Un perfil de sus socios entre finales del siglo XIX y comienzos del XX
Sabrina Asquini[1]
Introducción
En las décadas finales del siglo XIX, se produjeron cambios notorios con respecto al lugar de lo religioso en la sociedad. El proceso de secularización implicó continuas disputas entre distintos grupos sociales por establecer los límites de esos cambios, corregirlos o incluso evitarlos. En ese período, en Argentina, bajo el impulso del modelo agroexportador y de la llegada masiva de inmigrantes tuvo lugar un acelerado fenómeno de urbanización y la estructuración de una nueva sociedad burguesa. Por aquellos mismos años, entre la euforia y confianza en el progreso nacional, despuntó la llamada cuestión obrera, exhibiendo la otra cara del modelo: la desigualdad social y la miseria en la que vivían las grandes mayorías.
Todo esto tuvo sus repercusiones también en el ámbito religioso y, justamente, en ese marco se desarrolló localmente una corriente social dentro del catolicismo que se propuso intervenir en la esfera del trabajo para dar respuesta a los problemas que de allí surgían y contener el avance de las militancias de la izquierda que daban por entonces sus primeros pasos en el país. La acción social católica fue practicada como un ejercicio integral que abarcaba distintos aspectos de la vida de sus miembros. Los adherentes del catolicismo social en el país se aglutinaron, en un principio, alrededor de los círculos de obreros (1892), núcleo de la actividad social católica por algunas décadas. Dada su importancia, existen valiosas investigaciones sobre la historia de esta institución que relevan cuestiones diversas a escala local o regional.[2] Según algunas cifras disponibles, aunque se trató de una institución con arraigo a lo largo del territorio nacional, la mayor cantidad de socios se concentró en Capital Federal, en las provincias de Santa Fe –con especial presencia en Rosario–, Buenos Aires, Entre Ríos y, en menor medida, Córdoba, Tucumán y Salta.[3] Su objetivo era implicarse activamente en un proyecto de pacificación social de la mano de una (re)catolización de la clase obrera y por ello se dirigían a los trabajadores varones a fin de disputárselos, organizativa, cultural y políticamente, a las izquierdas.
Los círculos de obreros conformaron una federación de centros autónomos con dos órganos nacionales: la Junta Central de Gobierno –de carácter ejecutivo– y el Consejo General –que intentaba ser federativo–. Ambos se reunían en la ciudad de Buenos Aires y, por eso, en el caso del Consejo, éste contó con una mayor representación de los centros más próximos. Cada círculo, a su vez, estaba integrado por varones adultos de diferente condición social, sin distinción de origen ni exigencia de fe. La pertenencia al catolicismo no fue, al menos en su etapa inicial, un requisito para ingresar en los círculos de obreros, aunque sí existían mecanismos que inducían el cumplimiento de algunos de los sacramentos y promovían ciertas prácticas religiosas.
Como solía ocurrir con las asociaciones de socorros mutuos, esta institución distinguía tres tipos de socios: honorarios, protectores y activos; más adelante, se incluyeron los socios efectivos –madres y esposas– y los agregados –hijos e hijas– (Asquini, 2022). Los socios protectores eran quienes prestaban colaboración material, y los honorarios, su apoyo moral. Estos socios tenían prestigio y status social elevado y, en general, al menos en los centros de la ciudad, poca presencia en la cotidianidad de los locales. Mientras tanto, los socios activos gozaban del conjunto de los derechos y obligaciones de la organización, uno de cuyos intereses específicos consistía en brindar en sus locales espacios de sociabilidad y esparcimiento decente, a fin de que miembros de diversa procedencia social pudieran relacionarse de forma pacífica. Aun cuando la familia obrera no estuviese del todo presente en la institución, la acción benéfica del círculo –al menos, en teoría– debía fluir hacia los hogares a través de sus socios. En su perspectiva, la conversación familiar, el buen ejemplo y la instrucción religiosa producían “halagüeños resultados, que del Círculo trascienden hasta los hogares y reforman las condiciones morales de las familias” (Círculo Central, 1895, p. 5). De manera que, a pesar de la clara impronta masculina, la reforma de la conducta y la moral de sus socios también aspiraba a abarcar a la familia obrera. Para ello, brindaba instrucción formal e informal, conferencias sobre temas sociales y religiosos, asistencia espiritual y material en caso de enfermedad y muerte.[4]
En tal línea de acción, el mundo de los trabajadores de la ciudad de Buenos Aires se convirtió en un escenario privilegiado de estas experiencias. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, nos encontramos allí con actores diversos –tales como católicos, socialistas, anarquistas, librepensadores, liberales reformistas– que propusieron, cada uno a su modo, modelos de sociedad y formas de actuar, pensar o sentir diferentes. En el presente capítulo se intenta delinear las características más salientes de los círculos de obreros de la Capital Federal y otorgar contenido específico a la ya clásica definición de su carácter policlasista. Así, mediante la apelación a algunas pocas fuentes disponibles que pueden iluminar diversos aspectos de la base societaria, se busca hacer dialogar el perfil que quisieron darle sus organizadores, en el marco de los objetivos de la institución, con la mirada que delinearon sus principales oponentes políticos.
Los círculos de obreros en la ciudad de Buenos Aires
Para todos hay sitio. Vean lo que sucede con la religión. Aquí están todas. Nadie estorba a los demás y se observa que ni Mahoma ni Jesús han llegado a modificar ninguna cotización de bolsa. Se respeta al judío, al protestante, al metodista. A nadie incomoda cierto tufillo a fraile bastante esparcido en la capital, porque se sabe que las creencias son sentimientos […] Todos son hombres hechos, a imagen y semejanza de Dios, cualquiera sea su Dios. Entonces el Gobierno civil ampara y protege al hombre y esto sin esfuerzo como un derivado lógico de progreso. Lo ampara en todos sus derechos. (Sicardi, 1894).
Hacia el final de la centuria, la ciudad de Buenos Aires, junto con sus zonas próximas, se había convertido en el principal centro productor de bienes y servicios del país. Allí se concentró una gran cantidad de población, así como la mayor actividad organizativa de las y los trabajadores, de las izquierdas y de una relevante cantidad de asociaciones católicas. Dicha actividad estaba dirigida a mitigar los males sociales que había atraído la estructuración de una sociedad desigual moldeada por un capitalismo agroexportador dependiente. La heterogeneidad, el cosmopolitismo y el optimismo, propio de una urbe en pleno desarrollo, pronto darían lugar a profundas dudas sobre la posibilidad de integrar culturalmente a los extranjeros y surgirían importantes temores frente al porvenir.
Tal como ilustra el epígrafe, en la ciudad convivían personas de diferentes credos, con mayores o menores niveles de armonía y conflicto. Aunque los distintos censos arrojaban una amplia mayoría a quienes se definían o eran definidos como católicos, había también protestantes –anglicanos, presbiterianos, metodistas, entre otros– judíos, musulmanes, maronitas, ortodoxos y algunos que se declaraban sin fe.[5] En este marco, a la hora de analizar el surgimiento y desarrollo de los círculos de obreros, no debe dejarse de lado cómo la jerarquía eclesiástica valoraba la religiosidad de los católicos de la ciudad. En 1907, el arzobispo Mariano Espinosa, en un informe confeccionado a pedido de la Santa Sede sobre la situación del catolicismo en Buenos Aires, describía las creencias de los inmigrantes de reciente arribo.[6] En su opinión, los inmigrantes eran fundamentalmente personas adultas que traían “bien cimentada su respectiva fe”. La mayoría de ellos eran de origen latino y primaba la fe católica. Aunque, aclaraba, sufriría “una cruel decepción” quien se imaginara que “todos esos católicos lo [era]n en la práctica”, ya que no todos quienes se declaraban católicos “lo eran en realidad”. El número de creyentes, según él, era menor que el registrado por los censos, ya que primaban los “indiferentes prácticos”. Espinosa discutía la idea de que era allí donde se perdía la fe, pues quienes así lo quisieran podían practicarla con la misma facilidad y amplitud que en Europa. Por otro lado, añadía que no era únicamente en la ciudad donde los inmigrantes se hacían “socialistas o anarquistas”, sino que muchos llegaban “imbuidos de esas doctrinas avanzadas desde sus tierras” (Espinosa, 1907, p. 4).
