“Comparto mis propias experiencias de aflicción mental no porque crea que haya algo especial o único en ellas, sino para apoyar la afirmación de que muchas formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y «psicológicos»” Fisher, M. (2018). Los fantasmas de mi vida.
Llegamos al final de este libro en el que analizamos las narrativas biográficas de personas con padecimientos depresivos que practican distintas terapias en la Ciudad de Santa Fe. Esta clase de malestar, de notable prevalencia a nivel mundial, constituye una óptica para explorar las identidades y los discursos disponibles para construir una biografía puesto que representa la contracara de los valores de autonomía que promueven las instituciones contemporáneas.
Las narrativas biográficas constituyen formas de conocimiento social que dan sentido a las experiencias a partir del uso de distintas entidades de producción de sentido social que circulan en la cultura y en los espacios terapéuticos. En cuanto a las depresiones, estas constituyen una etiqueta, flexible, pasible de asumir diversos significados que, en parte, se relevan en los discursos biográficos de las personas que se autoperciben con depresión. De este modo, las concebimos como logros provisorios de un trabajo interpretativo de varios actores realizado en contextos específicos.
Presentamos el trasfondo sociohistórico en el que se enmarcan las narrativas biográficas analizadas. Primero, aludimos a las transformaciones generales de los saberes expertos y subjetividades en lo que respecta a las depresiones y salud mental. Segundo, a partir de entrevistas a especialistas describimos el campo terapéutico de la salud mental santafesina.
Analizamos las narrativas de las personas entrevistadas a partir de un recorrido transversal de los relatos. Nos orientamos por la búsqueda de una diversidad de formas de contar las experiencias de depresión sin pretender agotar la totalidad de modos diferenciales de padecer.
(I) Las etiologías o teorías legas del origen de la depresión. En este eje vertebrador identificamos en los relatos de vida las diferentes teorías personales que elaboran las personas para explicar la emergencia de sus depresiones. Distinguimos dos dimensiones analíticas, a saber: narrativas del reconocimiento y de distribución de las responsabilidades. En cada una de estas elaboramos categorías de segundo grado para expresar las diversas formas que emplean para contar el origen de la depresión. Las preguntas generales que orientaron el análisis fueron: ¿Cuándo y cómo se dan cuenta que sufren depresión? ¿Cómo se explican, a que fuerzas u actores asignan responsabilidades por el origen de la depresión?
En los modos de reconocimiento de sufrir depresión hallamos que esta etiqueta proviene en escasas ocasiones de la aceptación del punto de vista profesional o de otros significativos, características de la teoría del etiquetamiento de Becker (2009) y Scheff (1999). En su generalidad, el reconocimiento procede de un autoetiquetamiento (Thoits, 1985) de desviación emocional e identitaria. Las propias personas suelen anticiparse al juicio de otros. En un contexto de híper reflexividad biográfica en la que circulan múltiples insumos narrativos, quienes sufren se apropian de esta etiqueta para pensarse. No están simplemente coaccionados de una manera puramente externa y determinada por las normas institucionales (Fee, 2000). Incluso en padecimientos que afectan la agencia, como es el caso de la depresión, las personas en una cultura terapéutica disponen de marcos de referencias para monitorear, controlar y clasificar sus propias emociones y acciones. Esta objetivación de sí, autocontrol y autorregulación son productos de la reflexividad en sociedades asentadas en las normas de la autonomía (Ehrenberg, 2000). Por tanto, en este escenario el trabajo de etiquetamiento es una elaboración considerada privada y personal.
Además, destacamos múltiples formas narrativas del origen de la depresión. Algunas colocan el acento explicativo en el interior del individuo, otras en acontecimientos perturbadores de la identidad y otras articulan condiciones externas y subjetivas. Todos los regímenes explicativos empleados remiten al universo privado de los protagonistas. Más allá de la diversidad de estilos de configuración de relatos acerca de las causas localizadas, hallamos una despolitización del origen de la depresión. En sintonía con lo que encuentra Karp (2017), en Estados Unidos, las personas entrevistadas no establecen una relación entre las transformaciones sociales y sus padecimientos. A pesar de la multiplicidad de teorías del origen relevadas y aunque algunas personas realizan críticas a la sociedad y a las instituciones contemporáneas, no localizamos relatos que politicen el malestar. Los testimonios tienden a una acentuada privatización de las causas del malestar. En síntesis, el origen de la depresión proviene de y se reduce a sus mundos privados, disociados de la esfera pública.
(II) Las experiencias de vivir con depresión: el mundo interior y el mundo social. En este eje analítico identificamos formas narrativas de descripción del mundo, los entornos sociales significativos y de sí mismos en periodos de depresión. Las cuestiones que ordenan el análisis fueron: ¿Qué ocurre en las relaciones sociales (mundo social) y en la visión de sí mismos (mundo interior) en periodos de depresión?
