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3 Etiologías legas

Narrativas del origen de la depresión

“Para descubrir la causa por la cual algunas personas se precipitan por la espiral descendente de las depresiones, debe uno indagar más allá de la crisis manifiesta, y aun entonces no hacerse ilusiones de averiguar nada que vaya más allá de la discreta conjetura”. Styron, W. (2015). Esa visible oscuridad.

“El diagnóstico es tan complejo como la enfermedad. Los pacientes no se cansan de preguntar a su médico: “¿Estoy deprimido?”, como si se tratara de los resultados de un análisis de sangre. La única forma de descubrir si se está deprimido es escucharse u observase a uno mismo, percibir los propios sentimientos y luego reflexionar acerca de ellos”. Solomon, A. (2002). El demonio de la depresión.

Introducción

Es difícil vivir con depresión sin teorizar sobre las causas (Karp, 2017:71). Las personas que se consideran afectadas construyen sus propias teorías de la depresión a lo largo de sus trayectorias terapéuticas. Elaboran ideas del origen del sufrimiento, explican por qué caen en depresión, cuentan en qué medida se consideran responsables y qué podrían haber hecho para evitarlo. Indagan en las explicaciones y significados disponibles en la cultura puesto que les sirve para darle un determinado sentido al malestar y, en consecuencia, desarrollar un plan u estrategia para evitar retornar a esos estados. Para esta tarea se apropian y aplican diversos regímenes discursivos que circulan en el espacio público y en las instituciones terapéuticas en las que participan.

Excede a nuestros propósitos descubrir las verdaderas causas de la depresión, nos abocamos a otro proyecto que consiste en identificar cómo las personas en tratamiento por depresión, en el presente de la enunciación, cuentan sobre los orígenes de dicho padecimiento. En este capítulo atendemos a los modos de explicar que despliegan y los marcos cognitivos a los que recurren para ordenar los aspectos significativos de sus vidas. Las preguntas que orientan a este son: ¿Cuándo identifican o reconocen que padecen depresión? ¿Por qué, cuáles son las razones de llegar a sufrir depresión? ¿Elaboran socionarrativas, neuronarrativas o una combinación de ambas para explicar el origen? ¿La depresión es independiente de condiciones externas o emerge como resultado de sucesos vividos?

En este capítulo analizamos las teorías nativas del origen de la depresión o etiologías legas. Con estas nociones referimos a los modos de explicar los orígenes de sus depresiones por parte de quienes la sufren. Partimos del supuesto de que quienes padecen son expertos en experiencias y manejan teorías, semejantes en complejidad a las que elaboran los profesionales del área de salud mental, para comprender por qué comienzan a sufrir depresión en sus vidas. Estas teorías nativas o narrativas del origen son analizadas en dos instancias. Primero, abordamos las narrativas del reconocimiento, centradas en cuando identifican que sufren depresión. Segundo, las narrativas de distribución de las responsabilidades, qué o quienes son responsables de la emergencia de esta aflicción.

Volverse depresivo/a: del desconocimiento al reconocimiento de la depresión

Las personas entrevistadas en este libro comparten la característica de haber pasado por experiencias de depresión. No obstante, adherir al rotulo de depresión como descriptor biográfico o identitario suele implicar un proceso, no lineal, que involucra a allegados y profesionales. Este consiste en apropiarse de la categoría general e imprecisa de depresión para comprender lo que pasa subjetivamente. Aplicar esta noción no es fácil debido, entre otras cuestiones, a su ligazón con los significados asociados a la enfermedad mental y los estigmas que acarrea en nuestras sociedades. ¿Cuándo y cómo adquieren esta etiqueta para comprender lo que les sucede?

En los relatos analizamos esta dimensión del reconocimiento de la depresión, esto es, cuándo y cómo identifican que surge en sus vidas. Indagamos en qué momento y cómo logran darse cuenta que en determinado período comienza aquello que llaman depresión. Decimos logran darse cuenta, puesto que, como expusimos, aplicarse el término depresión implica un trabajo interpretativo en un contexto social. La categoría de depresión aparece como contagio semántico (Hacking, 1995), un término proveniente de ámbito especializado del saber es reapropiado por las personas para describir sus comportamientos y emociones. Por tanto, si usan la categoría de depresión, en principio, es porque esta circula y está a disposición para ser utilizada. Sin embargo, esta observación demasiado amplia no permite comprender los complejos procesos que conlleva en las biografías individuales.

Estamos frente a un padecimiento que carece de indicadores objetivos, fehacientes, para indicar que ese sufrimiento es depresión y no otra cosa. Mediante interpretaciones aquello que sucede internamente pasa a recibir en un específico momento el nombre de depresión. No hay nada en el conjunto de sentimientos y emociones en sí mismas que nos permitan trasladar mecánicamente el malestar personal al término depresión, y no a otros. Un campo de experiencia intersubjetivo invita a vincular lo que sucede a esta noción. La depresión es un logro interpretativo que conduce a utilizar este término para describirnos. Así, una experiencia de sufrimiento individual adquiere este rótulo de mayor generalidad para comprender lo que ocurre interiormente. Se trata del trabajo de volverse depresivo/a o con depresión, es decir alude al proceso de adquisición de una etiqueta identitaria para problemas emocionales.

En todas las entrevistas consideran valida la denominación de depresión para refigurar sus vidas. En algunas circunstancias esta etiqueta proviene de la aceptación del punto de vista profesional o de otros significativos. No obstante, en su generalidad, como veremos, procede de un autoetiquetamiento privado (Thoits, 1985) de desviación emocional e identitaria. La diferencia radica en que en pocas ocasiones la desviación surge de la mirada de otros, mientras que en su mayor parte es el resultado de la reflexión del protagonista sobre sus emociones.

Del sufrimiento indefinible a la etiqueta de depresión

El comienzo y el reconocimiento de la depresión, pese a estar vinculados, remiten a diferentes cuestiones que es necesario distinguir. Generalmente transcurre un periodo de tiempo, a veces largo otras veces breve, entre la emergencia de la depresión y su identificación. Además de preguntar cuándo comienza este padecimiento en sus vidas, consultamos en qué momento identifican que se trata de depresión. En otras palabras, cuándo incorporan ese término para pensarse. En este apartado describimos el transito del desconocimiento al reconocimiento de la depresión y la adquisición de ese término para referenciar sus modos de estar en el mundo.

En los relatos biográficos aparece con insistencia que en un primer momento las personas no entienden qué les pasa, ni disponen de palabras suficientes para comunicar lo que les sucede. El rótulo de depresión para dar sentido a lo que les ocurre subjetivamente suele adquirirse con posterioridad. La palabra depresión no forma parte de su descripción identitaria. Por tanto, en un primer momento falta el vocabulario para etiquetar sus experiencias como depresión (Karp, 2017:108). O disponen de otros términos que no provienen de los saberes del campo médico.

No obstante, esta ausencia de marcos referenciales para dar sentido al malestar no ocurre en quienes consideran que la depresión es crónica y padecen episodios recurrentes. En estas ocasiones las personas suelen intuir ese proceso de retorno del malestar y reutilizan un término que ya forma parte de su repertorio lingüístico e identitario. El relato de Leonor, una médica jubilada que asiste al psiquiatra y a terapia psicoanalítica, es ilustrativo de esta lógica anticipatoria, difícil de contrarrestar:

Yo ahí ya empecé a sentir los síntomas que yo ya me conozco. Viste, cuanto uno ya padece una cosa se va dando cuenta de que no se está sintiendo bien. Yo tengo un zumbido permanente de hace años, que me molesta. Y a mí la vez anterior cuando me molesto el zumbido yo caí. Entonces, dije le dije a mi hija, tengo miedo de caer en depresión. Y bueno, fue así. Al poco tiempo entré en depresión pero esta última vez fue muy profunda. (Leonor, 62 años)

El relato de Leonor está estructurado a partir de diversos episodios de depresión. En el fragmento anterior la narradora predice y no puede controlar un proceso de caída en depresión. Los síntomas anteriores advierten la posibilidad de retornar a estados de depresión profunda. La percepción de indicios de alerta que anuncian este padecimiento, no impiden detenerlo. Por el momento de su trayectoria terapéutica (Jones y Alonso, 2019) ya dispone de esa categoría y considera una posibilidad el regreso de ese sufrimiento. Sin embargo, cuando por primera vez ocurren estos procesos de malestar no se anticipan ni se suele saber qué es lo que les sucede.

Como señalamos, existe un periodo de sufrimiento en el cual la persona no identifica que lo que le sucede está vinculado a depresión. En consonancia con un estudio en base a grupos focales llevado a cabo en Estados Unidos, los sujetos demoran varios años en identificar que sufren depresión (Epstein et al., 2010). En esa temporalidad biográfica no disponen de un lenguaje, de marcos cognitivos para dar sentido a sus experiencias. No tiene nombre o tiene otros, para describir lo que le sucede. A continuación presentamos relatos en cual las personas cuentan sobre este período de confusión.

En los siguientes fragmentos observamos modos de contar acerca de ese periodo de confusión en los que no se dan cuenta o desconocen lo que les sucede. Silvia –una mujer practicante de psicoanálisis y vinculada al ejercicio de la profesión médica– cuenta que en un primer momento no era consciente de que aquello era depresión:

La primera vez que yo sentí algo a lo cual llamé depresión, bueno después llamaron depresión, porque en ese momento no lo sabía, fue después del parto de mi primer hijo. Yo sentía una gran angustia, una gran angustia. Quería irme de mi misma. Esa es la palabra, quería salirme de mi misma porque me era insoportable. Porque es un momento muy difícil el puerperio. Yo era muy joven, muy jovencita. Y fue algo que lo sostuve, lo soporté y pensé que lo había superado. Ese fue el primer episodio que yo puedo decir retrospectivamente, ahí me sentí deprimida. (Silvia, 56 años)

En el relato de Silvia es un trabajo interpretativo retrospectivo el que permite identificar estados anteriores con el término de “deprimida”. Si bien ya manejaba un vocabulario médico, no explica esta situación a través de ese lenguaje. Acompañada a una primera ausencia de esta noción, hay una falta de atribución causal para explicar ese malestar:

A pesar de que yo estudiaba medicina, lo atribuí un poco a… lo atribuí a… pero en el momento no lo atribuí a nada. Yo estaba en cuarto año de la facultad y nuestra situación era muy difícil porque éramos estudiantes. Y teníamos un bebé y era una situación caótica el país. Entonces, yo en un mes, en un mes me di cuenta que amaba a esa bebé y bueno, me acomodé. Viste, si hay algo que tiene el ser humano es que se acomoda. (Silvia, 56 años)

Lo que Silvia describe como primer episodio “pasó” en un doble sentido. Primero, pasó inadvertido en aquel momento en el que no le puso etiquetas, ni lo explicó. Segundo, pasó en el sentido que al cabo de un tiempo breve mejora su estado anímico. Logra acomodarse a las nuevas circunstancias vitales. Vincular ese estado emocional a la depresión es el resultado de un trabajo posterior, producto de su trayectoria terapéutica y el curso de sus malestares.

Este período biográfico caracterizado por no darse cuenta de la depresión aparece con frecuencia en las entrevistas. Ángeles alude a un tiempo en el que no sabía que le estaba pasando internamente, pero comprendía que las cosas no iban como deseaba: “Yo no sabía lo que me estaba pasando. Solamente sentía ese sentimiento, ese vacío de querer irme”. Jorgelina afirma: “Ese nombre de depresión se lo puse después. Como que caí, la pasé mal. En mi casa, en todos lados”. Por su parte, Ernesto sostiene:

Yo creo que la depresión es algo que muchas veces uno atraviesa y no le pone un rótulo. Por lo menos yo no le puse ningún tipo de rótulo. Es algo que se vive no más y no sabés qué es lo que está pasando, viste. (Ernesto, 30 años)

Según Ernesto es un periodo biográfico que es transitado sin etiquetas, al respecto Patricia afirma:

No tenía problemas antes, era una mujer muy activa. Tenía tres hijos y siempre cociné, lavé, planché todo para los chicos, siempre andaba. Y de repente me encuentro con una sensación rara en el cuerpo, que yo decía: ¿qué será esto que me pasa? y no sabía que eso era una depresión. (Patricia, 76 años)

La emergencia de una sensación extraña que conduce a preguntarse qué será que le está pasando se basa en la alteración de la percepción que tiene Patricia de sí misma. Las experiencias de depresión, incluso cuando se carece de rótulo, se perciben como extrañeza respecto del concepto que tienen de sí mismos. Así, en la entrevista con Patricia ese estado era inadecuado respecto a su concepción de persona activa en las labores domésticas. Una experiencia similar a las anteriores es la de Daia. En su relato la ansiedad dificulta percibir su depresión, que logra identificar con posterioridad, “saliendo” de esos estados.

Yo en realidad sabía que lo que mayormente tenía era ansiedad pero porque lo sentía digamos. Lo asocié con depresión no tanto porque me hayan dado antidepresivos, sino también porque yo estaba, me sentía así como desganada. Lo que pasa que también la ansiedad te genera enroscarte en un mambo que no te permite por ahí identificar que por ahí también estas como sin muchas ganas de hacer cosas, o que te la pasas encerrada. Yo me la pasaba, no sé, encerrada, mirando tele. Como que me costaba mucho también salir. Pero a la vez, bueno, estaba un poco alterada. Tampoco sé cuál es la definición de depresión, que uno tiene que estar necesariamente tirado así, como un ente. Pero bueno, sí, yo tampoco no me di cuenta también hasta después. Un montón de gente me dijo, che pero vos estás como re bajón. Porque después bueno, saliendo. O bueno, mis amigas de toda la vida que me conocen de antes, como que vieron que yo estaba mal, digamos. Sin las mismas ganas de hacer cosas que antes. En ese momento no lo identificaba así como una depresión. (Daia, 28 años)

Daia tenía problemas de ansiedad que les dificultaban asociar que también atravesaba por una depresión. Dice: “No me di cuenta hasta después”, aunque tenía amigas “de toda la vida” que intentan hacer ver que estaba mal, “bajón”. Pero ella, en ese momento no lo identifica de esa forma. Como último ejemplo de irreconocimiento, presentamos un fragmento del relato de Lucrecia. Esta joven, estudiante de medicina, pasa por un primer período de depresión que en su momento no identifica, ni su familia, de esa manera:

A los quince años yo estaba triste, por lo menos nosotros tenemos una historia de que había fallecido mi mamá cuando yo era chiquitita. Entonces, podía ser que yo este triste nada más, no de una depresión. Pero sí, ahora que uno entiende, que yo por lo menos entiendo un poco más, lo que yo tuve a los quince años, de faltar dos meses a la escuela o cosas así, era una depresión. Totalmente. (Lucrecia, 26 años)

En el relato de Lucrecia, la adquisición de nuevos marcos de referencia, producto de otros acontecimientos y su participación en espacios terapéuticos, le permite revisar su etapa anterior. Lo que vive con posterioridad contribuye a observar que aquellos momentos que consideraba eran de mucha tristeza se trataba, en realidad, de depresión.

En los diversos testimonios que presentamos existe un periodo de confusión en el que la persona no sabe qué le pasa, aunque identifica que algo va mal interiormente. Se trata de la percepción de una desviación emocional (Thoits, 1985), basado en la conciencia de inadecuación entre lo que siente ante eventos externo y lo que debería sentir. También identitaria debido a la incongruencia entre lo que consideran que son y como están. Solamente en el relato de Daia –además de la autobservación– aparecen las voces de otros significativos que contribuyen a problematizar lo que le sucede. Las consideraciones de que los estados emocionales no son los adecuados frente a las situaciones suelen preceder a los juicios de terceros. El autoetiquetado en muchas ocasiones anticipa a la etiqueta externa. Pero ¿Cómo se dan cuenta o recuperan la noción de depresión para dar sentido a lo que les sucede?

El trabajo de reconocerse en la etiqueta

Las personas entrevistadas a menudo manifiestan un tránsito desde no saber qué sucede a identificar que aquello que les pasa está asociado a depresión. Narran diversas formas de darse cuenta o reconocer que aquello que padecen es depresión. Una de estas modalidades es a partir de crisis vital o episodios agudos que lo hacen evidentes. Otras de las formas refieren a un reconocimiento mediante diagnósticos y a través de terapias. Finalmente, el reconocimiento proviene del uso de recursos culturales.