Fundados todavía bajo los efectos de la crisis económica de 1890, los círculos de obreros creados para auxiliar a los trabajadores varones en sus necesidades inmediatas les brindaron un espacio de sociabilidad e instrucción católicas del que se los consideraba especialmente distanciados. A diferencia de las asociaciones previas –como, por ejemplo, las conferencias de San Vicente de Paul–, incorporaban a los trabajadores como socios y tomaban la forma de una asociación mutual. Como se puede ver en el gráfico de la página siguiente, su amplio despliegue territorial en la ciudad de Buenos Aires significó que estuvieran distribuidos en casi todas las parroquias del municipio.[7] El Círculo Central, por ejemplo, se ubicó en lo que conocemos hoy como Barrio Norte –inicialmente en las cercanías de la vieja estación del Parque, luego se mudó más cerca de Santa Fe y Callao y, finalmente, levantó su sede definitiva en la calle Junín al 1000–. El Círculo de Obreros de Santa Lucía, fundado en 1894 en el barrio de Barracas, fue el primero en tener su local propio. Ese año se fundaron otros tres círculos: el de la Concepción, que tuvo varias locaciones en los actuales barrios de Monserrat y Constitución; el de San Cristóbal que funcionó en distintas direcciones en el barrio homónimo y el de Balvanera que encontró sus espacios de funcionamiento en las cercanías de la iglesia parroquial, ubicada en Mitre y Azcuénaga. Al año siguiente, en 1895, hizo su aparición el Círculo de Obreros de San Juan Evangelista en el barrio de la Boca y el Círculo de Obreros de San Carlos se creó en 1896 en el barrio de Almagro. El Círculo de Obreros de Nueva Pompeya, creado en 1899, encontró rápidamente su locación a la vuelta de la iglesia parroquial por la calle Esquiú, mientras el Círculo de Obreros de San José de Flores lo hizo en las proximidades de la Plaza Flores en 1900 y ese mismo año hizo lo propio el de Palermo en la zona de Plaza Italia. En San Telmo, se creó en 1901 el círculo que llevaba ese nombre y, un año después, en las cercanías de Santa Fe y Dorrego, se conformó el Círculo de Obreros de Maldonado. En 1905, se inauguraron tres círculos: el de Belgrano, que se ubicó en Amenábar a unas cuadras de Juramento y que más adelante mudó sus trabajos al Bajo Belgrano; el de Vélez Sarsfield y el de Liniers, ambos en la zona oeste de la ciudad. A cuadras del monumento al Cid Campeador, en 1906, se organizó el Círculo de Obreros de Nuestra Señora de Buenos Aires y un año después en el microcentro porteño se inauguró el Círculo de Obreros de la Merced. En 1915, se fundaron dos Círculos más, uno en Villa Devoto y otro en la parroquia de San Bernardo, en Villa Crespo.
Imagen 1. Círculos de Obreros de la Capital Federal (1892-1915)

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos extraídos de El Pueblo, entre mayo de 1900 y agosto de 1902, y El Trabajo, 1913-1915, sobre Bemporat, A. (1916). Plano Centenario de la Capital Federal: 1816-1916. Buenos Aires. Oficina Cartográfica Bemporat. Como muchos locales variaban su ubicación con los años, se optó por señalar zonas aproximadas y no direcciones exactas.
Notas: * Este círculo se reunía en la sede parroquial y dejó de existir unos años después de su fundación.
** Se fundó un segundo círculo en la zona (C. O. Vélez Sársfield), pero su existencia fue breve.
A lo largo del periodo analizado, la institución se fue arraigando en el territorio urbano, en un proceso de desarrollo que, como se dijo previamente, se extendió a varias ciudades del país. La mayoría de las veces se aprovechó el asentamiento previo de otras asociaciones o congregaciones católicas, como sucedió por caso con los trabajos de la Asociación Católica y los padres redentoristas en Barrio Norte o con los salesianos en los barrios de Almagro, La Boca y Maldonado. Por otro lado, muy tempranamente, esta institución mantuvo una rivalidad con las militancias socialistas y anarquistas que se expresó de diversas maneras. También la democracia cristiana intervino inicialmente en Buenos Aires, donde tuvieron lugar las primeras experiencias de sindicalización propias.[8]
El hecho de que, por iniciativa de su fundador, Federico Grote, la inscripción en la institución no requiriera pertenencia religiosa, distinguió a la experiencia argentina. Y puede pensarse como un rasgo que buscaba facilitar el acercamiento a la fe y la transformación de la conducta de los socios, especialmente de origen obrero, con el que se apuntaba a revertir la situación de indiferencia religiosa de los trabajadores y bloquear el desarrollo de la propaganda subversiva, antirreligiosa y de izquierda. Esta expectativa ponía en juego un modelo de obrero cristiano entendido como ejemplo de virtud, sobriedad y templanza de espíritu. Se esperaba que, en su hogar, fuera un defensor de la religión en contra del descreimiento general –en sintonía con las primeras encíclicas de León XIII que señalaban el rol del hombre como jefe de familia y guardián de su fe–. Así se establecía, de manera tácita –y no tanto–, un contraste con aquellos obreros dóciles de espíritu que se dejaban influenciar por “cabecillas” socialistas, anarquistas, sindicalistas, y con obreros entregados a la “mala vida”, asociada al juego, al robo, al alcohol o al engaño pasional.
Al mismo tiempo que la recreación era una actividad de moralización de las conductas de la clase trabajadora –a la que se alejaba de los bares y otras diversiones valoradas negativamente– y podía constituir una fuente de financiamiento para el círculo, era para los socios un espacio de sociabilidad masculina y de entretenimiento a bajo costo. Además, allí podían, en algunos momentos, llevar también a sus familias. Es decir, queda a la vista que los círculos cumplían la función de integración social para numerosos trabajadores, y no solo para ellos. Fiestas, peregrinaciones y otros eventos religiosos, juegos y pasatiempos fuera y dentro del local, servían para estrechar vínculos y dar forma a una pertenencia. Estas relaciones podían traducirse, también, en acompañamiento en situaciones adversas, como enfermedades prolongadas o internaciones, o en auxilios informales para el socio o su familia. Por último, no debe perderse de vista que otra de las ventajas que tenía el ser miembro de esta asociación era la posibilidad de adquirir trabajo mediante recomendaciones laborales y oficinas de empleo.[9] Lo mencionado hasta el momento puede verse expresado en el halago que les dirige La Voz de la Iglesia, cuando en un artículo daba especial significación a la honesta recreación que allí se hacía en los días consagrados al descanso y al reposo. Según este periódico católico cercano al arzobispado, los círculos apartaban a los trabajadores de la mala vida y el delito, al alejarlos:
[…] del café o del bodegón y de otros antros de vicio, donde suele comprometer sus costumbres, su salud, economía y la paz en su hogar; es una cuestión de vital importancia, y uno de los medios más eficaces para combatir el espantoso desarrollo de la criminalidad que hoy presenciamos.[10]
Esta perspectiva moralizante, sin embargo, no se distinguía tanto de la que podían sostener otros actores sociales, como protestantes, higienistas e, incluso, socialistas.
