Randall Chaves Zamora
Introducción
A finales de 1954, tras reflexionar sobre el reciente golpe de Estado en Guatemala a Jacobo Árbenz, Julián Gorkin escribió un interesante artículo en la revista Cuadernos, una publicación periódica que se distribuía por toda América Latina y procedía del Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC). Fundado en 1950 en Berlín occidental y financiado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el CLC fue la institución transnacional y cultural más poderosa de la Guerra Fría, cuya misión era reunir a intelectuales anticomunistas o de la llamada izquierda democrática del mundo entero en favor de la libertad cultural y en contra del totalitarismo soviético. Gorkin, quien era una de las personas clave del CLC desde su creación y uno de sus miembros más importantes para América Latina, anotó que el contexto político del país centroamericano no era comprensible desde una visión nacionalista, y señaló que Guatemala formaba parte de una “batalla de la misma contienda mundial” que libraban “comunismo y anticomunismo”.[2]
Gorkin no solamente era consciente de la dimensión global de la Guerra Fría y del tremendo impacto que el conflicto generaba en la política centroamericana, sino que, junto a otros intelectuales que simpatizaban con el CLC o escribían para él, consideraba que el motivo del golpe de Estado no era la reforma agraria emprendida por Árbenz, sino la “infiltración” comunista en su gobierno. Consideraba, también, que este escenario debía leerse bajo la óptica de la lucha contra el comunismo internacional pues decía que en Guatemala los comunistas se habían multiplicado: formaban partidos, se apoderaban de los sindicatos y las organizaciones gremiales e “influenciaban” a las “élites intelectuales” en “Congresos ‘en favor de la Paz y la Cultura’”, que proliferaban en favor de “la estrategia del Kremlin”.[3] Gorkin se confesó como un “adversario irreductible del totalitarismo comunista” y pensaba que, de no establecerse una “política de la libertad” en la región, el vencedor sería el comunismo. Por ello, Gorkin alzó la bandera de la libertad y citó al conocido intelectual colombiano Germán Arciniegas, quien apenas dos años antes, al pensar en Guatemala, había escrito en su libro Entre el miedo y la libertad:
Desde la América Latina nos parece que las democracias no están aprovechando su gran arma revolucionaria –que han de tenerla– que es la libertad. Es en ese centro vital donde precisa situar la lucha en vez de ir helando las conciencias con el espectro de la Guerra Fría. La libertad no puede colocarse a la defensiva. Al canto del martillo ruso de paz y esclavitud, hay que oponer el canto de otro martillo que cante justicia y libertad.[4]
La oposición de la que Gorkin hacía eco es crucial para comprender las disputas intelectuales de la Guerra Fría. En aquellos años, muchos intelectuales identificados con la política imperial de los Estados Unidos monopolizaron el concepto de la libertad como el valor por excelencia del anticomunismo, y con ello enfatizaron en la defensa del libre pensamiento. Intelectuales comunistas, opuestos al imperialismo estadounidense y simpatizantes del bloque soviético, sin embargo, elevaron el concepto de la paz como su ideal para el porvenir y como su horizonte de expectativas. Se trataba del escenario posible en una Guerra Fría cuya paz dependía del armamento nuclear que tenían en su poder los dos imperios en disputa. Para los Estados Unidos, el concepto soviético de la paz debía ser rechazado y combatido con ideas como la libertad y la democracia. Consecuentemente, intelectuales como Gorkin no solamente consideraban que la política de la libertad estaba en manos de las élites intelectuales de la región, sino que debía buscarse “la colaboración y la ayuda de todo lo que de democrático y progresivo”[5] tenían los Estados Unidos.
La visión de Gorkin en 1954 concuerda con las investigaciones más recientes sobre la Guerra Fría cultural, que buscan ofrecer una interpretación sobre las dinámicas culturales que implicó el período que se extiende entre 1945 y 1991. Este capítulo se sitúa dentro de esa tendencia de estudios, que exploran las dinámicas culturales e intelectuales de la Guerra Fría y que comprenden ese conflicto global desde su dimensión explicativa y no solamente contextual. Estos estudios, que son conocidos por la historiografía internacional como Cultural Cold War History, acentúan la dimensión intelectual del contexto bipolar que se extendió durante el período señalado.[6]
Desde su emergencia, la novedad de estos análisis consiste en mirar más allá de las tradicionales dinámicas diplomáticas y armamentísticas y centrarse en la comprensión de la batalla intelectual que tuvo lugar en todo el mundo,[7] que también estaba motivada por valores e ideologías aparentemente opuestas, impulsadas y financiadas tanto por la Unión Soviética como por los Estados Unidos. Según estos estudios, ambos imperios buscaron la hegemonía ideológica del mundo entero y pusieron empeño en que sus ideas circularan hasta regiones tradicionalmente periféricas como América Latina,[8] en las que la libertad cultural estadounidense disputó la lealtad intelectual frente a la paz soviética mediante sólidas instituciones con financiamiento transnacional como las que se estudian en este trabajo.[9]
Estas mismas investigaciones demuestran que organizaciones como el CLC, con una red mundial de publicaciones similares a Cuadernos, fueron parte de un programa secreto que emprendió una batalla cultural e ideológica por parte de los Estados Unidos a través de la CIA desde el inicio de la Guerra Fría.[10] Esto se sospechaba desde 1966, cuando las investigaciones del New York Times mostraron una estructura de financiamiento secreto del CLC que provenía del dinero que la CIA canalizaba por medio de fundaciones ficticias y reales, como la Fundación Ford, que fue una de las intermediarias más destacadas de la Guerra Fría cultural latinoamericana.[11]
En su estudio sobre esta temática,[12] Patrick Iber insiste en que la disputa intelectual durante la Guerra Fría se evidenció en dos conceptos clave: “libertad” y “paz”. Con ellos, surgieron en toda América Latina acalorados debates sobre la política de la región y se crearon organizaciones globales que fueron las encargadas de catapultar estas discusiones en el escenario global, pero también quedó en evidencia el papel de primer orden que tuvieron algunos intelectuales de Centroamérica en dinámicas que sobrepasaban las fronteras regionales y cuyos impactos se extendieron hacia América Latina, Estados Unidos y la Europa Oriental.
