Una introducción al pensamiento de Emmanuel Lévinas
Carlos Álvarez Teijeiro[1]
Resumen
Emmanuel Lévinas, el filósofo de la ética por antonomasia en el siglo XX y por mérito propio uno de los filósofos éticos más importantes de la historia de la filosofía occidental, es también el filósofo del Otro. Así, cabe afirmar que ningún pensamiento ha profundizado como el suyo en los avatares de la relación ética entre el sujeto y la alteridad, la otredad.
El objetivo general de este trabajo es exponer de manera sencilla y comprensible unas ideas que suelen presentarse bastante oscuras en la obra filosófica del autor, pues no se analizará aquí su profusa producción religiosa. Espera mostrarse que sus ideas sobre el yo y el Otro son pertinentes para comprender mejor las relaciones interpersonales en tiempos de la (re)evolución 4.0. Como objetivos específicos, este trabajo se propone exponer en orden cronológico las principales obras del pensador, con especial énfasis en sus implicaciones éticas: De la evasión (1935), El tiempo y el Otro (1947), De la existencia al existente (1947), Totalidad e Infinito: Un ensayo sobre la exterioridad (1961) y, por último, De otro modo que ser, o más allá de la esencia (1974).
A juicio de Lévinas, la historia de la filosofía occidental comenzando por Grecia ha mostrado una inusitada preocupación por el Ser, esto es, ha sido básicamente una ontología y, en consecuencia, ha relegado a la ética a un segundo o tercer plano. Nuestro autor sostiene, por el contrario y en un claro movimiento a contracorriente, que la ética debe ser considerada la filosofía primera y, aun más, previa incluso al mismo filosofar. Este novedoso planteamiento implica, como cabe suponer, que la pregunta fundamental de la filosofía deja de originarse en torno al Ser para indagar acerca del Otro: se trata así de una filosofía en primera persona. Tal cambio radical de perspectiva genera una modificación fundamental en el modo de concebir las relaciones interpersonales, el complejo entramado de significados que rodean a la relación Yo y Tú de la que ya había hablado el también filósofo Martin Buber.
Que la ética sea la filosofía primera, como postula Lévinas, supone que el Otro reclama toda nuestra atención intelectual y afectiva, hasta el punto de considerar que la relación con el Otro es una de las medidas de nuestra identidad. Así, la actitud “natural” –término husserliano que no usa Lévinas– sería la de estar en permanente disposición con respecto al encuentro con el Otro, la de estar en permanente estado de apertura para dejarnos interpelar por él.
La ontología, dice el autor, al haber estado preocupada por el Ser, ha estado asimismo preocupada por la Existencia, cuando de lo que se trata es de preocuparse por el Existente concreto que supone cada alteridad para nosotros. A modo de conclusión puede afirmarse que la ética levinasiana del encuentro con el Otro, Rostro concreto e irreductible a la apropiación, puede aportar una mirada innovadora para (re)evolucionar las relaciones interpersonales en un contexto 4.0.
Palabras clave: Emmanuel Lévinas, ética, alteridad.
Biografía y bibliografía, vida y obra. Breve reseña
Emmanuel Lévinas nace en Kovno, nombre ruso de Kaunas (Lituania), el 12 de enero de 1906 en el seno de una familia judía y burguesa acomodada. Será el mayor de tres hermanos. En 1914, durante la I Guerra Mundial, los alemanes ocupan Kovno y los Lévinas se ven obligados a abandonar Lituania. En 1916 la familia se establece en Járkov, Ucrania, donde viven la revolución bolchevique. En 1920, terminada la guerra, la familia vuelve a Kovno. En 1923 Lévinas inicia estudios de filosofía en Estrasburgo. En 1926 se inicia su duradera amistad con Maurice Blanchot. En el curso académico 1928/1929 estudiará en la universidad de Friburgo, donde asiste a seminarios de Husserl y Heidegger.
