Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

6 El asesoramiento personal como taller de escritura[1]

Jaime Nubiola[2]

El asesoramiento personal de los estudiantes ha sido una de las experiencias más gozosas en mi trabajo universitario. Dedicar tiempo a hablar con los alumnos —o más a menudo con los estudiantes que fueron alumnos míos y están ya en cursos superiores o en estudios de doctorado— ha sido probablemente la actividad más fructífera que he llevado a cabo en estos años, aunque muchas veces sus frutos queden solo en el ámbito personal de esa afectuosa comunicación. Está claro que cada profesor tiene su manera de ser, su estilo personal, sus gustos y sus aficiones. Por eso, en estas páginas alentaré a la interacción de asesoramiento académico y escritura personal, porque me ha resultado particularmente fecunda. Mi experiencia es que en muchos casos cuando el asesoramiento académico favorece la escritura personal, esta se convierte en un campo formidable para la comunicación mutua en que consiste el asesoramiento.

La amistad es el motivo académico por excelencia: la amistad —como definió maravillosamente Ricardo Yepes (1996: 205) es

“Benevolencia recíproca dialogada”.

¡Qué mejor descripción del asesoramiento académico que esa! Sin embargo, la eficacia del asesoramiento académico en los años de formación universitaria radica no solo en la empatía —en las “buenas vibraciones” que tiene que haber entre estudiante y profesor—, sino sobre todo en la efectiva capacidad mutua de comunicarse; esto es, en la real capacidad de escucharse y de expresar de la forma más adecuada en cada caso los propios pensamientos y sentimientos. Mi experiencia es que el empeño de los profesores por escribir y su disposición a enseñar a los estudiantes a hacerlo es una vía particularmente eficaz para lograr en muchos casos esa comunicación. Con la finalidad de dar cuenta de esto con algún detalle, mi exposición está organizada en tres secciones distintas. En la primera, describo el papel de la escritura en la vida intelectual para intentar persuadir a los profesores universitarios de la gran importancia que tiene su escritura personal; en la segunda, intento dar algunas pistas para aprender a escribir; y finalmente, en la tercera presento brevemente algunas experiencias útiles para enseñar a escribir en el ámbito del asesoramiento. Mi conclusión principal es que la transformación del asesoramiento académico en un taller de escritura personal puede ser en muchas ocasiones la mejor forma de ayudar eficazmente a los alumnos, la mejor forma de enseñarles algo realmente valioso y, por supuesto, la mejor manera de aprender de ellos.

La escritura en la vida intelectual

La educación es probablemente la relación interpersonal más comunicativa que hay, porque aprender es la forma básica de comunicación. La educación es una relación basada en la confianza, y la confianza no se impone, sino que se inspira. Inspiran confianza quienes se empeñan por articular lo que dicen con lo que hacen, por aunar su pensamiento y su vivir. Sobre todo inspiran confianza los profesores que quieren a sus estudiantes —y no tienen reparo en que se note—, y que al mismo tiempo les quieren libres, esto es, favorecen su espontaneidad y creatividad personal. Puede decirse incluso que la calidad del asesoramiento académico depende siempre de que quien enseña fomente efectivamente la independencia personal, el que cada uno o cada una piense realmente por su cuenta, con pasión y a su aire.

El pensamiento es algo que a los seres humanos nos sale o nos pasa —como el pelo o la maduración sexual— independientemente de nuestra voluntad: no pensamos como queremos. En el desarrollo del pensamiento tienen un papel muy relevante el entorno social, la lengua y el ambiente en el que acontece el crecimiento de cada una o de cada uno. El horizonte de la vida intelectual se ensancha mediante el estudio, la conversación, la lectura y el cine, pero en particular se enriquece mediante la escritura de aquellas cosas que a cada uno interesan o inquietan. La maduración personal puede lograrse indudablemente de muy diversas maneras. La que quiero alentar en estas páginas es el crecimiento en hondura, en creatividad y en transparencia que muchos estudiantes pueden ganar en sus años universitarios si encuentran a un profesor que les mueva a expresar por escrito la reflexión sobre su propia vida.

La desarticulación entre pensamiento y vida ha sido quizá la cuestión más dolorosa que atraviesa la cultura contemporánea y, probablemente, también la que más duele a muchos estudiantes. La recuperación de la unidad no es una tarea simple, pero elegir la escritura como clave desde la que comenzar a esbozar una respuesta supone conferir a la dimensión comunicativa de la vida y profesión universitarias una clara prioridad respecto de la especulación erudita o del efectivo progreso académico. Me parece que quienes desgajan lo académico de la reflexión vital en que tuvo su origen y centran solo su atención en cuestiones superespecializadas, ciegan la fuente más íntima de su vitalidad.

