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5 El auto cuidado de la salud

María Paula Lehner y Marisa Ponce

Introducción

Este capítulo analiza el cuidado de la salud de las entrevistadas que asisten o asistieron a hijos y familiares dependientes. El énfasis sobre la organización social de los cuidados ha permitido que salgan a la luz las necesidades de quienes cuidan. Pese que se trata de un tema poco explorado, los conocimientos acumulados revelan que la dedicación de las mujeres a las tareas de cuidado familiar tiene consecuencias en sus vidas y en su salud física y psíquica (Findling y López, 2015; Tobío et al., 2010). Algunas investigaciones destacan los costos de ese cuidado al analizar los vínculos entre las lealtades del parentesco y las necesidades personales, expresadas en la reducción del tiempo libre y de la vida social, el estrés, la percepción de mala salud y el desgaste físico (Durán Heras, 2002; Julve Negro, 2006; Findling y López, 2015).

Cuidar a otras personas supone un gran impacto afectivo. Delicado Useros (2006) utiliza el concepto de ambivalencia emocional como el sentimiento que mejor define los dilemas que experimentan las mujeres al asumir el cuidado, ambivalencia que se torna evidente cuando las mujeres cuidadoras posponen el cuidado de su salud, anteponiendo la de sus hijos, cónyuges u otros familiares. Algunos autores sostienen que las mujeres priorizan resolver demandas de salud más urgentes de sus familiares que sobre las propias (Caleffi et al., 2010), opinión no compartida por otros autores, que sostienen que las mujeres valorizan el mayor cuidado hacia sí mismas para no convertirse en una carga para los demás (Tobío et al., 2010). Por eso las mujeres tienden a exigirse cuando de ellas depende el cuidado de otros, pero también se cuidan más, lo cual indica diferencias de género relativas al propio cuidado o a las prácticas preventivas de la salud (Rücker-John y John, 2009 en Tobío et al., 2010).

De acuerdo con el enfoque de la Salud Colectiva, la perspectiva conceptual incorpora la noción del auto cuidado como una práctica social. Desde esta concepción, la vida cotidiana es un ámbito apropiado para conocer la forma en que las personas se organizan para cuidar su salud, potenciarla y prevenir riesgos. Estas prácticas no pueden comprenderse aisladas de la dinámica de la sociedades actual ni ser atribuidas exclusivamente a la responsabilidad individual. Abordar esta noción supone un análisis integral, que tome en cuenta la relación de mutua influencia entre lo micro y lo macro, lo local y lo global, lo cotidiano y lo instituido (Muñoz Franco, 2009).

Por ello las prácticas de auto cuidado se vinculan con las condiciones socioeconómicas y culturales de las personas y las familias. En estas prácticas debe tenerse en cuenta, además, la responsabilidad social del Estado y otras instituciones de la sociedad. El auto cuidado comprende las diferentes actividades de la vida cotidiana que las personas, las familias y los grupos sociales realizan para cuidar la salud, prevenir enfermedades y limitar daños; es el conjunto de actos médicos y no médicos que abarcan los controles de salud y las actividades físicas y recreativas, la vida social, el ocio y el tiempo libre, actividades que difieren según el sexo, la edad y determinantes sociales como el nivel socioeconómico, la ocupación y las experiencias de enfermedad y muerte de personas cercanas (Arenas Monreal, Jasso-Arenas y Campos Navarro, 2011).

La influencia del sexo y la clase social actúan como condicionantes en las prácticas del autocuidado. La posibilidad de desarrollar comportamientos preventivos crece en las personas de mayor nivel socioeconómico y educativo: cuanto menor es la distancia social entre el médico y el paciente, menor es la asimetría de la relación y mayor la capacidad del paciente para adquirir conocimientos y desarrollar acciones anticipatorias de la enfermedad (Boltanski, 1975). Los procesos de socialización de género actúan en la incorporación de pautas de cuidados de las mujeres y los varones, configurando patrones diferenciales entre ambos. Así, las mujeres incorporan no sólo las normas y las prescripciones sociales y culturales que dicta cada sociedad sobre el comportamiento femenino, sino también los códigos que especifican las desigualdades de género y la división sexual del trabajo (Lamas, 1996). Según esta concepción, los cuidados que proveen las mujeres cuidadoras se asocia con el sacrificio, la abnegación y la privación de sí, atribuyéndoles un deber ser moral y afectivo (Tobío et al., 2010). Esta idea se ha transmitido a través de sucesivas generaciones, incluyendo a las cohortes de mujeres como las aquí estudiadas. La mirada sobre los condicionantes sociales de la salud se torna aún más relevante cuando se indaga sobre el modo en que se intersectan la clase social, el género, la generación y la etapa de la vida (Pombo, 2012).