Un núcleo narrativo común de los diferentes relatos consiste en los conflictos en la conciencia del protagonista en torno a no tener ganas o no poder participar y la percepción de sentirse en soledad o sin conexión con el entorno. Algunos afectos como miedo y vergüenza repliegan a la soledad y explican el retiro social del protagonista. De este modo, son los afectos internos los que explican el aislamiento social. Las personas ingresan en un proceso de des-socialización involuntaria que agrava el malestar y conduce a una privatización del sufrimiento. Este proceso de desvinculación de los otros significativos en algunas narrativas es revertido a través del restablecimiento de vínculos y, en menor medida, de la generación de nuevas relaciones sociales. En términos narrativos transitan de una des a una re socialización a partir del padecimiento. Contrario a la privatización del sufrimiento a la que conduce el aislamiento, en estos relatos participar en espacios de militancia –no asociada a salud mental– constituye una estrategia o modo de afrontamiento de los malestares depresivos. Además, a diferencia de los afectos desagenciadores del proceso de des-socialización, algunos contribuyen a reducir relaciones perjudiciales y conocer iguales.
También desarrollamos las narrativas de incomprensión con el entorno. Los esfuerzos para una comunicación significativa se ven interrumpidos por los comportamientos extraños de quienes sufren y que alteran el orden simbólico de interacción ordinaria. En estos intentos por entenderse se entrelazan marcos interpretativos médicos y morales que oscilan entre patologización y moralización de las emociones. Los estados de confusión del entorno y del protagonista conducen a una lógica de anticomunitarizante que acentúa la des-socialización involuntaria. Las personas que sufren tienden a recluirse porque no pueden comunicar lo que les sucede y los allegados en sus intentos por ayudar a menudo agravan su situación o interpretan la falta de voluntad como responsabilidad individual. Los relatos evidencian un proceso entendimiento que involucra una negociación de significados entre quienes padecen y el entorno que, en múltiples ocasiones, consiste en el desplazamiento de marcos referenciales morales a médicos.
En las narrativas basadas en el mundo interior en depresión describimos relatos que enfatizan diversas fuerzas que dificultan encontrarse de forma confortable. En estas no son actantes exteriores los que obstaculizan los fines de los protagonistas, sino personajes-fuerzas que están alojados en el interior. En estas narrativas el sufrimiento se presenta como un fenómeno privado que el propio sujeto debe encargarse de gestionar, controlar o disminuir. En algunas ocasiones a partir de estrategias de integración o reconciliación con esos agentes internos, en otros a partir de una guerra librada en el interior de la subjetividad. Estas formas de explicar la acción son indicativas de las subjetividades contemporáneos en las que la persona entra en guerra consigo mismo (Elias, 1987; Han, 2012). Más allá de la diversidad de formas que asumen estas narrativas, en términos generales, estos estilos manifiestan la incapacidad del autocontrol o autodominio. En mayor o en medida, estos relatos expresan el alejamiento del ideal contemporáneo de ser el soberano de sí mismo (Ehrenberg, 2000) o de la ilusión de un sujeto sostenido desde su interior (Martuccelli, 2007). Los conflictos que antes se resolvían en la lucha entre individuos se desplazan al interior de cada sujeto.
Además, en este capítulo describimos las narrativas de pérdida de sentido en tiempos de depresión. Hallamos una pluralidad de formas de contar acerca de la pérdida de interés en las cosas y en la vida, así como los afectos implicados. Esta variabilidad se sustenta en las cláusulas narrativas de la singularidad que en reiteradas oportunidades emplean las personas entrevistadas para señalar que es su experiencia particular y que otras la viven de otra forma. Esta singularidad de la depresión, relevada en las cláusulas discursivas que emplean quienes narran y en las entrevistas a profesionales, es reforzada a través del contenido diverso de los relatos sobre la vida en tiempos de depresión. La falta de base fenomenológica estable en la definición científica y en los significados que les asignan las personas que la experimentan resalta estas diferencias en el interior de una misma etiqueta, con límites ambiguos y porosos. Esta heterogeneidad de las experiencias de depresión reconocidas en el ámbito lego y experto dificulta la adopción de una identidad compartida en base a un padecimiento. La guerra interior y la singularidad de formas de experimentar esta condición refuerzan el carácter privado de las depresiones.
(III) Las valoraciones de los recorridos terapéuticos. En este tercer eje vertebrador identificamos formas narrativas de valoración/disvaloración de los itinerarios terapéuticos. Presentamos una variedad de perspectivas críticas y ponderaciones de las terapias y terapeutas. Los interrogantes que guían el análisis son: ¿En las narrativas biográficas cómo evalúan sus experiencias en las terapias y en quienes la ejercen? En particular ¿Cuáles son las críticas que realizan a las prácticas terapéuticas por las que transitan? ¿Cuáles son los aportes de las mismas para abordar sus problemas de salud? En estas expectativas en torno a las terapias psi se expresan formas de subjetivación contemporáneas.
