De los círculos de obreros a los intentos de construcción de un gremialismo católico
(fines del siglo XIX a principios del XX)
Alejandra I. Landaburu[1]
Introducción
La doctrina social de la Iglesia católica, elaborada a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, reconoce un hito importante con la publicación de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII (1891). Para esta corriente, que nació al calor de las preocupaciones por las consecuencias que en Europa habían generado la industrialización, la urbanización y el proceso de proletarización, “el principal enemigo a combatir era el liberalismo, surgido del largo ciclo iniciado con la reforma protestante y acelerado tras la revolución francesa, y de cuyo seno había emergido la mayor amenaza para la cristiandad: el socialismo” (Mauro, 2023, p. 52). La inquietud por las condiciones sociolaborales de los trabajadores y el impulso a la conformación de organizaciones interclasistas que vincularan a obreros y patrones con el propósito de alcanzar la justicia social y cristalizar los postulados de la armonía y la colaboración, fueron el norte de la encíclica. En este contexto, en las primeras décadas del siglo XX, los católicos motorizaron una serie de iniciativas como la creación de sindicatos, cooperativas, mutuales y uniones de trabajadores.
En Argentina, los católicos habían incursionado en el campo de las actividades sociales antes de la publicación de la encíclica, pero la propuesta de León XIII reactivó la fundación de organizaciones. La Iglesia católica tucumana no fue ajena a la multiplicación de iniciativas tendientes a brindar respuestas ante la emergencia de la cuestión social que, entre fines del siglo XIX y principios del XX, alcanzó particulares connotaciones en razón del vertiginoso despegue azucarero.
En este contexto de preocupaciones, el presente capítulo busca analizar, en primer lugar, los posicionamientos de Fray Ángel Boisdron, provincial de la orden dominica en Tucumán, del sacerdote alemán Federico Grote, y del sacerdote tucumano Salvador Villalba, perteneciente a la orden franciscana. En segunda instancia, estudiaremos las iniciativas impulsadas por la congregación salesiana en Tucumán. Interesa avanzar en esta propuesta por varios motivos. Por un lado, porque los tres sacerdotes –con diferentes matices– respondieron al ideario del catolicismo social, se proclamaron tributarios de la encíclica Rerum Novarum e iniciaron un movimiento social católico que, si bien fue minoritario y no alcanzó gran adhesión en la provincia, emprendió un activismo que, con base en la militancia, les permitió extender su presencia en la sociedad. En segundo lugar, resulta importante desandar la relación y el accionar de los círculos de obreros fundados por la congregación salesiana en Tucumán, vínculo que fue muy activo, especialmente frente al desafío de construir un gremialismo católico que reconoce un punto de inflexión en la segunda década del siglo XX. Específicamente, nos situamos en 1919, cuando el referente de los salesianos, Carlos Conci, se comunicó con el director del colegio de esa congregación en la provincia, Lorenzo Massa, para incentivarlo a organizar gremios católicos en los ingenios azucareros, cuyo objetivo era prevenir la conflictividad laboral.
A manera de hipótesis, el texto sostiene que, en Tucumán, entre fines del siglo XIX y principios del XX, los posicionamientos del catolicismo frente a la cuestión social fueron tan diversos como infructuosos, especialmente en el espacio azucarero que, conmovido por el proceso de industrialización, fue más receptivo a la prédica del socialismo. Así, los intentos de organización obrera impulsados por el catolicismo estuvieron marcados por la intermitencia y la debilidad, común denominador que signó el derrotero de los círculos de obreros y también de los primeros intentos de agremiación católica. Esta situación puede explicarse, en gran medida, por la resistencia de los propietarios a promover y sostener los esfuerzos del catolicismo, a los que también miraron con recelo y, salvo algunas excepciones, procuraron eludir. Finalmente, señalamos que para la realización de este capítulo consultamos diversos fondos documentales, especialmente cartas privadas y confidenciales, instrucciones y documentos resguardados en el Arzobispado de Tucumán, en el Archivo del Colegio Tulio García Fernández y en el Archivo Salesiano Central de Buenos Aires, así como los periódicos La Gaceta y El Orden y el semanario Semana Social de la Liga Social Argentina.
Las primeras respuestas de la Iglesia católica ante la emergencia de la cuestión social en Tucumán
A fines del siglo XIX, la emergencia de la cuestión social en el ámbito nacional, asociada a un proceso de transformaciones económicas y a la inserción del país al mercado mundial, implicó enfrentar una diversidad de problemas relativos a las condiciones de trabajo y de vida de grandes sectores de la población. En el litoral argentino, el crecimiento demográfico por la llegada masiva de inmigrantes y la acelerada urbanización alentaron debates en torno a sensibles problemas sociales, los que involucraron a diferentes sectores del Estado, la Iglesia y la sociedad civil (Suriano, 2000; Zimmermann, 1995).
En Tucumán, la dinámica de la cuestión social estuvo atravesada por la expansión de la agroindustria azucarera, especialmente desde la llegada del ferrocarril en 1876, lo que supuso la intensificación del cultivo e industrialización de la caña de azúcar. Esta modernización alentó un constante flujo de inversiones que favoreció la incorporación de tecnología e incrementó la capacidad productiva de los ingenios, al tiempo que el “despegue” azucarero demandó gran cantidad de mano de obra, cubierta en gran medida con la llegada de trabajadores de las provincias vecinas. Este desarrollo económico fue posible por la conquista monopólica del mercado interno a través de un sistema de protección arancelaria, decisión que otorgó especiales condiciones para el desarrollo azucarero y permitió la incorporación de Tucumán en el modelo agroexportador (Campi, 2020).
Una de las expresiones del auge de la industria azucarera fue el considerable incremento de la población provincial, que prácticamente se duplicó según los dos primeros censos nacionales. Esta situación se hizo evidente sobre todo en la ciudad capital, San Miguel de Tucumán, que pasó de 17.438 habitantes en 1869 a 34.306 en 1895. Pero, de modo similar al litoral del país, la modernización económica generó desajustes y problemas asociados a la pobreza, especialmente los vinculados a la falta de viviendas e infraestructura sanitaria y la proliferación de enfermedades. En este contexto, desde fines del siglo XIX, en forma paralela a la construcción y consolidación del Estado provincial, la sociedad civil promovió organizaciones atentas a la cuestión social. Se configuró un entramado de asociaciones mutuales de beneficencia o socorros mutuos de origen étnico (ligadas al fenómeno de la inmigración, como la Sociedad Española), las conformadas por oficios (Sociedad de Tipógrafos, por ejemplo), las gremiales (Centro Cosmopolita de Trabajadores) y también confesionales, vinculadas a la religión, como los círculos de obreros, que combinaban la ayuda mutua con iniciativas recreativas y culturales destinadas al mejoramiento moral y material de los trabajadores.
