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Historias en las esquinas

Biografías juveniles en contextos
de supervivencia

Julieta Arancio y Julieta Castro

Introducción

La palabra rendirse no existe en lengua verdadera.

Los otros cuentos

En este capítulo presentamos algunos resultados de una investigación[1] realizada en el marco del proyecto más amplio “Jóvenes de sectores populares y búsquedas de reconocimiento en ámbitos educativos y escenarios urbanos de la ciudad de Córdoba” (SECyT, UNC), que ha estado centrada en la comprensión de las sociabilidades juveniles como prácticas relacionales entre pares, que operan en el reconocimiento de sí mismos y de otros actores en escenarios urbanos de la ciudad de Córdoba, Argentina. Desde una concepción psicosocial que adhiere a miradas plurales de la juventud, nos integramos a la línea de investigación sobre los procesos de socialización, sociabilidad y reconocimiento en esferas familiares, laborales, educativas en contextos urbanas de profunda periferización urbana (Valdés y Cargnelutti, 2014).

El objeto de estudio que se construye en el proyecto marco con el que dialoga este trabajo aborda ejes tales como juventudes, socialización, vínculos intra e intergeneracionales, en escenarios cotidianos, barriales y/o escolares, así como también las demandas y/o expectativas de reconocimiento juvenil. A partir de dichos ejes, la pregunta de este proyecto de investigación es ¿cómo los jóvenes varones en situación de desigualdad social construyen en sus experiencias de socialización, significaciones en torno a prácticas sociales reconocidas como legítimas?

Asumimos que la dimensión del sentido subjetivo y las acciones sociales para la procuración del respeto social y personal de los jóvenes se entraman en sus redes de sociabilidad entendidas como prácticas relacionales que adquieren lógicas específicas (Paulín, 2011). En ese sentido, en este estudio hemos recuperado la perspectiva teórica del equipo sobre los procesos de construcción de reconocimiento juvenil en sus tramas vinculares afectivas, grupales y comunitarias para orientar nuestra indagación sobre la construcción de legitimidad desde la perspectiva de los jóvenes.

Para dar cuenta de estas preguntamos nos centraremos en el análisis de tres relatos biográficos coconstruidos con jóvenes varones de un sector específico de la zona norte de la ciudad de Córdoba. Intentaremos desde una breve lectura de realidad del barrio (en adelante) La Posta, contemplar la dimensión comunitaria, histórica y situada que asumen los relatos.

Este recorrido nos acercó a las trayectorias biográficas de los jóvenes, atravesadas por dos líneas de sentido fuertes. A partir del análisis de categorías nativas, encontramos estas líneas vinculadas a la construcción de ciudadanía y otra a la participación en los consumos en una dinámica territorial multidimensional. Nosotras conceptualizamos estas categorías como luchas por el reconocimiento y como modalidades de supervivencia.

La construcción de los datos para el análisis de nuestro objeto de estudio deviene del enfoque biográfico, como mirada en la cual toma sentido la utilización del relato de vida como herramienta fundamental de investigación de los sentidos subjetivos juveniles sobre sí mismos y sus prácticas sociales en el contexto de una fuerte vulneración de sus derechos sociales. Esta técnica implica una práctica social donde confluyen dimensiones ontológicas, éticas y epistemológicas (Cornejo, Mendoza y Rojas, 2008). El trabajo de campo para el despliegue de las historias de vida incluyó de tres a cinco encuentros con cada joven de aproximadamente noventa minutos con intervalos de siete a diez días entre uno y otro. La propuesta comenzó con un acuerdo-encuadre de trabajo, donde se compartió el propósito del trabajo de investigación y se inició un vínculo de cooperación con resguardo de la confidencialidad de la información.

En las sucesivas entrevistas se solicitó que identificaran acontecimientos significativos a partir de los cuales se confeccionó un listado. Estos fueron desarrollados en las conversaciones posteriores en cada nueva entrevista. Se abordaron, entre otros temas, los vínculos afectivos de los jóvenes (familias de origen, parejas, grupos de pares) y su relación con distintas instituciones (trabajo y educación), sus experiencias de sociabilidad y procesos de vulneración en el barrio de residencia y en la ciudad. A medida que se desarrollaron los encuentros, se desgrabaron las entrevistas y se acordó con cada joven una versión final del relato.

Al finalizar la serie de entrevistas, se invitó a construir una línea de vida, en la cual el joven pudo ubicar los acontecimientos significativos en un orden, explicando los motivos de la elección. Según Leclerc-Olive (2009), la selección de estos acontecimientos cumple una función temporalizante que permite visualizar al joven un “calendario privado”, en el que se despliega su dimensión subjetiva, propiciando así su reflexividad y la construcción dialógica conjunta. En relación a esto, y siguiendo los desarrollos de la autora, es relevante explicitar que los sucesos vitales son seleccionados, descritos y evaluados por el sujeto a la luz de sus experiencias posteriores, lo que determina el carácter performativo del relato de vida, ya que no recupera una historia sino que la instituye desde el presente a través de la elección de los sucesos.

A su vez, como se plantea en la introducción del libro, estos sucesos permiten vincular la experiencia individual con el contexto social para comprender los sentidos de esta y los procesos sociales que en ella se desenvuelven (Kornblit, 2010). Es decir que la práctica narrativa combina una función temporalizante y, a la vez, de reflexividad, donde el sujeto puede ubicarse en una trama social compleja.

Asumimos que la creación de los relatos biográficos se encuentra atravesada por el lugar desde donde lo producimos, con la participación de otros, quienes no solo son participantes y protagonistas, sino también destinatarios de tal relato. Será esta una razón más para reflexionar acerca del proceso de producción de conocimiento que emprendimos con los jóvenes.

Trabajar en el barrio se tornó una apuesta epistemológica, ya que implicó habitar los espacios de referencia, compartir dinámicas de encuentro y transitar junto a los jóvenes las lógicas temporo-espaciales que los atraviesan. Es aquí donde nos encontramos con desafíos novedosos en lo que refiere específicamente al dispositivo con el que se plantea el trabajo con relatos biográficos desde el equipo de investigación. Hasta el momento, en el equipo se estaba trabajando en contextos educativos (en su mayoría) o en espacios barriales con anclajes institucionales que brindaban espacios físicos con disponibilidad para coordinar encuentros y/o entrevistas. En nuestro caso, pensar las entrevistas en un contacto íntimo con los jóvenes presentó nuevos desafíos. Ante el ideal de un encuentro cara a cara con los jóvenes donde configurar un encuadre claro y flexible para una entrevista, la esquina, la plaza o la canchita de fútbol se constituyeron como escenarios concretos para construir un tiempo de intimidad con ellos.

A medida que se realizaron las entrevistas, los datos se sistematizaron, primero con una codificación abierta o creativa, a partir de la cual emergieron diferentes categorías que se agruparon según el criterio de recurrencia. Luego, tomando esta construcción inicial como punto de partida, realizamos una codificación axial, siguiendo los criterios propuestos por la Grounded Theory (Strauss y Corbin, 1990). También fuimos elaborando descripciones analíticas a partir de los registros de observación y entrevistas a informantes claves adultos, que nos permitió contextualizar el discurso de los jóvenes.