Decimos que una de las formas comunes de reconocimiento es a partir de una crisis o punto culmine. Uno de los testimonios que presentan esta modalidad es el de Julián. Antes de finalizar sus estudios de contador empieza a darse cuenta que no es la profesión de la cual quiere vivir. Luego, sus primeras experiencias laborales refuerzan su distancia de la misma. La crisis que sufre está relacionada a lo que llama la “paradoja de la elección”. No sabía qué hacer con su vida a pesar de, o justamente por, la diversidad de opciones y posibilidades. En su relato distingue dos momentos que obedecen a un proceso gradual de intensificación del malestar desde la “depresión psicológica” a una “depresión fisiológica”. Acorde con los fragmentos del apartado anterior, cuenta que “algo anda mal” pero no sabe exactamente qué, qué es lo que pasa:

Hubo dos momentos. Uno que no me daba cuenta que me estaba deprimiendo, pero sentía que algo andaba mal. Y otra que ya me di cuenta que me deprimí, porque fisiológicamente me sentía casi ya un discapacitado. Eso es la forma de describirme, porque me funcionaban todas las funciones vitales del cuerpo, pero tenía un desgano total, una desmotivación total. Me había puesto muy sensible, cualquier cosa me largaba a llorar. Yo soy una persona sensible pero no a ese nivel. Me puedo largar a llorar por una película, pero de golpe estar hablando con alguien y me ponga a largar a llorar sin motivos, eso no. Y bueno, cuando empezó a pasar eso delante de mi viejo. […] Entonces ahí dije, algo me está pasando. Cómo le estaba contando algo y me largué a llorar, pero sin poder contenerme. Y ahí fui bajando como en picada hasta un punto de que quería estar encerrado, no quería ver la luz del sol. Fueron tres meses de la depresión más difícil, la psicomotriz. O sea, que fisiológicamente casi sos un discapacitado. Claro, que pasa, los otros te ven de afuera y creen que estás bien. Porque te andan las piernas, te andan los brazos, no te deja de funcionar nada. […] Me estresaba que me miren a los ojos por eso no quería que me viera nadie. No atendía el teléfono, no respondía un mensaje. Me estresaba responder. O sea, tener que pensar que le respondo a alguien o atender el timbre. A ese nivel te lo digo. Yo soy una persona sociable. Y ahí me di cuenta de que había caído en depresión. (Julián, 33 años)

Julián realiza una descripción detallada de esa depresión fisiológica que, en cierto modo, no le permite reconocerse a sí mismo. De acuerdo con la concepción de Bamberg (2011) el narrador establece comparaciones de sí mismo entre el presente y el pasado: estaba mucho más sensible de lo común, incapaz de socializar a pesar de concebirse como sociable. Como en la mayoría de relatos obtenidos y en consonancia con los resultados de otros estudios (Karp, 2017; Ratcliffe, 2015), la reclusión, la desconexión y el aislamiento suelen ser nodal en las experiencia de depresión y, en el testimonio de Julián, opera como indicador de que algo anda mal. Percibe que esos estados y modos de actuar no son su normalidad. Es esta percepción de desviación emocional (Thoits, 1985) que consiste, en su experiencia, en llorar de forma inadecuada y, por tanto, la ruptura de las reglas de conducta, lo que espera y esperan de su comportamiento, los que hacen dar cuenta de su depresión. En este proceso en el que cae en picada logra darse cuenta cuando ya entra en una depresión “psicomotriz”, más profunda.

Por otra parte, en el relato de Joaquín, un estudiante de Letras y practicante de psicoanálisis, encontrarse apático, sin ganas, sin salir de la casa, no fue suficiente para solicitar ayuda o identificar que lo que le sucedía se relaciona con depresión. Estalla la situación a partir de reiterados ataques de pánico, la sensación de morirse y la regular asistencia a las guardias del hospital aunque desde la mirada médica nada este fuera de lugar:

Síntomas yo no sé si puede haber habido indicios en algún momento. Hubo un momento en el que estalló la situación. Tuve un ataque de pánico que era la primera vez que me pasaba de adulto, me había pasado una vez de chico. Y a partir de ahí se desencadenó todo, fue como que se me soltó la cadena. Pase a tener ataques todos los días, dos o tres veces por día. Cuando frenaban los ataques de pánico me deprimía. Era un poco una montaña rusa, se había roto algo que estaba agarrado. Evidentemente síntomas mirando para antes de eso tendría que haber, tendrían que estar las pistas, las migajas de lo que se desató en ese momento. Pero a partir de ese momento me sucedía de estar una semana tirado en la cama, estar apático completamente o pasar a la desesperación completa. (Joaquín, 31 años)

Joaquín, no registra síntomas previos que desemboquen en la crisis. Esa situación biográfica lo conduce a identificarse con depresión y a recurrir al psiquiatra y al psicólogo para salir adelante. De este modo, no logra anticipar el proceso de agravamiento del malestar. El último relato de vida que ilustra esta narrativa de reconocimiento en la crisis es el de Ana. Esta maestra jardinera y ama de casa, sostiene que se va dando cuenta pero, al mismo tiempo no admite que está en depresión. Se pregunta será depresión, lo difícil es admitir y pedir ayuda:

Uno se da cuenta pero a la vez no lo quiere asumir tampoco. A mí como que me daban ataques, depresión, estar sola. Yo tengo dos chicos, los dos van de mañana a la escuela, yo trabajo de tarde, mi marido trabaja de mañana. Yo sola en mi casa, qué hacer. Siempre la misma rutina. Levantarme, hacer las cosas de casa, cocinar, esperar, por ahí no los veía, comer. Esa rutina de hacer todos los días lo mismo en mi cabeza. Mi cabeza trabaja, trabaja, trabaja, hasta que exploté. Entonces ahí me di cuenta, que claro no puede ser. Será una depresión. Y hay veces que me lloraba toda la mañana, hay veces que no me quería levantar. Dormía y a su vez me despertaba, me miraba en el espejo y eran unas ojeras que tenía y eso que había dormido, por decirlo, toda la noche. No descansaba, no descansaba bien. Y por ahí uno decir, será depresión. ¿Qué hago? Y por ahí cuesta dar el primer paso, pero bueno, no podés estar todo el tiempo así. (Ana, 39 años)

En su narrativa Ana, a diferencia de Joaquín, percibe y se pregunta qué le pasa. Pero este proceso es ambivalente: se da cuenta pero no lo quiere reconocer. Tiene que explotar, llegar a su límite subjetivo, para finalmente admitir aquello que no quería asumir. Como en otros testimonios, explicita la carga negativa que porta el término depresión por su asociación a la enfermedad mental. En su relato dar el primer paso significa consultar con profesionales del área de salud mental. En síntesis, en estas formas de reconocimiento relevado es a partir de crisis vitales que las personas identifican que sufren depresión. No suelen profundizar en el modo de adquisición de la palabra y el uso de la categoría depresión para referenciar la biografía se presenta como algo evidente.

Como mencionamos, otra forma de reconocimiento es a partir del diagnóstico psiquiátrico. Este opera como un modo de evidencia de aquello que la persona padece a través de la transmisión de la voz autorizada de un profesional. Este legitima y da sentido a situaciones de padecimiento y, simultáneamente, enmarca la relación médico-paciente (Mantilla y Alonso, 2015). El testimonio de Paulina manifiesta este tipo de identificación a través de la mirada del psiquiatra y el uso del diagnóstico. Comenta que durante el primer año de estudio universitario regresaba llorando desde la ciudad donde estudiaba a Santa Fe:

Asocié lo que me pasaba con depresión con el primer diagnóstico de una psiquiatra. Cuando yo cumplí dieciocho años y me volvía todos los fines de semana, volvía llorando. No me gustaba nada, no quería estar en ningún lado. Ahí empezamos a buscar con mi mamá una psiquiatra. Averiguó acá, de una persona que conoce y que tenia de confianza. Y nos derivó a una de Rosario y esta mujer me diagnóstica con depresión. Ahí me da una medicación, me hace hacer estudios de serotonina y de distintos indicadores de neurotransmisores. Tenía siempre baja la serotonina, que regula el humor, regula el sueño también, entre otras cosas. (Paulina, 32 años)

Paulina desarrolla, como veremos, una narrativa centrada en la biología y en la herencia para explicar sus depresiones. A partir de su psiquiatra y de estudios médicos logra identificar que se trata de esta aflicción. Conforme a la teoría del etiquetamiento (Scheff, 1999) la adquisición del rótulo se produce por el intercambio con el profesional. Estuvo varios años sin saber por qué se sentía de esa manera, sin poder atribuírselo a condiciones externas ni internas:

Al principio era no sé por qué estoy así, no sé por qué estoy así. Y ni idea, en blanco. Creo que después, en un momento cuando empecé a hacer esa observación. Y empecé a hacer esa línea de herencia femenina en mi familia. Dije bueno, para. Parece que hay algo. Entonces parece que sí, que es biológico. Pero al principio en esa época de la secundaria, desde los quince a los dieciocho años, yo no lo podía atribuir ni a biológico, ni a lo psicológico. Sabía que no estaba pasando nada malo. Nada que me justifique estar así. Entonces no entendía porque me pasaba eso, entonces ese dolor no sabía de dónde venía. Después sí. (Paulina, 32 años)

En la narrativa de Paulina observamos un reconocimiento posterior de la depresión a partir del diagnóstico psiquiátrico y la explicación de la profesional fundamentada en estudios clínicos. Algo va mal pero es imposible elaborar un sentido personal de la confusión hasta no disponer de un aparato conceptual para dar significado a esa experiencia (Karp, 2017). La percepción de desviación emocional se basa en un malestar sin objeto, que no es posible explicar antes del diagnóstico y los estudios biológicos. La angustia física inexplicable a menudo se expresa como un diagnóstico psiquiátrico (Jutel, 2011) que brinda determinado sentido al sufrimiento. Tenemos el pasaje de una ausencia de entendimiento del malestar a una explicación biológica-hereditaria. En otras palabras, pasa de una falta de atribución a desarrollar una comprensión del malestar a partir de lineamientos conceptuales extraídos de la psiquiatra.

En el relato de Paulina, el diagnóstico psiquiátrico le permite comprender qué le sucede. Adhiere sin inconvenientes a la explicación de la profesional. Diferente es el testimonio de Alina, en este observamos otro modo de reconocerse con depresión a partir del psiquiatra. El diagnóstico no es admitido inmediatamente. Al principio fue un impacto, algo inesperado que negaba y aún no asume en algunas ocasiones:

Que me diagnosticaran depresión fue un choque para mí. Porque yo veía a mi mamá depresiva y veía otro tipo de conducta en mi mamá. No la que me veía yo. O sea, yo no me daba cuenta de que estaba depresiva. No caía en la cuenta de que yo estaba depresiva porque era una autonegación mía. Yo me negaba a decir que era depresiva. Es más hasta el día de hoy cuando me dicen vos estas depresiva, yo le digo no, no estoy depresiva. Y a lo mejor sí, estoy súper depresiva. Pero mi primera reacción es decir, no yo no estoy depresiva. No soy depresiva. Yo veo las cosas desde otro ángulo. (Alina, 63 años)

Alina diferencia una persona depresiva (la madre) de otra (ella) que no se reconoce en ese momento como tal. En la situación de entrevista sostiene que era una autonegación. Pero una vez admitida elabora estrategias de ocultamiento de sus estados frente a determinadas escenarios. En el siguiente fragmento cuenta acerca de dos diagnósticos que recibió por parte del personal médico:

Fue diagnosticado por los neurólogos que me atendieron. Y después por el psiquiatra que siguió haciéndome las preguntas y estudios que me hicieron y todo lo demás. Se comprobó que tenía deterioro cognitivo. Y por supuesto la depresión era típica que la tenía. Se notaba con sólo hablar, con sólo verme andar, caminar, que yo estaba muy depresiva. Me la diagnosticó el psiquiatra también a la depresión […]. Yo dije que estaban equivocados, que yo no estaba depresiva. Mi primera impresión fue de negación. Yo no soy depresiva, yo soy positiva, yo le doy para delante. Yo no siempre fui así. En realidad mi hermano dijo una frase: para Alina no hay imposibles. O sea, no hay nada que a mí me dijeran no, que yo no pudiera convertir en sí. (Alina, 63 años)

Alina en el momento del relato señala como incuestionable que estaba depresiva, algo que expresaba corporalmente. No obstante, ella no reconocía ese estado en el contexto de interacción con el psiquiatra. Además, como de manera recurrente se observa en las entrevistas, la narradora evidencia un cambio en la imagen de sí misma, de considerarse una persona positiva, capaz de todo, a alguien que requiere antidepresivos y atención profesional para poder estar mejor. Le dijo al psiquiatra que ella no estaba depresiva:

Se lo dije al momento al psiquiatra. Y él me dijo que no tenía nada que ver lo que yo decía. Que había cosas en mi conducta que mostraban que yo estaba depresiva. Y me las enumeró, además me dijo: esto es así, así y así. Caí en la cuenta de que sí, de que tenía razón. Porque yo ya venía pensando en la idea del suicidio, de no querer… de tomar pastillas, de no querer seguir adelante. O sea, no lo hacía, pero tenía esa idea. Entonces, una persona que no tiene depresión no hace esas cosas. Bueno, esa fue una de las tantas que me enumeró el psiquiatra. (Alina, 63 años)

A pesar de su inmediata negación del diagnóstico de depresión, Alina luego reconoce que estaba depresiva. A diferencia de Paulina ella recurre al psiquiatra con demandas de la familia y no por propia voluntad. El trabajo terapéutico implica, en primera instancia, convencer de la desviación al cliente (Thoits 1985). La forma de darse cuenta es a través de la enumeración de síntomas de depresión por parte del psiquiatra. Les comenta la situación a las personas de su entorno:

Les conté el diagnóstico a mis hijas, le conté a mi madre. Y ellas estaban de acuerdo. Ellas visualizaban lo que yo no veía. Ellas se daban cuenta de que yo estaba depresiva y yo no me daba cuenta. Además estaba muy alterada, muy nerviosa. Estaba muy, no sé cómo explicarte, muy sacada. Así que si, ellas se dieron cuenta enseguida. (Alina, 63 años)

El entorno refuerza el diagnóstico psiquiátrico de que padece depresión. La madre y las hijas eran conscientes de que estaba depresiva, pero ella no. Tomar conciencia, darse cuenta es, como señalamos, un trabajo interpretativo que requiere del aporte de otros, en este caso del profesional y su círculo próximo. Las personas que reciben un diagnóstico de depresión manifiestan ambivalencias respecto de su identidad. Por una parte, sienten alivio al encontrar una explicación a sus comportamientos y emociones así como el reconocimiento de la validez de sus problemas en el ámbito de interacción familiar y laboral. Por otra parte, también enfrentan el estigma interno asociado con la “enfermedad mental” (Ridge y Ziebland, 2012).

El tercer modo de reconocimiento de la depresión es generado a través de la realización de terapias. La negociación de significados en espacios terapéuticos contribuye a que las personas se consideren en depresión, aunque en muchas ocasiones no reciben explícitamente un diagnóstico. El relato de Alicia, una enfermera que a causa de determinados acontecimientos laborales fue trasladada para que continúe su labor en otra institución pública, permite ilustrar este modo de darse cuenta. Los sucesos de violencia sufridos en el lugar de trabajo y las continuas relocalizaciones operan como detonantes de la crisis. En esas circunstancias el equipo terapéutico le hace ver que sufría depresión.

En realidad yo me di cuenta encarando ya el tratamiento de que había entrado en una depresión. Pero porque me lo hizo ver el equipo de terapeutas que me estaba viendo. La psiquiatra, la psicóloga, la asistente social. Un día estaba trabajando sola y una chica que les estaba vacunando a los chicos, una chica que estaba muy, muy, papeada, me agrede con una faca. Bueno, eso fue un 23 de diciembre, yo soy sola con mis tres hijos. Y bueno, esa noche no dormí, el 24 tampoco, 25 tampoco. Y dije esto no es normal. Y yo tenía la guardia del fin de semana. Entonces me fui a la clínica. Y ahí me dijeron vos no volvés a trabajar. Les digo: no, yo quiero estos días nada más. Dame este fin de semana y yo el lunes ya dejo. Me responden: no, vos vas a ver un terapeuta que se ocupe de tu problema. Y ahí sí, ahí me había dado cuenta de que había entrado en una depresión. Uno no lo cree hasta que llega el momento. Y aparte aceptar que tenés que medicarte. (Alicia, 45 años)

En el relato de Alicia la causa manifiesta o el desencadenante final fueron los problemas vinculados a la salud física, las continuas relocalizaciones laborales y las situaciones de violencia que conducen a una crisis de tres días sin dormir. Otra vez la testimoniante emplea una polifonía de voces, el entrecruzamiento entre los profesionales y la perspectiva de aquel entonces de la protagonista. Además supone reconocer que está en presencia de un problema de orden médico en un sentido amplio, independiente de las causas inmediatas que lo provoquen. Recurrir a profesionales y a medicación implica asumir que sola, sin ayuda externa, no puede salir. Ir a la clínica privada se basa en asumir: “esto no es normal”. Sin saber, qué es esto. El equipo de profesionales hace ver, redirecciona la mirada para observarse desde otro enfoque, para reconocer que se trata de depresión.

