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8 Proceso de trabajo, identidad de clase y economía moral

Hermenéutica del bienestar entre trabajadores de las pampas y el midwest estadounidense

Juan Manuel Villulla[1]

Introducción

Este capítulo explora las formas del bienestar subjetivo de los operarios de maquinaria agrícola, a partir del vínculo entre un tipo especial de identidad de clase y su rol en un proceso de trabajo. Con ese horizonte, realizamos un abordaje comparativo a escala internacional, estudiando el caso de los operarios de maquinaria agrícola de las pampas argentinas y del midwest estadounidense a principios del siglo xxi. En ese sentido, este capítulo se inserta en dos debates. Uno, más general, que refiere a la clásica discusión sobre el vínculo entre “proceso de trabajo y conciencia de clase”. El otro atiende a la cuestión menos explorada de las subjetividades subalternas al interior de los agronegocios y las formas a partir de las cuales esta fase del capitalismo agrario consigue tramitar sus tensiones con sus grupos subalternos. En este caso, nada menos que con los trabajadores asalariados en relación de dependencia, cuya identificación con las tareas y el lugar que se les reserva en las relaciones interpersonales del mundo agrario consigue un efecto de “bienestar subjetivo” que llega a compensar los aspectos desfavorables de sus condiciones materiales y económicas de labor. Así, esta dimensión se torna un elemento explicativo clave de la relativa paz entre el capital y el trabajo en los núcleos fuertes del agronegocio argentino y norteamericano.

Los operarios de maquinaria agrícola de Argentina y Estados Unidos que estudiamos se emplean en la producción de granos como soja, trigo o maíz. Se trata de un colectivo de trabajadores que tiene bastante poco de “colectivo”. En primer lugar, porque, más allá de nuestro recorte, y aunque compartan la misma condición de asalariados y la misma función en el mismo proceso productivo –es decir, aunque analíticamente podrían ser ubicados en la misma “caja” de la estructura económica–, en rigor, se trata de dos grupos distintos de trabajadores, sin relación entre sí, y socializados e insertos en la experiencia de una praxis distinta, en dos formaciones sociales tan diferentes como la argentina y la estadounidense, con todo lo que ello implica en términos económicos, sociales, políticos y culturales[2]. De modo que, aunque estructural o económicamente puedan ser computados como pertenecientes a una misma clase, desde un punto de vista más integral, se trata de sujetos sociales diferentes. En segundo lugar, en sus respectivos países, estos operarios comparten un perfil sumamente refractario a las pertenencias colectivas de tipo sindical, movimentista o político, así como a experiencias grupales de confrontación e interpelación de tipo clasista, sea a nivel sectorial o en el lugar de trabajo. Esto no tanto porque no ejerzan en absoluto formas de contestación –aunque ellas sean más frecuentes entre los trabajadores argentinos que entre los norteamericanos–, sino porque, por regla general, se trata de manifestaciones de tipo individual, que no trascienden contrapuntos muy determinados con empleadores en particular. Es decir, son expresiones de resistencia que no se proponen modificaciones fuera de su lugar de trabajo, tampoco necesariamente respecto a las condiciones laborales de sus propios compañeros, ni mucho menos respecto al régimen de trabajo en el conjunto del sector[3]. Así, en suma, tanto en la pampa húmeda argentina como en el Corn Belt estadounidense, los operarios de maquinaria agrícola presentarían un perfil caracterizable como “individualista”, poco antagónico frente a sus empleadores, y con escasos puentes de solidaridad clasista –es decir, de confrontación común– junto a otro tipo de trabajadores rurales o urbanos.

Llamativamente, este perfil coincide muchísimo con el de los operarios de maquinaria agrícola británicos analizados en la década de 1970 por Howard Newby (1977). Allí, de hecho, se los tenía por el caso arquetípico del “trabajador indiferente”. Aunque el voto obrero conservador y el declive de la identidad de la working class inglesa no eran privativos de los obreros rurales, como señalaron algunas voces en los prolegómenos del ascenso neoliberal (Hobsbawm, 1978). En cualquier caso, los asalariados agrícolas efectivamente presentaban un ciclo propio de apatía política y sindical, de más larga duración, que encuentra similitudes, continuidades o convergencias muy significativas con sus “pares” contemporáneos de la Argentina y los Estados Unidos. Esto podría ser leído como “falta” de conciencia de clase. Y acaso haya algo de eso. Pero, en vez de detenernos allí donde la realidad se desvía de lo que se supone debería ser, nos parece más productivo explorar y explicar cómo es: por un lado, caracterizar el tipo de identidad de clase que estos trabajadores sí tienen –relativa a una praxis social y cultural particular, en el marco de un determinado espectro de necesidades, deseos, predisposiciones y posibilidades–; y, por otro lado, en el marco de este libro, identificar los posibles elementos de bienestar que experimentaran estos trabajadores en su condición, lo cual transforma la pregunta de “por qué no hay conflictos” –llena de aprioris políticos y teóricos– en la contrapregunta de “por qué debería haberlos”. Estos elementos de bienestar –como veremos en breve– acaso sean subjetivos, relativos, alienados o inmateriales –es decir, no niegan la relación de explotación económica objetiva–, pero lo que nos importa es identificar cuáles son y cómo funcionan y darles una entidad operante precisamente en la trama específica de estas relaciones de explotación laboral.

La similitud de los emergentes subjetivos entre estos trabajadores nos llevó a preguntarnos acerca de los vasos comunicantes que pudieran existir entre las situaciones experimentadas al interior del capitalismo agrario contemporáneo, en espacios y tiempos tan disímiles como la campiña inglesa previa al neoliberalismo, la pampa argentina en el auge de los commodities, o las praderas del midwest estadounidense. En esa dirección, consideramos relevante indagar qué tenía para decirnos acerca de la situación, el perfil y el eventual bienestar de estos obreros rurales el tipo de proceso de trabajo del cual participaban. Naturalmente, la hermenéutica de la subjetividad obrera no se agota en el análisis de su función práctica en un proceso productivo aislado, y ni siquiera en las condiciones en que lo realiza. Pero tampoco acaba de comprenderse del todo sin atender estos factores, como parte de la arquitectura básica de su experiencia en el lugar de trabajo, y del tipo de relaciones sociales que ello estimula u obtura al interior de los grupos de trabajadores, así como entre ellos y sus patrones. Y mucho más teniendo en cuenta que, en este caso, sugestivamente, se trata de un proceso de trabajo prácticamente idéntico.

Este escrito es el resultado parcial de un experimento de más largo alcance, consistente en aplicar un mismo cuestionario al mismo tipo de operarios agrícolas –que realizan las mismas tareas para producir los mismos bienes con idénticos recursos tecnológicos y similares relaciones laborales–, socializados e insertos en formaciones sociales tan distintas como Argentina y Estados Unidos. Así, asumimos que las influencias “externas” al momento de la producción serían distintas, y solo quedaría como variable constante el proceso de trabajo. Para la parte argentina de la comparación, nos basamos en el análisis de 50 entrevistas semiestructuradas en profundidad realizadas a operarios de maquinaria agrícola de 13 partidos de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba en la zona pampeana, los cuales conformaron una muestra no aleatoria de casos críticos que, si bien no fue probabilística, comportó un número bastante significativo. Para la parte estadounidense de la comparación, nos apoyamos en una réplica del mismo trabajo de campo y de análisis, pero acotado a 20 entrevistas realizadas a operarios de maquinaria agrícola en distintos condados del estado de Iowa, corazón agrícola del país del norte, donde aplicamos los mismos criterios de selección de entrevistados y cuestionarios que en Argentina, de modo de entrar en contacto con asalariados de todas las funciones del proceso de producción, y que representaran las diferentes situaciones de contratación de los obreros en sus lugares (empleados por productores, por contratistas, por ambos, de modo especializado o no, y por patrones de mayor o menor escala).