Acceso al mundo de experiencias de los jóvenes del barrio La Posta

Comprender y reflexionar sobre el contexto donde se inscribe este trabajo nos sitúa frente a una lectura de realidad que pueda pensar el espacio social como productor de sentidos. La realidad como construcción frente a la cual siempre estamos haciendo lecturas e interpretaciones es en su naturaleza conflictiva y relacional (Barrault, 2008). Nos parece importante explicitar, en un breve recorrido histórico, aquellos aspectos claves que atravesaron a nuestro país durante las últimas décadas y aportan un marco de lectura referenciado a la hora de analizar nuestra práctica.

En primer lugar, es a partir de la llegada del Estado de bienestar peronista, en la década del 40, que comienza a surgir la idea de acceso a derechos y garantías sociales. El Estado como garante, contribuye a la distribución de los recursos de manera más equitativa, con mayor participación de los sindicatos y un fuerte desarrollo de la clase media. Sobre las bases de lograr mayor cohesión social e integración de los sectores más desfavorecidos, los gobiernos peronistas favorecen la inclusión laboral y el fortalecimiento de la industrialización (Flores, 2007).

Luego de este período, la sucesión de gobiernos dictatoriales se condice con una etapa de ajuste estructural que abre camino al modelo liberal. Las mutaciones institucionales y transformaciones estructurales ocurridas a partir de los años 70 en nuestro país crearon progresivamente condiciones de pauperización, desempleo estructural y principalmente de fragmentación social, lo que introdujo mayor conflictividad en las redes de sociabilidad intergeneracional de los jóvenes (Míguez, 2008).

Posteriormente, tras la inclemencia del neoliberalismo de los años 90, el entramado social se diluye y fragmenta: la integración social por la vía del trabajo estable y bien remunerado se debilita y en un efecto de vasos comunicantes se acrecienta el peso del barrio, como lugar de pertenencia y como escenario de los conflictos políticos (Kessler, 2004). La falta de dinero y de trabajo, el creciente aislamiento de los habitantes y el lugar preponderante que cobran los planes sociales en sus estrategias de supervivencia realza el papel de red clientelar y políticas asistencialistas del Estado neoliberal.

La continuidad de este modelo de gestión en Córdoba se traduce en la delegación de la resolución de los problemas a la institución policial, que a su vez se vincula con aspectos legislativos, discursivos y ejecutivos provinciales. En la última década de transición, nos encontramos con una marca que atraviesa ideológicamente al gobierno de la provincia de Córdoba: las políticas de seguridad comienzan a protagonizar la agenda gubernamental cordobesa a partir del año 2003.

El barrio La Posta es una de las comunidades que resulta afectada por estas políticas de seguridad de tipo represivas, donde muchos de los jóvenes que viven en el barrio son detenidos y expuestos en diversos operativos policiales que tuvieron su epicentro entre 2013 y 2016. En la cotidianeidad de este territorio es sistemático el hostigamiento de las fuerzas policiales y se han sucedido varios hechos de fusilamiento a jóvenes en manos de agentes policiales.

Los primeros asentamientos en la zona se registraron en 1970: un conjunto de precarias viviendas a la orilla de un canal de desagüe fluvial, con condiciones ambientales muy riesgosas para la salud y con la presencia de enfermedades respiratorias y desnutrición en niños y adultos. En el barrio actualmente conviven aproximadamente 150 familias, que obtuvieron sus viviendas a través de dos procesos, 21 viviendas se construyeron con un sistema de esfuerzo propio y ayuda mutua en 2002; y las 93 restantes, se construyeron en 2007 a través de un programa habitacional del gobierno de la provincia de Córdoba.

La Posta se caracteriza por sus historias de lucha de sus pobladores en torno al hábitat, los derechos a una vivienda propia y a las prácticas participativas en salud. Sin embargo, actualmente se observan muchas dificultades para la organización y el trabajo conjunto en pos de objetivos comunes.

Una actividad económica central para los jóvenes varones es la producción de materiales de construcción. Los cortaderos y hornos de ladrillos aparecen como la posibilidad de trabajo “disponible” en el barrio ya que en sus alrededores no hay comunidades contiguas, sino terrenos privados que no presentan ningún tipo de construcciones habitacionales. Entre finales de 2013 y principios de 2014 múltiples espacios comunes, como el salón comunitario, la guardería –donde antes de tener su propio edificio funcionaba un centro asistencial de salud pública– fueron ocupados por pobladores del barrio, como así también otros espacios públicos-baldíos donde familias completas fueron construyeron sus viviendas. Estas ocupaciones implicaron, además de conflictos y situaciones de violencia entre la comunidad, la desaparición de los espacios de encuentro y uso común que los jóvenes y demás miembros de la comunidad compartían.

En el año 2016 comienza a ingresar al barrio el transporte público los días hábiles (solo en dos horarios) luego de múltiples reclamos. Para tener acceso a otros servicios, los pobladores deben caminar al menos 3 kilómetros. Esto implica que para acceder a instituciones educativas (dado que no existen en el barrio establecimientos educativos de nivel primario ni secundario), así como para trasladarse a los lugares de trabajo o esparcimiento, los sujetos deben hacer como mínimo ese recorrido a pie. Lo mismo sucede en relación a la salud ya que el único servicio localizado en el barrio es una Unidad Primaria de Atención de la Salud, cuyo horario de atención es insuficiente para los vecinos.

Estas características ubican a la población en una situación de aislamiento y soledad geográfica, siendo el acceso a distintos servicios limitado o nulo lo que perpetúa la vulneración de derechos elementales. Entendemos que cada una de las situaciones que describimos constituye un escenario complejo y estructuralmente vulnerabilizante, que se cristalizan y multiplican cuando nos enfocamos en las juventudes.

Reguillo (2008) propone tres ejes para aproximarse a la problemática de la violencia hacia los jóvenes en Latinoamérica como la erosión de los imaginarios de futuro, el aumento exponencial de la precariedad tanto estructural como subjetiva y la crisis de legitimidad de la política, asumiendo que dicha problemática está atravesada por dimensiones estructurales, políticas y simbólicas en las trayectorias juveniles.

Consideramos que en estos contextos donde investigamos, en términos de dimensión política, cobra centralidad el aparato represivo del Estado que construye escenarios de violencia y miedo como condición estructural asociados a las condiciones de desigualdad social. Las formas particulares de operar no son aleatorias, sino el resultado de una serie de factores articulados.

En este sentido, la política de seguridad en Córdoba tiene sin dudas una característica que la define: la constitución de la policía como el actor central en su implementación. El ejercicio de poder se plantea sobre los cuerpos a distancia (Lazzarato, 2006), es decir, sobre el medio ambiente de los sujetos a controlar, habilitado legalmente por el Código de Faltas –hoy Código de Convivencia– de la provincia de Córdoba. Este código normativo urbano permite un exacerbado control policial, que deriva muchas veces en abuso, arbitrariedades policiales y muertes de jóvenes. El mismo control a distancia que se ejerce selectivamente sobre determinados cuerpos es el que vulnera la libre circulación de los jóvenes por los espacios de la ciudad, generando un clima de vigilancia que interpela a los cuerpos en general y a los territorios en particular. El barrio se convierte, muchas veces, en el único espacio donde es “seguro” transitar. La experiencia de atravesar espacios públicos fuera de los barrios supone para muchos jóvenes la tarea de lidiar con situaciones de discriminación, debido a los prejuicios asociados con sus lugares de residencia (García Bastán y Paulín, 2016).