Por lo tanto, promover el progreso moral de los trabajadores, para los círculos, requería abordar su bienestar material y viceversa. En el órgano institucional, dirían: “¡Porque tienen alma y tienen corazón! Sería un error consagrarse al cultivo de su espíritu sin preocuparse de su cuerpo y sería otro error de más funestas consecuencias, preocuparse exclusivamente de su cuerpo, haciendo caso omiso o despreciando su espíritu”.[11] Se depositaban amplias expectativas en el progreso social y educativo de los trabajadores, como en otros sectores reformadores. Los círculos de obreros, “mirando también por el porvenir y la prosperidad de la nación aspiran a contribuir a la cultura intelectual y moral del trabajador que constituyen la porción más numerosa de la masa ciudadana”. Los “obreros fuertes, sanos de alma y del cuerpo conscientes de su derecho, íntegros y altivos podrán con robusto brazo sacar a nuestra vida política del abatimiento y la postración en que está sumida”.[12] En síntesis, los obreros cristianos debían ser hombres de fe, con conciencia del poder de una plegaria colectiva del sexo fuerte; debían tener carácter e imponer respeto; poseer principios y sentir orgullo de sus convicciones. Esta moralización de los trabajadores incluía, entonces, dar forma a una masculinidad menos impulsiva, más controlada en sus pasiones, consciente de sus deberes y obligaciones con su familia, su religión y su sociedad.
Aun en la cosmopolita Buenos Aires, a fines del siglo XIX no era demasiado habitual ver varones católicos movilizados por su fe; quizás podían verse mujeres e incluso algunos jóvenes de sectores medios. La singular lectura del catolicismo social sobre la cuestión obrera promoverá ciertas imágenes que sorprenderán a propios y ajenos. El arzobispo Espinosa resaltó de la gran movilización de septiembre en 1901 que, estando acostumbrado a ver la piedad en las señoras y no “en tan gran número de hombres reunidos”, no podía sino agradecer a Dios por haberles concedido el don de la fe y la gracia singular de confesarlas “delante de los hombres”.[13] La sorpresa tenía que ver con un diagnóstico compartido por el catolicismo local: aunque la mayoría de los obreros eran cristianos, estos no lo confesaban públicamente, como sí profesaban sus ideas quienes no lo eran. Más aún, suponían que muchos de los obreros cristianos fingían no serlo por interés, amor propio o cobardía.
Por eso, los círculos apostaban a construir una identidad obrera que se enorgulleciera de su carácter católico y confesara su fe sin rubor y con dignidad. De este modo se buscaba que los varones obreros dieran muestras públicas de profesión de fe a través de su participación en fiestas religiosas, en peregrinaciones a Luján, en movilizaciones y en actos callejeros.[14] También se esperaba de los socios, y más en la medida en que se fueron dando situaciones de conflicto con otros sectores, que mostraran coraje, determinación y acción en la lucha contra los enemigos de la fe. Del mismo modo, porque esta lucha también lo demandaba, se fomentaba su instrucción y formación. Bien mirada, esta operatoria constituía, en definitiva, un instrumento de control social dirigido a los trabajadores y al conjunto de la sociedad. Asimismo, como defensores de la familia heterosexual, monogámica y patriarcal, los socios debían dar ejemplo de conducta dentro y fuera del hogar y, por ello, se los convocó cuando se discutió en 1902 el proyecto de divorcio vincular en la Cámara de Diputados.[15]
Algo que no se debe pasar por alto es que la construcción de esta identidad específica estuvo fuertemente determinada por un otro que representaba el estereotipo negativo o contrario: el obrero disconforme, rebelde, de ideas anarquistas o socialistas; aquellos que cometían crímenes, que gastaban su día en la taberna o leyendo prensa impía. Esa oposición era tan significativa que incluso se la promovía mediante prédicas de compasión hacia esos “hermanos extraviados” –anarquistas, socialistas y “galeotes”– y el estímulo al trabajo “constante e incansable” en su conversión. Este obrero debía condenar la inmoralidad en todos los ámbitos en los que participaba –el lugar de trabajo, la administración pública, en los ámbitos de instrucción y esparcimiento, etc.– y oponerse a toda prensa impía y corruptora; ser solidario con sus compañeros en las causas justas y saber ayudarlos con independencia de su categoría. Se trataba de afianzar y levantar al proletario sin recurrir a métodos violentos. En resumidas cuentas, en los círculos se promovía un modelo de obrero que fuera fuerte, viril, “sano” de alma y de cuerpo, consciente de su derecho, íntegro y altivo, que no conjuraba contra las instituciones de su patria, ni predicaba la insubordinación o la deserción en el ejército.
De los socios y sus deberes
El perfil de socios de los círculos de obreros de la ciudad de Buenos Aires fue variando en el período que va desde fines del siglo XIX a comienzos del XX. No obstante, puede sostenerse que se trató de una institución policlasista, con mayoría de trabajadores, varones adultos de origen extranjero. A pesar de tratarse de una masa societaria mayoritariamente trabajadora, la presencia de este grupo fue casi inexistente en los cuerpos directivos. De todos modos, su perfil no estuvo cristalizado desde el comienzo, sino que se fue definiendo en función de los objetivos de la institución, del contexto y de aquellos tomados como los otros. Así, mientras algunos rasgos se afianzaron, los demás no tanto. Por ejemplo, mientras la política patriótica tendió a pronunciarse, la incorporación de mujeres como socias o auxiliares atravesó distintas etapas y despertó repetidas resistencias. Esto mismo podría decirse de la existencia de dos imágenes complementarias que acompañaban a los círculos de obreros: centros con presencia de la élite en los salones y centros más plebeyos con presencia callejera.
La mayoría de los miembros que participaban cotidianamente de cada círculo pertenecían a la categoría de socios activos. Según los estatutos, estos debían tener entre 14 y 60 años, ejercer una profesión o industria “honesta”, poder demostrar buena conducta y no tener enfermedad crónica ni pertenecer a una sociedad anticatólica.[16] Los socios activos gozaban del conjunto de los derechos y obligaciones de la organización.[17] Dentro de esta categoría se podían encontrar socios de distintas procedencias sociales, desde industriales y dueños de comercios a profesionales, empleados y trabajadores con o sin calificación. Si bien por regla los trabajadores eran socios activos, sólo en contados casos formaron parte de las comisiones directivas.
Un aspecto que debe destacarse de los socios de los círculos de la ciudad es su carácter mayoritariamente extranjero; en algunos casos, los socios argentinos o naturalizados apenas superaban el 20 por ciento del total.[18] La primera minoría en casi todos los círculos de los que obtuvimos información sobre esta cuestión, era la italiana, luego vendrían españoles o argentinos, dependiendo el caso. Siguiendo la documentación interna disponible, se puede sostener que los extranjeros fueron mayoría entre los orígenes de la institución hasta, al menos, mediados de la década de 1910.[19] Esto difiere de la tendencia que María Pía Martín observó en el Círculo de Rosario, en el cual, hacia la segunda década del siglo comenzó a haber una proporción más alta de argentinos debido a que comenzaban a integrarse los hijos de los socios (Martín, 2020, p. 210). En los órganos directivos, la proporción de argentinos y naturalizados aumentaba notablemente, colocándose en torno al 50 por ciento.
