, 1963: 12). Es decir, que representaba otra manera de imposición colonial en nuestro territorio, por lo tanto, se encontraba en las antípodas de cualquier principio nacional; justamente esa tarea era la que debía cumplir dicho pensador: lograr esa nacionalización ideológica (HERNÁNDEZ ARREGUI, 1963: 14). Uno de los ejes de las denuncias de estos intelectuales estuvo en el rechazo al europeísmo, sin importar cuál sea la ideología o el cuerpo de ideas que se tomaran como referencia, que involucraba tanto al ya denostado liberalismo como al mismo marxismo (TERÁN, 2013: 139).

La lectura de Hernández Arregui comparte algunos de los parámetros que estuvimos viendo a lo largo del trabajo, especialmente dos. Primero, el imperialismo, el cual era considerado como la causa de la mayoría, si no todos, los problemas que atravesaba el país, al igual que todas las naciones latinoamericanas, que se convirtieron en colonias de las metrópolis más desarrolladas (HERNÁNDEZ ARREGUI, 1963: 21). En esta dirección, y en segundo lugar, América Latina era capitalista desde el momento de su colonización porque España se encontraba desarrollada, aunque no en términos de industria, sino de comercio (HERNÁNDEZ ARREGUI, 1963: 52).

En resumidas cuentas, Hernández Arregui fue uno de los principales exponentes de la nueva izquierda nacional que se caracterizó por abandonar los componentes internacional y liberal en detrimento de uno nuevo de carácter nacional, identificado con el peronismo, aunque no exento de críticas (GERLO, 2015: 54). Uno de los aspectos más destacados de esa reconsideración fue la recuperación del legado hispánico como el opositor por excelencia de una cultura totalmente extranjerizante (GERLO, 2015: 51); aunque esa herencia española, al mismo tiempo, era una de las causas de la incapacidad del desarrollo capitalista autónomo.

La relación entre peronismo e izquierda no fue para nada pacífica porque

El principio para diferenciar la izquierda nacional de la izquierda peronista reside en la relación entre el movimiento peronista y la organización política de la clase obrera. Para el peronismo de izquierda, toda exterioridad al peronismo implica una adhesión objetiva al antiperonismo o una cadena sectaria a la irrelevancia. Para la izquierda nacional, el apoyo al peronismo no anula la necesidad de construir un partido independiente, que preserve el horizonte de la estrategia socialista. Por el contrario, precisamente porque se prodiga un sostén crítico al peronismo es que se requiere de una organización que equilibre la subsunción del proyecto de la burguesía nacional que Perón representa (ACHA, 2009: 208).

Más allá de los aportes del peronismo a la nación, aún era necesario, para algunos sectores de la izquierda, proseguir con la profundización de las medidas. Aunque, más allá de dicha diferenciación, algunos intelectuales, como Hernández Arregui, enfatizaron en la lucha contra el imperialismo como el objetivo más relevante de todos (HERNÁNDEZ ARREGUI, 1960: 25). En esta dirección, el punto más destacado del peronismo radicó en que fue la culminación de un largo y sinuoso camino de construcción de la conciencia nacional que enalteció la nación y rechazó a la oligarquía, la cual se convirtió en la principal responsable y cuya perseverancia era más patente de lo que se pensaba inicialmente.

III. El peronismo y sus límites bonapartistas

Más allá de la vehemencia del movimiento que hizo su aparición en escena en 1945, “El peronismo no modificó la estructura tradicional del país, es decir las relaciones de propiedad y la distribución preexistente” (PEÑA, 1966D: 8). Así de contundente fue la denominación del peronismo por parte de Milcíades Peña, ya que detrás de las reformas y los supuestos avances logrados por dicho gobierno, nunca existió una modificación profunda sobre las estructuras que dictaban el curso de la economía y la sociedad argentina. En esta dirección, el concepto de bonapartismo ocupó un lugar central en su explicación ya que operó como bisagra entre, por un lado, otorgar algunas mejoras en las condiciones de vida de la mayoría de la población y, por el otro lado, mantener sin grandes modificaciones las estructuras vigentes.