A su vez, la única presencia territorial del Estado en muchos barrios de la ciudad de Córdoba lo constituye la misma policía (Ardiles, Castro y Rebollo, 2015). Cuando esta no interviene en los conflictos genera un modo de resolución que responde a la misma lógica de violencia que se impone con las políticas de “seguridad”. Las prácticas y el dispositivo represivo como única posibilidad de pensar la seguridad queda explícito, visible, tangible y además es demandado y avalado por gran parte de la sociedad.

El estudio de las violencias como problema social nos enfrenta a una heterogeneidad compleja de significaciones tal como enuncia Pablo Di Leo “en nuestra sociedad el término violencia muchas veces funciona más como categoría moral que descriptiva, asociándose a los comportamientos o las palabras inaceptables, insoportables, contrarios a la seguridad, la civilización, la humanidad, la modernidad” (2013: 127). Esto nos invita a profundizar en las significaciones juveniles sobre las legitimidades en sus prácticas cotidianas para comprender las singularidades que adquiere la participación de los sujetos jóvenes en los conflictos presentes en sus territorios y sus posibilidades de luchar por el reconocimiento personal y social.

Presentación de los jóvenes

Entre mayo y septiembre de 2016 coconstruimos tres relatos de vida de varones de entre 20 y 24 años de edad. Se trata de jóvenes que han aceptado el desafío de compartir lo vivido y quieren “contar su propia historia”. Con cada uno de ellos se realizó una serie de entrevistas individuales y sucesivas; tres, cuatro y hasta cinco, dependiendo de cada sujeto. Se tomaron los resguardos éticos para preservar el anonimato y el consentimiento informado tanto del barrio como de las personas que formaron parte de la investigación y construyeron los tres relatos de vida que componen el corpus empírico: Juan (20 años), Pedro (23 años) y Marcos (24 años).

Juan

Es un joven de 20 años, vive actualmente en la casa que era de su mamá (fallecida) con dos de sus hermanas, un sobrino y una pareja de jóvenes del barrio. Mientras nos encontramos para la coconstrucción del relato, sus ocupaciones fueron variando, pero la mayor parte del tiempo estuvo trabajando para una empresa constructora, como obrero en la edificación de casas.

Juan es el primer entrevistado, se mostró interesado con la propuesta y además se ofreció a invitar a otros jóvenes (en charlas informales en la calle le dice a otro joven: “Dale loco, está mortal, vas pensando en algunas cosas y armás la historia de tu vida”). Los encuentros fueron siempre acordados previamente en las entrevistas y/o por celular; en la segunda entrevista, llega a nuestro encuentro preocupado porque sabía que estaba demorado ya que había perdido el celular y no tenía cómo avisarnos. Cuando terminamos la entrevista nos pide disculpas por llegar tarde y nos muestra que tenía un arma, nos dice que la noche anterior se la habían empeñado por droga y tenía que aprovechar para ir a “hacerse un celular”. Para la coconstrucción de los relatos, Juan eligió siempre la puerta de su casa, lugar por donde circulaba mucha gente, razón por la cual momentáneamente se interrumpían por varias razones las entrevistas.

De parte de Juan hubo una demanda explícita del encuentro, aún cuando terminábamos nos refería que aún podría contarnos más cosas de su vida, nos acompañaba a buscar a alguno de los otros jóvenes y en el camino nos seguía contando momentos de su vida vinculados principalmente a situaciones de maltrato de cuando era un niño y referencias de la dinámica espacial del barrio.

Pedro

Es un joven de 24 años, vive con su mamá, su papá, algunos de sus hermanos y sobrinos. Terminó la escuela primaria. Mientras nos encontramos para la coconstrucción del relato, sus ocupaciones fueron variando, en los primeros encuentros estuvo trabajando como obrero en un country, luego estuvo sin trabajo. Para coordinar los encuentros no teníamos comunicación por teléfono celular, por lo que la forma de acordar era en encuentros previos una futura fecha, que en el transcurso de la semana podía no corresponderse con lo planificado, también hubo al menos dos encuentros que suspendimos debido a que Pedro se había olvidado de la fecha.

La elección de los lugares de encuentro fueron “la grutita de Germán” (homenaje a su amigo fusilado por dos policías dos años atrás) y la puerta de su casa.

El último encuentro con Pedro, cuando revisamos el relato final, nos cuenta que había viajado a una ciudad del interior de la provincia –a unos 200 km de la ciudad de Córdoba–, para trabajar en una obra:

Volví porque extrañaba mucho a la familia […] era como estar en la cárcel eso, no había nadie ni para charlar, aguanté 11 días atando columnas con alambre, pero la segunda semana fue terrible, trabajaba hasta los sábados y domingos, de alguna manera había que matar el tiempo. (Pedro, 24 años)

Al volver al barrio, se encuentra nuevamente trabajando en un horno de ladrillos: “volvés y es lo mismo de siempre, es difícil.” En este encuentro volvemos a sentir, como nos pasó con Juan, la demanda de un tiempo de escucha y encuentro. Al preguntarle a Pedro cómo se siente al volver a escuchar-se luego de leer el relato final, nos dice: “[…] Es que es así, es tal cual, a mí me hace bien también hablar toda estas cosas con ustedes. [Silencio] ¿Cuándo presentamos el libro? [Risas]”.

Marcos

Es el último joven con el que acordamos coconstruir el relato biográfico. Tiene 23 años, vive en la casa materna, con su mamá, cuatro de sus siete hermanos y dos de sus sobrinos. Actualmente está en pareja con una joven que vive a pocas cuadras de su casa, trabaja en un vivero; está construyendo su casa en el mismo barrio, en un terreno a orilla del canal y además trabaja en el emprendimiento de uno de sus hermanos en una fábrica de macetas. Tanto las mujeres como los varones que viven en la casa trabajan en empleos informales. Marcos dejó la escuela a los 12 años, trabaja desde los 10 y los empleos han sido variados.

Su familia tiene trayectoria en la participación de organizaciones sociales, que en el barrio se organizaban en torno a una cooperativa de viviendas. Marcos junto a su hermana han sido jóvenes que expusieron situaciones de abuso policial en el barrio luego del asesinato por un oficial de un joven del barrio al cual reconoce como su primo (aunque este vínculo no se corresponda con un lazo sanguíneo).

Cuando nos encontramos por primera vez –volvía de trabajar un sábado por la tarde– fue frente a la esquina del barrio donde suelen encontrarse los jóvenes varones. Nos contó que estaba trabajando en la construcción de su casa, que poco a poco la estaba levantando, que lo hacía así porque la construía en el tiempo libre y/o a la salida de su trabajo. Ante la pregunta de cómo estaba se mostró preocupado y molesto por distintas situaciones que se estaban dando en el barrio que señalaba como “violentas”, “innecesarias”. Nos cuenta que por algunas de esas situaciones ya no se estaba juntando en la esquina y que le gustaría hacer su historia de vida.

Para la coconstrucción de los relatos nos comunicábamos previamente por teléfono y acordábamos hora, fecha y lugar donde encontrarnos en el barrio. “La grutita de Germán”, la vereda de la casa de su familia y una plaza cerca de su trabajo fueron los espacios que Marcos eligió.