En 1930 se doctora en filosofía con un trabajo titulado Teoría de la intuición en la fenomenología de Husserl. Ese mismo año se nacionaliza francés y se casa con su amiga de la infancia, Raïsa Levi. En 1931 asiste a las veladas filosóficas que organiza mensualmente Gabriel Marcel. Allí conoce a un jovencísimo Jean-Paul Sartre. Asistirá por esta época al nacimiento de la revista Esprit, de Emmanuel Mounier, con la que colaborará asiduamente.
En 1935 nace su hija Simone y publica De la evasión. En 1939 comienza la II Guerra Mundial y es movilizado en el ejército francés como intérprete de alemán y ruso. Desde 1940 hasta 1945 permanece detenido en un campo de prisioneros en el norte de Alemania. En 1945 puede por fin regresar a París. Allí dirigirá, desde 1946 hasta 1980, la Escuela Normal Israelita Oriental (ENIO).
En 1947 publica De la existencia al existente y El tiempo y el otro. Comienza sus estudios del Talmud. En 1949 nace su hijo Michaël. En 1952 visita Israel por primera vez. En 1957 da inicio a los anuales Coloquios de Intelectuales Judíos, en los que participará muy activamente. En 1961 publica Totalidad e infinito. En 1967 es nombrado profesor de la universidad de París-Nanterre y en 1973 de La Sorbona. En 1974 publica su última gran obra filosófica, De otro modo que ser o más allá de la esencia.
En 1976 se jubila como profesor pero seguirá impartiendo seminarios hasta 1984. Los últimos años de su vida los pasará escribiendo libros religiosos. Muere en París la noche del 24 de diciembre de 1995.
Su pensamiento
La crítica global de Lévinas a toda la filosofía occidental consiste en el iluminador reproche de haber matado a la realidad para hacerla suya. Pero ¿podría ser de otro modo? ¿Es posible que el conocimiento conozca sin dominar? La filosofía nos ha dicho que renunciar a la posibilidad del conocimiento objetivo sería precipitarse en el abismo de la irracionalidad o en el del misticismo incomunicable. La revolución de Lévinas consiste en plantear un nuevo punto de partida para el pensamiento, no ya la pregunta ontológica por el ser que ha hecho la razón abstracta.
El origen del pensamiento se desplaza hacia el hecho ético de la relación con el Otro, el encuentro con el prójimo. Otro en tanto que Otro, no como representación de mi conciencia y objeto de mi voluntad, sino como ser existente fuera de mi conciencia y de mi voluntad. La ética queda así concebida no como una rama de la filosofía, sino como la filosofía primera.
La ética es la filosofía primera porque el hecho básico del ser humano es su naturaleza moral, no su capacidad racional, y esta naturaleza nace en el encuentro decisivo con el Otro en tanto que Otro. Lo ético, no el Ser, es lo primero que hay que pensar en la filosofía. Así, la concepción ética de Lévinas es distinta de cualquier otra. Es una metaética, una protoética. Cuando dice “ética” hay que entender más bien lo ético.
Su reflexión no se centra en contenidos éticos concretos (el bien, el mal, la virtud…) sino en algo anterior: el ahondamiento en la dimensión moral del ser humano. Y esta reflexión queda expuesta en sus cinco obras filosóficas fundamentales: De la evasión (1935), De la existencia al existente (1947), El tiempo y el otro (1947), Totalidad e infinito (1961) y De otro modo que ser o más allá de la esencia (1974). No se considera en este trabajo su prolífica obra religiosa. Lévinas escribió 25 interpretaciones del Talmud, que serían la fuente de sus libros religiosos.
La filosofía de Lévinas es incomprensible si se ignora su inicio fenomenológico. Lévinas subraya la importancia de la nueva concepción y el nuevo método fenomenológico, y constata que le ha facilitado un instrumento adecuado para desarrollar su tarea filosófica. Con el rechazo de la actitud natural de las ciencias, la fenomenología hace que la conciencia sea mucho más consciente de sí misma y de sus propias operaciones. En su peculiar y libre adopción del método fenomenológico, Lévinas ampliará y ahondará mucho su alcance al explorar estratos de experiencia preintelectuales y afectivos, en los que detecta el primer momento de la vida moral y la trascendencia hacia otros.