Pese a esta característica, o debido a ella, desde fines del siglo XIX hubo iniciativas que tendieron a promover la asimilación nacional de los socios y a inscribir a los círculos en una política más general de la Iglesia y del Estado. Esta orientación, que tuvo también su aspecto de disputa con las izquierdas, no obturó la preocupación particular de los católicos en cuanto a cómo llegar mejor a las distintas colectividades –recordemos las representaciones y misas en italiano, etcétera–. Aun así, esto no significaba reconocer un lugar específico para la comunidad migratoria, a la que más bien se buscaba erosionar.
A pesar de las importantes dificultades documentales, la historiografía que se ocupó de la historia de esta institución ha ido avanzando en una caracterización sociolaboral de la base societaria de algunos círculos. En el caso del Círculo de Obreros de Rosario –COR–, por ejemplo, se ha sostenido, a partir del libro de registro interno, que el sector predominante de los socios lo conformaron los obreros con oficio y artesanos y, seguidamente, “jornaleros y peones”. Si a estos se les añadía, además, la suma de empleados y comerciantes –vinculados al comercio minorista de artículos de consumo–, tres cuartos de los socios podían asimilarse a sectores medios y bajos de la sociedad (Martín, 2020, p. 200). El Círculo de Obreros de Córdoba –COC–, según Gardenia Vidal, contó con una notable cantidad de artesanos, numerosos carpinteros y un intento de agremiación de zapateros. Su estudio a largo plazo de las comisiones directivas permite plantear un corrimiento de la elite social y política cordobesa de su dirección (Vidal, 2010).
La documentación sobre los círculos de la ciudad de Buenos Aires es fragmentaria y eso dificultó la elaboración de un perfil cuantitativo. A partir de información obtenida de la prensa católica se han señalado las relaciones que el Círculo Central mantenía con instituciones como el Jockey Club, Caras y Caretas y otros sectores encumbrados de la sociedad porteña de comienzos de siglo.[20] Con el fin de ilustrar esta vinculación, Lida describe las características del local del Círculo Central –estrenado en 1907–. Tenía una sala de cine con palcos, galería y finas butacas y estaba ubicado en la calle Junín a metros de la avenida Santa Fe. En el periodo del Centenario, la institución no sólo gozó de cierto respaldo en aquellos sectores, sino que, además, llegó a tejer estrechos vínculos con el poder político (Lida, 2015, p. 48).
Esta realidad difiere si se miran otros círculos. Debido a su organización parroquial –es decir, territorial–, en aquellos barrios en que existía una composición obrera más homogénea los círculos tomaban ese perfil (Lida, 2018, p. 17). Tomando las pocas fuentes disponibles, el listado de profesiones y oficios era amplio. En el Círculo de San Carlos –actual barrio de Almagro–, por ejemplo, predominaban albañiles y carpinteros; luego seguían comerciantes y empleados. Si sumamos a los pintores, herreros, escultores, mosaiqueros y pozeros, la gran rama de la construcción superaba el tercio de los miembros activos. Otro documento interno de este centro mostraba que, al interior de las principales ocupaciones, quienes tenían propiedad eran una minoría. Por ejemplo, de 42 carpinteros, solo ocho figuraban como propietarios; de 13 zapateros, uno; mientras que los herreros trabajaban todos “a jornal”.[21] Contrariamente, quienes son identificados como carniceros, almaceneros –lamentablemente, el informe no brinda esta información sobre el conjunto de los comerciantes– e industriales figuran, en general, como propietarios. Los socios protectores se dividían entre presbíteros, rentistas, empleados, rematadores, comerciantes, etcétera.[22]
Los datos sobre los Círculos de San José de Flores y Balvanera confirman la alta cantidad de jornaleros, mientras que albañiles y carpinteros representaban las ocupaciones manuales más numerosas.[23] En el caso del Círculo de Maldonado –entre los actuales barrios de Palermo y Belgrano–, se debe destacar la presencia de comerciantes, seguidos por albañiles y jornaleros. Sobresalen trabajadores del gremio de la construcción –con mayor y menor calificación– y presencia de numerosos oficios artesanales relacionados, en sintonía con una etapa de amplio desarrollo urbano y de barrios en crecimiento. Seguidamente, se pueden apreciar otros oficios artesanales más vinculados al consumo, comerciantes y en menor medida socios que trabajaban en la incipiente producción industrial –algunos dueños de talleres, mecánicos o torneros–.
En todos los casos, muy por debajo en cantidades, estaban las profesiones liberales, rentistas, constructores, militares, sacerdotes, etc. Las comisiones directivas, en general, estaban en manos de estos sectores. Así, aunque los trabajadores manuales –con o sin calificación– eran mayoritarios, difícilmente formaban parte del gobierno de los círculos. Se trata de un elemento muy importante que no era del todo infrecuente en otros actores de la época –incluido el Partido Socialista–. Una última observación es que, en términos numéricos, esta representación coincide en gran medida con aquella que ha sido señalada en la que era, por entonces, la segunda urbe del litoral del país, la ciudad de Rosario, y con la que registran los clásicos estudios sobre el mutualismo italiano porteño (Baily, 1982, p. 505; Gandolfo, 1992, pp. 312-313.)
La presencia de trabajadores en los círculos de obreros de la ciudad de Buenos Aires y zonas próximas es confirmada por las publicaciones de socialistas, anarquistas y librepensadores, que ofrecen claros indicios del lugar que ocupaban en ellos. No solo se observa allí un reconocimiento de su importancia numérica, sino también de su capacidad de movilización callejera. Además, estos actores aportaban denuncias, muchas de ellas comprobables, sobre incorporaciones inducidas o forzadas por parte de capataces y empresarios.[24] Veremos, en el apartado siguiente, que esto habilitó diferentes descripciones sobre cómo era el obrero católico.
Por último, cabe observar que más allá de tratarse de una institución ideada con el objeto de intervenir en el mundo de los obreros varones, hubo cierta presencia y participación femenina. Los espacios en los que estas mujeres intervinieron dependieron de su clase social: las mujeres de la elite colaboraron con las comisiones directivas desde los primeros años del siglo y las esposas e hijas de socios menos encumbrados se incorporaron en los círculos que organizaron secciones específicas que extendían la cobertura mutual a las familias de los socios. A lo largo del periodo estudiado se observaron balances críticos de estas incorporaciones y, hacia el final, Federico Grote criticó el rumbo tomado por la institución tras su alejamiento de la dirección espiritual. Específicamente, afirmaba que los esfuerzos realizados para influir con medios espirituales en el mundo del trabajo masculino habían sido abandonados y que toda la actividad institucional habría quedado reducida a las mujeres.
El “verdadero” obrero
En 1901, Cosme Magariño –militante librepensador y referente del espiritismo local– podía reconocer la numerosa movilización de los círculos de obreros católicos pero no que todos ellos tuvieran el sello del “verdadero obrero”.[25] Quizás, con mayor claridad que otros, Magariño lograba plantear una imagen que otros sectores compartían: los obreros que formaban parte de los círculos de obreros católicos eran trabajadores, pero con un defecto casi esencial, no tenían una conciencia propia, autónoma.[26] En el mismo sentido, Gregorio Inglán Lafarga, por entonces director de La Protesta, afirmaba desde sus páginas que el obrero católico poseía solo “un grado de conciencia más que las cosas”, tenía “un simple destello de penetración intelectual más que las bestias” y era “un perfecto estúpido en cuanto a elevación moral”.[27] En su perspectiva, estos obreros eran objeto de tráfico comercial: se compraban y vendían. Los socialistas compartían la apreciación de que los trabajadores adheridos a los círculos de obreros eran rehenes del poder clerical.