Para conocer más sobre los comportamientos de autocuidado de las mujeres que cuidan a sus familiares es útil tomar en cuenta el contexto que las rodea. En el modelo actual de capitalismo globalizado continúan desarrollándose fuertes procesos de mercantilización de la salud y medicalización de la sociedad (Menéndez, 1984), sustentados en la idea de que la solución a los problemas de salud puede lograrse mediante la atención biomédica y el consumo de fármacos. A ello se han agregado, en las últimas décadas, la difusión de medicinas tradicionales no biomédicas denominadas medicinas alternativas o complementarias (OMS, 2002); la mayoría procede del mundo oriental como la medicina china. Este fenómeno cultural global interviene en la configuración de un nuevo mercado de la salud que comprende una variada oferta de opciones terapéuticas biomédicas y no biomédicas. El consumo de estas alternativas se produce acompañado de una proliferación de discursos de organismos internacionales, de la biomedicina y de los medios de comunicación que subrayan la responsabilidad individual en la promoción de la salud y el imperativo moral de mantener hábitos y estilos de vida saludables para lograr una mejor calidad de vida y bienestar (Freidin y Abrutzky, 2010). La utilización de esos recursos da cuenta del pluralismo médico (Menéndez, 2003) como estrategia que emplean los sujetos para cuidar la salud y atender la enfermedad. Los mandatos culturales y morales vigentes ponen el acento en una mayor responsabilidad individual por la propia vida y, en ese contexto, el cuidado de la salud aparece asociado a un ideal de corporalidad que responde a valores estéticos de delgadez, belleza y juventud (Freidin, 2017).

Las prácticas de auto cuidado de la salud de las mujeres y el trabajo de cuidados hacia otros revelan diversos grados de conflictos y tensiones. Estas se manifiestan por el conflicto entre una mayor demanda de asistencia a largo plazo y la menor disponibilidad de las mujeres como proveedoras ya que la mayoría trabaja fuera del hogar. A pesar de ello, las mujeres continúan desempeñando el rol del cuidado familiar (Carrasquer et al., 1998; Bessin, 2014), lo que lleva a considerar la influencia de las diversas actividades de las mujeres sobre sus posibilidades de auto cuidado. En este escenario, surgen algunos de los interrogantes que se plantea este capítulo: ¿Cómo perciben las mujeres su estado de salud? ¿Qué acciones realizan para cuidarla? ¿Cuáles son los condicionamientos que dificultan o promueven el cuidado de la salud? ¿Cómo incide la edad, el nivel socioeconómico y la ocupación sobre el autocuidado? ¿Cuáles son las consecuencias de cuidar a otras personas?

Las principales dimensiones de análisis tuvieron en cuenta los siguientes ejes: autopercepción de la salud física y mental, prácticas de cuidado, cuidados reproductivos, controles médicos preventivos, actividad física, hábitos alimenticios y de descanso y percepción de cambios en la salud y en el cuidado luego de la llegada de los hijos y de cuidar a familiares dependientes.

