Las depresiones conforman un problema de salud pública de orden global. En el transcurso de algunas décadas los trastornos depresivos se convierten en el diagnóstico en salud mental más frecuente a nivel mundial y diversos investigadores consideran que estamos frente a una epidemia (Peters, 2021; Pignarre, 2003; Van Den Bergh, 2013, Petersen, 2009; Hidaka, 2012). Así, estos diagnósticos psiquiátricos dejan de ser epidemiológicamente irrelevantes a mediados del siglo veinte y pasan a conformar los mayor prevalencia (Ehrenberg, 2000; Whitaker, 2015). Según la Organización Mundial de la Salud[1] la depresión afecta a más de 300 millones de personas, es la principal causa de discapacidad y el factor que más contribuye a las defunciones por suicidio en el mundo (OMS, 2021). Además, el número total estimado de personas que padece esta aflicción crece. Se registra un aumentó de un 18,4% entre el 2005 y el 2015 (OPS, 2017a). A su vez, la pandemia de coronavirus (COVID-19) favorece un incremento significativo de los índices de depresión (Santomauro, et al., 2021).
En consonancia con la magnitud de las cifras y la relevancia asignada por organismos de salud, autoras y autores provenientes de diversas disciplinas, a partir de argumentos disimiles, convergen en describir las sociedades contemporáneas y a sus individuos a partir de rótulos asociados a depresión (Grippaldi, 2021a). Así, destacan que “vivimos en una época de las «pasiones tristes»” (Benasayag y Schmit, 2010:23; Dubet, 2021), en una “sociedad depresiva” (Roudinesco, 2015), “del cansancio” (Han, 2012), en la “era de la melancolía” (Blazer, 2005), en la “nueva era de la angustia” (Salecl, 2018), “del vacío” (Lipovetsky, 1986), en la “edad de la depresión” (Horwitz, 2011; 2010), en una “moda negra” (Leader, 2011), entre otros términos que describen el “espíritu depresivo de nuestro tiempo” (Fisher, 2018:87).
Estas caracterizaciones sustentadas principalmente en reflexiones teóricas y en estudios históricos no suelen estar acompañadas del interés por comprender las vidas y perspectivas de las personas que experimentan esta condición. A su vez, aunque las depresiones constituyen un problema de salud pública mundial, son reducidas las investigaciones en el campo de las Ciencias Sociales, en Argentina, que aborden las subjetividades de quienes sufren depresión y participan en espacios terapéuticos. Consideramos que las voces de las personas que sufren este tipo de aflicción no han sido suficientemente escuchadas. Los padecimientos depresivos representan uno de los dominios empíricos que permanecen relativamente inexplorados y, por tanto, sostenemos que configuran un terreno fértil para contribuir a la comprensión de las individualidades contemporáneas.
En este libro nos abocamos a esta tarea, que consiste en indagar desde una perspectiva sociológica en las subjetividades de quienes padecen o padecieron estas aflicciones y recuren a la ofertas del campo psi en la ciudad de Santa Fe como forma de dar respuestas a este malestar subjetivo. A partir de la realización de entrevistas biográficas a personas que sufren, o recientemente sufrieron, depresión y a terapeutas del ámbito de la salud mental, analizamos las múltiples maneras de contar y dar sentido a sus experiencias biográficas. Específicamente, abordamos relatos de vida centrados en: la adquisición de la noción de depresión para identificar lo que les sucede y sus teorías personales sobre el origen; los modos de estar en el mundo; los aportes y críticas a las terapias y; finalmente, los devenires biográficos después de la llegada de la depresión.
Depresiones como objeto de interés sociológico
La depresión como objeto de indagación sociológica en el ámbito nacional permanece inexplorada. Esta desatención puede comprenderse por la percepción en el imaginario colectivo de que esta constituye un fenómeno estrictamente psicológico, privado e individual. De esta creencia se infiere que esta condición es, y debe ser, estudiada por las disciplinas de la psicología, la psiquiatría y toda una amplia gama de campos del saber del ámbito de la biología, la genética y las neurociencias. Así, si cada área de la ciencia tiene asignado un conjunto de objetos de investigación, algunos malestares, como las depresiones, parecen restringirse a reducidos centros de estudios. En esta división de los objetos, las depresiones no constituyen parcelas de realidad en la que tenga “propiedad” (Gusfield, 2014) e injerencia la sociología o la antropología.
Los estudios en el ámbito nacional sobre las depresiones provienen, fundamentalmente, de la psiquiatría, el psicoanálisis y otras corrientes de la psicología (Benasayag y Schmit, 2010; Winograd, 2007; Hornstein, 2011; De Biasi, 2013; Korman y Sarudiansky, 2011; Nasio, 2022). Este predominio en las investigaciones es extensiva a otras regiones y, por ende, no es exclusiva de Argentina. Revisar las principales bases de datos de revistas y repositorios académicos en búsqueda de trabajos sobre este asunto, permite visualizar esta notoria disparidad de atención según en las disciplinas. En efecto, representa un objeto que históricamente ha sido definido, producido y regulado por los saberes psi.
Los campos disciplinares mencionados, con sus basamentos conceptuales y metodologías específicas, producen valiosos conocimientos sobre las depresiones. Pero, afín de desarrollar una indagación sociológica del fenómeno, dudamos acerca de la aparente naturaleza intrínseca que presenta el objeto. Los y las cientistas sociales concuerdan en señalar que el objeto de investigación lejos de constituir algo ya dado, que está ahí, implica una construcción activa por parte de quienes investigan que involucra, entre otras cuestiones, asumir supuestos teóricos, diseñar estrategias de recolección de datos y adoptar criterios de delimitación del objeto de estudio (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2008; Meccia, 2009). En consonancia con las reflexiones epistemológicas y metodológicas de Weber afirmamos que “nada hay en las cosas mismas que indique qué parte de ellas debe ser considerada” (Weber, 1999: 67). En efecto, el principio de demarcación de los diferentes campos científicos no se encuentra entre las relaciones “de hecho” entre “cosas” sino en “las conexiones conceptuales entre problemas” (Weber, 1999: 57). Como sostienen Bourdieu, Chamboredon y Passeron (2008): el punto de vista crea el objeto.
A pesar de la concentración de estudios fuera de la órbita de las Ciencias Sociales, existe una ingente producción de investigaciones sociológicas sobre las depresiones, ancladas en diversas perspectivas que desacreditan esta exclusividad de conocimiento procedente del interior de las fronteras imaginarias de los campos psi. Los y las cientistas sociales, a veces en colaboración con personas de otras disciplinas, han realizado importantes contribuciones al estudio de la salud mental en general (Horwitz, 1999) y de las depresiones en particular. De ahí que, actualmente, disponemos de diferentes modos de estudiar estas aflicciones. Sin pretender abarcar el amplio abanico de posibilidades analíticas, distinguimos en cuatro formas de abordar las depresiones.