Por el lado de los círculos, no había desprecio a la razón, la que debía usarse en el combate con las fuerzas anticlericales. Justamente, con ese sentido se buscaba estimular la instrucción y la formación de los socios y de este modo se evitaba, también, que fuesen “instrumento ignorante y pasivo” de otros.[28] De tal modo, se esperaba que el obrero cristiano supiera defender su fe y su Iglesia con la palabra. Era su deber instruirse y cultivar su espíritu, no dejarse llevar –o “amotinar”– por los cabecillas, ni participar de revueltas. Tampoco debía darle su voto “a gente indigna” y “capaz de declarar guerra a Dios y a su religión”. A fin de cuentas, en ambos campos se apuntaba a dar forma a un trabajador libre o autónomo, consciente y seguro de sus ideas.
Sin embargo, los socios reales de los círculos bajo estudio difícilmente se ajustaban a estas representaciones simplistas. En una sesión del Consejo General de los círculos de obreros, a fines del año 1903, se discutía sobre lo que veían como un problema persistente: la alta rotación de socios –es decir, el sistemático ingreso y egreso de sus miembros– y cuáles creían sus dirigentes que eran los motivos de esta dinámica. Antonio Solari –uno de los fundadores de la institución– tenía la opinión de que quienes salían fácilmente eran los socios que no habían tenido presentadores y que se habían acercado por sí mismos. Agregaba que los socios formados en las escuelas de los círculos “no sal[ía]n jamás de ellos” y que, en cambio, quienes se acercaban “atraídos por otras circunstancias” salían con mayor facilidad.[29] Gómez Llambí –delegado por el Círculo Central– era de la opinión de que debían llevar un control del problema en todos los círculos a fin de examinar las causas y aplicar el remedio a dicho “mal general”. Por su parte, el presidente del Círculo de Obreros de Santa Lucía decía que con una propaganda activa en su círculo habían conseguido volver a atraer a los socios que se habían ido. El padre Yani fue más allá e indicó que las causas eran varias: por un lado, los hábitos contraídos en otras sociedades eran incompatibles con los de los círculos; por otro, mencionaba el “espíritu de lucha reinante” y las “ínfulas” de “mandones” de muchos de los que entraban al círculo “con el propósito de hacer y deshacer”. Al mismo tiempo, añadía como causantes de la “falta de cariño” hacia los centros de la institución la escasez de trabajo y la persistencia de “las ideas socialistas” en su labor “para arrancar a los obreros de nuestro círculo”. Yani, para subrayar la importancia del asunto tratado, afirmaba que el Círculo de la Concepción, del que participaba, había definido debatir la cuestión de las bajas semanalmente.[30] El delegado del Círculo de Palermo, Iglesias, argumentó que el cobrador podía colaborar activamente para favorecer el trabajo de la comisión directiva y evitar que se perdieran muchos socios.
Con tono disonante, el presidente del Círculo de San Telmo, Dell Monte, manifestó que debían entrar “obreros verdaderos” en las comisiones directivas, porque ellos eran quienes más sentían “sus necesidades”. Además, hizo moción para que entrase un obrero en la Junta de Gobierno, y argumentó que “el obrero no se informa[ba] de ninguno de los asuntos que se trata[ban], que no toma[ba] intervención en ninguno de los debates y e[ra] una de las razones más poderosas del alejamiento de los socios”. Le respondió el presbítero Yani, quien señaló que “aun admitiendo que en la comisión directiva pueden entrar algunas personas instruidas que [sea]n obreros”, los socios no obreros tenían en las comisiones la “gran misión” de obtener los mejores frutos posibles para sus círculos haciendo uso de sus “influencias sociales”, por ejemplo, para atraer socios protectores. En su opinión, los obreros no podían tener las relaciones que los abogados, médicos y personas de ilustración conseguían a través de “su valor y posición social”. Puesta a votación, la moción fue rechazada por mayoría.[31]
El debate ese día continuó con otros temas, pero se inició un nuevo intercambio de nuestro interés con relación al estado del Círculo de Córdoba. Al mencionarse que era necesario reducir la cuota de ingreso para mantener la buena marcha de ese centro, el presidente del Círculo de San Telmo volvió a intervenir. En su opinión, tanto el subsidio como el socorro mutuo eran cuestiones de primer orden para los socios. Los círculos debían convertirse en sociedades cooperativas “para ampliar más nuestro programa, procurando socorrer al obrero en todas sus necesidades”, y señalaba que podía establecerse con facilidad una cooperativa de consumo “con una pequeña cuota adicional que se le impusiera a los socios”. En respuesta, Solari planteó que en diversas ocasiones se habían tratado proyectos de ese estilo y que no habían dado los resultados esperados porque los obreros “no respondían”. El presidente del Círculo Central añadió que se había “desengañado” ante “la apatía con que respond[ía]n los obreros a los diversos llamados que se les hac[ía] buscando su protección”.
Dell Monte replicó que era necesario dar el ejemplo al obrero, “procurando instruirlo, porque en su mayoría [era]n ignorantes”. Por eso se afirmaba en la idea de que el obrero instruido debía ocupar un puesto también en las comisiones. Antonio Solari le respondió que en el Círculo Central se habían hecho pruebas de educar al obrero por medio de conferencias y que no habían dado los resultados deseados. Volvía a su argumento inicial, el porvenir de los círculos de obreros estaba en la generación que saliese educada de sus escuelas. El delegado de Santa Lucía, Ferrecio, agregaba que allí se había instalado una botica con muchas facilidades y ventajas, pero los socios no iban a ella a surtirse. Por su parte, Gómez Llambí propuso que se dedicase toda la atención a estudiar e investigar “el porqué de esa indiferencia de los socios”, en la cual, según opinaba podía influir “la falta de comodidad de los edificios”. El objetivo principal consistía en que los socios se encariñasen de algún modo con los círculos y asistieran de manera regular a ellos. Por último, cerrando la discusión y volviendo al tema inicial, Petroni afirmó que el motivo principal de que los socios se borrasen era la falta de trabajo y, por consiguiente, de recursos para atender a sus necesidades.[32]
Esta discusión es muy rica por la cantidad de realidades que describe: socios más o menos comprometidos con la institución, trabajadores que quieren modificarla a “su gusto”, otros que no participan de la vida cotidiana del Círculo, socios con experiencias en otras sociedades, y la cuestión de la propaganda socialista. Estas imágenes –obreros “mandones” y “con ínfulas”– contrastan con las que suelen aparecer en la prensa anarquista o socialista en las cuales se destaca la docilidad de los obreros –a los que se describe usualmente como “borregos” o “lanares”–. Entre las estrategias para contener la rotación de los socios primaba la búsqueda de identificación con el círculo y con su proyecto más general. Cobraba centralidad la educación y, aunque no fuesen nombradas, seguramente también jugaban ese rol las peregrinaciones y manifestaciones que daban espíritu popular y de cuerpo. En particular, se trata de un debate que registra tensiones en cuanto al lugar a ocupar por los trabajadores en los órganos de decisión y en los mismos círculos, cuestión que no aparecía en boca de los trabajadores sino de la propia dirigencia. A fin de cuentas, un intercambio sobre las altas y las bajas terminaba discutiendo las motivaciones y la calidad de la participación de los trabajadores en los círculos.