Como las de Iber, otras investigaciones han explorado en detalle estas dinámicas,[13] pero no han considerado el papel de los intelectuales de Centroamérica. Por esto, al notar la relevancia de la Guerra Fría cultural en América Latina, este texto se pregunta cómo se evidenció la disputa intelectual de ese contexto en Centroamérica y puntualiza en el caso de Costa Rica. Así, este capítulo repasa cuáles fueron las acciones de las instituciones transnacionales formadas en torno a los conceptos de la paz y la libertad y profundiza en las implicaciones que tuvo esta lucha por las ideas en las realidades políticas de Centroamérica, con la intención de dimensionar dichas implicaciones en una perspectiva latinoamericana. Para abordar estas problemáticas, la primera parte de este capítulo inspecciona la creación y los primeros integrantes de los Comités Nacionales del CLC en Nicaragua, Costa Rica y Honduras, con el fin de dilucidar las complejas relaciones trasnacionales tejidas por medio de esta red y explicar las acciones que se realizaron en Costa Rica y que involucraron otras coyunturas regionales.
La segunda parte explica el surgimiento del Comité Nacional de Partidarios de la Paz de Costa Rica, afiliado al Congreso Mundial de Intelectuales en Defensa de la Paz, creado en Breslavia en 1948 por la Unión Soviética y que involucró a una considerable cantidad de intelectuales del mundo. De igual forma, este apartado presenta a las personas que se agruparon en esta institución intelectual, muestra sus acciones y resultados y analiza su trayectoria. La conclusión de este capítulo reflexiona acerca de las consecuencias de estas instituciones en la política regional y en la consolidación política del campo intelectual centroamericano e insiste en la relevancia de la materialización de las disputas ideológicas por la libertad cultural y la paz, en una región marginalizada por los estudios sobre la Guerra Fría cultural.
1. El Congreso por la Libertad de la Cultura
En las páginas finales de sus voluminosos ejemplares, la revista Cuadernos acostumbraba a informar a sus lectores sobre las actividades del CLC, como parte de su sección sobre la “Vida del Congreso”. En el número de marzo y abril de 1954, en un pequeño apartado que se tituló “América Central”, se detalló sobre el viaje de un escritor por la región: miembro del CLC, Gilberto González y Contreras era un periodista salvadoreño que, tras su exilio, vivió entre México y Cuba. Según detalló Cuadernos, durante su paso por Centroamérica, él mismo “constituyó” tres Comités Nacionales del Congreso por la Libertad de la Cultura en Nicaragua, Honduras y Costa Rica, que estaban constituidos por “los intelectuales de más valía y prestigio” de cada país.[14]
Los Comités Nacionales referidos eran parte de la Oficina y Comité Regional en Centro-América del Congreso por la Libertad de la Cultura, que tenía por secretario regional al cubano Pedro Vicente Aja. Este era un intelectual exiliado en Puerto Rico, adscrito a la democracia cristiana y conocido por su oposición contra el régimen de Fulgencio Batista (1952-1959). En 1959, así como lo hicieron otros de sus colegas en el CLC, Aja respaldó el triunfo de la Revolución cubana, pero, a partir de 1961, se convirtió en un opositor de Fidel Castro, cuando el proceso revolucionario abrazó el marxismo e intensificó su cercanía ideológica y política con la Unión Soviética, como respuesta a la frustrada invasión de Bahía Cochinos en Playa Girón en abril del mismo año, que había sido organizada por exiliados cubanos anticomunistas, con el apoyo ideológico y financiero del gobierno de los Estados Unidos.[15]
A su vez, los comités nacionales mencionados en la revista Cuadernos efectivamente estaban formados por intelectuales prestigiosos en cada país, pero sus composiciones ideológicas eran verdaderamente heterogéneas. El Comité de Managua, por ejemplo, tenía como presidente al escritor Horacio Espinoza y su vicepresidente era Hernán Robleto Huete, un periodista conocido por fundar medios de prensa populares como El Imparcial y quien décadas más tarde se exiliaría por su oposición en contra del régimen somocista. Los secretarios del Comité Nacional eran el ensayista e ideólogo Pablo Antonio Cuadra Cardenal y su primo, el teólogo de la liberación e influyente sacerdote Ernesto Cardenal Martínez, quien sería ministro de Cultura durante la Revolución sandinista (1979-1987). Junto a ellos, formaban parte poetas como Carlos Martínez Rivas, el derechista Luis Alberto Cabrales y miembros del poder político somocista como León Debayle Sacasa, cuñado del dictador Anastasio Somoza García (1937-1947 y 1950-1956) y tío de su heredero en el poder, Anastasio Somoza Debayle (1974-1979). Curiosamente, otros intelectuales y periodistas conocidos por su antagonismo al régimen somocista también formaban parte del grupo. Uno de ellos era Juan Ramón Avilés, pero el nombre más reconocido fue el de Pedro Joaquín Chamorro, director del diario La Prensa, asesinado por la guardia somocista en enero de 1979 antes del triunfo revolucionario debido a su conocida oposición a Luis Somoza Debayle (1953-1956) y a su hermano, Anastasio.