Una tradición dominante en los estudios sociales de los sufrimientos psíquicos examina las múltiples incidencias de los factores sociales en las tasas de diagnóstico. Una investigación pionera en esta línea es Social origins of depression, de George Brown y Tirril Harris (1978), sobre las causas de la depresión en mujeres. Esta publicación proporciona una base empírica para una visión alternativa a las explicaciones biomédicas (Lawlor, 2012: 193-194) a partir de identificar la relevancia de eventos de vida estresantes en la emergencia de este padecimiento. En un clima de época donde en el campo de los saberes expertos predomina una concepción biologicista de los trastornos mentales, principalmente la asociación a un presunto defecto intrínseco de la personalidad o a un desbalance químico, sostienen que la depresión se vincula a acontecimientos de la vida social tales como problemas vinculares y pérdidas de seres queridos.
Por su parte, Ross y Mirowsky (1989) investigan los patrones sociales de la depresión y encuentran que los altos niveles de educación e ingresos, ser varón y estar casado están asociados con niveles más bajos de depresión. En esta línea, Jiménez-Molina, Reyes y Rojas (2021), estiman el vínculo entre indicadores de posición socioeconómica y sintomatología depresiva en Chile, y las brechas de género expresadas en esta asociación. En sintonía con la literatura internacional, este estudio sugiere que el género femenino, un nivel socioeconómico bajo, no trabajar ni estudiar, un débil apoyo social percibido y los acontecimientos vitales estresantes aumentan la probabilidad de presentar síntomas de depresión.
Estos estudios se ocupan de las diferentes tasas de trastorno mental según los distintos lugares sociales (naciones, ciudades, regiones, etc.) o grupos (clase social, género, edad, etc.). La contribución distintivamente sociológica de estas investigaciones consiste en mostrar cómo los factores sociales externos a los individuos producen o contribuyen a la emergencia de padecimientos depresivos. De esta manera, los síntomas mentales o diagnósticos psiquiátricos surgen o dependen de las posiciones que las personas ocupan en la estructura social. La depresión o su sintomatología, expresadas en tasas, desde el lenguaje de Durkheim (2012 [1897]), es un “hecho social” que tiene su propia regularidad y es independiente de las conciencias individuales. En estos enfoques suelen aplicarse, sin problematizar, las categorías psiquiátricas, como trastorno depresivo mayor, para explorar las fuerzas que influyen en los diagnósticos.
Una segunda lente analítica está representada por estudios que enfatizan en las dimensiones culturales de los llamados síntomas depresivos y de las estrategias de afrontamiento del malestar. Una línea pionera en esta dirección, lo constituye la obra compilada por Kleinman y Good (1985), Culture and Depression. De acuerdo con estas producciones, los significados asociados a la depresión constituyen construcciones socioculturales vinculadas a un espacio y tiempo determinado. Los itinerarios terapéuticos, los sentidos atribuidos a los síntomas, la percepción y categorización de los mismos son indisociables de los contextos locales de la experiencia. Estas investigaciones suelen resaltar las diferencias en diversas culturas (Jenkins, Kleinman y Good, 1991; Haroz, et. al., 2017).
En el contexto nacional en esta línea de estudios cabe destacar el libro Cultura y depresión, de Korman e Idoyaga Molina (2010). En esta investigación analizan los motivos que intervienen en la selección y combinación de las alternativas terapéuticas que disponen los habitantes de la población campesina del Noroeste argentino en el tratamiento la depresión. Afirman que la tendencia de los/as usuarios/as a rechazar la psiquiatría y psicologías se explica por la distancia en las concepciones culturales entre saberes expertos y legos. En este abordaje se parte de la consideración de que los contextos culturales moldean fundamentalmente los tipos de sufrimientos psíquicos que las personas experimentan y las comprensiones de los mismos. Antes que concebir la depresión como una enfermedad universal, rastrean los diferentes sentidos en los diversos escenarios de emergencia. Por tanto, para aproximarnos a las experiencias de las personas adquiere una relevancia primordial comprender los discursos situados.
La tercera perspectiva analítica, íntimamente relacionada a la anterior, se detiene en los cambios históricos en las maneras de conceptualizar y tratar la depresión. Más que una comparación entre culturas, analiza las transformaciones en los modos de definir y considerar estas aflicciones. Algunos abordajes destacan las mutaciones a largo plazo, en diferentes épocas históricas (Jackson, 1986; Conti, 2007; Lawlor, 2012). Otras enfatizan en las transformaciones histórico-culturales para comprender las subjetividades depresivas contemporáneas. Así, Cvetkovich (2012) realiza un análisis cultural en el que representa la depresión como una categoría histórica y, simultáneamente, una experiencia sentida, cotidiana, ordinaria. Otras investigaciones sitúan mutaciones específicas, como el pasaje, con énfasis en cuestiones de género, del genio melancólico a la depresiva incapaz (Prati, 2021). O, en Japón, el cambio de conceptualización de la depresión desde la década de 1990 en que esta deja de concebirse como un asunto privado y es comprendida como una enfermedad pública, de carácter político (Kitanaka, 2016).
Otros estudios que también destacan transformaciones históricas, centran los intereses investigativos en los cambios en las categorías psiquiátricas de trastorno depresivo de los principales manuales y sus múltiples implicancias (Caponi, 2009; Wakefield y Horwitz, 2016). Estos conjuntos diversos de investigaciones relevan el carácter histórico, contingente y provisorio de las categorías profesionales y legas de las depresiones. Un corolario que se desprende de los enfoques culturales e históricos es que los trastornos que parecen naturales y universales en la actualidad son considerados productos ligados a la cultura de un tiempo y lugar en particular (Horwitz, 1999).
Finalmente, como cuarto modo de producción de conocimiento, cabe destacar diversos estudios sociales de la depresión que asumen un marcado carácter teórico. En distintas ocasiones recuperan las cifras que indican el crecimiento significativo de las tasas de depresión –el diagnóstico psiquiátrico de mayor prevalencia– como expresión o síntoma social de procesos y cambios de mayor envergadura. En estos trabajos es posible distinguir entre aquellos acentúan una expansión de las prácticas psi y otros que destacan transformaciones en los estilos de vida en la modernidad tardía o sociedades neoliberales.
