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Familias 4.0

Lo virtual es real

Mariángeles Castro Sánchez[1]

Unos pocos años han transcurrido desde que Michel Serres señaló el nacimiento de un nuevo humano. De un humano que conoce y se comunica de manera distinta a la de sus ancestros, porque ya no percibe el mundo del mismo modo. El autor describe así a los niños y jóvenes de hoy:

“Estos niños viven, pues, en lo virtual. Las ciencias cognitivas muestran que el uso de la Red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta de Wikipedia o Facebook no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno. Pueden manipular varias informaciones a la vez. No conocen ni integran, ni sintetizan como nosotros, sus ascendientes. Ya no tienen la misma cabeza.

Por el teléfono celular, acceden a cualquier persona; por GPS, a cualquier lugar; por la Red, a cualquier saber: ocupan un espacio topológico de vecindades, mientras que nosotros vivíamos en un espacio métrico, referido por distancias. Ya no habitan el mismo espacio.

Sin que nos diéramos cuenta, nació un nuevo humano, durante un intervalo breve, el que nos separa de los años setenta. Él o ella ya no tiene el mismo cuerpo, la misma esperanza de vida, ya no se comunica de la misma manera, ya no percibe el mismo mundo, ya no vive en la misma naturaleza, ya no habita el mismo espacio” (Serres, 2013, p. 21).

Estos nuevos humanos habitan otro espacio -el virtual- y deben reinventarse a sí mismos en un escenario cruzado por profundos cambios culturales. Serres (2013) nos hace reflexionar, nos sacude, nos estremece. “El mundo ha cambiado tanto que los jóvenes deben reinventar todo: una manera de vivir juntos, instituciones, una manera de ser y de conocer”, adelanta en la portada de su obra.

Virtual es real

Corresponde, entonces, en primer lugar, discernir de qué estamos hablando cuando nos referimos a lo virtual. Porque si buscamos hoy un antónimo de virtual, y aludiendo específicamente al universo digital, debemos oponer virtual a físico. Ya que cada vez son más porosas las fronteras (si es que existen) entre las actividades on y off line de la vida; de ahí que consideramos real lo virtual, sin dudarlo.

Castells (2000) hace un juego de palabras y describe una cultura de la “virtualidad real” cimentada sobre un espacio de flujos y un tiempo atemporal, que transforma las dimensiones básicas de la experiencia humana: tiempo y espacio. Y subraya, adicionalmente, que “la realidad, tal como se experimenta, siempre ha sido virtual, porque siempre se percibe a través de símbolos que formulan la práctica con algún significado que se escapa de su estricta definición semántica” (Castells, 2000, p. 443). Lévy (1999), por su parte, remarca que lo virtual no se define por contraposición a lo real, sino que tiene una forma propia de ser “fecunda y potente que favorece los procesos de creación, abre horizontes, cava pozos llenos de sentido bajo la superficialidad de la presencia física inmediata” (p. 8). Hay consenso, pues, entre los especialistas e investigadores.

¿Quién duda que una transacción bancaria online sea real, que una víctima de ciberbulling lo padezca realmente, que en una teleconferencia seamos dos o más personas conversando y compartiendo, aún distantes físicamente miles de kilómetros? ¿Quién podría negar que dos chicos jugando en dupla a Fortnite no están colaborando realmente y trazando estrategias para obtener resultados reales, como ganar el juego? Y ganar, en algunos casos, una suma considerable de dinero real.

Si hacemos el ejercicio simple de visualizar mentalmente la imagen de una familia actual y reflexionar sobre ella unos instantes, nos daremos cuenta de que en ninguna de esas representaciones podemos prescindir de la tecnología. ¿Cuál de las actividades que realizamos cotidianamente los miembros de una familia es posible concretar sin recurrir al uso de algún tipo de tecnología?, ¿despertarse?, ¿bañarse?, ¿desayunar?, ¿viajar al trabajo los adultos?, ¿ir a la escuela los chicos? Pensemos más allá. Pensemos en todo lo que se vincula a la existencia y al cotidiano familiar. Desde la más simple de las comunicaciones verbales o escritas hasta el complejo acto de leer una revista en soporte papel. Todas estas acciones participan de una dimensión que vamos a categorizar de estrictamente humana: la dimensión tecnológica (Thomas y Buch, 2008). Aparente paradoja, pero no lo es tal. Iremos develando lo que en esta afirmación se juega.

