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Significaciones y experiencias juveniles vinculadas a la vida y a la muerte

Rafael Carreras, Julio Muro, Candelaria Espinosa,
Belén Ardiles, Guillermina Pruneda, Santiago Rebollo,
Paula Daniela González y Jeremías Miretti

Introducción

Desde hace cinco años trabajamos en una investigación que persigue adentrarse en los componentes que configuran las significaciones sobre la vida y la muerte de jóvenes en situación de desigualdad social, a los fines de generar un aporte que permita construir estrategias de intervención social. En este artículo presentaremos parte de los hallazgos de esta labor.

Nuestra investigación abordó, desde una metodología cualitativa, los significados y experiencias vinculadas a la vida y a la muerte en jóvenes de sectores populares y se complementó con un análisis sobre distintos medios de comunicación locales, que participan –a nuestro criterio– activamente de la construcción de dichas significaciones.

Las primeras presunciones partieron de nuestro trabajo con jóvenes de sectores empobrecidos, convencidos de que las condiciones sociales externas producen situaciones en las que los jóvenes tienen mayores probabilidades de encontrar la muerte.

De hecho, muchos jóvenes, a quienes acompañamos en diferentes tramos de su juventud, fueron muertos por la policía, fallecieron en enfrentamientos con pares o decidieron quitarse la vida. Cada uno de ellos formó parte de los escenarios en los cuales nos desempeñamos como psicólogos. Asistimos a entierros, participamos en sepelios, en marchas en reclamo de justicia, colaboramos en el armado de grutas, acompañamos a otros jóvenes a ver a sus amigos para no ser olvidados.

Los presupuestos que siguieron de estas experiencias nos condujeron a preguntarnos cómo la dimensión subjetiva se articula con formas de producir muerte. Aquí el consumo problemático de drogas aparecía en esa bisagra donde el joven puede liberarse del sufrimiento, pero también aproximarse a la misma muerte. A pesar de esto pudimos identificar pliegues de esa subjetividad anudada con aquello que en principio nombrábamos como sentirse vivo.

Por otra parte, los discursos sociales hegemónicos (particularmente, los provenientes de corrientes evolutivas del desarrollo) sostienen la idea de juventud como momento crítico/transicional, doloroso, concepción claramente fortalecida por desarrollos teóricos psicologicistas, médicos, entre otros. En estas narrativas, los medios masivos de comunicación participan activamente en la construcción de una imagen juvenil que refiere a una peligrosidad capaz de irrumpir en el orden social.

Esta situación que se condensa en imágenes, lenguajes y textos refuerza a su vez la noción de un Estado que debe legitimar la seguridad social en términos de control y domesticación. Así, los jóvenes pobres son quienes atraviesan mayor número de situaciones relacionadas con la muerte, ya que vivir en la pobreza y estar agrupados con sus semejantes resultan factores de amenaza a la vida: los vuelven susceptibles de ser agredidos por otras bandas, o víctimas de la fuerza policial a partir de distintos mecanismos (Serrano Amaya, 2007).

Para este artículo nos detuvimos en tres tópicos analíticos para pensar los significados de la vida y de la muerte, a considerar:

  • Contexto social: narrativas contemporáneas.
  • La experiencia juvenil: significados en movimiento.
  • Discurso de medios: jerarquías y formas de nominar.

Consideramos que las tres instancias mencionadas están relacionadas entre sí y son inseparables a la hora de pensar nuestro problema de investigación. Sin embargo, partimos primero de comprenderlas como unidades de análisis en sí mismas, para luego complejizarlas a partir de la interrelación.

Las concepciones de vida y muerte operan subjetivamente como fuerzas en tensión permanente, móviles, en constante cambio y ubicadas en terrenos abiertos e inestables. Esto es posible de comprender si incluimos la historia del sujeto, el contexto social en la cual se inscribe, la posición de clase, su sistema de creencias y su edad.

Juzgamos relevante, por otra parte, tomar la idea de hacer morir de Thomas (2015: 123), quien identifica un tipo de genocidio que persigue la destrucción física del enemigo a partir de procedimientos-invisibilidades en un sistema capitalista. En esta misma línea, Membe (2006) refiere a su teoría sobre la Necropolítica, ligada a los estudios poscoloniales, mediante la cual define a la soberanía como el poder de dar vida o muerte del que dispone un sistema de gobernanza hacia su pueblo.

De esta forma, cuestiones como el hacinamiento, vivir en guetos donde las condiciones de vida aseguran una supermortalidad, la negación de derechos (como la tierra, la salud, la educación y el trabajo) constituyen una estructura, una configuración sociocomunitaria, que facilita la posibilidad de muerte real y simbólica. Es decir: se sostiene la hipótesis de que el contexto social, en tensión con la experiencia subjetiva, participa en las significaciones de muerte que los jóvenes construyen.

A continuación vamos a presentar algunas discusiones sobre el primer tópico, que corresponde al contexto social actual y su relación con las vidas juveniles. Para poder graficar estas narrativas contemporáneas, realizamos a la vez una subdivisión en tres temas que nos resultaron relevantes: los cambios estructurales en la morfología del Estado, las muertes juveniles y las lógicas de policiamiento e implicancias subjetivas.

Contexto social: narrativas contemporáneas

Si bien hemos mencionado que para nuestra investigación el contexto social, político y cultural produce condiciones para que emerja la muerte como acontecimiento, muchas de estas situaciones son invisibilizadas por quienes ocupan el Estado[1].

A continuación, detallaremos tres temas o tópicos contextuales que participan en los significados (significaciones manifiestas/expresadas/relevadas en el trabajo de campo) de los jóvenes y los contextos donde se manifiesta su cotidianeidad.

Los cambios estructurales en la morfología del Estado

La investigación se situó justo en la intersección de dos modelos de Estado. Los cambios llevados adelante por el nuevo gobierno trajeron aparejados un achicamiento del Estado, pérdida de población asalariada, ajuste e inflación, entre otros. Los sectores sociales más perjudicados fueron aquellos que viven en la pobreza. La lógica de retracción del mercado de trabajo suele conllevar el incremento de las fuerzas de seguridad y este fue el caso argentino.

La perspectiva epistemológica que orienta nuestra investigación parte de un conocimiento siempre situado. Esta posición nos conduce a comprender el contexto como un interjuego, un “entre”, donde las experiencias subjetivas de las juventudes van produciendo subjetividad en conjunto con los factores económicos, políticos y culturales. Por esto, es necesario leer qué es lo que sucede en determinadas épocas y determinados contextos para comprender cómo se construyen las significaciones, en este caso las juveniles.