La autopercepción del estado de salud

Sin reflexiones previas las entrevistadas manifiestan que en general se sienten bien: “Muy bien, porque no me dificulta para nada todo lo que tuve (Elena, 71, nivel medio bajo:MB); “Mi salud por ahora es buena” (Antonia, 42, MB); “Yo estoy muy bien de salud, no tengo ningún problema” (Nina, 72, nivel medio:MM); “Creo que mi salud es muy buena. Las dos: física y mental” (Malena, 44, MM). Las diferencias surgen al analizar las respuestas según la edad y el nivel socioeconómico. Las mujeres de la primera generación (PG) de estratos socioeconómicos medio bajos asocian la salud con la ausencia de enfermedades y el buen funcionamiento del cuerpo y la evalúan por su respuesta a los requerimientos laborales: Mi trabajo es de desgaste físico, gracias a Dios me responde el cuerpo, no he tenido grandes problemas de salud” (Aurora, 62, MB, empleada doméstica). En estos grupos sociales el cuerpo se concibe como una máquina que permite la subsistencia (Boltanski, 1975; Castro, 2000) y que se repara cuando se presenta un malestar: “Cuando tengo algo, voy” (Gloria, 61, MB, depiladora, jubilada, tiene dolores cervicales, secuela de su último trabajo); “Hago acupuntura cuando estoy muy dolorida de mi problema de artrosis y algo me alivia” (Bárbara, 57, MB, empleada de panadería). La concepción fatalista de la enfermedad también subyace en la percepción de la salud de las mujeres de estratos medio bajos: “Casi nunca me enfermo, por suerte” (Lucía, 60, MB); “Cuando llegue [una enfermedad] va a llegar, pero no porque no me haya cuidado” (Elena, 71, MB). Entre las mujeres de la segunda generación (SG) también predomina la concepción de la salud como ausencia de enfermedad; una sola entrevistada lo justifica en el aval de acciones biomédicas “porque me hago todos los chequeos y no tengo nada” (Gimena, 44, MB).

En la PG se observan diversas prácticas de salud como parte de la trayectoria vital; en ese sentido aclaran: “Porque siempre me cuidé” (Marita, 61, MM); “Hace veinte años que hago yoga” (Nina, 72, MM); “Hago terapia” (Rosana, 61, MM). La SG coincide con que la salud abarca la prevención bajo control médico, la comida, el descanso y el ejercicio y se reparte entre lo físico y lo mental: “Me cuido en ciertos aspectos, me hago los chequeos, intento llevar una vida saludable” (Marina, 42, MM). En las más jóvenes, solo una asocia el sentirse bien con aspectos ligados al disfrute, además de los controles médico-preventivos: “Soy de las que trato de mediar entre la salud y el placer de la mejor manera que puedo, soy como muy consciente del peligro de los extremos y trato de lidiar todo el tiempo con eso y de no bandearme ni para el lado de la salud extrema que me parece que se pierde un poco el disfrute. La salud extrema sería que me cuido en todo, que no me permito (Camila, 36, MM).

Los cuidados reproductivos

Las entrevistadas se sienten protagonistas casi exclusivas de sus prácticas de salud en lo reproductivo. Sea cual fuere el nivel socioeconómico al que pertenezcan, consideran que la anticoncepción o regulación de la fecundidad está en sus manos. Todas utilizan o utilizaron algún método para evitar los embarazos y decidir el momento en el que piensan o han pensado en tener hijos. Dos mujeres de distintas generaciones y estratos sociales indican haber usado o usar preservativos (Lucía, 60, MB y Rita, 33, MM).

En los testimonios se observan diversas trayectorias que relatan negociaciones con sus parejas, pruebas con nuevos métodos anticonceptivos (MAC) y aceptación o rechazo de los métodos por diversos motivos. Estos recorridos ponen en evidencia una rigurosa planificación de la descendencia en la que las mujeres se muestran con gran protagonismo: “Tomé pastillas anticonceptivas después que nació el varón, dejé porque me hacían doler la cabeza, ahí me puse un DIU, me lo saqué unos meses antes de que quedara embarazada de la nena, pero el DIU lo tuve mucho tiempo” (Gloria, 61, MB). “No tomé anticonceptivos [píldora], hubo una época cuando recién me casé, me dieron una inyección para evitar el embarazo, era muy fuerte, entonces decidí que no, me atacaba el hígado. Después que nació mi hija, usé el DIU. Después del varón intenté con pastillas anticonceptivas con prescripción médica, tomé tres y al cuarto día empecé a vomitar, entonces era abstenerse o algún preservativo para evitar el embarazo, después nunca más usé ningún método (Rosana, 61, MM).

Usé preservativos y el redondito, ¿diafragma? Me fue bien, los usé poco tiempo, cuando quise tener ya no los usé” (Lucía, 60, MB); “Usé pastillas. Yo era católica así que las pastillas no estaban permitidas, usábamos el método Billings que es un quilombo pero yo era muy regular así que lo podía usar, y luego pastillas, no tuve inconvenientes” (María Emilia, 66, MM).