La Iglesia demostró su inquietud por la cuestión social a través de la prensa católica y de los congresos de laicos. El Congreso Católico de 1884, si bien fue una respuesta a la política secularizadora del gobierno (las llamadas leyes laicas), esbozó una preocupación por los problemas obreros, al proponer la formación de escuelas de artes y oficios, unidas o separadas de las de primera enseñanza, la creación de talleres obreros y oficinas de colocación (Auza, 1984). Sin embargo, el gran cambio de la Iglesia se manifestó con la promulgación, en 1891, de la encíclica Rerum Novarum. La influencia de ésta en nuestro país no fue inmediata, pero sus principios guiaron el accionar de los católicos frente a la emergencia de la cuestión social (Martín, 2020).
En Argentina, una de las primeras respuestas de la Iglesia frente a la cuestión social fue la impulsada por el padre redentorista alemán Federico Grote, quien –ante el crecimiento de los sectores obreros en ciudades importantes como Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Tucumán– fundó círculos de obreros que recuperaron la experiencia alemana de agremiación obrera católica a partir de 1892.[2] La relación entre monseñor Pablo Padilla y Bárcena, obispo de la diócesis de Tucumán, y el padre Grote fue crucial para la puesta en práctica del catolicismo social en la diócesis. Ambos coincidían en el interés por dar contención a los trabajadores para evitar su acercamiento al socialismo.
Bajo este impulso, el 2 de junio de 1895, se creó en Tucumán el primer círculo de obreros del noroeste, llamado Centro Católico de Obreros, que fue auspiciado por el sacerdote dominico francés Fray Ángel Boisdron, Doctor en Teología y Ciencias Morales, que un año antes había sido designado Provincial de la Orden en Tucumán. El círculo fue puesto bajo la dirección del sacerdote Pedro Zavaleta y se diferenció de los creados por Grote que denominó a secas círculos de obreros. Este centro, como sus pares del resto del país, tenía como objetivo “defender y promover el bienestar espiritual y material de la clase obrera en marcada oposición a la funesta propaganda del socialismo”, proponiéndose impulsar el socorro mutuo.[3] Creado bajo el auspicio de los dominicos, se diferenció y sostuvo algunos conflictos con Grote y los círculos creados por él (Roselli, 2008). El segundo círculo católico que se estableció en la ciudad, denominado Círculo Central, se fundó en 1900 y reunió a hombres destacados de la elite tucumana, como Ernesto Padilla, Juan Posse, Julio López Mañán, Luis Cossio y Fortunato Mariño, entre otros (Roselli, 2020).
La primera visita del padre Grote a Tucumán se realizó en 1897. Su propósito fue observar el funcionamiento del primer círculo de obreros creado en la ciudad capital, dar conferencias y preparar el terreno para la creación de otros círculos en el interior de la provincia. Dos años después, en 1899, se fundó el Círculo de Obreros de Monteros. Grote regresó a la provincia de Tucumán en 1903 y en 1904 para participar de una serie de debates sobre el socialismo. En su segunda estadía, brindó su opinión en la prensa sobre la primera huelga azucarera que tuvo lugar en 1904 y fue impulsada por el delegado de la Unión General de Trabajadores, el socialista Adrián Patroni.[4] En esa oportunidad, Grote destacó especialmente las nocivas consecuencias de la medida de fuerza, el papel disolvente del socialismo y la benéfica acción de los círculos obreros.
En 1906 se fundó un nuevo círculo, esta vez en el ingenio Luján y, en 1907, en una nueva visita de Grote a Tucumán, se creó otro en el ingenio Esperanza, al tiempo que se procuró dar impulso a los ya existentes. Estas organizaciones, diseñadas por el padre redentorista alemán, asumieron la fisonomía de asociaciones mutuales y su acción se orientó en tres direcciones: el reclamo de avanzar en materia de legislación laboral, el desarrollo de iniciativas que paliaran, en lo inmediato, las necesidades de los trabajadores, y el despliegue de una acción propagandística destinada a contrarrestar la creciente influencia de las corrientes revolucionarias sobre los trabajadores.
El avance del Centro Cosmopolita de Trabajadores, que había logrado consolidarse como una institución representativa de los trabajadores tucumanos y coordinaba sus incipientes organizaciones, sumado a la presencia de la Federación Obrera Tucumana, creada en 1902, y la formación de la filial de la Unión General de Trabajadores en Cruz Alta, en la principal zona azucarera de la provincia, revelaban la influencia del socialismo en la provincia y la magnitud del desafío que los católicos debían enfrentar para avanzar en el terreno social (Bravo y Teitelbaum, 2009). Frente a esta situación, la jerarquía eclesiástica de Tucumán era optimista respecto de la expansión de los círculos y afirmaba que “el padre Grote será eficaz y calurosamente secundado en su abnegado celo por la mayor parte de los dueños de ingenios, especialmente los de Cruz Alta que ya han experimentado prácticamente las primeras manotadas del monstruo socialista”.[5] Por su parte, en el informe que el cura alemán elaboró sobre su gira dio cuenta de los círculos fundados en los ingenios. Aclaró que no se podía poner en práctica la totalidad del reglamento, pero que había conseguido que varios propietarios se comprometieran a pagar la mitad de las cuotas que los peones tenían que abonar como socios y también a fundar escuelas gratuitas para los obreros y sus hijos.[6] Una respuesta a sus requerimientos la otorgó, años más tarde, Alfredo Guzmán, propietario del ingenio Concepción, conocido por sus numerosas obras en favor de los obreros: el establecimiento de la Gota de Leche, la fundación de escuelas y bibliotecas, la asistencia médica a través de la fundación de hospitales, así como la creación de la caja de pensiones y jubilaciones y la construcción de viviendas para los trabajadores en su fábrica azucarera (Páez de la Torre, 1989). Ahora bien, los industriales se resistieron a convertir estas concesiones, de raigambre filantrópica y con clara impronta del catolicismo social, en leyes. Evitaron convertirlas en obligaciones empresariales, lo que suponía abandonar su carácter voluntario y discrecional. De esa forma, podían continuar sujetándolas al consentimiento de los propietarios.[7]
Otra temprana expresión de la visión católica frente a la cuestión social fue la del Ángel Boisdron, sacerdote dominico francés, Doctor en Teología y Ciencias Morales, quien fue designado Provincial de la Orden en Tucumán en 1894. Su figura había adquirido gran prestigio por su sólida formación filosófica y su permanente presencia en la prensa. En una conferencia titulada “La Cuestión Social”, pronunciada en 1896 en el Centro Católico de Obreros de la ciudad de Tucumán –creado bajo su auspicio–, Boisdron defendió el aumento salarial a los trabajadores, la disminución de las horas de trabajo, el descanso dominical y la prohibición del trabajo femenino e infantil. Sus posiciones, en estos puntos, superaban la visión tradicional de la institución eclesiástica respecto del pauperismo y centraban el problema del malestar social generado por la “cuestión obrera” (Boisdron, 1921, p. 22). Boisdron señalaba que ésta era considerada por la Iglesia como una cuestión moral y, por lo tanto, religiosa, ya que la moral provenía de la religión. Para el dominico, el carácter obrero del Centro hacía necesario referirse al socialismo, a los puntos de contacto que sostenía con el catolicismo en el terreno de la doctrina y, a su vez, destacar las profundas diferencias que los separaban.