En el primer conjunto de estudios, la depresión representa un caso testigo o paradigmático de los procesos más amplios de patologización, psiquiatrización de la angustia y/o farmacologización de la vida cotidiana. Así, diversos investigadores señalan la afinidad entre la expansión de los diagnósticos de depresión, la extensión de la psiquiatría –fuera del reducido marco del manicomio– y la emergencia de los antidepresivos de segunda generación (ISRS, inhibidores de la recaptura de la serotonina) (Borch-Jacobsen, 2002; Pignarre, 2003; Greenberg, 2010; Healy, 2012; Whitaker 2015). La explosión del número de personas que a nivel mundial reciben un diagnóstico de depresión más que indicar un aumento real de esta condición expresa como la psiquiatría contemporánea confunde la tristeza normal con un trastorno mental depresivo, porque ignora la relación de los síntomas con el contexto en el que surgen (Horwitz y Wakefield, 2007). En esta vertiente explicativa más que un crecimiento objetivo de esta condición existe un uso (y abuso) de diagnósticos que implica una sobrerrepresentación del número de personas (Grippaldi, 2021a).
Dentro de esta ultima perspectiva, el segundo conjunto de estudios agrupa a teorías sociales contemporáneas que destacan transformaciones normativas e institucionales que inciden en los estilos de vida. Así, el éxito (médico y social) de esta patología social de la modernidad tardía (Keohane, Petersen y Van Den Bergh, 2017) refleja cambios en las normas sociales, tales como el pasaje de la sociedades disciplinarias a aquellas basadas en la iniciativa, capacidad y responsabilidad individual (Ehrenberg, 2000; 2016). Para contribuir a explicar el crecimiento de la depresión otros autores describen procesos tales como la aceleración de las sociedades y del ritmo de vida (Rosa, 2016; 2012), el creciente individualismo y sus concomitantes imperativos de autorrealización autentica (Petersen, 2011; Peters, 2021), el agotamiento masivo en configuraciones sociales en la que el poder disciplinario cede frente al rendimiento (Han, 2012; Le Breton, 2016) y crecimiento de patrones distorsionados de integración social (Sik, 2022).
A pesar de los innegables aportes de ambos conjuntos de estudios teóricos –centrados en la patologización de la angustia y transformaciones normativas de los estilos de vidas– para la comprensión de la expansión de los diagnósticos, las experiencias de quienes padecen la aflicción suelen estar ausente u ocupan un lugar marginal.
En resumen, aunque las depresiones son, y han sido, históricamente temas de investigación abordados desde los saberes psi, en las Ciencias Sociales existe un nutrido conjunto de estudios. Los diferentes enfoques asumen que las depresiones son o tienen un carácter social. De esta manera, algunos de estos resaltan los determinantes sociales de la depresión, las fuerzas externas que conducen a que las personas que ocupan determinadas posiciones en la estructura social tengan mayores o menores probabilidades de verse afectadas. Otros estudios enfatizan en el carácter cultural de los síntomas y sus modos de afrontamiento que se manifiesta en las significativas variaciones según los contextos. También describen las mutaciones históricas, los cambios de la comprensión tanto en el ámbito profesional como en el público lego. Asimismo, las teorías sociales resaltan de forma complementaria los procesos de patologización de la angustia y las mutaciones en las normas que regulan las subjetividades.
De la consideración global de estos cuatro abordajes, observamos que los estudios en su mayor parte provienen de países europeos y de Estados Unidos, mientras que en Argentina existe una escasa producción de conocimiento sociológico sobre el tema. Estos estudios sociales de las depresiones destacan la centralidad que adquieren los vínculos sociales en el proceso de salud-enfermedad-atención y cuidado. A su vez, cuestionan, de diferentes modos, las concepciones individualistas que la reducen a un asunto de falla personal disociado de las relaciones sociales en las que se enmarcan. Sin embargo, dejan de lado el problema de cómo llega a privatizarse e individualizarse este sufrimiento psíquico masivamente extendido. Un modo de adentrarnos en esta cuestión, consiste en relevar las maneras que disponen las personas de contar cómo es vivir con depresión.
Subjetividades depresivas: espejos invertidos de los ideales contemporáneos
A pesar de los sustanciales aportes de los estudios sociales de las depresiones arriba expuestos, estos suelen desatender las voces de sus protagonistas, en especial aquellas personas que experimentan en carne propia esta condición. Aquí, aunque también recuperamos las perspectivas de profesionales del área de salud mental, el eje central de la indagación son las narrativas biográficas de quienes asisten a diferentes terapias psi por estos padecimientos.
En este libro focalizamos el interés analítico en las subjetividades depresivas por varias razones que se encuentran entrelazadas. No sólo porque la magnitud de sus cifras y su acelerada expansión constituyen un problema social en sí mismo, de salud pública mundial. También, estimamos que configuran un espacio fructífero, poco explorado en Argentina, para comprender las individualidades contemporáneas. Además, nos centramos en las narrativas sobre estas experiencias de malestar como estrategia analítica para poder ir más allá de estas. En otras palabras, consideramos que –como es entendida– está “patología social” (Petersen, 2009; Ehrenberg, 2013) nos instruye acerca de los mandatos y deseos de las formas de vida actuales. Como las experimentamos actualmente, las depresiones representan la sombra de la individualidad contemporánea (Otero, 2012; 2015) o espejos invertidos de sujetos ideales.
Las enfermedades y padecimientos expresan las normas y regulaciones culturales en determinadas épocas y lugares. De este modo, indagar en las narrativas biográficas de quienes sufren depresiones hoy adquiere relevancia puesto que estas aflicciones operan como el reverso de un conjunto de valores e ideales que profesan las instituciones de la modernidad tardía. En los imaginarios sociales las personas depresivas encarnan la contracara de los imperativos que regulan las subjetividades contemporáneas y, precisamente por ello, constituyen una óptica privilegiada para explorar en lo que se da por sentado en este presente local. En efecto, estas particulares formas de estar en el mundo –generalmente, indeseadas e incomodas–, permiten observar, desde ángulos específicos, un conjunto de normatividades que operan de forma implícita en las vidas de las personas.
De acuerdo con lo que Peters (2017) denomina “epistemología insana”, desarrollamos un artificio procedimental –aplicado en una multiplicidad de investigaciones que no se limitan a las Ciencias Sociales– consistente en sumergirse en el ámbito de lo anómalo, extraordinario o inusual con el interés en contribuir a captar también las modalidades normales, ordinarias en un tiempo y espacio particular. De esta manera, como sostiene Pollak (2006) las circunstancias excepcionales o las situaciones límites contribuyen a comprender las características comunes de las experiencias.