En los testimonios que presentamos el reconocimiento de la depresión proviene de psiquiatras, psicólogos y un equipo interdisciplinario. Además, exponemos fragmentos de la narrativa de Ignacio que logra darse cuenta de su depresión a partir de terapias holísticas. Observamos, en primer lugar, el periodo de desconocimiento de padecer depresión. Al respecto señala:

Yo no me daba cuenta de que era una depresión, sino como que pensaba que era algo normal. No caía que estaba todo el tiempo al palo así y por ahí me agarraban bajones re fuertes y eso de no querer levantarme era como un reflejo de todo lo que hacía. Y no paraba. Y cuando paraba como que me agarraba del todo. Más que nada un estado anímico muy bajo, muy infeliz, sin sentido. Pero no reconocía a esa edad como depresión. Lo entendí después, mucho más adelante. (Ignacio, 29 años)

En un primer momento no asociaba lo que le pasaba (estado anímico “muy bajo”, “sin sentido”, “muy infeliz”) a la depresión. Se trata de una naturalización de los estados emocionales. Estar activo, en una diversidad de actividades, le permitía escapar provisoriamente a ese malestar, en la cual la aceleración aparece como vía de escape (Rosa, 2016). La falta de reconocimiento reside en que vivía en una “ilusión”:

A partir de que empecé a reconocerme como una persona que estaba depresiva, yo no lo veía porque vivía en una constante ilusión, me entendés. Y vivía todo el tiempo así como al palo todo el día, haciendo cosas. Distrayéndome constantemente, saliendo a bailar, consumiendo drogas, así, pa. Estaba en un proceso de sedación. De que era una persona muy depresiva pero no llegaba a reconocerme como persona depresiva. Entonces lo que hacía era estar constantemente activo para no estar en esa depresión. Y desde que empecé a conocer todas estas terapias que te menciono y es como que me fui dando cuenta de que si, era una persona depresiva. Porque pasaba mucho tiempo acostado en la cama, sin ganas de levantarme, me entendés […]. Y bueno, empecé a hacer todas estas terapias como autoconocimiento. (Ignacio, 29 años)

Desde la perspectiva de Ignacio, las terapias holísticas orientadas al autoconocimiento son las que contribuyen a quitar el velo de la ilusión en la que vivía. Esta quimera en la que estaba inmerso no le permite observarse como persona depresiva, ni ver el mundo de modo más realista. Las drogas, las fiestas, “estar al palo” operan como formas de evasión de esos estados a los que, ahora, a partir de la apropiación de esquemas interpretativos de los espacios holísticos vincula a depresión. Pasaron varios años para relacionar lo que le sucedía con este padecimiento subjetivo. Este “darse cuenta” fue posible, más precisamente, a través de la toma de ayahuasca:

Después hice mi primera toma de ayahuasca. Que para mí eso fue el mayor disparador y despertar, así como para reconocerme en un montón de cosas, inclusive en el hecho de la depresión. De poder darme cuenta de que era una persona depresiva pero no lo estaba viendo. (Ignacio, 29 años)

La toma de ayahuasca oficia como modo de reconocerse con depresión. Emerge esta categoría a través de la observación de sí mismo durante la ceremonia. Distinto al diagnóstico realizado por especialistas, en este caso es por sí mismo o mejor dicho por el té de ayahuasca con fines terapéuticos. Dicho de otro modo, esta terapia favorece tomar conciencia de la depresión y de la ilusión en la que vivía. Como en un elevado número de testimonios, la etiqueta de depresión no se reduce a una descripción de la situación presente sino que favorece una reinterpretación retrospectiva de su pasado. Esta tercera modalidad de reconocimiento aparece con insistencia en los relatos. Las personas destacan un trabajo reflexivo en el marco de terapias que permiten asumir el término de depresión para refigurar sus vidas.

La cuarta y última forma de reconocimiento de la depresión proviene de la apropiación de recursos culturales. De modo similar al primer modo de darse cuenta, el término es adquirido por fuera de la participación en instituciones terapéuticas. En esta modalidad es a través de recursos culturales tales como lectura de libros y búsqueda en internet que las personas identifican que lo que les sucede se relaciona con depresión. Silvia, cuyo relato presentamos en el anterior apartado para ilustrar el periodo biográfico de desconocimiento de la depresión, cuenta en esta oportunidad que toma conciencia a partir de leer a Sartre:

Con los otros dos embarazos más no me pasó, mientras tanto, pensé que bueno, que era algo superado. Pero después cuando me estaba terminando de recibir. Cuando estaba por entrar a residencia. Yo leí un libro: La náusea, de Sartre. Eso sí es un hito. Eso si te puedo decir, que a partir de ahí yo tomé conciencia. Y me dije: «tengo depresión». Hoy lo puedo analizar desde otro lugar, pero en ese momento yo lo iba leyendo y me iba angustiando y me iba deprimiendo. Y fue como decir, bueno, tal es así que yo evitaba que las cosas me caigan mal porque asociaba la náusea con angustia. Con algo de la angustia de lo insoportable. (Silvia, 56 años)

Para Silvia “la angustia de lo insoportable” es el modo de comprender su depresión. Relata que mediante la lectura del libro La Náusea de Jean Paul Sartre permite identificar que tenía depresión. Se dice a sí misma: “tengo depresión”. En efecto, formada en saberes y prácticas del mundo médico, no obstante, es a partir de la literatura de cuño existencialista que identifica que padece depresión. Contrario a los supuestos de partida de esta investigación, no localizamos la referencia explícita a libros de autoayuda como modos de darse cuenta. Está presente en las personas más jóvenes, una búsqueda vía internet para asociar sus síntomas a algo, así como las experiencias de otra gente con este padecimiento y el consumo de determinados psicofármacos.

Por su parte, Mariano –practicante de terapias holísticas y estudiante de psicología social– se autodiagnóstica leyendo por internet. La web emerge como proveedora de insumos para su revisión biográfica y diagnóstica:

Cuando empecé a salir, ahí me di cuenta. Fue cuando me di cuenta, estoy depresivo. Cuando me dije, busqué en internet, o sea ni siquiera un psicólogo. Tengo un amigo psicólogo me dijo vos tenés una depresión ansiosa. Pero yo previamente a que él me lo diga me autodiagnostiqué solo, mirando en internet mis síntomas. Como buen millennial, me la paso en Google. Empecé a leer por internet algunas cosas, pero poquito porque no tenía mucha atención, no podía leer algo continuado. (Mariano, 36 años)

Mariano apenas recobra fuerzas y concentración consigue, mediante recursos de internet, autodiagnosticarse con depresión. Este trabajo de autoetiquetamiento es elaborado de forma individual y es reforzado –posteriormente– por un psicólogo amigo. Está modalidad basada en búsqueda de insumos en la web para comprender que les sucede está presente en las personas entrevistadas más jóvenes. Estas proceden a realizar autodiagnósticos, ingresan a los foros de chat para depresivos/as y grupos de Facebook donde comparten un conjunto de discusiones. Además, buscan en Google sobre sus síntomas, como paso previo, muchas veces, a contar a conocidos o a consultar a profesionales. Las personas son expertas en apropiarse de los discursos de depresión (Epstein et al., 2010) para pensar en sus biografías. Este fenómeno de las sociedades contemporáneas en la que las personas disponen de ingentes recursos informacionales para pensarse y poseen una elevada autorreflexión biográfica (Fee, 2000; Giddens, 1997).

En definitiva, los relatos biográficos presentan el transito biográfico del desconocimiento al reconocimiento de padecer depresión. Asumir la etiqueta de depresión, con los significados que se le asignen, no se produce de manera automática y suele implicar un proceso. Adherir al rótulo de depresión involucra un trabajo interpretativo por parte de quienes identifican que algo no anda bien que suele estar acompañado de las personas que las rodean y profesionales. Así, en este periodo biográfico de adquisición de la etiqueta de depresión distinguimos en diversas narrativas del reconocimiento que aparecen sintetizadas en la siguiente tabla.

Tabla 5: Del desconocimiento al reconocimiento y sus formas de darse cuenta de la depresión

Fuente: elaboración propia.

En resumen, volverse depresivo o con depresión es un proceso de adquisición de una etiqueta identitaria para problemas emocionales que implica un trabajo individual y colaborativo. Las narrativas biográficas suelen indicar un tiempo de desconocimiento de que aquello que les sucede internamente está asociado a depresión. Las formas principales de reconocimiento o darse cuenta son a partir de una crisis o agudización del malestar, recibir un diagnóstico psiquiátrico, a través de la realización de prácticas terapéuticas y la apropiación de recursos culturales. La adquisición y aplicación de esta categoría como modo de autodenominarse se vincula al ingreso a los mundos terapéuticos como formas de gestionar el malestar psíquico. Asimismo, en estas formas de reconocimiento hallamos este proceso de autoetiquetamiento con una mayor presencia que la desviación adherida a partir de los juicios de terceros. Esta desviación emocional autoidentificada y gestada de modo privado abona la idea de sujetos reflexivos que monitorean sus estados emocionales en función de las normas culturales incorporadas. De este modo, el contexto histórico de “reflexividad institucional” (Giddens, 1997:10) promueve el desciframiento de sí mismo a partir del uso de un conjunto de sistemas expertos y lenguajes de depresión que no existen únicamente al interior del discurso de la psiquiatría o de la profesión de salud mental en general (Fee, 2000; Ridge, 2018). Asumido este rótulo identitario, ¿Cómo explican que se produce la depresión en sus vidas?

Teorías nativas del origen de la depresión

En simultáneo al proceso de volverse depresivo/a o con depresión, las personas involucradas en entender sus situaciones personales y buscar una respuesta a sus problemas de salud elaboran explicaciones sobre por qué comienzan a sufrir depresión. Así, a partir de los esquemas interpretativos que en determinado momento ofrece la cultura, se apropian de un conjunto de significados para construir sus teorías nativas del origen de esta aflicción. En otras palabras, desarrollan un conjunto de ideas para entender “¿por qué a mí?” y en paralelo “¿qué, quién o quiénes son responsables de la caída?”.

Las respuestas provisorias a estas cuestiones –que muchas veces se imponen de forma obstinada en las conciencias– dependen de las circunstancias particulares en las que se encuentran quienes narran. Además, estas cambian a través del tiempo y pueden convivir más de una teoría explicativa en un mismo momento.

Las personas identifican cambios en los modos de comprender lo que les sucede según las circunstancias vitales o sus situaciones biográficas. Según Karp (2017), la gente modifica sus perspectivas a través de sus trayectorias biográficas. En un primer momento las causas del malestar están asociadas al contexto, pero luego reconocen que la aflicción es independiente de este. En su investigación desarrollada en Estados Unidos desde la óptica del interaccionismo simbólico analiza las carreras de las personas que sufren depresión. De este posicionamiento teórico deriva el énfasis del sociólogo en distinguir la alteración en sus explicaciones que pasan de lo contextual o situacional a lo interno, es decir, hacia algo autónomo respecto del contexto vital. En los relatos obtenidos observamos explícitos cambios en los marcos referenciales, pero en varias ocasiones en dirección opuesta a la que señala Karp.

En el transcurso del devenir biográfico, con la aparición de nuevas experiencias y recursos narrativos, las personas modifican la comprensión del comienzo de la depresión. En este sentido Silvia afirma: “según el momento mío me armaba mis propias teorías”. Paulina, en sintonía con lo que destaca en la entrevista su madre, dice: “Mi mamá es médica pediatra, médica legista. Y ha pasado por distintas explicaciones de la vida. Más biológicas en su momento y ahora muy psicológicas”.

Las personas cambian las lentes a través de las cuales dan sentido a sus malestares y sus teorías nativas de la depresión a medida que sus biografías y trayectorias terapéuticas se desarrollan. La versión y el régimen explicativo que emplean en la actualidad, probablemente, sea la versión equivocada de mañana, puesto que tienen nuevas experiencias y disponen de otros insumos para pensarse. En el análisis enfatizamos en las teorías que hoy, en el presente de la enunciación, elaboran[1].

Las personas entrevistadas que están implicadas en dar respuestas a sus padecimientos a menudo incluyen múltiples perspectivas y potenciales desenlaces. Disponen de varias formas de narrar los diversos pasados a la luz del emergente presente (Good, 2003). Construyen una configuración causal y, simultáneamente, desestiman otras. Pero, generalmente, elaboran una y otorgan menor incidencia a otra forma explicativa, o no descartan la presencia de otros factores que contribuyan a explicar la depresión. De este modo, en una misma narrativa pueden convivir distintas teorías personales del origen de la aflicción, a veces del orden de la contradicción, otras de la complementación. De forma semejante a los resultados de la investigación de Kangas (2001) encontramos que, generalmente, una sola explicación no estructura la totalidad de la experiencia. También, un modo de explicación recurrente que aparece son las teorías denominadas holísticas (Kangas, 2001) en las que combinan perspectivas de la depresión psiquiátricas, psicológicas y sociales.

Estas teorías nativas ensamblan diversos actantes, humanos y no-humanos, abstractos y concretos para esclarecer por qué comienzan a padecer depresión. Construyen un relato único y singular en el que aluden a coordenadas espacios-temporales específicas de sus propias historias. No obstante, más allá de las particularidades de cada narración, es posible observar modos comunes en las formas de articular lo interno y lo externo, lo social e individual, lo personal y lo impersonal o, para tomar prestadas las categorías de los especialistas entrevistados: lo “endógeno” y “exógeno”. Con la finalidad de ordenar conceptualmente la multiplicidad de voces, construimos categorías en base a una polaridad analítica centrada en fuerzas u agentes más internos y personales, por un lado, y más externas, sociales y extrínsecas, por otro.

A continuación presentamos las narrativas relativas a la distribución de la responsabilidad para explicar el origen de la depresión. Primero exponemos una clave narrativa donde la prioridad explicativa está localizada en fuerzas y actantes internos. Luego describimos relatos que articulan lo individual y lo social. Finalmente, desarrollamos aquellas narrativas en las que el énfasis explicativo reside en la atribución a acontecimientos externos, perturbadores o desestructuradores de la identidad. Estos estilos, a su vez, se subdividen en dos narrativas del yo específicas que ilustran diversas subjetividades contemporáneas.

La clave está en el interior: narrativas neuronales y de autoresponsabilidad

En este apartado analizamos las narrativas biográficas que acentúan u otorgan un valor explicativo primordial a factores individuales u internos para explicar el origen de la depresión. En estas narrativas lo individual se explica por lo individual, debido a que las principales causas de la aflicción provienen del mismo individuo que la padece. El malestar es provocado por fuerzas interiores y comportamientos de quienes sufren. En otras palabras, el origen de la depresión no se asocia a fenómenos sociales, políticos, externos a las personas que narran, sino a atributos intrínsecos y acciones realizadas por ellas.

Las personas que recurren a estos modos explicativos se apropian de un conjunto de discursos, provenientes principalmente de espacios médicos y psiquiátricos, que promueven comprensiones de sí mismos centradas en la interioridad de la subjetividad. Las explicaciones que despliegan en los testimonios se focalizan en atributos del carácter y éticos de quienes padecen. Diferenciamos dos estilos de relatos biográficos en los que la clave explicativa de por qué sufre depresión se encuentra en el protagonista del relato, a saber: narrativas neuronales o neuronarrativas y narrativas de autoresponsabilización.

Neuronarrativas

Las narrativas neuronales o neuronarrativas (Martínez Hernáez, 2006; 2014a; 2017) atribuyen las causas del origen de la depresión a un desequilibrio neuroquímico, una predisposición genética, una debilidad de carácter y a factores hereditarios. En estos relatos, agentes internos (Weinberg, 2005) de carácter relativamente incontrolables son los que explican el padecimiento. De la depresión como condición determinada biológicamente se infiere la prioridad –sino la exclusividad– de una búsqueda de resolución farmacológica del malestar y, por lo tanto, este enmarcamiento del problema desincentiva una transformación de los estilos de vida o una búsqueda de intervenciones sociales.