Seres humanos, seres tecnológicos

Comenzaremos por señalar que la noción de que la tecnología es una dimensión humana equivale a decir que los seres humanos estamos tecnológicamente constituidos (Thomas y Buch, 2008), que somos seres tecnológicos, nos guste o no la idea, nos parezca bizarra, excéntrica. Y no pensemos aquí en un cyborg en un escenario distópico. Nada de eso: el hombre, varón y mujer, es un ser social y las sociedades están tecnológicamente configuradas. Aquí vamos a un concepto amplio de tecnología, no reduccionista de lo tecnológico a lo artefactual. Siguiendo nuestra línea de razonamiento, observamos que las tecnologías son sociales y afirmamos que las tecnologías son humanas.

Lo cierto es que la dimensión tecnológica atraviesa la existencia personal y permea todos los ámbitos de la vida en sociedad. Precisamente, lo que denominamos sociedad es una ceñida trama de interacciones en la que es arduo (si no, imposible) aislar actores, relaciones o productos estrictamente humanos. Porque como adelanta Garro-Gil (2017), desde una antropología relacional, lo humano no se reduce únicamente a las personas, sino que también “las estructuras, los sistemas y las organizaciones sociales están llamados a ser cada vez más humanos, puesto que humano puede ser, en potencia, todo aquello que está en relación” (p. 637).

Para Donati (2011), el hombre es un ser-con-otro, un ser-en-relación, y su personalidad es interpersonalidad. La apertura a los demás es parte constitutiva del ser personal. Y en este ser social del ser humano está implícito su ser tecnológico: somos seres humanos, somos seres sociales, somos seres tecnológicos. Lo curioso es que, normalmente, meditamos poco sobre la tecnología. Pasa desapercibida, está naturalizada. En el día a día solo se hace visible, se patentiza, cuando deja de funcionar o cuando cambia rápidamente.

En este marco, una visión naive de la tecnología, ampliamente difundida, es la visión instrumental neutral que sostiene que no es ni buena ni mala, sino que depende del uso que se le dé. Sin embargo, sabemos que nuestra relación con lo tecnológico no es tan simple ni lineal. Burbules y Callister (2006) aseguran que nunca usamos herramientas tecnológicas sin que ellas nos usen también, y que cada vez que aplicamos tecnología para cambiar nuestro medio estamos siendo cambiados nosotros mismos. Van Dijck (2016) subraya que las plataformas virtuales no operan como intermediarias sino como mediadoras, porque están moldeando la performance de los actos sociales que allí se desarrollan, al tiempo que los facilitan.

Seamos conscientes, entonces, de que esta tarea de trabar y fortalecer vínculos en la virtualidad resulta a todas luces incompatible con una concepción instrumental de las tecnologías. Porque está claro que las herramientas modifican al usuario, a veces muy concretamente y otras influyendo en su cultura y valores. Aunque tengan asignados determinados usos, su posterior evolución se torna imprevisible y pueden adquirir nuevas finalidades, incluso desconocidas para quienes interactúan con ellas. En suma, remarcamos que la relación de las personas con la tecnología no es, pues, unilateral o instrumental, como ingenuamente solemos pensar, sino bilateral e interactiva. Y es por esto que corresponde situarse siempre en una perspectiva relacional.

No se trata de problematizar la relación con un artefacto; es mucho más profundo que esto. Primero, porque no reducimos tecnología a artefactos. Segundo, porque como vimos la propia distinción entre lo humano y lo tecnológico nunca es del todo neta: somos modificados de manera constante y de un modo muy específico, cultural, psicológica y hasta físicamente por las tecnologías que utilizamos. Un niño que puede preguntarle a Alexa, a Google, a Siri, a Cortana lo que desea saber, desde cuestiones prosaicas hasta preguntas más complejas, que recibe una respuesta prácticamente inmediata y además pertinente, está siendo transformado por esta experiencia.

Harari (2018) nos recuerda que los humanos hemos sido históricamente más hábiles en inventar herramientas que sabios en usarlas. No obstante, destaquemos algo: la capacidad de transformación no es algo intrínseco a las tecnologías, sino a la propia relación de esta con las personas. Entonces, la mirada debe estar puesta en lo interaccional: porque no es ni positivo, ni negativo en sí, pero tampoco es neutral. Es básica y sencillamente relacional.

Familias multipantalla

Pasemos ahora a los medios digitales como una categoría más específica. Que se han integrado profundamente en la vida familiar, introduciendo nuevas formas de comunicación, es un dato de la realidad. Pero está estudiado que, contrariamente a lo que los titulares sensacionalistas podrían hacernos creer, antes que desplazar las formas establecidas de interacción y comunicación, vinieron para convivir con ellas, configurando un sistema ecológico de medios. Livingstone (2008) advierte que la agenda de la investigación ya no se centra en la relación de los niños con Internet como medio, sino que, más profundamente, refiere a la relación de los niños con el mundo mediada por Internet. Esto significa que, potencialmente, todos y cada uno de los componentes del modelo socioecológico –familia, educadores, instituciones, cultura– debemos reconfigurarnos en la era digital, ya que no significamos que significábamos en contextos analógicos, ni funcionamos del modo en que lo hacíamos antes.