Las depresiones son un espacio propicio para el análisis de las subjetividades contemporáneas, ya que simbolizan las contracaras de los imperativos de la iniciativa y la responsabilidad individual. Así, en un contexto en el que las instituciones de la modernidad tardía responsabilizan e incitan a las personas a ser los protagonistas de sus destinos individuales, la vida se convierte, cada vez más, en una historia personal. Las instituciones que moldean las subjetividades contemporáneas ubican a las personas como agentes centrales de sus propias vidas, obligan a que desarrollen libremente sus biografías. En la actualidad, cada individuo vive una biografía reflejamente organizada en función de los flujos de información acerca de los posibles modos de vida: “Nos vemos forzados a elegir (no tenemos más elección que elegir)” (Giddens, 1997: 106). Esta prescripción institucional se fundamenta en el imperativo social que exige a los individuos constituirse en tanto individuos (Martuccelli y De Singly, 2012). De este modo, la “biografía normal”, con trayectorias lineales, de vínculos estables y proyectos a largo plazo de la primera modernidad, pierde fuerza frente a una “biografía electiva” o “biografía reflexiva” (Beck y Beck-Gernsheim, 2003: 40) en condiciones flexibles e inestables propias de la segunda modernidad.
Estas formas de producción del individuo se desarrollan en base a las concepciones de autonomía individual y en los ideales de un ser independiente, autentico y singular. A partir de la década del setenta la idea de que cada uno es el propietario de su propia vida comienza a “imponerse sociológicamente”: “El hombre de masas inicia su tránsito de convertirse en su propio soberano […]. Nada hay detrás de él que le pueda indicar lo que debe ser, pues se pretende el único propietario de sí mismo” (Ehrenberg, 2000: 140).
Esta ficción del individuo soberano de sí mismo produce efectos de realidad en la medida en que se convierte en uno de los marcos de referencias disponibles para evaluar las experiencias propias y ajenas. La depresión como grilla interpretativa revela las dificultades de gobernarse a sí mismo, constituye la contracara del sujeto autosuficiente que promueven las instituciones contemporáneas.
Esta patología de la responsabilidad (Ehrenberg, 2000) o “enfermedad vergonzante de la soberanía” como señala Berlant (2020: 184), expresa la incapacidad de las personas para erigirse en dueños de sí mismo. En efecto, contrario a los valores que promocionan, representa la pérdida de autodominio o control de las propias acciones. Las depresiones están caracterizadas por un déficit de la acción, ausencia de motivación e inhibición (Ehrenberg, 2000; 2004). En un mundo acelerado, bajo la ideología de la rapidez y la productividad este padecimiento representa una parálisis involuntaria de la voluntad, asociada a no poder querer vivir.
También, en esta misma dirección, las depresiones configuran el lado opuesto al imperativo de la felicidad por mérito propio (Ahmed, 2019) y la ideología del progreso individual por mero esfuerzo personal. Las narrativas de recuperación de padecimientos que proveen la cultura contemporánea a menudo asignan a la agencia individual un factor determinante para lograr salir adelante (Papalini, 2015). De este modo, pese a todas las adversidades, el héroe o la heroína logra sobreponerse a partir de su temple, carácter, dedicación o voluntad. En este aspecto, en principio las depresiones son instructivas, puesto que es un padecimiento –justamente– de la voluntad. Presentan la paradoja de que aparece como agente de recuperación aquello que está afectado. Como lo ilustran numerosos estudios y memorias, la fe en el rescate y restablecimiento final, está ausente y en su lugar predomina la desesperanza (Ratcliffe, 2015; Styron, 2015; Solomon, 2002; Carrère, 2022). Las depresiones constituyen la contracara de la convicción de “usted puede”, “yo puedo”, “todo es posible”, puesto que implica la sensación de que nada es posible (Papalini, 2015: 334; Han, 2012; Martínez Hernáez, 2017).
Además, en sintonía con la dimensión de la agencia individual, en un contexto de debilitamiento de los encuadres colectivos de la primera modernidad recae en las personas encontrar referentes de acción y resolver las cuestiones fundamentales sobre el valor de sus existencias. Como sugiere Giddens, en las condiciones actuales caracterizadas por el crecimiento de la reflexividad del yo, las cuestiones existenciales acerca del sentido de la vida adquieren una centralidad inusitada respecto a otros tiempos históricos. El autor afirma: “La insignificancia personal –el sentimiento de que la vida no tiene nada de valioso que ofrecer– se ha convertido en un problema psíquico fundamental en las circunstancias de la modernidad tardía” (Giddens, 1997: 18). En palabras de Bourdieu “Si Dios ha muerto” (1999: 313) ¿Cómo encontrar o construir “una justificación para existir” (Bourdieu, 1999: 314)? ¿Cómo justificar la existencia en un mundo sin Dios?
Las narraciones personales permiten observar las formas de dar sentido a las existencias que manejan las personas en circunstancias consideradas hostiles y, a veces, insuperables. También, en el imaginario colectivo prefigura esta aflicción como una falla individual –biológica, hereditaria y/o neuronal– o producto de problemas familiares que desvincula las identidades de los entramados sociales y políticos en las que se sitúan. A su vez, las maneras de salir adelante parecen ser principalmente una responsabilidad individual de quienes padecen. Los relatos en primera persona sobre sus vidas, posiblemente, contribuyan a entender la individualización de este extendido problema de salud mental.
Las depresiones operan como el lado opuesto de las principales demandas que se les exige e internalizan las individualidades contemporáneas. En una época donde impera el pensamiento positivo y la ideología de la felicidad paradójicamente vuelve a adquirir protagonismo pasiones tristes que, en muchas ocasiones, obtienen el nombre de depresión. Nunca fuimos en apariencia tan libres como en estos tiempos en el que las regulaciones disciplinarias pierden su eficacia, pero de los vigentes valores de la autonomía y de la responsabilidad de tomar las riendas de la propia vida brotan afectos de angustias ligados a la sensación de inutilidad, incapacidad e insuficiencia. Los ideales de autonomía y responsabilidad que operan como criterios para medir el valor de las personas al mismo tiempo han profundizado sentimientos incapacitantes de culpa y fracaso. Las subjetividades depresivas expresan el lado oculto de la anhelada felicidad merecida, la capacidad individual y la productividad conquistada. Las depresiones a escala individual representan una óptica para analizar las subjetividades y los discursos disponibles en la esfera pública para dar sentido y coherencia a nuestras biografías.