Las carreras terapéuticas de los entrevistados adquieren variaciones significativas. Esta pluralidad de recorridos terapéuticos –y de valoraciones– es sintomática del pluralismo terapéutico vigente en el ámbito de la salud mental santafesina. En el análisis de los relatos hallamos dos modalidades de responsabilidad subjetiva en el proceso de búsqueda de bienestar que se asocian a prácticas terapéuticas disimiles. Quienes participan en espacios de psiquiatría o que consideran su padecimiento un malestar crónico, asumen lo que denominamos una responsabilidad de la obediencia. Esta concepción se basa en seguir las prescripciones médicas en un vínculo jerárquico entre el profesional y paciente. El accionar de quienes consultan consiste en seguir las instrucciones de los especialistas. En esta la persona deposita la confianza en el terapeuta que detenta un saber sobre el padecimiento y quienes lo padecen y prescribe lo que debe hacer y no debe hacer.
Por el contrario, un gran número de relatos, en consonancia con las terapias psicológicas y holísticas enfatizan en la responsabilidad de iniciativa. El terapeuta asume un rol de acompañante y es el sujeto quien emprende su proceso de salud. Por tanto, las terapias conducen a una responsabilización de la recuperación puesto que la mejoría depende del trabajo individual de desciframiento de sí mismo, sus síntomas, las emociones y, más en general, quién es. En esta concepción que es impulsada desde los mismos espacios terapéuticos, las terapias y los terapeutas facilitan, coadyuvan o colaboran en un cambio que es gestado por el propio sujeto.
A pesar de la diversidad de recorridos terapéuticos, en las críticas y valoraciones a las terapias psi hallamos que múltiples carreras terapéuticas transitan desde una responsabilidad disciplinaria a una responsabilidad de la iniciativa. De obedecer a los sistemas expertos y quienes ejercen el rol de terapeutas, a ser ellos los que se deben conocer a sí mismos y su padecimiento a partir de los soportes y claves analíticas que brindan las terapias psi. En este proceso cambian las expectativas de las terapias, estas dejan de ser el medio que brinda la solución para ser un a acompañamiento en un proceso individual.
Finamente, las narrativas describen un desplazamiento, en el que inciden las terapias, de la infidelidad de sí mismo a la búsqueda de fidelidad. Así, la norma cultural de cumplir con las demandas ajenas se desplaza al deber de cumplir la satisfacción de los deseos personales. Las terapias en múltiples ocasiones promueven una nueva normativa social en la que disminuye la lógica de lo prohibido/permitido, y adquiere cada vez más relevancia las prescripciones de la responsabilidad individual y la iniciativa personal en búsqueda del bienestar (Ehrenberg, 2000). Este énfasis en la responsabilidad individual respecto al cuidado de la salud es sintomático del “imperativo de la salud” (Lupton, 1997), como un mandato cultural y moral sobre las prácticas que los individuos deben adoptar para mejorar su calidad de vida (Borda, 2015). En estos espacios terapéuticos el trabajo sobre sí mismo consiste en la consigna generalizada de ser uno mismo y descubrir las potencialidades ocultas en el interior.
(IV) Los devenires biográficos. Finalmente, en este último eje analítico comparamos formas narrativas de ensamble del devenir biográfico a partir de la aparición de la depresión hasta el presente. Es decir, rastreamos un conjunto de dis/continuidades en las subjetividades a partir de la emergencia del padecimiento. Las preguntas que estructuran el análisis consisten en: ¿Cómo están en el presente de la entrevista en relación con el tiempo del origen depresión? ¿Cuáles son las formas narrativas que emplean para dar cuenta de sus trasformaciones biográficas?
Localizamos diferentes modos de articular el pasado en tiempos de depresión y la situación biográfica actual de los protagonistas. Las narrativas oscilan desde relatos en que las personas no pueden revertir el malestar ocasionado por la depresión hasta aquellos en que, producto del padecimiento, consiguen una transformación radical de sí mismos. Mientras que en los primeros extremos las personas y los recursos que disponen parecen impotentes frente al padecimiento, por el contrario las de transformación resaltan la agencia heroica para sobreponerse a este y cambiar su forma de ver y estar en el mundo. En el medio, localizamos formas intermedias que presentan un dominio relativo o provisorio de esta aflicción.
En estas narrativas hallamos diversas figuraciones de la subjetividad que fluctúan entre la permanencia y el cambio del protagonista. De este modo, presentamos relatos en los que los protagonistas no pueden volver a ser quienes eran. Otras vuelven a su normalidad pérdida, puesto que reestablecen su identidad. Algunas destacan que cambian, aunque ni para bien ni para mal; producto del sufrimiento devienen diferentes a las que eran. También, en otros relatos la depresión contribuye a que la persona se conozca a sí misma y logre ser fiel a su propia naturaleza: la depresión permite devenir en el presente en aquello que, verdaderamente, es el protagonista.
