Diego Agustín Ledesma[1]
Introducción
En 1965, el pueblo azucarero de Bella Vista (Tucumán) atravesó una profunda crisis económica: su ingenio se encontraba al borde del colapso y la preocupación por su posible cierre era constante.[2] El 1 de mayo de 1968, con la participación de la Confederación General del Trabajo de los Argentinos (CGTA) y la Federación Obrera Tucumana de la Industria del Azúcar (FOTIA), la comunidad de Bella Vista organizó la tradicional celebración del día de San José Obrero. La ceremonia fue presidida por el párroco local, Francisco Albornoz,[3] y contó con la presencia de Amado Dip como parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Aunque la ceremonia debía culminar con la habitual procesión en honor al santo patrono, un gran despliegue policial se presentó a la salida de la iglesia con la orden de impedir la marcha.
A pesar de las restricciones, el párroco decidió continuar con la procesión y se colocó al frente, junto a Amado Dip, para encabezar la movilización. Sobre ese día, Dip comentó:
Un comisario nos avisa a los curas que la procesión estaba prohibida. Yo aviso desde el altar que el señor comisario prohíbe la procesión pero que el obispo no la había prohibido, por lo tanto, vamos a hacer la procesión. Había un cordón policial de unos cincuenta policías, más un grupo de policías lanzagases […] Nosotros avanzamos. Los policías cierran más el cerco, pero deben ceder a la presión. Empiezan a tirar gases. Hay escaramuzas en un sentido y en otro. Hubo un enfrentamiento impresionante. Yo también recibí lo mío. (Martín, 2013, p. 317).
La movilización de Bella Vista, que combinó elementos religiosos, de resistencia y de colaboración multisectorial, fue una de las primeras manifestaciones en las que se evidenció la participación de sacerdotes comprometidos con las comunidades golpeadas por la crisis azucarera de Tucumán.
En 1966, con la llegada al poder de facto de Juan Carlos Onganía, comenzó una nueva etapa en la historia del país. Desde años anteriores, la provincia vivía una situación social crítica debido a la recurrente crisis en su principal fuente económica: la agroindustria azucarera. Ante esta situación, el gobierno militar implementó un estricto plan de racionalización que resultó en el cierre de 11 de los 27 ingenios, lo que generó un impacto devastador a nivel socioeconómico. Frente a este escenario, diversos sectores sociales se organizaron para resistir y defender sus empleos y, con ello, la subsistencia de sus comunidades. Las acciones de resistencia fueron lideradas por los sindicatos, pero también contaron con el apoyo de otros actores que aportaron fuerza y legitimidad a la lucha. En las comunidades, los dirigentes obreros y sus sacerdotes jugaron un rol fundamental en la resistencia a las medidas impuestas por el gobierno militar.
El compromiso de un grupo de sacerdotes preocupados por la realidad económica y social de la provincia, y que vivieron de cerca el sufrimiento de sus comunidades, fue un factor clave para la formación del MSTM a principios de 1968. Este colectivo sacerdotal se consolidó como un grupo de relevancia política y se convirtió en un referente para respaldar las acciones de resistencia en las comunidades afectadas por el cierre de los ingenios.
En los últimos años, distintas investigaciones realizaron un aporte sustancial a la historiografía sobre el MSTM al avanzar en el análisis de las experiencias situadas de los sacerdotes tercermundistas en distintas escalas (Barral, 2016, 2023; Dominella, 2021; Reclusa, 2019; Santos Lepera, 2023; Scocco, 2020).[4] Estos trabajos complejizaron la mirada del MSTM y analizaron su diversidad, dando cuenta de las diferentes necesidades y demandas de las diócesis del país. De igual forma, al centrar la mirada en algunas trayectorias sacerdotales, abordaron la articulación entre la acción de los curas y las de sus comunidades, perspectiva de análisis que este texto recupera. Asimismo, este capítulo retoma los trabajos sobre la crisis de la agroindustria azucarera tucumana y el ciclo de conflictividad obrera. Especialmente, los aportes que analizaron la resistencia de los pueblos azucareros como una forma de oposición temprana a la política económica de “racionalización” (Nassif, 2016) y la participación y formas de resistencia obrera articuladas por diversos actores, entre ellos, los curas párrocos de las comunidades (Bravo, 2022; Bravo y Lichtmajer, 2019; Santos Lepera y Sánchez, 2019).
Bajo ese horizonte, este capítulo analiza la trayectoria de uno de estos sacerdotes como punto de partida para comprender los aspectos que dieron forma al movimiento. Se reflexiona sobre el papel de los curas en Tucumán, influenciados por el aggiornamento impulsado a partir del Concilio Vaticano II y el compromiso asumido con las comunidades que padecieron las consecuencias del colapso de la industria azucarera. Por otra parte, a través de la figura de Amado Dip, se busca ofrecer una visión más compleja de la dinámica del colectivo sacerdotal, concebido como un grupo heterogéneo y flexible.[5]
El capítulo se organiza en dos apartados. El primero se vincula con la renovación conciliar y la forma en la que Dip vivió los cambios que fueron dispuestos desde Roma. Consideramos que el “clima conciliar” permitió nuevas formas de vinculación entre los presbíteros y sus comunidades y habilitó pensar en un nuevo rol sacerdotal –que, en muchos casos, significó consolidar o legitimar una práctica previa–. El segundo apartado retoma la álgida situación de la provincia para dar cuenta de la participación de Dip en la resistencia de los pueblos y su papel en la conformación y actividad del MSTM.
