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Prólogo

El yo contraído en la sociedad de los titanes. Estudio de narrativas de personas con depresión

Ernesto Meccia[1]

Los lectores están a punto de comenzar una obra ejemplar escrita por un joven investigador que supo combinar (en éste, su primer libro) adecuados recursos teóricos, audacia metodológica, imaginación sociológica y una honda sensibilidad. Esteban Grippaldi estudia los relatos de personas que fueron diagnosticadas y se autoperciben con depresión, un padecimiento social que algunos autores identifican como una “epidemia” que tiene lugar en las sociedades contemporáneas. Investigaciones de organismos como la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud coinciden al mostrar cifras que no encuentran la cima, tendencia a la que deben sumarse los impactos subjetivos del COVID19.

Si nos situamos en el campo de las Ciencias Sociales podemos destacar que, desde los años 80, se fue conformando un amplio espacio enunciativo (a veces teórico, a veces diagnóstico) que se asocia a la depresión o a trastornos subjetivos cercanos: la “era del vacío” (Lipovetzky, 1986), la célebre “modernidad líquida” (Bauman, 2000), la “fatiga de ser uno mismo” (Ehrenberg, 2000), la “corrosión del carácter” (Sennett, 2000), la “sociedad depresiva” (Roudinesco, 2015), “del cansancio” (Han, 2012), la “era de la melancolía” (Blazer, 2005), la “nueva era de la angustia” (Salecl, 2018), la “edad de la depresión” (Horwitz, 2011; 2010), la “moda negra” (Leader, 2011), el “espíritu depresivo de nuestro tiempo” (Fisher, 2018:87). Todos autores que el autor de este libro maneja a la perfección, contorneando un problema de hecho y una problemática para el conocimiento sociológico que los lectores tendrán a la vista con una claridad y espesor impactantes.

Estudiar los relatos de la gente no significa exactamente “darles voz” ni ser su “portavoz”: Grippaldi se encuentra lejos de ese imaginario salvacionista (tantas veces arrogante) del oficio del sociólogo; diría que, al contrario, procura establecerse como un hospitalario canal de transmisión de un conjunto de voces que quieren comunicar a quienes quieran escuchar una dolencia que, por un lado, está secuestrada por distintos discursos expertos (por las ciencias, claro; pero también por las prescripciones procedentes de la galaxia de la autoayuda); y que, por otro, se padece en el momento más “equivocado”: nunca como hoy los individuos cargan con la responsabilidad de llevar adelante su vida, nunca como hoy se llevan a flor de piel las interpelaciones para la auto-construcción exitosa de sí, nunca como hoy (vaya paradoja) se reconocen los orígenes sociales de muchos problemas que nos aquejan y, sin embargo, la solución queda en manos de la propia iniciativa y voluntad. Es, justamente, en este contexto, donde los entrevistados del autor deben convivir con la depresión, un padecimiento insaciable, succionante de las materias necesarias para echarse a andar por los extenuantes senderos de la vida tardomoderna. Los relatos que estudia Grippaldi muestran, en fin, a un conjunto de yoes contraídos a quienes les toca vivir en una sociedad que los condena a ser titanes, yoes que pertenecen a delicadas criaturas sin garantías (ni siquiera ficticias) de felicidad.

Podemos imaginar muchas consecuencias nefastas en varios niveles: la imagen de sí que tienen estas personas, el grado en que esta imagen recoge la mirada que de ellas tienen los demás, los subsiguientes cambios (y quiebres) en la sociabilidad, las deserciones de rutinas e instituciones que validan a una persona como persona, la búsqueda de respuestas en los ámbitos expertos, la falta de respuestas y el cambio de terapia (con el universo de valoración que cada una implica), más un largo etcétera, a cuyo final es más que probable que surja una pregunta de los entrevistados: “¿quién soy?”, y otra pregunta para los cientistas sociales: “¿tendrán recursos cognitivos para expresar auténticamente el malestar que los aqueja, es decir, existirá un marco (frame) de justicia epistémica para ellos? Grippaldi piensa que no y por eso decidió naufragar y dejarse llevar por la corriente los relatos de vida de los protagonistas de su investigación.