Depresiones, terapias psi y narrativas personales: algunas claves interpretativas
En este libro, como ya señalamos, recuperamos relatos de personas que participan en carácter de usuarias de servicios de salud mental. Por razones teóricas, las terapias psi ofician como forma de delimitación del universo empírico. Esta demarcación se sustenta en la intención de indagar en los lenguajes y prácticas que ofrecen a quienes asisten. Las terapias proveen diversos marcos cognitivos que facilitan a las personas repensar y problematizar sus biografías. Circunscribir el conjunto de personas a entrevistar según las practicas terapéuticas implica excluir a quienes aunque padezcan esta aflicción no asisten a terapias y, probablemente, recurran para significar sus padecimientos a otros marcos de referencias, como los que proveen las religiones o los movimientos sociales.
Esta delimitación en el campo psi tiene supuestos teóricos de partida. En efecto, consideramos que en un clima de época en el que las terapias psi, en sus diversas modalidades, adquieren un nivel inusual de legitimidad cultural –en una gran variedad de grupos sociales, organizaciones e instituciones–, las maneras en que las personas les otorgan sentido al hecho de ser quienes son está condicionada por múltiples discursos terapéuticos que circulan en el espacio público (Illouz, 2010).
Dos amplias premisas orientativas guían este estudio. Primero, las personas contemporáneas disponen de un conjunto diverso de marcos referenciales para construir narrativas biográficas en relación con sus padecimientos depresivos y, por tanto, es posible localizar una pluralidad de formas de elaborar narraciones en torno a esta aflicción. Dicho de otro modo, realizan un bricolaje narrativo a partir de la mezcla de recursos e insumos disponibles en la cultura. Quienes asisten a terapias psi, al relatar sus biografías, ensamblan discursos de diversas procedencias, extraídos de las plataformas discursivas que suministran los medios de comunicación. Evidentemente, no sólo las terapias proveen de insumos narrativos, ni tampoco estas se reducen al plano del lenguaje.
El segundo supuesto orientativo –estrechamente vinculado al anterior– refiere a que las terapias a las que asisten las personas, en grados diversos y formas complejas, proveen de recursos e insumos narrativos específicos para narrar y dar sentidos a los padecimientos depresivos. En otras palabras, las personas se apropian y aplican las grillas hermenéuticas que propician las terapéuticas que practican para la autocomprensión de sus experiencias (Illouz, 2010). Consideramos que las diversas terapias ofrecen marcos interpretativos específicos para la “refiguración de la existencia” (Papalini, 2015:95). De este modo, es posible identificar múltiples narrativas del yo diferenciadas según las prácticas terapéuticas de quienes narran. Cada una de estas dispone de particulares explicaciones sobre el origen, la recuperación y lo que debe hacerse.
En este trabajo de investigación partimos de la hipótesis de lectura según la cual en el escenario contemporáneo coexisten múltiples narrativas de las depresiones. La singularización de las trayectorias vitales, junto a la proliferación de marcos de referencias para pensar nuestras biografías, así como los sufrimientos psíquicos, y la imprecisión de la noción de depresión contribuyen a una diversidad de formas de contar acerca de tales experiencias. Más que una hegemonía de una narrativa, estamos en un contexto caracterizado por la multiplicidad de maneras de narrar. Esta variedad de narrativas pueden observarse en los modos de adquirir la noción de depresión para refigurar sus problemas, las formas de explicar el origen de esta aflicción, los modos de estar en el mundo, los aportes y críticas a al universo de las terapias psi y los devenires biográficos.
Con la pretensión de resaltar una variedad de narrativas del yo, eludimos dos extremos opuestos de interpretación basados en la universalidad y la singularidad de la depresión o depresiones. Desde la perspectiva que desarrollamos, los relatos en primera persona de los padecimientos depresivos no son ni puramente singulares –únicos e irrepetibles– ni universales –iguales, independientes de los contextos y características de quien los cuenta–. Ni todos únicos o auténticos, ni todos iguales.
De un lado, procuramos evitar una clave de lectura que uniformiza a las personas que padecen depresión como si todas la experimentan de forma idéntica. De esta manera, prescindimos de enunciados tales como la “depresión es”, “quienes sufren depresión son”, como si algunos relatos nos permite descubrir “la experiencia” de “la” depresión. De este modo, atenuamos generalizaciones que hacen de la depresión un fenómeno ahistórico que se repite invariablemente en las voces de quienes padecen.
Por otro lado, intentamos precavernos de la lectura de signo opuesta que consiste en destacar la singularidad de cada “depresión”, como si existiesen tantas depresiones como personas reconozcan padecerlas. En tales interpretaciones se singulariza, como si todas las personas la vivieran de manera única e irrepetible. Esquivar esta forma de interpretación de los relatos resulta más complejo debido –en primer lugar- a condiciones de época en las que los cursos de vida de las personas se tornan, en relación a décadas pasadas, más singulares y aleatorias (Martuccelli, 2007). En segundo lugar, debido a que las prácticas terapéuticas tienden a destacar que “cada caso es único” y “cada depresión es particular”. Esta visión conduce a la falta de asociación e identificación entre personas que atraviesan experiencias –no idénticas– pero si semejantes.
En este vaivén interpretativo que consiste en sortear los extremos de la singularidad y la universalidad, recurrimos a la construcción de categorías de segundo grado. De este modo, elaboramos categorías a partir de las nociones que manejan quienes cuentan sus historias. Estos conceptos constituyen instrumentos o recursos para agrupar en torno a una idea relatos que adquieren matices distintos entre sí. Este forma de ordenar las narrativas biográficas permite encontrar diferencias y semejanzas.
También, para interpretar las narrativas utilizamos un conjunto de polaridades analíticas transversales a los relatos de vida. Específicamente, las oscilaciones entre más individual o más colectiva (Meccia, 2017a) en torno a los modos de significar las experiencias del origen, la gestión y recuperación de las depresiones. De esta forma, para el análisis de las diferentes partes de las tramas narrativas, atendemos a estas claves analíticas con el fin de indagar si desde las perspectivas de quienes narran aparecen como un fenómeno de impronta más individual, personal o más social, comunitaria y colectiva.
Partimos de la consideración de que en un trabajo de ensamble de marcos de referencias, algunas personas se apropian de insumos narrativos que enmarcan el sufrimiento y su salida en términos de recuperación individual, en la que tienden a una privatización (Fisher, 2016) del sufrimiento o a “buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas” (Beck y Beck-Gernsheim, 2003: 31). No obstante, estimamos que –posiblemente– otras narrativas enfatizan en condiciones sociales y politizan la depresión (Kitanaka, 2015) al recurrir a marcos de injusticias que confieren resonancia colectiva (Snow y Benford, 1998, 2000) a una serie de experiencias personales de humillación. En esta última versión, las personas crean “comunidades de dolor” (Das, 2008; Schillagi, 2011) y, en menores ocasiones, reclaman al Estado la creación de “políticas de dolor” (Cerruti, 2015). Entre ambos extremos es posible localizar modos intermedios de articular lo individual y lo colectivo. Estas lecturas acerca de los significados que asumen las depresiones –entre más individual o más social, y sus diversas combinaciones– están presentes de formas particulares en las diferentes partes de este libro.