Este planteo sobre la necesidad de formar cuadros obreros e integrarlos en los órganos de gobierno se reeditaría más adelante. En 1913, Alejandro Bunge, nuevo presidente de la Junta de Gobierno de los círculos de obreros planteaba la necesidad de hacer desaparecer de los círculos “el ambiente de proteccionismo”.[33] Las comisiones directivas no debían ser protectoras del obrero sino “comisiones obreras”, es decir, formadas por trabajadores y defensoras de sus intereses. Las personas “de mayor ilustración en materias sociales” debían colaborar y aconsejar, pero “nunca en número mayor que el de trabajadores”. Agregaba que no debían temer a los desaciertos que los trabajadores pudieran cometer en la dirección de la obra –“el trabajador cristiano ha demostrado en todas partes del mundo ser hombre consciente y capaz de regir por sí mismo su propio destino”– y si no habían surgido más obreros dirigentes era porque no se les daba su puesto.[34] Podríamos, sin dudas, hacernos la misma pregunta que hiciera Gardenia Vidal (2010) sobre el motivo real del corrimiento de la elite cordobesa de la dirección del COC.
Balances
A lo largo del presente trabajo hemos hecho poca mención al mundo sindical, donde también los círculos de obreros y el catolicismo social intervinieron. Sin embargo, la estrategia de organizar círculos –en lugar de gremios o sindicatos– fue refrendada por Federico Grote como la mejor opción para el contexto nacional 15 años después de la fundación del primer círculo. En 1907, balanceando las primeras experiencias en el mundo gremial, Grote defendió la construcción de círculos de obreros. A diferencia de una organización de tipo gremial, en estos centros convivían en el mismo seno representantes de distintas clases sociales y trabajadores de diversas actividades laborales (Católicos Argentinos, 1907, p. 122). Se trataba de una forma organizativa que evitaba los inconvenientes que generaba el antagonismo laboral entre trabajadores y patrones, que podía terminar fácilmente en conflictos o pugnas. A su vez, conformar organizaciones por clase social y actividad laboral requería de un mayor número de obreros cristianos conscientes de sus deberes y suficientemente instruidos de los que tenían y les adjudicaba cierta responsabilidad a algunos elementos dirigentes de los círculos (Católicos Argentinos, 1907, p. 124). Para Grote, sería relativamente sencillo que la propaganda de astutos propagandistas desnaturalizara los fines de las asociaciones sindicales católicas y, en cambio, este riesgo no existía en los círculos de obreros, sino muy remotamente. Además de la desigualdad numérica y formativa, agregaba un problema más estructural para que se construyeran gremios –los que entendía como necesarios–, y esto tenía que ver con el apoyo de las patronales: sin su colaboración y sin recurrir al conflicto no había demasiado que estas organizaciones pudieran ofrecer (Católicos Argentinos, 1907, p. 125).
Esta fue la apuesta de la organización en la primera etapa. Este trabajo se propuso la elaboración de un perfil de los círculos de la ciudad de Buenos Aires y de sus socios. Lo primero que identificamos es que, detrás de una imagen refinada que se expresaba en las fotografías de eventos fastuosos en salones decorados, en sus filas había numerosos trabajadores, con diferencias notorias en su situación social y laboral. Trabajadores manuales con y sin calificación, comerciantes, empleados, en su mayoría varones extranjeros, de diversos orígenes. Como sucede en la mayoría de las organizaciones, entre los socios hubo diferentes niveles de compromiso con la institución y su ideario. Según sus directivos, había trabajadores que querían adaptar la institución a sus necesidades o preferencias y otros que, por el contrario, no participaban de su funcionamiento cotidiano. Algunos llevaban consigo experiencias y costumbres obtenidas en otras asociaciones, y también existían socios a los que se los consideraba bajo la influencia de la propaganda socialista. En todo caso, eran varios dirigentes que manifestaban preocupación por la rotación de socios y la falta de apego a la institución.
Se ha tratado de mostrar a los círculos de obreros de la ciudad como una institución tironeada entre dos imágenes o perfiles, uno más tradicional de la elite católica y otro más popular, con presencia extramuros en barrios y calles. También se señaló la apuesta por incorporar trabajadores, incidir en su mundo y reformar sus condiciones de vida y formar una identidad obrera. En ese sentido, se presentaron dos modelos antagónicos de trabajadores: por un lado, el obrero bienhechor, modelo de virtud, paciencia, amor y, por el otro, el obrero perdido, extraviado, que se dejaba llevar por la tentación, por sus pasiones, que jugaba, bebía, cometía crímenes, envidiaba y engañaba. En los círculos se apuntaba a construir un obrero pacífico, fuerte, seguro de sus ideas, que pudiera expresar y defender su fe. Y lejos de tolerar o promover su falta de instrucción, desde el comienzo, se puede apreciar la importancia asignada a la instrucción y formación de los trabajadores. El conocimiento les daría autonomía y libertad, evitando ser presa fácil de malas influencias. Es llamativo que los católicos sociales, como las izquierdas, sostenían que los otros cercenaban la libertad de los trabajadores, considerada en ambos casos como atributo de la masculinidad. La disputa por el verdadero obrero se prolongaba, también, hasta el terreno de las organizaciones gremiales o sindicales. Por parte de estos actores, existió una clara intencionalidad de dotar de contenido a estas categorías. Esto sugiere que el catolicismo social y las izquierdas estaban mirando a la clase trabajadora y al conflicto capital-trabajo como el núcleo del problema social de la etapa; es decir, dialogaban en un universo común, una arena conflictiva pero que podía compartir elementos y algunas prioridades.
La imagen de socios “mandones”, con “ínfulas”, no es fácil de compatibilizar con ese trabajador dócil que describían sus oponentes y habla de las dificultades que encontraban los dirigentes de los círculos para asimilar a los trabajadores a su ideal. Asimismo, puede observarse que la estrategia ideada por Federico Grote, de aproximar a los trabajadores a través de servicios sociales y materiales sin requerimiento de adhesión a los valores religiosos y, por lo tanto, la llegada de socios con reducidos o nulos niveles de observancia religiosa, encontraba sus tempranos detractores a comienzos del siglo XX. A su vez, en las comisiones directivas se registraron tensiones y opiniones encontradas respecto del lugar que debían ocupar los trabajadores en los órganos de decisión, aunque lo que tendió a primar fue un evidente paternalismo ejercido por sectores profesionales o medios. Las cualidades protectoras o de estilo paternalista de los círculos se refieren como un obstáculo a su propia actividad y desarrollo.
Finalmente, resulta destacable que la acción de los círculos se desplegó sobre un colectivo de trabajadores que no constituía una realidad homogénea, ni por su condición social ni por sus ideas o costumbres. Es difícil, entonces, encasillar a los trabajadores de la ciudad en grupos demasiado monolíticos. Esa imagen de colectivos homogéneos no parece sostenerse demasiado y, de hecho, podían darse casos en los que socios de los círculos de obreros levantaran ideas de sus oponentes –influencias socialistas–. Desde ya, la tarea de la organización, de cualquiera de ellas, consiste en reducir esas situaciones. Los estatutos expresamente prohibían la pertenencia a centros considerados anticristianos, aclaración que evidencia que para algunos dirigentes era, al menos, una posibilidad. Esperamos en próximos trabajos poder iluminar o delimitar con mayor precisión estos contornos.