Consideraba necesario reconocer los talentos y esfuerzos de los hombres dedicados a la causa socialista, la innegable realidad que ésta representaba y su continuo crecimiento. Entendía, en cambio, que el camino por el que los socialistas conducían a la humanidad era imposible y, por lo tanto, equivocado, “más su clamor de reivindicaciones es justo y oportuno” (Boisdron, 1921, p. 23). Creía en la justicia de las demandas del socialismo, especialmente las que se proponían revertir la desigualdad “monstruosa” que existía entre los hombres en cuanto a fortuna y bienestar, y la preocupación por revertir las diferencias que existían entre quienes tenían todo y aquellos a los que les faltaba lo necesario para alimentarse y vestirse. Sin embargo, consideraba que las reivindicaciones frente a las injusticias sociales no podían ser monopolio de esta ideología. Para Boisdron, el hombre católico debía alejarse del socialismo en la lucha por la justicia social, en tanto existían diferencias vinculadas con los medios y el resultado: el socialismo era ateo, condición que para el dominico lo privaba de moralidad. Criticaba también los medios de acción que utilizaban para lograr sus objetivos, especialmente el recurso a la huelga, que no consideraba injusto, pero sí peligroso. Asimismo, en su disertación reafirmó el derecho de propiedad y las diferencias jerárquicas en la sociedad: la primera porque era inherente a la naturaleza, y las segundas porque “la igualdad absoluta y jerárquica repugna a la constitución y funcionamiento del organismo social, sólo es posible la igualdad proporcional y relativa” (Boisdron, 1921, p. 24). Al mismo tiempo, reivindicó la autonomía del individuo, la familia y la sociedad religiosa contra el poder del Estado.
En este contexto de preocupaciones, Boisdron afirmaba que el cristianismo tenía un enorme poder de regeneración frente a las injusticias sociales, ya que se “esmera[ba] en reformar el corazón y en transformar el interior de los trabajadores” a través de dos instancias: la institución del matrimonio y la propagación de agrupaciones sociales y productivas (especialmente los gremios) (Boisdron, 1921, p. 34). En tal sentido, el matrimonio cristiano era importante para resolver la cuestión obrera por vía de la familia, ya que quien se comportaba bien en ella ocuparía perfectamente su lugar en la vida social. En cuanto a las asociaciones y corporaciones –como las de la Edad Media–, entendía que servían para unir al obrero y al patrón en pos del bien común. En esa ocasión, Boisdron concluyó su alocución sobre la cuestión social instando al Centro Católico de Obreros a conservar y extender la asociación, a preservar la herencia de civilización y las virtudes de los antepasados, y a ser progresistas para alcanzar un mayor equilibrio respecto a las desigualdades y conquistar una distribución más equitativa del trabajo y el bienestar.
Otro referente del catolicismo comprometido con los problemas devenidos de la cuestión social y la defensa de los obreros por sus condiciones de trabajo fue el sacerdote Salvador Villalba. Nacido en Tucumán en 1880, siguió sus estudios en la Universidad Franciscana de Roma, donde se doctoró en Filosofía y Ciencias Sociales en 1902. Posteriormente, fue Guardián del Convento, Definidor de la Provincia Franciscana e integrante de la terna para el obispado de Tucumán al morir monseñor Pablo Padilla y Bárcena.[8] Director de círculos de obreros en varias ocasiones, participó en la discusión de estos temas y los abordó en las conferencias que brindó en el Centro de Obreros de San José, fundado en 1900.[9] La prensa provincial lo presentaba como un sacerdote que no se dedicaba solo a hablar de la Divinidad y de los Santos Milagrosos, sino que “penetraba en los grandes problemas sociales que agitaban a la humanidad”.[10] En su primera conferencia, publicada en El Orden, Villalba declaró que se veía obligado a decir grandes verdades en defensa de los obreros “oprimidos por patrones despóticos y desamparados por gobiernos opresores” y deseaba que, al decir estas verdades, no se lo confundiera con los socialistas.[11]
En su segunda conferencia, señaló que “la fuerza que equilibra el mundo es el amor y que éste no existe en las relaciones del gobierno y de los patrones con la clase obrera”, y que “entre el gobierno y los trabajadores se impone el polizonte”.[12] Fustigó a los patrones por su “falta de humanidad con los obreros” y, con dureza, afirmó que en algunos ingenios “el cepo y el látigo sirven de elementos de tortura.[13] Frente a estas aseveraciones, la réplica de “un industrial azucarero” –publicada en el mismo diario– no se hizo esperar. Este anónimo empresario manifestó su asombro por las ovaciones que el orador recibiera e, irónicamente, señaló: “tenemos ya aquí implantada la cátedra del socialismo y su apóstol o propagandista es un fraile franciscano”.[14] También interpeló a los sacerdotes al preguntarles por qué no iban a la campaña a enseñar la doctrina, dado que sin ella los hombres ignoraban lo que era Dios y la moral y, sin ese conocimiento, sólo se diferenciaban de las bestias por la palabra. De allí deducía que los hombres de la campaña, al no tener moral, estaban corrompidos, porque carecían de la noción de ahorro, deber y honor. En este marco, consideraba que el castigo era justificado porque “el único medio es impresionarlo presentándole el fantasma de la mortificación de su ser (de su bestia) cuando cometa alguna falta grave y esa perspectiva no puede ser otra sin el castigo o el respeto por la persona que lo manda”. A continuación, se preguntaba: “¿se figura R.P. que cuando grupos de 20 y más peones se sublevan y van ante el patrón en actitud amenazadora pretendiendo intimidarlo, las palabras de ‘sublime amor’ bastan para reducirlos?”.[15] Su defensa del castigo también se afirmaba en la ausencia de la policía, que “no existe para algunos ingenios”, dado que ni el comisario, ni el agente estaban en sus puestos.