Así como se han planteado ciertas discontinuidades en el cambio de modelo de Estado, se han visibilizado continuidades estructurales, no solo locales, que atraviesan de lleno las experiencias juveniles. En relación al trabajo y la educación, algunas de las instituciones que estructuran cotidianidades y proveen de cierto soporte social a las juventudes, son claramente expulsivas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT)[2], en América Latina, ocho millones de jóvenes de entre 15 y 24 años no consiguen empleo; otros 27 millones trabajan en circunstancias no formales. Es decir que, cuando están empleados, sucede en condiciones de precarización: a la mayoría se le ofrece puestos de trabajo de baja calidad (6 de cada 10 jóvenes que consigue ingresar al mercado laboral lo hace en condiciones de informalidad).

En cuanto a educación, el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia en Argentina[3] afirma que si bien la cobertura de la educación de gestión pública primaria y secundaria pasó de 72,8 % en 2010 a 74,3 % en 2015 y alcanzó a 9 de cada 10 chicos/as del estrato trabajador marginal y residentes en el espacio de villas o asentamientos, se han mantenido ciertas brechas de desigualdad de sectores en el acceso a este derechos. Un ejemplo es que en 2015, los niños/as del 25% más pobre en términos socioeconómicos registran cuatro veces más chances de no asistir a la educación inicial que sus pares que pertenecen al 25% más alto. Esta brecha se duplicó respecto del 2010, cuando se produjo un proceso de inclusión educativa muy relevante en el espacio de villas o asentamientos urbanos, reflejado en una merma de la no asistencia del 18,1% entre 2010 y 2015. Con todo, se trata de un proceso de inclusión insuficiente para disminuir las brechas de desigualdad, aun cuando entre niños/as residentes en villas o asentamientos urbanos la no inclusión educativa pasó de 40% a 22% entre 2010 y 2015.

En cuanto a salud, las condiciones que atraviesan los jóvenes tampoco son alentadoras. En relación a los índices de suicidio, sigue siendo la segunda causa de muerte en varones del grupo etario de 20-24 años; le siguen los grupos de 25-29 años y 15-19 años, con cifras muy semejantes (González y Peranovich, 2012).

Como mencionamos párrafos atrás, durante nuestra investigación acontecieron modificaciones trascendentales en la forma en que se ha configurado el Estado, a partir de un cambio de gobierno. Los datos en este sentido confirman estos análisis. Según datos propios de INDEC[4], en el año 2016 en Argentina la pobreza alcanzaba al 30,3 % y la indigencia, el 6,1 %. Esta situación se ve agudizada en la provincia de Córdoba, donde los datos muestran que en el Gran Córdoba la pobreza es del 40,5 % y la indigencia, del 10,8 %.

A contramano de las promesas de campaña del gobierno de Mauricio Macri durante el 2015 y de las retóricas positivas sobre un semestre siempre por venir, el Informe de coyuntura N.o 22 (CIFRA 2017) arroja valores de PBI que indican que el segundo semestre de 2016 arrancó con una profundización del proceso recesivo (-3,8 %). Si las condiciones laborales no eran las óptimas en 2015, en 2016 y 2017 se vieron todavía más afectadas. Según la misma fuente, se perdieron 127.905 puestos de trabajo registrados entre el 4to trimestre de 2015 y el 3er trimestre de 2016 (-2,0 %); se produjo un incremento en la tasa de desocupación que alcanzó el 8,5 % en el 3er trimestre de 2016 y que había sido de 5,9 % un año antes; creció la subocupación horaria, que pasó de 9,0 % a 9,7 % entre los terceros trimestres de 2015 y 2016. A esto se le sumó la inflación, que fue de más del 40 % en 2016 y superior al 25 % en 2017, según datos del INDEC y consultoras privadas.

La caída en el salario real conjuntamente con la reducción neta del número de puestos de trabajo trajo aparejada una mayor desigualdad. No solamente se ha producido un proceso de reprimarización de la canasta exportadora, sino que se ha apostado a la toma de deuda, el déficit fiscal se financió con un incremento de la deuda pública que llegó a superar USD 66.000 millones: USD 66.000 millones (con provincias y empresas) y USD 7.000 que se generaron en enero de 2017. La oferta de letras del tesoro hizo del país uno de los principales destinos de la especulación financiera, orientada claramente en detrimento de la industria y la creación de puestos de trabajo.

Por último, en materia de educación, esta orientación se observó con claridad cuando el gobierno nacional actual definió paulatinamente la finalización de programas de fortalecimiento educativo orientados a los sectores populares (Plan FinEs, Plan Conectar Igualdad, Centros de Actividades Juveniles CAJ, entre otros) o bien la continuidad de algunos, como el Plan PROGRESAR, que hoy exige a los jóvenes de sectores populares requisitos que muchas veces no poseen.

Las muertes juveniles

Tal como anticipamos, las muertes juveniles son muy elevadas y ocurren de variadas formas, de acuerdo con el género, la edad y el sector de procedencia. Tomando a la población en general, la mayoría de los hombres pierden la vida por causas externas, mientras que las mujeres mueren debido a enfermedades tumorales. Según González y Peranovich (2012) en la población masculina, específicamente en el grupo de 15-44 años, los accidentes de transporte provocan la mayor cantidad de muertes, mientras que las defunciones por causas violentas ocurren con más frecuencia en el grupo de 20-24 años (50 % de aumento entre 2005-2010). El segundo grupo etario con muertes más frecuentes por esta causa es el de 25-29 años (aumento del 29 %). Un dato muy llamativo por la cantidad y por la relevancia que tiene para la salud, pero sobre todo por el silencio/silenciamiento al respecto es que la segunda causa de muerte por causas externas la representan los suicidios. Este motivo viene creciendo a nivel mundial en los últimos cincuenta años. En Argentina, el fenómeno debe ser analizado en su singularidad y asimismo situado. Epidemiológicamente, se ha producido un incremento de los casos en jóvenes de entre 15-24 y 25-34 años, y constituye la segunda causa de defunción en jóvenes de 10-19 años[5]. La cantidad de varones fallecidos entre los 15-44 años desde 2005 supera al valor registrado en 2001 y se incrementó un 13 % en el último lustro. El grupo etario más afectado fue el de 20-24 años y luego los grupos de 25-29 y 15-19 años, con cifras similares. La tercera causa de muerte violenta entre varones de 15-44 años la representan las agresiones. Es notorio que si bien se producen más suicidios que homicidios dolosos, la presencia de ambos acontecimientos en los medios de comunicación, así como en las representaciones sobre las muertes, emerge de manera cuanto menos invertida.