Doble carácter del trabajo y de la “economía moral” en el capitalismo

En la historia de las ideas europeas, desde la filosofía de la llamada Antigüedad hasta buena parte de la economía política clásica, el trabajo había sido asociado al sufrimiento, a lo penoso, al castigo o al recorte de tiempo de ocio. En efecto, la etimología de la palabra “trabajo” “remite al sustantivo trepalium, un artilugio de tortura formado por tres palos, al que se ataba a los condenados para infligirles castigo. De donde ‘trabajar’ significaba estar sometido a tortura” (Astrada, 1965: 46). En el mejor de los casos, la riqueza aparece como compensación por el sacrificio realizado en esos términos. Recién Hegel (1991 [1807]), a principios del siglo xix, expresaría un viraje en relación con este punto cuando, aunque en términos idealistas, diera al trabajo una acepción positiva, entendiéndola como la actividad a través de la cual se opera el despliegue del Espíritu –objetivación, exteriorización, autoconocimiento y autoconciencia–, la construcción de la vida individual y social, y sobre todo –esto es lo que retendremos para nuestro análisis posterior– en la que se tramita la dialéctica del reconocimiento de sí y la emancipación de la conciencia (Astrada, 1965; Ranieri, 2011).

Marx realizaría una síntesis dialéctica de estas dos grandes visiones del trabajo. Primero, en sus Manuscritos Económico Filosóficos (1989 [1844]), y luego, de modo definitivo, en El Capital (1999 [1867]). En la identidad de opuestos contradictorios que propone, un polo representa el trabajo como tal, y el otro, las condiciones sociales en las que se desarrolla. El primero, como actividad efectivamente positiva e indisociable de la condición humana; y el otro, como mediación social degradante del trabajo y los trabajadores, que transforma la actividad vital en alienación y explotación[4]. En El Capital (1999 [1867]: 147), esto se sistematiza como la cuestión del doble carácter del trabajo en el capitalismo, en la distinción de proceso de trabajo y proceso de valorización, y en el desdoblamiento de las “dos almas” de las mercancías, como valores de uso y valores de cambio. Se propone así un tándem proceso de trabajo/valor de uso –concreto, cualitativamente singular, orientado a la satisfacción de necesidades y como actividad vital– subsumido bajo el capitalismo a otro tándem: proceso de valorización/valor de cambio, abstracto y cuantitativo, orientado a la acumulación del capital y a la expropiación del trabajo[5].

Una de las hipótesis que vamos a plantear aquí es que las características del proceso de trabajo en la producción de granos en Argentina y Estados Unidos a principios del siglo xxi van a habilitar una abstracción evasiva del segundo tándem, que permite a los trabajadores conectar subjetivamente con el contenido del trabajo, reconocerse en su producto, y, por lo tanto, completar el ciclo de realización personal previsto en la concepción de un trabajo liberado de las mediaciones alienantes, sin que se opere una emancipación real de dichas mediaciones, es decir, de la condición asalariada. Como parte de esta conexión subjetiva con el contenido del trabajo, también se opera una implicación con los fines manifiestos de la producción agrícola, vinculados al carácter de los granos como valores de uso. Es decir, un involucramiento en la tarea de alimentar –directa o indirectamente– a la población[6]. Esto completa el desplazamiento subjetivo de los trabajadores sobre uno solo de los dos aspectos del trabajo bajo el capitalismo, representado por el tándem proceso de trabajo/valor de uso, que, además de habilitar esta desalienación “privada”, también reenvía a pautas propias de lo que algunos investigadores han denominado “economía moral”, en contraposición a la racionalidad capitalista.

En efecto, precursores de la teoría de la “economía moral” como E. P. Thompson en Inglaterra (1993 [1971]) o James C. Scott en los Estados Unidos (1976) sostenían que, antes del dominio objetivo del modo de producción capitalista, las clases populares de las sociedades que estudiaron –la Inglaterra del siglo xviii o el sudeste asiático del siglo xx, respectivamente–, compuestas como estaban principalmente por campesinos de distinto tipo, no solo sobrevivían sobre la base de otro tipo de relaciones económico-sociales de producción y distribución, sino que –en línea con ellas– también estaban guiadas por otro tipo de racionalidad y sensibilidad. Así, hasta donde lo permitían las técnicas agrícolas de su época, los campesinos de sociedades tributarias o feudales privilegiaban la supervivencia de todos sus miembros antes que la tributación o apropiación de excedentes, poniendo en juego distintos tipos de articulaciones solidarias, y sobre todo privilegiando la producción para la satisfacción directa de necesidades, reduciendo al mínimo la circulación monetaria, y hasta condenando la acumulación de riquezas de algunos exponentes de sus comunidades. Así, con el término “economía moral”, Thompson subrayó semánticamente el contrapunto con el tipo de ideología dominante en las sociedades burguesas, identificada con la persecución del interés individual, la competencia, el cálculo cronometrado del tiempo, el intercambio de equivalentes y la orientación mercantil de la producción, entre otros aspectos. Aunque, como fue señalado por Atiyah (1979: 84), en rigor, no se trataba tanto del paso de una economía moral a una no moral, sino de una transición entre dos morales distintas, emergentes de dos modos de producción diferentes[7].

Estas líneas interpretativas dan cuenta de una sucesividad entre lo que Gramsci (1971: 46) llamaría dos grandes “bloques históricos”. Es decir, nos hablan del paso entre dos tipos distintos de trabazones entre economía e ideología que, aunque de modo contradictorio e inestable, contribuyen a sostenerse mutuamente y a conformar un todo en movimiento. Esta diacronía sugiere que habría un momento en donde –experiencias traumáticas mediante– se operaría una suerte de reemplazo de un tipo de valores sociales por otro. Hay un antes y un después[8]. Pero, sin desmedro de la efectiva existencia de esa sucesividad entre el predominio de uno u otro tipo de valores en línea con uno u otro modo de producción dominante, también es posible desdoblar en el “lugar de llegada” de esas transformaciones lo que constituye, por un lado, la ideología dominante, y, por otro, valores de otro signo, desarrollados en el seno de las clases populares a partir de sus nuevas condiciones de supervivencia y de sus experiencias históricas, es decir, de su praxis social concreta. Dentro de este último grupo de prácticas y valores presentes, podemos identificar mucho de lo que se atribuye a una “economía moral” ya superada, en simultáneo, bajo cuerda y eventualmente permeada por la ideología dominante.