“Una bocanada de oxígeno”. Amado Dip y el Concilio Vaticano II
Desde finales de 1950, las encíclicas papales Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963) expresaban la máxima preocupación del sumo pontífice: la Iglesia se encontraba en un estado de aislamiento y había perdido injerencia en el mundo. La primera observó la necesidad de que los países más ricos contemplasen la situación de aquellos en los que la mayoría de la población padecía miseria y hambre, advirtiendo sobre el peligro latente de caer en nuevas formas de colonialismo. En la segunda, se afirmó que existían necesidades y aspiraciones comunes de la humanidad, por encima de sus diferencias ideológicas. La encíclica reconocía como legítimas las disruptivas experiencias históricas de pueblos que bregaban por su emancipación, así como el reclamo de las clases trabajadoras orientado a mejorar sus condiciones de vida. De esta forma, a partir del pontificado de Juan XXIII (1958-1963), se esbozó un discurso alejado de la tradición apostólica de las décadas precedentes, con vistas a la construcción de una Iglesia dialogal, capaz de intervenir en un nuevo contexto diezmado por la bipolaridad ideológica y las emergentes luchas sociales, políticas y culturales (Schkolnik, 2012, p. 126).
La convocatoria a un nuevo Concilio Ecuménico resultó novedosa para algunos sectores, pero en general se percibió como necesaria. Amado Dip lo consideró un “soplo de aire refrescante para la Iglesia y una bocanada de oxígeno”, y recordaba “con emocionada alegría que Juan XXIII no aceptó que esta convocatoria fuera considerada continuidad de la última, sino una nueva que revea todo y pueda proponer cambios profundos”.[6] Justamente, el Concilio Vaticano II (CVII) se había propuesto redefinir la presencia de la Iglesia en el mundo y concebir nuevas formas de relación entre la sociedad laica y eclesiástica. Después de muchos siglos, la Iglesia católica se congregaba no con el objetivo de condenar herejías, sino para realizar una evaluación interna y renovarse (Schkolnik, 2012, p. 126). Temas tales como el papel del laicado en el mundo católico, la libertad religiosa, los cambios en las costumbres sexuales de los feligreses, el crecimiento demográfico o la inequidad en la redistribución de la riqueza, adquirieron relevancia a nivel mundial y particularmente en Latinoamérica, donde hubo importantes discusiones previas y posteriores al cierre del concilio.
En la Iglesia católica argentina, el clima conciliar se manifestó a partir de gestos y medidas tendientes al aggiornamento. La convocatoria y los posteriores decretos generaron una división en el catolicismo argentino en torno a la aplicación o no de ciertas disposiciones, como los cambios en torno a la Sagrada Liturgia o el rol que debían ocupar los presbíteros en su comunidad.[7] El uso del clergyman,[8] por ejemplo, tuvo una buena recepción dentro del clero, sin resistencias resonantes. Aun así, Amado Dip, que hacia 1965 contaba con 45 años, nunca dejó de usar la tradicional sotana; ante la consulta sobre el motivo de su actitud y si no se mostraba como un “preconciliar”, respondió: “Lo que yo quiero mostrar es que lo que debemos cambiar es la mentalidad, no las pilchas. Los cristianos debemos volver al cristianismo, convertir nuestras razones, sentimientos y aspiraciones a las de Jesús”.[9]
En efecto, el CVII implicó una transformación en la concepción sobre el rol sacerdotal y los modos en que los consagrados llevaban a cabo su ministerio. Más allá de los cambios que pudieron considerarse como superficiales, se perfiló un nuevo “modelo de cura”, en donde éstos no se encontraban en una situación de privilegios y honores apartados de la comunidad, sino dentro de ella, en contacto directo con las realidades de sus feligreses. El influyente escrito de Paul Gauthier, “Jesús, la Iglesia y los pobres”,[10] exhortaba a los obispos reunidos en concilio a volcar a la Iglesia hacia la evangelización de los pobres y al acercamiento de la curia al mundo obrero. Las disposiciones conciliares terminaron por invitar a los sacerdotes a sentirse representantes de la Iglesia de los pobres y que participaran en la condición obrera de los fieles. En tal sentido, el mismo texto del decreto Presbyterorum ordinis[11] habla del sacerdote como un hombre “puesto aparte” pero no “separado”, capaz de articular su función como representante de la Iglesia con las necesidades de una comunidad particular.