Resulta muy necesario destacar las muertes producidas por las fuerzas de seguridad, que arrojan datos alarmantes por la cantidad, las modalidades y la focalización en determinados sectores sociales: jóvenes, varones, pobres. Este es un dato que las organizaciones sociales, políticas y de familiares de diversos sectores vienen denunciando y poniendo de manifiesto, aunque no se interrumpen, sino que se incrementan con el pasar de los años. Según un informe de la CORREPI (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional), entre diciembre de 2015 y finales de 2017, en los 721 días de gobierno de la Alianza Cambiemos, el aparato represivo estatal mató a 725 personas. De todos los casos de asesinato por fuerzas de seguridad, el 50 % eran jóvenes de 25 años o menos (CORREPI, 2017). Estas cifras afirman la hipótesis de un Estado que privilegia la violencia estatal y la muerte a través de prácticas que debieran garantizar derechos.

Lógicas de policiamiento e implicancias subjetivas

Hablar de los efectos de las prácticas de policiamiento en las subjetividades, dentro del clivaje campos de vida y muerte, implica situarnos en experiencias juveniles donde el control y la persecución policial repercute principalmente en los jóvenes varones del sector.

En los diversos campos en que se inscribe esta investigación, notamos que las postas policiales custodian celosamente el ingreso al barrio y regulan el tránsito hacia el centro o los centros periféricos. Este cuadro de situación, que puede verse en otros ingresos a la ciudad y en cercanías a otros sectores empobrecidos de ella, paradójicamente implica una conflictividad segura (Ardiles, Castro, Rebollo, 2015). Lo que se protege/regula/controla es el ingreso a la ciudad, mientras que lo que pasa hacia dentro de los barrios pareciera no ser de incumbencia de la policía. Aparece la metáfora de la válvula: todo puede ingresar, pero se regula y restringe la salida. No solamente se quiere remarcar la omisión de este actor en sus funciones básicas, sino que, a raíz de lo observado, la omisión es una práctica intencionada. En los relatos del conflicto que emergen en los encuentros, esta acción queda develada.

Los relatos reflejan que las prácticas policiales diseminadas por el sector median, por acción u omisión, muchas de las interacciones y tránsitos de los actores. Es destacable cómo los más afectados en las intervenciones policiales (detenciones, demoras, requisas, maltrato, etc.) fueron los jóvenes varones, en los casos que investigamos. Situamos a las intuiciones, en general, como parte de los mundos adultos, fundadas, pensadas, dirigidas por ellos, y circunscribimos a la institución policial y sus efectores, como intuición adultocéntrica, patriarcal (Duarte Quapper, 2001) y punitiva, cuya operatoria se dirige especialmente a los mundos juveniles. En el siguiente relato, comenta Luis (informante):

Estuvo zarpada la “cana”, se hartaron de llevar “guachos” para el puente… Nos pusieron a todos con precintos en las manos y si le pedías que te lo aflojaran, te lo ajustaban más. Pero de los que agarraron solo uno quedó pegado, el resto a las 16 horas ya estamos afuera. (Registro de campo, 08/05/2016)

En el mismo relato, Luis contó que los policías hacían alusiones a modo de broma a que, si no se callaban, les iban a hacer “algo” por la boca (referido a prácticas sexuales).

Este ejercicio de poder sobre los cuerpos a distancia –es decir, sobre el medioambiente de los sujetos a controlar– habilitado legalmente por el Código de Faltas de la provincia de Córdoba, permite un exacerbado control policial que deriva muchas veces en abuso, arbitrariedades policiales (Carreras y Cuello, 2009) y muertes de jóvenes. Ese control a distancia que se ejerce selectivamente sobre determinados cuerpos vulnera la libre circulación de los jóvenes y adultos del sector por otros espacios de la ciudad. A su vez, esto provoca que las distancias se acorten (sobre todo en el centro) y el espacio comunitario sea el más seguro para habitar frente a las diferentes y sutiles formas de control punitivo de las fuerzas de seguridad, como de las prácticas más brutales y terroríficas. El encuentro con la policía constituye una amenaza.

A este estado de situación tenemos que añadirle la connivencia entre el poder político, las fuerzas de seguridad y las redes vinculadas a la venta y distribución de drogas ilegales. No hay nada de novedoso en este planteo. Quizá lo que sí nos motiva a comunicar respecto de este dinamismo es cómo se genera un círculo virtuoso de segura conflictividad. En el relevamiento de actores barriales, visualizamos que en estos territorios hay muchos puntos de venta (“kioscos”) que son notoriamente identificados por los pobladores por el movimiento diferencial que poseen. Si bien sería ingenuo pensar que la policía no sabe dónde se vende la droga, dada la circulación por los puntos de venta, lo perverso es que la policía detiene a los jóvenes consumidores luego de realizada la compra. De hecho, nos encontramos con “perros”[6] de los “transas”[7] que venden y se disputan el mercado territorial/barrial en función del mejor precio. Pero la complicidad de la policía no solo se puede identificar en estas acciones, sino que existe, además, una cobertura y articulación interna ante los allanamientos que la misma policía realiza. “Son ellos mismos”, “Ya estaban avisados”, “Les dan tiempo para esconder la droga”, son frases comunes de los adultos cuando se habla sobre el tema.

De este modo, la policía casi no interfiere en los conflictos entre vecinos, pero sí articula y acuerda con los “transas”, quienes son señalados como el factor más problemático de toda la comunidad. Esto genera, desde nuestra posibilidad de análisis, una micropolítica cotidiana en la dinámica comunitaria: una serie de conflictos, no menores, que configura muchos de los escenarios señalados por los jóvenes como vinculados a la muerte.

La conflictividad es segura porque ante este abanico de prácticas, el sector queda librado a sus propias lógicas sin poder recurrir a otros externos a la comunidad. El hecho de que la policía no actúe y que no se cuente con ningún otro actor que pueda intervenir en esas situaciones, genera un modo de resolución de conflictos que responden a la misma lógica de violencia que se impone con estas políticas de inseguridad. Vale remarcar la idea de imposición del conflicto, ya que es la connivencia de estos actores la que deja a todo el sector como una zona liberada para este tipo de actividades ilegales.