La idea de bonapartismo, al igual que otras utilizadas por Peña, proviene de la galaxia trotskista y los derroteros de la Revolución en Rusia:

La desdicha de los candidatos rusos al papel de Bonaparte no consistía, ni mucho menos, en que aquellos no se parecían, no ya al primer Napoleón, o siquiera a Bismark (la historia sabe servirse de sucedáneos), sino en que tenían frente a sí una gran revolución que aún no había cumplido sus fines ni agotado sus fuerzas […] El papel de árbitro entre los elementos de la vieja y la nueva sociedad era posible, en un cierto período, en cuanto ambos regímenes de explotación tenían necesidad de defenderse contra los explotados. Pero ya entre los feudales y los siervos campesinos no podía haber un intermediario “imparcial”. Al conciliar los intereses de la gran propiedad agraria con el joven capitalismo, la autocracia zarista obraba, respecto de los campesinos, no como un intermediario, sino como un apoderado de las clases explotadoras (TROTSKY, 2015: 520).

El papel de bonapartismo hace referencia a una figura que opera como árbitro entre los distintos intereses sociales que, en este caso al menos, tenían como principal protagonista a la aristocracia zarista que tenía un final establecido en el corto plazo debido al triunfo de la revolución. Podríamos decir que fue el último intento conducente de frenar el movimiento revolucionario, por eso mismo, “La independencia del bonapartismo es, en un grado extraordinario, exterior, demostrativa, decorativa: su símbolo es el manto imperial” (TROTSKY, 2015: 523). Siempre el bonapartismo se correspondió con una fase recesiva de la revolución que tenía como principal objetivo clausurar, u obturar en el mejor de los casos, la fase ascendente de dicho proceso.

Antes de profundizar sobre la relación entre el peronismo y el bonapartismo, debemos hacer un alto para mencionar que el bonapartismo no era una innovación del peronismo en Argentina debido a que empezó a tomar forma años antes y se consolidó hacia 1943:

El movimiento militar de junio comenzó a transformarse en peronismo cuando desde la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, se inició la captación de la clase obrera y su estatización dentro de la nueva CGT. Las condiciones históricas eran ideales para el éxito de una política bonapartista. La economía argentina atravesaba un creciente ciclo de prosperidad, la cuota de ganancia de los capitales crecía constantemente y era posible otorgar mejoras a la clase obrera sin perjudicar en nada esencial los intereses de la burguesía, aunque ésta, claro está, proclamaba lo contrario […] Paralelamente, la combatividad de la clase obrera había disminuido de modo tangible y sus direcciones tradicionales, socialistas y stalinistas, estaban completamente desprestigiadas por sus compromisos con la burguesía y su declarado belicismo en favor del imperialismo norteamericano (PEÑA. 1965D: 65).[2]

El eje de la argumentación de Peña está puesto en el contexto económico favorable que, paradójicamente, contribuyó al desarrollo industrial y la consolidación de la clase obrera pero, por el otro lado, necesitaba de los insumos provenientes del país norteamericano para continuar con dicho proceso (ROUGIER, 2012: 169); mientras la situación se mantuvo fue posible el bonapartismo. En definitiva, es indudable que fue la clase obrera la que se movilizó en el surgimiento del peronismo, tomando como referencia el 17 de octubre de 1945, pero para defender lo que se había logrado gracias a la gestión de Perón y en las antípodas de cualquier potencial emancipador. De aquí se derivan dos cuestiones: en primer lugar, esa clase obrera era la única que había y se ubicaba lejos de cualquier perspectiva revolucionaria porque los proletarios sólo se pusieron en marcha para luchar por las mejoras obtenidas, lo cual era el resultado de cierta atrofia en la estructura económica del país que estaba lejos de cualquier sistema desarrollado (COGGIOLA, 2006: 161).