El ensayista e ideólogo hondureño Carlos Izaguirre era el presidente del Comité de Tegucigalpa y era conocido por su cercanía con el régimen dictatorial de Tiburcio Carías Andino, que había gobernado el país entre 1932 y 1949. Formaban parte de este grupo de intelectuales otros escritores como Vicente Machado Valle, el músico y profesor Rafael Manzanares Aguilar, el catedrático y diplomático Eliseo Pérez Caldaso, el periodista opositor al régimen de Carías Andino, Julián López Pineda, el político y periodista Óscar Armando Flores Midence, así como el poeta Alejandro Valladares y Fernando Zepeda Durón, político y periodista simpatizante del gobierno. María Trinidad del Cid era una destacada escritora, conocida por su militancia en favor de los derechos de las mujeres durante la primera mitad del siglo xx y fundadora del Comité Hondureño Femenino, y además fue la única mujer que formó parte del CLC en toda Centroamérica.
González y Contreras también contactó a algunas de las personas más renombradas del campo intelectual de la época en Costa Rica. Todos hombres, algunos de ellos formaban parte de la Generación del 40, un conocido grupo de intelectuales y políticos radicalizados de la década de 1940.[16] Así, el Comité de San José de Costa Rica era presidido por el conocido profesor y político Abelardo Bonilla Baldares. Su secretario era el afamado y prolífico intelectual León Pacheco Solano, y figuraban dentro de sus miembros más reconocidos otros, como el dramaturgo Alfredo Castro Fernández, el profesor, abogado y filósofo Enrique Macaya Lahmann, el influyente escritor y artista Carlos Salazar Herrera, el reconocido educador Fernando Centeno Güell, el exdiputado (1949-1953) Mario Fernández Alfaro, y el galardonado poeta Julián Marchena Valle-Riestra.
En el caso de este último comité, todos sus miembros eran profesores de la Universidad de Costa Rica (UCR). Adicionalmente, algunos eran intelectuales que desde 1951 estaban adscritos al recién fundado Partido de Liberación Nacional (PLN), el partido socialdemócrata que gobernó el país durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo xx y que había sido creado por el bando ganador de la guerra civil de 1948 por personajes de la política como José Figueres Ferrer, caudillo nacional de la Guerra Fría y líder de la Legión del Caribe, un grupo de políticos anticomunistas que habían protagonizado el primer escenario centroamericano de la Guerra Fría a través de un golpe contra la amenaza de un gobierno que había pactado con la izquierda en la Costa Rica de 1948.[17]
Por su parte, la UCR había sido fundada en 1940 y era la única institución de su tipo en el país, por lo que los elegidos por el salvadoreño eran algunos de los profesores más reconocidos por la opinión pública nacional: publicaban artículos de opinión en conocidos periódicos y ocupaban u ocuparían puestos de poder político. El más destacado del grupo, sin duda, era su presidente. Bonilla Baldares había sido uno de los redactores de la Constitución Política de 1949, había sido electo diputado (1949-1953) y presidente de la Asamblea Legislativa (1952-1953), y era un intelectual prolífico, dedicado a escribir e impartir lecciones de leyes e historia. Adicionalmente, fue vicepresidente del país (1958-1962) y más tarde sería profesor de la Universidad de Kansas y declarado Benemérito de la Patria tras su fallecimiento en 1969.[18]
Pacheco Solano también era una figura destacable, pues, además de recibir galardones a lo largo de su carrera y de ser un profesor de lenguas extranjeras, fue un copioso escritor de opiniones y columnas periódicas, publicadas en los más reconocidos medios de la prensa costarricenses bajo el seudónimo de Napoleón. Otros como Marchena Valle-Riestra y Salazar Herrera habían recibido premios nacionales por sus obras.