Bibliografía
Asquini, S. (2022). El catolicismo social en el mundo de los trabajadores: la experiencia de los Círculos de Obreros (Buenos Aires, 1890-1922). Tesis de Doctorado: Universidad de Buenos Aires.
Auza, N. (1987a). Aciertos y fracasos sociales del catolicismo argentino. Grote y la estrategia social. Buenos Aires: Docencia.
Auza, N. (1987b). Aciertos y fracasos sociales del catolicismo argentino. Mons. De Andrea, realizaciones y conflictos. Buenos Aires: Docencia.
Auza, N. (1988). Aciertos y fracasos sociales del catolicismo argentino. Proyecto episcopal y lo social. Buenos Aires: Docencia.
Baily, S. (1982). “Las sociedades de ayuda mutua y el desarrollo de una comunidad italiana en Buenos Aires, 1858- 1918”. Desarrollo económico, 84, pp. 485-514.
Beltramino, S. (2005). La atención médica en el siglo XX. Instituciones y procesos, Buenos Aires: Siglo XXI.
Bianchi, S. (2009). Historia de las religiones en la Argentina. Las minorías religiosas, Buenos Aires: Sudamericana.
Católicos Argentinos (1907). Memoria de la segunda Asamblea de los católicos argentinos. Buenos Aires: Alfa y Omega.
Círculo Central (1895). Memoria del Círculo Central. Buenos Aires: Imprenta San Martín.
Círculo Central (1904). Reglamento del Círculo Central de Obreros de Buenos Aires. Buenos Aires: Escuela Tipográfica Huerfanitos de Don Bosco.
Círculos Obreros de la República Argentina (1907). Reglamento del Socorro Mutuo para las familias de los socios. Buenos Aires: Imp. A. Bernardo.
Espinosa, M. (1907). Religión e inmigración en la Arquidiócesis de Buenos Aires. Datos estadísticos. Buenos Aires: Talleres tipográficos La Euskaria.
Gandolfo, R. (1992). “Las sociedades italianas de socorros mutuos de Buenos Aires: cuestiones de clase y etnia dentro de una comunidad de inmigrantes (1880-1920)”. En: F. Devoto y E. Míguez (Comps.), Asociacionismo, trabajo e identidad étnica (pp. 311-327). Buenos Aires: CEMLA-CSER-IEHS.
Gerdes, T. (2016). La Semana Trágica y la perspectiva del catolicismo sobre la cuestión social en el Río de la Plata, 1880-1919. Villa María: Eduvim.
Gorelik, A. (1998). La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1997-1936. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.
Lida, M. (2015). Historia del catolicismo en la Argentina. Entre el siglo XIX y el XX. Buenos Aires: Siglo XXI.
Lida, M. (2016). “Círculos de Obreros, nación, masculinidad y catolicismo de masas en Buenos Aires (1892- década de 1930)”. Anuario de la Escuela de Historia, 28, pp. 15-38.
Lida, M. (2018). “La caja Pandora del catolicismo social: una historia inacabada”. Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda, 13, pp. 13-31.
Leonardi, Y. (2020). “La propuesta cultural de los Círculos Católicos de Obreros en la Argentina durante las primeras décadas del siglo XX”, Cultura y Religión, 2, pp. 1-16.
Martín, M. P. (2020). Los católicos y la cuestión obrera. Entre Rosario y Buenos Aires (1892-1919). Buenos Aires: Ediciones Cehti/ImagoMundi.
Mauro, D. (2010). De los templos a las calles. Catolicismo, sociedad y política, 1900-1937. Santa Fe: Universidad Nacional del Litoral.
Mauro, D. (2015). “El mutualismo católico en la Argentina: el Círculo de Obreros de Rosario en la primera mitad del siglo XX”. Historia Crítica, 55, pp. 181-205.
Martínez, A. (1906 [1904]). “Estudio sobre los resultados del Censo de Asociaciones”. En: Censo general de población, edificación, comercio e industrias de la ciudad de Buenos Aires (pp. CLXIII- CLXV). Buenos Aires: Compañía Sud-Americana de Billetes de Bancos.
Rapalo, M. E. (2005). “La relación entre los Círculos de Obreros y los sectores patronales en las dos primeras décadas del siglo XX”. Prismas. Revista de Historia intelectual, 9, pp. 141-154.
Rapalo, M. E. (2012). Patrones y obreros. La ofensiva de la clase propietaria. Buenos Aires: Siglo XXI.
Recalde, H. (1986). La iglesia y la cuestión social. Buenos Aires, CEAL.
Recalde, H. (1991). Beneficencia, asistencialismo estatal y previsión social. Buenos Aires: CEAL.
Roselli, S. (2008). “El ‘Centro Católico’ de Tucumán: los conflictos en el interior de este círculo obrero y su relación con el P. F. Grote”. En: G. Caretta e I. Zacca (Comps.), Para una historia de la Iglesia. Itinerarios y estudios de caso (pp. 299-310). Salta: CEPIHA.
Sangrilli, C. (2010). “La cuestión social en Mar del Plata de principios del siglo XIX. Una mirada desde el círculo Católico Obrero”. En: VIII Jornadas de Investigadores del Departamento de Historia. Universidad Nacional de Mar del Plata: Mar del Plata.
Santos Martínez, P. (1994). “Religión e inmigración en 1907. Un informe del Arzobispado de Buenos Aires”. Archivum. Revista de la Junta Histórica Eclesiástica Argentina, 16, Buenos Aires, pp. 127-144.
Segura, C. (2020). Desde abajo y desde adentro. Un estudio sobre la construcción del catolicismo en clave local entre principios del siglo XX y la década de 1940, Nogoyá, Entre Ríos. Tesis de Licenciatura: Universidad Nacional de Rosario.
Sicardi, F. (1894). Un libro extraño. Buenos Aires: Imprenta Europea.
Vidal, G. (2010). “Organizaciones católicas para trabajadores. Los Círculos de Obreros de Córdoba y Rosario a comienzos del s. XX”. Cuadernos del Sur, 39, pp. 203-225.
Vidal, G. (2012). “Asociacionismo Católico de Córdoba. Composición social de las comisiones directivas del Círculo de Obreros de Córdoba, 1897-1930”. En: G. Caretta e I. Zacca (Comps.). Derroteros en la construcción de Religiosidades. Sujetos, instituciones y poder en Sudamérica, siglos XVII al XX (pp. 197-218). Salta: CEPIHA.
Vidal, G. (2006). “Ciudadanía y asociacionismo. Los Círculos de Obreros en la ciudad de Córdoba, 1897-1912”. Revista Escuela de Historia, 5, pp. 25-57.
Vidal, G. (2010). “Organizaciones católicas para trabajadores. Los Círculos de Obreros de Córdoba y Rosario a comienzos del s. XX”. Cuadernos del Sur, 39, pp. 203-225.