¿En qué consiste el distanciamiento de Lévinas con respecto a la fenomenología? Se trata de un doble distanciamiento. En primer lugar, el intelectualismo: según Lévinas, el yo trascendental constituye sus objetos desde una posición desencarnada, no implicada, indiferente; la conciencia se halla en una libertad que sólo responde ante sí misma.
En segundo lugar, la proclividad al solipsismo: el ego trascendental está aislado de los demás entes; no establece conexiones de intersubjetividad con los otros. Según Lévinas, la fenomenología sostiene, con el axioma de la intencionalidad, que cualquier pensamiento se caracteriza principalmente por estar dirigido hacia su contenido. Pero en la relación con el Otro, Lévinas sostiene que no se da esta estructura fenomenológica porque el Otro no se produce como un contenido/objeto para el pensamiento o la reflexión. El Otro no es un fenómeno que aparece en la conciencia, sino un enigma que abre y atrae, pero que se resiste a la acción comprensiva de la intencionalidad.
Heidegger no rompe por completo con Husserl, pero crea una filosofía nueva –la ontología fundamental– al arrancar a esta conciencia de su trascendencia e introducirla en el flujo existencial. Es esta completa inclusión e inmersión de la conciencia en la historia y el tiempo lo que fascina inicialmente a Lévinas. Sin embargo, poco a poco se distanciará también de Heidegger: aun coincidiendo con él en el rechazo a la primacía de lo teórico, considera que el encuentro no es el encuentro con el Ser, sino con los seres. Así es que el ser-en-el-mundo termine por resultarle igual de abstracto e impersonal que el yo trascendental se sume también en la incomunicación y en la incomunicabilidad.
Al análisis existencial que Heidegger lleva a cabo del ente contra el horizonte y a la luz del Ser, Lévinas opondrá una descripción de la experiencia en el mundo en la que se produce el encuentro con el prójimo, puesto en la base de la experiencia moral y de la reflexión ética. Lévinas sostiene que no sólo la fenomenología husserliana, sino también la ontología fundamental de Heidegger reduce lo ético a la comprensión, a lo que él llama genéricamente ontología. La ética, el encuentro con el Otro, por el contrario, es irreductible a concepto, no es tematizable.
Con De la evasión (1935) se da inicio a la obra propia de Lévinas. En este primer texto se introduce ya uno de los grandes temas levinasianos: la necesaria salida de la ontología, la salida (evasión) fuera del Ser. El ser en el que ahonda Lévinas es un ser concreto y situado que se caracteriza por su necesidad de excedencia. Tal necesidad no se debe a una carencia fundamental sino todo lo contrario: el ser desea trascenderse a sí mismo precisamente porque es pleno, porque lo fundamental de la experiencia de la plenitud es rebasarse.
La necesidad de la evasión cobra una forma dramática porque es la necesidad de escapar a la existencia como tal, a la verdad elemental y brutal de que hay ser. Si hay ser se ha declarado como verdad elemental en De la evasión, hay es el concepto central de su siguiente obra, De la existencia al existente (1947). La conciencia, el sujeto y la identidad emergen del hay, no le preexisten. El sentido del movimiento queda claramente expresado en el título: de la existencia (hay) al existente (el sujeto humano concreto).
En El tiempo y el otro, también de 1947, se expone el gran tema de la responsabilidad ontológica que ha planteado Heidegger (el ser tiene que asumir la responsabilidad por su Ser) y se identifica en Lévinas con la responsabilidad ética: el ser asume la responsabilidad por el ser del otro. Ésta es la gran diferencia y novedad del pensamiento levinasiano frente a toda la tradición filosófica: la entrada del otro en el ser esencial del yo y la significación ética de ese encuentro metafísico.