En Costa Rica, sin embargo, las acciones del CLC no se limitaron a la creación de un comité nacional con miembros honorables. Unos años más tarde, un antifranquista catalán conocido como Víctor Alba, quien vivía en México y era miembro del CLC en América Latina, publicó una de sus crónicas de viaje en la revista Cuadernos de marzo y abril de 1961. En el texto, que Alba tituló “América Central sobre un volcán”, explicó lo que encontró en su paso por Costa Rica, donde llegó para ofrecer un curso de diez días:
A diez kilómetros de San José hay un pueblo con una enorme iglesia: Coronado. En los aledaños del puedo había un restaurante con un tiovivo, un tren infantil y otras atracciones. Durante dos meses, los carpinteros estuvieron agregando cuartos al edificio. Ahora, en el antiguo edificio viven veintidós hombres. Comen allí, duermen allí, escriben desde allí las cartas a sus familias. Se levantan a las siete de la mañana. De ocho a diez escuchan una conferencia. De diez a doce estudian. Durante la sobremesa participan en mesas redondas. De cinco a ocho estudian de nuevo. Y después de cenar asisten a una conferencia, salvo dos días a la semana, en que pueden ir a San José a divertirse. ¿En qué se ha convertido ese antiguo restaurante […]? ¿En un convento? ¿En una casa de reposo? Nada de esto. Aunque la existencia que llevan quienes viven allí es casi monacal, sus objetivos en la vida son muy distintos. El restaurante alberga ahora el Instituto Internacional de Estudios Políticos […]. Todo se estudia con referencia a América Latina […]. Todo se graba y luego se publicará, arreglado y ampliado, para que sirva de manual a cursos semejantes que cada uno de los alumnos deberá dar en su país respectivo a grupos de militantes de su partido. Benjamín Núñez, el sacerdote fundador de la central Rerum Novarum de Costa Rica, ex representante de su país en la ONU y antiguo ministro de Trabajo es el director de la Escuela. Sacha Volman, su administrador, José Figueres, Ramiro Prialé, Harry Kantor, Pareja Díez-Canseco y Roberto Gil, han dado ya cursos. Otros seguirán.[19]
En el Instituto Internacional de Estudios Políticos, donde Alba impartió un curso, no solamente se ofrecían lecciones. Había sido fundado en 1956, a tan solo dos años de distancia de la creación del Comité Nacional de CLC en Costa Rica con la ayuda de Figueres, quien invitó a sus compinches de la Legión del Caribe a una reunión en una gran finca de su propiedad, la cual él llamó La Lucha sin Fin. Alba consideraba que lo que sucedía en Costa Rica era “uno de los experimentos más necesarios y esperanzadores de toda América Latina”, porque allí se creaban los “cuadros para los movimientos democráticos” y sus “futuros dirigentes”, con la participación de jóvenes políticos de toda la región y con la representación de los partidos políticos más conocidos de la izquierda democrática de la época, tales como el Partido Aprista del Perú, la Acción Democrática Venezolana, el Partido Liberal de Colombia, Honduras y Paraguay y los Partidos Revolucionarios de Guatemala, Cuba y República Dominicana, entre otros de Paraguay, Bolivia, Nicaragua y Panamá.
Dos años después de su fundación, el Instituto Internacional de Estudios Políticos contaba con una publicación bimensual llamada Combate, que era dirigida por Luis Alberto Monge Álvarez, un político costarricense cercano a Figueres, que había participado de la creación del Partido Liberación Nacional y que más tarde sería presidente del país en la época del asentamiento neoliberal de la economía costarricense (1982-1986). Al comparar esta revista con Cuadernos, su similitud es evidente. Además de una línea gráfica gemela, la línea editorial se preocupaba por la libertad de pensamiento y por la defensa de la democracia; coincidía en posturas clave de la Guerra Fría, como su defensa de la libertad y su rechazo a los movimientos por la paz, se preocupaba por la explicación de las coyunturas latinoamericanas y por el análisis de la política transnacional y coincidía con la inicial simpatía y posterior detracción militante en contra de la Revolución cubana.