Una parte de estos valores a contracorriente pueden ser identificados con los núcleos de “buen sentido” que señaló Gramsci (2004 [1932-1935]:3 68). Otras pueden ser identificadas con prácticas inconscientes, que se expresan aquí o allá como disfuncionalidades respecto a los mandatos explícitos de esa ideología dominante[9]. Desde luego, las contestaciones más fáciles de identificar son las que coagulan en organizaciones o movimientos populares que impugnan más explícitamente distintos aspectos del orden establecido. En cualquier caso, se trata de enunciados o prácticas que, sea por privilegiar lo colectivo frente a lo individual, la solidaridad por sobre la competencia, lo concreto respecto a lo abstracto, o lo sensible por sobre lo analítico, contradicen las grandes líneas de fuerza de la moral que estructura la subjetividad dominante en las sociedades capitalistas.

En el primer esquema de Thompson de la “economía moral”, hay sucesividad entre unos valores y otros. En el segundo, que proponemos aquí, también hay simultaneidad contradictoria, con hegemonía de unos valores y subalternidad de otros. Y vamos a plantear una tercera posibilidad, que es la otra hipótesis básica planteada por este trabajo: la de que algunos de esos valores existentes en el seno de los grupos subalternos –más asociables a una “economía moral” o a prácticas que en un extremo negarían las condiciones de existencia subjetiva del capitalismo–, en determinadas condiciones, puedan ser, además de todo aquello, funcionales a la reproducción social del sistema. Esta tercera posibilidad es la que, a nuestro entender, describe la situación de los trabajadores agrícolas de la pampa húmeda argentina y del medio oeste estadounidense. Y, en gran medida –aunque no únicamente–, eso se debe al tipo de vínculos laborales personalizados que habilita el proceso de trabajo que ejecutan. Si esto es así, la “economía moral” también tendría un doble carácter, dependiendo de las condiciones concretas en que se ponga en juego, no solo como contrapunto de la ideología dominante, sino como apoyatura de la reproducción social.

Intensificación capitalista y personalización de los vínculos laborales

A principios del siglo xxi, el proceso de producción de granos en la pampa húmeda argentina y en el Corn Belt estadounidense convergió prácticamente en el mismo punto en cuanto al tipo y los niveles de tecnologías empleadas. Actualmente, los equipos encargados de sembrar suelen componerse de solo dos trabajadores: uno a bordo del tractor arrastrando la sembradora –implemento que, en el caso de la siembra directa, también fertiliza e inocula en el mismo acto–, y otro trabajador recargándole cada tanto los recipientes desde donde van cayendo las semillas a los surcos o relevando a su compañero cuando se cansa. De hecho, la siembra puede ser realizada por una sola persona que recargue por sí misma la sembradora y pare el equipo también para descansar. En segundo lugar, la fertilización y la fumigación también suelen hacerla una o dos personas a bordo de aplicadoras autopropulsadas, popularmente conocidas como “mosquitos”, aunque en Estados Unidos suele usarse una aplicadora distinta para el fertilizante. Mientras un operario conduce esa máquina, su compañero colabora llenando sus tanques a través de mangueras, bombas o sinfines. Por último, la cosecha requiere de dos funciones realizadas necesariamente por dos personas distintas: una, la de conducir la cosechadora para levantar y trillar los granos; la otra, la de manejar un tractor con un carro para llevarlos al flete o al silo en el que se transportarán o almacenarán, respectivamente. Nadie más que el tractorista, el operario de la cosechadora, y el conductor del camión –que no pertenece al equipo–, intervienen en ese momento clave del trabajo. Si hay más de un dúo de cosechadoras y tractores, pueden ir trabajando en paralelo. Pero, en ese caso, esa mayor cantidad de factores en funciones amplía la necesidad de tareas de supervisión, así como prepara y provee la alimentación del personal, abastece las herramientas de combustible e insumos, y coordina con actores que se encuentran fuera del predio, como el transporte o el acopio. Todo esto suele hacerlo el propietario del campo o de las máquinas, aunque naturalmente también puede ser delegada en un trabajador en relación de dependencia.

En suma, hemos repasado todas las etapas sucesivas del proceso de producción de granos sin que nos encontremos con la coordinación directa de más de dos o tres personas, que pueden trabajar por sí solas, en promedio, no menos de 2.000 hectáreas. Además, se trata de tareas que, si bien son sucesivas, son discontinuas en el tiempo. A esto se suma un tipo de vínculos laborales que, si bien no son inherentes al proceso de trabajo, están habilitados y hasta inducidos por él –formas de tercerización especializada por tarea, segmentación de los operarios por calificaciones y división por forma de contratación (permanente o temporaria)–, completando un escenario de fragmentación muy fuerte de este tipo de operarios ya no solo a nivel sectorial, sino al interior de una misma firma. Naturalmente, hay empleadores que ponen a funcionar más de un equipo –sobre todo en cosecha–, y que, por lo tanto, emplean plantillas de personal mayores. Pero, cuantos más obreros sean, antes estará terminado el trabajo y con más rapidez se habrá disuelto el grupo hasta el año siguiente –si es que vuelven a ser empleados los mismos trabajadores–, o trabajarán más tiempo, pero unos más alejados de los otros. Por último, estas funciones pueden ser desarrolladas también por farmers, chacareros o contratistas, por sí solos o en distintas combinaciones con trabajadores asalariados. En efecto, es muy común que distintos tipos de pequeños propietarios también tomen parte en el trabajo manual junto a los obreros asalariados, sobre todo en el midwest norteamericano.

De este modo, si a nivel macro el desarrollo de la maquinización y automatización capitalista del trabajo agrícola tiende a una expulsión neta de trabajadores del conjunto del sector, a un despoblamiento relativo de las áreas rurales, y a la dispersión en el tiempo y en el espacio de los obreros que quedan ocupados (Villulla, 2018), a nivel micro esto redunda en una fuerte fragmentación de los trabajadores y en una relación capital-trabajo muy personalizada. Así, paradójicamente, la asimilación de chacareros o farmers a la lógica intensificadora del capital deriva en un tipo de relación social más alejada de los antagonismos impersonales típicos de la modernidad capitalista. Por el contrario, a mayor capitalización, menos hombres y más personalización de los vínculos laborales. Esto se da porque, en los términos planteados por Newby (1980: 87), el desarrollo de la mecanización redujo la división del trabajo en vez de incrementarla, mientras que la disminución de las plantillas de personal desburocratizó las relaciones laborales, ubicándolas –en términos weberianos– más cerca del tipo de dominación personal-patriarcal que del racional-burocrático (Weber, 1984 [1922]: 170).

Nosotros no tenemos problemas, más que empleados somos amigos. Es distinto, viste. […]. Hay una amistad de por medio, entonces es mucho más fácil todo. Por ahí, qué sé yo… si trabajara con otra persona… no sé, por ahí aparecería igual o no sé. Pero, cuando hay una amistad de por medio, es distinto. Es mucho más fácil todo[10].

En el relato de Fernando, no solo es de destacar la caracterización reiterada de su vínculo laboral como un vínculo de amistad, sino que, en cuanto tal, se trata de una relación personal que hace a los “derechos y obligaciones” del uno con el otro en su submundo específico. En otras palabras: si tuviera el mismo tipo de empleo con otro patrón, podría modificar su actitud ante su nuevo empleador, e imagina lo mismo del otro lado. Nada más lejos de las estandarizaciones empresariales, sindicales o jurídicas que reglan relaciones impersonales entre capital y trabajo.