A este encuentro se dedican las dos grandes obras del autor, Totalidad e infinito (1961) y De otro modo que ser o más allá de la esencia (1974), incoado en El tiempo y el otro. En esta obra sigue diciendo el autor que el despertar completo del ser, la realización plena de su posicionamiento en la existencia, se produce por la irrupción del Otro en la subjetividad. El núcleo de la filosofía levinasiana, plenamente definido desde ahora, es lo que habrá de denominarse fenomenología de la alteridad.
El encuentro con lo Otro, con el Otro, lo es con lo que es heterogéneo, indómito e incomprensible para la conciencia, puesto que si ésta lo comprendiera, lo iluminara, dejaría de ser alteridad y exterioridad para ser asimilada en su seno. Con el planteamiento de este tema quedan abiertas las puertas para Totalidad e infinito (1961).
En esta obra se presenta la naturaleza íntima del ser humano como básicamente moral y en ella se describe también su capacidad de reconocer y respetar al Otro, al prójimo o semejante. La hospitalidad moral –recibimiento– que el sujeto ofrece al Otro es una relación metafísica en la que ambos establecen un contacto que mantiene su separación e individualidad, al tiempo que los vincula.
El tema del libro es de cómo el sujeto, el yo –que en lenguaje de Lévinas se llama Mismo y Totalidad–, puede abrir su interioridad al Otro –también llamado infinito– respetando su alteridad, sin asimilárselo. El ser es ahora existencia humana concreta: yo corporeizado dotado de afectividad y sensibilidad. El ser neutro se ha dejado atrás en el hay. La subjetividad es concebida como plural, pues lo que queda más allá del Mismo o la Totalidad es el Otro.
Lo Otro no es un mero concepto (objeto de conciencia) del Mismo: posee realidad exterior, objetiva, independiente. Lévinas también lo llama exterioridad, infinito, alteridad y trascendencia. Es Infinito porque no se deja encerrar en la Totalidad con la que el sujeto (el Mismo) experimenta y piensa lo real. De este modo, en Lévinas queda la ética por encima de la ontología porque el bien se encuentra más allá de la esencia del Ser.
El Otro es incomprensible, pues de lo contrario dejaría de ser Otro y se convertiría en el Mismo (ésta es la operación característica que viene realizando la filosofía, según Lévinas). Lo Otro en tanto que Otro se obstina en permanecer más allá de la inteligibilidad del sujeto.
Prosigue Lévinas diciendo que el ser individual posee una morada, un hogar. Y es en la intimidad de la morada donde puede recibir, dar la bienvenida al Otro. En el hogar se da la ética, la sociabilidad, la recepción del Otro. El ser va más allá de sí, partiendo de sí. La realización del Mismo exige la recepción del Otro en tanto que Otro, sin apropiárselo. El tema del Otro ha sido abordado también en la filosofía por Martin Buber (1878-1965) – especialmente en su obra Yo y tú (1923) – y por Gabriel Marcel (1889-1973) con su existencialismo cristiano o personalismo. Y el pensamiento de Lévinas sobre este asunto ha ejercido una enorme influencia, entre otros, en Gilles Deleuze, Michel Foucault y Jacques Lacan.
El Otro se manifiesta como exterioridad y alteridad en la epifanía o revelación del rostro (visage). Rostro es lo que no se puede aprehender, comprender. Es la irrupción del Otro que no se deja reducir a representación, a concepto, a tema. El “cara a cara” es la relación ética, el fundamento del ser humano, que es anterior y más básico que el conocimiento.
El rostro impone una responsabilidad absoluta hacia el Otro. En el rostro se dan la desnudez y la indefensión; el Otro es el menesteroso y el desvalido. Mi obligación es siempre mayor porque me incumbe únicamente a mí, a quien la epifanía del rostro ha impuesto una obligación ética. Algunos autores, como Jacques Derrida, plantean que el libro posee un problema fundamental: se trata de salir del logos griego hablando en griego. Y quizás sea así.