Desde hace siglos la vida intelectual ha sido caracterizada como aquel tipo de vida en el que toda la actividad de la persona está conducida por el amor a la sabiduría, por el amor sapientiae renacentista, por la búsqueda de la verdad. Lo que más nos atrae a los seres humanos es aprender:

“Todos los hombres por naturaleza anhelan saber”

escribía Aristóteles en el arranque de su Metafísica. Como el aprender es actuación de la íntima espontaneidad y al mismo tiempo apertura a la realidad exterior y a los demás, la vida de quienes tienen verdaderamente esa aspiración a progresar en la comprensión de sí mismos y de la realidad resulta de ordinario mucho más gozosa y rica que la de quienes llevan una existencia del todo superficial.

No hay crecimiento intelectual sin reflexión. Y para muchos de nosotros no hay reflexión si no tropezamos con fracasos, conflictos inesperados o contradicciones personales. La primera regla de la razón —insistió Charles S. Peirce una y otra vez— es “el deseo de aprender”; y en otro lugar escribía:

“La vida de la ciencia está en el deseo de aprender”[3]

Quien desea aprender está dispuesto a cambiar, aunque el cambio a veces pueda resultar muy costoso. Este empeño por aprender es el que nos lleva a aplicar la razón a nuestra propia experiencia y a compartirla confiadamente con otra persona más experta que pueda orientarnos en nuestras dudas o aconsejarnos ante nuestros tropiezos o dificultades.

El aprendiz —sea estudiante o profesor— progresa cuando centra su atención en tres zonas distintas de su actividad: espontaneidad, reflexión y corazón. Están las tres íntimamente imbricadas entre sí. Quizás esto se advierte mejor en su formulación verbal activa: decir lo que pensamos (espontaneidad), pensar lo que vivimos (reflexión), vivir lo que decimos (corazón). Esas tres áreas pueden ser entendidas como tres ejes o coordenadas del crecimiento personal. Podrían denominarse también asertividad, que es el trabajo sobre uno mismo para ganar en protagonismo del propio vivir: es independencia afirmativa, confianza en las propias fuerzas, conocimiento de la potencia del propio esfuerzo; creatividad, que es el esfuerzo por reflexionar, por escribir, por fomentar la imaginación, por corregirse uno a sí mismo hasta convertir el propio vivir en obra de arte; y corazón, que es la ilusión apasionada por forjar relaciones comunicativas con los demás, para acompañarles, para ayudarles y sobre todo para aprender de ellos: el corazón es la capacidad de establecer relaciones afectivas con quienes nos rodean, relaciones que tiren de ellos —¡y de nosotros!— para arriba.

La espontaneidad es la esencia de la vida intelectual (Anderson, 1987); requiere búsqueda, esfuerzo por vivir, por pensar y expresarse con autenticidad.

Hay solo un único medio —escribirá Rilke al joven poeta—. Entre en usted. (…) Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. (Rilke, 1980).

La fuente de la originalidad es siempre la autenticidad del propio vivir. Transferir la responsabilidad del vivir y el pensar a otros, sean estos autoridad, sean los medios de comunicación social que difunden pautas de vida estereotipadas, puede resultar cómodo, pero es del todo opuesto al estilo propio de quien quiere dedicarse a una vida intelectual. Como escribió Gilson (1974),

La vida intelectual es intelectual porque es conocimiento, pero es vida porque es amor.

Traspasar a otros las riendas del propio vivir, del pensar o del expresarse, equivaldría a renunciar a esa vida intelectual, equivaldría a encorsetar o fosilizar el vivir y, por tanto, a cegar la fuente de la creatividad personal.

Quizá cada persona pueda progresar en esas coordenadas por sendas muy diversas, pero el camino que recomiendo a quienes se dedican a la docencia universitaria es el de la escritura personal. El cultivo de un pensar apasionante alcanza quizá su mejor expresión en la escritura. Esta es también la recomendación de Nilo de Ancira en el siglo IV:

(…) Es preciso sacar a la luz los pensamientos sumergidos en las profundidades de la vida pasional, inscribirlos claramente como en una columna y no ocultar su conocimiento a los demás para que no solo el que pasa por casualidad sepa cómo atravesar el río, sino también para que la experiencia de unos sirva de enseñanza a otros de forma que todo el que se proponga llevar a cabo ahora esa misma travesía le sea facilitada por la experiencia ajena. (Nilo de Ancira, 1994).

