Rubén Peretó Rivas
Los grandes avances tecnológicos de las últimas décadas, que han tenido lugar en la sociedad de consumo globalizada en la que se ha convertido el mundo contemporáneo, han traído muchos beneficios, inimaginables hace apenas un siglo. Desde la facilidad para movilizarse por tierra o por aire, a la facilidad de comunicarse instantáneamente, no importa cuál sea la distancia que separa a los interlocutores. Y han traído también grandes ventajas para la salud. Los avances alcanzados por la medicina permiten la curación de enfermedades que hasta hace poco eran mortales, los tratamientos cada vez son menos invasivos y más seguros, y el dolor va cediendo terreno frente a la oposición que le ofrece una amplísima gama de antiálgicos. Sin embargo, ese mismo dolor que es aplastado en una zona, renace en otras, con modalidades nuevas, antes desconocidas, como es el caso de los sufrimientos que padecen las personas de edad avanzada, que continúan vivos merced a los logros médicos, o aquellos que vienen aparejados a los tratamientos de enfermedades graves, como las oncológicas.
Lo cierto es que el hombre se ha revelado incapaz de eliminar el dolor como se ha revelado incapaz de eliminar la muerte. La condición humana, aunque felizmente aliviada por los avances de la ciencia y la técnica, no ha podido ser modificada, y me temo que se trata de un objetivo imposible de alcanzar. Existe una naturaleza, que tiene sus leyes que el hombre necesariamente debe respetar, y este límite a su libertad, más allá de negaciones o disimulos, cuando no es aceptado plenamente, crea situaciones de dolor e impotencia. No se trata en estos casos de un dolor físico, sino de un malestar que afecta su conciencia y se manifiesta en diversos desórdenes o fenómenos psíquicos. En pocas palabras, la finitud de la existencia humana continúa siendo la piedra de tropiezo que impide alcanzar la ansiada felicidad perpetua. El hombre, más temprano o más tarde, morirá, y esta certeza que se afirma con el correr de los años, debe ser enfrentada y resuelta, lo cual constituye una tarea dura y dolorosa, y que debe hacerse necesariamente en la soledad del corazón y en la intimidad de cada uno.
La finitud de la condición humana puja por salir permanentemente. A veces con más fuerzas, a veces casi aletargada, está allí, en el fondo de la conciencia, y se cristaliza en miedos y temores que jalonan la existencia de todos los hombres. De allí surgen muchos de sus malestares psíquicos, al menos aquellos que no reconocen una causa orgánica, y que llamamos, por ejemplo, ansiedad, depresión o estrés. Todos ellos son eflorescencias de la conciencia del límite. Y acompañan al hombre de todos los tiempos. Demóclides, hijo de Demetrio, sentado en la proa de un navío, llora la muerte y deplora la crueldad de su destino. Este altorelieve que se encuentra en el Museo Nacional de Atenas, es una explosión de ese dolor melancólico que se agazapa en la vida de todo hombre. Y desde Demóclides hasta hoy, nunca ha sido posible expulsarlo.
Se trata de una pretensión inútil pero, si no puede ser expulsado, sí puede ser controlado, y a esa tarea se han dedicado desde los antiguos griegos contemporáneos del hoplita hijo de Demetrio, hasta la psicología contemporánea. Con diversos nombres, con diversos tratamientos y aún enmarcados en diversas mitologías, los hombres han tratado siempre de conjurar ese mal. Y en esas diversidades, hay elementos que son constantes, que aparecen en todas las tradiciones o, más bien, que todas las tradiciones los han señalado como instrumentos eficaces para tratar el dolor que acompaña la existencia humana.
Uno de ellos es la atención o, para denominarla de un modo más preciso, la atención plena. Con ella se busca señalar la importancia y necesidad de concentrar el foco de la conciencia en lo real, anclando de esa manera la mente del hombre, y con ella sus facultades, en la realidad, a fin de evitar que los pensamientos y el permanente diálogo interior generen los desórdenes a los que hice referencia anteriormente. Se trata de una habilidad que debe ser adquirida y apropiada como hábito, lo que requiere tiempo y esfuerzo, y requiere también de técnicas que la faciliten.