En su crítica a los sacerdotes que no iban a la campaña a “moralizar”, el industrial destacaba la acción de los redentoristas, que cada dos o tres años llegaban de Buenos Aires a dar misiones, mientras los frailes y clérigos tucumanos sólo atendían a la “distinguida feligresía” de la capital, que no necesitaba asistencia espiritual. En su afán de desprestigiar, el anónimo interlocutor azucarero atacó al clero al precisar que, cuando los redentoristas fueron a su ingenio, mientras ellos casaban y bautizaban, el cura párroco del departamento no dejaba salir a las gentes sin cobrarles un “estipendio” de 20 centavos diciendo que era para la Iglesia.[16]
Finalmente, el empresario azucarero terminaba su escrito señalando que
[…] si algún R. P. quiere conocer el fondo de la verdad…que venga una temporadita en este Vía Crucis que se llama ingenio y verá quiénes son los virtuosos, si los que viven dándosela de tales o los que no tienen hora para descansar, para comer, para dormir y sobre todo, sin provecho alguno.[17]
Para este anónimo escritor, el desempeño de los industriales en los ingenios era arduo y no era correspondido con retribuciones, sobre todo frente a la intención de “moralizar” a los trabajadores, quienes no conocían el ahorro y carecían de las nociones de honor y deber.
En su respuesta, Villalba desmintió la acusación de socialista que le hacía el industrial y precisó su condena frente a ese sistema, al tiempo que señaló su adhesión a las enseñanzas de la Iglesia y a los mandatos de los congresos sociales de Lieja, que proponían que los sacerdotes salieran de las iglesias y ayudaran a los proletarios frente a la dureza y avaricia de los ricos. Para Villalba, que este escritor anónimo lo tildara de socialista significaba el desconocimiento de la encíclica Rerum Novarum de 1891, que había señalado el peligro de una plutocracia que, desde arriba, agobiaba y explotaba a la multitud de proletarios. Para el franciscano, proclamar la justicia, defender los derechos del obrero, condenar la opresión y la esclavitud no era una obra revolucionaria, sino una verdadera obra social. Así, le sugirió al industrial leer la encíclica y meditarla y, si luego lo seguía llamando socialista, él se honraría de serlo, ya que significaba que seguía sus enseñanzas contribuyendo al bien de la clase “trabajadora y menesterosa”. Además, le replicaba con convicción que “el obrero tucumano sin instrucción no es una bestia, sino una persona humana con derechos y deberes, en el fondo un corazón dócil”.[18] Por ello, no sólo era necesario educarlo, sino instruirlo y lograr que perfeccionara sus facultades con la verdad y el bien. Frente a la falta de conocimiento moral y religioso de los trabajadores, hizo un llamamiento a los sacerdotes tucumanos. Específicamente, Villalba aludía a la necesidad de llegar a las escuelas e interpelaba a los sacerdotes para que incidieran en la educación en vistas a forjar un obrero sumiso, reverente y con el corazón limpio de odios y rencores.
Frente a las intervenciones de los tres sacerdotes referenciados se impone un interrogante: ¿sus argumentos eran a título individual o respondían a posiciones de sus órdenes? En el caso de Boisdron, no podríamos afirmar que su postura ante los problemas sociales se ajustara a una línea predominante en la orden dominica, ya que el pensamiento de sus integrantes no era homogéneo. Boisdron representó a un grupo comprometido con la cuestión social, que condenaba el socialismo pero que no desconocía la justicia de sus demandas. Refractario a las nociones de igualdad y de derechos de los trabajadores, pero con una gran capacidad para reconocer los problemas sociales, Boisdron apostó por la fundación de círculos de obreros y por una regeneración moral del catolicismo. Cabe destacar que durante su estadía en Friburgo, entre 1890 y 1894, se puso en contacto con las posiciones de Von Ketteler sobre la cuestión social y, finalmente, hizo suyos los principios de la encíclica Rerum Novarum de León XIII en 1891. Por su parte, Federico Grote, impulsor del asociacionismo obrero en Argentina, pertenecía a la congregación de los redentoristas, quienes eran, principalmente, misioneros. Admiraba a monseñor Von Ketteler, de quien asumió los principios de libertad, justicia y caridad. La encíclica Rerum Novarum lo motivó a trazar planes de acción social para organizar a los obreros y alejarlos del socialismo. En ese sentido, criticaba al sistema liberal, recomendaba la adhesión a la Democracia Cristiana, defendía el derecho de propiedad y sostenía la diversidad de clases y la acción moral.[19] Grote fue el único de los tres sacerdotes que, si bien no residía en Tucumán y no llegó a desplegar funciones in situ, en sus visitas a la provincia intervino en el territorio azucarero, donde logró fundar los dos únicos círculos de los que se tiene registro.