Recordamos, siguiendo a Miranda Fricker (2007) que estamos ante una “injusticia epistémica” cada vez que la capacidad de un sujeto para transmitir “su” conocimiento y dar sentido a sus experiencias sociales queda anulada o severamente limitada a causa de opresiones y prejuicios varios. La autora identifica dos tipos de injusticia epistémica: la que se produce cuando un emisor es desacreditado debido a los prejuicios que de él tiene su audiencia, es decir, cuando independientemente de la información que traiga su relato, el mismo es desacreditado a causa de quién “es” el testimoniante (“injusticia testimonial”); y la que se produce cuando un colectivo no tiene capacidad para comprender la experiencia social que lo envuelve debido a una falta de recursos interpretativos, lo cual lo pone en desventaja para hacer ver y hacer valer ante el mundo su punto de vista (la “injusticia hermenéutica”). Esteban Grippaldi sabe de los estigmas que aterrizan en la vida de las personas que viven con depresión y conoce, además, la notoria cantidad de discursos expertos que los definen a ellos y a su dolencia. Y es consecuente con la posición ética que supone la búsqueda de justicia epismética: coloca como telón de fondo los discursos expertos y pone en primer plano la voz de los entrevistados. Puedo decirlo de otra manera: no se desentiende de los discursos legítimos pero su apuesta es ver qué hace la gente con ellos: cómo se los naturaliza, cómo se los apropia, cómo se los hibrida, cómo se los instrumentaliza, cómo se los resiste, descubriendo (aunque no me corresponde adelantar en detalle los hallazgos) variadas y sorprendentes formas en que las narrativas del yo hacen la diferencia.

En su libro de memorias (Darkness Visible, 1990) el escritor estadounidense William Styron expresó que:

Cuando por primera vez tuve conciencia de que era presa del mal, sentí necesidad, entre otras cosas, de formular una enérgica protesta contra la palabra «depresión». […] Un sustantivo de tonalidad blanda y carente de toda prestancia y gravedad, empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondanada en el terreno, un auténtico comodín léxico para designar una enfermedad tan seria e importante”. (2015: 41).

El trabajo que Esteban Grippaldi realizo con las narrativas da cuenta de la situación de inflación discursiva contra la que protestaba Styron. En este libro podremos verlo armando con muy buen criterio aquello que los metodólogos llaman una “muestra” que estuvo conformada por personas cuyos itinerarios terapéuticos tuvieron paradas en el psicoanálisis, en las terapias holísticas, en distintos espacios rehabilitación psicosocial, en la psicología cognitivo-conductual, en la terapia sistémica y en la psiquiatría. Y también podremos verlo argumentar con notoria solvencia que los testimonios no homenajean de forma clara a ninguna oferta terapéutica, como si a la hora de dar sentido a una experiencia en gran medida indecible, lo único valedero sea el mismo relato que pudieron ir construyendo a lo largo del tiempo y que un día compartieron con Esteban.

Hay dos imágenes que brotan de mi mente cuando pienso en este libro. Son dos imágenes que me llevan a pensar en el oficio del sociólogo. La primera corresponde a “Melancolía”, una obra del pintor impresionista de Edgard Degas, de 1869. Pocas veces he sentido tanto una pintura: allí hay una mujer profundamente angustiada, cruza sus brazos sobre el abdomen como si le doliera la barriga o como si allí estuviera su alma. Tiene los ojos cerrados y no hay nadie a su alrededor. Sufre en silencio y en soledad. El vacío que la rodea en la pintura es tremendo; la sensación de incomunicación asfixiante. La segunda imagen es “El grito”, conocidísima obra de Edward Munch (1893) que, dicho no sea de paso, se ha convertido en un ícono cultural de todas las formas de sufrimiento. Según dicen tiene varias versiones; en todas hay una figura andrógina en primer plano, que simboliza –dicen, también– a un hombre moderno en un momento de angustia y desesperación existencial. A ciencia cierta no se sabe si la persona con cara de espanto grita u oye un grito que no quiere oír y se tapa los oídos. También parece que ve algo. Lo cierto es que si la comparo con “Melancolía” veo también una soledad que da miedo pero la figura pudo dar el grito o alguien pudo gritar. Un grito, en rigor, no podría considerarse una narrativa pero acaso pueda ser su inicio. Grito llamado de alerta; grito por algo; grito para alguien.

Pienso entonces en todo lo que puede significar la escucha cuando hablamos del oficio del sociólogo: escucha para acompañar, escucha para aprender, escucha para hacer decir aunque no se sepa qué ni cómo (no importa: el mismo proceso de la escucha se encargará de sacar los pesares afuera). El libro que ahora comenzarán a leer –no tengo dudas– es un gran ejemplo de ese estilo de hacer Sociología. Deseo que Esteban Grippaldi y sus entrevistados tengan una infinidad de lectores.

 

Buenos Aires, 17 de enero de 2023


  1. Doctor en Ciencias Sociales, magíster en Investigación en Ciencias Sociales y sociólogo, egresado de la Universidad de Buenos Aires. Profesor regular de grado y posgrado en la UBA y la Universidad Nacional del Litoral, Director del Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL.


1 comentario

  1. renacuajo 13/11/2023 6:19 pm

    Interesante prólogo lleno de significaciones y aportaciones para interesar al lector. Enhorabuena

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