Tengo mucha confianza con [los patrones], soy el único empleado, y siempre me dicen “Necesitás más plata, Rubén, avisame”. Somos como una familia prácticamente, hay confianza. Pero todo depende con quién tratés y cómo es el rol tuyo. Yo, por ejemplo, estoy conforme. Yo con estos chicos no tengo drama, hacé de cuenta que somos hermanos. Somos tres y trabajamos tres. Trabajan a la par mía. Vos fijate que, si yo ando una máquina, uno anda en el tractor, el otro pide los camiones… estamos los tres. Y si se tienen que tirar al suelo, se tiran al suelo, y están engrasados todo el día conmigo[11].

El testimonio de Rubén condensa mucho de lo que venimos analizando. En primer lugar, se reitera la personalización del vínculo en el sentido de la no estandarización (“depende con quién tratés”). En segundo lugar, lleva más lejos que Fernando la estrechez de la afectividad y la confianza: de la amistad, ahora pasamos a la “familia”, y se refiere a los empleadores como “hermanos”. Mientras que la cooperación en el trabajo físico de estos últimos funciona como plataforma de legitimidad ante su subordinado, creando un efecto de equiparamiento de sus lugares asimétricos. Como nos decía otro obrero rural de Pergamino respecto a su patrón: “Yo siempre digo que para mí Héctor es un empleado más por cómo trabaja”[12]. Esta idea de la familia –más que la de la amistad– también resuena en los testimonios de los trabajadores estadounidenses. Y, en efecto, se postula como un valor contrapuesto a la impersonalidad y el instrumentalismo de relaciones laborales más típicamente capitalistas:

Trabajé en un pozo petrolero. Y no me gustó. ¡Ah, el dinero! Un montón de dinero. Pero sos solo un número. Y cuando terminaron con vos, estás acabado. Literalmente. No les importás. Son implacables. […]. Los granjeros te tratan como familia. Te respetan, y eso es lo principal. Te respetan como gente, por lo que hacés y por quién sos. Al pozo petrolero no le importa: mientras tengas dos pies y dos manos, cualquiera puede hacerlo. […]. Los granjeros te reciben con los brazos abiertos. Muchos me dicen “¿Por qué te vas tan lejos a plantar maíz, si no es tuyo?”. Pero es la gente con la que trabajo, una gran familia. Voy ahí, trabajo para el tipo, trabajo para su padre, trabajo para sus hermanos, ando por ahí con uno o con otro[13].

En este testimonio de John, comienza a emerger parte del doble carácter de la “economía moral” respecto a la estabilidad del capitalismo agrario: se lo marcan sus amigos cuando le recuerdan que el maíz que produce “no es suyo”. Pero, aunque en el pozo petrolero ganara más dinero, en la granja familiar encuentra retribuciones de otro tipo que no pasan por el producto económico. Tienen que ver con la dignidad inmaterial del reconocimiento. John queda así satisfecho. Y sus empleadores, probablemente más: además de pasarla bien juntos, se quedarán con el maíz.

Uno de los momentos más duros fue cuando crecimos y, obviamente, tuvimos que agrandar el staff. Y eso, para mí, era entrar en el modo gerencial. Aumentar el management. Y vinieron cada vez más capas de management. Y cuanto más grande sos, más tenés que chequear y reportar a la gente. Antes trabajaba más directamente el dueño y yo. Decisiones más rápidas y tu instinto puesto en lo que tenía sentido: si un método agronómico era mejor o peor. Con esas capas de management, teníamos que estar más encima de los papeles. Un montón de reuniones… y se le fue lo singular que tenía. Reportar a ellos no era como reportar al dueño 15 años antes[14].

El testimonio de Sam refiere a lo mismo que el de John, pero apuntando a lo contrario: una experiencia de burocratización de las relaciones laborales de una explotación agrícola devenida empresarial. En esa metamorfosis, aun desarrollando el mismo proceso de trabajo que antes, la administración gerencial se inmiscuye en la relación íntima que él conseguía con su objeto y sus medios de trabajo, y aun con su empleador. Su caso marca el límite ante el cual el proceso de trabajo no puede ser aislado de las relaciones sociales en el marco de las cuales se desarrolla, y en qué medida son las pequeñas escalas de personal combinadas con distintos tipos de pequeños propietarios las que, por diferentes vías en Argentina o Estados Unidos, coadyuvan a crear este microclima de personalización en la agricultura capitalista.

A su vez, la contracara de esta amable proximidad social es su bidireccionalidad y su aspecto opresivo: gracias a ella los empleadores también pueden identificar y vigilar más de cerca a los asalariados dentro y fuera del ámbito de trabajo. De hecho, la personalización alcanza no solo las relaciones laborales en una firma, sino al conjunto del mercado de trabajo, basado casi exclusivamente en un estrecho intercambio de referencias orales e informales que facilitan a los empleadores de una zona el conocimiento de los asalariados aun antes de contratarlos. Así, en estos contextos, los obreros se conducen a sabiendas de que el modo en que se desempeñan o en que abandonan una empresa no afecta únicamente su relación con un empleador en particular, sino con el conjunto de ellos, precaviéndose de apelar a estrategias demasiado confrontativas cuando no sea estrictamente necesario, a riesgo de no volver a ser contratados en su zona de residencia.

Autonomía relativa y conexión con el contenido del trabajo

A diferencia de la alienación clásica de la condición asalariada que experimenta buena parte de la clase trabajadora –por la expropiación económica del producto y por el control patronal del proceso mismo de producción–, los operarios de maquinaria agrícola sí conectan subjetivamente con el contenido de lo que hacen. Es decir, aquí no sucede exactamente aquello que Marx resumió con profundidad al señalar que, bajo el capitalismo, el obrero “está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo”, o que el trabajo no constituye la satisfacción de una necesidad, sino simplemente “un medio para satisfacer necesidades fuera del trabajo” (Marx, 1989 [1844]:109; Astrada, 1965: 56).

Disfruto viniendo a trabajar todos los días. Si no lo disfrutara, encontraría otra cosa para hacer, porque, si no sos feliz en tu trabajo, entonces no es importante. Yo les digo a mis hijos que el dinero no es importante, que no importa cuánto dinero tengas[15].

No se trata del dinero. Quiero decir, el dinero es una cosa importante porque tenés que pagar las cuentas, pero me gusta hacer esto. No busco el dinero […]. Siempre bromeo que, si ganara la lotería mañana, al otro día estaría de nuevo acá trabajando[16].

Los operarios agrícolas se implican con el proceso de trabajo como tal, independientemente del posterior reparto asimétrico de su producto entre ellos y los propietarios de la tierra o el capital, y también del lugar subordinado que les reserva la condición asalariada. Separan el contenido de sus tareas y las condiciones sociales a través de las cuales se llevan adelante, abstrayéndose de este segundo aspecto, y resolviendo de modo ficticio el problema de la “desrealización del obrero en la realización del trabajo”, acercándose más bien a la autoconciencia de sí a través del trabajo que preveía la metáfora idealista de Hegel sobre el amo y el esclavo (1991 [1807]). De hecho, los trabajadores establecen una verdadera proyección personal con el resultado de sus quehaceres, que, en cuanto tal, o bien constituye su “carta de presentación” ante su comunidad y su mercado de trabajo –como en el caso del testimonio de José más abajo–, o bien habilita un reflejo subjetivo de sí en un proceso creador de vida, como en el testimonio de Hernán:

[Lo que más me gusta] es la prolijidad, viste, vos pasás por un lote, y decís… “Sí, mirá el hijo de puta, sembró derecho acá”. Entonces por ahí me gusta eso. Por ahí la cosechadora no tanto. Pero viste, un gringo pasa por donde vos estás sembrando, y TRAC, te mira a ver cómo vas. Y por eso me gusta. Entonces por ahí, acá en un pueblo es lindo porque por ahí te dicen “Aquel siembra lindo” o “Aquel un desastre”[17].