En última instancia, el sector obrero era resultado de ese tipo de industrialización, por lo tanto, era una clase bastante retraída respecto de su capacidad y potencial de lucha, situación que no fue advertida por los partidos de izquierda tradicionales que nunca lograron la adhesión que sí supo conseguir el peronismo (TERÁN, 2013: 153). Dicho con otras palabras, lo que se hacía evidente era el escaso potencial de la clase obrera y, más relevante, “[…] cuál debe ser la actitud del proletariado frente a los problemas nacionales, es decir, los derivados del incumplimiento de la revolución democrática” (COGGIOLA, 2006: 98). Estamos en presencia de la discusión asociada a la condición del país y la tarea que debía cumplir la clase obrera que, como quedó demostrado con la irrupción del peronismo, era claro que estaba lejos de las posturas tradicionales. En este sentido, nuevamente Trotsky ofreció una respuesta a este interrogante con la idea de la revolución permanente. Antes que nada, debemos aclarar que el político ruso, a raíz de la experiencia derivada de la Revolución rusa, tenía una profunda desconfianza hacia la democracia formal debido a que había sido un recurso utilizado por la burguesía para perpetuarse en el poder a toda costa, lo que llevó a negar las mismas ventajas, para llamarlas de alguna manera, de la revolución democrática-burguesa (TROTSKY, 2012: 50). Por lo tanto, proponía la idea que mencionamos sobre la revolución porque suponía que si la burguesía no era capaz de llevar adelante su papel histórico, debía ser el proletariado quien se encargue de semejante tarea:

[…] la revolución permanente aparece expuesta como una revolución que incorpora al proletariado organizado en soviets a las masas oprimidas de la ciudad y del campo, como una revolución nacional que lleva al proletariado al poder, y abre con ello la posibilidad de la transformación de la revolución democrática en socialista. La revolución no es un salto dado aisladamente por el proletariado, sino la transformación de toda la nación acaudillada por el proletariado (TROTSKY, 2012: 119-120).

Es interesante remarcar, en primer lugar, que la revolución permanente dejaba en claro que la historia no seguía un curso regular porque, como había demostrado la Revolución rusa por ejemplo, el capitalismo es global y podía romperse por el eslabón más débil, más allá de la situación general en la que se encontraba el sistema. En segundo lugar, “El único sujeto social y político que puede detener el declive hacia la barbarie es la clase obrera. A eso se añade que en los países coloniales o semicoloniales las burguesías locales carecen de cualquier vocación de conducir luchas de liberación nacional o democrática” (ACHA, 2009: 252). Frente a dicha circunstancia, la única opción plausible era la conducción de la clase obrera, pero, para el caso de Argentina, esa clase no estaba en condiciones de llevar a cabo semejante tarea; una vez más, la teoría ofrecía soluciones que no se condecían con la realidad que atravesaba.

En este breve derrotero, lo que aparece de fondo, como pudimos apreciar más de una vez, es la condición de Argentina y América Latina su denominación como semicolonial porque, más allá del crecimiento industrial, bajo sus particulares características, seguía siendo un país predominantemente agrícola y sumido a intereses foráneos (PEÑA, 2012: 520). En esta dirección, se configuraba un problema a futuro que era la incompatibilidad entre la economía nacional y la norteamericana ya que no eran tan complementarias como sí lo era Argentina con Gran Bretaña. Asimismo, la fuerte presencia de Estados Unidos en vísperas de la elección que consagró a Perón contribuyó a reforzar el papel del imperialismo en el escenario nacional como uno de los principales obstáculos a vencer.

Aclaradas las cuestiones anteriores y siguiendo con los aspectos más conceptuales, parte de las teorizaciones de Trotsky ya habían sido tratadas hacia poco más de medio siglo por Marx al observar los acontecimientos de 1848 en Francia; en cierta forma, el objetivo de Marx era conocer por qué un fenómeno democrático terminó con el establecimiento de un gobierno personalista y en las antípodas de cualquier revolución como fue Napoleón III. En primer lugar, Marx hizo referencia a las nuevas características de la revolución ya que no podía utilizarse el pasado, la Revolución francesa, por ejemplo, como referencia para los futuros acontecimientos (MARX, 2004: 20). Por lo tanto, en segundo lugar, en esa búsqueda de encontrar una dirección revolucionaria, en el contexto de los acontecimientos que hacían dudar a la burguesía respecto de la profundidad y la vorágine de la misma, fue donde afloraron las contradicciones de dicha clase social sobre el camino a seguir porque “La burguesía estaba consciente de que todas las armas que habían utilizado contra el feudalismo se volvían contra ella, de que todos los instrumentos culturales gestados por ella se sublevaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que habían inventado la abandonaban” (MARX, 2004: 63). La burguesía avizoraba que la profundización de la revolución únicamente llevaría a cuestionar su poder, en consecuencia, era necesario frenarla; y es aquí donde apareció el fenómeno bonapartista para detener la hemorragia que representaba la revolución.