Modalidades de supervivencia y construcción de ciudadanía

Nuestros dolores y rabias buscan la verdad y la justicia. En muchas lenguas, idiomas, signos, nombramos a quien falta. Y cada dolor y cada rabia toma un nombre, un rostro, una historia, un hueco que duele e indigna. El mundo y su historia se llenan así de ausencias. Y esas ausencias se hacen murmullo, palabra fuerte, grito, alarido.

Los otros cuentos

En este apartado intentaremos dar cuenta de las dinámicas formas de vinculación y de resignificación de las prácticas entre pares, con los adultos y en particular, con los agentes de la policía. El lugar de la autoridad se disputa en la lucha por el territorio y por el reconocimiento. Allí se trazan nuevos pactos, donde se interpela la condición de ciudadanía y seguridad para los jóvenes.

En primer lugar, nos resulta importante situar el rol del Estado en la lucha por el reconocimiento de las y los jóvenes del barrio. Si nos detenemos sobre la narrativa de la contingencia cotidiana y en las teorizaciones sobre violencias y juventudes, encontramos que las fuerzas de seguridad aparecen como el único actor del Estado con posibilidad de intervenir en los conflictos comunitarios:

Ahora cambió el comisario, este viene y te dice: voy a pasar a dar un par de vueltas para que vean que anda la policía. A un par de los chicos en la entrada del barrio y les dijo: hasta las tres de la tarde se quedan piolas, no me rompan los huevos a mí, yo no le rompo los huevo a ustedes […] Desde ese momento que no entraba la policía robaba hasta el más chico, y ahora sigue igual no cambio mucho…dejaron liberada la zona. (Pedro, 24 años)

Va de mal en peor esto, estoy seguro que es así, y en nada cambió. Por lo menos hasta antes que lo mataran a Ger, robaban y nadie se enteraba, nadie sabía, se iban a otro lado, anda saber que choreaban, a donde lo metían. Ahora es increíble, le chorean a un guaso ahí, vienen acá y andan ofreciendo casa por casa, nos les importa nada. (Marcos, 23 años)

Para Kessler los jóvenes se encuentran ante “la dificultad para reconocer la legitimidad de un tercero autorizado para intervenir en conflictos privados –como la intervención de la policía cuando roban a alguien, de los vecinos al denunciarlos por robar en otros barrios–, y en un sentido diferente, la exclusión de su campo de pensamiento de la posibilidad de la intervención del Estado, en tanto representante último de la ley, para ayudarlos a resolver sus necesidades” (Kessler, 2004, p. 251).

Comprender los sentidos que se construyen y atraviesan estos conflictos aparecen como expresiones de reconocimiento para sí y para la comunidad en la que viven. La conflictividad emergente en el encuentro con la institución policial nos conduce a repensar los procesos de vulnerabilidad social y la construcción de subjetividad. En primer lugar, la estigmatización que recae sobre determinados barrios y espacios urbanos, y en segundo, sobre ciertos cuerpos, consumos y maneras de estar en el mundo. Sin dudas, la violencia que protagoniza la institución policial, aparece como una de las experiencias más repetidas, graves y cotidianas para los jóvenes y en los relatos aparece como una marca evidente en sus trayectorias biográficas:

Nosotros no queríamos que esté acá trabajando (un policía) en La Posta, porque era el que estaba más apuntado, que nos verdugueaba, nos hacía maldades, nos quitaba la plata. Si andaban con un porro les quitaba el porro, les quitaba la plata y los mandaba a la casa, a los menores. Acá no lo quería nadie al guaso. (Marcos, 23 años)

La experiencia juvenil da cuenta de que el actor social “policía” es una imagen que se construye a partir de la persecución, el hostigamiento y el abuso, que interpelando la condición de ciudadanía y la idea de que la institución que debería brindar algunas garantías y mediar en el conflicto comunitario se invierte y ubica al joven en un lugar de delincuente, perseguido, peligroso, objeto de vigilancia.

El maltrato sistemático por parte de la institución policial instaura pautas violentas que atentan contra la integridad subjetiva de muchos jóvenes. En particular sobre aquellos en los que recaen construcciones estigmatizantes, ya sean por su lugar de procedencia, sus consumos o sus estilos culturales. Estas construcciones se corresponden con la mirada selectiva de políticas represivas avaladas o al menos invisibilizada, por los medios de comunicación en connivencia con el poder político y judicial.

Yo estaba laburando ese día, y vi todo el embrollo que armaron porque pasaron por el frente del horno, después vine y cuando me estaba bañando se escuchaba “¡Plum! ¡Plum! ¡Plum!”. No veía la hora de salir, y cuando llegué a la esquina estaban a los tiros, con caravana, con guardia de infantería. Y bueno ahí nomás nos prendimos todos, entramos a tirar piedras. (Pedro, 24 años)

Antes nosotros sabíamos estar en la esquina, la policía pasaba y tenías que tirar el faso. Ahora no, puedo fumar de una, si se frenan ¡pum!, me retobo, lo corro con piedras y se van. Es otra cosa, cambió para mucho, no está más como antes, es como que acá la policía no manda. (Pedro, 24 años)

La adjudicación de los “tirapiedra” remite a un hecho histórico para la comunidad: el enfrentamiento entre la comunidad y la policía durante un allanamiento en el que ante las balas oficiales la respuesta fue colectiva entre vecinos de cubrirse entre tapiales y cartones y tirar contra los agentes policiales con escombros y piedras que traían de los hornos de ladrillos. Lo que se actualiza es la disputa por el territorio, la capacidad de resistir y la búsqueda de subvertir la violencia territorial. Lo que podemos leer en la voz de Pedro tiene que ver con la vivencia de “provocación” entre la institución policial y la respuesta juvenil.

A los chicos le pegaba, a los que venden droga, le cobraba coima. El tipo se drogaba, andaba en el patrullero solo, drogadazo, vos lo veías que andaba solo como buscando lío, miraba a todos, a dos por hora iba, los miraba de pie a cabeza, como para que le digan algo, y acá todos lo respetaban. Además a muchos los frenaba, y para no llevarlos presos, le quitaba la plata. (Juan, 20 años)

Le he pagado a la yuta para que no me lleve varias veces, pero por andar fumando faso o para que no nos llevaran la moto, era el mismo policía que le pegó el tiro a Ger, un corrupto, un fuera de ley. (Pedro, 24 años)

Unos días antes que mataran a Ger, ese oficial mató a un guaso de cuatro tiros. Lo mató como un perro, y acá nadie lo conocía. Mis hermanos salieron y le decían: “¡eh!, hijo de puta, no seas tan abuso, como lo vas a matar así”. Sacó un revólver y les dijo: “métanse adentro que los mató a ustedes también (Marcos, 23 años).

Queremos situar en este punto las rupturas que se establecen al interior de los discursos del orden cuando nos aproximamos a las realidades concretas de los actores. Parecería que las formas se asemejan más a la disputa por el dominio de un territorio que por impartir justicia y/o equidad ante la ley.

Míguez (2008) encuentra que en las dinámicas intrabarriales la policía emerge como una banda más con la cual se juega la lucha por el reconocimiento, y en su vertiente negativa, la instauración del desprecio. El reconocimiento como regulador de la relación joven-policía va más allá del menosprecio que imprime uno sobre otro, hay una gran posibilidad de muerte por el simple lugar en donde viven, donde la disputa resulta mortal, frente a la posición de desventaja estructural de la población juvenil marginal.