En cuanto a Salvador Villalba, la información es limitada. Sabemos que era un estudioso de la historia de los franciscanos y que tuvo una incesante actividad en favor de los pobres y los obreros. Estuvo muy relacionado con los círculos, de los que fue director en varias oportunidades. Como Grote, su actividad estuvo, al parecer, más motivada por convicciones personales que por una línea marcada por su orden. Decidido defensor de los trabajadores, desarrolló una intensa actividad política para enfrentar la propagación del socialismo en el mundo laboral. En 1907 encabezó una gran marcha católica en nombre de la Democracia Cristiana.[20] En cuanto al debate con el industrial azucarero anónimo, Villalba demostró conocimiento sobre las condiciones laborales de los ingenios y denunció las largas jornadas, la mala alimentación, la precaria situación de las viviendas, los jornales escasos y, muchas veces, el mal trato a los jornaleros. Su trabajo en los centros obreros y su adhesión a los postulados del catolicismo social lo llevaron a procurar el contacto directo con los trabajadores. Fue, asimismo, el más incisivo en las críticas a los patrones al señalarlos como los responsables últimos del sufrimiento obrero y de las injusticias sociales.
En síntesis, estas tres expresiones del catolicismo social evidencian la preocupación por la cuestión social en una provincia atravesada por la veloz expansión de la agroindustria azucarera; revelan la común preocupación por la organización de los trabajadores, pero también expresan las modulaciones y los distintos énfasis frente a los problemas obreros de la provincia. Los tres sacerdotes analizados ejercieron influencia en la Iglesia tucumana, fueron sensibles a la cuestión social y confluyeron en la necesidad de fundar círculos de obreros, con sus respectivos matices. Mientras que Boisdron sostuvo una mirada más conservadora del orden social, Villalba defendió los reclamos de los trabajadores en términos de derechos, posicionamiento que lo llevó a enfrentar a la patronal y defender la huelga azucarera de 1904. Por su parte, a partir de un vínculo más cercano con la jerarquía eclesiástica, en particular con el obispo Padilla y Bárcena, y a favor del vínculo entre obreros y patrones, las iniciativas de Grote lograron concretar la formación de círculos en el espacio azucarero, el más esquivo a esta alternativa y el que reunía al contingente más numeroso de trabajadores, quienes habían declarado la medida de fuerza de 1904 liderada por los socialistas.
El gremialismo católico y la congregación salesiana
En 1902, Grote decidió profundizar el accionar de los círculos, superar el estadio de la crítica al socialismo y encarar una acción más directa sobre el mundo del trabajo. Su objetivo era forjar líderes obreros, apostar a la formación ideológica de sus integrantes y alentar la organización de gremios profesionales que lucharan por la promulgación de leyes sociales y se instituyeran como una alternativa a las sociedades de resistencia lideradas por los socialistas y anarquistas. En función de este propósito, creó círculos de obreros y fundó la Liga Democrática Cristiana, que perduró hasta 1907. En este contexto de preocupaciones, en 1905 llegaron a Tucumán tres informantes de la Liga, visita que respondió a una recomendación emanada de su Primer Congreso sobre la conveniencia de efectuar investigaciones sobre la realidad social para estudiar las condiciones laborales en los ingenios azucareros y evaluar la posibilidad de avanzar en tareas de agremiación. El informe, publicado en la Revista del Arzobispado de Buenos Aires, ofreció un panorama desalentador de la situación obrera en la provincia, de las condiciones laborales de los trabajadores (con excepción de los ingenios Concepción y San Pablo) y de la posibilidad de iniciar en esos espacios la acción social cristiana.[21]
Otra organización inscrita en el catolicismo social, la Liga Social Argentina, fue creada en 1909 a propuesta del III Congreso Católico realizado en Córdoba en 1908. Su principal mentor fue Emilio Lamarca, antiguo militante del catolicismo de la década de 1880. La Liga Social se conformó al estilo de la Volksverein alemana, no como una asociación religiosa, sino seglar y orientada a los planos económico y social (Auza, 1984).[22] Esta institución elaboró un vasto plan de acción expresado en el impulso de numerosas publicaciones (la más conocida fue Semana Social), el dictado de conferencias públicas, la creación de centros de estudios, bibliotecas y su obra distintiva: la fundación de cajas rurales.
En la Liga se destacó la figura del “hombre de confianza”, persona que procuraba contactar nuevos adherentes y realizar un trabajo de formación sobre su grupo de influencia. Esta organización tuvo centros y seccionales en diversas provincias hasta 1919, en que fue disuelta por el episcopado. Respecto a sus relaciones con la jerarquía eclesiástica, si bien no fue rechazada, los obispos –salvo algunas excepciones– no demostraron demasiado interés en su propuesta (Auza, 1984). Entre estas excepciones se señala a Bernabé Piedrabuena, obispo de Tucumán desde 1898. Lo que sucedió con esta y otras organizaciones, cuya característica era su autonomía y perfil laico, es que no pudieron consolidar un movimiento católico masivo e influyente, en gran medida por el contraste con los planes de la jerarquía eclesiástica, cuyos objetivos –alentados por la Santa Sede– procuraban disolver esas iniciativas en un movimiento general, disciplinado y doctrinariamente ortodoxo, controlado por las autoridades eclesiásticas.
En su búsqueda de adherentes, la Liga Social recurrió a la congregación salesiana, cuya pastoral –orientada hacia lo popular– mostraba un fuerte dinamismo. La dirección de la Liga acordó con el inspector de la congregación, José Vespignani, la creación de un centro en la parroquia de San Carlos (Buenos Aires), bajo la dirección del coadjutor Carlos Conci, quien se destacaba en esta línea del catolicismo social. A partir de 1916, intentaron organizar una seccional en Tucumán, bajo el mando del director del colegio salesiano, padre Lorenzo Massa, al que consideraban “conocedor de los fines y organización de la liga y antiguo cooperador de su obra”.[23] Entre las tareas asignadas figuraba la de visitar a los adherentes, recaudar las cuotas, preparar a los “hombres de confianza” y tratar de propagar la obra de la Liga entre el elemento católico dirigente, insistiendo en la difusión y colaboración con la revista Semana Social.[24] Los resultados no fueron satisfactorios, como lo revelan las numerosas cartas enviadas, que insistían en la necesidad de reforzar las tareas iniciadas para avanzar en la expansión de la Liga, y las desalentadoras opiniones del salesiano, quien se quejaba de lo poco que se podía hacer.