Además, poner por escrito lo que pensamos nos ayuda a reflexionar y a comprometernos con lo que decimos:

Escribir —dejó anotado Wittgenstein con una metáfora de ingeniero— es la manera efectiva de poner el vagón derecho sobre los raíles. (Wittgenstein , 1980).

Tengo para mí que cuando los académicos se empeñan en escribir con sencillez se transforman en artistas —o al menos en artesanos— porque descubren que el corazón de su razón es la propia imaginación. La espontaneidad buscada con esfuerzo se traduce en creatividad, y la creatividad llega a ser el fruto mejor de la exploración y transformación del propio estilo de pensar y de vivir (Boden, 1994: 119), del modo de expresarse y de relacionarse comunicativamente con los demás.

Aprender a escribir

Para quien aspira a una vida intelectual, la escritura es la expresión más genuina de su vivir. La causa de ello se encuentra muy probablemente en el carácter esencialmente comunitario de la búsqueda de la verdad, que hace que de ordinario no sea posible un progreso efectivo en la comprensión si no se pone por escrito la verdad alcanzada. En la introducción a la Crítica de la razón pura sugería Kant (Crítica de la razón pura, A5/B9) que la resistencia del aire podría llevar a una paloma a pensar que en un espacio sin aire volaría quizá mejor (Lledó, 1970: 135). Algo parecido ocurre a muchos profesores y estudiantes con la escritura. Sin embargo, el esfuerzo por dominar el lenguaje escrito no es una esclavización del pensamiento, sino que, más bien al contrario, es el camino de su efectiva liberación. Así como el aire permite a la paloma alzar el vuelo, el dominio de la escritura permite al pensamiento desarrollar el suyo.

La primera etapa para aprender a escribir —que dura toda la vida, aunque evoluciona en sus temas y en intensidad— consiste básicamente en coleccionar aquellos textos breves que al leerlos —por primera o por duodécima vez— nos han dado la punzante impresión de que estaban escritos para uno. A veces se trata de una frase suelta de una conversación o de una clase, o incluso un anuncio publicitario o cosa parecida; otras veces se trata de fragmentos literarios o filosóficos que nos han cautivado porque nos parecían verdaderos sobre nosotros mismos. Lo decisivo no es que sean textos considerados “importantes”, sino que nos hayan llegado al fondo del corazón. Después hay que leerlos muchas veces. Con su repetida lectura esos textos se ensanchan, y nuestra comprensión y nosotros mismos crecemos con ello.

Lo más práctico es anotar esos textos a mano, sin preocupación excesiva por su literalidad, pero sí indicando la fuente para poder encontrar en el futuro el texto original si lo necesitáramos. Es importante huir del academicismo, huir de los temas “importantes” académicamente y centrarse en los asuntos que realmente a cada uno más le importen: las relaciones afectivas, el estilo de vida, el desarrollo de las propias cualidades, las discusiones a nuestro alrededor, los conflictos en los que nos vemos involucrados, las aficiones; en resumen, todos aquellos temas que nos afectan y que queremos comprender con más claridad. Esas colecciones de textos en torno a los temas que nos interesan, leídas y releídas una y otra vez, pensadas muchas veces, permiten que cuando uno quiera ponerse a escribir el punto de partida no sea una estremecedora página en blanco, sino todo ese conjunto abigarrado de anotaciones, consideraciones personales, imágenes y metáforas. La escritura no partirá de la nada, sino que será la continuación natural, la expansión creativa de las anotaciones y reflexiones precedentes. Muchas veces consistirá simplemente en poner en orden aquellos textos, pasar a limpio —y si fuera posible, hermosamente— la reflexión madurada durante mucho tiempo.

Con alguna frecuencia quienes han estudiado a Peirce o a Wittgenstein quedan sorprendidos por la tesis que ambos comparten de que los seres humanos no poseemos una facultad de introspección, no tenemos una mirada interior que nos otorgue un acceso privilegiado a lo que nos pasa. Aunque a primera vista esto pueda parecer extraño, todos tenemos la experiencia de que a menudo aprendemos sobre nosotros mismos escuchando a los demás, a lo que ellos dicen de nosotros o incluso de sí mismos. En esta experiencia universal se basa la eficacia del asesoramiento académico. Los seres humanos, cuando tratamos de mirar dentro de nosotros mismos a solas, nos vemos siempre como algo irremediablemente misterioso y opaco, en conflicto cada uno consigo mismo, en tensión permanente ante deseos opuestos y objetivos contradictorios. Una manera de crecer en esa comprensión personal se encuentra en el esfuerzo por expresar por escrito esas contradicciones, experiencias, estados de ánimo y afectos. Por eso, una tarea de singular importancia en la vida intelectual es la articulación narrativa de la propia biografía, tanto de la vida pasada como de la proyección imaginaria en el futuro de las más íntimas aspiraciones vitales. Esta es la manera en que se abre la vía para llegar a ser el autor efectivo de la propia vida.