Continuando con el análisis del campo, presentamos algunas de las consecuencias identificadas por esas singulares formas de policiamiento territorial. Por un lado, que los jóvenes y niños tengan un acceso permanente a las sustancias ilegales. En el mismo kiosco donde se compra la gaseosa o los caramelos, se puede comprar droga. Muchos de los conflictos identificados están relacionados con el abuso de sustancias psicoactivas. A la vez, los puestos de venta vertebran[8] las economías locales y generan una estrecha vinculación entre los jóvenes y la venta de sustancias ilegales e ingreso a los sistemas paralegales (De La Torre, L., 2012), como parte de las estrategias de acceso a los consumos. Estas situaciones engrosan el número de detenciones arbitrarias, abusos de autoridad, torturas y golpizas por parte de las fuerzas de seguridad.

En este sentido, planteamos esta presencia diferencial del Estado provincial como un productor de sentidos vinculados a la muerte, una válvula que regula y genera presión hacia dentro, un campo mortífero dispuesto para que sus pobladores sean los actores protagonistas de una cotidianeidad repleta de conflictos y disputas programadas por los poderes de turno y cuyos réditos salen por la misma válvula que los oprime.

La experiencia juvenil: significados en movimiento

En este apartado, trataremos de poner énfasis en los distintos relatos que los jóvenes presentaron en las entrevistas y en las conversaciones durante el trabajo de campo. Destacaremos un primer universo de significados sobre campos de vida y de muerte para luego destacar un elemento prevalente perteneciente a cada uno de los campos. La secuencia es la siguiente:

  • Campos de vida/campos de muerte.
  • La familia como ordenador de vida.
  • Forjar la masculinidad.

Campos de vida/campos de muerte

Reconocemos que los jóvenes identifican de modo más claro aquellas prácticas vinculadas a la muerte. Al respecto, pudimos visualizar que, por un lado, el consumo de sustancias ligado a la pérdida del control consciente, el “pasarse”, la sobredosis se inscribe radicalmente en las experiencias de estos jóvenes. Por el otro, el encierro, en su gradación punitiva (institutos correccionales juveniles y cárcel de adultos) es significado en asociación directa con la muerte. El “perder” la libertad es perder la vida, es la muerte simbólica en el afuera y la inscripción en la maquinaria mortífera de la cárcel, del encierro.

En la cárcel he visto… No sabés las cosas que he visto, yo he visto muchas cosas feas ahí adentro, he visto salir [gente] con las tripas en la mano… Claro, he visto cabezas apuñaladas, he visto correr, he visto que se funden, todo, yo he visto muy muchas cosas, te digo más, hasta al diablo he visto ahí adentro, [se] me apareció en persona… Estaba durmiendo, y se me apareció y no podía gritar, no podía nada, no me podía mover, “boló”, por eso yo cuando llego y me apagan la luz sí o sí el “tele” tiene que estar prendido, porque me da miedo entrar, tengo miedo, tengo miedo, tengo mucho miedo. Acá en mi casa me siento re cuidado, acá en mi casa sí, pero en otros lados, vos decís, es como que me da… Si por ahí yo me pongo a escuchar algo de miedo, así, con toda la piel así de gallina… ¿Sabés que se te aparezca, yo estoy hablando con vos y estoy hablando con el diablo, me entendés? (Quique, 25 años. Registro de campo, 20/05/2016)

Es preciso expresar que los sentidos que los jóvenes identifican como vida remiten siempre a situaciones que involucran al grupo de amigos, a la familia y a actividades recreativas. También el trabajo opera como organizador de la vida cotidiana en los jóvenes y les otorga cierta solidez material que les permite decidir. Sobre esa posibilidad pareciera estar centrado aquello que llaman “vida”. A su vez, el trabajo ofrece una remuneración que por más baja que sea, permite el acceso al mundo de los consumos culturales. Y ese es otro elemento que los jóvenes vinculan con “estar vivos”, “pertenecer”, acceder, consumir.

En otros relatos, la vida y la muerte aparecen como categorías relacionadas íntimamente: a lo que aluden como “vida” remite muchas veces a la posibilidad de muerte, y la tensión pareciera situarse en aquello que es placentero puede, también, tornarse destructivo. Un ejemplo de esto lo constituye “salir como diversión” (vida) en tensión con “consumir” (muerte).

Ahora bien, cuando nos adentramos en las significaciones de los jóvenes respecto al campo de vida aparecen el jugar, los amigos, el “laburo” y la familia como organizadores de sentido del conjunto de experiencias relevadas.

Reconocemos un caso puntual en los registros de campo: situarse en la esquina con amigos para compartir una gaseosa puede tornarse en una situación peligrosa a partir de la aparición de las fuerzas de seguridad. Para Kessler (2004), el barrio constituye un horizonte acotado, central para todas las actividades juveniles, desprovisto de instituciones y de todo espacio público común. El lugar por excelencia es la esquina, espacio de una sociabilidad evanescente, lugar marginal y a la vez escenario de construcción de una sociabilidad particular con reglas definidas. El autor habla de marginalidad comunitaria para expresar el modo como los jóvenes vivencian los desplazamientos dentro del barrio a causa de ser echados por otros hacia baldíos o casas abandonadas, donde muchas veces la mirada adulta enjuicia. El policiamiento irrumpe la esquina como vida para transformarla en un pequeño campo de batalla, donde los jóvenes llevan las de perder. La esquina como lugar simbólico resuena a un territorio que es tan deseable como riesgoso.

Otro aspecto a atender son las explicaciones que los mismos sujetos refieren en torno a la vida y la muerte y que aparecen en ocasiones fuertemente ligadas a las religiones hegemónicas. Algo así como si el destino los “pusiera” en ese camino:

Porque Dios dice “Basta” y basta, si te tiene que llevar, te va a llevar. Sí, lleva a los que hicieron cosas buenas, no cosas malas… Pero en una de esas están juntos y se los lleva a los dos juntos. (Elián, 21 años. Registro de campo, 05/03/2017)

La Virgen de Alta Gracia. Vos le pedís y te cumple, pero después tenés que cumplirle. Le pedí que me sacara de la cárcel… Me sacó, después volví a caer de vuelta, me volvió a sacar, después volví a caer y me volvió a sacar… ¿Entendés? (Ignacio, 25 años. Registro de campo, 04/07/2017)

Sin embargo, esta referencia explicativa obtura la posibilidad de pensar la propia existencia (condiciones concretas de existencia, violencia policial, desigualdad social). De todas maneras, consideramos que el contar con una explicación contribuye a cerrar subjetivamente la vida cotidiana.