Como lo indican investigaciones anteriores (López y Findling, 2012), las entrevistadas más jóvenes utilizan el preservativo desde que han alcanzado el número de hijos deseado: “Usé anticonceptivos cuando era muy chica, con el primer novio que tuve, me las dio una ginecóloga, las dejé rápidamente porque en algún momento me empezó a doler mucho la cabeza y yo se lo atribuía a las pastillas, tenía que hacer mucho esfuerzo para acordarme todos los días, así que el siguiente método fueron los preservativos, nunca volví a tomar pastillas ni usar otra cosa (Melina, 39, MM).

También aparecen quienes persisten en el uso de un MAC que les ha dado buen resultado, como Antonia (42, MB), que afirma: “Tengo puesto el DIU. Lo uso hace catorce años”. En otros relatos, en cambio, las mujeres comentan que han probado diferentes métodos de acuerdo a sus necesidades, nuevas parejas, comodidad o recomendaciones de profesionales de la salud: “Desde que inicié mi relación con mi pareja actual tengo un DIU, nunca había recurrido a ese método porque estaba casada y, bueno, tomaba pastillas, pero después consultando con mi ginecólogo me dijo que era lo mejor, además si ya no quería tener más hijos estaba bien y me es súper efectivo. Yo siempre tuve pareja fija, entonces me parece más saludable, incluso para la intimidad es mejor que recurrir al preservativo, lo recomiendo el DIU para la gente de mi edad (Marina, 42, MM).

Como excepción, una entrevistada sostiene que delegó en su pareja la responsabilidad de la anticoncepción: “Mi marido usa anticonceptivos desde siempre, menos cuando quisimos encargar al bebé, siempre usamos” (Soledad, 33, MB).

El protagonismo de las mujeres en la limitación del tamaño de la descendencia también puede interpretarse a partir de su participación en el mercado de trabajo.

Los controles médicos preventivos

Las mujeres de estratos socioeconómicos bajos de la PG expresan dificultades para realizar controles médicos: “Yo en realidad, por lo mío, debería ir cada seis meses a hacerme un control ginecológico, mamario, pero no voy” (Gloria, 61, MB, tiene prolapso y tuvo cáncer de mama). Algunos testimonios revelan nociones aprendidas sobre los controles médicos y una concepción fatalista del proceso salud-enfermedad-atención-cuidados: “Hace muchos años que no me hago ningún control de ninguna clase, mi papá decía que si vos ibas al médico siempre algo te encontraba, entonces como una negación, viste, de que no me encuentren algo” (Aurora, 62, MB). Esta opinión sugiere la influencia que podría ejercer la transmisión de pautas de auto cuidados intergeneracionales (De Keijzer, 2001). Algunas mujeres van al médico cuando encuentran algún signo o síntoma que las preocupa: “Me estoy haciendo control porque encontré un bultito” (Elena, 71, MB), mientras que otras dicen hacer controles periódicos: “Una vez por año me hago los estudios” (Lucía, 60, MB). En la SG de entrevistadas de estratos medio bajos se observan comportamientos similares, que pueden variar entre aquellas que hacen los controles ginecológicos anuales y las que los omiten, aunque la constante parece ser la consulta sobre la salud de sus hijos: “No me hago controles. No me gusta ir a hospitales, a mi hijo sí lo llevo, pero yo no” (Sara, 30, MB).

En contraste, la mayoría de las mujeres de la PG y varias de la SG de niveles medios acuden en forma periódica a controles médicos, quienes revelan que es un conducta aprendida en su juventud cuya práctica diseña una trayectoria de cuidado en sus vidas: “Voy al médico toda la vida, me hago controles ginecológicos, gastroenterología” (Gladys, 60, MM); “Yo me controlo todos los años” (María Emilia, 66, MM); “Yo el chequeo anual siempre me lo hice, desde hace muchos años, hace veinte años que voy a la misma ginecóloga” (Lorena, 39, MM). Sin embargo, algunas de las mujeres más jóvenes mencionan dificultades para cumplir con la periodicidad que requieren ciertos controles preventivos, a pesar de vivirlo con sentimientos de culpa. Varias de ellas señalan como un obstáculo los trámites requeridos por las instituciones de la seguridad social, “Soy un desastre con los controles médicos. Le dedico poco tiempo a eso en mi vida, me cuesta mucho caer en la burocracia, todo se torna tan difícil que antes de arrancar ya me canso” (Camila, 36 MM, afiliada a IOMA y OSECAC). En cambio, otras mujeres de la SG opinan que disponer de una cobertura de salud facilita un mejor acceso a las consultas médicas: “Cumplo con los controles ginecológicos una vez por año, hace años, también los clínicos. Como tengo obra social eso me permite organizar como un control básico anual” (Marita, 61, MM, afiliada a OSAPM).