- Universidad Nacional de Rosario (UNR). Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas (CEHTI).↵
- Sobre los círculos de obreros de Tucumán, Nogoyá (Entre Ríos) y Córdoba, véanse: Roselli (2008), Segura (2020) y Vidal (2006, 2010, 2011). Sobre algunos círculos de obreros bonaerenses, se destacan: Leonardi (2020) y Sangrilli (2010). Sobre el de Rosario: Martín (2020) y Mauro (2015). A estos trabajos se les debe sumar la obra general sobre el catolicismo social del investigador católico Auza (1987a, 1987b, 1988) y, de escritura más reciente, el de Gerdes (2016), así como diversos abordajes sobre el catolicismo, tales como los de Lida (2015, 2018), Rapalo (2005, 2012) y Recalde (1986, 1991).↵
- Memoria institucional correspondiente al año 1924 publicada en Los Principios, 23/04/1925 (como se citó en Vidal, 2010b, p. 2).↵
- De todos modos, las mujeres no estaban invitadas a todas las reuniones mensuales, sino únicamente a aquellas dirigidas a las familias (Círculos Obreros de la República Argentina, 1907, p. 3). Además, tenían derecho al entierro en el panteón, pero este estaba suspendido por una resolución de la Junta Central del año 1903.↵
- Según el censo de la ciudad, en 1904 la población censada sumaba 1.231.698 y, en ella, el 92 por ciento era definida como católica. El ítem “sin religión” tomaba el segundo lugar igualando la sumatoria de todos los englobados como “protestantes” –2,49 por ciento– y los “israelitas” –1,3 por ciento–. Unas 13.335 personas habían sido consignadas como individuos que no tenían religión. En el censo siguiente, confeccionado sólo cinco años más tarde, esta categoría crecería tres veces. Ver un análisis de estos censos en Asquini (2022). Agreguemos que, como señaló Susana Bianchi (2009), el de fines del siglo XIX fue un período signado por nacionalismos en pugna, lo que transformaba a la religión en un instrumento idóneo tanto para conservar como reinventar la etnicidad de los colectivos migratorios.↵
- Se trató de un intercambio institucional entre la Santa Sede y el arzobispado de Buenos Aires que tuvo lugar en 1907, a partir de la preocupación que había manifestado Pío X sobre si la arquidiócesis porteña estaba arbitrando los “medios más oportunos y eficaces para preservar la corrupción de los colonos europeos” que llegaban en masa al país (Santos Martínez, 1994, p. 127).↵
- Aunque este censo exhibe imperfectamente la inserción local de la institución, dado que faltan como el Central, el de la Concepción, el de Nueva Pompeya, el de San Telmo y el de San Juan Evangelista, se trata de un primer recuento oficial que aporta algunas líneas comprobables (Martínez, 1906 [1904], p. CLXIII).↵
- La democracia cristiana tuvo otro punto fuerte en Rosario (Auza, 1987a, 1987b, 1988; Martín, 2020; Mauro, 2010, 2015). Gardenia Vidal (2010) planteó como hipótesis que la falta de desarrollo de los círculos de obreros durante el período abordado se pudo deber a la debilidad de las organizaciones de izquierda en Córdoba, que eran más una amenaza que una realidad concreta y de la inexistencia de una corriente democrática cristiana. ↵
- Algunos ejemplos de pedidos de recomendación por parte de los socios pueden encontrarse en los libros de actas de los círculos. De manera más formal, se organizaron varias oficinas de empleo, aunque fue persistente la preocupación, no tuvieron demasiado éxito.↵
- La Voz de la Iglesia, 30/07/1894, p. 1.↵
- “A los socios de los círculos obreros y a todos los hombres de fe, de carácter y de principios de cualquiera nacionalidad”. El Trabajo (ET), septiembre de 1914, p. 8.↵
- Revista Mariana, 30/05/1908, p. 464.↵
- El Pueblo, 30/09/1901 y 1/10/1901, p. 1.↵
- Para la Semana Santa de 1913, la Junta Central de Gobierno había convocado a todos los círculos de la capital a que participaran de su regular visita a los sagrarios. Se reunieron en el atrio del convento de Santo Domingo y luego formaron una numerosa columna que se dirigió al templo de San Ignacio y a la Catedral. Sobre este evento El Trabajo destacaba: “[e]l paso de una masa tan numerosa de hombres por las calles que atravesaban, producía la mejor impresión de nuestro público, por el alto ejemplo de disciplina que mostraban a la par que sin ostentación y teniendo en menos al respecto humano, hacían pública manifestación de su fe”. ET, marzo de 1913, p. 9.↵
- Con relación a este proyecto, los círculos de obreros se movilizaron a las puertas del Congreso Nacional en julio de 1902.↵
- Aquí se tomó como parámetro el artículo 6 del estatuto (Círculo Central, 1904, pp. 6-7). En las disposiciones generales, este estatuto admitía la incorporación de “señoras” en calidad de damas protectoras (p. 17). ↵
- Artículo 4 y 5, del mismo reglamento.↵
- Este fue el caso del Círculo de Obreros de San Carlos, ver: Listado de socios de 1902, correspondencia del Círculo de Obreros de San Carlos, caja 384. Archivo de la Federación de Círculos Católicos de Obreros (AFCCO), Buenos Aires, Argentina.↵
- De los dieciséis centros existentes, conseguimos documentación –siempre fragmentaria– de nueve: los círculos Central, de Balvanera, de Belgrano, de San José de Flores, de Maldonado, de San Carlos, de La Merced y de Santa Lucía.↵
- Lida (2015) menciona especialmente la cercanía del presidente Sáenz Peña, quien estuvo presente, por ejemplo, en la ceremonia de inauguración de una sede barrial de los círculos de obreros de la parroquia de San Cristóbal, y del vicepresidente Victorino De la Plaza, quien había tenido un gesto similar al acercarse a la iglesia de Santa Felicitas para inaugurar un comedor popular. Para la autora, su aproximación a las élites no apartó a los círculos de la acción social entre los sectores populares (pp. 66-73).↵
- Informe 22/09/1902, correspondencia del Círculo San Carlos, caja 384. AFCCO.↵
- Documento del año 1902, correspondencia Círculo de Obreros de San Carlos, caja 384. AFCCO.↵
- Informe con fecha 23/10/1903, correspondencia del Círculo de Balvanera; Informe con fecha 29/10/1903, correspondencia Círculo de Obreros de San José de Flores; informe con fecha enero de 1904, Correspondencia Círculo de Obreros de Maldonado. AFCCO. Las tablas completas se encuentran en Asquini (2022).↵
- La Vanguardia (LV), 10/06/1899, p. 2; La Constancia (LC), 08/12/1901, p. 1; entre otros. En la Cervecería Quilmes, ver Sección correspondencia (LV, 10/10/1896, p. 3). Una denuncia similar se hacía a raíz de la apertura del Círculo de Obreros en Santa Fe (LV, 24/10/1896, p. 2). Un caso en un taller de tejidos: LV, 01/10/1904, 08/10/1904, 22/10/1904.↵
- LC, 08/12/1901, p. 1.↵
- Esta autonomía era definida como un elemento constitutivo de la masculinidad. El cuestionamiento a la “hombría” de los integrantes de los círculos de obreros católicos se puede ver también en otras fuentes: “dos oradores afeminados y diez curas” y se tomaba también como algo pasado de moda o propio de otra época, “cuatro vejetes que en el día del Corpus y de la ‘madona’ salen a la calle”. El Obrero Ebanista (EOE), septiembre de 1917, p. 2. ↵
- La Protesta Humana, 15/10/1899, p. 1.↵
- RM, 1908, p. 464.↵
- Libro de actas del Consejo General, 05/12/1903, núm. 3, acta 266. AFCCO. ↵
- Libro de actas del Consejo General, 05/12/1903, núm. 3, acta 266. AFCCO.↵
- Libro de actas del Consejo General, 05/12/1903, núm. 3, acta 266. AFCCO. ↵
- Libro de actas del Consejo General, 05/12/1903, núm. 3, acta 266. AFCCO. ↵
- ET, septiembre de 1913, p. 7.↵
- ET, septiembre de 1913, p. 7.↵