Algunas cifras dan cuenta de lo arriba referido. Según el informe 2019 de Hootsuite & We are social, el 67% de la población mundial es usuaria de tecnología móvil, celulares, smartphones. El 57% es usuaria de Internet y el 45% de medios sociales, redes, plataformas (Kemp, 2019).

Ahora bien, si nos centramos en el porcentaje de la población que usa Internet por país, Argentina ocupa un lugar entre los países de mayor penetración del uso de Internet, que alcanza un 93%, quedando posicionada entre España y Japón.

A nivel local, el informe INDEC 2018 introduce al celular como la tecnología de mayor uso: 8 de cada 10 habitantes en Argentina emplean teléfono móvil (el 83,5% de la población de los aglomerados urbanos relevados).

Figura N° 1: Uso de tecnologías digitales a nivel global

Fuente: elaboración propia a partir de Kemp (2019).

 Figura N° 2: Acceso y uso de TIC en Argentina

Fuente: elaboración propia a partir de INDEC (2019).

Está claro que los medios digitales han llegado para quedarse, reproducirse y evolucionar. Y en la valoración que hacemos de su inserción en el ámbito familiar, podemos nítidamente distinguir entre una corriente tecnófoba, que considera que los avances en materia de tecnología digital socavan las relaciones intrafamiliares –una visión apocalíptica–, y una corriente tecnófila, más integrada, que celebra las nuevas mediaciones como la panacea del vínculo. Ambas miradas son extremas e imprecisas, y dan cuenta de una serie de mitos que es preciso desmantelar para poder pisar sobre un terreno firme de análisis.

Un estudio muy específico, realizado por la consultora GAD3 de España en 2018 sobre el impacto de las pantallas en la vida familiar, remarca que los hogares con hijos menores se han convertido en entornos multipantalla donde conviven al menos una televisión, un smartphone, una tableta, un ordenador y una videoconsola. Esta realidad está transformando aspectos importantes de la vida de las familias, puesto que, si bien es cierto que las pantallas contribuyen notablemente a gestionar cuestiones de la vida diaria, son también causa de preocupación para los padres. Del mismo modo, esa inmediatez en la gestión de los asuntos cotidianos hace que la comunicación entre la pareja a lo largo de la jornada sea necesaria, y también en este aspecto la tecnología juega un papel favorable. Así lo admite el 55% de las familias encuestadas. Desde una mirada más tecnófila, 7 de cada 10 familias confirma que ve facilitada su gestión familiar gracias a estos dispositivos, mientras que, desde un perfil más tecnófobo, 5 de cada 10 los considera fuente de conflictos y tensiones (Michavila, Abad y García Simón, 2018).

Algunas escenas de la vida familiar ilustran esta afirmación: adolescentes que anteponen una partida de videojuegos a la tarea escolar, notificaciones en medio de la cena, conversaciones familiares reducidas. Todos estamos demasiado ocupados hablando con alguien más: cerca de los que están lejos y lejos de los que están cerca. En este contexto, los padres también somos conscientes de estar realizando un uso intensivo de las pantallas y nos cuestionamos en qué medida suponemos ser un buen ejemplo para nuestros hijos. A la hora de este análisis en este mismo estudio, más de la mitad considera que hace un buen uso de las pantallas, constituyéndose en un buen modelo para sus hijos. En cambio, 3 de cada 10 son quizás más realistas o autocríticos, y admiten que hacen un uso excesivo (Michavila, Abad y García Simón, 2018).

Otros datos de interés son aquellos que nos indican que 2 de cada 3 familias usan el entretenimiento digital como recompensa a la buena conducta de los hijos (contraprestración a portarse bien) y que nos corroboran que en 7 de cada 10 familias hay normas de control parental para el uso de smartphones y tabletas (Michavila, Abad y García Simón, 2018). Esto está ampliamente instalado, aunque habría que indagar un poco más respecto del cumplimiento de las normas establecidas, de las dinámicas de límites y negociaciones que se juegan en cada ámbito familiar concreto.

Finalmente, destacamos que entre las conclusiones de este informe se remarca que padres y madres ven la necesidad de formarse y saber más para educar a sus hijos en un uso saludable y responsable de las pantallas.

Figura N° 3: Valoración de las pantallas en el ámbito familiar

Fuente: elaboración propia a partir de Michavila, Abad y García Simón (2018).

Llegados a este punto señalamos que los padres tienen en la actualidad un nuevo papel: el de mediadores entre sus hijos y las tecnologías digitales; y que esta función demanda un acompañamiento basado en la confianza y en la seguridad de quien tiene criterios claros de actuación on y off line. Implica tanto alertarlos de los riesgos de Internet, como aprovechar las oportunidades que ofrece la tecnología para favorecer el diálogo intergeneracional.