A lo largo de este libro consideramos que las narrativas del yo son ventanas analíticas para observar las subjetividades de quienes padecen depresión en un contexto de proliferación del pensamiento biográfico y de las terapias psi. En cada uno de las esferas de interés acerca de estas experiencias biográficas localizamos diversos modos de contar, estrategias discursivas y retóricas para dar sentido a las distintas maneras de estar en el mundo. No obstante, como intentamos señalar, no todo es diversidad y es insoslayable realizar una lectura del conjunto, señalando características compartidas de los relatos biográficos.
Al iniciar la investigación partimos de la consideración de que es relevante permanecer sensible a los estilos terapéuticos que las personas practican al momento de realizar las entrevistas. De este modo, guiados por otros estudios, estimamos que era posible establecer diferencias significativas en los relatos según las terapias, puestos que cada una, con diferencias y similitudes, ofrece cierto modo de interpretar y actuar ante problemáticas semejantes. Cabe señalar que contrario a este supuesto de partida y más allá de las afinidades establecidas en algunas partes del libro entre las tramas y los estilos terapéuticos, no identificamos notables recurrencias. Estas modalidades terapéuticas no regulan el discurso biográfico de manera notoria. A pesar de las discrepancias en los preceptos, las explicaciones y las prescripciones de las diferentes terapias, las incidencias de estas en los relatos se encuentran matizadas. Esta falta de regulaciones significativas según las terapias expresa, entre otras cuestiones, la reflexividad de las personas y sus capacidades de apropiarse de diversos discursos para repensar y compartir acontecimientos biográficos.
A diferencia de nuestras expectativas cuando nos planteamos la investigación, en las explicaciones que elaboran las personas es difícil reconocer la presencia de discursos provenientes de la terapia actual. El ensamble narrativo de las teorías del origen y de la recuperación es el logro de toda la trayectoria terapéutica –en la que inciden terapias previas a la actual y otros recursos y discursos ajenos a los espacios terapéuticos–. Aunque las terapias promueven diversas tecnologías del yo, en sintonía con los mandatos culturales de la modernidad tardía, comparten entre sí los significados generales de los discursos sobre el yo que promueven que es el propio sujeto que consulta quién realiza el trabajo terapéutico.
Como señalamos arriba, en este libro presentamos una pluralidad de modos de contar sobre estas experiencias depresivas. Con la pretensión de resaltar una variedad de narrativas del yo nos precavemos de dos extremos opuestos basados en la universalidad y la singularidad de la depresión o depresiones. De un lado, se uniformiza a las personas que padecen depresión como si todas las experimentan de forma relativamente idéntica lo mismo. De esta manera, evitamos enunciados tales como la “depresión es”, “quienes sufren depresión son” como si algunos relatos nos permite descubrir la experiencia de depresión en sí misma. De este modo, atenuamos generalizaciones que hacen de la depresión un fenómeno transhistórico que se repite invariablemente en las experiencias de quienes padecen, para observarla como una realidad discursiva que adquiere matices e intensidades diferentes según los contextos y subjetividades.
Por otro lado, intentamos precavernos de la lectura de signo opuesta que consiste en destacar la singularidad de cada “depresión”, como si existiesen tantas depresiones como individuos reconozcan padecerla. De este modo, se singulariza como si siempre se viviera de manera única e irrepetible. Esquivar esta forma de interpretación de los relatos resulta más complejo debido –en primer lugar– a condiciones de época en las que el curso de vida se torna, en relación con décadas pasadas más singular y aleatorio (Martuccelli, 2007) y –en segundo lugar– puesto que las prácticas terapéuticas tienden a destacar que “cada caso es único” y “cada depresión es particular” y las clausulas narrativas de quienes padecen que indican la especificidad de sus experiencias: “así me paso a mí”. A través del libro trazamos un conjuntos de nociones que permiten observan características compartidas. Esta visión que acentúa la particularidad de los casos conduce a la falta de asociación e identificación entre personas que atraviesan experiencias –no idénticas– pero si semejantes.
El recurso de la construcción de categorías conceptuales a partir de los relatos biográficos sirve a los fines de evitar los extremos de la singularidad y la universalidad. Estos conceptos constituyen instrumentos para agrupar en torno a una idea narrativas que adquieren similitudes y matices distintos entre sí.
Además, contemplamos dos grandes estilos de narrativas biográficas de las que se infieren diferentes subjetividades. Las primeras son coherentes con teorías sociológicas contemporáneas desarrolladas por Bauman (2003) y Sennett (2000), puesto que aluden a un protagonista flexible en contextos volátiles. El personaje se las ingenia en reiteradas oportunidades, a veces con mayor o menor éxito, para reacomodarse de modo confortable en un mundo incierto. Las personas modifican sus modos de posicionarse, su manera de ver y hacerse valer en parte a través de disposiciones internas y esfuerzos personales. Así, en el individuo contemporáneo las depresiones son consecuencias del imperativo de ser uno mismo y, a su vez, de convertirte alguien más (Ehrenberg, 2000; Van Den Bergh, 2013). Las concepciones del agotamiento del yo por cansancio en un clima competitivo y acelerado son congruentes con estas narrativas (Le Breton, 2016; Rosa, 2016; Aubert y De Gaulejac, 1993). Esta modalidad se presenta en jóvenes con un alto nivel educativo que estructuran sus biografías en la realización de sus deseos individuales. Aquí las subjetividades y los escenarios en los que transcurren sus vidas son, para utilizar la conocida metáfora de Bauman, más liquidas.