Estas similitudes no eran coincidencias, y la relevancia de Combate no es menor, pues, según los archivos de la Asociación Internacional por la Libertad Cultural de la Universidad de Chicago, esta publicación fue la única en su tipo en Centroamérica. Combate fue publicada entre 1958 y 1963, y el intercambio epistolar de Monge Álvarez con Aja y con otros miembros reconocidos del CLC evidencian que la revista era una iniciativa editorial que contó con el apoyo financiero de esta institución.[20] Monge Álvarez también tenía una comunicación constante con otros miembros destacados del CLC en América Latina, como Luis Mercier Vega, un anarquista convencido de que el CLC era un centro anticomunista para la praxis de la libertad de la cultura, y que posiblemente desconocía el financiamiento que este recibía de la CIA.[21]
Quienes seguramente sí conocían al respecto eran otros, que también mantenían comunicación constante con Monge Álvarez, como el mismo Gorkin, Víctor Alba y el muy relevante Sacha Volman. Monge trabajó codo a codo con este último, y de él se sabe que fue un importante agente de la CIA que inició su trabajo en América Latina cuando llegó a Costa Rica en el marco de la apertura del Instituto Internacional de Estudios Políticos. Lo continuó cuando se involucró con Juan Bosch en República Dominicana, y, como agente de la CIA, en 1962 él mismo se encargó de desmantelar el Instituto Internacional de Estudios Políticos por sus desencuentros con Figueres y Monge Álvarez; esto hizo que Volman trasladara, junto con Víctor Alba, las actividades del instituto que él administraba en Costa Rica hasta México, donde empezó a llamarse Centro de Estudios y Documentación Sociales. Lo mismo hizo con la revista, que también empezó a publicarse como Panoramas, a partir de enero de 1963 y bajo la dirección del mismo Alba.[22]
Según una detallada investigación de Iber, fue a partir de la llegada de Volman a Costa Rica cuando este empezó a trabajar oficialmente como agente de la CIA. Anticomunista profesional nacido en Rumanía, Volman había combatido las ocupaciones nazis y soviéticas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial; desde 1948 trabajó con el brazo anticomunista estadounidense, y sus vinculaciones con la CIA lo llevaron hasta Costa Rica una década más tarde, cuando el primer número de Combate y la fundación del instituto se hicieron realidad. Como explica Iber, el buen trato hacia Volman hizo que Figueres, inclusive, le ofreciera la nacionalidad costarricense, y fue mientras trabajaba en Costa Rica cuando se involucró con la política latinoamericana, luego de conocer a Juan José Arévalo, Rómulo Betancourt, Víctor Raúl Haya de la Torre y muchos otros caudillos latinoamericanos de la época.[23]
La relación más estrecha, sin embargo, la tuvo con Juan Bosch antes de que asumiera la presidencia de República Dominicana. Iber afirma que Bosch llegó a querer a Volman como un hijo y que sus destinos siguieron unidos gracias a la oposición contra el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Pero Volman y Bosch coincidían en el poco entusiasta trabajo intelectual que se hacía en Costa Rica con Figueres a la cabeza. Según la investigación de Iber, los informantes de los Estados Unidos que habían recibido cursos en Costa Rica aseguraban que el instituto era académicamente escuálido y que los estudiantes holgazaneaban la mayor parte del día, pero lo cierto es que este lugar era un espacio de influencia del para entonces debilitado CLC en América Latina, y por ello los agentes de la CIA encargaron a Volman su continuidad en otro territorio determinante para la Guerra Fría de la década de 1960 como lo era México, sin mencionar que, para la misma década, los Estados Unidos habían empezado a desconfiar de la lealtad ideológica de Figueres.[24]
Aunque las acciones del CLC en Costa Rica se extendieron durante un período de un poco menos que una década (1954-1963), las discusiones que suscitó su organización fueron relevantes pues delinearon los marcos políticos de las izquierdas democráticas de la región y colocaron a Costa Rica como un país encargado del liderazgo de las iniciativas anticomunistas y cuyos intelectuales recibieron flujos altos de financiamiento por parte de los Estados Unidos e instituciones tan poderosas e influyentes en la región como el CLC, la CIA y la Fundación Ford.
Aunque no hay evidencia para asegurar que el Comité Nacional del CLC continuara después de 1963, sus actividades a nivel mundial decayeron a partir de ese momento y se detuvieron definitivamente en 1967, tras el escandaloso descubrimiento público del financiamiento proveniente de la CIA.[25] No obstante, la realidad es que las personas que pertenecían al CLC mantuvieron su influencia en Costa Rica y continuaron jugando un rol relevante en la política, en la opinión pública y en espacios intelectuales como la UCR, que contaba con un decidido y oneroso apoyo de la Fundación Ford, cuyas fuentes de financiamiento también provenían de la CIA, como lo han demostrado las investigaciones de Frances Stonor Saunders para el caso de Europa, y Benedetta Calandra y Patrick Iber para América Latina.[26]
Para el caso de Costa Rica, las investigaciones que puntualizan en el papel de la Fundación Ford en la UCR evidencian una amplia red de intelectuales que se agruparon alrededor de los proyectos financiados por ella, con temas que iban desde preocupaciones como la planificación familiar, la migración urbana, la esterilización femenina, la sociología y el neomalthusianismo, en boga durante la Guerra Fría porque los Estados Unidos consideraban que el crecimiento de las poblaciones empobrecidas en las regiones del tercer mundo constituía una potencial amenaza al avance del comunismo y, consecuentemente, de su seguridad nacional,[27] como lo evidencian los conocidos intentos de ejecutar proyectos como Camelot y Marginalidad en Chile y los exitosos programas de control de la población en países como Chile, Colombia y Puerto Rico.[28]