En la actualidad se recurre con frecuencia al mindfulness, una técnica que procura que la persona esté atenta a lo que se hace de manera intencional, sin juzgar, apegarse o rechazar en alguna forma la experiencia de lo real. Basada en la reflexión budista, ha adquirido diversas modalidades o programas, algunos de los cuales han demostrado evidencia científica de su efectividad para el tratamiento de desórdenes tales como la depresión, la ansiedad o el estrés postraumático.
También el desarrollo teórico de los pensadores cristianos de la Antigüedad tardía y de la Edad Media insistió sobre la importancia de la atención para la salud psíquica y espiritual, dentro de una reflexión en la que se entrecruza la antropología con la teología. Y es justamente sobre este cruce en el que se focaliza este libro, abordándolo desde diversas perspectivas y enmarcado en diversos espacios históricos.
En primer término, Teresa Gargiulo y Santiago Vázquez se ocupan de establecer el estatuto epistemológico de un abordaje de estas características, y lo hacen a partir de un caso concreto: la terapias propuestas por Evagrio Póntico y su validez a la luz de las prácticas psicoclínicas contemporáneas. El planteo que surge inmediatamente es acerca de la licitud de traspasar a un modelo médico una doctrina que ha sido formulada originariamente bajo un estatuto teológico. En otros términos, ¿es válido proyectar a la psicoterapia algunas prácticas que fueron pensadas para un contexto religioso? La discusión pasa por dilucidar si las afirmaciones de Evagrio o de algunos de tantos otros autores del mismo período deben ser tomadas como efectivos abordajes terapéuticos o son más bien simples metáforas, que deben ser reducidas exclusivamente a un espacio morfológico. A través de un estudio avalado por múltiples referencias a los últimos estudios sobre el tema, ambos especialistas, que provienen del ámbito de la psicología, de la filosofía y de la historia de la medicina, no solamente iluminan la cuestión en debate sino que también proponen una serie de nuevos interrogantes y desafíos acerca del significado de la práctica psicoterapéutica y de su enriquecimiento a partir de diversas tradiciones.
Rubén Peretó Rivas permanece también en una temática similar —el momento epistemológico—, que debe ser previo a cualquier teorización posterior. En este caso, discute las posibles relaciones que pueden darse entre psicología y patrística, es decir, entre el conocimiento contemporáneo de la ciencia psicológica y las enseñanzas de los autores cristianos de los primeros siglos. ¿Es posible siquiera pensar en la posibilidad de establecer relaciones que permitan intercambios y enriquecimientos? La hipótesis de la que se parte es que, efectivamente, los escritos de estos autores pueden convertirse en insumos reales para la práctica psicológica contemporánea, a partir de la discusión de tres modelos que, históricamente, han regido las relaciones entre teología y ciencia, sintetizados en la figura de cuatro personajes: Tertuliano, Valentín, Clemente de Alejandría y Basilio de Cesarea. La actitud que ellos desplegaron en su época en respuesta a los desafíos que debieron afrontar ilumina, según el parecer del autor, el tema que se discute en su capítulo.
En un trabajo cuidado y erudito, Juan Carlos Alby se introduce en un tema complejo y que, para su abordaje, exige largo estudio. ¿De qué manera puede ser conocida la realidad divina? Si lo que discutimos en este libro es la atención a la realidad, en el plano teológico, la primera y más importante realidad que debe ser conocida es la realidad de Dios. Pero, ¿puede el hombre conocer a Dios? Se trata de una pregunta que ha recorrido la historia del pensamiento, desde la antigüedad griega a la actualidad, pues aún hoy filósofos como Wittgenstein vuelven desde diversas perspectivas sobre el mismo problema. En el caso de este capítulo, la cuestión se plantea en torno a la figura de Ireneo de Lyon y de quienes fueron sus antagonistas: los gnósticos. Y la discusión, más allá de los detalles históricos concretos que deben abordarse, posee relevancia puesto que se trata de establecer si el conocimiento de esa realidad primera debe estar signado por algún tipo de cualificación moral previa. Dicho de otro modo, el conocimiento de Dios ¿requiere de una etapa anterior de purificación o ascesis?