Por el contrario, la segunda modalidad de relatos que aparecen con mayor insistencia adquiere una textura solida (Bauman, 2003). En un mundo más estático, los personajes a pesar de destinar mucho tiempo de su rutina y durante años a un conjunto diverso de prácticas realizadas con fines terapéuticos permanecen relativamente igual. En un elevado número de entrevistas, el cambio de sí mismo y sus circunstancias es algo pretendido pero difícil de lograr. Los protagonistas no pueden dejar atrás conflictos que datan de sus infancias o pérdidas afectivas de décadas pasadas. La liquidez del mundo y de las subjetividades que la componen, de acuerdo con exponentes de la sociología como Bauman (2006), parecen estar en discordancia con las perspectivas de sujetos que anhelan cambiar la manera de verse a sí mismo, al mundo y de posicionarse en él pero a pesar de los intentos continúan relativamente sin transformaciones significativas. La persistencia y las dificultades para modificar hábitos de pensamientos, esquemas de valoración y acción adquiridos tiempo atrás expresan una composición subjetiva más sólida que distan de la concepción del “sujeto del rendimiento” (Han, 2012) que se reinventa regularmente. En los relatos de personas mayores de sesenta años, de forma análoga a lo que encuentra Martínez Hernáez (2017) más que el exceso de autoexplotación en el capitalismo avanzado el problema es la soledad, la desafiliación y no poder llenar un tiempo que perciben detenido.
Esta diferencia de modalidades narrativas basadas en el grado de estructuración de la personalidad del protagonista y su entorno es indisociable a la dimensión de la temporalidad. En varias ocasiones la depresión aparece como efectos de acontecimientos o condiciones de vida que forjan un determinado carácter al protagonista que no puede modificar, al menos significativamente. Las condiciones del pasado perduran en el presente, el origen es un espectro que vuelve y que no es posible dejar atrás (Eribon, 2015; Fisher, 2016). De esta manera, la depresión se presenta como independiente del contexto actual. Se trata de una manera estructurada de estar y verse en el mundo, en el que aunque cambien las circunstancias vitales se permanece igual. No se trata sólo de alterar algunas relaciones sociales primordiales, sino de una voz interna, un agente interior con quien convive el protagonista y transforma la tarea de la reproducción de la vida cotidiana en una actividad heroica. En estos tipos de relatos el conflicto insoslayable consiste en la relación con uno mismo, con ese otro interno que acusa y demanda.
Otras cuentan un pasado feliz, pero son las circunstancias vitales del presente de la enunciación las que explican el desánimo y la paralización depresiva. De este modo, asocian las depresiones a los contextos actuales en los que tienen que vivir. Los sufrimientos y angustias obedecen a un conjunto de relaciones o condiciones sociales que dificultan encontrar ganas de vivir. En estos testimonios, pese a la dificultad de poder cambiar los escenarios de interacción, al modificarse parte de esos componentes las personas logran, o consideran que pueden lograr, estar mejor.
En relación con las narrativas asociadas al vínculo entre protagonista y entorno y su grado de composición del relato –más sólido y más líquido– resaltamos un eje de análisis transversal de las tramas que se basa en la polaridad más individual o más colectiva (Meccia, 2017a) sobre el origen, la gestión y recuperación de la depresión. En términos generales en las narrativas biográficas analizadas vislumbramos un marcado desbalance hacia la impronta individual.
En lo que respecta a la dimensión colectiva, esta se encuentra prácticamente ausente tanto en las causas como en el modo de afrontar la depresión en los relatos de vida recabados. Un número reducido de testimoniantes acentúan fuerzas sociales que podrían estar implicadas en el desarrollo y mantenimiento de la aflicción. De esta manera, algunas personas que elaboran narrativas de mejoría atribuyen parte de la recuperación a la participación en proyectos colectivos y en la ayuda a otros/as que atraviesan experiencias análogas. También resaltan la recuperación alcanzada a partir de una mayor integración social lograda, a veces, a partir de la participación en los espacios terapéuticos. En esta versión se trata de una veta comunitaria no politizada, es decir, sin la conformación de activismos basados en una organización que promueve reclamos institucionales en la esfera política o en prácticas de visibilización o concientización.
Dentro del conjunto de personas entrevistadas hay quienes militan en partidos políticos y organizaciones sociales, pero estas al contar sobre sus experiencias de depresión no suelen establecer vinculaciones con condiciones sociales o políticas. Los acontecimientos de los que suelen ser víctimas, como muertes y enfermedades de allegados, no se ensamblan con problemas de la esfera política o pública. En efecto, no localizamos relatos en los que crean “comunidades de dolor” (Das, 2008; Schillagi, 2011) y participan en grupos de apoyo mutuo o activismo en clave de depresión o, de manera más amplia, de salud mental.