En estas narrativas neuronales los atributos internos operan como condición necesaria para sufrir depresión ante determinados sucesos. Así, el desempleo, el aislamiento social, las relaciones familiares, el abuso físico o psicológico y la pobreza se convierten en factores desencadenantes, en lugar de causas (Trivelli, 2014:157). En esta forma de contar las precondiciones operan como atributo interno indispensable para sufrir esta aflicción ante determinados sucesos. En este marco, está presente en los relatos el factor hereditario como determinante de la depresión:

Yo pienso que uno lo hereda. Porque en mi familia, de parte mía, de mi madre, había muchos depresivos, mis tíos muchas veces intentaron suicidarse. Algunos lo hicieron, a otros los salvaron. Me da la impresión de que soy de carácter así, que siempre todo lo que me pasó o me hacían, yo siempre bajaba la cabeza. Todo para no pelear, por los chicos, por esto, por aquello. Uno siempre tiene problemas en el matrimonio, por ejemplo, y yo nunca jamás me quejé, nunca dije nada. No sé, siempre fui así. (Patricia, 76 años)

En el relato de Patricia la depresión es heredada por parte de la familia materna. Esta herencia es justificada por los suicidios e intentos de suicidios de familiares. A su vez, este componente genético que porta explica que tenga un “carácter así”, “siempre fui así”. Otro testimonio similar es el Romina, le preguntamos si era evitable sufrir depresión y responde lo siguiente: “No, no era evitable porque tengo antecedentes. La mamá de mi mamá se suicidó. Mi mamá toma antidepresivos, y mi hermano sufrió de psicosis paranoica. Pero nunca estuvieron internados” (Romina, 29 años). Los antecedentes familiares determinan que Romina sufra depresión. En la misma línea, Gonzalo al contar acerca de las razones del origen de la depresión dice: “Es porque es hereditario. Mi mamá tiene, lo que pasa que mi mamá nunca se trató. Mi mamá también es bipolar” (Gonzalo, 44 años).

El factor hereditario explica por la biología lo que sucede en el interior. Para estar mejor se requiere, más que cambiar el carácter heredado, tomar medicación. Los siguientes fragmentos de Ignacio también destacan este componente hereditario de la depresión. No obstante, es uno de los elementos explicativos, puesto que en su narrativa adquiere un peso marginal:

Una de las razones es por no ser fiel a uno. Una de las razones principales. También me doy cuenta de que la depresión en mi familia es muy común. Hablando concretamente de depresión. Mi abuela ya venía con depresión, toda la vida fue depresiva […]. Mis viejos re depresivos también […]. Mis viejos trajeron la depresión siempre, y ellos sí, también con tratamientos psicológicos, psiquiátricos. Y también considero de que es algo hereditario por así decirlo [Risas de Ignacio]. No sé si tiene alguna razón química o física o real, pero también siento que es algo hereditario la depresión […]. Siento como que a veces es algo que traemos, como hereditario, por así decirte. No porque concretamente mis viejos me hayan hecho algo. Lo siento como que es algo así hereditario. Más biológico digamos. (Ignacio, 29 años)

En el apartado siguiente profundizamos en la narrativa de Ignacio y en su concepción de “no ser fiel” consigo mismo. En este fragmento interesa resaltar que los padres no le hicieron nada que aparezca como causante del padecimiento, es simplemente algo heredado, biológico que trae o carga desde el nacimiento. Lo biológico en su relato no es determinante, puesto que sin descartar el factor hereditario, coloca el acento explicativo en otros factores relacionales. En otra parte de la entrevista cuenta:

Pero también siento que las depresiones son, no sé porque se me viene la palabra, química. Es como química en tu cuerpo. No sé de dónde saqué esa información. Seguramente de alguna vez que quise investigar que era la depresión. Porque me ha pasado eso también de ponerme a investigar que es la depresión, que la causa a la depresión. He leído también, no sé, que nuestro cuerpo genera tanta cantidad de, por así decir, no sé si son endorfinas o lo que sean. Son como reacciones químicas del cuerpo que genera en distintas, no me salen los nombres ahora. No, no me acuerdo. Genera distintas sustancias químicas que no te permiten estar feliz, sino que en un estado más depresivo. Eso es una de las tantas explicaciones que le encontré a la depresión. (Ignacio, 29 años)

Ignacio en su relato no recuerda de donde proviene la información de que la depresión está ligada con la química, aunque sospecha que de sus indagaciones sobre la depresión vía internet. Otra vez aparece la web como recurso capaz de brindar explicaciones, en este testimonio para adherir a la importancia de la “cuestión química”. Esta “química en tu cuerpo” impide la felicidad. El discurso biográfico evidencia, además de la reflexividad y la búsqueda activa de sentido a lo que le sucede, que esta dimensión biológica es una de las “tantas explicaciones” que maneja.

Además, presentamos otra narrativa en la que la clave biológica ocupa un lugar destacado para explicar el origen de la depresión. Arriba expusimos fragmentos del relato de Paulina para ilustrar modos de reconocimiento de esta aflicción a través del diagnóstico. Los estudios indican que “tenía siempre baja la serotonina, que regula el humor, regula también el sueño, entre otras cosas”. Describe años de una angustia sin origen, sin un contexto o circunstancias que ameriten ese persistente estado anímico. En otro momento de la entrevista dice lo siguiente:

Mi mamá toda la vida nos contó, yo tengo muy claro que ella fue una gran depresiva. Después de cada embarazo se deprimía más. Ahora uno lo asocia con la depresión posparto. Pero también ella tuvo periodos de largas depresiones. Y más o menos en esa época en que yo empezaba, pero sin que yo me entere, mi abuela tenía trastornos obsesivos y empezó a ir a una psiquiatra. Según esta psiquiatra que yo también terminé yendo con ella, con la que me quedé y con la que me siento más cómoda, después de pasar por varias, hay algo que no están los estudios para comprobarlo. Pero hay una línea visible de herencia. De tres personas de línea femenina con depresiones, tendencias a comportamientos obsesivos. (Paulina, 32 años)

Aunque no están los estudios para comprobarlo, Paulina adhiere a la explicación de la psiquiatra de la herencia de “línea femenina” de depresión y comportamientos obsesivos. Otras personas entrevistadas también cuentan, para enfatizar diferentes cuestiones, que sus padres sufrieron o sufren depresión, pero no establecen un enlace genético. Por ejemplo, en el relato de Alina que vive con su madre, una mujer “súper depresiva”, esta aflicción de su progenitora es contagiosa; en su narración un contexto depresivo, deprime. A diferencia de Paulina, lo que promueve su discurso es la concepción de una transmisión vincular del padecimiento, más allá del parentesco. Esta dimensión relacional permite distinguir en una reproducción hereditaria y otra social de la depresión en el seno familiar. El siguiente fragmento del relato permite inferir la relevancia que adquiere la atribución de responsabilidad a factores biológicos o hereditarios:

No sé si es lo que quiero creer, pero es lo que creo que tiene mucho componente biológico. O sea, yo reconozco que descansé mucho en la respuesta biológica. En bueno, hay gente que es diabética porque le falla no sé qué de la insulina. Hay gente que tiene problemas en la tiroides. Lo mío pasa por otra cosa y regula este sistema de las emociones y de la percepción de la realidad que no está como debería estar en una persona en términos de media. Entonces, al sentir que no era culpa mía, me saqué como una gran mochila de encima. Sigo creyendo que es eso. Sigo creyendo que hay algo que por supuesto es un terreno fértil, o no, para que ciertas vivencias lo agraven o no lo disminuyan […]. Entonces supongo que ahí el componente cultural, el componente psicológico han ayudado pero el terreno fértil pasa por lo biológico. (Paulina, 32 años)

Por qué creer que es un componente biológico el que explica la depresión. Desde luego, las creencias no son una invención deliberada para nuestra conveniencia. Para adherir a este conjunto de consideraciones sobre la herencia es necesario, primeramente, que estos discursos circulen en los contextos donde participamos y adquieran verosimilitud en el interior de las comunidades interpretativas. Como deja en claro Paulina en su relato, este modo de comprender el origen de la depresión constituye una forma de alivio para el individuo al permitir desculpabilizarse (Kokanovic, et. al., 2013). La persona modifica el marco de referencia, es decir deja de ser considerado el malestar desde una clave moral para ser enmarcado como un problema de orden médico, del interior del organismo. “Algo” –en este caso los neurotransmisores– no funciona como debería en términos de la norma esperada. Estos esquemas interpretativos despojan a las personas que padecen de la vergüenza interiorizada (Ridge y Ziebland, 2012). La narradora recurre al uso de metáforas comparativas –extendido en el campo de la psiquiatría– en las que asemeja la depresión a enfermedades asociadas a lo orgánico. De la misma manera que quienes necesitan insulina, Paulina requiere una regulación de la serotonina para el equilibrio de las emociones y la percepción de la realidad. En su relato, se trata de un padecimiento psíquico no merecido.

Además, en el testimonio de Paulina la dimensión biológica adquiere prioridad explicativa. Pero no es un determinismo biológico. En efecto, no descarta el papel –aunque menor– que cumple el contexto. Las vivencias agravan o disminuyen ese “terreno fértil”. Así, ella que es una ex estudiante de sociología y de antropología tiene una mayor sensibilidad frente a problemáticas sociales. Lo “cultural”, “psicológico” operan como contribuciones menores. Las cuestiones de esta índole constituyen la causa manifiesta o desencadenante de estados depresivos.

Por último, para finalizar estas narrativas, presentamos una parte del relato biográfico de Jimena. Al preguntarle “¿Por qué te pasa esto a vos?”, dice:

Yo muchas veces me lo pregunto, porque siempre he sido una persona que se ha dedicado a los deberes de la casa, he sido una buena madre, una buena esposa. No hice ninguna cosa rara que tuviera que arrepentirme, jamás. Al contrario, siempre ayudando, tratando de ayudar a los demás para que salgan adelante y luchar para que puedan ser hombres de bien. Y bueno, yo pienso que es el carácter de cada uno. (Jimena, 59 años)

En el relato de Jimena, el “carácter de cada uno”, como inscripto en el interior de la persona, nos hace padecer, o no, algunas enfermedades. Al observar su comportamiento a partir de una ética de compromiso con otros, ese sufrimiento personal aparece como éticamente inmerecido. La protagonista no tiene nada de que arrepentirse. Así, a pesar de ser buena madre y esposa, cumplir con los deberes sufre depresión. El sufrimiento del bueno, de aquel que satisface las expectativas de los demás, difiere de las narrativas que presentamos a continuación, cuyo malestar se origina por dañar a terceros o no cumplir con los deseos de los otros. La paradoja que manifiesta es que la felicidad y el bien o, de otro modo, la maldad y el sufrimiento no son correlativos (Ahmed, 2019). En su relato, ser buena y hacer el bien, la vía en apariencia directa para la felicidad, no evita que sufra depresión.

En estas narrativas adquieren un peso menor o no aparecen las dimensiones sociales del sufrimiento psíquico. Los malestares, producto de condiciones sociales, tienden a percibirse como desajustes biológicos (Martínez Hernáez, 2006; Fisher, 2016). Las teorías del desequilibrio químico, aunque tengan poca evidencia científica que la respalden, se han propagado al público a través de un conjunto de actores (Whitaker, 2015; Healy, 2015). Lo prometedor de este tipo de discurso centrado en comparaciones con enfermedades de orden orgánicas es que desculpabiliza del malestar. En esta clave las personas están predestinadas por sus condiciones internas a sufrir de depresión. A su vez, no son responsables éticamente del padecimiento. Es decir, la depresión no figura como la consecuencia de desobedecer o incumplir normas sociales por propia voluntad.

En estudios realizados en Estados Unidos (Martin, 2007; Karp, 2017) y en España (Martínez Hernáez, 2020) la creencia de que el cerebro y sus determinantes genéticos se encuentran detrás de los trastornos mentales es asumida por la mayoría de las personas dentro y fuera del entorno médico. En cambio en esta investigación las entrevistas recabadas desde ese marco de impronta biologicista son inusuales. Estas líneas narrativas que promueven el saber psiquiátrico y las industrias farmacéuticas no parecen adquirir un peso significativo en la ciudad de Santa Fe.

Narrativas de autoresponsabilización

Estas narrativas también explican el origen de la depresión a partir del protagonista del relato. No obstante, a diferencia de las neuronales, la atribución de responsabilidad recae en lo que realiza o practica el protagonista. En contraposición a las anteriores, en vez de una desresponzabilización del padecimiento al atribuirlo a cuestiones incontrolables, en estas suele asumirse una culpabilidad y responsabilidad ética. Para ilustrar este estilo de narrativa en la que la responsabilidad recae sobre la actuación de la persona, recuperamos el relato de Tamara. Dice al respecto:

Verlo a mi hijo como había sufrido por todo. Y después, del tiempo que pasó. Al pasar el tiempo, uno analiza lo que hace. Te das cuenta de cómo me equivoqué. Es una carga que yo llevo, por más que ya pasó hace mucho, yo todavía no puedo olvidar el daño que le hice más que nada a mi hijo. Por más que él me diga: «no pasa nada mami, yo ya me olvidé, quédate tranquila». Él tenía 12 años, esas cosas lo marcan. […] Eso debería tratar con un psicólogo. Sacarme el peso de encima y no llevarlo a todos lados. Porque el problema en sí no quedó en Concordia, quedó conmigo. (Tamara, 49 años)

En el relato se asigna responsabilidad por lo que hizo. Son acciones que la narradora considera “equivocadas”, moralmente “incorrectas” las que provocan su sufrimiento. La culpa reside en hacerle daño a su hijo. Las experiencias de depresión en diversas ocasiones está asociada al autorreproche y a la culpa (Ratcliffe, 2015).

Otro relato que ilustra este estilo de narrativas biográficas es el que construye Alina. Esta abogada que asiste a terapia psicoanalítica, relata la crisis que le provoca renunciar “al amor”. Católica practicante se enamora intensamente e inicia una relación afectiva con el padre de la parroquia. El testimonio gira en torno a la tensión entre lo que siente por la persona, la contradicción con sus valores religiosos y la oposición del entorno. La depresión es identificada a partir de la ruptura por iniciativa propia de ese vínculo. Aunque todo “el mundo” se opone, ella en aquel entonces se siente “plena”, “feliz”, con “fuerza” y “llena de vitalidad”. Pero su situación cambia luego de decidir terminar ese lazo:

Yo ese sinsentido lo siento desde el mismo momento en que yo renuncié al amor. Para mí era algo terrible, es algo terrible. Y no lo pude superar. Aunque a Verónica [psicóloga] le digo que sí. Pero no lo pude superar. Yo sé que era una situación mala, que era una situación que no se podía dar, que no podía ser. Además algo que no podía ser de ninguna manera. Pero yo desde ese momento, el momento en que renuncié. Di la media vuelta y dije: no me vas a ver más. Desde ese momento para mi yo me quedé sin sentido. Y no quiero hablar porque me voy a poner a llorar. (Alina, 63 años)

Alina identifica la pérdida de sentido de su vida a partir de una acción personal. Es ella quien renuncia al amor y, por tanto, se atribuye responsabilidad en su malestar. La razón de esta decisión es la “situación mala” o, como dice en otra parte de la entrevista, el hecho de que “no estaba en regla con Dios”. En su relato, la búsqueda de resolución del conflicto a partir de una inclinación por el cumplimiento moral la lleva a vivir sin sentido.

Así, en su narrativa la decisión de terminar la relación amorosa le provoca una pérdida de sentido que perdura en el presente de la enunciación. Destacamos como construye dos tipos de relatos según el destinatario. A diferencia de la autoproyección o construcción de sí (self-making) (Conde, 1994) que elabora en el espacio terapéutico con la psicóloga[2], ante la cual afirma que representa un suceso superado, en otro auditorio y espacio relacional, como la entrevista en profundidad, elabora la imagen de un evento sobre lo cual no pudo dar vuelta de página (Leclerc-Olive, 2009). Esta omisión no es un detalle menor si contemplamos que este suceso y su presencia actual constituyen un armazón que articula y ordena el relato coproducido en esta entrevista. El siguiente fragmento es ilustrativo de la asignación de responsabilidad en el origen de la depresión:

La depresión comenzó por la gran angustia que sentí, por el gran vació. ¿Cómo te explico? A ver, cuando vos querés a una persona y de repente sabés que no la vas a tener más y es porque vos tomaste la decisión. No la tomó la otra persona, sino vos la tomaste y vos dijiste: «bueno, esto hasta aquí llego, porque así no se puede seguir». Y después sentís un gran vació al faltarte esa persona, un vacío muy grande además de las críticas constantes que recibía, sentí un vació muy grande. Y empecé a sentirme cada vez más sola, más encerrada en mí misma, más introvertida. Yo era muy extrovertida y de repente me empecé a sentir más introvertida, más callada para no decir y no hablar, para que nadie se enterara lo que me pasaba. (Alina, 63 años)

En el fragmento de arriba, Alina otra vez enfatiza en la agencia individual de poner fin a la relación para explicar el origen de la depresión. Un “gran vacío” que deviene de la ausencia de la persona amada por decisión propia es lo que da cuenta de su malestar y su asociación a un proceso de cambio en la manera de estar en el mundo, de extrovertida a introvertida. A diferencia del relato anterior de Tamara basada en la culpa y vergüenza por no respetar las normas, en el de Alina, por el contrario, es al dejar de incumplir con sus postulados morales lo que ocupa un papel decisivo para comprender la emergencia de la depresión. En ambos relatos son las acciones promovidas por las protagonistas en determinadas circunstancias las que conducen a padecer esta aflicción. Si en un testimonio se trata de la culpa de hacer sufrir a otras personas queridas, en el segundo el sufrimiento proviene de ir contra lo que quería para ajustarse a las demandas ajenas.