Para las mujeres de sectores medios, los controles médicos son acciones que se han convertido en hábitos de vida, incorporando la prevención y contando con recursos para hacer frente al efecto disruptivo de la enfermedad, perspectiva que contrasta con la de las mujeres de estratos bajos.

Dieta, actividad física y descanso

La alimentación saludable, la actividad física regular y el descanso nocturno son valores mencionados por todas las entrevistadas. Las mujeres de la PG son quienes se cuidan con mayor esmero sin distinción de pertenencia socioeconómica, aunque se observan ciertos matices. Las mujeres de estratos medios han incorporado hábitos saludables tempranamente, mientras que las de estratos medio-bajos los adquirieron en forma más tardía: Lo que por ahí noto es que mi cuerpo no tiene la misma fuerza, un ejemplo, me di cuenta que me costaba subir a los colectivos, me está faltando fuerzas en los brazos, en las piernas, entonces tomé la decisión y comencé pilates, para tonificar los músculos” (Gloria, 61, MB). Todas las mujeres tienen conciencia del auto cuidado y actúan para intentar mantenerse saludables. Posiblemente la madurez, asociada a una mayor certeza de la finitud de la vida, pero también la responsabilidad de cuidar a otros y el anhelo de evitar preocupaciones a sus familiares, se articulan como motivaciones para el propio cuidado en las mujeres de mayor edad: “Yo tengo 71 años, me cuido en la comida, en todo lo que es la alimentación y el ejercicio, me cuido para no darle trabajo a los míos. Quizás cuido mi salud al cuidarlos a ellos” (Elena, 71, MB).

Respecto de la dieta y la actividad física, las mujeres de la PG mencionan hábitos aprendidos en el entorno familiar y otros incorporados más recientemente: “Saber comer, sin harinas, una alimentación sana, mucho líquido, muchas verduras, fruta, lácteos” (Elena, 71, MB). La actividad física es otra práctica que las entrevistadas han sumado en el transcurso de sus vidas: caminatas, natación, Yoga, Pilates, Tai Chi Chuan o estiramiento muscular son las más mencionadas. Sin embargo, en casi todas las mujeres de niveles medio bajos se observan dificultades para mantener una actividad física regular, que en ocasiones se sigue como una prescripción médica. Al respecto aparecen las omisiones culposas, que se expresan como una deuda consigo mismas: “Tengo que empezar, ando con ganas de hacer natación por mis huesos, mi columna” (Bárbara, 57, MB). En las mujeres de la PG de sectores medios el ejercicio físico es una acción aprendida en su historia personal: “Ahora estoy haciendo cintas, todos los días voy al gimnasio, lo hago desde hace más o menos veinte años” (Marita, 61, MM).

Las dificultades para dormir aparecen como un tema recurrente, algunas mujeres lo consideran propio de la etapa de la vida y toman medicamentos para conciliar el sueño: “Duermo tres o cuatro horas y después me despierto, depende los problemas que tenga en la mente, seis, ocho horas corridas hace años que no duermo” (Gloria, 61 MB); “Y, con los años cada vez dormimos menos seis horas, a veces, con suerte” (Marita, 61, MM); “A veces duermo como un tronco y otras no me duermo, yo siempre fui de mal dormir, de sueño liviano, y me despierto varias veces en la noche, no descanso, tomo pastillas para dormir que me hacen descansar mejor” (Gladys, 60, MM).