El “ábrete sésamo” de la escritura se encuentra muy probablemente en la imaginación, de forma que se vuelque en la escritura literaria o en el desarrollo efectivo de la capacidad de compartir ese manojo de ideas, afectos y sentimientos que cada uno es. Mediante la escritura puede ganarse además el control expresivo de zonas de la memoria o de los afectos que a veces no se sabe cómo compartir, porque no se ha trabajado lo suficiente sobre su forma adecuada de expresión. En otros casos, más que la propia biografía, son más interesantes quizá las imágenes del futuro, los proyectos, los sueños, los anhelos más profundos: ¿qué me gustaría hacer a los cuarenta años?, ¿qué me veo siendo o haciendo a esa edad? Este es un campo magnífico para alentar a los estudiantes a escribir y proporciona pistas bastante fiables para acertar en su orientación profesional.

Para enseñar a escribir a los alumnos es decisivo que los profesores se empeñen en aprender a escribir y que lo hagan efectivamente muchos días: solo así podrán enseñar a otros. En el ámbito del asesoramiento académico personal puede enseñarse a los estudiantes a comenzar a escribir pidiéndoles que pongan por escrito los problemas que les inquietan y, por supuesto, se les debe animar siempre a que por lo menos escriban a sus amigos como medio de franquear a otros su intimidad. De hecho, el problema que de una manera u otra más aflige a la mayor parte de nuestros estudiantes es la soledad, y la solución de la soledad se encuentra siempre en la confiada comunicación con otras personas (Mijuskovic, 1995: 85). Resulta indispensable aprender a compartir afectos, intereses, tareas, aficiones o inquietudes hasta el punto de que los respectivos relatos biográficos se fundan en algunos tramos confiriéndose recíproco sentido: eso es la amistad y las demás formas de relación afectuosa entre los seres humanos.

Según experiencia prácticamente universal, intentar describir un problema de forma resumida por escrito ayuda bastante a comprenderlo. Por de pronto, describir el problema en el que uno está metido alivia mucho la tensión interior. Además, muy a menudo, una buena descripción del problema suele sugerir ya las vías de su posible solución. Esto es así en muchas áreas técnicas, pero en especial suele ser de extraordinaria eficacia en el riquísimo y complejo mundo de las relaciones personales. Ante una situación de incomunicación, de incomprensión o de malentendidos en el ámbito profesional, familiar o social, la descripción por escrito de ese problema nos ayuda a comprenderlo mucho mejor y, sobre todo, a entender el papel de uno mismo en esa situación. Escribiéndolo ya no es el problema el que nos domina, sino que somos nosotros quienes al plasmarlo sobre el papel, lo delimitamos y lo hacemos manejable. Hay algo, quizás inconsciente, que nos sugiere que si puede ser escrito, puede ser controlado. Y, aunque el problema continúe sin solución, nos parece menos problemático y nos resulta más fácil comenzar a buscar el modo de resolverlo. Los psicólogos recomiendan a veces esta técnica empleando para ella el término de “grafoterapia”.

Para quienes necesitan escribir y no saben qué o no tienen dónde, puede resultar un buen espacio creativo el llevar algo así como un diario[4]. La expresión romana Nulla dies sine linea, empleada en su ex libris por Viollet-le-Duc como invitación a dibujar cada día, puede animar también a quienes aspiren a desarrollar sus hábitos literarios. Se trata de un género en desuso y tradicionalmente poco cultivado en España. Resulta de muy escaso interés el registro pormenorizado de los incidentes cotidianos, pero, en cambio, puede facilitar mucho la creatividad personal el tener un cuaderno en el que uno vaya anotando sus reflexiones u ocurrencias casuales, una detrás de otra, sin más título que la fecha del día en que las escribe. Un diario así no ha de tener el carácter de un registro íntimo, sino más bien una cierta pretensión literaria. Su redacción ha de estar movida por un esfuerzo creativo y comunicativo que permitiera, si llegara el caso, su lectura por otros. Quizás el mejor ejemplo contemporáneo sean los diarios de Andrés Trapiello:

“Lo difícil es escribir un diario que sirva para dentro y para afuera al mismo tiempo. Es decir, lo difícil es llevar una vida, de pensamiento y de obra, en la que pudiera entrar cualquiera a cualquier hora del día, como en aquellas casas de pueblo de nuestra infancia. Una vida en la que uno se condujera en público como si fuera en privado y en privado como si estuvieran pendientes de uno media docena de jueces estrictos” (Trapiello, 1993: 146).