Uno de los autores de la antigüedad tardía que, sin ser cristiano, tuvo sin embargo profunda influencia en el pensamiento posterior fue Plotino. Su filosofía, o su teología, marcaron profundamente a Occidente y, por eso mismo, recurrir a él resulta necesario. Fernando Martin De Blassi indaga sobre el significado del conocimiento de sí mismo en Plotino, el que se relaciona con la idea de retorno a la unidad. En efecto, la reflexión de Plotino se orienta a una conversión siempre renovada de la manera de pensar, es decir, un ejercitar el propio yo para comprender de otro modo lo real y poder unirse finalmente con el Uno-Bien. A este propósito fundamental se subordina el resto de su enseñanza. El movimiento de la propia conversión apunta a que el pensar humano se diferencie de su realidad inmediata, para ingresar en el reconocimiento de la trascendencia que atañe al Uno. De allí entonces la importancia del autoconocimiento, pues sin éste, no es posible la conversión.
De la misma escuela que Plotino fue Orígenes, uno de los teólogos cristianos más importantes de todos los tiempos. Patricia Ciner, una de las especialistas más reconocidas en su pensamiento, presenta en su capítulo un tema que posee también relevancia a la hora de reflexionar sobre la atención, y es el de los sentidos espirituales. En efecto, ¿es posible que la realidad a la cual se debe estar atentos pueda extenderse más allá de lo estrictamente sensitivo? Y, si así fuera, ¿de qué modo puede ser captada? La tradición de los sentidos espirituales se ubica como respuesta a este interrogante y, más allá que haya sido tratada por numerosos autores, su interpretación plantea un desafío, puesto que algunos entenderán a tales sentidos simplemente como una expresión metafórica y otros, en cambio, argüirán que se trata de realidades, o que al menos fueron presentadas como tales por quienes primero teorizaron sobre ellos. Es este el caso, según la autora del capítulo, de Orígenes.
Sobre el mismo tema, los sentidos espirituales, pero con una interpretación diversa y a partir de un autor posterior es el tema del que se ocupa Hugo Costarelli Brandi. Su estudio se concentra en los escritos de un pensador medieval, Alejandro de Hales, que se ocupa de los sentidos espirituales siguiendo la tradición agustiniana, y los aborda como distintos modos de conocer a Dios, esa realidad primera sobre la que debe fijarse la atención. Pero el conocimiento que postula Alejandro no se detiene solamente en un abordaje racional sino que también implica al hombre entero que debe ver o gustar a Dios. ¿De qué manera pueden entenderse estas experiencias sensoriales? Las opciones son, como en el capítulo anterior, de un modo propio o de un modo análogo. Y será sobre esta última posibilidad sobre la que discute el autor del capítulo.
Finalmente, Héctor Padrón aborda la cuestión de la atención en un plano estrictamente teológico, y lo hace desde un texto sencillo pero fundamental para todo el cristianismo: la Regla de San Benito. A partir de un análisis de sus palabras y de sus expresiones, y con permanentes referencias a la sabiduría monástica que forjó buena parte de nuestra cultura, el autor procura desentrañar qué significa la atención y, sobre todo, cuál es la importancia que la atención adquiere para el hombre que decide encarar su vida desde una perspectiva religiosa, en la que Dios y el mundo de la trascendencia ocupan un papel preponderante.
Este libro, en definitiva, reúne una serie de estudios de especialistas destinados a aproximarse, desde diversas perspectivas, a la compleja realidad de la existencia humana y teniendo como clave de acceso la atención, entendida no ya solamente como una técnica de relajación o bienestar, sino como instrumento de conocimiento de sí mismo, de la realidad exterior y de Dios.