Estas narrativas autoresponsabilizatorias son poco frecuentes en las entrevistas obtenidas para explicar el origen de la primera depresión. Aparecen con mayor insistencia para explicar las recaídas a partir del abandono, por decisión propia, de la medicación psiquiátrica. Muchas personas cuentan que en determinado momento asumen que no necesitan de medicamentos, razón por la cual, mediante diferentes estrategias deciden abandonar el tratamiento farmacológico. Algunas, como ilustra el testimonio de Lucrecia, dejan la medicación abruptamente y sin la colaboración de especialistas o pares:

Tomé todo tipo de medicación. Y tomé muchísima, antes no podía ni caminar y después me fueron sacando. Al principio estaba muy dopada, después me fueron sacando. He dejado de tomar medicación. El año pasado tuve una recaída terrible por haber dejado de tomar toda la medicación, y tuve una recaída horrible, terrible. Y tuve que volver a tomar medicación de nuevo. (Lucrecia, 26 años)

Lucrecia afirma que recae por dejar todos los medicamentos psiquiátricos. Es una decisión de ella dejar de tomar, porque no quería depender de la pastilla para su vida cotidiana. Al contrario de lo que observaremos en el próximo capítulo –en el que, en múltiples ocasiones, explican la conducta por la enfermedad– aquí el padecimiento del protagonista se explica por las acciones y decisiones en una situación biográfica determinada. Por su parte, Mariano también decide dejar de tomar pastillas. Diseña la estrategia de quedarse con una sola droga e interrumpir el consumo de las otras. Cuenta al respecto:

Después [el psiquiatra], me da tres, me saca una, pero me pone otra. Es como que iba probando los medicamentos, sentía yo. Para ver con cuál daba más. Un día me cansé, tiré todo. Tiré todas y me dejé una sola de esas. Y nada, estaba todo muy bien […]. Me empecé a desesperar. Como que empecé a crearme, a raíz de que dejé las pastillas y un par de situaciones que había vivido, comencé a desesperarme otra vez. Tuve que caer al psiquiatra, otra vez contarle al tipo todo lo que hice. Me vuelve a dar. Y después de repente con todo lo que empecé a interactuar después fui de a poco dejando, sin decirle a nadie. Como dejando yo. Que eso era lo que me decía que no puedo hacer. Es que si, está bien, no podés darle algo al cuerpo y sacárselo de golpe. Porque eso fue lo que me paso, se los saqué de golpe y después a los tres días, muy abajo. Porque fue muy loco, tres días después, cuatro, ya estaba llegando al pico del principio, no lo podía creer. (Mariano, 36 años)

Según el relato de Mariano, regresar a estados anteriores es el resultado de dejar repentinamente la medicación. Luego, con más recursos y a partir de interactuar con usuarios/as y ex usuarios/as, consigue finalmente discontinuar el consumo de medicamentos psiquiátricos hasta abandonarlos sin sufrir recaídas. En ambos testimonios, lo que explica la recaída es dejar, por voluntad propia, de consumir la medicación prescripta.

Estas narrativas biográficas que centran la explicación del origen de la depresión en el interior de la persona la hallamos en escasa proporción. A diferencia de la hegemonía de las neuronarrativas en consumidores de antidepresivos en España (Martínez Hernáez, 2014a), aquí adquieren un peso marginal. Además, en varias ocasiones ocupan un papel explicativo secundario o complementario en la trama. Las narrativas autorresponsabilizatorias que se apoyan en las categorías de culpa y responsabilidad disminuyen su antigua relevancia donde el ethos terapéutico adquiere mayor influencia (Furedi, 2004). Los discursos terapéuticos contemporáneos incitan a eliminar la responsabilidad de un pasado en el que ya no podemos intervenir (Illouz, 2010).

Las narrativas neuronales y autorresponsabilizatorias guardan similitudes y diferencias entre sí. En las dos forma explicativas existe una individualización de las causas de la depresión (Orphanidou y Kadianaki, 2021) representada por quienes la padecen como originadas en o por el individuo. Aunque ambas coinciden en el peso de lo individual para explicar el origen de esta aflicción difieren en la distribución de la responsabilidad. Así, en la primera los factores neuronales, hereditarios o biológicos permiten desresponsabilizarse del surgimiento de la depresión; es algo del interior que no depende del yo. Por el contrario, la atribución a decisiones y comportamientos individuales promueve una culpabilidad o responsabilidad por la emergencia del sufrimiento psíquico; es el resultado de acciones cometidas. En definitiva, estas narrativas construyen regímenes explicativos en los que el comienzo del padecimiento es comprendo a partir de atributos o comportamientos individuales, unos del orden del ser otros del hacer. A diferencia de las narrativas personales que siguen, otra característica que permite agruparlas es lo que dejan afuera de la trama: lo externo o los factores contextuales (sociales, culturales) en el que se desarrollan sus biografías no adquieren relevancia explicativa.

Entre la fatiga de ser uno mismo y la infidelidad a sí mismo

Otras teorías nativas del origen de la depresión articulan atributos personales y contextos sociales. En otras palabras, estos relatos biográficos presentan de diferentes modos un conflicto entre la identidad del protagonista y la sociedad o diferentes grupos sociales. A diferencia de las claves narrativas internalistas, en estos regímenes explicativos los contextos vinculares como el trabajo y la familia asumen un acento primordial. También es posible diferenciar en dos tipos de narrativas. Por un lado, aquellas en las que los escenarios de interacción son productores de demandas y exigencias acerca de que deben hacer en contraste con lo que quieren que conducen a una infidelidad a sí mismo. Por otro, las personas cuentan que por distintos obstáculos no pueden lograr metas impuestas, lo que deriva en un agotamiento del yo. De diversas maneras, los relatos que presentamos expresan la tensión cultural propia de las sociedades tardomodernas que se manifiesta en la aspiración de no ser nada más que uno mismo y la dificultad de serlo (Ehrenberg, 2000: 161).

Como las anteriores narrativas, no son categorías herméticas sino constructos conceptuales que permiten agrupar las voces en torno a una idea compartida. Como adelantamos, presentamos dos formas narrativas del origen de la depresión que aparecen con mayor insistencia respecto a las anteriores y promueven otras subjetividades. A estas las denominamos: narrativas del agotamiento y narrativas de infidelidad a sí mismo.

Narrativas del agotamiento de ser uno mismo

Estas narrativas refieren a aquellos relatos biográficos en el que las personas hacen lo que aparentemente les gusta hacer y buscan cumplir o ser coherentes con sus ideales. Los problemas de depresión surgen del exceso por las exigencias autoimpuestas y el estrés del protagonista por ser el mismo o llegar a ser lo que quiere ser. Se trata de las enfermedades de la excelencia (Aubert y De Gaulejac, 1993) o por agotamiento (Van den Bergh, 2013) producto de ideales que persiguen inculcados por los grupos sociales de pertenencia o por contextos de estrés. De este modo, la depresión se vincula a estar quemado y es la consecuencia de “estar a mil” a “full”, con “muchísimas actividades” hasta alcanzar el límite subjetivo: “hasta que exploté”. En los testimonios que siguen esta patología social está asociada a la fatiga y la desaceleración involuntaria producto del estrés.

Las personas entrevistadas en múltiples oportunidades desarrollan narrativas del origen del padecimiento basadas en el agotamiento del yo inducido por estrés. El relato biográfico de Tomás, un herrero cuentapropista, ilustra esta forma de autoexplotación y aceleración que conducen al posterior colapso del emprendedor (Peters, 2021). La trama se centra en cuestiones económicas vinculadas a los estados emocionales. De este modo, el testimonio gira en sus intentos y esfuerzos por progresar económicamente. Constituye una de las pocas narrativas que coloca el énfasis en las relaciones laborales y no en la dimensión familiar. Si bien el origen de sus problemas y consultas con psiquiatras comenzaron en la adolescencia, hace poco sufre una recaída:

Empecé hace cuatro años más o menos, con problemas. Había empezado, bueno, con muchos problemas de trasfondo, con el tema del trabajo. Yo tenía, yo tengo un taller, lo que pasa es que ahora no estoy trabajando, de herrería, carpintería, hago de todo. Y alquilaba un galpón y estaba con muchísimo laburo. Me levantaba a las cuatro, cinco de la mañana, volvía a las diez, doce de la noche. Dormía tres o cuatro horas. Empecé a estar cada vez más acelerado. (Tomás, 35 años)

La aceleración y posterior caída de Tomás se explica desde su perspectiva por querer mejorar. “Agarraba todos los laburos” y tenía que cumplir con los plazos del trabajo. Él era su propio jefe, explotador y explotado se confunden en la misma persona. El relato es afín a la concepción desarrollada por Han para quien en las sociedades del rendimiento “el hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y victima” (Han, 2012:30, énfasis del autor).

Por otra parte, Larisa –una joven estudiante de cine y trabajadora en puestos flexibles– también destaca que algunos episodios depresivos provienen de una “sobrecarga de estrés”. Según la narradora en la actualidad todo es interpretado rápidamente en clave de estrés. En su relato distingue en un estrés necesario e innecesario, originados por diferentes situaciones. Experimenta un estrés inútil en algunas oportunidades. Estas cuestiones que producen estrés no explican en sí mismo la depresión. No obstante, en el testimonio que desarrolla algunas circunstancias la conducen a sufrir esta clase de aflicciones:

Para empezar hacia un montón de tiempo que eso ya no me pasaba. Que yo estaba súper motivada, una vida así como de una persona normal [Risas de Larisa] […]. Y de repente hace un tiempo, antes de que hablemos para hacer esta entrevista, como que caí de nuevo. Yo lo atribuyo a que son muchas cosas juntas, que me estoy por recibir. Bueno, justo fueron como muchas fechas importantes en mi entorno. A parte de eso tuve que rendir un montón de materias, como una sobrecarga de estrés pero por el momento que estaba pasando. Y a mí me parece que ese tipo de sobrecarga de estrés, de tensión, etcétera a mí me tienden a la depresión. Por eso, estos días estuve de nuevo así, sin motivación, directamente tirada en una cama. (Larisa, 23 años)

La “sobrecarga de estrés” tiende a impulsarla estados depresivos. Estos estados subjetivos están vinculados a contextos o situaciones biográficas particulares. En esta oportunidad cuenta que en su coyuntura biográfica se conjugan cuestiones familiares, laborales y académicas que la inducen a la depresión. De acuerdo con Rosa (2016), esta modalidad de depresión obedece a reacciones individuales, desaceleradoras frente a presiones de excesiva aceleración. La desaceleración de las personas aparece como consecuencia no intencional de la tendencia global a la aceleración. En este mismo marco comprende la aguda crisis que sufre un año antes de la entrevista:

Me volvieron muchos síntomas, como esto de los vómitos que ya no los podía controlar. Y yo tenía muchos trabajos y aparte ya me había mudado a acá, y mis padres me ayudan muchísimo, pero tampoco pueden tanto. Porque sinceramente no pueden. Entonces yo me agarré todos los trabajos que pude, daba clases en un taller, clases de formación laboral […]. Bueno, eso también era en villas, era chocarse con un montón de realidades re fuertes, digamos. Y un poco me sentía que les estaba mintiendo porque yo les estaba diciendo que había una posibilidad de tener una vida mejor y me sentía como el culo en realidad por eso, interiormente. O sea tenía que tener mucho valor y mucha presencia para ellos pero después llegaba a acá y estaba hecha mierda, mal. Y bueno, fue todo eso, trabajaba también en una pizzería. Entonces yo llegaba de dar esos talleres, estaba una hora acá, que no podía hacer nada, estaba así, como muerta hasta que se hacía la hora de ir a la pizzería y volvía a las doce de la noche a casa. Y estuve así como muy a full, aparte, estudiando, yendo a cursar, un montón de cosas hasta que sí, exploté, mal. (Larisa, 23 años)

A raíz de los sucesos vividos en esa crisis queda inconsciente por golpearse la cabeza con la pared. Luego, pide a sus padres que la internen y visita una clínica de internación psiquiátrica de la ciudad. En el relato está presente la tensión entre los valores que promueve, inyectar de expectativas a una población vulnerable, cuando en realidad, además de la energía que le demanda, internamente atraviesa momentos difíciles y no adhiere a lo que sostiene en el espacio de formación. Un conjunto de situaciones estresantes, estar “muy a full”, con trabajos, estudios y las dificultades para pagar el alquiler explican su crisis.

Otras de las narrativas que ilustran la depresión por las demandas de la protagonista sobre sí misma es la de Silvia. Esta médica pediatra que además de practicar psicoanálisis se convierte en analista, cuenta lo siguiente:

Hubo momentos donde yo estuve muy bien, sin medicación. Llena de energía. Posgrado de lo que quieras. Laburé mucho. Por ahí pienso, ese exceso de laburo. Hoy lo veo también como otra manera de escapar al vacío y a otras cuestiones. Pero yo tardé mucho en llegar al cambio de discurso. O sea, yo hice un ACV que es una enfermedad autoinmune. Me terminé jubilando como médica. Siempre pensé que el ACV que tuve y la enfermedad autoinmune tenían que ver con que la vida te cobraba los excesos. Y yo consideré que mi vida había sido un gran exceso. No por la joda, no por la diversión, sino un gran exceso ante la exigencia a mí misma. (Silvia, 56 años)

En otra oportunidad Silvia cuenta que sus miedos se convirtieron en realidad. La enfermedad autoinmune y la depresión deseaba no tenerlas porque se presentan como enemigos invencibles, donde uno es su propio adversario. Según su perspectiva estos padecimientos se generaron por excesos de exigencias sobre sí misma. Estas enfermedades son producto de un exceso de positividad, en la que sujeto de rendimiento se encuentra en una “guerra interiorizada” (Han, 2012:19).

Somos seres de lenguaje pero que habitamos un cuerpo. Y por eso que hoy, yo lo decía en otros términos, el cuerpo me pasó factura por mis excesos. Hoy no lo pienso a los excesos que yo creía que eran tantas horas de guardia, tanto trabajo. Yo creo que los excesos eran otros excesos. Que tiene que ver con cómo fue mi palabra. Mis propios dichos para conmigo misma, me entendés. Pero bueno, lo padecí en mi cuerpo. (Silvia, 56 años)

El postulado general que realiza al inicio de la cita le sirve para pensar su biografía. La depresión de la misma manera que el ACV es producto de estas autoexigencias, su propia palabra para con ella Pero además introduce, como observamos a continuación, el tiempo social como contexto explicativo de esa tendencia. Estas exigencias a sí misma se explican parcialmente por cuestiones de época:

Estamos hablando en los años ochenta. Porque fue el inicio de la democracia, toda esa alegría. Pero después todo lo que fue económicamente. La hiperinflación de Alfonsín, después el menemismo, los años 90. Fue duro [Risas]. Fue duro porque uno aparte se trató de mantener en una línea de medicina pública. Bueno, una trató de seguir siéndole fiel a algunos ideales de lo cual no me arrepiento. Pero fue un exceso físico y mental muy grande. Y yo por ejemplo, pienso bueno el cuerpo me lo cobró de alguna manera, desde el lado de hacer un ACV, una enfermedad autoinmune. Y me dijo para. Y me dijo para de esta manera. (Silvia, 56 años)

Estas autoexigencias fueron cobradas por el propio cuerpo. Los padecimientos que sufre es el modo que tiene el cuerpo de hacerla parar, desacelerar (Rosa, 2016). El trabajo como médica, el permanecer coherente o fiel con sus ideales, el cuidado de los hijos son las dificultades para permanecer siendo ella misma. A diferencia de Larisa, el relato de Silvia sobre sus primeras depresiones en la década del ochenta manifiesta sus demandas para seguir un “plan de vida”, trabajar en una línea de salud pública, construir una familia. En contraposición al sentido de identidad clásico orientado al progreso individual, en el testimonio de Larisa la protagonista intenta permanecer en un mercado laboral volátil y está ausente la idea de dirección hacia cierto punto. Se trata de una “detención hiperacelerada” (Rosa, 2016:78) producto de flotar según los impredecibles movimientos de las olas, en vez de nadar con determinación hacia un punto en el océano (Gergen, 2006).