Ya Séneca en el siglo I recomendaba ese estilo de vida:

Considérate feliz cuando puedas vivir a la vista de todos. (Epístolas a Lucilio, 43.3).

Para aprender a escribir lo único indispensable es escribir mucho; con la paciencia infinita de un buey (Van Gogh, V., Cartas a Théo), pero también con su tenacidad y constancia: una palabra detrás de otra. Para escribir bien lo más importante es escribir despacio y corregir mucho lo escrito. Como la escritura es expresión de la propia interioridad no puede hacerse con prisas, de forma apresurada: es realmente una tarea de amor. Como dice un famoso cocinero vasco respecto de su arte culinario:

“Esto no tiene secreto, tiene cariño”

Lo mismo puede decirse de la escritura.

Vale la pena enseñar a los estudiantes a aprovechar las ocasiones que brinda la vida de relación social para aficionarse a escribir. A mucha gente le resulta una tarea odiosa escribir, pero a todos encanta leer textos de otros. Los escritores efectivos o potenciales, que de ordinario van mendigando lectores, tienen en el género epistolar —ahora mensajes por correo electrónico— un campo privilegiado de trabajo. Cada texto que se escribe es una estupenda ocasión de disfrutar tratando de producir un escrito en el que se articulen, si fuera posible artísticamente, experiencias y razones.

La capacidad de expresar la propia interioridad —me escribía bellamente una doctoranda— es algo maravilloso y tal vez por eso disfrute tanto escribiendo cartas. Muchas veces he sentido que cogía un trozo de mi alma y lo ponía en un papel. Y eso me ha dado mucha satisfacción, no solo porque sentía que los lazos con la otra persona se estrechaban, que crecía nuestro afecto, que con eso podía ayudarle, consolarle o simplemente acompañarle un rato, sino también porque se experimenta un cierto placer al ser capaz de comunicar, de poner en forma de palabras lo que llevamos dentro”. Como escribió Salinas, quien “acaba una carta sabe de sí un poco más de lo que sabía antes; sabe lo que quiere comunicar al otro ser. (Salinas, 1981: 233).

Además de lo que se escriba por gusto, las circunstancias profesionales o sociales obligan con frecuencia a escribir “de encargo”, por obligación: desde la biografía breve que se pide en una solicitud hasta el resumen de un proyecto o un trabajo académico necesario para la superación de una asignatura. Vale la pena procurar convertir cada uno de esos encargos en una pequeña obra de arte, al menos en una obra del mejor arte del que cada uno sea capaz dentro del tiempo disponible en cada caso. Eso lo advierte el lector y lo advierten nuestros estudiantes que desean así encaramarse afectuosamente sobre los hombros de sus maestros para crecer y poder llegar incluso más lejos que ellos.

Enseñar a escribir: Algunas experiencias

Para enseñar a escribir en el marco del asesoramiento personal lo único indispensable es leer pronto y con atención lo que los estudiantes escriban, corregirlo cuidadosamente y comentar con ellos nuestras correcciones y sugerencias. Parece bien fácil lo que acabo de decir, pero no lo es, pues requiere dedicar tiempo y atención a esta tarea.

En este sentido, resulta imprescindible prever un tiempo determinado en nuestro horario semanal para la lectura y corrección de esos textos, de forma que nunca el escrito de un alumno pueda demorarse más de una semana sobre nuestra mesa. No hace falta leer cada texto muchas veces. De ordinario, bastará una sola vez si se hace despacio, con atención y con un lápiz en la mano para anotar nuestras correcciones conforme avanzamos en la lectura. Convendrá señalar las erratas, las faltas de ortografía, las expresiones fallidas, pero, sobre todo, lo mejor es destacar las expresiones acertadas, el inesperado giro feliz que ilumina toda una página y, al terminar la lectura, no debe faltar el escribir en el encabezamiento una valoración general: “Muy bien. ¡Adelante!”, “¡A seguir escribiendo!”, “Me ha gustado mucho”, “Puedes escribir mucho mejor, si le ‘metes’ más tiempo” o lo que sea más adecuado en cada caso y sirva a la vez de estímulo y aliento.