Recorrido del libro
En este libro analizamos un conjunto de narrativas personales sobre cómo experimentan la depresión residentes de la ciudad de Santa Fe. Pero, ¿Qué entendemos por narrativas personales? ¿Por depresión, depresiones, experimentar o padecer depresión? Aunque ya empleamos estos términos en reiteradas oportunidades, hemos dado por sentado sus significados.
A lo largo del libro utilizamos como términos intercambiables narrativas biográficas, narrativas personales, narrativas del yo, relatos de vida, relatos biográficos y testimonios. No obstante, solemos utilizar narrativas para aludir a la perspectiva conceptual y a las conceptualizaciones de segundo grado a partir del análisis de testimonios. Con la expresión relatos de vida referimos a la estrategia metodológica de recolección de datos empíricos y con frecuencia a los discursos obtenidos a través de entrevistas. En el siguiente capítulo, detallamos con mayor profundidad los significados que adquieren estas denominaciones, no obstante, a continuación realizamos algunas precisiones generales.
Durante la investigación que se materializa en este libro empleamos la perspectiva de las narrativas biográficas o socionarrativas (Meccia, 2017a; 2019a; 2019b) para comprender las subjetividades de quienes perciben sufrir depresiones y participan en espacios terapéuticos. Aplicamos esta vertiente de análisis puesto que es útil para relevar los discursos biográficos que elaboran las personas sobre sus devenires vitales. A partir de este enfoque analítico, indagamos en las maneras en que cuentan aspectos significativos de sus vidas.
Las narrativas biográficas constituyen los modos en que a través de un relato dirigido a otros/as, las personas dan forma y sentido a sus experiencias vitales. Estas formas de conocimiento representan el medio privilegiado para comprenderse a sí mismas y al mundo que los rodea. Así, mediante la narración logran imponer un orden al desorden que implica la existencia (Plummer, 1995). Este trabajo de configuración de una trama narrativa se realiza a partir de la apropiación, en un determinado momento de la trayectoria vital, de recursos e insumos cognoscitivos provenientes de la cultura (Meccia, 2019b). A pesar de la singularidad de los eventos y experiencias de vidas concretas, para narrar recurren a modelos y formas narrativas que, en el presente de la narración, suministran los discursos que circulan en el espacio de lo decible. Los modos de contar acerca de vivir con depresión expresan los lenguajes disponibles en la cultura y en los espacios de sociabilidad por los que transitan quienes relatan para pensarse a sí mismos.
La apuesta cognoscitiva de este estudio coloca el énfasis en las formas discursivas en que las personas construyen sus historias. Así, los discursos biográficos de las personas, pese a las intenciones de veracidad que los pueden guiar y a la descripción fáctica que promueven, no representan la realidad. Distanciados de la concepción epistemológica de la verdad por correspondencia, los intereses de conocimiento que movilizan este libro no buscan relevar verdades fácticas, ni cotejar discurso y realidad. En efecto, reconocemos que cuando las personas cuentan aspectos significativos de sus vidas suelen exagerar, atenuar, olvidar, omitir, mentir o realizar otras operaciones cognitivas que tergiversan lo efectivamente vivido.
Asumir como verdad objetiva revelada los relatos producidos en la contingencia que implica las interacciones de las entrevistas es, por lo menos, poco fiable. No obstante, de las narrativas biográficas obtenemos “verdades narrativas” (Vasilachis de Gialdino, 2017; Meccia, 2019b:54; Plummer, 1995) que adquieren verosimilitud en el espacio y para la audiencia a la que se dirigen. Su valor analítico reside en comprender sus visiones del mundo y de sí mismos que hacen públicas en un contexto interaccional. Pero estas realidades discursivas trascienden lo meramente cognitivo puesto que el relato representa, simultáneamente, el medio primordial a través del cual valoran sus versiones de la realidad.
Esta perspectiva analítica, más que una moda dentro de las Ciencias Sociales, es sintomática de las trasformaciones de las identidades contemporáneas (Meccia, 2019a). La expansión y diversificación del “espacio biográfico” (Arfuch, 2010) revela como, en paralelo al proceso de individualización, las biografías de las personas comunes se convierten, cada vez más, en un objeto de consideración sociológica. Este libro se inserta en un proceso de revalorización de los relatos de vidas en el que cada vez más la gente es experta de sí misma. A diferencia de otras configuraciones sociales, en las condiciones de la modernidad tardía las personas manejan un amplio conjunto de discursos para refigurar sus trayectorias. Así, las biografías se tornan cada vez más una actividad refleja del yo (Giddens, 1997), un “objeto” que debe hacerse –y estudiarse– en el contexto de una “sociedad biográfica” (Meccia, 2019c:13).
Por otra parte, la palabras depresión, depresiones, padecimientos depresivos aparecen frecuentemente en este libro. La razón de esta reiteración es que recabamos relatos de personas que, al momento de entrevistarse, asumen que experimentaron y/o experimentan esta condición. Esto significa, como profundizaremos en el siguiente capítulo, que aunque adhieran a este término para pensar en sus biografías, no todas las personas que cuentan sus historias recibieron un diagnóstico de depresión.
A lo largo de este libro utilizamos los términos depresiones y padecimientos depresivos, resaltando su carácter plural, para denotar la existencia de múltiples modos de conceptualización y clasificación con sus subdivisiones y diferentes modos de experimentarla. En otras ocasiones empleamos el término depresión, en singular, en dos sentidos. Primero, para referenciar relatos de experiencias de personas particulares, que cuentan sobre su depresión. Segundo, para aludir a un campo de experiencia, diverso y cambiante, que implica un conjunto de prácticas y saberes para la subjetivación. Cuando referimos a este último sentido enfatizamos en cursiva el articulo femenino: “la depresión”.
En el siguiente capítulo ahondaremos en la noción de depresión/es y padecimientos depresivos, que ocupa un lugar medular en este libro. Como profundizaremos luego, estas son concebidas como un objeto multidimensional que remite a tres dimensiones analíticas que se encuentran entrelazadas, a saber: histórica (I); de etiquetamiento y reconocimiento subjetivo (II); y narrativa o discursiva (III).