Estas disposiciones sirvieron para legitimar prácticas cotidianas. Ya desde mediados de la década de 1950, Amado Dip, como párroco en San Pío X,[12] tuvo actitudes que lo acercaron a las realidades de la barriada. Más allá de los espacios de sociabilidad que se constituyeron en la parroquia, Amado Dip tuvo gestos cotidianos que mostraron un cambio en las formas de llevar adelante el sacerdocio y una transformación respecto a la formación en el seminario. En tal sentido, resulta valioso recuperar el testimonio de los feligreses que lo conocieron:
Mi papá se puso a construir dos habitaciones grandes arriba de casa. Yo le estaba alcanzando los baldes con mezcla, él subido en el andamio […]. Y llega el cura Dip y empieza a anudarse la sotana y me dice “Teresita, vaya a bañarse, las niñas tienen que estar bien puestas”. ¡Ay, Dios mío! decía yo, ¡tierra tragame! Yo estaba descalza, toda roñosa, haciendo de capachera. Y se puso él a ayudarlo a mi papá. Me dio una vergüenza tan grande.[13] Era común que al mediodía uno se asomaba por la ventana y lo veía al cura Dip, con su bicicleta, batallando con la cadena o con la rueda. Ahí nomás salía alguien a ayudarlo y bueno, como era la hora del almuerzo ya se lo invitaba. Creo que todo lo hacía para que lo inviten a comer.[14]
Clara Fortini, vecina del barrio Ciudadela, recuerda que conoció a Amado Dip en un festival organizado por el club deportivo Redes Argentinas y que era frecuente verlo en el club Villa Luján, cuando se disputaban torneos de boxeo:
En un aniversario del club Redes, me ‘pelé’ los talones bailando milongas con el padre Dip, te estoy hablando de sesenta años atrás. Él tenía esa sotana con botoncitos adelante, viste, se la desprendía y se hacía un nudo y bailaba. Al hacerse el nudo le quedaban las piernas libres para poder bailar […] Me acuerdo cuando el Padre organizaba los torneos de Truco para recaudar fondos para la parroquia. Le gustaba, igual que a mí, ver boxeo en el Club Villa Luján, varias veces nos hemos cruzado.[15]
A partir de los testimonios, vemos que Amado Dip sostuvo una postura cercana hacia los fieles, rompiendo la imagen de los consagrados como sujetos distantes y apartados de los problemas mundanos.
Por otra parte, el clima conciliar abrió intensos debates sobre las responsabilidades de los presbíteros. Gran parte de los documentos conciliares avanzaron hacia una forma más colegiada de la institución y recortaron la autoridad diocesana, ya que obligaban a los purpurados a oficiar de “mediadores” entre los distintos grupos diocesanos, integrándolos y fomentando su participación en el gobierno eclesiástico. Los cambios hacia dentro de la institución, sobre todo en la relación entre el obispo y el clero, provocaron tensiones y conflictos entre las diversas interpretaciones (Reclusa, 2022, pp. 15-18). Ciertamente, las reticencias de parte de los obispos a aplicar las reformas conciliares generaron cuestionamientos sobre la autoridad de estos, quienes desobedecían las disposiciones de sus superiores. A principios de 1964, Pedro Wurschmidt[16] –cura párroco de San Pablo–, escribía: “¿Por qué hay tanta desconfianza? ¿Por qué el obispo cree que tiene el monopolio del saber humano y de la prudencia? ¿Por qué cree que debe mandar y gobernar sin hacernos participar?”.[17] Wurschmidt se refería a Juan Carlos Aramburu, obispo de Tucumán entre 1957 y 1967 –previamente obispo desde 1953–,[18] quien se había mostrado reticente a incorporar las reformas del CVII, manteniendo disputas con algunos sacerdotes.
La relación de Amado Dip con la jerarquía eclesiástica en las décadas de 1950 y 1960 fue cercana pero no estuvo liberada de tensiones. Dip reconoció la buena relación que mantuvo con el arzobispo Aramburu, actuando como “consultor” cuando necesitaba saber qué pasaba en algún lugar conflictivo. Por otro lado, endilgó en él una falta de compromiso con su participación en el concilio e, incluso, una deficiente comprensión sobre lo que éste implicaba:
Yo le escribí en latín un documento sobre Iglesia y la Cena del Señor, que él propone al Episcopado, y el Episcopado lo asume como propio y en su nombre lo presenta Aramburu en la sesión conciliar […] Aramburu no entendía qué se discutía en el Concilio. (Martin, 2013, p. 311).
Tanto las palabras de Wurschmidt como las de Dip dejan entrever la consideración que tenían del Concilio, contrastada con la figura del arzobispo, quien ordenó un riguroso estudio de las disposiciones conciliares antes de avanzar en algunas de las reformas.[19] Los modos en que los curas párrocos entendieron el proceso de aggiornamento, ligado a las posturas renovadoras y enfrentadas a las disposiciones de la jerarquía, aunó posiciones que, luego, se tradujeron en una participación directa en la escena provincial.