En las tramas narrativas relevadas, en oposición a los supuestos de partida y a la realización del trabajo de campo en un contexto de crecimiento de la inflación y el desempleo, las dimensiones laborales o económicas no adquieren relevancia significativa. En la mayoría de los relatos biográficos, cuando aparecen estas suelen encontrarse como subtrama que contribuye a empeorar o mejorar las vidas de las personas.
En términos generales, las narrativas se centran en la necesidad de un cambio personal que promueven las terapias psi y no sobre transformaciones impulsadas por políticas públicas que ayuden a evitar o brinden respuestas a esta clase de malestares. De acuerdo con Ken Plummer (1995), los relatos de recuperación en el ámbito de la terapia no suelen conducir a la acción política, a los movimientos sociales o al cambio social. En principio, no hay razón para que tales testimonios no puedan politizarse, como dejan en claro el movimiento de sobrevivientes de la psiquiatría, ex pacientes de la psiquiatría, las marchas de orgullo loco, las protestas realizadas por activistas queer, la promoción y defensa de la Ley de Salud Mental (26.657), etc. (cfr. Faraone y Valero, 2013; Cvetkovich, 2012; Cea Madrid y Castillo Parada, 2018; Chamberlin, 1995). Asimismo, en 2019 en la ciudad de Rosario se desarrolló el Tercer Encuentro de la Red Latinoamericana de Derechos Humanos y Salud Mental que desde una perspectiva antimanicomial lucha por la defensa de los derechos humanos y salud mental. En un contexto en el que los padecimientos individuales adquieren relevancia en la esfera pública, en los relatos obtenidos en el escenario de Santa Fe, en torno a la depresión no se articulan reclamos de las personas protagonistas como colectivo. En síntesis, dentro de la pluralidad de discursos biográficos observados, el punto en común consiste en la ausencia de marcos referenciales que conciban las depresiones como injusticias sociales con capacidad para reclamar intervención política.
En lo que respecta a la dimensión individual, cabe destacar que tanto el inicio, el nudo problemático, como la resolución en las narrativas tienden a situarse en experiencias enmarcadas en el ámbito privado de los protagonistas. Así, las voces de las personas entrevistadas están en consonancia con lo que documenta Eva Illouz: “las experiencias de abandono y amor no correspondido son tan fundamentales en nuestro relato biográfico como otras formas de humillación social (de naturaleza política o económica)” (2012: 28). En las sociedades contemporáneas el reconocimiento ajeno se torna fundamental para la determinación del valor propio (Honneth, 2010) y la depresión se expresa, entre otros registros, en una falta de estima de sí mismo basada en la percepción de pérdida de reconocimiento de los otros significativos.
Los actantes principales que priman en las tramas narrativas para explicar el origen, el modo en que se perpetúa o mejora, provienen del universo familiar. Suelen aparecer, simultáneamente, como generadores de daños y soporte primordial de acompañamiento y recuperación. Además, en varias entrevistas cuando cuentan acerca del origen destacan fallas morales o neuronales del propio individuo. Haber generado sufrimiento a otras personas o un desbalance químico interno explica la aparición del malestar. En ambos casos, por distintas vías, es el sujeto quien, a su vez, es el principal responsable de la mejoría individual. Una idea central de organización de la cultura terapéutica es la individualización de los problemas (Plummer, 1995), el yo identifica, es el responsable del problema y de su resolución. Como observamos, en este libro los relatos obtenidos tienen una marcada presencia de narrativas que denominamos individualistas, donde lo personal se explica centralmente por lo individual. Así, en algunas ocasiones tanto el origen como la posibilidad de superación del malestar son productos de la agencia individual del protagonista.
Otra cadencia narrativa que prima son las que oscilan del padecer a la agencia. En estas las personas son víctimas de acontecimientos o condiciones externas que afectan al yo, pero ahora, en el presente de la enunciación, la responsabilidad de poder llegar a recuperarse reside, principalmente –aunque no únicamente– en la voluntad y capacidad individual. En otras palabras, las narrativas desresponsabilizan al protagonista por el origen de la depresión al atribuir las causas a factores externos. Pero le atribuyen la responsabilidad en tiempos de reparación del malestar. Este estilo de narración que consiste en el transito del padecer a la responsabilidad es afín con los discursos terapéuticos contemporáneas (lllouz, 2010). Estas cadencias globales que adquieren los relatos biográficos están vinculadas a los marcos referenciales que propician las terapias que practican y la cultura terapéutica en la que se asientan.