No obstante, el más importante resultado de la influencia del CLC en la UCR fue la creación del Instituto Universitario Centroamericano de Investigaciones Sociales y Económicas en 1965, que contaba con el financiamiento de “fundaciones extranjeras” como la Fundación Ford, pero que tenía una pretensión de alcance regional.[29] Este instituto, además, inicialmente fue coordinado por el uruguayo Aldo Solari. Como lo ha estudiado a profundidad Vania Markarian, Solari fue un pionero de la sociología universitaria uruguaya y para 1965 recién había renunciado a la dirección del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de la República (Udelar). Las sistemáticas comunicaciones con intelectuales conocidos como Mercier Vega, resguardadas en el fondo documental de la Asociación Internacional de la Libertad Cultural de la Universidad de Chicago,[30] ofrecen suficiente información para afirmar que, junto a sus constantes viajes a la sede central del CLC, Solari figuró como uno de los miembros más consentidos del CLC en momentos posteriores a 1966, cuando ya eran bien conocidas las fuentes del financiamiento de las actividades que se realizaban en su seno.[31]
2. El Congreso Mundial de Intelectuales en Defensa de la Paz
Al recordar a su abuela en un artículo publicado en un conocido medio digital costarricense,[32] la memoria de Liana Babbar Amighetti se transportó a México, China, Corea e Indochina, así como a algunos países del este europeo, que durante la Guerra Fría estaban influenciados por la Unión Soviética. Los orígenes del recuerdo, sin embargo, estaban en Costa Rica, donde su abuela, Emilia Prieto Tugores, había fundado, junto a algunos amigos, el Comité Nacional de Partidarios de la Paz de Costa Rica, en julio de 1949, del que Prieto Tugores fue presidenta. Para entonces, la escritora era militante comunista y ya era una afamada poeta y artista costarricense, que, junto a otros intelectuales comunistas de la “Generación del 40”, atravesaban por el periodo de proscripción legal del Partido Comunista de Costa Rica, en el que militaban desde la década de 1930, y que no tuvo permitido regresar a la competencia electoral sino hasta 1975.[33]
Según lo narrado por la nieta de Prieto Tugores, el Comité Nacional de Partidarios de la Paz había experimentado la represión policial: oficiales irrumpieron en la propia casa de Prieto para buscar prueba de sus actividades subversivas, porque “en ese tiempo hablar de paz era prohibido” en Costa Rica.[34] La clandestinidad no impedía, sin embargo, que ella y otros intelectuales mantuvieran sus actividades políticas. El comité nacional que ella fundó en 1949 también estaba conformado por Joaquín García Monge, uno de los intelectuales más destacados de Costa Rica durante el siglo xx y director de la muy famosa revista Repertorio Americano, donde escribían otros intelectuales de renombre de toda la región. El secretario de este organismo era el joven político e intelectual Danilo Jiménez Veiga, que años más tarde sería un militante disidente del PLN, y su prosecretaria era Stella Peralta. Formaron esta organización otros conocidos profesores como Ovidio Salazar, Francisco Lobo, el reconocido escritor y artista Oscar Bákit, el científico costarricense Juan José Carazo Echeverría y Bernardo García.[35]
Además de ser sintomático de la Guerra Fría, el recuerdo de Babbar Amighetti que insiste en la prohibición respecto al concepto de la paz confirma el fuerte contenido ideológico que cargaba la organización costarricense, reunida en torno a una idea globalmente reconocida por su potencial soviético. Confirma, también, que ese concepto despertaba sospechas y represión de un Estado profundamente anticomunista como el de Costa Rica, pero también evidencia la adscripción de intelectuales de izquierda a instituciones transnacionales que efectivamente estaban ideológicamente alineadas a la Unión Soviética. Producto de la ilegalización de la izquierda, sin embargo, estos intelectuales desarrollaron actividades muy distintas y mucho más limitadas, si se comparan con las de sus opuestos del CLC. Junto a la clandestinidad de sus acciones, las fuentes de financiamiento no eran desproporcionalmente abundantes, como sí sucedió con quienes percibieron apoyo de la CIA.
Asimismo, aunque la Unión Soviética no tenía las mismas posibilidades filantrópicas que los Estados Unidos y sus flujos de financiamiento no circularon con tanta facilidad por América Latina durante la Guerra Fría, lo cierto es que los soviéticos sí tenían una experiencia amplia en la utilización de la cultura como arma política, y, aunque sus intelectuales a menudo eran minoría, es conocido que fueron los más dotados y reconocidos de su generación en los campos estudiantiles, universitarios, literarios y artísticos. Desde esas trincheras, lucharon contra una tercera guerra mundial con la bandera de la paz, que los medios identificaban con el comunismo por su decidida oposición contra el armamento nuclear que los Estados Unidos utilizaron en Japón tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.[36]
Las investigaciones disponibles permiten identificar que la celebración del Congreso Mundial de Intelectuales en Defensa de la Paz y la consecuente creación del Movimiento por la Paz en 1948 fueron las iniciativas culturales más exitosas que la Unión Soviética impulsó durante los inicios de la Guerra Fría. Estas iniciativas ciertamente contaban con la representación de obreros, pero ponían en primera fila a los intelectuales, como bien lo demuestran los estudios de Adriana Petra para el caso de Argentina.[37] Las actividades alentaban a intelectuales de todo el mundo para crear movimientos idénticos en sus países de origen, con valores como la oposición a los totalitarismos de izquierdas y derechas y el antifascismo, pues consideraban que los Estados Unidos representaban un nuevo tipo de fascismo. Fue por ello por lo que los medios de comunicación rápidamente acusaron a las nuevas instituciones de ser una fachada del comunismo internacional. Así, tras 1948, surgieron otras instituciones y eventos masivos, como el Congreso Mundial de Partidarios de la Paz en París, Praga (1949) y Viena (1952), y la creación del Consejo Mundial de la Paz (1950).[38]