“Nuestra fuerza será luchar unidos…”. Un sacerdote para el Tercer Mundo
En agosto de 1966, el gobierno de facto de Onganía declaró la intervención, el cierre y el desmantelamiento de siete ingenios situados en la provincia de Tucumán. Como sostiene Bravo, se destruyó “la fisonomía económica y social azucarera que sustentaba el movimiento de los pueblos conformados en torno a los ingenios con sus pequeñas industrias y actividades conexas” (Bravo, 2022, p. 224). La resistencia desplegada contó con la participación de múltiples actores. El perfil mediador de los sacerdotes adquirió preponderancia en este contexto, marcando el tono de su acción pastoral y el modo en que esta se desarrolló en el seno de los pueblos. Los curas párrocos, en particular, respaldaron e impulsaron la acción colectiva de sus comunidades, estrechando lazos con los líderes sindicales y los referentes locales. A su vez, el espacio de acción de los curas se amplió debido a la vacante en el arzobispado, originada tras la designación de monseñor Aramburu como obispo coadjutor de Buenos Aires en junio de 1967. Esto permitió la asunción temporal del vicario capitular Víctor Gómez Aragón, quien ejercía dicho cargo desde 1953.[20]
En este contexto social convulsionado, en noviembre de 1967 tuvo lugar el “Congreso de la Civilidad”, una convocatoria multisectorial organizada por las 62 Organizaciones. El orden del día de esta primera reunión se centró en el análisis de la problemática económica y social, sus efectos, proyecciones, la inflación y sus consecuencias. Esta se llevó a cabo en las instalaciones de la FOTIA, con la participación de representantes de partidos políticos, sindicatos, agrupaciones estudiantiles y asociaciones vecinales. En dicha reunión, Amado Dip fue elegido por unanimidad como presidente de la asamblea.[21] La sesión continuó al día siguiente, donde los asistentes coincidieron en un pronunciamiento destinado a expresar el desacuerdo con las autoridades nacionales en la conducción de los problemas socioeconómicos, “proponiendo que las mismas se sometan a un plebiscito popular para pulsar el pensamiento nacional con respecto a la tarea que vienen cumpliendo”. En la misma, el ex gobernador Lázaro Barbieri ofreció una síntesis al expresar que en la reunión se había efectuado una “radiografía en profundidad del país y de la situación económica provincial”,[22] pidiendo, a su vez, que el Congreso tuviese carácter permanente.
La constante actividad del “Congreso de la Civilidad” y su capacidad para convocar diversos sectores lo convirtieron en un espacio clave para el debate multisectorial, facilitando la articulación de la resistencia frente a las políticas de racionalización del gobierno. Tanto así que, en el congreso extraordinario que convocó la FOTIA en diciembre del mismo año, se recomendó continuar reuniéndose con gremios no azucareros, especialmente en el marco del Congreso de la Civilidad, con el fin de lograr actividades concretas en defensa de la economía provincial y buscar un mayor y mejor acercamiento entre los sectores sociales. Una segunda sesión se concretó en febrero de 1968. Al igual que la anterior, fue presidida por Dip y en ella participaron sindicatos y representantes de diferentes organizaciones. En este caso, el Congreso ratificó su adhesión a los requerimientos planteados por FOTIA de
[…] una plena molienda en 1968, el funcionamiento de los 19 ingenios que aún están, establecimiento de un régimen para la zafra de ese año de forma oportuna y adecuado levantamiento del congelamiento de fondos, la restitución de la personería gremial a FOTIA, y la suspensión de todo despido en la región durante cinco años.[23]
Este congreso, en ambas sesiones, expresó las iniciativas que surgieron con el fin de nuclear a obreros, sectores de la iglesia católica y a otras organizaciones sociales con el objetivo de enfrentar la política de Onganía. Con ese objetivo, se articuló como un espacio de encuentro y discusión para los distintos actores sociales, donde llegaron a acuerdos y se forjó cierta unidad entre las organizaciones políticas, obreras y estudiantiles. La presencia y elección de Amado Dip como presidente del Congreso subraya su relevancia en la escena provincial; su figura como párroco en Ciudadela y su cercanía con la jerarquía eclesiástica aportaron solidez a las discusiones. Su papel de mediador, con conexiones tanto hacia arriba como hacia abajo, fue crucial en este proceso. Desde inicios de la década de 1950, Dip se desempeñaba como prosecretario del obispado y continuó en el cargo bajo el arzobispado de Aramburu. No obstante, las tensiones surgidas a raíz de la implementación de algunas reformas conciliares, como la creación del Consejo Presbiteral,[24] provocaron cierto distanciamiento con la alta jerarquía de la diócesis. Para 1967, la llegada temporal de Gómez Aragón como vicario capitular brindó mayor libertad de acción a los sacerdotes reformistas, cuya experiencia como párroco del interior y la naturaleza provisional de su cargo lo acercaron a los curas renovadores, permitiendo intervenciones públicas en oposición a las políticas gubernamentales (Santos Lepera y Folquer, 2017, p. 105).