En estas egodiceas que acentúan el polo individual, la superación de los sufrimientos personales o encontrar estabilidad anímica es responsabilidad del sujeto. Como dicen en reiteradas oportunidades las personas entrevistadas: “depende de uno”. En estas narrativas de impronta neoidealista el cambio parte del sujeto, muchas veces de ver las cosas distintas (Papalini, 2015). De este modo, la transformación de las ideas cambia el posicionamiento en el mundo objetivo. El entorno y los profesionales pueden contribuir a estar mejor, pero en última instancia el peso de la mejoría y de la biografía recaen en el individuo.
En los periodos en los que las personas participan en espacios terapéuticos a veces se vislumbra una meritocracia del proceso de curación o recuperación en el que responsabilizan al sujeto tanto de la mejoría como del malestar. Así, la apropiación de discursos terapéuticos de redención individualista entraña ambivalencias según las situaciones biográficas de los protagonistas. Por una parte, estos discursos empoderan al sujeto al erigir en responsable y asignar a su agencia un papel relevante. Lo manifiestan las narrativas heroicas de autotransformación que presentan al sujeto como modelo de que es posible salir de la depresión por sí mismo. En los testimonios contrarios, la falta de mejoría individual refuerza la concepción de incapacidad del sujeto puesto que el imperativo de que la recuperación depende de sí mismo agrava el malestar al anexarle al sufrimiento la concepción de la responsabilidad individual por el propio fracaso.
La paradoja que evidencian un conjunto de relatos biográficos sobre experiencias de depresión es que recae el trabajo de recuperación del sujeto sobre su propio yo como modo de mejoramiento, cuando es precisamente la voluntad, la agencia, lo que se encuentra afectada. Así, a las personas cansadas por los esfuerzos en erigirse en soberanas de sí mismas se les asigna, mediante discursos anclados en las instituciones contemporáneas, el deber de tomar las riendas de sus problemas de salud. La ironía de las narrativas de depresión reposan en que manifiestan la insuficiencia frente a los valores de autodeterminación y autonomía que promueven las instituciones modernas, sin embargo, afín con los imperativos a los que incitan las practicas terapéuticas, para salir adelante enfatizan en la agencia personal como clave de la recuperación. Si las depresiones se apoyan en la convicción de que no puedo o no es posible, los discursos terapéuticos promueven la versión opuesta: “yo puedo cambiar mi vida”.
La clave individualista de recuperación no remite solamente al papel que cumple la agencia individual en el cambio de la persona sino también a un tipo de orientación valorativa de la acción del protagonista. Así, los relatos resaltan una vida de libertad personal basada en hacer lo que quieren o les gusta en detrimento de las demandas ajenas. De forma sucinta, las tramas narrativas de recuperación giran en torno al desplazamiento de vivir para otros a hacer lo que les gusta; de responder a compromisos y demandas externas, a centrarse en los intereses individuales. En el medio, generalmente, asociada a la crisis y a la desorientación que provocan las depresiones, los relatos describen el modo en que las personas no saben qué es lo quieren ser o hacer. Las terapias ofician de medios para darse cuenta o recordar lo que les gusta y centrar la atención en priorizar la realización de sus deseos personales.
La marcada impronta del polo individual sobre lo comunitario y colectivo nos conduce a lo planteado en la introducción, donde señalamos que uno de los estímulos de indagar en este padecimiento es que se percibe en las sociedades contemporáneas como un problema estrictamente privado y es transitado en gran medida de manera solitaria. La depresión a pesar de crecer significativamente en las últimas décadas y convertirse en el diagnóstico en salud mental más frecuente a nivel mundial, es considerada por quienes las sufren y por los especialistas como un fenómeno de índole individual. Las raíces sociales y políticas de la depresión son invisibilizadas mientras que, inversamente, el malestar se individualiza e interioriza. A partir de los resultados de la investigación resaltamos elementos que contribuyen a comprender esta privatización o intimización de la depresión.
Un elemento lo constituye la relevancia que adquiere el autoetiquetamiento, sin necesidad de otros, para percibirse con depresión en un contexto de híperreflexividad biográfica. Las personas manejan saberes abstractos y los aplican para pensar cuando es normal o problemático los comportamientos y emociones que sienten. El manejo de los lenguajes emocionales conduce a que quienes sufren apliquen esa etiqueta en sus mundos privados, anticipándose en muchas ocasiones a la mirada de los especialistas. Por tanto, en varias oportunidades no se difunde la etiqueta en los diversos escenarios de interacción y permanece como una información privada de sí mismo o que reducidas personas conocen.
Además, las críticas de investigaciones en las Ciencias Sociales revela que los dispositivos psi en algunas ocasiones transforman las desiguales (de género, económica, etc.) en fallas en los individuos que las padecen. El problema deja de percibirse como social para considerar y abordarlo como personal (Flick, 2016). Investigaciones sobre las experiencias de depresiones ilustran este aspecto (Martínez Hernáez, 2017; Zapata Hidalgo, 2019) que en nuestras entrevistas se observan en las consideraciones del desbalance químico como problema interior disociado de eventos biográficos, en las dificultades de no poder hacer lo que les gusta sin atribución a los vínculos patriarcales en la desigual distribución de tareas del hogar o en la desvinculación del agotamiento del yo por estrés de las relaciones de un capitalismo financiero que promueve la capacidad individual, la competencia, etc. En definitiva, los marcos explicativos que emplean no consideran como injusticias sociales sus sufrimientos personales que tienden a ser comprendidos como exclusivamente privados.