El carácter dinámico y relacional de los procesos de vulnerabilidad solo puede abordarse a partir del análisis empírico de las trayectorias vitales. La pérdida y el posterior duelo producen un quiebre en la temporalidad biográfica que marca para siempre las identidades de los sujetos (Di Leo, 2013).

Observamos que a pesar de que la violencia estructural aparece como instalada y hasta naturalizada por los diferentes actores de los territorios, este hecho no impide que muchos de ellos la reconozcan e identifiquen como ilegítima y busquen modos de resistir o de desafiarla, apelando a una dimensión de reconocimiento por parte de un otro, en una relación que perpetúa las desigualdades, las vulnerabilidades y las violencias marcadas históricamente en sus trayectorias biográficas.

Fue feísimo verlo tirado ahí. Para todos, para el barrio. Él no tenía maldad para nada, no había ni madurado, fue duro verlo tirado como un perro. Todos lo querían mucho, por eso también las marchas todo, se hacía querer, se hacía querer el guaso. (Marcos, 23 años)

Cuando lo mataron, automáticamente salió en todos los noticieros. Decían que habían matado a un supuesto delincuente que en una persecución, en un intercambio de disparos, que un efectivo mató a un supuesto ladrón, que supuestamente venían de robar. Pero nunca robaron nada, nunca llevaron armas como decían. Eso por suerte con el tiempo se supo en la tele, en todos lados que no fue así. Si nosotros no hacíamos todas las movidas, iba a quedar en la nada, Mariano, el primo, iba a quedar preso, y es así cómo pasa. (Marcos, 23 años)

Desde ese entonces [después de las movilizaciones del barrio por el fusilamiento de Germán] cambió bastante, la gente se animó a denunciar, a discutirle a la policía, se animó a un montón de cosas. El día que nosotros fuimos e hicimos los cortes, todo eso contra la policía, ahí realmente la policía tenía miedo, hasta llegar a no entrar acá por mucho tiempo. Ya no era el miedo de la gente a la policía, sino la policía a la gente. La gente cambió mucho la mentalidad, fue como una revolución que hubo en el barrio, cambió. (Marcos, 23 años)

Las pérdidas afectivas y la marca subjetiva de la muerte en las trayectorias biográfica referencian en el caso de la Posta una marca en la comunidad que repercutió en acciones concretas frente a la presencia policial. Desde los relatos, vemos cómo se llevan a cabo procesos de legitimación que se construyen en torno a la muerte en la comunidad: ¿quién muere? ¿Cómo muere? ¿Por qué muere?

El sentido de justicia, vinculado a la necesidad de demostrar que la muerte era sin merecimiento, aparece vinculado a la visibilidad mediática del hecho y para esto el reclamo comunitario aparece como una clave para lograr la libertad de uno de los jóvenes y la condena a los oficiales. En esta dimensión del fusilamiento (gatillo fácil) entra en conflicto la construcción de legitimidad que se hace frente al accionar policial y sobre las vidas que merecen ser vividas. Lo bueno-lo malo, lo ocultable-lo mostrable toma nuevos sentidos cuando lo que se ve implicado en la intersección son marcas subjetivas en la identidad de los jóvenes.

Si bien existen tensiones permanentes entre la demanda de la presencia y el accionar policial en el barrio entre los discursos de los adultos y los jóvenes, es bastante generalizada en las experiencias que el encuentro con esta institución es conflictivo y deja profundas marcas en los cuerpos, los vínculos y los soportes subjetivos presentes en cada uno de los relatos.

Por último, más allá de caracterizar el accionar policial ilegal y violento en términos estructurales, institucionales y situacionales, nos interesa destacar que las profundas tensiones que encontramos en las lecturas de los jóvenes en relación a la emergencia de los conflictos en el territorio, tienen que ver con una construcción histórica y política en la cual participan de manera activa.

Encontrar definiciones unívocas en torno a esto no resulta posible, ni deseado por este equipo, sin embargo, sí lo es complejizar los anclajes situacionales y las significaciones que se entraman en la resolución de sus propios problemas. Se trata del despliegue de diferentes herramientas, con distintos niveles de legitimidad, que buscan superar las condiciones de una democracia sin ciudadanía, de vidas que merecen ser vividas.

Modalidades de supervivencia y participación en los consumos

Muchas veces los discursos de la academia, el poder político y judicial y los medios hegemónicos de comunicación abonan la idea de que los jóvenes legitiman prácticas violentas por la falta de valores y/o la desintegración familiar. Sin embargo, nuestra intención procura disputar estos sentidos y lecturas moralizantes y psicologistas, que entendemos resultan simplistas al negar, eludir o invisibilizar las condiciones estructurales en las que muchos jóvenes trazan y construyen sus biografías.

Al igual que lo que sucede con la escuela, el trabajo perdura hoy en el discurso de los jóvenes, como forma legítima de ascenso social y la única forma de construcción de respeto y dignidad.

El trabajo dentro del imaginario juvenil está ligado a las peculiares características de las modalidades locales de desempleo (inestabilidad, alta rotación entre puestos precarios, de bajos ingresos, poco calificados, de corta duración, intercalados con períodos de desempleo, subempleo y salida del mundo laboral como producto del desaliento). La escuela aparece en las trayectorias vitales como marca de expulsión y/o menor nivel educativo y calificación; de hecho, los jóvenes con quienes coconstruimos los relatos enunciaron una correspondencia entre dejar la escuela y dedicarse a tiempo completo a sus trabajos. Estos no son problemas totalmente nuevos para los jóvenes, ya fueron sus padres y otros adultos significativos los que exhiben hoy trayectorias laborales íntegramente inestables.

En este contexto, muchas veces, el horizonte en el que se evalúan las acciones a realizar se limita a lo inmediato, la inestabilidad impide imaginar alguna movilidad ascendente futura y el trabajo se transforma en un recurso de obtención de ingresos más entre otros.

De “lomear” y “trabajar en el lugar que te toca”…

La comunidad en la que trabajamos presenta la particularidad que en los alrededores de los terrenos edificados se asientan hornos de ladrillos, que representan primer lugar de inserción laboral para muchos niños y jóvenes. Trabajar en el horno es un recurso disponible durante todo el año, sin embargo esta disponibilidad del trabajo en el horno se encuentra afectada por la inestabilidad del mercado de la construcción y, a su vez, por las inclemencias climáticas que condicionan la producción.

La tarea con la que se encuentran allí los trabajadores implica una crudeza física que se asocia a una informalidad contractual, trabajo a la intemperie, herramientas precarias y ausencia de medidas de seguridad. Juan –tras comentar sobre los cortos períodos en que actualmente se emplea en los hornos de ladrillos, generalmente dos o tres semanas– dice: “más no se aguanta”. “Laburar en el cortadero te mata, llegás a tu casa y te duele todo, la cintura, las manos, no usamos guantes, nada”.

Los trabajos en los términos expresados anteriormente aparecen como posibilidades concretas pero a su vez acotadas a lo que emerge como oportunidades restringidas.