Por otro lado, el Congreso marcó un avance significativo en la actividad de Amado Dip. Si hasta 1966 su labor social se limitaba al ámbito parroquial, con el “Congreso de la Civilidad” su protagonismo tomó otra escala, influido por lo que ocurría en los pueblos del interior de la provincia y por su participación directa en las movilizaciones sociales en defensa de los empleos y de la supervivencia de las comunidades. Esta forma de involucrarse fue una respuesta directa a la situación provincial. Las resistencias en los distintos pueblos, aunque similares en ciertos aspectos, variaban en sus particularidades. Mientras los objetivos eran los mismos –evitar el cierre de los ingenios y mantener su actividad productiva–, los resultados fueron diversos: algunos ingenios cerraron y fueron desmantelados por decreto, mientras que otros experimentaron despidos masivos (Bravo, 2022). Como consecuencia de la dinámica que asumieron las protestas y el fortalecimiento de las Comisiones Pro Defensa en los pueblos, Dip estrechó sus vínculos con párrocos locales como Francisco Albornoz en Bella Vista, Pedro Wurschmidt en San Pablo y Fernando Fernández Urbano[25] en Villa Quinteros.
Estos lazos, reavivados por la crisis azucarera, fueron clave para la formación del MSTM en Tucumán. A inicios de 1968, confluyeron varios factores: el proceso de aggiornamento de la Iglesia católica, el colapso económico y social en la provincia, la vacante en la máxima autoridad de la arquidiócesis y la existencia de un grupo de sacerdotes comprometidos con el apoyo a las comunidades en sus luchas. El puntapié inicial ocurrió tras la protesta de enero en el ingenio de San Pablo. El 7 de enero de 1968, una movilización comunitaria surgió en respuesta al despido de un centenar de trabajadores. La protesta, que comenzó con una misa dirigida por el vicario Raúl Sánchez en el local sindical y culminó en la parroquia del pueblo, recibió atención tanto de la prensa provincial como nacional. Los sacerdotes del pueblo apoyaron a los obreros con un enérgico discurso opositor a las políticas del gobierno y de los empleadores. Según Gutiérrez y Santos Lepera, este evento fue una “emblemática expresión” de las protestas, impulsadas por la participación y la convergencia de diversos actores locales (Gutiérrez y Santos, 2022, p. 138). En ese contexto, Pedro Wurschmidt, párroco de San Pablo, convocó una reunión para “tomar posición sobre el problema de la desocupación y la pobreza”, a la cual asistieron sacerdotes de las parroquias cercanas a los ingenios, Amado Dip –cuya parroquia estaba en la capital provincial– y el vicario capitular. Entre las decisiones tomadas figuró la adhesión al Manifiesto de los obispos del Tercer Mundo.[26]
Como recordó Dip, Wurschmidt fue el primer contacto para organizar el MSTM en la diócesis de Tucumán: “Cuando recibimos la invitación, ya había un grupo muy fuerte con experiencia en apoyar a las comunidades y a los sindicatos que resistieron el cierre de los ingenios” (Martín, 2013, p. 308). Así, este grupo de sacerdotes se constituyó como una respuesta directa a la crisis social derivada del conflicto azucarero y el conflicto en San Pablo fue el detonante para su formación. Además, el MSTM sirvió como un espacio de apoyo que canalizó experiencias previas y proporcionó coordinación y legitimidad a las declaraciones y acciones de los sacerdotes comprometidos.
Desde su creación, Amado Dip se integró al MSTM y, desde ese momento, sus actividades estuvieron íntimamente ligadas a la acción colectiva. Ocupó el cargo de secretario regional del MSTM de manera constante desde 1969 hasta 1973, año en que se celebró el último encuentro nacional.