Estas instituciones no fueron fundadas únicamente en Europa, y no solamente allí fueron relevantes para las izquierdas nacionales. Investigaciones destacadas para el caso de América Latina así lo confirman. Mientras que un pintor de renombre mundial como el español Pablo Picasso causó conmoción por su asistencia y apoyo a la actividad organizada en París en 1949, a la que igualmente asistieron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, la misma sorpresa habían causado intelectuales reconocidos dentro y fuera de América Latina, como el poeta chileno Pablo Neruda, su colega y amiga Gabriela Mistral, el brasileño Jorge Amado, el muralista mexicano Diego Rivera, el diplomático guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, el costarricense Joaquín García Monge y el reconocido poeta cubano Nicolás Guillén, quienes también habían estado entre los asistentes a esa actividad y a las que vendrían en los años siguientes. Otros muy conocidos se sumaron a las listas de finales de la década de 1940, tales como el gran arquitecto Oscar Niemeyer de Brasil, el galardonado premio nobel de literatura (1967) y el ganador del Premio Lenin de la Paz (1965) Miguel Ángel Asturias de Guatemala, y los también escritores Juan Rulfo de México, Mario Benedetti de Uruguay y Nicanor Parra de Chile, que asistían a algunos eventos organizados en torno al concepto de la paz y con ello evidenciaban el preponderante papel que los intelectuales latinoamericanos tenían para la iniciativa cultural de la Unión Soviética. Más tarde, muchos de estos intelectuales conformaron instituciones nacionales, se reunieron en México en el Congreso Continental Americano por la Paz de 1949 y seguirían haciéndolo en América Latina hasta finales de la década de 1980, como también sucedió en Costa Rica.[39]
Al igual que lo hacían en toda América Latina,[40] los comunistas costarricenses que fundaron el Comité Nacional de Partidarios de la Paz se dedicaron a exponer sus ideas en publicaciones periódicas desde sus inicios. Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz fue una de ellas.[41] Aunque se desconoce si este rotativo fue sistemáticamente publicado, pues su carácter clandestino permitió únicamente la conservación de registros dispersos en el Archivo Nacional de Costa Rica, la información disponible permite determinar que su primer número se imprimió en octubre de 1950. En un folleto de apenas cuatro páginas impresas en muy baja calidad, lo primero que hizo Paz fue distanciarse de la lucha ideológica de la Guerra Fría, que para 1950 manifestaba un anticomunismo hegemónico a nivel global. Las primeras palabras impresas aclaraban que Paz no estaba “al servicio de ningún Partido ni de ninguna clase social”, y continuaban:
… no queremos una nueva guerra mundial; y mucho menos una guerra atómica. Los pueblos necesitan paz y bienestar. La guerra es hambre y destrucción. Las grandes potencias deben entenderse pacíficamente. El capitalismo y el socialismo pueden convivir sobre el planeta. Hay fuerzas que no quieren esa convivencia sino la guerra atómica. Pero los pueblos pueden imponer la paz si son capaces de adoptar una actitud definida contra la guerra.[42]
La información proporcionada por Paz utilizó ideas conocidas a nivel global y escritas en un lenguaje sencillo para oponerse a la carrera armamentística. Con esto, los comunistas evidenciaban que la intención del rotativo no era alcanzar a un público intelectual, sino a uno más amplio, compuesto por jóvenes y personas trabajadoras. Con esta estrategia, el rotativo costarricense no solo rompía con la lógica de la Guerra Fría cultural de los Estados Unidos y la Unión Soviética, en la que eran los intelectuales quienes ocupaban la primera línea de los combates ideológicos, sino que pretendían incluir a otros sectores en sus denuncias. De la misma manera, aunque el folleto ahondaba en noticias internacionales sobre Europa y las acciones del Comité Mundial de Partidarios de la Paz, que pronto celebraría una actividad en Londres,[43] la verdadera pretensión de los comunistas era ofrecer información sobre una campaña de desprestigio mediático en contra de su organización, emprendida por la Embajada de los Estados Unidos en Costa Rica, y con ello advertir que el país no estaba al margen de las disputas y de la carrera armamentística de la Guerra Fría.[44]
El motivo fundamental que perseguía Paz en sus páginas era convocar a una recolección nacional de firmas en contra de una tercera guerra mundial y en oposición a la bomba atómica. Dicha oposición, sin embargo, no tenía motivaciones únicamente nacionales, sino que respondía a una alerta transnacional emitida en setiembre de 1949 por la agencia soviética TASS, que había confirmado la explosión de una bomba atómica soviética. Esto hacía latente la posibilidad de un conflicto armado, pues confirmaba que tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética efectivamente contaban con un poderoso armamento nuclear. Así, a pesar de la campaña en su contra, Paz aseguraba haber reunido un total de doce mil firmas en contra del armamento nuclear y aclaraba el papel de la juventud en ese proceso de la Guerra Fría:[45] en su contratapa, el folleto dio a conocer el lanzamiento de la Caravana Juvenil por la Paz, que iniciaría en el mes de noviembre y en la que cientos de jóvenes caminarían alrededor de noventa kilómetros desde el pacífico costarricense hasta la capital con el objetivo de reunir más firmas en contra de una nueva guerra que podría destruir el mundo.[46]
En las publicaciones también es evidente el intento de los comunistas por vaciar el concepto de “paz” del contenido soviético que le había sido otorgado por el anticomunismo transnacional y costarricense. Este intento fue una constante durante las décadas de 1950 y 1960. El mismo intento también se enfrentaba al sólido aparato de instituciones constituidas en torno al concepto de la libertad, cuyas fuentes financieras eran evidentemente más onerosas. Así, hacia el decenio de 1960, las acciones discursivas de los comunistas tendían a vaciar la carga soviética asignada a la paz, y, al hacerlo, su vocabulario no experimentó cambios considerables respecto a la década anterior. Así lo evidencian los escritos de intelectuales relacionados con el Comité Nacional de la Paz y sus acciones.