Nosotros trabajamos en el lugar que nos toca, en el lugar que se puede. En la mayoría de la vida, trabajamos para gente que nos han usado, te usan en las obras, en todo, se aprovechan y te usan. (Marcos, 23 años)

Esto no solo nos habla de la poca o nula posibilidad de elección con respecto a la actividad laboral, sino que también pone en evidencia la dimensión subjetiva ligada al menosprecio, la desvalorización y la explotación. El “poner el lomo” o “lomear”, como se expresa en muchas de las entrevistas con los jóvenes, tiene una relación directa con la disponibilidad casi exclusiva del recurso corporal a la hora de pensar en un trabajo. Juan dice:

En los cortaderos de ladrillos vos vas y decís “quiero laburar” y el que tiene te va a dar laburo, si no te va a decir “no, no tengo laburo” y te vas y buscás otro cortadero, hasta que encontrés laburo. (Juan, 20 años)

Pedro refuerza esta idea y manifiesta: “Tenés que ir y poner voluntad y aprender porque nadie nace sabiendo, si vos mirás y aprendés, ya sabés, y hacés muchas cosas ahí”. “Poner voluntad” requiere, además del momento de aprender el oficio, una disposición física que soporte la tarea.

Dijimos antes que para los jóvenes, el trabajo (como la educación) se mantiene como la forma socialmente legitimada de acceder a recursos y ayudar a la familia, comprendiendo los altos costos de sacrificio y voluntad que requieren. Sin embargo, esta característica entra en conflicto cuando el costo de “poner el lomo” no solo no se ve reconocido económicamente sino que, además, se transforma en maltrato moral por parte de los adultos que les dan trabajo. Marcos manifiesta:

Cuando aprendí el oficio de las macetas le dije a mi hermano “te digo la verdad, no quiero trabajar más para nosotros, porque los otros te forrean”. Llegaba la temporada, la Navidad y te daba cien pesos por semana, y te quedaba debiendo todo lo otro porque no quería sacar plata de él, y los empleados que se caguen de hambre. Ellos te forrean, nosotros nos rompemos el culo todos los días, y le dije: inventemos otra cosa, hagamos cualquier otra cosa. (Marcos, 23 años)

Independizarse aparece como una vía de posibilidades para “inventar” otra cosa que permita salir del circuito de explotación laboral. La expresión coloquial “te forrean” refiere a ser usado y descartado, como algo que luego se desecha, es decir, como cuerpos cosificados e instrumentalizados que son abusados en jornadas intensivas de esfuerzo físico para luego ser abandonados cuando no producen.

En el mismo sentido, Pedro relata que decide renunciar al cortadero en el que trabajaba en condiciones informales y precarias frente a una oportunidad de trabajo en una fábrica con su hermano y otro familiar cercano. El trabajo por cuenta propia y el progreso entendido en términos de independencia económica de sus familias de origen aparece como el ideal esperado en un futuro próximo. Pedro afirma “lo mejor que me puede pasar es no trabajar para nadie, tener mi propia fábrica”. Marcos abona esta idea de trabajo y progreso enumerando entre lo que le gusta hacer: “Trabajar y progresar, más que trabajar, progresar, no solo yo, sino mi familia, mi mamá”.

Los sentidos que atraviesan los trabajos a los que estos jóvenes acceden se juegan en un “horizonte de precariedad” (Kessler, 2004) donde se hace imposible vislumbrar un atisbo de carrera laboral formalizada como empleo con derechos y garantías. Esto se entrama en una historia socio-familiar que no es nueva ya que sus vínculos familiares parecieran repetir dichas experiencias de precariedad laboral.

Las trayectorias laborales de estos jóvenes y de otros integrantes de la familia están signadas por puestos inestables, de alta rotación, precarios, ingresos bajos, poco calificados y de corta duración, intercalados con periodos de desempleo, y es desde estas dinámicas que se evalúan las acciones a realizar y muchas veces se limitan a lo inmediato.

En este entramado complejo, el trabajo se transforma en un recurso más, entre muchos otros, para la obtención de ingresos. Como plantea Míguez (2008) comprendemos que en el imaginario de estos jóvenes existe una ambigüedad expresada en la aspiración de consumo y el deseo de participar en instituciones hegemónicas de trabajo y educación, que se entraman con las ideas de transgresión y la cultura del rebusque, mientras persiste el deseo más o menos explícito de una vida “convencional”.

… a “hacer plata como sea”

El sentido común asocia el desempleo y el delito sobre todo partir de la articulación entre el discurso mediático hegemónico y el discurso del poder político neoliberal que, además, se encargan de asociar pobreza con criminalidad y más recientemente juventudes con peligrosidad y pánico moral (Cháves, 2010).

En el discurso de los jóvenes aparecen variadas formas de articulación entre las actividades legales e ilegales y una moral subyacente que podrían compartir entre ambas con implicancias concretas en sus trayectorias y subjetividades. La inestabilidad laboral se naturaliza a medida que el trabajo se desdibuja en la experiencia transmitida por sus padres y por los adultos del entorno. En los intersticios de un Estado escuálido y debilitado, en una crisis ahondada por los graves problemas que afectan al mundo del trabajo y a otras instituciones sociales, la tensión constante y situación cotidiana con la que se encuentran muchos de los jóvenes es “tenés que ir y buscar plata de donde sea” (Juan).

El trabajo precario y el delito amateur (Kessler, 2004) se acercan sin llegar a homologarse y se relaciona con las lógicas de circulación del dinero. En congruencia con las ideas de este autor, podemos decir que se construye un sistema de dos ingresos, que comprende la plata difícil (obtenida laboriosamente, con sacrificio, fruto del trabajo honesto, para ayudar a la familia) y la plata fácil (la que proviene de la oportunidad del momento, que es usada para salidas, consumos, drogas). En consecuencia, desde esta perspectiva el dinero no es un valor de cambio neutro, si no que mantiene la marca de su origen y contribuye a diferenciar actividades legales e ilegales.

En los relatos de Juan y Pedro aparece como oportunidad el “hacer plata fácil” “de arriba” como la contrapartida del trabajo duro y precario que ya describimos antes y que los jóvenes definen como lomear. A Pedro lo echan de un trabajo al que hacía poco tiempo había accedido en una fábrica, le preguntamos qué hizo en ese momento y responde:

Y… lo mismo que hacemos los que no tenemos laburo, salís a buscar plata por ahí, hacer la fácil, pero arriesgás una banda, arriesgás la vida. Salís por ahí pensando en si vas a volver o no, si vas a volver herido. (Pedro, 24 años)

Estas actividades no están exentas de fuertes implicancias subjetivas cuyos riesgos pueden evaluar a posteriori, de hecho tienen como puntos de anclaje la posibilidad de perder y/o poner en riesgo la vida, la libertad y la familia.

Alternancias: “No les da ni para ir a robar, ni para poner el lomo”

Como mencionamos antes los cambios en las lógicas del trabajo representan cambios profundos para quienes deben procurar “ganarse la vida”, “ser el hombre de la casa”, “traer la plata”. Esto se ve reflejado en las construcciones que hacen los entrevistados frente a los imperativos que implícita o explícitamente atraviesan su devenir juvenil.