La construcción de esa franja de indeterminación opera y se constituye como soporte emocional a la hora de elaborar el duelo por la pérdida de un otro. El enunciado “Cuando te toca, te toca” deja entrever así que la muerte opera como un regulador de las históricas situaciones de desigualdad social vividas en cada biografía.

La familia como ordenador subjetivo

Si bien las funciones que los jóvenes atribuyen a la institución familia son variadas, existe una distinción entre dos de ellas que poseen sentidos y capacidades diferentes: la familia de origen, en la cual se destaca el rol de la madre, y la familia actual o deseada.

Sobre la primera es necesario reconocer la importancia que posee la madre como soporte psicosocial y afectivo, especialmente cuando domina la adversidad: cumplimientos de condenas en la cárcel, consumo problemático de drogas, permanencia en el hogar a medida que los jóvenes van creciendo. La madre se constituye en un actor irrenunciable en la vida de muchos jóvenes, lo cual incluso suele quedar grabado en el cuerpo a través de tatuajes, por ejemplo.

En los diálogos con los jóvenes no identificamos la posibilidad de que la palabra de la madre sea un punto de corte al tipo de vida que van eligiendo. No obstante, constituye un actor que define un repertorio moral sumamente internalizado por los jóvenes, y que incondicionalmente acompaña cada “tropiezo de la vida”. La función de acompañar constituye la centralidad que la sostiene en todo tipo de privilegio.

Yo y mi mamá [sic] íbamos siempre a visitar a mi hermano en la cárcel. A todos lados, al instituto. Cuando era más chico. Mi mamá estuvo en todas con mi hermano, y yo la “banqué” a mi vieja, yo no lo “banqué” al él, la “banqué” a mi vieja. Mi vieja tenía que ir a todos lados con los bolsos, esperar en la terminal. Tomar el “bondi”, viajar parada, que la revisen, que la estén tocando. Yo la aguanté a mi vieja siempre a todos lados. Ahora, si caigo yo, es diferente: nadie va a ir a verme, porque ya no está la ma para ir. (Julián, 22 años. Registro de campo, 25/04/2016)

El lazo protector construido con la madre constituye un vector que se dirime entre lo permitido y lo prohibido, y es muchas veces desde donde los jóvenes se proyectan a futuro, sobre todos en el caso de mujeres jóvenes.

Haremos mención ahora a la familia actual o deseada. Nos interesa dimensionar las relaciones entre jóvenes (en este caso, la muestra fue constituida por varones y mujeres heterosexuales) a partir de conformar un lazo familia con o sin hijos a cargo.

Identificamos pues otros significados que es necesario resaltar. La familia “nueva” adquiere, para muchos, un sentido de interrupción, de corte con aquellos momentos de la vida señalados como malos o riesgosos.

Sí, porque cuando falleció mi vieja, yo la conocí a la Negra. Yo antes de conocerla a la Negra, “choriaba” ahí al frente, “choriaba” en cualquier lado, me drogaba. Y lo que hizo la Negra fue rescatarme de todo eso, porque si no, hubiera estado tirado en una zanja o en “cana”. Me hizo la compañía, me decía que íbamos a salir adelante, que yo tengo que dejar de hacer esas cosas, que íbamos a poder, que mi vieja me iba a estar cuidando. En ese momento, yo lo había agarrado como un chiste a eso, pero me di cuenta de que me quería en serio, que me “bancaba”. Y, ahí, me supo sacar. Me dejé de drogar, no echaba “moco”. (Marcos, 22 años. Registro de campo, 22/06/2017)

La “banca” es un concepto amplio que refleja otredad pura, sin mediaciones. Es estar/sentirse acompañado en una condición de sumo respeto y cuidado del otro. Sobre todo, porque en algunos casos de lo que se lo cuida es de la muerte.

Y así pude salir adelante, porque si no, no sé qué hubiera sido de mí. Yo mil veces se lo dije: “Yo gracias a vos estoy acá, porque si no, no sé dónde estaría”. Podría estar en “cana”, o muerto, no sé… pero, en “cana”, seguro. (Marcos, 22 años. Registro de campo, 22/06/2017)

La intensidad que reviste el vínculo pareciera en algunos casos constituir un punto de inflexión para muchos jóvenes, donde no existen términos medios: o se es todo, o no se es nada. Así, muchas experiencias entendidas para los jóvenes como “rescate”, se asocian a estos vínculos y a prácticas que mencionan como destructivas.

En síntesis, reconocemos cómo la institución familia en los jóvenes entrevistados constituye una matriz de registros subjetivos protectores y asimilados a la posibilidad de vida, a prácticas que evitan la muerte y sobre todo, al reconocimiento del sujeto como tal. La filiación constituye una inscripción en un colectivo que fija una autoría, la percepción de uno mismo, el relato de una biografía. Revela un claro soporte afectivo (Martucelli, 2007) que constituye un argumento de vida, es decir, un relato de sí, para sí, que al sujeto lo sitúa, lo nomina,

Forjar masculinidades en contextos actuales

La respuesta al mandato patriarcal (cuidador, proveedor, aguantador) por parte de estos jóvenes conlleva experiencias de cercanía de muerte. Las masculinidades se están construyendo en torno a prácticas que traen aparejada la proximidad de riesgos a la integridad física y/o a la muerte (como el consumo excesivo de drogas, el “choreo”, las peleas, etc.), en un marco de prácticas institucionales de abuso de poder, violencia y degradación por parte de las fuerzas policiales.

Desde Connell (1997) se concibe la masculinidad como una posición de género que se construye y ejerce bajo distintos grados de presión social, no como algo intrínseco al cuerpo masculino. Bajo estas presiones, los mandatos patriarcales (proveer bienes materiales, proteger, ejercer poder sobre otros) que apelan a una masculinidad hegemónica (la que se toma para garantizar la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres y de hombres que no responden a ella) resultan más difíciles de cumplimentar para jóvenes inmersos en contextos de precariedad laboral y sometidos al abuso de poder policial, que radicaliza al ‘macho’, a través de las prácticas tanáticas mencionadas, para hacerse valer. Radicalizarlo conlleva probar permanentemente que se es verdaderamente hombre, a partir de la exaltación de caracteres considerados masculinos, como por ejemplo alejarse de lo débil, mostrar agresividad. Supone además disponer el cuerpo para la fuerza, para el riesgo, para el aguante, para la violencia, para la cercanía con la muerte, más que para el cuidado de sí mismo o de otros, lo que denominamos campo de vida.