Finalmente, para ilustrar este tipo de narrativas denominadas del agotamiento presentamos el relato de Marcela. Para explicar el origen de la depresión destaca el peso que tiene la imposición de un ritmo para terminar la carrera de arquitectura:

Yo creo que ahí me fui dando cuenta con que por ahí tenía que ver con cuestiones sociales en el sentido de por ejemplo, de la facultad, de que yo me imponía cosas, me imponía un ritmo. Entonces recibirme me imponía tener que estudiar, tener que estar al mango. De hecho, estuve como diez años estudiando arquitectura. Y esa era mi prioridad. No me quejo, pero la pasaba mal por eso. Me di cuenta cuando paré que era mi única prioridad. Y cuando paré se me desordenó todo. Me desarmó el esquema. Cuando llegué a ese momento de quiebre empecé con la psiquiatra. (Marcela, 31 años)

En su reato esta imposición de un ritmo con el objetivo de recibirse es lo que provoca un agotamiento. De acuerdo con Ehrenberg (2000) el deprimido de las sociedades contemporáneas no está a la altura, está cansado del esfuerzo de devenir él mismo. La ruptura biográfica provocada por abandonar la facultad la lleva de un exceso de proyecto a su ausencia:

La depresión es como un desanimo en general, falta de interés, falta de proyecto, como la falta de iniciativa en el día a día. De decir, me levanto con una motivación. Como una fuerza o un motor que te da cada día para levantarte. Creo que tiene que ver con los proyectos y eso. Va yo previamente a estar así, no sé, capaz que ya estaba así, pero tenía como mis proyecciones y demás y eso como que llenabas mis días. Ya te digo, a veces no dormía pensando en las cosas que tenía que hacer. Pero bueno, por ahí también eso me hizo, me pase de rosca. (Marcela, 31 años)

Marcela describe la depresión a partir de la falta de interés y proyecto. En su relato esta ausencia de motivaciones adviene luego en un exceso de proyectos y actividades. De este modo, pasa de no poder dormir por la cantidad de tareas que tiene que realizar a no tener ganas, ni nada para hacer. De manera semejante a Silvia, a la que el cuerpo la obliga a parar, desde la perspectiva de Marcela su depresión deviene del exceso de proyecto. En estas circunstancias la desaceleración, como forma de depresión, es consecuencia no intencional de la aceleración (Rosa, 2016). De acuerdo con Rosa: “aquellos que padecen depresión experimentan un cambio dramático en su percepción del tiempo: caen de un tiempo dramático, o frenético, a un atolladero en el cual el tiempo parece no pasar, sino detenerse” (2016: 122). Luego establece asociaciones afines a las características de las siguientes narrativas:

Después lo asocio más a esto que te digo, por ahí la imposición que después me di cuenta. Por ejemplo, eso también era algo importante en mi vida, era también prioritario. Que uno por ahí piensa que lo eligió, por uno mismo, y en realidad también está la imposición de… bueno de la familia. No tanto de mis viejos, pero tenía tías que eran así, muy tipo así: si no estudias no sos nadie. Por ahí yo no lo pensaba para mí, pero siempre estuvo eso ahí, como una sombra alrededor, pesando inconscientemente. (Marcela, 31 años)

Según el relato de Marcela, la obligación de estudiar reposa en la idea que promueven allegados según la cual “si no estudias no sos nadie”. Aunque ella conscientemente no adhiera a esas voces ajenas, estas permanecen como una “sombra”, “pesando inconscientemente”. En este último fragmento la entrevistada incorpora un elemento relacionado a las próximas narrativas. De este modo, en la actualidad del discurso percibe que aquello que creía que había elegido, en lo que buscaba realizarse, en realidad era lo que la tía le impuso y no su genuino deseo. Se da cuenta que lo que consideraba una elección personal era una imposición. Pensaba que busca su autorrealización pero descubre que son los fines y anhelos creados por otros.

Las narrativas de Tomás, Larisa, Silvia y Marcela presentan explicaciones del origen de la depresión a partir de atribuir responsabilidad a las exigencias que se autoimponen para progresar, situaciones de estrés, alcanzar fines personales o mantenerse coherente a sus ideales. En algunas ocasiones estas exigencias son percibidas como propias y en otras como provenientes del exterior. En sus relatos en determinado periodo biográfico devienen sujetos cansados, agotados, incapaces de estar a la altura de sus proyectos. Así, las autoexigencias y el estrés por seguir siendo quien se es o “ser alguien” conducen a padecer esta aflicción. En estas narrativas el plano de lo familiar suele perder relevancia y adquiere protagonismo los proyectos laborales y de formación. En este régimen explicativo el sujeto de rendimiento (Han, 2012) no puede estar a la altura de sus propias metas o está agotado por las dificultades que trae consigo permanecer en la misma posición. En síntesis, este agotamiento o fatiga del yo (Van Den Bergh, 2013; Ehrenberg, 2000; Rosa, 2016; Aubert y De Gaulejac, 1993) está ligado a la dificultad de la autorrealización y a la presión internalizada del rendimiento personal (Petersen, 2011).

Narrativas de infidelidad a sí mismo

Estas narrativas cristalizan una oposición entre el ser autentico o lo quiere hacer el protagonista y el cumplimiento de demandas y exigencias externas. Así, más que el cansancio que deviene de las dificultades de autorrealización, estos testimonios manifiestan que la depresión es producto de no poder perseguir sus propios deseos por cumplir las expectativas ajenas. Un conjunto de constricciones sociales de distinta índole impiden que aflore el verdadero o autentico ser. Como en el anterior estilo de narrativas, dentro de esta encontramos una diversidad de relatos que, de distintas formas, expresan la idea de infidelidad consigo mismo. Los testimonios apuntan a la necesidad de comprometerse con su subjetividad, denuncian un falso yo que surge para hacer frente a las solicitudes de los demás (Ridge, 2018).

Uno de los relatos biográficos que ilustran este modo de explicar el origen de la depresión es el que elabora Graciela. En su testimonio cuenta acerca de episodios depresivos cuando era joven, asociados a los “problemas de la casa” y depresiones calificadas por ella, a partir del uso de términos provenientes del ámbito médico, de “postparto”. No obstante, en la actualidad vincula su padecimiento a que uno de sus hijos tiene “problemas con la droga” y las dificultades de la reproducción de la vida cotidiana que le insume demasiado tiempo impiden dedicarse a “hacer lo que le gusta”.

Las angustias comenzaron con una tristeza y esas ganas de llorar, llorar y llorar. O sea, cuando quedaba sola, porque la casa siempre está llena. Yo me quedaba cocinando y me encontraba llorando. Porque no se dan las cosas como uno quiere a veces, uno quiere a veces tener tiempo para uno y no tener todos los días la misma rutina. No tenés un tiempo, yo digo después voy a hacerlo, pero no. No se da ese después. Y eso que no se da ese después te produce una angustia […]. Entonces vos te das cuenta que nunca tengo tiempo para hacer lo que quiero. Entonces empiezo a angustiarme, porque una se empieza a dar cuenta. Una empieza a otra vez a pensar a la tarde lo voy a hacer, no a la tarde hay otra cosa para hacer. Entonces uno se va angustiando, se va angustiando. Todos los días ves que no tenés el tiempo. Entonces vos todos los días te estás generando más angustia. Entonces empiezo a decir, cómo puede ser que a mi edad yo no pueda hacer lo que necesito hacer, lo que quiero hacer, por qué no tengo un tiempo para mí. (Graciela, 63 años)

En este fragmento de la narrativa, Graciela señala que no tiene tiempo para ella. Siempre pospone lo que le gusta hacer por realizar los deberes de la casa. Esta cotidiana acumulación de frustraciones produce angustia. El tiempo de la gratificación, de hacer lo que a ella quiere “nunca llega”. Las reproducciones de la vida doméstica impiden que tenga un tiempo para ella. En otros momentos de la entrevista cuenta que desde hace tiempo organiza cantar con su nieta, pero siempre tiene que suspender porque otras tareas, del orden de la obligación que asume en la dinámica familiar, son prioritarias. El relato gira entre la tensión del deber –el rol de ama de casa– y su deseo –vinculada actividades que le producen placer–. Siempre tiene que hacer cosas que no le gustan, cocinar, lavar, planchar y nadie la ayuda. Graciela sabe lo que le gusta hacer, pero las obligaciones cotidianas contraídas hace tiempo impiden poder realizar esas actividades.

En la misma línea que el testimonio anterior, Cecilia ubica sus malestares en el entorno familiar. Los padecimientos de depresión y la asistencia a psicológicos y psiquiatras comenzaron en su niñez. Durante la entrevista, en varias oportunidades cuenta sobre la posición ocupada en la familia:

Tiene que ver mucho con el entorno familiar. Aunque yo me he ido muy chica de cerca de mis padres. Pero tenía un lugar inamovible, como te dije. Y el lugar era inamovible, porque si yo me cambiaba de lugar, molestaba a mi familia. Les dejaba algo… y nunca pude hacerlo por fidelidad, digamos. Por fidelidad a ellos. […] Cómo decirlo. Fidelidad, sí. Fidelidad es la palabra correcta. Cumplir el mandato dictado. […] Mi madre lo que le pasaba era que era muy alarmista, entonces cualquier pequeña cosa era una catástrofe. O sea, fue una catástrofe. Todo era una catástrofe, y en realidad lo que sentía que tenía que hacer era sentirme bien para ellos. Para que ellos no estén mal, mostrar que estaba bien, para ellos, para mi familia. (Cecilia, 48 años)

A diferencia de Graciela que describe las angustias que le provocan la reproducción familiar y la incapacidad de hacer lo que le gusta en el presente, el relato de Cecilia está centrado en la posición ocupada en el pasado. En este aparece la palabra “fidelidad”, entendida como el cumplimiento del “mandato dictado” por la familia. Esto la conduce a perpetuar un lugar asociado a la enfermedad en el que paradójicamente tiene la obligación de sentirse bien, mostrarse bien para su entorno. Porque, implícitamente, estar mal hace mal a quienes la rodean. De este modo, “el deseo se convierte en deber: ese deseo de que otras personas sean felices puede ser aquello mismo que las obligue a ser felices para nosotros” (Ahmed, 2019:199).

Aunque en esta misma dirección, la narrativa de Mariano difiere de las anteriores, puesto que los conflictos emergen en el ámbito laboral, no en el familiar. Los problemas de depresión comienza a reconocerlos cuando trabaja en el casino. En su testimonio de forma recurrente menciona la tensión entre lo que le gusta hacer y quien es, por un lado, y como debe comportarse, por otro. Al respecto, destaca:

Empiezo a reconocer cuando estaba laburando en el casino de crupier. Ahí sentí que algo en mi vida no estaba bien. Era como que no estaba siendo fiel con cosas mías, con cosas que realmente me interesaban. Ahí comencé a darme cuenta, mental y emocionalmente sentía cosas muy, muy fuertes. Muy, como esto no está bien. El hecho de no poder ir hacer algo que me hacía sentir bien por ir a trabajar al casino, a comportarme de determinada forma y hacer determinadas cosas que me parecían como muy en contra de lo que yo era afuera. (Mariano, 36 años)

Otra vez las personas entrevistadas, en esta oportunidad Mariano, emplea la palabra fiel para explicar cómo se origina su depresión. La fidelidad a la familia que cuenta Cecilia y la infidelidad a sí mismo de Mariano expresan, cada uno a su manera, que no querían hacer lo que hacían o, dicho de otra forma, no podían hacer lo que querían. Las frustraciones se gestan en no poder cumplir con la norma de la autonomía que nos incita a ser nosotros mismos (Ehrenberg, 2000).

El relato de Mariano manifiesta una tensión entre sus valores y los del lugar de trabajo. De este modo, cuenta que recibe una capacitación para poder identificar a personas que tienen problemas con el juego. Primero está contento de saber que tenía esa formación que sirve para ayudar a jugadores compulsivos. Luego, comprende que las capacitaciones que la empresa realiza son obligatorias y en el caso de las “ballenas” –jugadores que dejaban mucho dinero– tenían órdenes de no aplicar los dispositivos aprendidos para la autoexpulsión. En efecto, dentro de ese espacio tenía que cambiar su comportamiento: “ponerte distante, ahí, firme, siempre cordial. Ser un sorete señorito”. En este trabajo emocional (Hochschild, 2008) tiene que expresar la postura de la empresa, contraria a sus sentimientos y valores personales. En la siguiente frase describe el ambiente laboral que impide ser uno mismo:

Es un ambiente hostil. Primero está el trabajo obvio, porque es así de demandante, por una cuestión profesional y todo eso. Muy sectario, no. Entonces todo lo que está dentro de eso, está todo bien. Todo lo que está afuera de eso, ya no. No podés conectar mucho con lo de afuera. Porque tus horarios, tu vida como es, los lazos que tenés, la forma en la que trabajas, un montón de cosas que te impiden de alguna forma ser vos. Tanto dentro del lugar como consciente o inconscientemente fuera del lugar, también. (Mariano, 36 años)

Contrario a lo que afirman distintas personas entrevistadas que describen a la depresión como estados de mayor egoísmo y de encerrarse en sí mismo, según Mariano este modo de estar en el mundo conduce a que una persona se “olvida de sí mismo”, “está muy afuera y no se prioriza”. En su relato la institución no le permite ser el mismo ni dentro ni fuera del casino. La falta de conexión con el afuera, los horarios, “tu vida como es” empuja a sufrir esta clase de malestares. La emergencia de la depresión es indisociable de ese contexto laboral. De ahí que, según el argumento narrativo que desarrolla, muchos de los trabajadores ya habían atravesado estados similares al suyo.

Siempre entendí o siempre tuve la sensación de que al no poder ser lo que a vos te gustaría ser todo el tiempo y dependiendo constantemente de un lugar tan absorbente era como que siempre me sentía depresivo […]. Ahí es cuando comprendí lo que me estaba pasando y que era una cuestión de infidelidad a lo que yo sentía. (Mariano, 36 años)

Otra vez Mariano recurre a la idea de infidelidad para dar cuenta de lo que le sucedía. Al no poder hacer lo que le gusta, al estar absorbido por una institución que promueve valores contrarios a los suyos, tenía la sensación de estar siempre depresivo. En semejanza con los resultados de otros estudios desarrollados en Inglaterra y Australia, los participantes describen las presiones laborales como factores que contribuyen a su depresión (Ridge et al., 2019). El imperativo se tú mismo es contradictorio con ser el yo que en el trabajo se exige que sea. La comprensión de sus problemas de salud como producidos por el tipo de actividad laboral difiere de la comprensión de las personas del área de recursos humanos que inducían a pensarlo como malestares orgánicos o provenientes del escenario familiar.

En consonancia con este estilo de narrativa, Ignacio, otro practicante de terapias holísticas –de quien arriba recuperamos su reconocimiento de la depresión a partir de la toma de ayahuasca y otras prácticas de autoconocimiento– también recurre a la expresión de infidelidad consigo mismo para explicar el origen de la depresión. En su relato las presiones sociales dicen como tenemos que ser e impiden ser leal a sí mismo:

Muchas presiones sociales. Muchísimas. Ya desde el hecho de que fui criado en una familia católica, en una escuela católica. Desde mi primaria hasta mi secundaria. Mostrándome en esa educación de que había muchísimas cosas que están mal en la vida. De que no se podían hacer o tenías que seguir cierto linaje para tener una conducta de vida dentro de los normales. Todas esas presiones sociales llevan a uno a no ser fiel con uno mismo. Yo tuve que afrontar una homosexualidad. Darme cuenta al principio que yo era homosexual. Y decía: pero no, está muy mal ser homosexual, como puedo ser homosexual. Qué va a pensar la sociedad, qué van a pensar mis amigos, mi familia. Nadie me va a querer. (Ignacio, 29 años)

En el relato de Ignacio, las presiones sociales de las instituciones socializadoras como la escuela llevan a no ser fiel con él mismo. El narrador sostiene que en aquel entonces percibía que esta desviado de la norma y por eso consideraba que dejaría de ser querido. Para “tener una conducta de vida dentro de los normales” desarrolla un trabajo de ocultamiento de su orientación sexual. Además expresa su antigua autoevaluación negativa respecto a sus inclinaciones sexuales: “está muy mal ser homosexual”. Luego, de manera semejante a los relatos del coming out, acepta aspectos identitarios que antes ocultaba. Como sostienen Ridge y Ziebland (2012) las narrativas de personas recuperadas de depresión y de gays comparten diversos aspectos en común, en el que se destaca la aceptación de la diferencia. Este falso yo se extiende a todas las esferas de interacción y consiste en satisfacer expectativas y presiones ajenas en detrimento de las suyas:

Empecé a darme cuenta de que vivía en una ilusión, de que mi vida era como de un acelere, como que iba así. No tenía sentido, me entendés. Era como un impulsor de lo que quería la sociedad. O de lo que querían mi familia o de lo que querían siempre mis amigos. Y nunca me daba cuenta de lo que quería yo. Hasta que me empecé a dar cuenta por esas cosas que me pasaban. Pasaban días que no me quería levantar de la cama. (Ignacio, 29 años)

El relato de Ignacio se asocia a otras narrativas de agotamiento del yo por aceleración (Van Den Bergh, 2013; Rosa, 2016) que consiste en tener muchas actividades, no parar, para evitar deprimirse. Lo que diferencia su testimonio de los estilos precedentes es el peso que le asigna a satisfacer las demandas ajenas, ya sea la sociedad en general, la familia, los amigos. Era “un impulsor de lo que quería la sociedad” y, por tanto, no hacía lo que él quería. El actante sociedad lo incita a cumplir con el deseo ajeno, no con el suyo. La satisfacción de demandas externas en muchas ocasiones, se encuentran en dirección opuesta respecto a lo que le hace bien. Se trata de subjetividades de la obediencia en tiempos en los que las reglas de autoevaluación son las de la iniciativa personal y la búsqueda de autorrealización individual (Petersen, 2011; Ehrenberg, 2016). La norma de la autenticidad es incumplida por las presiones sociales que hacen ser lo que quieren que sean.