Las diferencias más marcadas sobre el descanso se advierten entre los grupos generacionales sin distinguir por nivel socioeconómico, ya que las mujeres más jóvenes descuidan la dieta, no hacen actividad física y duermen mal. Las exigencias del trabajo, la vida familiar y los cuidados de hijos pequeños y padres dependientes las llevan a postergar esos cuidados: “Duermo seis horas y media, necesitaría dormir ocho por día [no puede por el hijo]” (Anabella, 31, MM); “Tendría que estar haciendo dieta pero la realidad es que como lo que puedo que, por lo general es delivery, empanadas o sangüichitos de miga porque es más cómodo. Tengo sobrepeso. Actividad física, no. Duermo muy poco, seis horas, como mucho. Ahora con esto de mi papá no estoy durmiendo nada, si tengo algún momento libre voy a verlo” (Lorena, 39, MM); “Arranqué con dieta porque me veía gorda, fui a la nutricionista, a principio de año bajé ocho kilos, no hacía gimnasia porque no podía, tenía las actividades de mis hijos, no tenía tiempo, duermo poco, no soy de dormir mucho. Me acuesto a las dos de la mañana y a las siete estoy despierta, me voy a trabajar” (Pamela, 33, MB); “No hago dieta. Tendría que no comer tantas grasas porque tengo hígado graso, no como bien: como cuando me acuerdo, lo que venga y no está bueno” (Gisela, 40, MM).

De estos testimonios se desprende que las mujeres más jóvenes no comen bien, no descansan lo suficiente, están estresadas y, tengan o no enfermedades declaradas, postergan el auto cuidado, que aparece como una cuenta pendiente expresada en verbos en modo potencial debería, tendría. Si bien cuentan con la información sobre cuáles corresponderían ser las acciones tendientes al logro de su bienestar, encuentran que sus responsabilidades les quitan tiempo, fuerza y autonomía: “No hago ejercicios, acá, moviéndome de uno lado para el otro” (Soledad, 32, MB); “Intenté hacer cosas en el plano alimentario, naturista, pero en este momento lamentablemente uno tiene que resolver rápido, todavía no volví a dormir como antes [desde el nacimiento del hijo], no puedo dormir corrido, tengo el radar prendido” (Melina, 39, MM).

Algunas entrevistadas que han superado la etapa del cuidado de hijos pequeños parecen encaminarse hacia mejores cuidados personales: “Duermo bien, planchada. Me acuesto temprano y me despierto temprano también, hago terapia, hace poco empecé con la psiquiatra, si no estoy estudiando estoy en el gimnasio; si no, trabajando” (Gimena, 44, MB); “Fui a una nutricionista ayurvédica que me cambió toda la dieta [tenía alergias y reflujo] hago yoga tres veces por semana” (Malena, 44, MM).

Terapias alternativas y terapias psi

En general, las entrevistadas no desdeñan este tipo de terapias. Sin distinción de edades se inclinan por aquellas en las que han podido verificar un resultado tangible y positivo como es el caso del consumo de “yuyos”, el “Reiki”, “la medicina china” y “la acupuntura”. La convicción, producto de la experiencia, también confirma sus acciones hacia las consultas con médicos holísticos, la homeopatía y las flores de Bach y en ocasiones combinan diferentes medicinas de acuerdo a las necesidades y los resultados que obtienen: “Me hago todos los chequeos de la medicina tradicional y si me enfermo voy al médico, pero practico homeopatía desde hace seis años, tomo una medicación como para equilibrar la energía vital, cada tanto voy a un médico chino, me hago acupuntura” (Marina, 42, MM). Quienes nunca incursionaron en este tipo de terapias la consideran una opción, como Anabella (36, MM) que afirma: “No, nunca probé, siempre usé medicina tradicional pero no es que estoy cerrada, si en algún momento lo necesito, lo hago”.

La mayoría de las entrevistadas hacen terapias psicológicas, especialmente las mayores, aunque con diferentes modalidades según el nivel socioeconómico. En los estratos medios estos tratamientos abarcan gran parte de sus vidas: “Hice terapia un montón de años. Distintas, me hizo bien” (Nina, 72, MM) y ayuda a transitar cada etapa: “Hago terapia, empecé a fines de julio pasado. La psicóloga me ayuda a ver dónde estoy parada” (Rosana, 61, MM). En las mujeres de sectores medio-bajos la consulta psicológica también se efectúa para superar situaciones puntuales y extremas: fallecimientos, separaciones, ataques de pánico. Debido a la limitación económica, las mujeres recurren a terapias focalizadas, cortas, tanto en el sistema público de salud o en instituciones con tarifas bonificadas: “No hago terapia ahora pero voy a retomar” (Bárbara, 57, MB).

La articulación de terapias alternativas y psicológicas con las de la biomedicina muestra la diversidad de estrategias para el cuidado de la propia salud. Esas terapias reflejan el pluralismo médico (Menéndez, 2003) como un recurso en un clima cultural de mayor apertura hacia prácticas alternativas y complementarias.