La noción de depresión o depresiones sabemos que es problemática. En efecto, los expertos no se ponen de acuerdo acerca de qué es y las personas que están en tratamiento y sus familiares manejan múltiples y dispares significados acerca de esta enigmática condición. En sus memorias el escritor estadounidense, William Styron se queja –con razón– de esta palabra:
Cuando por primera vez tuve conciencia de que era presa del mal, sentí necesidad, entre otras cosas, de formular una enérgica protesta contra la palabra «depresión». […] Un sustantivo de tonalidad blanda y carente de toda prestancia y gravedad, empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondanada en el terreno, un auténtico comodín léxico para designar una enfermedad tan seria e importante. (2015: 41)
Este impreciso “comodín léxico” transmite débilmente el sufrimiento que acarrea, muchas veces indescriptible e inenarrable por parte de quienes lo experimentan. No obstante, su indeterminación y ambigüedad representa un aspecto interesante para explorar en la diversidad de modos de estar en el mundo que se agrupan bajo un mismo referente. Las depresiones constituyen padecimientos caracterizados por la singularidad en las formas de manifestarse y se vincula a la retórica de la diferencia personal que adhiere a la figura del individuo autentico. En esta personalización de las depresiones parece que “cada depresión es un mundo” –como dice un psiquiatra entrevistado–, puesto que tal como es considerada actualmente se encarna de modo único e irrepetible en cada identidad. No obstante, como observaremos, es posible encontrar múltiples recurrencias y similitudes en las maneras de significar y afrontar esta condición. Incluso este énfasis puesto en la particularidad de cada caso es una característica ampliamente compartida.
En este libro consideramos que la depresión se configura como un campo de experiencia (Foucault, 2009; 2003) a partir de modos de problematizarla por discursos provenientes del ámbito científico y de otros registros de saber. Un entramado diverso de discursos y prácticas, entre las que se destacan –aunque no únicamente– las instituciones terapéuticas, instan a concebir e interpretar determinados sufrimientos en clave de depresión. De este modo, las personas son inducidas, conminadas a reconocerse y a constituirse como sujetos depresivos. Así, en circunstancias particulares, el sufrimiento individual adquiere discursivamente la denominación de depresión en el interior de mundos locales y morales específicos. Consideramos que tener depresión, estar o ser depresivo/a, es el resultado temporal del uso de marcos interpretativos disponibles en los espacios de interacción.
Así, la depresión deviene en las sociedades contemporáneas un significante flotante, disponible para su uso. El trabajo de identificación con esta “etiqueta práctica” o “vocablo genérico” (Ehrenberg, 2000: 164) se realiza a través de la apropiación de discursos de diversa índole. Concebimos las depresiones como logros interpretativos, provisorios, que conducen a aplicar o utilizar este término para describirse a sí mismo en escenarios específicos. Este referente, flexible, fluctuante, puede asumir diversos significados que, en parte, se relevan en los discursos biográficos de las personas que se autoperciben como tales.
Esta manera de entender las depresiones como logros interpretativos no pretende negar la materialidad de la angustia y la hondura de los sufrimientos de quienes autoperciben padecerla. Sirve para enfatizar que es indisociable del lenguaje y los saberes situados que manejamos para figurar nuestras vidas. Así, sostenemos que la existencia de las depresiones radica en los contextos culturales que otorgan un significado particular a modos de estar en el mundo (Martin, 2007). Las personas pueden clasificarse como depresivas a partir del momento en que en un periodo histórico está disponible esa clasificación (Caponi, 2009). Definirse o percibirse como tal implica apropiarse de una categoría –más allá de los significados que se le asignen– para pensarse sí misma.
En el siguiente capítulo, verdades narrativas, subjetividades depresivas, profundizamos los modos en que entendemos las narrativas biográficas, las depresiones y caracterizamos el trabajo de campo realizado en la ciudad de Santa Fe.
En el capitulo El nuevo espíritu de la depresión: Saberes expertos y culturas terapéuticas, situamos el telón de fondo en el que llevamos a cabo el trabajo de campo. En particular, ahondamos en los significados de las depresiones en la contemporaneidad y describimos el escenario sociohistórico en el que se enmarcan los relatos de vida. A través de fuentes secundarias, trazamos cambios históricos que indican un crecimiento de diagnósticos de depresión y venta de antidepresivos. Además, señalamos modificaciones en el tratamiento asociado a la salud mental que remiten a procesos de sustitución de lógicas manicomiales y expansión de una biopolítica de las aflicciones leves. La dualidad loco y sano es disuelta en un amplio y difuso abanico posibilidades de distinguir lo normal y lo patológico. También, delineamos transformaciones en las subjetividades relativas al desarrollo de una cultura terapéutica. Finalmente, mediante el análisis de entrevistas a profesionales, describimos las ofertas terapéuticas del escenario de la salud mental santafesina, las representaciones de terapeutas acerca de la depresión y las características de los diferentes estilos terapéuticos del trabajo de campo.
Una vez descripto el escenario histórico y los espacios terapéuticos en el que transcurren las vidas de las personas, en los siguientes capítulos centramos el análisis en partes específicas de sus narrativas biográficas. Buscamos relevar cuatro amplios segmentos de relatos de experiencias de depresión. Estos son: Teorías nativas del origen de la depresión (I); Mundo social e interior en tiempos de depresión (II); Valoraciones de los recorridos terapéuticos (III); y Formas narrativas del devenir biográfico (IV). Cada uno de estos núcleos narrativos es abordado en capítulos específicos. Estos ejes analíticos tienen sus propias subdivisiones y están movilizados por un conjunto de interrogantes sociológicos particulares. A continuación presentamos cada uno de estos ejes y sus cuestiones de fondo.
No se nace depresivo, se llega a serlo: las etiologías legas del origen
El primer capítulo de análisis de relatos de vida, Etiologías legas, concentra su atención en las explicaciones del origen de la depresión en sus vidas. El rotulo de depresión para describirse y los significados que este asume implica un proceso que requiere de un trabajo interpretativo por parte de quienes la experimentan, al que contribuyen profesionales y personas del entorno. La pregunta central es: ¿Cómo se llega a ser o a estar depresivo/a?
Esta cuestión alude a dos dimensiones. Por una parte, desde las perspectivas de quienes narran ¿Cómo adquieren las personas ese término para pensar sus biografías e identidades?[2] Por otra parte, las personas manejan teorías personales –un conjunto de ideas articuladas– acerca de por qué, en determinado momento, llegan a padecer depresión[3]. ¿Cómo explican esta caída? ¿De qué recursos o ideologías se nutren para dar sentido al origen del malestar? ¿Recurren a socio o neuro-narrativas, ensamblan modelos sociales y biológicos? ¿Qué o quién/es son responsables de este “hundimiento vital” (Aguirre Baztán, 2008)?