Es importantísimo completar esta corrección leyendo el texto con el estudiante, de forma que las explicaciones de palabra del profesor o del alumno complementen el texto y las correcciones. Muchas veces esas entrevistas servirán para hablar más a fondo del tema apuntado en el escrito o para pensar entre los dos el posible texto que el estudiante puede preparar para la siguiente entrevista. A veces convendrá recomendar que reescriba el texto de nuevo por completo de acuerdo con nuestras sugerencias, o sugerirle otros temas o géneros para su escritura. Nunca se puede mentir y decir que un escrito nos ha gustado si no ha sido así, pero probablemente en cualquier texto hay un párrafo, una idea o al menos una palabra que sí nos ha gustado: destaquémosla con entusiasmo y pidámosle al estudiante más párrafos, más ideas o más palabras como esa.

Quizá lo que resulte más difícil al principio es cómo invitarles a escribir, cómo lograr que pongan por escrito sus propios pensamientos y experiencias, y que luego quieran compartir lo escrito con nosotros. Hay muchas maneras; probablemente hay que encontrar para cada uno la suya. Recuerdo bien la primera vez que un estudiante me pasó —con algún rubor, pero con notable satisfacción— la colección de sus poemas, algunos de ellos muy hermosos. O el segundo que, lleno de inquietudes inteligentes, me pasó un escrito que era una lista de veinticinco o treinta preguntas a cual más difícil y apasionante.

Lo más sencillo es comenzar en el ámbito de lo estrictamente académico. En algunas asignaturas puede hacerse escribir a los alumnos breves ensayos o recensiones de libros, y los mejores podrán luego incluso ser expuestos en clase, distribuidos en fotocopia a modo de “publicación local” o subidos a una web. En otras ocasiones, el profesor podrá encargar a los estudiantes que tengan condiciones para ello traducciones de textos breves de otros idiomas o recensiones de libros para alguna revista científica o profesional. En todos estos casos es importante que los textos sean breves y que —como se ha dicho antes— pueda el profesor dedicar efectivamente el tiempo necesario para corregirlos por su cuenta y revisar luego las correcciones con los autores.

A veces lo más práctico para que los estudiantes comiencen a escribir es prestarles libros de literatura y pedirles que anoten por escrito sus reacciones o su valoración para comentarla luego juntos. A mí los libros que me han resultado más útiles en este sentido son Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke, Donde el corazón te lleve de Susanna Tamaro, Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite o Ehrengard de Isak Dinesen, pero hay centenares de libros que pueden servir para lanzar a los estudiantes a escribir. Para recomendar un libro es muy importante que lo hayamos leído nosotros antes —¡y que nos haya gustado!— y que pensemos que su lectura ayudará a la formación del alumno en todos los aspectos. Jamás debe recomendarse un libro sin haberlo leído por muy conocido o clásico que sea.

Otras veces ocurre que en una conversación de asesoramiento académico aparecen cuestiones de carácter o de formación personal que merecen un análisis más detenido; por ejemplo, la timidez, la pereza, la dificultad para organizarse un horario o para hablar en público, la soledad o cualquier otra de las cuestiones que afligen a nuestros estudiantes. En muchos casos, va muy bien invitarles a que pongan por escrito su experiencia en esa materia de forma que en una entrevista ulterior sea posible estudiar el asunto entre los dos con más atención y, por así decir, más objetivamente. Suelo hacer esto también cuando aparecen problemas de orientación profesional, de incertidumbre acerca del futuro. Les animo a poner por escrito con total libertad las posibilidades que estén considerando en su imaginación, para llegar así a delimitar la cuestión que les preocupa y que podamos trabajarla entre los dos en una nueva conversación.

Tienen un particular atractivo —y singular dificultad— los trabajos en equipo realizados entre tres o cuatro estudiantes con la orientación de un profesor en torno a un tema de actualidad. En esos casos el profesor ha de lograr que el trabajo avance y llegue a su término en el plazo previsto. Su tarea consiste en sugerir posibles caminos, armonizar las diferencias de opinión, ayudar a concretar estableciendo plazos, pero sobre todo el profesor ha de conseguir que los miembros del grupo disfruten trabajando en equipo.

Algo parecido pueden ser las tertulias de estudiantes escritores, veladas poéticas, talleres de escritura creativa o actividades similares que el profesor puede organizar de acuerdo con sus gustos y aficiones. En estos casos, se trata de que los estudiantes compartan con los demás lo que han escrito, sea sobre un tema libre, sea sobre un tema acordado de antemano (el amor, la felicidad, el dolor, el perdón, la amistad, la muerte, las drogas, etc.). Aquí de nuevo lo importante es que tanto el profesor como los estudiantes disfruten con lo que hayan organizado: si no es así lo mejor es suspender esa actividad de inmediato.