Lo qué más me gusta del trabajo de campo es fertilizar. Me gusta. Un trabajo tranquilo que por ahí lo hago yo con otro, o lo puedo hacer solo, y por lo general se hacen muchas hectáreas por día, y bueno, también por el tema del fertilizante, después ver cómo nacen las plantas, eso me gusta[18].

Creo que la principal razón por la que estoy acá es que disfruto el lado productivo del cultivo de granos, como soja o maíz: maximizar la producción con la menor cantidad de insumos[19].

La atracción lúdica de esta conexión no está solo en las condiciones de contratación en el sentido que Burawoy (1979) le dio al pago a destajo. Además de que ello también existe –y lo hemos analizado en otra oportunidad para el caso argentino (Villulla, 2012)–, aquí se trata de una implicación con el contenido mismo del trabajo. De este modo, los trabajadores no solo encuentran el reconocimiento en la personalización de los vínculos laborales que analizamos antes, sino que también se reconocen en el espejo de aquello que producen[20]. A diferencia de la mayoría de los trabajadores industriales, que, según Daniel (1969), suelen estar más satisfechos con su trabajo –en cuanto arreglo económico instrumental– que en su trabajo –con relación al contenido de sus tareas cotidianas–, los operarios de maquinaria agrícola invierten la valoración de estos dos polos: se reconocen en el contenido de sus tareas a pesar de lo desfavorable de sus condiciones laborales. Esta inversión del juego de valoraciones se expresa casi con las mismas palabras en Argentina o Estados Unidos: la realización personal está en la tarea; el “aguante” en las condiciones. Les gusta hacerlo; pero, para hacerlo así, te tiene que gustar:

Te tiene que gustar y tener ganas, nada más. Después sí, se va aprendiendo todo. Te tiene que gustar el mecanismo, te tiene que gustar el trabajo en sí, te tienen que gustar un montón de cosas. Te tiene que gustar el laburo en el campo, quedarte en el campo, laburar un montón de horas… pero bueno… el que está acá es porque le gusta, así que…[21]

Realmente tenés que querer disfrutar esto. Muchas horas, pero no mucha paga. Tenés que disfrutar de hacerlo. Yo lo disfruto. Realmente. Es algo que tenés que querer hacerlo. Suena extraño, pero es algo que tenés que querer hacer[22].

Siempre he dicho que tenés que querer hacer esto todo el día, todos los días[23].

Amo hacer este trabajo. Lo amo. Hay subidas y bajadas, pero tenés que llevarte bien y funciona[24].

Además del modelaje de sus expectativas de vida alrededor del trabajo agrícola, estimuladas por su socialización predominantemente rural (Villulla, 2015), esta realización personal que sienten los obreros agrícolas al ver culminada su obra se vincula a la gran potencia transformadora sobre la naturaleza que la maquinaria concentra en su persona. Es decir, si bien diferentes actividades tienen como premisa y resultado obras de mucha mayor importancia y complejidad que cultivar granos, pocas entre ellas concentran en tan pocos hombres la capacidad de crear de punta a punta semejante masa de riquezas y de percibir el conjunto del ciclo de su creación como lo permite la agricultura. Además, se trata de una actividad que posee una acepción social muy positiva por tratarse de la generación de vida –y de contribuir a ella–, y por detentar una relación muy íntima con la naturaleza. La producción de autos o manufacturas puede representar una cantidad de valor y trabajo humano del todo superior a la de la agricultura. Pero se trata de una obra tanto más colectiva como impersonal y compleja, que escapa al control de los obreros fabriles tomados por separado. En cambio, los cultivadores se ven a sí mismos en interacción más directa con la naturaleza y de modo casi individual, superando las mediaciones inabarcables que experimenta la mayor parte de la sociedad en su relación con ella.

La influencia del proceso de trabajo como condición de posibilidad para este giro en la reconexión subjetiva con el contenido de las tareas es determinante. Hemos señalado que el desarrollo de la mecanización agrícola no expandía la división del trabajo, sino que la simplificaba, ampliando la cantidad de funciones que concentra un solo trabajador. Pero, además, esto significa que las tareas se realizan de manera prácticamente individual (a diferencia de los grandes conglomerados fabriles), con base en un oficio (a diferencia del ideal taylorista del trabajador intercambiable), y reservando altos grados de control obrero sobre el ritmo, el modo y el resultado de las tareas (a diferencia de la línea de producción fordista). En definitiva, la máquina está al servicio del trabajador, y no a la inversa. Son máquinas-herramientas que les otorgan más potencia transformadora y más autonomía relativa en vez de quitárselas.

Creo que no me llevo muy bien con la autoridad. Tipo… ser mi propio jefe. Y [el patrón] nos deja bastante sueltos entre las cosas. [Solo] tenemos indicaciones sobre qué es lo que hay que hacer[25].

Tengo libertad para todo. Ni nunca me pregunta a qué hora me voy, ni a qué hora vengo, ni por qué paré, o a qué hora paré… Jamás me pregunta nada. Y bueno, también es mucha la confianza, de muchos años, viste… Yo te digo que la confianza se la das vos mismo… Si vos no te ganás la confianza, andan todo el día atrás tuyo y a mí no me gusta. Si yo tengo que estar en un lado que me andan siguiendo… No, no me gusta[26].

Siempre lo que rescato es la comodidad con la cual trabajo. Que yo hago mi laburo y nadie me molesta. Y bueno, después el tema de los fierros y andar en el campo, digamos, con los fierros y todo eso[27].

Así, el poder del capital condensado en la máquina se les presenta de inmediato a los trabajadores no como una fuerza extraña ni opresiva, sino como un poder al servicio de sus propios objetivos, que hasta se torna objeto de admiración y orgullo:

[Lo que más me gusta es] el panorama como se ve arriba de la máquina… ves todo. Arriba, por ejemplo, el surco de maíz lo mirás allá abajo… se ve todo el maíz, es una gran cosa… Y después la capacidad que tiene, viste… el material arriba, entran cinco mil, casi seis mil kilos en la tolva[28].

Lo que más me gusta es manejar la máquina. Todo lo que tienen [los empleadores] es nuevo. Todo nuevo. Vale medio millón de dólares[29].

A través de las máquinas, los obreros proyectan e introyectan la potencia del trabajo en general. Por eso, algunos se reconocen no solo en el resultado del proceso productivo, sino también en las propias herramientas para conseguirlo, utilizándolas, cuidándolas y reparándolas dedicadamente. Además de proporcionarles autonomía funcional, estas maquinarias son objeto de un sentimiento de apropiación subjetiva, que hace abstracción de las relaciones de propiedad que los separan de ellas, llegando al nivel del recelo respecto a su uso por otros compañeros:

Yo ando arriba de una máquina como si fuera mía. La primera que compraron [los patrones] la vendieron a los 7 años. Parecía nueva. Yo la cuidaba como si fuera mía. La lustraba. Lo que puedo las mantengo: el habitáculo, no fumo adentro, todas esas cosas que [los patrones] no me lo prohíben, pero lo hago porque a mí no me gusta. La misma máquina que ando yo, por ejemplo, subió otro muchacho que andaba con nosotros y él fumaba, y yo no le voy a decir nada, pero a mí no me gusta. No me gusta fumar yo. Son cosas, cosas personales, viste[30].