Un enfoque tecnoético

Al comienzo dijimos que somos seres tecnológicos. Aquí añadimos que los seres humanos somos también seres éticos que valoramos nuestras actuaciones y que nos perfeccionamos en los hábitos. Entonces, ¿cómo hacer para trascender ese binarismo fobia/filia inserto en las sociedades y en las familias, más concretamente con foco en la relación educativa con nuestros hijos? Tendremos que hacerlo, sin más, desde un enfoque tecnoético. Ni tecnófobos, ni tecnófilos: tecnoéticos.

Ahora bien, ¿qué quiere decir tener un enfoque parental tecnoético? En primer lugar, es necesario mirar la realidad y aceptarla. Porque es nuestro punto de anclaje. La realidad de que como seres sociales somos seres tecnológicos, en un sentido amplio. La realidad que nos muestra que las mediaciones han cambiado y que nuestros hijos son protagonistas de este cambio. Ellos ya están seteados de otro modo y nosotros debemos acompañarlos, siendo consistentes entre el decir y el hacer, desde un lugar de empatía y en una dinámica de reciprocidad.

Mirar la realidad. La realidad que nos habla de la persistencia de la vida en familia, aun frente a las profundas transformaciones culturales que la humanidad experimenta. La realidad que evidencia que nuestra tarea como padres no caduca, que está absolutamente vigente, más allá de las mediaciones que predominen. Y que este enfoque tecnoético implica una toma de conciencia de nuestra labor educativa para potenciarla, valiéndonos de los medios a disposición. Debemos asumir esta responsabilidad mediadora educativa sobre nuestros hijos, sobre su alfabetización digital y sobre la formación de su identidad digital, promoviendo que las dimensiones on y off line de su vida estén integradas de manera armónica. En este sentido, la generación de hábitos positivos continúa siendo un objetivo central de la parentalidad. Y el modelado de los padres sigue teniendo un efecto primario potente en el proceso de subjetivación de los niños.

Tecnoéticos, para generar criterios de actuación basados en la reflexión y el discernimiento sobre los efectos de nuestros actos, nuestras motivaciones y sus consecuencias en los otros y en nosotros mismos, on y off line. Tecnoéticos y tecnovirtuosos. Esto es: promotores de hábitos favorables a una vivencia sana, plena y feliz de las tecnologías digitales en nuestras vidas.

Y, como lo virtual es real, las virtudes y los valores que promovemos encabalgan ambos espacios: el físico (el de las distancias, al decir de Serres) y el virtual (el de las vecindades). Porque, en definitiva, ambos anidan en la unidad de la persona, en nosotros padres y también en ellos, nuestros hijos e hijas.

Bibliografía

Burbules, N. y Callister, T. (2006). Educación: riesgos y promesas de las nuevas tecnologías de la información. Buenos Aires: Granica.

Castells, M. (2000). La era de la información: Economía, cultura y sociedad. Volumen I: La sociedad red. Madrid: Alianza.

Donati, P. (2011). Relational Sociology: A New Paradigm for the Social Sciences. Londres: Routledge.

Garro-Gil, N. (2017). Relación, razón relacional y reflexividad: tres conceptos fundamentales de la sociología relacional. Revista Mexicana de Sociología, 79, N° 3, p. 633-660.

Harari, Y. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Barcelona: Debate.

Instituto Nacional de Estadística y Censos, INDEC. (2018). Informes Técnicos. Vol. 2, nº 92. Ciencia y tecnología. Vol. 2, nº 1, Acceso y uso de tecnologías de la información y la comunicación, EPH. 

Kemp, S. (2019). Digital Around the World 2019, Hootsuite & We are social. Obtenido  de https://hootsuite.com/pages/digital-in-2019#accordion-115547

Lévy, P. (1999). ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós.

Livingstone, S., y Helsper, E. (2008). Parental Mediation of Children’s Internet Use. Journal of Broadcasting & Electronic Media, 52:4, 581-599, DOI: 10.1080/08838150802437396, 581-599.

Michavila, N., Abad, M. J & García Simón, P. (2018). El impacto de las pantallas en la vida familiar. Hogares hiperconectados: el comportamiento de padres e hijos en un entorno multipantalla. Madrid: Gad 3 & Empantallados.

Serres, M. (2013). Pulgarcita. México: Fondo de Cultura Económica.

Thomas, H. y Buch, A. (2008). Actos, actores y artefactos: Sociología de la tecnología. Bernal: UNQ.

Van Dijck, J. (2016). La cultura de la conectividad. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.


  1. Instituto de Ciencias para la Familia Argentina. Universidad Austral.


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