El siguiente testimonio recogido en el campo convoca las voces de entrevistador y entrevistado:

El Exe me dice todo, me conoce, me respeta. Pero no debo guardar concesiones sobre su enojo a Grisel. Es joven y él sabe que puede matarla. Él sabe que la justicia no protege mujeres, y que a veces los hombres en determinadas circunstancias deciden por ellas. Mira al piso, sopla, el cuerpo apenas resiste. Se sienta y comenta la actitud de Grisel: ¿Podés creer que la gila lo quiso matar? Estaba trabajando con mi hermano, me llama por teléfono y me dice que está embarazada. Yo me puse contento. Me pidió que le comprara esas pruebas para saber si no era un retraso común… Más tarde, me llama para contarme que, rodeada de su mamá y hermanas, ¡pensaba en abortar! ¡Pensaba en matar a Diego Fernando!, ¿entendés? ¿Sabés lo que hace que lo estoy esperando?

Él cuenta que siempre soñó con un hijo varón, ese que pueda parecerse a él, alguien con quien hacer cosas juntos, “la pierna” que le faltaba: Diego Fernando. Fernando es un nombre que me gusta… Un amigo le puso ese nombre a un hijo que murió, porque a mí me gustaba, pero murió, ni bien nació. Sabés cómo espero a ese hijo… ¡Y lo quiere matar!

Se exalta, se le enreda la lengua, sus ojos parecen como apagados de fondo, su pupila anuncia el golpe en la mesa, su mano, el despertar de una nueva ira. Exe se enoja cuando le nombro a su padre, o a su madre: ¿Por qué querés saber de ellos?

En este momento, mi cabeza naufraga por un mapa de relaciones donde Exe ocupa el centro, pero yo no encuentro el foco. Exe cierra puertas, busca intimidarme, balbucea: ¡La quiero matar a esa gila!

Él sabe que Grisel no podrá defenderse, sabe que su infancia fue tan ignorada como la suya, que se tienen el uno al otro. Sin embargo, insiste con la idea de matarla. (Registro de Campo, 07/09/2017)[9]

Estas masculinidades se despliegan en una estructura de dominio masculino y de lugares de privilegio solamente por ser varones. Sin embargo, a la luz de lo indagado, cabe postular que la construcción de masculinidades por parte de estos varones se produce al calor de la paradoja del patriarcado. En otras palabras: las formas dañinas de la masculinidad dentro de la sociedad dominada por los hombres son perjudiciales para ellos mismos, no solo para las mujeres. Se tornan orientadores los planteos de Kaufman (1997) quien enuncia que la combinación de poder y dolor es la historia secreta de la vida de los hombres, la experiencia contradictoria del poder entre ellos. La masculinidad es poder, pero es también fragilidad, porque no existe como una realidad biológica que llevan los hombres dentro de sí, sino que hay que demostrarla y reafirmarla todo el tiempo, como se pueda.

Discurso mediático: jerarquías y formas de nominar

La labor investigativa incluyó una recolección de noticias provenientes del diario cordobés La Voz del Interior, en un recorte temporal de dos meses (octubre-noviembre de 2017), cuyos protagonistas o actores periféricos fueran jóvenes. Creemos que los significados y las experiencias de los jóvenes se articulan con estas fuentes de información.

Durante el mes de octubre de 2017, se publicaron un total de 29 noticias, distribuidas en las siguientes secciones: 22 en la sección “Sucesos”, cuatro en “Ciudadanos”, dos en “Opinión” y una en “Negocios”. Por su parte, en noviembre fueron relevadas 28 noticias: 22 en la sección “Sucesos”, tres en “Ciudadanos”, una en “Educación” y una en “Política”.

Al respecto, los medios de comunicación –en particular, el que nos hemos detenido a analizar, que es el de mayor tirada en prensa escrita– presentan una suerte de mirada sobre lo juvenil que tiende a borrar las singularidades juveniles y construye una perspectiva por demás negativa o amenazante.

En relación con las noticias recolectadas, pudimos observar que cuando los jóvenes aparecen como protagonistas, lo hacen principalmente desde dos roles o lugares asignados: víctimas y/o victimarios, y es bajo el segundo como mayormente se los presenta. Al respecto, cuando se menciona a los jóvenes como victimarios, se alude a los que pertenecen a sectores empobrecidos, que han presuntamente participado en un hecho delictivo o en enfrentamientos con la policía. En estos escenarios son nombrados como “delincuente”, “pibe chorro”, “supuesto delincuente”, “intruso”. Cuando se los representa como víctimas, son nombrados como “chicos”, “adolescentes”, “jóvenes”, “muchacho”. No obstante, cuando quien agrede no es el joven, se presenta a ese actor como “vecino”, un trato más indulgente.

Otro vecino a juicio por ultimar a un supuesto delincuente. (Título)

Un vecino que había matado de una puñalada en el corazón a un joven que supuestamente le había robado una bicicleta fue enviado a juicio oral. (Cuerpo. 03/10/17)

Llama la atención el número de noticias que relatan situaciones donde se encuentran involucrados un joven y uno o más agentes de la fuerza de seguridad, estos últimos en funciones de civil o retirados (todos portadores de armas de fuego reglamentaria). Pareciera ser que cuando esto sucede, aumenta la posibilidad de que el joven termine herido o muerto. Si bien en algunas noticias la situación se plantea como un “enfrentamiento”, no son pocas en las que encontramos que el joven involucrado no portaba arma.

Comisario mató a un joven que intentó asaltarlo. (Título)

La víctima tenía 20 años. (Bajada)

Cuando retiró el rodado, lo estacionó en la calle y se bajó a cerrar los portones, aparecieron tres jóvenes que intentaron abordarlo. Fue en ese momento cuando Aguirre se habría trenzado en un forcejo con uno de ellos, que tenía un revólver calibre 32. En solo segundos, el comisario retirado logró extraer su pistola reglamentaria, que llevaba en la cintura, y le disparó al presunto ladrón, que cayó muerto con un balazo en la cabeza. (Cuerpo. 22/10/17)

Quiso asaltar a un policía y terminó en el hospital. (Título)

Un joven resultó con un serio golpe en la cabeza. Está preso. (Bajada)

Sucedió que, al advertir el robo, un policía de civil (dueño del coche) salió a la calle y lo enfrentó a golpes para reducirlo. El ladrón cayó al pavimento y sufrió una lesión que lo dejó inconsciente. (23/10/17)

En otras noticias se refiere, por medio de relatos de otros actores del barrio, el vínculo conflictivo entre algunos jóvenes y algunos policías.