La intervención del MSTM en la provincia solía comenzar con la denuncia de un conflicto mediante una carta firmada por los sacerdotes. Estas publicaciones generaron gran impacto en la sociedad, provocando tanto reacciones a favor como en contra, pero logrando el objetivo de dar visibilidad a la situación. Esta estrategia fue clave para abordar los conflictos, asegurando que fueran conocidos y fortaleciendo lazos con las comunidades afectadas. Las cartas y declaraciones del grupo se publicaban en el diario La Gaceta, el más influyente de la provincia, con el fin de comunicar la posición de los sacerdotes tercermundistas ante los sectores gubernamentales y los poderes establecidos. A partir del conocimiento de un conflicto local, los sacerdotes expandieron su discurso hacia una crítica más amplia de las estructuras de poder. Este enfoque dotaba a sus declaraciones de una sólida base argumentativa, fundamentada en las encíclicas papales, especialmente en Populorum Progressio, que se convirtió en un argumento esencial para las luchas sociales. En estas declaraciones, además de visibilizar los problemas locales, las críticas se extendían hacia la coyuntura nacional. A finales de los años sesenta, los sacerdotes no solo denunciaban los conflictos locales, sino también los males intrínsecos al sistema capitalista y a la dictadura de la “Revolución Argentina” (Touris, 2021, p. 203). El 8 de marzo de 1969, trece sacerdotes[27] publicaron un “compromiso de solidaridad” en apoyo a la lucha del pueblo de Bella Vista, donde sostuvieron que la marcha “representa el movimiento de todos los pueblos oprimidos”:
[…] debemos luchar por la justicia y estar presentes allí donde hay un prójimo necesitado o maltratado […] Como miembros de ese pueblo que sufre, reafirmamos luchar no como autoridad, sino como hombres y cristianos para que respiremos un clima de seguridad y optimismo.[28]
El discurso de los sacerdotes resulta revelador, ya que retomaron la idea conciliar su rol como “miembros del pueblo”. Esto les permitió construir un papel mediador que asumieron de manera explícita cuando, en un mensaje dirigido a los trabajadores el 30 de abril de 1969, aclararon: “no somos sustitutivos de nadie ni buscamos liderazgos demagógicos, solo pretendemos cubrir humildemente los vacíos provocados por la injusticia, la traición y la cobardía”.[29] Los sacerdotes se posicionaron en abierta resistencia y oposición, integrándose como parte de un colectivo más amplio, sin renunciar a su identidad clerical. Esto los colocó en una posición intermedia entre el poder político y las comunidades.
Al mismo tiempo, se procuró “acompañar con la acción” lo expresado en público. En palabras de Amado Dip: “defender a los pueblos de los ingenios a los que les quitaban los medios de subsistencia, cuidar la vida y la práctica de nuestras parroquias y de nosotros mismos” (Martín, 2013, p. 307). Así, las palabras de los curas se tradujeron en acciones concretas en los pueblos, “poniendo el cuerpo” junto a las comunidades.
En los pueblos azucareros de Bella Vista, Villa Quinteros y Los Ralos, Amado Dip participó activamente, acompañando a los párrocos locales y actuando en nombre del MSTM.[30] Su presencia fue fundamental en las manifestaciones de resistencia, donde permaneció junto a los sacerdotes de cada comunidad. Los eventos siguieron un patrón similar: en Bella Vista y Villa Quinteros, las protestas comenzaron con una misa en la iglesia local, mientras que, en Los Ralos, esta tuvo lugar en el patio del sindicato. Posteriormente, se llevó a cabo una procesión hacia las puertas del ingenio. En las concentraciones finales, Amado Dip fue uno de los oradores principales.
Las acciones de los sacerdotes en el contexto de la crisis azucarera en Tucumán evidenciaron su rol clave como mediadores y agentes de articulación entre distintos sectores sociales. La convocatoria al Congreso de la Civilidad y el surgimiento del MSTM reflejaron la capacidad de estos actores para incidir en la resistencia frente a las políticas gubernamentales, trascendiendo los límites de la acción parroquial para integrarse en dinámicas colectivas más amplias. La experiencia de Amado Dip forjó un rol comprometido, que supo combinar su legitimidad eclesiástica con una activa participación en las luchas sociales. Estas experiencias no solo consolidaron un modelo de intervención pastoral adaptado a las urgencias del contexto provincial, sino que también evidenciaron la capacidad de los sacerdotes para vincular el pensamiento conciliar con las demandas de la comunidad y asumir una posición crítica frente a las estructuras de poder.
Consideraciones finales
En el contexto de la crítica situación que vivió la provincia de Tucumán durante los años sesenta, este capítulo abordó la trayectoria y el compromiso del sacerdote Amado Dip. Desde su ordenación, Dip mantuvo una activa participación, primero en la parroquia de Ciudadela y, luego, ampliando su labor más allá de los límites parroquiales, especialmente acompañando las acciones de resistencia frente al colapso de la industria azucarera. El Concilio Vaticano II, el golpe de Estado de 1966 y la compleja situación provincial reforzaron su compromiso, impulsándolo a participar en espacios multisectoriales como el Congreso de la Civilidad, donde se debatió sobre la crisis de los pueblos azucareros amenazados por el cierre de los ingenios.
En 1968, se formó el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, un colectivo al que Dip se unió rápidamente. En Tucumán, la actividad del MSTM estuvo estrechamente vinculada a la situación de las comunidades azucareras. A diferencia de otras diócesis, donde el protagonismo del MSTM creció a medida que aumentaban las tensiones políticas y religiosas desde 1970, en Tucumán, el mayor impacto y visibilidad de los sacerdotes ocurrió entre 1968 y 1969, cuando la crisis económica y social alcanzó su punto culmen. A partir de 1970, la actividad del movimiento comenzó a declinar, coincidiendo con la disminución de la conflictividad en los pueblos. El MSTM actuó como un espacio que reeditó vínculos previos entre las comunidades y sus párrocos, al igual que entre los mismos clérigos, y sirvió de plataforma para robustecer las demandas y los pronunciamientos de los sacerdotes.