Resulta muy eficaz que el profesor corresponda a los escritos de los estudiantes pasándoles fotocopia de escritos suyos ya publicados que puedan ser realmente interesantes para ellos o —incluso mejor— que les pase el borrador de algún texto que esté preparando para acoger sus posibles sugerencias. Seguro que el profesor podrá aprender mucho de las correcciones y mejoras que le sugieran los estudiantes. Quizá vale la pena recordar con Kierkegaard:

Ser maestro no significa simplemente afirmar que una cosa es así, o recomendar una lectura, etc. No. Ser maestro en un sentido preciso es ser aprendiz. La educación comienza cuando tú, maestro, aprendes del aprendiz, te pones en su lugar de tal forma que puedas entender lo que él entiende y del modo en que él entiende, en el caso de que tú no lo hayas entendido antes, o si lo has entendido tú antes, le permitas a él someterte a examen de forma que pueda cerciorarse de que te sabes tu papel. (Kierkegaard, 1983: 52).

También es una buena experiencia invitar a los estudiantes a que en sus viajes escriban un diario en el que anoten sus impresiones o reflexiones. Sin duda alguna, las vacaciones son un buen momento para comenzar a escribir. En esos textos los estudiantes suelen abordar a veces temas que es más difícil que afloren en una conversación, pero que crean espacio comunicativo que podrá luego enriquecer mucho el asesoramiento personal.

A este respecto, debido al reciente desarrollo de la correspondencia electrónica, quizá resulte útil resumir aquí mi experiencia sobre el uso del correo electrónico en el asesoramiento académico para el fomento de la escritura personal. Bastan —me parece— tres principios prácticos:

  1. Animar a los alumnos a que usen habitualmente el correo electrónico y a que procuren que sus mensajes estén bien escritos y en ellos se note el cariño y la atención que mueve a la comunicación con los demás. Para conseguir esto el profesor habrá de cuidar primeramente sus propios mensajes, pero también deberá advertir a sus estudiantes, de cuando en cuando, sobre las incorrecciones o lo que resulte menos adecuado.
  2. El correo electrónico será utilísimo en la relación con el asesor para que los estudiantes le envíen mediante attachment los textos que hayan escrito, aunque si están en la misma ciudad la correspondencia electrónica se limitará de ordinario a la necesaria para concertar las entrevistas periódicas o para remitir informaciones de mutuo interés.
  3. En cambio, cuando por las circunstancias de la vida, el alumno y el asesor se encuentran en ciudades distintas y sin posibilidades de charlar personalmente, el correo electrónico puede ser un medio formidable para proseguir esa tarea de asesoramiento personal. Esto mismo podrá hacerse cuando el estudiante esté en la misma ciudad, pero tenga vergüenza para expresarse de palabra o lo haga mejor por escrito. En estos casos, resultará práctico que el profesor imprima los mensajes y los relea con el interesado.

Cada uno habrá de adaptar estas tres pautas muy generales a su situación. Como la eficacia comunicativa del correo electrónico estriba en la rapidez y precisión de la respuesta, los mensajes del profesor serán de ordinario muy breves. Quizá pueda ser útil recordar aquello de Pascal en sus Cartas provinciales:

Te escribo una carta larga porque no tengo tiempo de escribir una carta corta. (Pascal, Obras. Provinciales, XVI).

Conclusión

En estas páginas he alentado a transformar el asesoramiento académico en un taller de escritura personal de acuerdo con las circunstancias efectivas de cada profesor y de cada estudiante. Mi experiencia es que el empeño por convertir el asesoramiento en un taller de escritura logra crear en muchos casos una verdadera comunidad de investigación. En mis años de profesión universitaria me he encontrado con algunos resultados espectaculares: estudiantes que decidieron dedicarse profesionalmente a escribir, otros que descubrieron en la invitación a hacer un trabajo la ocasión de dar cuenta literariamente de zonas no asumidas de su biografía o de escribir la novela de su vida, o muchos otros que lograron establecer vías efectivas de comunicación con un profesor hasta convertirlo en su maestro.