Una de las dificultades del libro reside en la violencia que el lenguaje y la argumentación ejercen sobre sí mismos para evitar que el Mismo cumpla su imperialismo sobre el Otro. En efecto, Lévinas admitirá que todavía no ha llegado a la ética sin ontología. Tendrá que buscar un lenguaje nuevo que no sea ya un simple medio para transmitir ideas, sino el medio en que se experimenten. Así habrá de llegar De otro modo que ser o más allá de la esencia (1974).
Esta obra radicaliza y lleva al extremo las ideas de Totalidad e infinito. La principal diferencia con respecto al texto anterior es una conciencia mucho mayor del lenguaje: el descubrimiento de que las ideas nuevas requieren un lenguaje también nuevo. La anterioridad y superioridad de la ética respecto a la ontología exigen la búsqueda de un nuevo modo de significar: exigen la renuncia a un lenguaje fatalmente marcado y determinado por la ontología y la creación de uno nuevo en el que pueda producirse una ética sin ontología.
A juicio de Lévinas, el discurso, el lenguaje, son esencialmente ontológicos, están del lado del Ser, de la esencia. La trampa de la ontología es reducirlo todo a ser de otro modo, es convertir todo lo existente en variaciones y proyecciones del Ser. Esta trampa tiene el efecto de incluir la ética en la ontología, lo de otro modo que ser (la ética) en lo ser de otro modo (la ontología). Lévinas desea situarse al margen de este ámbito, más allá de la esencia.
Para ello, el autor descubre que hay que renunciar al vocabulario anterior y adoptar uno nuevo, a menudo mucho más agresivo (obsesión, rehén, expiación, herida, traumatismo…). La ruptura con el modo clásico de hacer filosofía es ya absoluta. Esta tensión del lenguaje se expresa en la oposición discursiva decir (dire)-dicho (dit). El primero es el lenguaje de la ética; el segundo, el de la ontología.
El decir es el ámbito de lo de otro modo que ser. El descubrimiento de la diferencia entre el decir ético y lo dicho ontológico no se limita a un plano conceptual, sino que la afirmación de la primacía y anterioridad del decir implica (impone) la ruptura con el discurso filosófico clásico.
La responsabilidad hacia el prójimo, el respeto pleno a su otredad absoluta, exige el abandono del lenguaje lógico de la ontología dominado por la esencia. De otro modo que ser… no se propone suprimir lo Dicho. Pero sólo una vez establecida esta olvidada prioridad (la del Decir) será posible entender el carácter derivado de lo Dicho. El decir pre-original nos sitúa en la relación ética que Lévinas llama proximidad. Debemos entender esta proximidad como disponibilidad y respuesta al llamado o interpelación del Otro o prójimo.
El prójimo, en tanto que Otro, se expresa sin aparecer, sin convertirse en tema objetivado de mi conciencia. Se mantiene así en el decir, sin ingresar en lo dicho. La obligación hacia el prójimo –proximidad– es lo que funda la subjetividad y no es opcional. Su carácter es tan absoluto que Lévinas lo llama obsesión. No me puedo desentender del prójimo porque con ello perdería mi subjetividad. No es ya que el Mismo acepte la trascendencia del Otro, sino que lleva en sí mismo la proximidad del prójimo. La proximidad impide desentenderse del Otro y sus acciones. La responsabilidad ética por el Otro adquiere así un carácter absoluto.
Llegados a este punto pueden realizarse a Lévinas al menos dos preguntas: 1) ¿por qué ingresa en el logos si no acepta sus condiciones? y 2) ¿a dónde quiere salir? Con respecto a la primera pregunta, Lévinas puede muy bien responder diciendo que el desmontaje de la filosofía sigue siendo filosofía. Su empeño, su aventura, su riesgo han consistido en abrir una brecha que posibilitara una esforzada salida del logos desde dentro del logos. Con respecto a la segunda pregunta, el autor puede responder que toda su obra es un salir a la vida misma, a la existencia. La deseada trascendencia es intramundana: quiere vivir y ayudar a vivir en este mundo.