Un párrafo aparte merece el coadjutor Carlos Conci, cuyas actividades y pensamientos fueron un reflejo de las posiciones salesianas para la resolución de la cuestión social. En 1896, Conci llegó como misionero desde Italia a la Argentina y, en razón de su oficio como maestro tipógrafo, se le encomendó organizar los talleres gráficos del Colegio Pío IX en Almagro (Buenos Aires). Desde muy temprano, comenzó a relacionarse con laicos y clérigos que trabajaban en el catolicismo social y a leer obras de autores europeos referidos a este tema, inclinándose por la línea del catolicismo alemán (Belza, 1963). Se abocó a impulsar las asociaciones de exalumnos y los centros de estudios sociales, creados en defensa del catolicismo contra los ataques del socialismo; fundó y dirigió la revista Restauración Social entre 1935 y 1939, editada por el Secretariado de los exalumnos; y creó un diario católico italiano, Italia, giornale político quotidiano della será, para combatir al anarquismo en los hogares de los inmigrantes italianos a los que consideraba los grupos más expuestos a su influencia (Fresia, 2016). Conci también tuvo una activa participación en la Liga Social Argentina y en la Democracia Cristiana. La estrecha relación con monseñor Miguel de Andrea, cuando en 1912 reemplazó a Grote en la dirección de los círculos, alentó su mayor participación en estos espacios. A partir de 1915, pasó a formar parte de la dirección de los círculos de obreros, previo permiso de la Casa Madre de Turín de los salesianos. Las conferencias populares, organizadas por el padre Dionisio Napal, lo tuvieron como un permanente y entusiasta orador.
Como presidente de los círculos de obreros, en 1920, se preocupó por obtener mejoras laborales para los trabajadores y participó en la elaboración del extenso proyecto de legislación obrera que los círculos presentaron en el Congreso Nacional. Colaboró, además, con la creación de la Confederación Profesional Argentina (1917) que, de corte mutualista, se proponía fomentar federaciones por oficios y gremios y actuar como base de los futuros sindicatos cristianos. Asimismo, participó en la organización del Primer Congreso de los Católicos Sociales de América Latina (1919) e intervino como delegado obrero en la VII Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (1925), a la que asistió junto con Atilio Dell’Oro Maini, uno de los delegados patronales.
A partir de 1912 se promovió la agremiación de los socios de los círculos. Para ello, se fundó la Confederación Sindical Argentina, que tenía como fin separar la acción gremial de la acción específica de los primeros. Esta organización logró formar escasos gremios, transformándose en la Confederación Profesional Argentina en 1917, como sección de los círculos de obreros y sujeta a la carta orgánica de éstos, aunque con carácter autónomo. Su fin primordial era el mejoramiento moral, económico, profesional y técnico de sus asociados. Estaba compuesta de federaciones por oficios y de aquellos gremios que, por no haber otros similares, no hubieran podido agruparse. Una nota distintiva de esta Federación es que incluyó sindicatos femeninos como el de La Cruz, integrado por fosforeras, el de empleadas y el de la aguja. La Confederación Profesional Argentina –que inició sus trabajos en Buenos Aires– intentó formar gremios en Rosario, Bahía Blanca y Tucumán. En estos trabajos de organización gremial actuaron como colaboradores los miembros de la Liga Social Argentina, quienes en Tucumán recurrieron a los salesianos.
En este contexto, en febrero de 1919 Conci se comunicó con el padre Massa, urgiéndolo a concretar la organización de gremios en los ingenios de Tucumán. Le envió una carta que contenía un cuestionario para ser entregado confidencialmente a Alfredo Guzmán, propietario del ingenio Concepción y, a través de él, a otros dueños de fábricas azucareras. El cuestionario estaba redactado en los siguientes términos:
PATRONES
1. ¿Quién vería con agrado un gremio?
2. ¿Quién estaría dispuesto a dar unas mejoras figurando que las solicita la Confederación?
3. ¿Quién permitiría que hiciéramos propaganda?
4. ¿Tendrían intención de imponer condiciones?
OBREROS1. ¿Habría 4 hombres rudos pero fieles y decididos a formar un gremio?
2. ¿En qué ingenios los habría?
3. ¿Contarían con un hombre de instrucción que los dirigiese?
4. ¿Cuántos serían en total los obreros del ingenio a agremiarse? ¿Podríamos iniciar conferencias?[25]
La carta pone en evidencia el intento de organizar gremios de trabajadores en los diversos ingenios azucareros y la disposición de la Confederación de trabajar conjuntamente con los patrones, impulsando solo aquellas mejoras que estos estuvieran dispuestos a conceder, estrategia que marca el límite de los católicos en la defensa de los intereses obreros. Conci señalaba inclusive que “si los datos enviados eran ‘certificados’, mejor”. Las propuestas del catolicismo social ante los conflictos y huelgas, tanto en la ciudad como en los pueblos azucareros, para llevar a la práctica las ideas que se venían sosteniendo sobre trabajar en el mismo campo que los “enemigos socialistas”, no asumieron como propios los intereses de los trabajadores. Por su parte, si bien para los propietarios apoyar estos gremios católicos se podía convertir en una alternativa para prevenir los conflictos y contrarrestar la acción del socialismo, su prédica no tuvo eco en el espacio azucarero. Algunos meses después, Massa solicitó a los empresarios fondos para la Confederación:
[…] ante los gravísimos problemas sociales que pesan sobre nuestra provincia… para evitar a la patria, a nuestros hogares y a la sociedad en general espantoso cataclismo estamos reunidos para fomentar el progreso y afianzamiento de instituciones que basadas en los eternos principios de la justicia y el derecho hagan posible el mejoramiento de las clases trabajadoras mediante armónicos procederes entre el capital y el trabajo.[26]
Frente a este requerimiento, una de las respuestas fue la de Juan B. Terán, referente de la generación del Centenario y rector de la Universidad Nacional de Tucumán, quien manifestó ocuparse de “preparar el terreno para la simpática y noble acción proselitista de la Confederación por la implicancia de su programa y de sus principios”.[27] Los trabajos comenzaron rápidamente en algunos ingenios, luego de la visita de Conci, presidente de la Confederación, y de los delegados Samperio y Podestá. En el informe y el presupuesto de gastos que Lorenzo Massa envió a diversos representantes de la élite y a empresarios azucareros, como Alfredo Guzmán, Juan Carlos Nougués, León Rougés y Brígido Terán, refirió que los gremios se articularían en torno a los ideales del mutualismo, el cooperativismo, las cajas de ahorro, la instrucción técnica y alentarían las conferencias sobre temas sociales y el nacionalismo. En tal sentido, para formar en los ingenios los gremios solicitó una colaboración económica de $6.000 destinada a pagar a los organizadores que vendrían de Buenos Aires. La solicitud expresó además que