Claudio Magris se refería con agradecimiento hacia sus maestros diciendo que a ellos debía su libertad interior[5]. Estoy persuadido de que esto se consigue si en el asesoramiento académico creamos un espacio comunicativo en el que nuestros alumnos aprendan a escribir para comunicar lo sentido y pensado. Copio de un mensaje que me enviaba una alumna a la que había dado clase el semestre anterior:

Creo que escribir es algo fantástico, y solo el hecho de poseer la aspiración de lograr expresarme a través de la escritura me emociona; pero solo una pequeñísima parte de mis palabras hace que me reconozca en ellas; el resto carecen de interés porque no transmiten mis sensaciones interiores. Como usted dice, esto es una ‘aventura personal’, sí, tiene toda la razón, es una lucha contra el propio corazón, contra la resistencia personal a que afloren tus ideas más profundas, contra los propios miedos a que se rían de ti o te tomen por una soñadora, es mucho más dura y mucho más aventura que cualquier otra de las que haya podido emprender hasta ahora. Por eso la quiero correr, aunque no la gane, porque aunque no gane la guerra, las batallas a librar y ganar son muchas.

Pero no todo son éxitos; a veces hay también grandes fracasos, al menos aparentes. Lo más gratificante son siempre esas conexiones personales que nacen de la escritura —o a veces incluso de la imposibilidad de escribir— y trascienden con mucho lo académico hasta llegar a registros personales muy profundos o a verdaderas revoluciones en el modo de pensar y de vivir.


Referencias bibliográficas

Anderson, Douglas (1987). Creativity and the Philosophy of C. S. Peirce. Dordrecht: Nijhoff.

Boden, Margaret A. (1994). “Agents and Creativity”, en Communications of the ACM, 37.

Gilson, Étienne (1974). El amor a la sabiduría, Caracas: AYSE.

Hartshorne, C., Weiss, P. Y Burks, A. W. (eds.) (1931). Collected papers of Charles S. Peirce, Cambridge: Harvard University Press.

Kant, Immanuel (1781). Crítica de la razón pura, A5/B9.

Kierkegaard, Soren (1983). Mi punto de vista. Buenos Aires: Aguilar.

Lledó, Emilio (1970). Filosofía y lenguaje, Barcelona: Ariel.

Magris, Claudio (2001). Utopía y desencanto, Barcelona, Anagrama.

Mijuskovic, B. (1995). “Some Reflections on Philosophical Counseling and Psychotherapy” en Lahav, R. y Tillmanns, M. (eds.). Essays on Philosophical Counseling (Lanham, ML, University Press of America)

Nilo de Ancira (1994). Tratado ascético, Madrid: Ciudad Nueva.

Nubiola, Jaime (2000). El taller de la filosofía. Una introducción a la escritura filosófica (pamplona, eunsa).

Pascal, Blas (1981). Obras. Provinciales, XVI, Madrid: Alfaguara.

Trapiello, Andrés (1993). Locuras sin fundamento, Valencia: Pre-Textos.

Rilke, Rainer M. (1980) Cartas a un joven poeta, Madrid: Alianza.

Salinas, Pedro (1981) Ensayos completos, II, Madrid: Taurus.

Séneca (1995) Epístolas a Lucilio, 43.3, Barcelona: Península.

Yepes, Ricardo (1996) Fundamentos de Antropología, Pamplona: EUNSA.

Van gogh, Vincent (1992) Cartas a Théo, Barcelona: Labor.

Wittgenstein, Ludwig (1980) Culture and Value, Oxford: Blackwell.


  1. Una versión precedente de este texto vio la luz en la revista Estudios sobre Educación 2, (2002) 85-96. Algunas de las cuestiones que abordo aquí han sido tratadas con mucha más extensión en mi libro NUBIOLA, J. (2000). El taller de la filosofía. Una introducción a la escritura filosófica (Pamplona, Eunsa).
  2. Universidad de Navarra. Doctor en Filosofía. Catedrático de Filosofía, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Navarra. Ejerció como Vicerrector de Extensión Universitaria y Relaciones Internacionales, Universidad de Navarra y como Vicerrector de Ordenación Académica y Profesorado, Universitat Internacional de Catalunya (dedicación parcial). Experiencia en la docencia, dirección de tesis y gestión universitaria.
  3. Peirce, C. S. (1936-58) CP 1.135 (c.1889) y CP 1.235 (c.1902), en Hartshorne, C., Weiss, P. y Burks, A. W. (1931)
  4. El profesor habrá de ponderar en cada caso si es prudente aconsejar a un alumno esa práctica, en función del conocimiento que tenga de él y de sus condiciones.
  5. “He tenido maestros y a ellos les debo ese poco de libertad interior que poseo y que ellos me dieron tratándome de igual a igual.” Magris, C. (2001: 41)


Deja un comentario