Aun a pesar de su complejidad y oscuridad, su obra nos deja un legado filosófico claro: la necesidad de una relación con el Otro no mediada por la ontología. El Otro nos interpela por medio de su rostro y en la respuesta a esa interpelación, en la forma de la responsabilidad y la hospitalidad, acontece la relación ética.
Hay una idea levisaniana que discurre a través de toda su obra: la filosofía no nace del amor a la sabiduría sino de la sabiduría del amor. Su obra no permite que podamos preguntarnos, como Caín, “¿acaso soy el guardián de mi hermano?” pues, en efecto, a partir de Lévinas, sabemos que lo somos.
Conclusiones
La preeminencia del Ser ha sido categórica en la historia de la filosofía occidental. Incluso los que más cerca han estado de abandonar esa preeminencia, como Martin Heidegger al situar al Ser en el tiempo, han terminado desarrollando una ontología fundamental. De esta ontología ha querido evadirse Emmanuel Lévinas a lo largo de toda su obra.
Frente a la preeminencia de la relación ontológica, la relación con la existencia, Lévinas ha buscado dar primacía a la ética, a la relación con el existente, en cuanto Otro cuyo rostro me interpela e invita (incita) a la responsabilidad y a la hospitalidad más absolutas e irrenunciables, tanto que sin ellas perderíamos nuestra subjetividad. La subjetividad pre-original del yo queda así constituida por su relación ética con el Otro.
La superación de la ontología por la radicalidad de la ética convierte a Lévinas en el filósofo ético por antonomasia del siglo XX y en uno de los más grandes pensadores éticos de la historia de la filosofía occidental. La relación ética con el Otro, la disposición al encuentro con la alteridad en la forma de solicitud, es una de las claves del desarrollo humano de las relaciones interpersonales en tiempos de la (re)evolución 4.0.
Este desarrollo humano no puede cumplirse así solitariamente, sino solidariamente. Frente al individuo desencarnado de la ontología, Lévinas ofrece una singularidad, una persona encarnada en el tiempo y el espacio con la forma de un acontecimiento por completo abierto a la Otredad. La realización personal (término que Lévinas no utiliza) es una relación alterada, afectada por el alter, por el Otro. Sin esa afección no hay posibilidad alguna de desarrollo humano de las relaciones interpersonales.
El interés por los demás, el inter-esse, estar entre (otros), se encuentra en la entraña misma de la apuesta levinasiana por la ética, justamente lo contrario de lo que acontece en la actitud des-interesada.
Si Heidegger arrojó el Ser al mundo, podría decirse que Lévinas lo recoge en la forma de su cuidado. Ser no es ser-con, diría el pensador alemán, sino ser-para. En el pensamiento levinasiano este ser-para es decisivo, es lo que verdaderamente decide la suerte de nuestra relación con el prójimo –con el próximo– aquel existente que nos interpela.
No hay desarrollo humano sin una vocación clara hacia la alteridad; no hay relaciones interpersonales que merezcan ser calificadas como tales si el Otro no está presente en ellas como aquello hacia lo que tienden. La ética es así el lugar (y el tiempo) del desvelamiento del Otro –de su aletheia– el espacio en virtud del cual el Otro es dado para mí y al que debo responder en la forma de la solicitud irrestricta.
No se trata de una relación Yo-Tú como la planteada por Martin Buber. Aquí el yo ya está constituido por el Otro, su subjetividad está penetrada por la alteridad: yo es nosotros.
En tiempos de la (re)evolución 4.0 resulta impensable una ecología del desarrollo humano sin tener en cuenta esta profunda perspectiva filosófica. Es, sin duda, un pensamiento audaz el de Lévinas, pero necesitamos tiempos audaces, intrépidos, si aspiramos a que las relaciones interpersonales se desarrollen de manera venturosa.
- Investigador, Escuela de Posgrados en Comunicación, Universidad Austral, Argentina.↵