Empecé como a plantearme que era lo que realmente me hacía feliz a mí. Y que nada de lo que hacía era lo que me hacía feliz a mí. Sino que era moverme como en relación a lo que hacía feliz a los demás. Y nunca me priorizaba a mí en cuanto a eso […]. Antes si alguien me pedía algo o me planteaba algo, me comunicaba algo era como siempre tratar de complacer al otro. […] Muchísimas cosas que no tenía ganas de hacer pero por quedar bien como que las hacia igual, me entendés. Es muy loco, eso. No entiendo por qué. Por más de que no tenía ganas yo las hacia igual. (Ignacio, 29 años)

En el relato de Ignacio esta búsqueda de “complacer al otro” implica no ser leal a lo que quiere. Lo que conduce a la depresión es satisfacer los pedidos y demandas ajenas, contrarias a su voluntad. Esta infidelidad a sí mismo consiste en hacer cosas que no se tienen ganas de hacer para “quedar bien” con otras personas. La autenticidad y la búsqueda de libertad individual como precepto de las sociedades de la modernidad tardía son relegadas en función de adaptarse a las exigencias impuestas desde el exterior. Desde esta perspectiva, no buscar su propia felicidad tiene un coste psicológico que se expresa en malestares como depresión.

También Luisa, una trabajadora social que practica terapias holísticas, sin emplear los términos de fidelidad a otros o infidelidad a sí mismo presenta en su relato biográfico como una de las razones principales del origen de la depresión una idea semejante a los anteriores testimonios. Cuenta al respecto:

Para mí es como estar un poco atrapada en eso, en el deber ser impuesto por la familia, impuesto por la cultura y a veces hay tendencias en uno que van en contra totalmente de esas estructuras, de la familia y de lo que circula. (Luisa, 27 años)

Según Luisa el deber impuesto desde afuera, por la familia y la cultura, obturan las tendencias personales que se orientan en sentido opuesto a esa dirección. Otra vez fuerzas externas impiden al protagonista ser quien es o hacer lo que quiere.

En resumen, en estas teorías nativas del origen de la depresión lo que produce esta aflicción es falsear la identidad para cumplir con un conjunto de mandatos y obligaciones impuestos desde el exterior. Así, no ser fiel consigo mismo es un modo de decir que no logran ser el que verdaderamente se es. En este padecimiento de la insuficiencia las personas no consiguen seguir la norma de la autonomía y la iniciativa personal (Ehrenberg, 2000; 2016) y cumplen con las normas y demandas ajenas en detrimento de sus propios intereses; la depresión aparece como la desdicha de no ser uno mismo. En contraste, en las narrativas del agotamiento las dificultades de ser lo que se quiere ser o permanecer en la misma posición conducen a sufrir depresión. Si las primeras enfatizan en condiciones sociales que no dejan ser el que es, las segundas remarcan en las dificultades, por determinados contextos, de ser alguien o los conflictos para poder seguir siendo el mismo; la depresión remite a la fatiga de ser uno mismo (Ehrenberg, 2000). En ambas narrativas del yo, la cláusula global que explica esta aflicción es el ensamble entre lo interno y lo externo, lo individual y lo social.

En comparación con las narrativas en las que la clave explicativa está en el interior o en el individuo, las narrativas del agotamiento e infidelidad a sí mismo aparecen insistentemente en los relatos biográficos obtenidos. En síntesis, en estas narrativas quienes cuentan articulan de formas complejas condicionamientos sociales y deseos personales para explicar el origen de la depresión. A continuación exponemos otro estilo narrativo en el cual suelen localizar eventos externos que desestructuran las biografías.

La clave está en el exterior: desestructuraciones biográficas

Cuando no es considerada un aspecto del carácter heredado u adquirido desde los primeros años de vida, la depresión es concebida como una ruptura biográfica o turning point (Karp, 2017). No obstante, en las narrativas que presentamos a continuación otros sucesos previos operan como acontecimientos biográficos (Leclerc-Olive, 2009) que alteran la representación del curso biográfico y provocan la emergencia de la depresión. En otras palabras, esta aflicción suele percibirse como un evento desestructurador de la biografía, pero en estas teorías del origen encontramos que contingencias precedentes o condiciones de vida funcionan como fuerza que desestabiliza la identidad y causan este padecimiento. En proximidad con las representaciones de las personas entrevistadas en carácter de especialistas, estos relatos enfatizan problemas de identidad ocasionados por sucesos desestructuradores del lugar ocupado por el protagonista en el mundo.

En estas narrativas el origen de la depresión ocurre por acontecimientos externos perturbadores de la identidad. Eventos inesperados o contextos desfavorables que perduran en el tiempo generan un cambio en la percepción de la imagen que tienen de sí mismos y de la posición social ocupada. Distinguimos en dos estilos, a saber: narrativas de enfermedad, por un lado, y narrativas de rupturas de relaciones sociales, por otro. Pero, como observaremos, estos aparecen estrechamente relacionados en los relatos.

El testimonio de Ernesto sirve para especificar estas teorías del origen de la depresión. Con este abogado compartimos intereses intelectuales y en múltiples oportunidades conversamos cuestiones relativas a subjetividades y las biografías en el contexto contemporáneo. Su narrativa, de marcado carácter teórico, puntualiza definiciones y procesos generales que, luego, son aplicables a su biografía. Afirma:

Para mí la depresión es la ruptura de un relato. O sea, lamentablemente por lo menos la forma que tenemos hoy de acercarnos a la realidad es a través de relatos. Viste que siempre hemos hablado de esto, el tema de los hechos, las interpretaciones. Bueno, a través de un relato nos conocemos. Entonces llega un momento en que se empieza a resquebrajar y si es muy profundo, la depresión va a ser muy profunda también. (Ernesto, 30 años)

En la cita Ernesto realiza una definición de alcance general de la depresión como la “ruptura de un relato”. En la concepción que desarrolla, al derrumbarse el cuento que tenemos de nuestra biografía, nuestro pasado y la proyección al futuro, en paralelo se cae nuestra identidad. El cuento no se reduce a un fenómeno discursivo, constituye aquello que vincula a las personas con el mundo de determinada forma. Concibe esta aflicción como un quiebre existencial o ruptura de “paradigma” en el que los presupuestos básicos acerca de quién es y cómo son los otros significativos son sometidos a una dramática revisión. Desde su perspectiva:

Yo creo nuestra vida, de la forma en que la vemos hoy, está lleno de hitos. Nuestras primeras amistades, nuestro primer sueldo, nuestro primer trabajo, nuestra primera novia. Tiene como momentos. Por ahí, si eso no se cumple del todo, puede llevar a la depresión. Con el tema de la pareja puede pasar, si uno tiene un gran amor… o volviendo al tema de los relatos. Te armas un relato de la relación y obviamente que si no se produce o si se produce de manera diferente, puede llevar a una depresión. Por eso es muy usual, yo conozco muchos casos de pareja, al que las han dejado, sobre todo al dejado y que amenaza con suicidio. Porque volvemos a esto, esa persona no está experimentando como la otra persona tal vez lo ve. Bueno, se está destruyendo su mundo. (Ernesto, 30 años)

El relato continúa con un elevado grado de abstracción, en apariencia estos postulados teóricos y generales son independientes a su experiencia personal. La biografía es cada vez más un “objeto”, algo que aparece rápidamente en el pensamiento como un “deber-ser” (Meccia, 2019b; 2019c). En las sociedades tardomodernas las personas se perciben como responsables de sus devenires biográficos y cada vez más la vida se presenta como un proyecto reflejo del yo (Giddens, 1997). Las frustraciones que implican no lograr lo proyectado provocan malestares que en ocasiones asumen el nombre de depresión. Los puntos de inflexión que alteran la “crónica del yo” (Giddens, 1997: 293) y las experiencias humanas frente a situaciones límites inducen a una ruptura del orden naturalizado que trastoca los conceptos de sí mismo y producen identidades quebradas (Pollak, 2006). Así, la desestructuración biográfica ocurre cuando por eventos o condiciones externas de diversa índole se interrumpen las imágenes identitarias de sí mismo.

La desestructuración biográfica ocurre cuando por eventos o condiciones externas de diversa índole, la persona no alcanza sus proyectos individuales. La crisis adviene del desfaje entre las expectativas subjetivas y la dimensión objetiva o la frustración de no poder cumplir con sus proyectos biográficos. Para algunos es una pérdida más, para otros desestructura a la identidad del sujeto a quien se le destruye su mundo. Este proceso de disolución del mundo vital (Good, 2003) es generalmente gradual:

Pasa que esto me gustaría que lo tengas en cuenta. El problema de la depresión es que empieza por un punto irrelevante. O sea un punto normal, que sucede en la vida de cualquiera. Perder un trabajo le sucede a cualquiera, que se muera alguien le sucede a cualquiera. Es algo normal de la vida, por decirlo de alguna manera. Qué sé yo, no aprobar un examen. Pero ahora, lo que pasa interiormente, por ejemplo, en este caso desaprobar un examen para vos es capaz, bueno, mañana me presento y ya está. Y hay otras personas que capaz esa piedra irrelevante o normal puede empezar el resquebrajamiento de todo tu relato. Ese hecho puntual, puede hacer que se resquebraje todo para adentro de esa persona. (Ernesto, 30 años)

En los ejemplos que brinda Ernesto están presentes los dos modos de desestructuración biográficas que abordamos. A diferencia de los relatos basados en una base predisponente y un evento desencadenante del paradigma biomédico, sostiene que sucesos contextuales quiebren el cuento de su biografía. La concepción biologicista, explica a partir de determinada configuración orgánica como ante eventos similares algunas personas sufren depresión y otras no. Según Ernesto es la pérdida de lo que le da sentido a la vida en individuos específicos lo que sirve para diferenciar la respuesta ante incidentes semejantes. Para algunos la muerte de alguien, a otros la pérdida del trabajo, de una relación amorosa o desaprobar un examen. Es una cuestión de identidad, no de biología. Lo que para algunos es irrelevante, para otros es el comienzo del “resquebrajamiento del relato”, si entendemos por tal el modo de verse y estar en el mundo. Desde su argumento se desprende que pueden ser múltiples los eventos desestructurantes de las identidades que conducen a la depresión. Luego abandona este elevado grado de abstracción discursiva y aplica esa teoría para explicar sus depresiones:

El primer episodio de depresión fue por mi fe. Y el segundo fue por mi novia, que yo la pensaba como el amor de mi vida, la sigo pensando así. Pero bueno, es como que eso me destruyó totalmente. Porque yo pensaba que con ella iba a lograr muchas cosas. Entonces, se quiebra el cuento. Uno vuelve al medio del mar de nuevo. Me produjo un quiebre existencial de empezar a replantearme muchísimas cosas. (Ernesto, 30 años)

Las afirmaciones generales del relato de Ernesto le sirven para describir lo que le sucede a él. Aplica, de este modo, una cláusula narrativa global-particular (Meccia, 2017a). Localiza en su biografía dos quiebres del cuento que lo conducen a sufrir depresión, primero la pérdida de fe a partir de nuevas lecturas que llevan a preguntarse por el problema del mal en el mundo a pesar de la existencia de un dios bondadoso, omnipresente y todopoderoso. La segunda, que perdura en la actualidad, está ligada, como un gran número de testimonios, a la ruptura de una relación amorosa. Las expectativas del amor para toda la vida se ven frustradas por la decisión de su ex novia de no continuar con el vínculo. Por tanto, elabora una narrativa en la que el origen de la última depresión ocurre por una desestructuración biográfica a partir de la pérdida del vínculo de pareja.

Los relatos presentan diferentes rupturas biográficas (Bury, 1982) o quiebres del cuento identitario a partir eventos o condiciones externas. En las entrevistas las principales narrativas de desestructuración biográfica que conducen a sufrir depresión provienen, por un lado, de pérdidas y rupturas de relaciones sociales y, por otro, de enfermedades. Las primeras proceden principalmente del fallecimiento de un ser querido o la ruptura de un vínculo de pareja, como en el testimonio de Ernesto. Las segundas enfatizan en enfermedades de allegados o de los propios protagonistas que altera la dinámica familiar y sus roles. Este estilo de narrativa, cuyas causas se relacionan con otras afecciones, es la que desarrolla Jimena:

La depresión es una enfermedad que, por ejemplo, a mí me empezó con la enfermedad de mi marido. Yo estuve mucho tiempo al lado de él, cuidándolo, cuidándolo, cuidándolo, y me di cuenta estaba en un estado depresivo que no podía más salir. Y desde entonces, hace más o menos veinte años, que estoy así. Cada tanto me agarra la depresión. (Jimena, 59 años)

En su narrativa la enfermedad crónica del marido y sus nuevas responsabilidades de cuidado que se prolongan en el tiempo explican el origen de la depresión. El reconocimiento del estado de depresión es a partir de identificar que no podía salir de su casa. Por su parte, al contarnos acerca de su última caída, Ángeles relata los malestares de su madre:

Al yo verla ir decayendo a mi madre fui decayendo. Aparte, cuando ya la trajimos a casa, porque estuvo internada, dejó de comer. Tenía una sonda gástrica. Era como si le había agarrado un ACV, no caminaba, no hablaba casi, no se movía, poco y nada. Veía cosas que no existían. Sácame los sapos, estoy llena de sapos, empezaba a los gritos. Entonces, todo eso, día a día te va poniendo mal. (Ángeles, 58 años)

En el relato de Ángeles, como efecto contagio de presenciar el decaimiento de otras personas hace caer en depresión a la protagonista. En este testimonio, la rutina y convivencia con alguien que transita una enfermedad, afecta al cuidador. En ambos relatos se trata del cuidado de gente próxima, a veces es la convivencia con alguien con “súper depresiva” –como afirma Alina, para referirse a su madre– la que contribuye a provocar o permanecer en depresión.

Como adelantamos, también abundan teorías del origen de la depresión que otorgan prioridad explicativa a pérdidas y rupturas de relaciones sociales. Así, en el testimonio de Ernesto la clave explicativa la pérdida del vínculo de noviazgo opera como desestructurador biográfico. En esta dirección, Melina cuenta que padece esta aflicción en la actualidad y lo atribuye a su separación: “Pero otra de las cosas que tuve que entender acá, es que volví a caer muy depresivamente porque me separé”.

Por otra parte, el relato de Romina aporta una versión diferente de este estilo narrativo porque entremezcla una sumatoria de sucesos en el que uno significativo es “perder un novio”. Cuenta al respecto:

Yo empecé con depresión hace cuatro años, después de terminar la relación con mi novio. Y después por situaciones que no estaban bien en mi casa, me fui a la casa de la hermana de mi mamá, y el esposo de ella abusó de mí. Y bueno, eso me hundió más, porque fue más profunda la depresión. En mi casa yo sufría violencia de género por parte de mi papá, yo me fui por eso. Pensé que me iba a un lugar donde iba a estar bien, y al estar vulnerable se aprovechó de mí. (Romina, 29 años)

Según Romina el primer episodio fue “porque me dejó y yo no lo esperaba”. El acontecimiento trágico se basa en esta dimensión imprevisible o inesperado de la pérdida que altera lo cotidiano (Aguilar y Suárez, 2011). Pero luego agrega otro conjunto de sucesos vinculares que agravan el padecimiento y contribuyen a padecer depresión. Por su parte, Ángeles entre sus múltiples caídas nos cuenta: “Andaba yo con una persona, con un novio, una pareja. Andaban mal las cosas y él de Rafaela dejó de venir a buscarme porque yo vivía acá. Y ahí también caí mal” (Ángeles, 58 años).