Una las mayores marcas discursivas en sus relatos tiene que ver con definir sus ocupaciones y llenarlas de sentido. Las oscilaciones que se dan entre tomar trabajos precarizados, trabajos “que les toca”, donde no habría alternativas de elección y con claros horizontes de precariedad, y el incurrir en prácticas delictivas y “hacer la plata fácil” parecen ser algunos de los nudos donde se trama la posibilidad de acceder a consumos y/o derechos.

En las trayectorias de los jóvenes las ocupaciones oscilan en períodos con dedicaciones variables al trabajo y/o al delito, así como también, períodos en los que se dan simultáneamente. Las formas particulares de articulación no son aleatorias, sino el resultado de una serie de factores conjugados como: oportunidad, contactos, éxito de acciones pasadas, ser menor o ser mayor para la ley, las experiencias previas con la institución policial, el estar soltero o en pareja, ser padres, la época del año (el clima y las fiestas de fin de año aparecen como factores desencadenantes de prácticas delictivas) y las valoraciones subjetivas del trabajo y del robo.

A partir de ello podemos conjugar algunas combinaciones posibles (las enunciadas) como:

  1. ocupaciones muy informales y delito,
  2. abandono de acciones ilegales por incorporación al mundo del trabajo en puestos mejor calificados,
  3. oscilación cotidiana entre trabajo y robo y
  4. exclusión/abandono del mundo del trabajo para dedicarse al delito.

En el relato de Juan encontramos que esta oscilación pareciera corresponderse con un quehacer colectivo, que involucra en cierto sentido tanto la variante económica-laboral que se describió en un primer momento, como las dinámicas de socialización propias del barrio.

Si tenés laburo laburás, pero por ahí, laburás en los hornos, laburás de lunes a miércoles y vas y decís al patrón “che, necesito plata” y te dice “no, no vendí ningún ladrillo, tenés que aguantar hasta el sábado”, y ahí tenés que ir y buscar plata, porque hasta el sábado no vas a aguantar, tenés que ir a buscar plata de donde sea, porque no se puede hacer mucho por acá, antes laburaban todos en los cortaderos y ahora es un tiempo en que todos roban, son épocas. (Juan, 20 años).

Pedro manifiesta que estas tensiones que tramitan los jóvenes no se dan sin generar conflictos en la trama barrial.

Hay un par de ellos que andan de espalda, se están mareando, se están entrando a perder las cosas acá en el barrio, hasta la ropa de los chicos de la soga te sacan. Son un par de los que se juntan en la esquina, ya no les da ni para ir a robar, ni para poner el lomo. (Pedro, 24 años)

Cuando los códigos o pactos sociales implícitos en las lógicas de provisión se rompen, “se anda de espalda”. Emergen los conflictos entre vecinos y jóvenes y es allí cuando se pone en evidencia el movimiento subjetivo que sostiene los sentidos del “hacer plata”. Al indagar sobre la trasmisión de esos códigos de la calle, Juan hace referencia al encuentro con sus pares que se da en la esquina, espacio social estratégico donde se juega la sociabilidad.

No se enseña, ponele si hay uno que nunca robó, y vos vas, y no querés ir solo, y aquel no tiene plata, y no sabe qué hacer le decís “vení, loco” o él te dice “vamos a robar”. Pero vos vas y robás vos, que ya sabés y él te ve, cómo hacés y qué decís, qué le pedís, entendés. Ya después se manda solo, si le gusta la plata fácil, y se larga solo, si no hace eso nomás, y se va a laburar. Algunos son así, otros, no. (Juan, 20 años)

La oportunidad de salir con otro con experiencia y de poder transmitir los códigos de la calle para Juan también deja abierta la posibilidad de que el joven pueda elegir en alguna medida entre salir de nuevo o ir a laburar. Es decir, que para los jóvenes con quienes trabajamos no se presenta algo del orden de lo normativo que inhabilite o sancione la acción en uno u otro sentido. Sin embargo, estas acciones no son sin una construcción de legitimidad situada histórico y socialmente que otorga sentido a las prácticas juveniles.

Los jóvenes entrevistados son una de las primeras generaciones que realizan el pasaje de la centralidad de la vida del trabajo a su combinación con otras actividades. Kessler (2004) lo enuncia como el pasaje de la lógica del trabajador a la lógica del proveedor. En ambas el punto de vinculación es la fuente de legitimidad en la obtención de los recursos, aquellos criterios para definir cuándo y cómo se obtienen de forma justa y/o válida. En primera instancia la fuente de legitimidad de los recursos obtenidos radica en el origen del dinero, por ejemplo el que se obtiene en contraprestación a un producto o servicio ofrecido. Ahora bien, en la lógica del proveedor prevalece como fuente de legitimidad de los recursos obtenidos la utilización del dinero, entonces cualquier recurso sin importar su procedencia, es legítimo si permite cubrir una necesidad.

En relación con estas oscilaciones y recorridos entre el trabajo y el delito, entendemos que la variable género es uno de los factores que tiene implicancias concretas en las modalidades de supervivencia de los jóvenes: asumirse como varones, “machos” y proveedores. Los imperativos de masculinidad hegemónica operan en las prácticas juveniles como un elemento constitutivo de sus relaciones. Entendemos al género como un hacer, una construcción sostenida por actos que supone una manera de vivir el cuerpo con y para otros (Butler, 1998).

Las actuaciones de género ligadas a normas sociomorales nos ayudan a pensar en las prácticas juveniles como lugar donde se pone en juego la búsqueda de reconocimiento y la construcción de legitimidad. En el caso de Juan, por ejemplo, se manifiesta un fuerte mandato familiar de ser “el hombre de la casa”, recuerda “Mi mamá cuando era chico me decía: ‘el día que yo me vaya, el día que yo me muera vos vas a tener que laburar –eso siempre me lo decía–, vos vas a ser el hombre de la casa, vos vas a tener que traer la plata’”.

Parte de esta responsabilidad que asume es administrar la plata de la casa, como dice Juan:

Yo cuando estaba mal mi vieja laburaba, venía de laburar a las cuatro de la tarde, me bañaba y robaba, me hacía falta plata y ahora hago lo mismo también, no alcanza, si vos laburás no alcanza la plata. […] Cuando falleció mi mamá, vivíamos yo, mis dos hermanas y yo tenía que laburar, robar lo que sea para comer, para darle a ellas, y bueno entonces ahí laburaba; cuando no se podía laburar, iba robaba o por ahí también no podía hacer ninguna, llovía no podía salir a robar nada y así, te cagás de hambre. Te cagás de hambre. (Juan, 20 años)

Para Kessler (2004) el criterio de legitimidad en la lógica de provisión es inmediato y concreto: todo acto que proporciona recursos para satisfacer necesidades es legítimo, sin que la diferencia entre legalidad e ilegalidad sea relevante ni que tampoco haya necesariamente un juicio moral sobre los objetivos a alcanzar. En nuestra experiencia de trabajo con los relatos juveniles encontramos muchas ocasiones donde se conjugaron profundos despliegues reflexivos ya sea a modo de dudas, dilemas y justificaciones morales sobre la legitimidad de sus acciones producto de la reflexividad que la conversación narrativa promueve para el sujeto (Güelman y Borda, 2014).