Ahora bien, el instrumento más importante con el que contaba la burguesía, sobre todo los sectores más concentrados de dicha clase social, fue el poder ejecutivo ya que era el reducto de poder más reducido para asegurar la perpetuación del orden. De aquí se desprenden dos consecuencias importantes a futuro: primero, la centralidad que pasó a adquirir el poder presidencial y, segundo, la burguesía se concentró en eliminar los cambios, pero mantuvo viva, al menos retóricamente, las premisas de la revolución como un horizonte de progreso y mejora social cuando en realidad estaba en las antípodas de dicho objetivo.

La figura presidencial fue una de las principales conclusiones prácticas de esta interpretación ya que era el instrumento que permitía encauzar la revolución antes de que se fuera de los márgenes tolerables para la burguesía. Esta idea fue pulida por Trotsky en su exilio tras el ascenso de Stalin en la Unión Soviética. Antes que nada, el ex líder del Ejército Rojo definió al presidencialismo como una variedad de bonapartismo (TROTSKY, 1932: 1) es decir, que éste último también podía tomar otras formas más autoritarias. Asimismo, ese poder concentrado era el único medio que podía frenar los conflictos de clase “[…] precisamente ésta es la función más importante del bonapartismo: elevarse sobre los dos campos en lucha para preservar la propiedad y el orden. Elimina la guerra civil, o se le sobrepone, o impide que vuelva a encenderse” (TROTSKY, 1932: 3). Era el último intento para ocluir el proceso revolucionario ya desatado, en este sentido, es importante remarcar la cercanía que existe entre el bonapartismo y el totalitarismo, en el contexto del siglo XX, debido a la vigencia de ciertos elementos como el ejército, la represión, el mejoramiento en las condiciones de vida y de trabajo de los obreros (PEÑA, 2012: 509).

Ahora bien, tengamos en cuenta que, más allá de la intención original del bonapartismo, éste podía derivar en dos extremos ya que, por un lado, tenía cierto potencial democrático debido a que esa concentración del poder podía ayudar a lograr algunas reformas para los sectores mayoritarios. De hecho, Peña no fue el único en interpretar al peronismo de esta forma otros intelectuales también lo pensaron bajo las mismas coordenadas, por ejemplo, Jorge Abelardo Ramos para quien el potencial positivo, para denominarlo de alguna manera, del bonapartismo en América Latina radicaba en su capacidad para enfrentarse al imperialismo (RIBADERO, 2017: 52). En definitiva, el bonapartismo podía disparar en cualquiera de las dos direcciones debido a que podía ser el vehículo, pero nunca el fin de ciertas mejoras para los grupos mayoritarios o, por el otro lado, podía ser regresivo, en el caso de que presentase rasgos totalitarios (TARCUS, 1996: 108); es decir, podía decantar en un régimen fascista, especialmente, la elevación del poder estatal por encima de la agudización del conflicto de clases (TROTSKY, 1940: 128). En esta lectura, Trotsky asoció la variante fascista con la situación agonizante del capitalismo que para sobrevivir sólo le quedaba la opción de reprimir cualquier propuesta política divergente por medio de la violencia; dicho en otras palabras, era la última opción de la burguesía.

En conclusión, fueron estas características con las que Peña calificó al peronismo porque representaba una forma política que tenía como objetivo perpetuar el régimen burgués en lugar de beneficiar a los sectores populares. En realidad, todo había sido consecuencia del contexto internacional favorable hasta que inició su ciclo descendente hacia 1952, cuando se redujo la bonanza (PEÑA, 1966D: 9). Tal vez, la única evidencia clara que había dejado en claro el peronismo había sido, y en este punto la lectura de Peña no era muy distinta a la de importantes intelectuales (podemos pensar nuevamente en Germani) de la escena nacional fervorosamente opositores a Perón, un intento totalitario a nivel nacional con medidas como la represión estatal, la persecución a la prensa opositora, etc., pero que, indefectiblemente, había logrado el apoyo de las mayorías (PEÑA, 1966D: 10 y 12). Por eso mismo, las limitaciones del peronismo hacia la posibilidad de una clase obrera revolucionaria se evidenciaron al momento del golpe de Estado de septiembre de 1955:

[…] la República Argentina seguía siendo un país atrasado y semicolonial, dominado por una burguesía terrateniente e industrial trustificada entre sí y con el capital financiero internacional, con la trascendental variante de que la vieja metrópoli británica había disminuido su participación y Norteamérica aumentado la suya. Y, a diferencia de lo que ocurría en 1943, el país estaba iniciando un nuevo ciclo de endeudamiento masivo al capital financiero internacional […] Sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los trabajadores asalariados en general. Democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las tratativas ante el Estado. Treinta y tres por ciento de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional. A eso se redujo toda la “revolución peronista” (PEÑA, 1966C: 21).

La contundente cita de Peña dejaba en claro que Argentina estuvo lejos de cualquier panacea emancipadora, en consecuencia, debemos ahondar en dicha relación: entre el peronismo y las masas.

IV. El peronismo y las masas ¿revolucionarias?

La incógnita expuesta fue un objeto de interrogación que cobró mayor importancia tras la destitución del gobierno en cuestión porque, más allá de la proscripción de dicho espacio, siguió manteniendo un nivel de adhesión enorme, por lo tanto, una de las tareas más rutilantes a las que se enfrentaron los intelectuales y políticos argentinos, sobre todo en vistas de saber cuál iba a ser el futuro del país, radicaba en lograr la institucionalización de dicho movimiento. En esta dirección, algunos pensadores se identificaron con la herencia y el movimiento peronista, como ya apreciamos en casos anteriores, no sólo por el rechazo al núcleo liberal de la izquierda tradicional, sino, además, por la crítica al europeísmo en oposición a la identidad nacional que parecía encarnar el peronismo (TERÁN, 2013: 139).

Dentro del trotskismo, campo al cual perteneció Peña, podemos apreciar esta disyuntiva, donde aparecieron en escena algunos conceptos, como el bonapartismo, que pretendían explicar el fenómeno peronista; dicho en otras palabras, había que atender a las condiciones locales, como bien expuso Ramos: “[…] para liberarse un país semi-colonial debe realizar un examen impecable de todas sus vicisitudes, revalorar su pasado y distinguir una porción de influencia extranjera que distorsionó su vida” (RAMOS, 1973: 9). Frente a este diagnóstico, si bien el peronismo, en un tono similar al de Peña, no fue un fenómeno revolucionario por sí solo, su destitución trajo consigo la vuelta al poder de la oligarquía que se beneficiaba con el imperialismo y reprimía cualquier forma de ampliación de la participación política y económica (RAMOS, 1973: 13).

Empero, Ramos tenía una clara diferencia con Peña en relación a la balcanización de América Latina, es decir, la idea de que existía una unidad originaria en el subcontinente que fue suprimida en beneficio de los intereses imperialista y de los sectores más concentrados de la región. En palabras de Ramos: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos” (RAMOS, 1973: 17). Justamente, lo que había sucedido era un quiebre en la unidad inicial que sólo terminó por favorecer a unos pocos. La historia de Argentina y de América Latina es la historia de esa división que fue resultado de la penetración imperialista encabezada por los países centrales. En primer lugar, en términos económicos, dicho proceso tuvo lugar después de la batalla de Caseros que subordinó al país a los designios del capital inglés, provocando un capitalismo nacional concentrado en la actividad ganadera (RAMOS, 1973: 182). Y, en segundo lugar, más relevante, ese imperialismo tuvo un fuerte componente cultural que sirvió como justificación de las políticas que tenían lugar en el país; tal vez, sin ese elemento ideológico hubiera sido imposible la sumisión económica y política del mismo.