Como secretario regional del MSTM, Dip logró ampliar su margen de actuación, fortaleciendo al movimiento con sus intervenciones y contribuyendo a aumentar la visibilidad del grupo sacerdotal. Su influencia se manifestó a nivel discursivo, a través de la publicación de cartas y declaraciones que denunciaban la crisis y señalaban las causas del colapso azucarero. Este liderazgo de Dip permitió conectar experiencias y realidades geográficas, lo que ayudó a visibilizar las denuncias sobre la crisis provincial.
A partir de la asunción de Conrero como arzobispo de Tucumán en 1968, el margen de acción de los sacerdotes renovadores se vio cada vez más acotado. Sin embargo, para evitar tensiones, Conrero buscó establecer un diálogo con el grupo de sacerdotes comprometidos.
A partir de los años setenta, a diferencia de otras diócesis donde el colectivo sacerdotal ganó notoriedad –especialmente en Buenos Aires con la presencia de Carlos Mugica–, tanto el MSTM de Tucumán como los sacerdotes involucrados comenzaron a perder protagonismo conforme disminuyó la conflictividad en los pueblos azucareros. Desde ese momento, las actividades de Amado Dip se concentraron nuevamente en su labor parroquial en San Pío X, con un enfoque más territorial vinculado a la realidad de la capital provincial.
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- Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES). Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).↵
- Desde finales del siglo XIX, la historia socioeconómica de Tucumán estuvo ligada a la agroindustria azucarera. En algunos casos, el establecimiento de ingenios a lo largo de la provincia incentivó la formación de pueblos circundantes; en otros, las fábricas fueron “polos de atracción” que dinamizaron la vida económica y modelaron las formas de sociabilidad de poblaciones existentes. En la configuración de los “pueblos azucareros”, el ingenio, y su actividad productiva, se volvió un punto neurálgico a la que se sumaron la presencia del Estado y la experiencia social, particularmente la agencia de vecinos y las diversas iniciativas públicas que delinearon sentidos de pertenencia (Gutiérrez y Santos Lepera, 2019). Si bien las crisis de sobreproducción constituyeron una característica cíclica de la actividad azucarera argentina, entre 1965 y 1970 se desató un colapso productivo que destruyó un modo de producción azucarero –cifrado en la presencia de pequeñas y medianas unidades fabriles– a partir del cierre del 40% del parque industrial y generó la mayor crisis social en la historia provincial, con la expulsión de millares de cañeros, el desempleo obrero y el cierre de casas comerciales conexas con la industria azucarera. La caída de la población reflejó la emigración de alrededor de 200.000 personas y la desolación de los pueblos azucareros, situados a la vera de los ingenios cerrados (Bravo, 2022, pp. 22-29).↵
- Francisco Albornoz fue ordenado sacerdote en 1945 y designado párroco de Bella Vista en 1958, cargo que mantuvo hasta su fallecimiento en 1996. Si bien fue cercano a las posturas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y compartió algunas de sus declaraciones –especialmente las referidas a Bella Vista–, no fue miembro explícito, sosteniendo un bajo perfil abocado a la defensa de su comunidad (Nencini, 2018).↵
- Un aporte temprano lo realizó Iris Schkolnik (2008) en su tesis de licenciatura, en la que abordó el lugar que ocupó el MSTM de Tucumán en los conflictos entre el movimiento obrero y el gobierno a raíz del cierre de los ingenios azucareros.↵
- Sobre el abordaje de trayectorias o historias de vida pueden verse, entre otros: Bruno (2016); Levi (2003); Serulnikov (2016).↵
- Entrevista del autor a Julio Marteau y “Betty” Fernández de Marteau. 20/10/2022, Tucumán.↵
- La historiografía en torno al CVII ha marcado una división analítica del clero argentino entre “conservadores” o “preconciliares” –sectores reticentes a aplicar las disposiciones del Concilio– y “progresistas” o “conciliares”. Estudios recientes buscaron matizar estas miradas y poner en escena la multiplicidad de interpretaciones de los actores a partir del estudio de experiencias situadas en las diversas diócesis del país. Pueden verse, entre otros: Barral (2024); Dominella (2021); Reclusa (2022).↵
- Conocido también como “cuello sacerdotal”, implica el uso de un pantalón y una camisa en colores oscuros en reemplazo de la sotana. Fue una de las primeras disposiciones conciliares que se reglamentó en la Arquidiócesis de Tucumán y el obispado de la Santísima Concepción, ambos en la provincia de Tucumán. ↵
- Entrevista del autor a Julio Marteau y “Betty” Fernández de Marteau. 20/10/2022, Tucumán.↵