Desde esta perspectiva entendemos que la construcción de criterios de legitimidad sobre la satisfacción de las necesidades se encuentra atravesada por múltiples variables y condiciones situadas. Desde el imperativo de consumo que imprime el mercado a los jóvenes, al rol de género que se asume desde la infancia. También, la valoración subjetiva del trabajo disponible y el sostenimiento de vínculos afectivos como soportes de referencia en una dinámica social vulnerabilizada.

Consideramos estas claves como llaves para abrir y visibilizar la complejidad de la trama social en el cual se configuran las trayectorias biográficas de estos jóvenes. La distinción entre lo moral-lo inmoral, lo ocultable y lo expresable, lo digno y lo indigno, según las circunstancias y los requerimientos de la interacción, pareciera abrir un campo subjetivo desde donde pensar las prácticas juveniles.

Reflexiones finales. Trayectorias biográficas en contextos de supervivencia

Estas reflexiones comienzan con preguntarnos acerca de la posibilidad y condiciones en que esta experiencia pueda ser transmitida en un texto, así como también, cuáles son aquellos puntos de invisibilidad que pudimos abrir reconociendo nuestro vínculo con los jóvenes y la organización presente en el barrio.

Resultó un desafío constante sostener la mirada atenta sobre el proceso principalmente en el momento del análisis donde nos encontramos muchas veces con la casi inevitable sensación de incompletud ante las lecturas e interpretaciones de lo que constituye el material empírico y la experiencia de intervención/investigación.

Volver a pensar el recorrido a partir del dispositivo de Historias de Vida nos sitúa en el ámbito comunitario como escenario del trabajo con jóvenes. Este escenario presenta un mapa de complejidades que permite tejer una temporalidad, muchas veces fragmentada por la experiencia, se trata de un acontecimiento en sí mismo para los sujetos con quienes trabajamos.

A través de los encuentros con los jóvenes en el contexto de sus barrios, se habilitó la palabra y la escucha atenta, que funcionaron como herramientas fundamentales para disponer de espacios de reflexividad, como así también, de contención y tramitación de violencias y ansiedades.

La ausencia de instituciones y de espacios comunitarios compartidos al interior del barrio fue articulando nuevas maneras de trazar redes. Fueron los vecinos, familiares, trabajadores quienes abrieron las puertas hacia la dinámica barrial. Es a partir de estas redes donde se enclavan las historias de vida y donde nos parece importante encontrar puntos de vinculación entre la práctica y la producción de conocimiento.

La opción por un enfoque biográfico para abordar esta temática buscó recuperar un mundo de significaciones compartidas y vislumbrar los sentidos individuales atribuidos a la experiencia. Además la temporalidad construida con los jóvenes permitió registrar, desde los elementos gráficos de la técnica, algunas correspondencias entre los relatos, el orden temporal de los acontecimientos y los actores involucrados.

Disponer un tiempo-espacio para estas relecturas, por momentos críticas y reflexivas, permitió realizar una revisión biográfica contextualizando y reconstruyendo las condiciones en las que se sucedieron los acontecimientos significativos. Protagonizar los relatos pareciera en algún punto una revancha (Reguillo, 2000), una instancia para reivindicar las tramas e historias sistemáticamente invisibilizadas.

Reconocer las violencias que atraviesan las biografías de los jóvenes varones en situación de desigualdad social nos acerca a la comprensión de las disputas dirigidas a que se considere a los jóvenes como sujetos de derechos y al barrio como territorio donde se juega la legitimación de prácticas y la relación con un actor no deseado –como la policía– pero con el cual no faltan momentos de negociación.

En síntesis, nos propusimos conocer las significaciones juveniles construidas en torno a prácticas sociales reconocidas como legítimas y desde ese entonces hasta este momento podemos arribar a algunas conclusiones provisorias.

La fragilidad a la hora de definir sus ocupaciones y modalidades de supervivencia de los jóvenes aparece en el complejo “entre”: emplearse en trabajos precarizados, trabajos “que les toca”, donde no habría alternativas de elección y con claros horizontes de precariedad, y el adscribir a prácticas delictivas.

En este contexto de vulneración, la búsqueda de reconocimiento y confirmación de los otros, sujetos e instituciones, se presenta de modos ambivalentes y el horizonte en el que se evalúan las acciones a realizar se limitan a lo inmediato, con escasos modos de nombrar las proyecciones a futuro.

Si pudiésemos demarcar un trazado imaginario que dé cuenta de las modalidades de supervivencia en las trayectorias biográficas de los jóvenes, se compondría de múltiples líneas que oscilan, con variable intensidad y longitud, entre la polarización, la simultaneidad y continuidad ante el imperativo “hacer plata”. El trabajo aparece como una modalidad de supervivencia donde las distinciones entre lo moral-lo inmoral, lo ocultable y lo expresable, lo digno y lo indigno –según las circunstancias y los requerimientos de la interacción– abren/trazan un campo subjetivo desde donde pensar las prácticas y los sentidos juveniles.

En un primer sentido, la idea de “lomear” para los jóvenes es enunciada como trabajar en el lugar que les toca. La marca contextual que sitúa los hornos de ladrillo como trabajo disponible en un horizonte laboral precario desde la infancia significa consecuencias físicas y subjetivas que dejan marcas en los cuerpos a corto y mediano plazo.

El binomio legalidad/ilegalidad en el ámbito laboral se desdibuja y aparecen como un criterio impensable cuando se construyen en base a historias de explotación y menosprecio inscriptas en sus biografías. El imperativo de la provisión atraviesa las significaciones juveniles y se construye la necesidad y hacer plata aparece como una forma de participar socialmente, al menos como sujetos que participan en el circuito del consumo y, a veces, como actor que busca construir ciudadanía ante un Estado que difícilmente se configura como garante de derechos.

En este marco contextual la ineficacia de las políticas de empleo para distintas juventudes y el mercado construyen un escenario donde los accesos a derechos son trocados por acceso a consumos. En este punto “ser varón”, se liga muchas veces a prácticas de “hombría”, provisión, “rebusque” y las luchas por el reconocimiento. Las diferentes formas de la asunción de los roles de género y la fuerte presencia de masculinidades hegemónicas se constituyen como un elemento clave a seguir profundizando en el estudio de la construcción de legitimidad en estos territorios.

Estas categorías dan cuenta de las dinámicas formas de vinculación y de resignificación de las prácticas entre pares, con los adultos y con los agentes de la policía. El lugar de la autoridad se disputa en la lucha por el territorio y por el reconocimiento. Allí se trazan nuevos pactos, donde se interpela la condición de ciudadanía y seguridad para los jóvenes. Resulta necesario comprender los sentidos que atraviesan y se construyen en torno a estos conflictos como expresiones de reconocimiento para sí y para la comunidad en la que viven.

Reflexionar sobre las implicancias subjetivas aparece como ineludible, por un lado, para no sobreponer en el proceso nuestras propias cosmovisiones morales y disciplinares, y por otro, porque comprender la dimensión moral posibilita también considerar un aspecto nodal en nuestras prácticas cuando acompañamos procesos que tienen que ver con tramitar las situaciones dolorosas que se desprenden del conflicto.

Entendemos este recorrido como un esfuerzo teórico metodológico que nos acerca a la compleja trama de relaciones sociales, culturales y vinculares que confluyen en el quehacer cotidiano de estos jóvenes y sus posibilidades de reconocimiento afectivo, en derechos y en términos de su diversidad social y cultural.

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