En este contexto, el bonapartismo, para Ramos, tenía una dimensión positiva en su lucha contra el imperialismo, por ejemplo, como atestigua el caso de Rosas en el siglo XIX argentino:

[…] este había sido a todas luces un régimen bonapartista progresivo […] especialmente en referencia a la resolución que brindaba a la fragmentación política de las excolonias. De allí su fortaleza e importancia en la vida histórica nacional pero también su límite: el Restaurador era una expresión limitada de la unidad nacional de una burguesía emergente y al mismo tiempo un “demagogo”, presto a la traición, frente a los intereses del gauchaje (RIBADERO, 2017: 92-93).

En definitiva, Peña y Ramos compartieron las autoridades intelectuales en las que se basaron para elaborar sus apreciaciones sobre el país y la región (RIBADERO, 2017: 174), y, más allá de sus diferencias, ambos, en su tarea intelectual, se concentraron en sacar a la luz los problemas y las particularidades de esta parte del globo para diagramar una estrategia a seguir con el fin de superar el atraso resultado del predominio imperialista.

Finalmente, Ramos sí rescataba un elemento claro de lo que había dejado el peronismo ya que fortaleció a la clase obrera como un actor político relevante en el escenario nacional y que, tarde o temprano, habría de encontrar una posible senda revolucionaria (RIBADERO, 2017: 194).

V. Conclusión

En resumen, la revolución peronista nunca existió ya que, primero, el sector agrícola, y con él la oligarquía, seguían siendo el núcleo de la economía, segundo, el carácter mezquino de la burguesía local para frenar el imperialismo, entre otros efectos (COGGIOLA, 2006: 176). Incluso, y a futuro, el peronismo dejó, de más está decirlo, una huella muy profunda en el escenario de la izquierda para la visión de Peña en la siguiente dirección: en la que se había convertido en una especie de freno, de obturación para cualquier propuesta alternativa. De esta observación, se desprendía la diferencia entre Peña y otras figuras del trotskismo, como Nahuel Moreno:

Reconoce [Moreno] en la clase trabajadora argentina a una de las primeras en el mundo en el desarrollo de su “conciencia” y en haberse elevado a una “política independiente”, incluso si advierte la dificultad que implica su origen inmigrante. En la misma línea, el apoyo al peronismo no carece de racionalidad obrera, porque considera que más allá de las evidentes limitaciones burguesas que lo conducen a la derrota, encarna “el régimen más democrático en la base que recuerda el país”, no por la forma, pero sí por el contenido; es decir, por la difusión de las comisiones internas de fábrica, respeto a la clase y las conquistas básicas (ACHA, 2009: 290-291).

Para Moreno, el peronismo había dejado, tal vez incluso a su pesar, una herencia positiva que podía ser utilizada a favor de la clase obrera, mientras que para Peña era imposible semejante propuesta por los límites intrínsecos de la clase obrera y el peronismo como tal.


  1. En este sentido, es interesante retomar la tesis de Natalio Botana basada en una idea similar ya que sostenía que la ley Sáenz Peña contaba con una serie de cláusulas, para denominarlas de alguna manera, que buscaban asegurar el control al sector más conservador, pero que, en última instancia, no sirvieron para lograr el objetivo inicial (BOTANA, 1985: 292-345).
  2. El proceso económico mencionado por Peña es el denominado ciclo de Stop and Go, el cual podemos sintetizarlo de la siguiente manera: “[…] durante la fase de crecimiento del sector industrial se incrementan las importaciones (de insumos y equipos industriales especialmente); éstas requieren una cantidad de divisas superior a las que pueden proveer las exportaciones (disminuidas a su vez por el mayor consumo interno, y sujetas a las variaciones de la demanda y precios internacionales), lo que provoca una balanza comercial desfavorable y una pérdida de reservas. Para resolver ese dilema, la medida más simple y con mayores efectos inmediatos consistía en desencadenar un ajuste recesivo a través de la devaluación de la moneda nacional. El alza del tipo de cambio se transmitía de ese modo a los precios, alentando a los productores rurales y deprimiendo el salario real, al igual que el consumo. La contracción de la demanda interna permitía entonces incrementar la oferta de exportaciones y reducir las importaciones (dado que el sector industrial entraba en una fase recesiva por el encarecimiento de los insumos importados), cerrando de ese modo la brecha en la balanza comercial y recreando las condiciones para el inicio de una nueva fase expansiva” (ROUGIER, 2012: 112-113).


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