No me gusta darle la herramienta a nadie, me tengo que aguantar esas horas. No me gusta que toquen la herramienta que estoy trabajando… yo ya la conozco, subo arriba y la conozco[31].

Cuando [el campo] era suficientemente pequeño, se sentía más como si lo que hicieras fuera propio, aunque no lo fuera, sentías orgullo por eso[32].

Vos, en una cosecha, cuando salís tenés que hacer de cuenta que vos sos el dueño del equipo. Yo no soy dueño, pero te quiero decir, tenés que hacer de cuenta que sos el dueño[33].

El reflejo inconsciente que se apropia subjetivamente de las herramientas es tal que, cuando preguntamos a un empleado a qué se dedicaba, nos contestó como propietario: “Yo tengo [sic] un equipo de herramientas. Tengo sembradora directa, después tengo una sembradora convencional de arado grueso, manejamos rastra…”[34].

Esta autonomía relativa que la máquina otorga a los obreros en el trabajo, junto al rol de la naturaleza en el proceso de producción –que plantea ciclos sucesivos de oportunidades y limitaciones estrictas para realizar distintas tareas–, retroalimenta pautas de conducta asociadas a la “economía moral” o a la producción de valores de uso, dando paso a una concepción del tiempo orientada al quehacer concreto y no a la organización abstracta de horarios. Es decir, se trata de una manera de concebir el tiempo de trabajo sobre la base del contenido específico de cada tarea, que, en cuanto actividad concreta, tiene un principio y un fin de una duración variable, a diferencia de la jornada horaria, apriorística, en serie, fija, impersonal e impasible a las circunstancias, asociada al cálculo abstracto del tiempo de trabajo abstracto, para la acumulación de valor de cambio abstracto. En otras palabras, esto da la impresión de que el tiempo para realizar las tareas no se subordina tanto a la voluntad externa de un jefe o un propietario, sino que se desprende de la naturaleza misma de las cosas, a veces demandando más tiempo y a veces menos, algunas veces trabajando hasta muy tarde y otras terminando antes, y todo según el clima:

Hay veces que no tenés horario, viste, en la cosecha… Está la cosecha y tenés que levantarla, y no podés darte el lujo de decir “Trabajo seis horas, ocho horas”, porque al otro día te llovió, o porque al otro día viene una piedra y no te quedó nada. Acá, cuando estás tenés que laburar, no tenés vuelta. Y también tenés que te llovió una semana seguida, y vos estás una semana seguida en tu casa durmiendo la siesta o durmiendo todo el día, o haciendo lo que vos quieras hacer. Pero después, cuando tenés que laburar, no tenés horario… y es así el campo, viste[35].

Yo disfruto haciéndolo. Solo sé que, cuando es tiempo de meterle, voy a venir [a trabajar]. Y si llueve me quedo en casa. Y si llovió el lunes y el martes todavía está húmedo, tampoco hacemos nada[36].

Cuando estás de cosecha, no hay tiempo. Me parece que tengo una filosofía distinta en eso. Cuando es temporada de cosecha, no hay horarios, vacaciones ni te agendás nada. Es solo tiempo de ir. Empezás hasta que terminás, y empezás de nuevo. Son muchas horas, pero…[37].

Hay trabajadores que solo miran el reloj. Como si fuera una oficina. Su trabajo es de 8 a 5. El resto de nosotros, me parece, estamos afuera hasta dejar hecho el trabajo que necesita ser hecho ese día más allá de lo que nos lleve hacerlo[38].

Esta “orientación a las tareas”[39] no se satisface con la mera finalización de una jornada de tiempo independientemente de la suerte posterior de su objeto de trabajo, como los trabajadores fabriles que espían el reloj ansiando que llegue la hora de abandonar la cadena de producción sin obsequiar ni un segundo más a sus empleadores, en una tarea de la que no es más que un engranaje parcial. Por el contrario, aquí la satisfacción se encuentra en la tarea terminada, independientemente del tiempo. De modo que, si la máquina otorga autonomía relativa, la conexión con el contenido del trabajo la reencauza como autodisciplina, y el sentido del deber –como un aparente mandato de las cosas– deviene en sentido del logro al terminar la tarea:

No veo la hora [de terminar la cosecha]. Una vez que terminaste, decís “Bueno, terminé”. Si tenés que salir por algo, salgo tranquilo porque terminé. Hasta que no terminá,s vos no estás del todo… Porque estás pensando, viste… qué sé yo… no sé… Un trabajo terminado… vos estás tranquilo cuando lo terminás. Como la siembra, como la cosecha, lo que sea[40].

Llega un momento que el cuerpo se te cansa cuando andás mucho. Pero todos los que estamos somos conscientes de lo que estás haciendo y lo tenés que hacer y se hace[41].

Lo mejor es tachar cosas de la lista, estar contento de que finalmente fue hecho[42].

Todos trabajamos juntos y dejamos las cosas hechas, no sé. Para todo lo que tenga que ver con el campo, estoy dispuesto. Alimentar al mundo[43].

“Todo tiene que quedar hecho”, refuerza también Sam[44]. Esta “orientación a las tareas” era predominante en sociedades campesinas precapitalistas, donde la autonomía relativa del trabajo campesino estaba asociada a la relativa autonomía social de los campesinos. Mientras que la “economía moral” tomaba cuerpo en formas de distribución social de la producción que, excedente para el señor o el Estado al margen, se referenciaban en las necesidades de la comunidad. En términos reales, aquí no sucede ninguna de las dos cosas a escala social: no se trata de campesinos, sino de obreros asalariados, y no se trata de producir granos para “alimentar al mundo”, sino para acumular capital; mientras que, si la “orientación a las tareas” prescinde de la cantidad de horas diarias de labor y se orienta por objetivos más que por tiempo, la productividad del trabajo tal y como la calculan sus empleadores capitalistas sí estará regida por parámetros horarios, del mismo modo que la distribución de los salarios, las ganancias y la renta, como traducción en dinero de una determinada cantidad de tiempo de trabajo. Es decir, se trueca un tipo de autonomía por otra –la funcional por la social–, y un tipo de producción por otra, para la satisfacción de las necesidades sociales o para el lucro individual.

No señalamos esto solo para marcar un “error” en la conciencia clasista de los operarios de maquinaria. Se trata de explicarnos cómo es que ellos se sostienen trabajando en su condición subalterna, y cómo es que los agronegocios construyen legitimidad en el lugar de trabajo a partir de anclajes objetivos –la autonomía relativa en la función– y subjetivos –la “economía moral” y la “orientación a las tareas”–, que más bien forman parte de núcleos de buen sentido y de tradiciones valorativas contradictorias con el capitalismo. Es decir que, al menos en este aspecto, el consenso estaría menos construido con base en una mera adhesión obrera a la ideología dominante que a una absorción por parte de la ideología dominante de valores obreros, lo cual encuentra su condición de posibilidad en la disociación de estos dos planos: el de la racionalidad del valor de cambio que rige la estructura y el de la racionalidad del valor de uso que impera en la percepción obrera del asunto[45].