La incidencia del cuidado familiar sobre el autocuidado y la salud de las cuidadoras

La mayoría de las mujeres de la PG no percibe que el cuidado que ofrecen a sus familiares haya limitado sus posibilidades de cuidado personal. Las entrevistadas de estratos medio bajos consideran que cuidar a otros no alteró sus prácticas de auto cuidado y agregan que no consultan al médico porque no lo necesitan: “No, creo que no, si necesité fui al médico y como las chicas tampoco fueron de enfermarse mucho, la verdad es que no siento que haya descuidado mi salud para atender la de mis hijas” (Lucía, 60, MB). Sólo algunas mujeres de estratos medios que cuidan a sus nietos reconocen que esa tarea les genera cansancio y que puede disminuir el tiempo para el propio cuidado: “Me falta un poco de descanso, me pongo a pensar en estar más ordenada para comer mejor, para descansar un poco mejor, también tiene que ver con tener el tiempo para organizarlo, hacer algún deporte también me faltaría porque lo único que hago es hacerle upa a mi nieta, me falta estar un poco más consciente en cuanto al cuerpo (Marita, 61, MM).

Las entrevistadas de la SG, en cambio, perciben dificultades para cuidarse y las relacionan con el cuidado de sus hijos. En los estratos medio bajos, la prioridad que adquiere el cuidado infantil incide en la postergación de la atención cuando un problema de salud se manifiesta. Uno de los argumentos para retrasar la consulta médica es el temor de las mujeres a ser diagnosticadas con una enfermedad que modifique su presencia en el cuidado familiar, situación que se encuentra agravada cuando no se dispone de redes de apoyo para el cuidado: “La verdad que fue más por miedo a que me digan que me tengo que operar y dejar a mi hijo varios días solo” (Sara, 30, MB). En los estratos medios, el nacimiento de los hijos disminuye la atención de la propia salud: “Actividad física, no. Dejé, hice yoga todo el embarazo y antes también” (Lorena, 39, MM). Retomar estas actividades es una cuenta pendiente que las mujeres piensan saldar en un futuro: “No hago ejercicio. Debería. Hice hasta que quedé embarazada, gimnasia, natación, hockey. Hace un mes dejé yoga y estoy por retomar, con los horarios no me puedo acomodar” (Gisela, 40, MM); o cuando sea posible articular los tiempos personales con los tiempos de los hijos: “Mi estado físico, deplorable, en transición digamos; cuando mi hija arranque ahora el jardín veremos si puedo hacer algo de gimnasia, tengo la bicicleta ahí cuando puedo tratamos de subirnos un ratito, todavía con ella no puedo” (Yenny, 43, MM).

Para las mujeres de estratos medios pareciera que el cuidado de la salud se asocia al cuidado de la imagen y el arreglo personal y algunas reconocen las consecuencias de cuidar a otros: “No sé si la salud, pero es un poco como no estar tan pendiente, no me hago muchas cosas, estoy en zapatillas todo el día, en eso me siento como abandonada, tengo que ayudar un poco a verme mejor, tengo que ir a la peluquería, es como que tengo que encontrar el momento. una quiere llegar y estar con el bebé (Anabella, ya citada).

El cuidado familiar también puede producir efectos negativos en la salud en las mujeres de ambas generaciones. Algunas entrevistadas de la PG acusan en su estado físico y mental las consecuencias del trabajo doméstico, el remunerado y el cuidado familiar: “Yo me acelero, corriendo de aquí para allá. Yo soy nerviosa de por sí y todo eso se ve que me fue perjudicando para la presión (Gladys, 60, MM). Hay que advertir, no obstante, que las mujeres de la PG son quienes más justifican el cuidado basado en la noción de retribución, lo que podría incidir en la naturalización de los efectos negativos del trabajo de cuidado:“No fue para mí ninguna carga, para nada, era mi mamá, la que hizo mucho también por nosotros (Marita, 61, MM). La naturalización parece alcanzar también a las entrevistadas de la SG. Sólo algunas mujeres que están a cargo del cuidado de sus padres con problemas de salud se animan a dar muestras de cansancio y agobio: “Me vive peleando, me agota” (Yenny, 43, MM, cuida a su mamá); “No tengo paciencia” (Pamela, 33, MB, cuida a su papá); “A mí me pesa mucho: alguien me cuida el nene y yo me voy a encargar de mi viejo” (Lorena, 39, MM, cuida a su papá). La sobrecarga de tareas, especialmente cuando no se tiene ayuda para el cuidado familiar, aumenta la sensación de malestar.