Un adolescente de 17 años murió de un balazo policial. Según la fuerza, se trató de un tiroteo cruzado. Los vecinos denuncian “gatillo fácil”. (Bajada. 12/10/17)

Apenas lo mataron a Exequiel, los vecinos nos contaron que el agente que le disparó era el mismo al que hacía tiempo venían denunciando, siempre sin eco y sin recursos, porque allí, como en otros sectores de la capital cordobesa, policías de calle y jóvenes sin destino repiten cada día el perverso juego del gato y el ratón, que parece sucederse en un infinito sin sentido. (14/10/17)

Como tantas otras zonas, la convivencia barrial entre jóvenes y policías es caótica. (21/10/17)

Se recogen también las voces de vecinos y familiares:

Incluso, contaron [familiares y vecinos] que uno de los agentes que participó del operativo, a quien apodan “Palomo”, hace tiempo que patrulla ese sector de la ciudad y mantiene un trato conflictivo con los jóvenes de la zona. Según dijeron, cada vez que pasaba en su patrullero, intercambian insultos y amenazas.

“Es mentira que hubo un tiroteo. A él lo mataron como a un perro porque acá a los pibes la Policía les dispara sin preguntar. Después de que lo mataron tiraron un arma en el lugar, y la volvieron a agarrar como si fuera de él”, sostuvo Dayana Gómez, una de las más de 20 mujeres que ayer estuvieron en el lugar pidiendo que se esclareciera lo ocurrido. (14/10/17)

Según el relato de los vecinos, Exequiel estaba en calle De la Recova cuando un policía le indicó que se detuviera. “Parate ahí”, le habrían dicho, y sin mediar más palabras le apuntó y disparó, aseguraron.

“Si acá los chicos corren cuando la policía los frena es porque los cagan a palos, les inventan cosas. Después del entierro vamos a manifestarnos porque acá los chicos no pueden salir, porque la Policía te muestra las armas, te tira o te pega”, indicó, por último, Dayana Gómez. (12/10/17)

Señalan, incluso, que hay uniformados que “provocan” a los jóvenes. “Pasan en los patrulleros por el barrio, insultan a los chicos, les muestran las armas de forma desafiante. Eso genera bronca”, contó una vecina. (22/10/17)

En la caracterización que se hace del joven se resalta la edad, si ha abandonado la escuela, si tiene antecedentes, si portaba armas. En una noticia, los llaman “jóvenes sin destino”.

Otra muerte joven que sacude a Marqués Anexo. (Título)

Hasta ahora lo único concreto es que Ezequiel Varela tenía 17 años, que hacía tiempo había desertado de la escuela, aunque varias veces se anotó en el programa de terminalidad educativa, y que ayer a media mañana cayó muerto, de un balazo policial… (12/10/17)

… en el procedimiento, los policías detuvieron al joven de 18 años, quien tenía pedido de captura por homicidio en grado de tentativa, y se le halló una pistola automática. (10/10/17)

El joven, que desertó del colegio tiempo atrás, había estado judicializado. (14/10/17)

Los relatos parecen producir el miedo, articulado con una figura de víctima y de victimario. Se alcanza a representar una mirada de lo juvenil que se vincula con formas de transgresión, delito y marginalidad.

El sujeto de lo peligroso se condensa en un personaje que es joven, de barrio marginal, habitante de ciertas fronteras consideradas ‘calientes’; un otro cercano pero agresivo y anormal; un sujeto claramente fuera de la sociedad. Así, el delito es una forma de imaginación/discriminación del otro. (Rincón y Rey, 2008, p. 38)

Resulta notable cómo algunas noticias logran plegar hasta cinco formas diferentes de delito en una sola imagen: ex preso, vendedor de drogas, secuestrador, violento y portador de armas. Se puede ver en la siguiente nota.

Tenía tres armas de fuego enterradas en el patio de una casa. (Título)

Un joven que hace un año recuperó la libertad tras ser sobreseído de una acusación por un narcosecuestro ocurrido cerca del cementerio San Vicente, de la ciudad de Córdoba, quedó detenido otra vez, ahora por un episodio de violencia familiar. Lo llamativo es que en el operativo en el que terminó capturado se secuestraron tres armas de fuego. (21/10/17)

A través de los medios, la violencia se configura como un dispositivo de socialización, expresada en miedos sociales. Los jóvenes y sus territorios conforman las figuras portadoras de un miedo social. Así, los procesos de domesticación desde el aparato hegemónico resultan más eficaces, y es desde allí que los medios de comunicación se fortalecen y expresan su capacidad de construir opinión pública, fundar subjetividad e instalar maquinarias del terror que reelaboran los escenarios sociales e incrementan los niveles de conflictividad o enfrentamientos sectoriales (Carreras, 2011).

Dos jóvenes fueron detenidos en barrio Pueyrredón. Se secuestraron tres armas de fuego. (Título)

De acuerdo con el registro de antecedentes, los dos detenidos ya tienen otras causas penales. (27/10/17)

Estas características se presentan en las noticias de tal modo que pareciera que los jóvenes implicados son más o menos merecedores del abuso policial. Aun cuando se presenten testimonios de familiares, como el siguiente:

“Es cierto, tuvo problemas. Como muchos chicos de acá de la zona, llegó a estar dos veces preso en el Complejo Esperanza… No sé si por las malas juntas o qué, no lo sé… Pero había dejado todo atrás. Estaba saliendo adelante. Estudiaba en el Cenma del barrio, iba bien”, dice Nora Varela, tía del muchacho. “Y lo mataron por nada, por la espalda”, agrega. (21/10/17)

Cabe resaltar que en la mayoría de los casos, el mismo joven puede asumir uno u otro papel, o incluso ambos, dependiendo del resultado del hecho: si resultan heridos o ultimados serán víctimas, pero no por esto escapan de la sombra de victimario que cae sobre ellos, de la sospecha o del “se lo tenía merecido”, así como de la enumeración de características que lo alejan de la imagen de joven socialmente aceptable/esperable.