También la depresión tiende a la privatización porque, como analizamos, las personas que sufren ingresan en una lógica de des-socialización involuntaria en la que, aunque anhelan conexión, no pueden vincularse cómodamente con quienes las rodean. Los afectos que involucra esta condición, tales como vergüenza, miedo, provoca que quienes la experimentan se encuentren en el armario de la depresión –un retraimiento que encierra a los lugares de menor incomodidad y que inhibe la interacción con pares– y no hagan pública su situación biográfica. Los problemas de entendimiento con el entorno conllevan una lógica anticomunitarizante asentada en dos aspectos indisociables: la dificultad para compartir lo que le sucede por parte de quienes padecen y para comprender por parte de quienes la rodean. El que sufre suele no dispone de las palabras para contar su extrañeza y las personas del entorno interpretan su situación en clave moral, como falta de voluntad. Estas lógicas acrecientan el aislamiento individual.
Además, la depresión se vuelve un fenómeno privado porque la experiencia es vivenciada como un desdoblamiento interior. Las metáforas de la guerra con uno mismo dan cuenta de esta concepción de conflicto interior en el que las fuerzas sociales o políticas parecen tener escasa injerencia. También, aquello que a lo largo de este libro denominamos singularidad de la depresión, y localizamos en discursos institucionales, en las entrevistas a profesionales y a quienes padecen esta condición, contribuye a la despolitización de la depresión. La retórica de la diferencia personal en la que se asienta, bajo el presupuesto según el cual “mi depresión” es particularmente “mía” –puesto que no se replica con los mismos síntomas en otros cuerpos y se explica por condiciones y eventos específicos– dificulta la constitución de sujetos colectivos, agrupados por intereses comunes. Se deriva de esto que si cada depresión, como las personas, son únicas, parecen requerir estrategias terapéuticas específicas y soluciones personalizadas.
También los lenguajes y prácticas que promueven la cultura terapéutica y los espacios psi contribuyen a reprivatizar el sufrimiento. Insistimos en que, de acuerdo con las terapias en las que desarrollamos el trabajo de campo, la responsabilidad del bienestar individual reside en el paciente, en su capacidad de observación y acción. Este “emprendedorismo psíquico” respaldado en un “voluntarismo mágico” (Fisher, 2016:137) en el que el individuo con su esfuerzo, capacidad y acompañamiento profesional puede restablecerse no promueve una búsqueda colectiva o en el espacio público para abordar el malestar. Además, en esta era secular enfocarse en la dieta de uno y otras elecciones de estilo de vida proporcionan un medio para dar sentido a la vida y la muerte. La “salud mental” reemplaza a la “piedad” como un elemento básico de logro y vida adecuada (Lupton, 1997). En esta época el yo de cada persona se convierte en su principal carga y conocerse a sí mismo deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo. Así, las subjetividades orientadas a encontrar el carácter único y autentico que persiguen el objetivo de autoconocerse, descubrirse, encontrase a sí mismo no estimulan la comunitarización del sufrimiento sino que conciben a este como oportunidad personal de cambio individual.
De este modo, múltiples elementos convergen para que la depresión –a diferencia de otros sufrimientos que adquieren resonancia pública y organización política– permanezca confinada al espacio de lo íntimo. Según Martuccelli “Si los términos como estrés, depresión, ansiedad, acoso, perversidad… tienen, sin lugar a dudas, una gran fuerza expresiva, no poseen empero, en todo caso actualmente, una gran operatividad política” (Martuccelli, 2007: 61). En Argentina muchos términos adquieren recientemente resonancia pública y política en los últimos años, tales como violencia de género, abusos. No obstante, el vocablo central de este libro, depresión, parece permanecer, por el momento, al menos en las personas entrevistadas sin “operatividad política”. Quienes se identifican con esta noción no consideran legítimos otros lenguajes con capacidad de politizar el malestar o no disponen de marcos referenciales para convertir el sufrimiento personal en participación colectiva.
La conocida premisa según la cual lo personal es político (Millett, 1995) sirve para hacer ver que amplias esferas concebidas en apariencia ajenas a esta, del ámbito privado, pueden politizarse. No obstante, en la misma línea se torna necesario recordar que lo personal no es en sí mismo político sino susceptible de devenir tal a partir del trabajo colectivo. Para que la depresión asuma este plano se requiere construir de forma colaborativa marcos de injusticias a través de los cuales refigurar nuestras existencias y el mundo. Asociarnos para luchar por derechos, reparar injusticias y proyectar un mundo más justo sirve, al mismo tiempo, para darle sentido a la vida.