Peces en la tierra: relatos de vivir con depresión
Analizados los procesos de adquisición del rótulo de depresión y las teorías nativas que manejan acerca de por qué padecen esta aflicción, en siguiente capítulo, Viviendo con depresión, atendemos a los relatos biográficos sobre las experiencias de estar con, o en, depresión. Contrario a la “complicidad ontológica” (Bourdieu y Wacquant, 2005: 189) que hace que las personas en sus mundos locales se sientan como pez en el agua, las depresiones manifiestan, en múltiples ocasiones, la percepción de una inadecuación insalvable entre el sujeto y el mundo social que habita. Esta incomodidad estructural es experimentada como una sufrida desconexión de otros/as que conduce a percibir sus vida como suplicio. De ahí, la “sensación de inferioridad ontológica” (Fisher, 2018: 281) que se arraiga en la idea de la percepción de inutilidad, sentirse “un bueno para nada”, llevar una vida carente de valor o un desinterés generalizado en las actividades prácticas que prima en las conciencias de quienes padecen. Estos modos de estar en el mundo desacreditan las creencias prerreflexivas de que vale la pena vivir.
En este marco, la pregunta central es: ¿En estos particulares modos de estar en el mundo qué ocurre en las relaciones sociales (mundo social) y en la visión de sí mismos (mundo interior)? En sintonía con esta cuestión: ¿Podemos compartir estas inusuales experiencias o el lenguaje disponible es insuficiente para su comunicación? ¿En qué medida alguien que no atraviesa o atravesó por una experiencia semejante puede entender lo que le sucede a otro? Además de relatos biográficos de incomprensión y los problemas de entendimiento con personas del entorno de quienes padecen[4], nos detenemos en las divisiones de la subjetividad y en las múltiples pérdidas de sentido y desinvolucramiento involuntario.
Recorridos terapéuticos: entre experiencias críticas y exitosas con terapias psi
Una vez ahondado en los significados de vivir con depresión, en el capítulo En búsqueda de bienestar, nos aproximamos a las narrativas acerca de las experiencias en espacios terapéuticos. En un contexto de pluralismo médico o terapéutico como el santafesino en las primeras décadas del siglo XXI, múltiples ofertas de servicios psi están a disposición de las personas que buscan atender a sus problemas anímicos y psíquicos. Estas recurren y transitan por diversas terapias que desde sus perspectivas contribuyen a mejorar o a empeorar su salud.
Las preguntas generales que vertebran el capítulo son: ¿En los relatos biográficos cómo evalúan sus tránsitos en las distintas terapias psi y en quienes la ejercen? Más específicamente, en la primer parte abordamos: ¿Cuáles son las críticas que realizan a las prácticas terapéuticas a las que recurren?[5] En la segunda: ¿Cuáles son los aportes de las mismas para abordar sus problemas de salud? Las críticas y virtudes que resaltan permiten observar las expectativas depositadas y las ideas de subjetividad que están presentes en estos espacios y en quienes narran.
El día después de la depresión: ser uno mismo, devenir otro
Finalmente, en el capítulo Después de la depresión, analizamos en las narrativas personales el periodo que comprende desde la aparición y reconocimiento de la depresión hasta la situación biográfica actual de quienes comparten sus historias. El relato biográfico aparece como un esfuerzo, siempre sin concluir, por generar una configuración o trama de un conjunto caótico de eventos y sucesos experimentados por un mismo yo. A veces un yo deviene otro, en otras ocasiones vuelve a ser el que era.
Las preguntas que orientan el capítulo son: ¿Cómo están en el presente en relación con el tiempo del origen depresión? ¿Cuáles son las formas narrativas que emplean para dar cuenta de sus trasformaciones biográficas? ¿Cómo articulan el pasado de depresión con la situación biográfica presente? ¿Es posible volver a ser quien se era o devenir otro/a? Estas formas narrativas permiten observar diferentes subjetividades que oscilan entre las enseñanzas y las marcas que deja la depresión, así como la permanencia y el cambio de las circunstancias externas y del carácter del protagonista.
Las preguntas específicas de cada uno de los capítulos de análisis de los relatos de vida contribuyen a desentrañar cómo la depresión ha logrado erigirse como un padecimiento, al mismo tiempo, masivo –experimentado por millones de personas– y privado –considerado un asunto cuyas causas y respuestas recaen en el individuo–.
Como señalamos, este libro centra la mirada en las biografías individuales. Indaga en las formas de contar y significar que manejan diferentes personas que experimentan depresión para dotar de sentido a sus malestares y existencias. Lo que la gente situada en contextos específicos cuenta de sus vidas representa un modo de comprender las subjetividades contemporáneas. No obstante, cabe advertir que mirar la sociedad a escala de relatos de vidas no implica considerar que las depresiones son, solamente, asuntos privados, ligados a fallas del interior, infortunios o fatalidades de eventos contingentes disociados de las configuraciones sociales. Por el contario, la convicción de partida que condujo a llevar a cabo la investigación que se materializa en estas páginas es que estos problemas comúnmente enmarcados en el ámbito privado e íntimo están asociados a fuerzas históricas y sociales que posibilitan que experiencias comunes y compartidas sean percibidas como únicas y particulares.
El libro pretende contribuir al estudio sociológico de problemáticas de salud mental, específicamente de las depresiones. Aportar a visibilizar las voces de las personas que experimentan estas aflicciones constituye un estímulo para la politización del sufrimiento devenido enfermedad individual y para el diseño de políticas públicas que fomenten condiciones que hagan las vidas más vivibles. También alberga la esperanza de que las vidas contadas amplíen los horizontes interpretativos de lectoras y lectores sobre este padecimiento y sirvan a quienes buscan historias para entender las suyas.
- En lo sucesivo sustituimos el nombre de Organización Mundial de la Salud por sus iniciales, OMS. En el capítulo 2 abordamos con mayor detalle estas cifras. ↵
- Una versión reducida ha sido publicada en Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad, véase Grippaldi (2022a).↵
- Una versión reducida ha sido publicada Revista Cuadernos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, véase Grippaldi (2022b). ↵
- Sobre este asunto se publicó una versión similar en Revista De La Escuela De Antropología, véase Grippaldi (2021b).↵
- Sobre este asunto se encuentra en prensa una versión reducida en Revista Astrolabio. Nueva época, a publicarse en julio del 2023, véase Grippaldi (En prensa, 2023).↵