Nada asegura, de todos modos, que esta implicación con la producción de valores de uso –es decir, una de las dos “almas” del trabajo y la producción en el capitalismo– no pueda proyectarse hasta constituir una visión crítica de la otra, es decir, de la producción como medio para acumular riquezas. De algún modo así lo manifiesta Sam, que optó por refugiarse en una farm que cree basada en la “economía moral”, y por renunciar a la que se explicitaba como empresa capitalista:

Era un buen trabajo. Solo que yo no encajaba. Es difícil de explicar. Prefiero venir acá y ayudar [sic] a esta gente. Esto es una explotación agrícola. Aquello también era una explotación agrícola, pero había más dando vueltas. Quiero decir, no era solo hacer agricultura. Esto sí es solo hacer agricultura. Esto es más una granja familiar. Eso era más un negocio[46].

Reflexiones finales

A través de este capítulo, hemos explorado la relación entre algunos emergentes subjetivos de los operarios de maquinaria agrícola de la pampa húmeda argentina y del midwest estadounidense, y las características del proceso de trabajo que comparten. En un segundo plano de análisis, hemos desarrollado algunas hipótesis respecto a la compatibilidad de esos emergentes –asociables a cierto bienestar subjetivo en su función, sus tareas y su condición social– con la estabilidad de la explotación del trabajo asalariado en la agricultura, a pesar de que su contenido iría, en principio, en contra de los mandatos o las prácticas que regulan el modo de producción capitalista.

En relación con la intensificación capitalista del proceso de trabajo en la producción de granos, hemos señalado que, dadas las características particulares de este tipo de agricultura, la mecanización redujo la división del trabajo y achicó sensiblemente las plantillas de personal asalariado que pueden tener a su cargo miles de hectáreas. Además, en un sentido funcional, las maquinarias se ponen al servicio de los trabajadores, en vez de que se pongan los trabajadores al servicio de la máquina, de modo que ellas les otorgan más potencia transformadora a sus quehaceres y también más autonomía relativa en el ejercicio de sus funciones.

Este cuadro presenta diferencias importantes respecto a muchos de los lineamientos que caracterizan la condición asalariada clásica en el mundo fabril: en primer lugar, un trabajo prácticamente individual o en pequeños grupos personalizados, que hasta habilita el cooperar en tareas manuales con los empleadores; en segundo lugar, la puesta en juego de un oficio y una vocación –dos aspectos sobre los cuales hemos profundizado en otras oportunidades–, que previenen a los operarios de un cerco taylorista sobre sus expertises; y por último, un control del modo y del ritmo de trabajo diario que también se diferencia de la línea de producción en serie.

Tal y como lo hemos descripto, este proceso de trabajo habilita una serie de relaciones sociales y procesos subjetivos muy particulares. En primer lugar, permite una amplia difusión de vínculos laborales personalizados, que, lejos de la “burocratización racional” y estandarizada de la empresa capitalista, habilitan la movilización de afectos, lealtades y compromisos entre patrones y empleados. Este tipo de vínculos son experimentados por los trabajadores como un reconocimiento personal, que los apuntala subjetivamente, y que como retribución inmaterial les compensa –en su escala de valores y dentro del cuadro de posibilidades inmediatas que perciben– las asimetrías materiales y de poder propias de la explotación económica. En segundo lugar, además de este confirmarse a sí mismos a través de la relación personalizada con el patrón, los operarios de maquinaria van a reconocerse en el producto de su trabajo, en su modo particular de hacerlo, y en el logro de determinadas metas. Es decir que, gracias a la autonomía relativa y el control del proceso de trabajo, consiguen conectar con el contenido cualitativo de sus tareas, independientemente del reparto cuantitativo del valor abstracto que su producto represente luego en términos dinerarios. Amén de otros múltiples elementos, posiblemente en este “bienestar subjetivo” esté cifrada una de las claves que concilia la dura explotación económica con el apacible equilibrio social del interior rural pampeano o del midwest norteamericano, a diferencia de otros espacios laborales mucho más conflictivos en ambos países, como los frutales o la horticultura, que reúnen grandes contingentes de mano de obra y ciclos más resonantes de acción colectiva y organización sindical.

Desde nuestro punto de vista, este conjunto de valores a través de los cuales este tipo especial de trabajadores se relaciona con sus empleadores y con el proceso de trabajo –incluyendo sus herramientas, su objeto y su producto– ponen en juego lógicas que tienen que ver más con la “economía moral” que con una subjetividad típicamente capitalista, al menos en el ámbito laboral. En principio, se trata de núcleos de buen sentido que pivotean sobre lógicas solidarias, afectivas y de cooperación social, que privilegian su eficacia para la producción de valores de uso por sobre la disputa del valor abstracto frente al capital. Pero, paradójicamente, este es el punto en donde este conjunto de valores, en principio contradictorios con los del régimen de producción capitalista, pueden hacerse compatibles y hasta funcionales a él, toda vez que, en definitiva, estos trabajadores y estos empleadores se pagan con “monedas diferentes”: a través de la producción de granos, estos últimos persiguen la abstracta acumulación de capital; y los otros, además de un modesto salario, buscan sentirse respetados, reconocerse en una buena cosecha y ayudar a alimentar al mundo. Cada uno le paga al otro con la moneda que el otro necesita –uno con trabajo excedente, otro con reconocimiento inmaterial–, de modo que ninguno avanza sobre los intereses o valores de su contraparte. En definitiva, a este tipo de trabajadores, la ponderación de la explotación económica de que son objeto les demanda un pasaje al frío lenguaje del capital: al reloj, a la calculadora y a la despersonalización de sus vínculos laborales. Es decir, abandonar todas las recompensas subjetivas que encuentran en su empleo a cambio de una victoria improbable. Pareciera que en el midwest o en las pampas estos son algunos de los equilibrios secretos que han permitido al capital sostener su acumulación en el agro en paz con el trabajo.