Si mediara esta contribución por parte de los ingenios, no debiera trascender al público, pues podría tildarse de amarillismo a la Confederación. […] Los señores industriales deben ir preparando en cada ingenio la lista de los hombres de confianza que tengan además de honorabilidad y prendas de carácter, influencia sobre los demás.[28]
Asimismo, en 1919, en Tucumán se organizó la Comisión Provisoria de la Unión Sindical –reunión de sindicatos de oficio o rama de oficio de una localidad cuya sede no fuera Buenos Aires– dependiente de la Confederación Profesional Argentina. Su misión era formar las comisiones organizadoras con tres personas de cada oficio, quienes iniciarían el trabajo de agremiación con los obreros que se adhirieran a la Confederación Profesional Argentina; también se proponía formar en cada ingenio la comisión organizadora de sus obreros, y a los trabajadores que se agremiaran sólo se les exigía que fueran hombres honrados que no combatieran la religión ni la patria. La comisión provisoria de Tucumán quedó integrada por representantes de los colchoneros, gráficos, carpinteros, albañiles, pintores, agricultores, talabarteros, empleados, tipógrafos y sastres. Por otra parte, se constituyó la Junta Consultiva Económico-Social de Tucumán para asesorar a las instituciones de carácter social de la provincia hasta que se constituyera el subsecretariado provincial dependiente del secretariado nacional, según las resoluciones del Primer Congreso de los Católicos Sociales de América Latina.[29]
Aparentemente, este intento de agremiación por oficios fracasó. Su aceptación fue débil entre los trabajadores tucumanos, más permeables a la influencia del socialismo. Además, su impulso fue víctima de las limitaciones del sindicalismo católico, demasiado proclive a la negociación con los patrones. En este sentido, el órgano socialista La Vanguardia identificó a la Confederación Profesional Argentina como un órgano extraproletario que ocultaba la acción de agitadores clericales y de un gremialismo de sotana, que difícilmente podría emanciparse de la tutela de los patrones católicos, reacios siempre a admitir la huelga como un derecho de los trabajadores (Martín, 2000, pp. 6-20).
Ante la conmoción de los sucesos de la Semana Trágica, el episcopado inició una rápida reorganización institucional unificando bajo su dirección a todas las fuerzas católicas –sociales o piadosas– y creando la Unión Popular Católica Argentina (UPCA), a cuyo frente se ubicó a monseñor Miguel De Andrea, quien contaba con el beneplácito de Roma. Esta organización se fundó de acuerdo al modelo ya propiciado por la Santa Sede en Italia y absorbió a los sindicatos católicos y a la entidad que los nucleaba, la Unión Profesional Argentina. Las organizaciones que por sus características no pudieron ajustarse a su esquema, como la Unión Democrática Cristiana, de actividad propagandística, social y política, o la Liga Social Argentina, fueron disueltas. Al crear la UPCA, el episcopado estableció que su finalidad debía ser ajena a toda intervención en la política y orientarse a asegurar el éxito de los propósitos del catolicismo social (Di Stefano y Zanatta, 2000).
La Iglesia argentina se manifestaba preocupada por las tensiones generadas por la disconformidad de los obreros y encontraba en la aplicación de la doctrina social de la Iglesia la única posibilidad de prevenir y eliminar la rebelión obrera. En este sentido, proponía llevar a la práctica un reformismo tendiente a solucionar los problemas de vivienda, educación, sindicalización y mutualismo destinados a garantizar la paz social. Con la creación de la UPCA cambiaron algunos rasgos del período anterior. Específicamente, se clericalizó el movimiento católico social con la presencia de sacerdotes que no sólo tenían voz, sino voto para vetar resoluciones contrarias a la doctrina o a la autoridad eclesiástica. Debido a las diferencias con el proyecto de la UPCA se produjo el desplazamiento de las instituciones que, como las democrático-cristianas, propiciaban una acción gremial basada en la organización de sindicatos autónomos, insertos en el mundo obrero y sin más dependencia de la autoridad eclesiástica que su inspiración doctrinal y en articulación con un partido social que llevara a las cámaras el programa de reformas cristiano. El proyecto de la UPCA, inspirado por monseñor De Andrea, se oponía a ambos aspectos, convirtiendo a las asociaciones católicas obreras en entidades confesionales, dependientes de la jerarquía eclesiástica y descalificando la posibilidad de un partido que respondiera a los intereses obreros. En tal sentido, sólo se rescataba el valor táctico del sindicalismo católico para combatir a la izquierda.
Si bien esta organización fracasó por su escasa capacidad de iniciativa y por las diferencias entre los laicos, preparó el camino para la formación, años más tarde, de la Acción Católica Argentina. Finalmente, en 1924, con la eliminación de la candidatura de monseñor De Andrea al arzobispado de Buenos Aires, Conci también fue desplazado de la dirección del movimiento de unificación católica.
Consideraciones finales
Las propuestas de la Iglesia católica en Tucumán frente a los conflictos laborales, agudizados con el despegue azucarero a partir del último cuarto del siglo XIX, fueron dispares. La jerarquía eclesiástica, lejos de mostrar una pública y activa preocupación por la solución de los problemas sociales, orientó su atención a la lucha contra el socialismo, la escuela laica, el divorcio, el protestantismo y la masonería. Sin embargo, como analizamos en este capítulo, existieron otras voces y acciones lideradas por sacerdotes, quienes promovieron la creación de círculos de obreros, dictaron conferencias destinadas a combatir el socialismo y crearon centros de estudios con orientaciones filantrópicas y culturales. De este modo, se advierte la existencia de una corriente minoritaria dentro de la Iglesia preocupada por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, la que expresó los matices de las propuestas del catolicismo social.
Por otro lado, la débil presencia de los círculos de obreros, especialmente en el espacio azucarero, remiten a su escasa capacidad para convencer a patrones y trabajadores de organizarse y contrastan con la activa movilización del socialismo. En este contexto, se destacó el proyecto liderado por los salesianos, que intentaron organizar a la más importante fuerza laboral de la provincia, encarnada en el mundo azucarero. Los magros resultados revelaron no solo la resistencia de los obreros sino, sobre todo, los límites que encontraron entre los industriales, a quienes buscaron interpelar en primer lugar.