Los escenarios donde suceden los hechos noticiables suelen ser los barrios. Solo un número minoritario de noticias presenta a los jóvenes desde otro lugar social:

No hacía falta que quedara escrito para que todo sea dicho: en Marqués Anexo, donde las balas corren de manera libre, un bebé o un joven muerto a tiros no son una novedad. (14/10/17)

Entre todas las violencias que atraviesan a Marqués Anexo –un sector marginal de la capital cordobesa–, hay una que no deja de hacer mella: el estigma. (14/10/17)

Se trata de una humilde barriada donde los dramas de violencia urbana se han convertido en una constante en los últimos años. (21/10/17)

En los discursos sociales, toda producción de sentido es necesariamente social. Todo proceso discursivo debe comprenderse en relación a las condiciones de producción y a un proceso de producción de sentido, a una intencionalidad (Verón, 1980). Los sentidos y significados que se les asignan a los jóvenes están claramente vinculados a nominaciones que no solo devalúan la experiencia juvenil, sino que unifican la mirada, justamente porque el diario no muestra otras imágenes que colaboren con equilibrar esas perspectivas negativas. En este sentido dice Reguillo:

El aparente saber experto de los medios produce un conjunto de narrativas fragmentadas sobre lo real, donde se resalta de manera episódica la escena social y sus dramas. Interpela la subjetividad desde un lugar específico de la narración en una reducción de la complejidad, lo que tiende a fijar certezas, facilitando la emergencia de “objetos de atribución” que, se asume, son causa, motivo y consecuencia de la pretendida homogeneidad de un orden social. (2008, p. 73)

Los medios de comunicación participan activamente en la configuración de significaciones sociales tales como la inseguridad, el miedo y el riesgo. Sus narrativas producen muchas veces respuestas punitivas y clasificatorias, que inciden en las relaciones sociales y en las lógicas de interacción social.

Reflexiones finales

Los jóvenes en condiciones de pobreza están más expuestos a experiencias de muerte por su condición a partir de las herramientas de control social que utilizan los sistemas de gobernanza. Lo que se desprende de la práctica investigativa es la visualización de un contexto social y político sumamente propicio para que esas muertes se incrementen, se justifiquen y se expliquen como necesarias desde el discurso social hegemónico. Existiría cierta familiaridad con la muerte (como experiencia real), cierta convivencia con la muerte como acontecimiento para los jóvenes que cometen prácticas delictivas, ya que en definitiva, para muchos, “es parte de las reglas del juego”. En las instancias desarrolladas en el marco del trabajo de campo con jóvenes también emergieron explicaciones religiosas, vinculadas a las decisiones que “toman otros”, al destino, a Dios, a la Virgen (sobre esto, las figuras paganas como el Gauchito Gil aparecen de manera periférica).

También es importante tener en cuenta los modos en que los jóvenes configuran masculinidades en la vida cotidiana, la performance que se dramatiza y que se articula, por otro lado, con la posición de clase, el lugar ocupado en la estructura social y las características de esa subalternidad. Esto aparece cuando miramos la tasa de muertes juveniles con agresiones mediante.

Asimismo, la experiencia subjetiva de consumo de drogas los acerca a situaciones de muerte, pero también es una de las formas de trazar fronteras con el pasado, de dejarlo atrás. En ese sentido, la pérdida de libertad, la situación de encierro, constituyen en la mayoría de los casos relatos dotados de sentimiento y emociones asfixiantes.

Quienes han estado en situación de encierro (sea en cárceles, sea en institutos de menores), no pueden dejar de asociar ese espacio con la muerte o con estar muerto. Esto no solo por el riesgo de que a uno lo maten, sino porque la misma arquitectura está relacionada con un cementerio, en el que se pueden destacar nichos y rejas como lugar común, además de maltrato físico, verbal y moral por parte de los mismos guardiacárceles.

El papel de las fuerzas de seguridad constituye para los jóvenes entrevistados una posibilidad de prácticas de tortura, una idea persecutoria que se inscribe en los pliegues de la subjetividad y que limita la vida.

El rol de los medios de comunicación, por su parte, constituye una pieza fundamental en el imaginario social, dado que refuerza la idea de jóvenes victimarios (sujetos amenazantes). Por esto, destacamos la emergencia de los debates sobre la baja de la edad de imputabilidad en los últimos años, que da cuenta de un relato hegemónico sumamente constrictivo para los jóvenes, en particular para los que viven en situación de desigualdad social.

Con todo, rescatamos que los significados ligados a la vida estarían vinculados con la capacidad de los jóvenes de decidir sobre la construcción de su propio destino y con las estrategias de afrontamiento, el ejercicio de derechos. La familia y la figura materna en particular parecieran ser un punto de apoyo y sostén psicosocial que permite a los jóvenes revincularse con experiencias ligadas al amor y a los afectos. Esta dimensión protectora colabora a la hora de pensarse como sujeto vivo. Les permite a muchos de ellos consolidar una imagen de sí mismos más propositiva, prospectivamente positiva.

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  1. Hacemos referencia a que hay cifras ocultas respecto de las muertes juveniles. Sobre la dificultad para acceder a datos respecto a lo que mencionamos, López, Guemureman y Bouilly (2012: 61) profundizan dicha discusión en el capítulo “Estado de los datos: la dificultad de conocer”.
  2. Universia Argentina. Nota de Portada. “Desempleo juvenil: un problema que enfrenta América Latina”. 10/04/2015. Fuentes citadas: BBC Mundo y Telam.
  3. Barómetro de la Deuda Social de la Infancia. Observatorio de la Deuda Social Argentina. Pontificia Universidad Católica Argentina. Barómetro de la Deuda Social Argentina. Avances, retrocesos e inequidades a finales del Bicentenario (2010-2015). Serie del Bicentenario (2010-2016) / Año VI.
  4. Los datos surgen de la nota publicada por periódico La Voz del Interior titulada: “En Gran Córdoba, el 40,5% de las personas son pobres”. Córdoba, 29/03/2017.
  5. Datos suministrados por la OMS y MSAL para el año 2012.
  6. “Perro”: proviene del lenguaje carcelario e implica estar subordinado, sometido.
  7. “Transa”: vendedor de drogas ilegales.
  8. Los adultos son los dueños del negocio, los que venden en sus viviendas con el beneplácito de la policía y quienes también consumen drogas (legales e ilegales). Por su parte, los jóvenes son los que venden en los lugares más expuestos y quienes más consumen.
  9. Este texto es un extracto de notas de campo, en el que distinguimos con cursiva las palabras del entrevistado.


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