Bibliografía

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  1. Licenciado en Sociología por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor titular regular de Sociología Rural en la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la Universidad Nacional de La Plata (FCAyF-UNLP) e investigador adjunto del CONICET en el Centro de Investigaciones Socio Históricas del Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (CISH-IDIHCS/FaHCE-UNLP). Contacto: jmvillulla@gmail.com.
  2. Básicamente, el medio oeste estadounidense y la pampa húmeda argentina constituyen “dos llanuras fértiles, ocupadas a los pueblos originarios y puestas masivamente en producción entre mediados y fines del siglo xix, que hoy producen bajo standards capitalistas básicamente los mismos commodities –maíz, soja, leche, ganado vacuno, porcino y aviar–, pero que a) se insertan en formaciones sociales y tipos de capitalismo diferentes, siendo los Estados Unidos una potencia global de base industrial –aunque a la vez con un poderoso sector agropecuario–, y la Argentina un país dependiente y subdesarrollado, fundamentalmente de base primario-exportadora y con un desarrollo industrial más débil; b) provienen de matrices históricas diferentes en cuanto a lo específicamente agrario, siendo la del midwest una estructura basada en el reparto democrático de la tierra bajo un esquema farmer-familiar, y las pampas argentinas un ejemplo de producción extensiva, basada en un inicio en la gran propiedad de la tierra; y c), por lo antedicho, el trabajo asalariado tuvo un rol visible y central en la historia agraria pampeana desde sus inicios, mientras que tuvo un rol productivo más tardío, secundario y menos claro en el medio oeste de los Estados Unidos” (Villulla, 2019: 41).
  3. Un estudio de más en profundidad sobre estas conflictualidades de baja intensidad en Villulla (2017).
  4. “El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la vida genérica del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como en la conciencia, sino activa y realmente, y se contempla a sí mismo en un mundo creado por él” (Marx, 1989 [1844]: 112); “¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente, en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí” (Marx, 1989 [1844]: 108).
  5. En la cultura popular argentina, cuando en “El arriero” Atahualpa Yupanqui canta “las penas y las vaquitas/ se van por la misma senda/ las penas son de nosotros/ las vaquitas son ajenas”, sintetiza en el plano de la metáfora este doble carácter de lo que sucede al mismo tiempo (en “la misma senda”): el proceso de trabajo y el proceso de valorización.
  6. En esta forma de conciencia, la metáfora de Atahualpa Yupanqui posiblemente hubiera tenido la forma de un arriero contento de arriar vaquitas –porque es lo que le gusta– y orgulloso de que así se alimentase a la población. No habría, en definitiva, observación alguna del proceso de explotación que acontece en simultáneo y a través de todo aquello.
  7. Aunque no lo sintetizaran teóricamente del mismo modo, existe una convergencia notable entre estas observaciones y las conclusiones de los primeros estudios de Bourdieu y Sayad (2017 [1964]) sobre la transición capitalista que el colonialismo francés forzó de modo subrepticio en el norte de África, laboratorio social en el que analizaron los mecanismos por los cuales se montaba no solo un nuevo tipo de estructura económica, sino también un nuevo tipo de subjetividad social demandada por el nuevo modo de producción, como requisito para posibilitar y reproducir su existencia: “Recuerdo haber pasado horas acosando con preguntas a un campesino cabile que trataba de explicarme una forma tradicional de préstamo de ganado, porque no se me había ocurrido que el prestamista, contra toda razón ‘económica’, podía sentirse obligado con el prestatario en nombre de la idea de que éste garantizaba el mantenimiento de un animal que, de todos modos, habría que alimentar. […] De ese modo yo podía verificar, como si se tratara de una situación experimental, que hay condiciones económicas y culturales de la conversión de la visión del mundo que se exige a aquellos que, dotados de disposiciones modeladas por el universo pre—capitalista, se ven arrojados al cosmos económico importado e impuesto por la colonización” (Bourdieu, 2000: 19).
  8. “Es difícil reimaginar los supuestos morales de otra configuración social. No nos es fácil concebir que pudo haber una época, dentro de una comunidad menor y más integrada, en que parecía ‘antinatural’ que un hombre se beneficiara de las necesidades de otro, y cuando se asumía que en momentos de escasez los precios de estas ‘necesidades’ debían permanecer al nivel acostumbrado, incluso aunque pudiera haber menos en los alrededores” (Thompson, 1993: 253, traducción nuestra N.d.A.).
  9. “Vivimos en un permanente anti-discurso que nos lleva a defender el resentimiento, y que se refleja en las actitudes negativas que adoptamos frente a las propuestas alienantes. Por eso somos malos industriales o también pésimos revolucionarios” (Kusch, 2004 [1975]).
  10. Entrevista a Fernando. Varón. 56 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  11. Entrevista a Rubén. Varón. 45 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  12. Entrevista a Daniel. Varón. 50 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2009.
  13. Entrevista a John. Varón. 58 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  14. Entrevista a Sam. Varón. 43 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  15. Entrevista a Troy. Varón. 38 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  16. Entrevista a Adam. Varón. 60 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  17. Entrevista a José. Varón. 52 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2009.
  18. Entrevista a Hernán. Varón. 38 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2009.
  19. Entrevista a Sam. Varón. 43 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  20. En términos hegelianos, “su conciencia se descubre más allá del mero ser-para-otro en la contemplación de la cosa a la cual él le dio forma” (Ranieri, 2011: 111).
  21. Entrevista a Ramón. Varón. 62 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  22. Entrevista a Galdon. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  23. Entrevista a Sam. Varón. 43 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  24. Entrevista a Parker. Varón. 32 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  25. Entrevista a Brandon. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  26. Entrevista a “Perico”. Varón. 62 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  27. Entrevista a Ramón. Varón. 62 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  28. Entrevista a Antonio. Varón. 58 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2009.
  29. Entrevista a Galdon. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  30. Entrevista a “Cacho”. Varón. 60 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2009.
  31. Entrevista a Sergio. Varón. 43 años. Operario de maquinaria agrícola. Córdoba, 2011.
  32. Entrevista a Sam. Varón. 43 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  33. Entrevista a Oscar. Varón. 57 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011
  34. Entrevista a “Perico”. Varón. 62 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  35. Entrevista a Mauro. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2011.
  36. Entrevista a Chad. Varón. 27 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  37. Entrevista a Galdon. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  38. Entrevista a Brad. Varón. 40 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  39. Traducción propia del concepto de task-orientation en el original de Thompson (1993: 358). Existen traducciones que la consignan como “orientación al quehacer”.
  40. Entrevista a Sergio. Varón. 45 años. Operario de maquinaria agrícola. Córdoba, 2011.
  41. Entrevista a Rafael. Varón. 37 años. Operario de maquinaria agrícola. Buenos Aires, 2009.
  42. Entrevista a Aron. Varón. 39 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  43. Entrevista a Brandon. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  44. Entrevista a Sam. Varón. 43 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.
  45. En efecto, get it done (“dejar el trabajo hecho”), tal y como nos lo relataron los trabajadores de Argentina o de Estados Unidos entre 2008 y 2014, fue el eslogan de la campaña en redes sociales de la marca de maquinaria agrícola New Holland, del grupo Fiat Chrysler, durante 2019 (t.ly/QFv6D). Este eslogan no es el único con el cual la compañía intenta identificarse con los “núcleos de buen sentido” de sus potenciales compradores u operadores. Entre la lista de eslóganes que apuntan en la misma dirección, pueden destacarse los siguientes: “NH es una tradición familiar”; “NH es pensar en las futuras generaciones”; “NH es mi trabajo y me fascina hacerlo”; “NH es empezar a darle a la mujer de campo el lugar que se merece”; “El mejor trabajo del mundo es el que no se siente como tal, ¡Feliz día del Trabajador a todos los que disfrutan de producir en el campo!” (fuente: t.ly/rvs8a). Mientras tanto, es conocido que “alimentar al mundo” constituye el eslogan por excelencia de los agronegocios a escala mundial, que de ese modo hacen pasar un aspecto de la producción capitalista condenable por la “economía moral” –la valorización del capital y la producción solo como medio para lograr un lucro dinerario– por el otro aspecto que le sirve de soporte: la satisfacción de necesidades sociales, es decir, la producción de valores de uso que conecta con el reflejo solidario de los trabajadores y su implicación en el proceso de trabajo.
  46. Entrevista a Galdon. Varón. 35 años. Operario de maquinaria agrícola. Iowa, 2014.


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