Las distintas miradas sobre el problema laboral en Tucumán reflejan los matices del catolicismo social y sus propuestas divergentes frente al dilema de cómo lograr un acercamiento al mundo laboral agroindustrial. Tales intentos atravesaron por diferentes etapas entre finales del siglo XIX y principios del XX, caracterizadas por la iniciativa de distintos sacerdotes, la formulación de sucesivas propuestas de organizaciones integradas por obreros y patrones, y una disímil injerencia de la jerarquía eclesiástica. En síntesis, este trabajo buscó reponer los dilemas que atravesaron al catolicismo social en Tucumán, sus marchas y contramarchas, así como ponderar sus límites.
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- Universidad Nacional de Tucumán (UNT).↵
- Federico Grote, sacerdote redentorista, nació en Munster (Westfalia) en el año 1853. Llegó a Buenos Aires en 1884 y fundó el primer círculo de obreros en febrero de 1892.↵
- Estatutos del Centro Católico de Obreros, capítulo I, Tucumán, Imp. La Moderna, 1908, p. 3. Archivo del Arzobispado de Tucumán, Argentina. Fray Pedro Zavaleta nació en Tucumán en 1868 y entró a la Orden de Predicadores de muy joven. Fue director de la cofradía del Santísimo Nombre de Jesús, del Centro Católico de Obreros y de otro Círculo que funcionaba en la sección sur de la capital. También de la Sociedad Hijas de María y del Colegio Santo Domingo. Fue fundador y director de la Sociedad Protectora de la Mujer Obrera (Roselli, 2020). ↵
- El Orden (EO), 03/06/1904. En junio de 1904, un grupo de pequeños plantadores y trabajadores del ingenio San Miguel (departamento de Cruz Alta) organizaron una asamblea para declarar una huelga en demanda de mejoras salariales pero la reunión fue disuelta por la policía. La represión y la debilidad de la organización laboral llevaron a los trabajadores a solicitar el apoyo de la Unión General de Trabajadores. El líder socialista, Adrián Patroni, buscó acordar con la patronal la suba salarial reclamada por los trabajadores, pero la negativa del propietario del ingenio fue rotunda. Llegados a este punto, la propagación del conflicto por el resto de los ingenios fue percibida como una alternativa que ayudaría a fortalecer las reivindicaciones obreras, lo que obligó a los empresarios a negociar acuerdos para lograr la vuelta al trabajo. Finalmente, bajo la mediación del gobernador Lucas Córdoba, se firmó un convenio que establecía un sueldo mínimo para los peones de ingenio de 43 pesos mensuales, pagadero de forma quincenal y en moneda nacional. ↵
- Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires (REABA), 1906, p. 950.↵
- REABA, 1908, p. 72.↵
- Guzmán aceptó en 1911 la creación del Círculo de Obreros del Ingenio Concepción “con el fin de atender, mejorar y promover el bienestar material y moral de los trabajadores del ingenio Concepción”. Entre las condiciones para ser aceptado figuraba “no estar afiliado a ninguna sociedad anticatólica ni sectaria”. Los fondos del círculo estarían formados por las cuotas mensuales de los socios activos, empleados y obreros del ingenio, por el aporte voluntario de los protectores –personas ajenas al establecimiento– y por una subvención mensual del propietario igual a la cuarta parte de las cuotas abonadas por los socios. En la comisión directiva se incorporaba un Director Espiritual, el capellán del ingenio, lo que demostraba la clara orientación católica de esta creación y la influencia de los círculos del padre Grote, en el sentido de prevenir influencias revolucionarias en los trabajadores. Reglamento del Círculo de Obreros del Ingenio Concepción, Librería e imprenta Colón, Tucumán, 1913. Archivo del Colegio Tulio García Fernández (ACTGF), Tucumán, Argentina. ↵
- La información sobre la trayectoria de Villalba es escasa. Algunos datos sobre su biografía en LG, 08/02/2012.↵
- EO, 09/03/1903.↵
- EO, 08/06/1903.↵
- EO, 04/05/1903.↵
- EO, 08/06/1903.↵
- EO, 10/06/1903.↵
- EO, 13/06/1903.↵
- EO, 13/06/1903.↵
- EO, 13/06/1903.↵
- EO, 13/06/1903.↵
- EO, 14/06/1903.↵
- Ketteler, obispo de Maguncia desde 1850, representante del catolicismo social en Alemania. Reflexionó sobre la cuestión social y reconoció el contenido económico del problema obrero, solicitó la intervención de la Iglesia católica en el campo social y defendió las acciones llevadas a cabo por los mismos obreros. Condenaba tanto al liberalismo como al individualismo económico y político.↵
- EO, 03/02/1908.↵
- REABA, 1905, p. 657. Sobre esta visita, remitimos al capítulo de Florencia Gutiérrez y Lucía Santos Lepera en esta compilación. ↵
- Creado en 1890, el Volksverein fue un movimiento de acción laical y amplia autonomía respecto del clero. Se proponía conseguir la adecuación de la organización católica a la creciente diferenciación de la sociedad moderna, mediante la especialización del laicado en diversos ámbitos culturales, laborales e institucionales. En el caso de Argentina, este espíritu confederativo no era compartido por la cúpula jerárquica, que llamaba a la unión de los católicos bajo la guía del episcopado y propiciaba un modelo eclesial centralizado y jerárquico en lugar de otro descentralizado y “disperso” (Di Stefano y Zanatta, 2000, pp. 371-72).↵
- Carta de Carlos Conci a Lorenzo Massa, 23/06/1916. ACTGF. ↵
- Carta de Mario Gorostarzu, dirigente de la Liga Social Argentina, al padre Lorenzo Massa, 25/08/1916. ACTGF.↵
- Carta de Carlos Conci a Lorenzo Massa, 22/02/1919. ACTGF.↵
- Nota de Massa a los distintos propietarios de empresas, 18/06/1919. ACTGF.↵
- Respuesta de Juan B. Terán a Massa, 06/1919. ACTGF.↵
- Carta a Alfredo Nougués, J. B. Terán, Juan Nougues, León Rougés, Brígido Terán, 23/06/1919. ACTGF.↵
- La Confederación Profesional Argentina, Documento, Caja Tucumán. Archivo Salesiano Central, Buenos Aires, Argentina.↵