- Paul Gauthier fue un sacerdote francés residente en Nazaret que, haciéndose eco del mensaje de Juan XXIII, quien había marcado como objetivo del CVII construir una “Iglesia de los pobres”, redactó una influyente y debatida carta donde denunciaba que “la Iglesia estaba instalada en las ciudades pero ausente en las periferias populares” y que “la clase obrera nunca entró en la Iglesia porque nunca ha sido evangelizada por dentro”, invitando a discutir la problemática del aislamiento de la curia respecto a las comunidades, y conformó, en el Pontificio Colegio Belga de Roma a días de iniciado el Concilio, el primer grupo de obispos en vistas de cumplir ese objetivo. De este grupo, entre otros, fueron partícipes los brasileños Helder Cámara y Jean Da Mota –firmantes del “Manifiesto de los 18 obispos del tercer mundo” en 1967, documento base en la conformación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo– (Azcuy, 2023). ↵
- Pablo VI, Presbyterorum Ordinis, decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los sacerdotes.↵
- Ubicada en el barrio Ciudadela de San Miguel de Tucumán. Sector de importante dinamismo social para ese entonces, al encontrarse el mercado de Abasto y la sede el Club Atlético San Martín de Tucumán.↵
- Entrevista del autor a Teresa Auvieux de Martínez Zuccardi. 15/06/2022, Tucumán.↵
- Entrevista del autor a María Lilia Auvieux. 23/06/2022, Tucumán.↵
- Entrevista del autor a Clara Fortini. 02/09/2021, Tucumán.↵
- Pedro Wurschmidt fue ordenado sacerdote en 1950 y designado párroco del pueblo azucarero de San Pablo (Tucumán) en 1954. Fue el único sacerdote tucumano en asistir al primer encuentro nacional del MSTM y principal impulsor del movimiento en la provincia.↵
- Cuadernos personales de Pedro Wurschmidt, Tucumán, 7 de febrero de 1964, IIH-UNSTA (como se citó en Santos Lepera, 2023, p. 122).↵
- Juan Carlos Aramburu nació en Reducción –Córdoba– en 1912. Entre 1924 y 1930, cursó sus estudios de Humanidades y Teología en el Seminario Conciliar de Córdoba y fue enviado al Colegio Pío Latinoamericano de Roma –Italia–, donde se ordenó sacerdote en 1934. Al año siguiente, en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma obtuvo los doctorados en Teología y Derecho Canónico. A su regreso al país, cumplió labores parroquiales en su Córdoba natal y educativos en el Seminario Metropolitano. En 1946, el papa Pío XII (1939-1958) lo preconizó como obispo auxiliar de Tucumán. En 1953, tras el fallecimiento del obispo Agustín Barrere (1930-1952), tomó posesión de la sede episcopal, siendo uno de los obispos más joven del episcopado argentino. Participó de todas las sesiones del CVII y en 1966 fue trasladado como obispo auxiliar, con derecho a sucesión, en la arquidiócesis de Buenos Aires.↵
- Boletín Oficial de la Arquidiócesis de Tucumán, marzo-abril de 1966.↵
- Gómez Aragón nació en Monteros, Tucumán. Su carrera sacerdotal estuvo vinculada principalmente a la labor parroquial en pueblos del interior de la provincia. En 1953 fue designado vicario capitular por Juan Carlos Aramburu, al inicio de su obispado. ↵
- Al Congreso de la Civilidad asistieron representantes políticos como el ex gobernador de Tucumán Lázaro Barbieri y el ex presidente del Senado de Tucumán Jorge Fiad, integrantes del movimiento peronista, de la Unión Cívica Radical Intransigente, del Partido Comunista, representantes de los distintos sindicatos de ingenios y de centros de estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán. El único sacerdote que tomó la palabra fue Amado Dip. La Gaceta (LG), 25/11/1967.↵
- LG, 26/11/1967.↵
- LG, 25/02/1968.↵
- El consejo presbiteral es un organismo diocesano previsto por el Concilio Vaticano II, compuesto por sacerdotes, como representantes del presbiterio de la diócesis, que tiene como tarea aconsejar y ayudar al obispo sobre los diversos temas que afectan a la pastoral. ↵
- Fernando Fernández Urbano fue ordenado sacerdote en 1949. Desde 1953 fue párroco en Villa Quinteros, hasta que fue trasladado a fines de 1969.↵
- El Manifiesto de los Obispos del Tercer Mundo fue un documento firmado por 18 obispos de América, Asia y África a iniciativa del arzobispo brasilero Helder Cámara, con el propósito de aplicar en sus regiones la Encíclica Populorum Progressio.↵
- Pedro Wurschmidt y Raúl Sánchez de San Pablo; Juan Ferrante, fraile dominico; Fernando Fernández Urbano de Villa Quinteros; Francisco Albornoz de Bella Vista; Federico Lagarde de Campo Herrera; David Dip, Roque Carmona y René Nieva de Tafí Viejo; Manuel Ballesteros de Lules; José García Bustos de la arquidiócesis de Tucumán y Amado Dip de San Pío X. ↵
- LG, 08/03/1969.↵
- LG, 30/04/1969.↵
- Las acciones de resistencia de los casos mencionados fueron analizadas previamente en Ledesma (2023).↵