Otro relato inscripto en este registro es el que elabora Luisa. Los padecimientos depresivos comienzan en la adolescencia y rastrea las causas desde la infancia en los primeros vínculos con sus padres y la sensación de “ser diferente” en la escuela. No obstante, luego de un periodo de mejoría por una relación amorosa o de suspensión del sufrimiento, se agrava su situación anímica una vez que termina el vínculo. La ruptura de pareja potencia un malestar que por un tiempo estaba latente o apaciguado:

Nada tenía sentido en todos esos años. Nada de lo que hacía, veía todo mal. Era el sin sentido. En realidad, en todos no, porque cuando terminé la secundaria después empecé a estudiar trabajo social. Y el último día de la secundaria y tres años de trabajo social yo estuve de novia. Y ese era el sentido de mi vida. Entonces, eso que se había iniciado en la adolescencia, ese malestar que yo sentía con mi cuerpo, era como que cuando yo me puse de novia pasó a un segundo plano. O yo lo minimicé, no sé. Entonces, el sentido de mi vida no era la relación, era él. Mi ex novio. Cuando se terminó esa relación, entonces volví al mismo malestar. O peor. Porque a todo esto que te contaba de que tenía la autoestima baja, la inseguridad y verme fea, el verme horrible. De no tengo vínculos encima, porque los había perdido a todos. A los pocos vínculos que tenía en la secundaria después era esa relación tan de noviazgo así. Él era todo, así, literal. Era todo. Entonces no había espacio para otra cosa en mi vida. Si, estudiaba trabajo social. Pero era él y trabajo social. Y el trabajo social tenía como finalidad recibirme para poder vivir con él. Tener hijo y la casa y todas esas cosas. Entonces cuando esa relación se termina como que todo ese mundo, que si le había dado un sentido a mi vida, porque tenía que ver con ese mundo que yo me había construido, chau, desapareció, así. Entonces ahí es cuando vuelve el malestar pero intensificado, potenciado. (Luisa, 27 años)

En el relato de Luisa, la pérdida de sentido de la vida es recuperada a partir de su relación de noviazgo. Más que la relación, su novio “era todo”, aquello que justifica su existencia. Las otras actividades, como estudiar en la universidad pública, conforman fines supeditados a lo que proyectaba en la pareja. Cuando el vínculo termina también se derrumba el mundo que había construido, su proyección biográfica y retornan con mayor intensidad los malestares. En otras ocasiones los relatos presentan un ensamble de pérdidas. Claudia, por ejemplo, atribuye el origen del malestar a rupturas afectivas pero también señala la muerte del padre como otro factor:

Bueno en un principio una ruptura de pareja, que fue con Jorge, que ¡para mí fue como un golpe re fuerte! Al tiempo seguía con el mismo tema de la dependencia emocional y llega un momento en que es límite digamos. La persona con la que estaba saliendo me dice: «No Clau, esto está mal, esto no te hace bien a vos y no me hace bien a mí». Yo ahí entré como en un estado de angustia extrema donde tenía mucho miedo, esas eran las sensaciones […]. Entré en desesperación digamos, en desesperación, angustia, tristeza, todo junto, que me llevó a no comer durante tres días, bajé un montón de peso […]. A todo esto me estoy acordando de algo: todas estas crisis empiezan después que mi papá fallece. O sea, empezó con esto de Jorge y a los meses muere mi papá. (Claudia, 31 años)

Claudia asocia el inicio del malestar a la separación de pareja y la muerte del padre. Esto nos conduce a otra de las características que suele relacionarse a la desestructuración biográfica. Así, como adelantamos, en las narrativas del origen de la depresión la ruptura biográfica está relacionada al fallecimiento de un ser querido. En esta dirección, Mariana, que trabajaba como maestra en el nivel primario, presencia un accidente vial que ocasiona la muerte de sus alumnos y, luego, sus estados de depresivos. Por otra parte, Leonor cuenta que la primera vez que sufre depresión fue producto de la muerte del padre en un incidente automovilístico. En el relato de Antonella, la muerte del novio por leucemia la conduce a estados depresivos profundos:

Después de que transité todo, porque obviamente yo vivía en el sanatorio, fue doloroso, traumático y horrible. Obviamente entro en un estado depresivo muy grande que perdura hasta un año, con distintos momentos. Momentos en que me quería matar, momentos en que me quería autoflagelar, momentos en que directamente me acostaba a dormir, momentos en que solamente me empastillaba con ansiolíticos recetados. Yo creo que en un primer momento este estado tuvo que ver con el proceso del duelo, aunque después todo esto, esta situación de pérdida me llevó a ocasionarme toda mi vida, todo mi ser, todo, todo. (Antonella, 28 años)

En Antonella del duelo inicial producto de la muerte de su pareja pasa a estados depresivos más profundos. El duelo, como comentaban los profesionales entrevistados y en consonancia con los postulados de Freud, constituye una respuesta esperable frente a la pérdida de un objeto amado. En cambio, en Antonella después de la tristeza por la pérdida de su novio sigue un replanteo profundo de su lugar en el mundo y sobre que quiere en su vida. Por su parte, Daniela convive con un dolor insoportable luego de la pérdida de sus hijos:

Lo más triste fue la pérdida que se me ahogó un hijo de dieciocho años, en el noventa y seis, y ahora en el dos mil catorce me mataron un hijo de treinta y cuatro años. Eso fue de la noche a la mañana y entonces esos son dolores con los que uno convive porque son cosas que no te olvidas nunca, yo para mí sigo teniendo cinco hijos […]. El hijo es algo tuyo, es algo que nace, algo que lo llevas en el vientre y uno no está preparado para perder un hijo, uno más bien está preparado para irse uno primero porque se dice cuando nosotros nos vayamos nos quedan nuestros hijos. Pero no estás preparado para perder tus hijos, tus nietos, esos son golpes duros. (Daniela, 62 años)

En el relato biográfico de Daniela, es la muerte de los hijos lo que aparece como un dolor insuperable con el que convive diariamente. Otra vez es la ausencia de seres queridos los que explican el sufrimiento de las personas. Estas rupturas y pérdidas afectivas producen alteraciones en los proyectos biográficos y en los modos de percibirse en el mundo. De este modo, el sentido del juego social del que se forma parte, el saber adquirido en la práctica y que orienta las acciones es el que se pone en cuestión en una situación dramática e imprevisible (Aguilar y Suárez, 2011). En consonancia con las perspectivas de los participantes en el estudio desarrollado por Kokanovic (et. al., 2013), la depresión podría entenderse como una respuesta normal o esperable a circunstancias de vida desfavorables, por lo que cada individuo es potencialmente vulnerable a esta condición. En definitiva, en estas narrativas un giro biográfico (Leclerc-Olive, 2009) descendente, provocado por eventos y condiciones externas, opera como causante de esta aflicción.

En esta forma de explicación que aparece de forma recurrente, los acontecimientos y condiciones destacados por las personas entrevistadas provienen principalmente del ámbito doméstico o íntimo. Estos resultados obtenidos difieren de otros estudios. Así, según Otero (2015) en el contexto francés las tensiones familiares están ausentes en la experiencia dolorosa de los individuos deprimidos. Por el contrario, las explicaciones obtenidas aluden centralmente al mundo del trabajo. Por otra parte, Kitanaka (2016) describe el modo en que en Japón la depresión deja de concebirse como asunto privado para enmarcarse como un problema público, de carácter político. Un movimiento de trabajadores establece, con éxito, que esta patología es producida socialmente –afín con las narrativas de agotamiento, una enfermedad inducida por estrés laboral–. En los testimonios obtenidos aquí, sin desconocer que en algunos relatos los conflictos en el trabajo y la precarización laboral ocupan un papel relevante, observamos –contrario a los supuestos de partida– un marcado predominio de sufrimientos cuyos orígenes provienen del universo familiar. En estas entrevistas la irrupción de un acontecimiento significante conduce a replantearse el modo de estar en el mundo. Estos eventos o condiciones que trastocan los conceptos que las personas manejan de sí mismas, aunque suelen vincularse a factores extra-individuales, se circunscriben a la esfera de las relaciones domésticas.

A modo de cierre

En este capítulo abordamos las diferentes maneras en que las personas explican el comienzo de la depresión en sus biografías. En la primera parte, desarrollamos el complejo proceso de adquisición de la etiqueta, sintetizado en la tabla 5. Sostuvimos que en todas las entrevistas consideran válida la denominación de la depresión para refigurar sus vidas. Resaltamos que sólo en algunos testimonios esta etiqueta proviene de la aceptación del punto de vista profesional o de otros significativos, propios de la teoría del etiquetamiento de Becker (2009) y Scheff (1999). En su generalidad, el reconocimiento procede de un autoetiquetamiento de desviación emocional (Thoits, 1985) e identitaria. En un contexto de híper reflexividad biográfica en la que circulan múltiples insumos narrativos, son las personas que sufren quienes se apropian de esta etiqueta identitaria para pensarse. Por tanto, en este escenario el trabajo de etiquetamiento es una elaboración considerada en gran medida privada y personal.

En la segunda parte, desplegamos las diversas razones que desde el punto de vista de las personas entrevistadas explican el padecimiento. La siguiente tabla sistematiza estas teorías del origen de la depresión.

Tabla 6: Teorías del origen de la depresión

Fuente: elaboración propia.

En estas teorías legas del origen de las depresiones encontramos una diversidad de regímenes narrativos que las personas despliegan para hacer inteligible por qué se origina este padecimiento en sus vidas. Las narrativas oscilan habitualmente entre una acentuación de aspectos internos o intrínsecos al individuo pasando por explicaciones intermedias –que articulan una dimensión subjetiva con contextos– hasta aquellas que atribuyen a factores exógenos a quienes padecen.

Localizamos narrativas que enfatizan en claves explicativas internas, apropiándose de los discursos de la psiquiatría y sus teorías del desbalance químico. Estas formas de contar no adquieren una presencia significativa en los relatos de vidas obtenidos y quienes recurren a este estilo narrativo suelen realizar tratamiento farmacológico. Las causas de la depresión a partir de claves internas, a diferencia de otros estudios realizados en España (Martínez Hernáez, 2014a; 2017) y Estados Unidos (Karp, 2017; Martin, 2007) pierden protagonismo. Quizás producto de que las narrativas del marketing farmacéutico no han adquirido, por el momento, resonancia en un contexto en el que históricamente el psicoanálisis ocupa un lugar destacado en las culturas psi (Plotkin, 2017).

Otras narrativas que las personas entrevistadas construyen en forma reiterada destacan las exigencias internas para ser alguien o seguir siendo igual, así como no poder ser quienes realmente son por tener que cumplir con las demandas e imposiciones de la sociedad o diferentes grupos sociales. En estos relatos articulan contextos y carácter para expresar que la depresión es producto de la fatiga de ser uno mismo (Ehrenberg, 2000) y, también, de la infidelidad a sí mismo. De un lado, se trata de “la fatiga de ser uno mismo” (Ehrenberg, 2000) o las auto exigencias por alcanzar el ideal en un contexto competitivo y fluctuante (Aubert y De Gaulejac, 1993). La depresión aparece como un agotamiento del yo en su intento por cumplir el imperativo cultural de la autorrealización. Por otro, la depresión deviene de la imposibilidad de ser uno mismo por presiones o demandas de los otros significativos y la sociedad. En estos testimonios, las depresiones se originan en un falso yo que no puede hacer lo que le gusta o ser quien en realidad es. Las personas que recurren a estas formas narrativas suelen ser jóvenes de alto nivel educativo, profesionales o estudiantes universitarios y practicantes de terapias holísticas y psicoanálisis.

Finalmente, localizamos una forma de explicación basada en la desestructuración biográfica. En estos relatos un punto de inflexión en la biografía ocasionado por condiciones y eventos externos, principalmente pérdidas o rupturas de relaciones sociales y enfermedades, precipitan a sufrir depresión. Esta manera de explicar el origen de esta aflicción aparece de manera regular en las entrevistas.

En sintonía con otros estudios, las personas que narran manejan teorías pluricausales del origen de la depresión. Así, no solo atribuyen múltiples factores sino que en varias oportunidades combinan dos o más tipos de explicaciones (Kangas, 2001; Kokanovic, et. al., 2013). En los relatos articulan diversos actantes (humanos y no humanos) para ensayar una respuesta a la cuestión de “por qué a mí”.

En términos generales, las personas entrevistadas suelen ser víctimas de acontecimientos o condiciones externas. Por tanto, no son responsables de padecer depresión, ni capaz de evitarla. La víctima ha estado expuesta de forma involuntaria y indeseada a circunstancias y condiciones que causarían depresión a cualquiera (Kangas, 2001). Así, en múltiples relatos son acontecimientos trágicos e imprevistos los que desestructuran los esquemas para valorarse a sí mismas y al mundo. En otras ocasiones, crecer en un contexto hostil o violento, no elegido, generan las bases para que se produzca esta aflicción. También suscribir a la concepción de padecer una patología hereditaria basada en un déficit de serotonina conlleva la desresponsabilización de su agencia en el origen del malestar. Por estas razones, propio de las narrativas terapéuticas contemporáneas (Illouz, 2010) no suelen atribuirse responsabilidad –salvo escasas excepciones– por la emergencia de la depresión.

En estas teorías nativas la alusión a eventos externos, en el que adquieren centralidad las relaciones sociales, se circunscriben al ámbito personal o privado. En contraste con hallazgos de investigaciones provenientes de Europa (cfr. Otero, 2015; Petersen, 2011) y Japón (Kitanaka, 2016) –que sitúan las tensiones en el universo laboral– y en sintonía con otros estudios sobre depresión en Brasil (Oliveira, 2015) y sobre padecimientos mentales crónicos en Santa Fe, Argentina (Pussetto, 2019), en las diferentes formas de explicar el origen de la depresión las personas recurren principalmente a sucesos situados en el espacio familiar. Los eventos externos al sujeto están limitados al ámbito de sus mundos locales. De este modo, las causas de esta patología social de la individualidad (Ehrenberg, 2016), a diferencia de otros sufrimientos que adquieren resonancia pública y organización política, permanecen confinadas al espacio privado.

Los relatos resaltan fallas de la propia naturaleza humana, la psiquis individual o eventos imprevisibles enmarcados en el ámbito doméstico, disociados de razones sociales que inscriban este padecimiento en un horizonte de injusticia. De esta manera, observamos no tanto una individualización de las causas (Orphanidou y Kadianaki, 2021) sino, principalmente, una privatización del sufrimiento que inhibe la demanda de una reparación del daño en instancias públicas y colectivas. El énfasis en los factores etiológicos individuales (Ej., Genética, procesos cognitivos, rasgos de personalidad, niveles de serotonina) que resaltan en otros estudios no adquiere peso significativo (Philip, 2009; Teghtsoonian, 2009). Los testimonios sugieren que la depresión es un problema individual pero producido, principalmente, en las relaciones sociales del contexto inmediato que repercuten en el yo. Las personas que se reconocen afectadas consideran que se trata de un asunto personal, cuyas raíces están separadas del modo en que funciona la sociedad, el mundo laboral o la institución familiar. Parecen revelar una inadecuada gestión personal, adaptación o un exceso de autoexplotación en escenarios complejos. Esta privatización del origen de la depresión se asienta en que es concebida como problema de orden personal y privado que se restringe al mundo vital de las personas. De modo transversal en estos relatos biográficos observamos una ausencia de politización del malestar o de imputación de responsabilidad del origen a un contexto social más amplio.

Las personas se desresponsabilizan por el origen del problema al atribuir las causas a factores externos o intrínsecos incontrolables. Así, a pesar de la extensión del dispositivo de subjetivación victimista (Cerruti, 2015) con su capacidad para formular demandas restaurativas, en los testimonios analizados no existe una imputación de responsabilidad a entidades a las que se les pueda exigir una reparación, puesto que la responsabilidad causal se circunscribe en fatalidades de la naturaleza, problemas vinculares contingentes o eventos fortuitos de difícil evitación. En las teorías nativas analizadas predominan claves interpretativas terapéuticas en las que el padecimiento es concebido como problema personal y están ausentes marcos cognitivos que politicen el malestar.


  1. A modo de ilustración de los cambios de marcos referenciales para pensar el problema, es útil recuperar lo que cuenta Marcela: “Yo al principio pensaba que era algo orgánico. Ese fue mi primer pensamiento por eso fui al especialista en sueño. De hecho quería que me hagan un estudio del sueño y él mismo lo descartó. Como que eso era el último recurso. Que lo primero puede ser algo psicológico. Entonces bueno, ahí fui aflojando y fui por el lado de la terapia. Y creo que ahí me fui dando cuenta con que tenía que ver con cuestiones sociales en el sentido de, por ejemplo, de la facultad, de que yo me imponía cosas, me imponía un ritmo”. La narradora parte de la consideración de que es un problema orgánico, luego psicológico y, por último, social. Atribuir en primera instancia que el problema es orgánico en vez de índole psicológica suele un aspecto común (Thoits, 1985).
  2. Verónica es el pseudónimo de una de las profesionales entrevistadas en la investigación.


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