Las experiencias de las mujeres de la SG, tironeadas entre el cuidado de hijos y adultos mayores y obligaciones laborales, coinciden con la percepción de las entrevistadas de la PG en cuanto al esfuerzo y el cansancio que sufrieron sus propias madres al cuidar a sus abuelas y abuelos. Los recuerdos ponen de manifiesto la transmisión de imágenes femeninas asociadas a actitudes y valores ligados a la entrega absoluta, el sacrificio y la abnegación que las mujeres han internalizado a lo largo de diferentes generaciones, todo ello acompañado de una fuerte carga emocional que las mismas suponen.

A modo de conclusión

Las mujeres de ambas generaciones perciben que, en general, su salud es buena. Todas tienen conciencia de la importancia del cuidado de la salud física, psíquica y emocional y de lo que significa llevar una vida saludable en lo que concierne a la alimentación, el descanso y el ejercicio. Recurren a cuidados biomédicos y también a terapias alternativas que utilizan en forma complementaria. Cuidan de sí mismas, aunque con marcados matices según las generaciones y la pertenencia social, a excepción de los cuidados en anticoncepción, en los que todas coinciden y se muestran protagonistas sin distinciones de edad ni estrato socioeconómico.

Las entrevistadas de los estratos socioeconómicos medios, tanto de la primera como de la segunda generación, sostienen sentirse bien porque se cuidan, hacen consultas médicas preventivas y comentan los resultados de los estudios médicos que avalan su buen estado de salud. Han incorporado la prevención desde que eran jóvenes y cuentan con recursos materiales y simbólicos para llevarla a cabo. Además mantienen, de manera sostenida, terapias psicológicas. De todas maneras, las mujeres más jóvenes cuentan con menor disposición para el auto cuidado porque trabajan en empleos remunerados, crían a sus hijos pequeños y, en ocasiones, cuidan a padres envejecidos o enfermos. Las consecuencias se manifiestan en descuidos en la alimentación, falta de descanso o interrupción de actividades físicas. A pesar de estas dificultades, ellas intentan sostener los controles médicos preventivos como parte de sus hábitos de cuidado.

Las mujeres de estratos bajos de la primera y la segunda generación también tienen una buena percepción de su estado de salud, que justifican como ausencia de enfermedades. La mayor parte no hace prevención y realiza consultas médicas solo ante la presencia de problemas de salud. El cuidado de la salud psicológica aparece a modo de terapias acotadas en el ámbito público o en instituciones que brindan servicios bonificados. Las jóvenes de estratos bajos, que al igual que sus pares de sectores medios asumen múltiples cuidados de niños y progenitores dependientes, omiten los controles preventivos.

Respecto a los efectos negativos que el cuidado familiar puede ocasionar a la salud, todas las entrevistadas reconocen que esa tarea supone un enorme esfuerzo y genera agobio y cansancio. Las de más edad lo perciben en sus experiencias o en las de sus madres, que evocan a través de la memoria, pero son sobre todo las más jóvenes quienes muestran con mayor énfasis las repercusiones adversas y se animan a expresar sensaciones de malestar.

¿Es posible percibir algún cambio generacional en las actitudes y comportamientos de las mujeres hacia el cuidado familiar y personal, ya que tal vez lo que fue aceptable para una generación de mujeres ya no lo es para otra?

Ambas generaciones de mujeres aparecen tironeadas por dos mandatos culturales: el de cuidar a otros dependientes y el de cuidarse a sí mismas. Esto sucede en un clima cultural que refuerza la naturalización de su papel como cuidadoras con un débil apoyo social y que promueve y valora la incorporación de cambios individuales –nuevos hábitos saludables- para mejorar la salud y el bienestar. En este escenario, el bienestar de la segunda generación pareciera estar comprometido, especialmente en las jóvenes de estratos bajos. Se advierten déficits que no ocultan tensiones por transitar una etapa de demandas de cuidado simultáneas y de alto contenido emocional y moral, a las que se suma la exigencia laboral fuera del hogar. En este contexto las mujeres practican omisiones deliberadas: más de una admite que no se cuida y muestra signos de abandono.

Referencias bibliográficas

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