Para entonces, a esta organización seguían inscritos profesores como Ovidio Salazar y el galardonado intelectual comunista Carlos Luis Sáenz Elizondo, pero también formaban parte de él los médicos y militantes comunistas Gilberto Bonilla Rojas[47] y Óscar Morera Madrigal.[48] Este último escribió un texto que publicó en La Prensa Libre del 18 de febrero de 1967[49] con el propósito de negar las connotaciones comunistas de una marcha en favor de la paz, organizada por el Comité Nacional de la Paz. En ese texto, Morera Madrigal defendió la urgencia de discutir sobre la paz global con una explicación sobre el contexto transnacional, y mediante referencias sobre la guerra en Vietnam, que para entonces ya era un tema de discusión pública que cuestionaba la relevancia de la ideología anticomunista de los Estados Unidos[50] y que dos años más tarde causaría brotes de rebeldía entre las juventudes de Costa Rica.[51] No obstante, para justificar la defensa de la paz, el texto del médico también hacía referencia a otras instituciones como las Naciones Unidas y la Iglesia católica que, en un contexto de controversias por el uso de este concepto, habían empezado a apropiarse de él y hacían una capitalización de su imaginario global.
Este punto es altamente relevante para explicar la construcción histórica de la conceptualización de la paz y para comprender la disputa de este concepto por instituciones anticomunistas financiadas por los Estados Unidos o que simpatizaban con el estilo de vida y los valores que esta potencia cultural pregonaba por medio de su propaganda. Acorde con esto, la primera institución anticomunista que trató de apropiarse del concepto de la paz fueron los Cuerpos de Paz, creados por el gobierno de los Estados Unidos en 1961 durante el gobierno de John F. Kennedy (1961-1963). Con otras posibilidades financieras, los Cuerpos de Paz no solamente se habían apropiado exitosamente de este concepto, sino que crearon un verdadero ejército de jóvenes estadounidenses que hicieron servicio voluntario en todo el mundo, inspirados por una vocación filantrópica y altamente problemática, pues en sus acciones se denotaba un amplio desconocimiento de las realidades contextuales, como lo explica de manera diáfana el libro de Molly Geidel sobre esta institución.[52] Los Cuerpos de Paz rápidamente se extendieron por el mundo entero, y, según la documentación del Archivo Nacional, una sede operó en Costa Rica con la colaboración del Ministerio de Educación Pública desde 1963.[53]
Otra institución que buscó apropiarse de los elementos constitutivos del concepto de la paz fue la Iglesia católica. Desde 1967, luego de algunos meses de que se publicara el mensaje de Morera Madrigal, el papa Pablo VI celebró la Primera Jornada Mundial de la Paz, y esta fue una tarea que continuó más tarde su sucesor, Juan Pablo II, a quien los estudios sobre el papel de la religión durante la Guerra Fría lo comprenden como uno de los líderes anticomunistas más poderosos del período. Este líder religioso nunca escondió su oposición a la Unión Soviética, sino que capitalizaba el poder religioso que tenía su investidura para inclinar a las personas creyentes hacia valores religiosos inspirados en la propaganda cultural de los Estados Unidos.[54]
Así, la línea oficial del catolicismo también se involucró en esta disputa intelectual de la Guerra Fría sobre la paz. Como resultado de esta controversia, hacia la década de 1960, el concepto de la paz fue cargado de valores espirituales, que tendieron a vaciarlo de su contenido político original, opuesto a la carrera nuclear liderada por los Estados Unidos durante la Guerra Fría. Esta “espiritualización” del concepto de la paz no solamente contribuyó a que un concepto político se convirtiera en uno religioso en un momento de disputas ideológicas, sino que también hizo que la definición de este concepto a menudo sea compleja, tal y como lo propone Johan Galtung, quien escribió su propuesta para el estudio de la paz en un momento de bipolaridad ideológica y de disputa por el significado de un concepto central como la paz.[55]
Las implicaciones transnacionales de cada una de las discusiones en las que se incluyeron los intelectuales adscritos al Comité Nacional de Partidarios de la Paz de Costa Rica se materializaron en sus constantes viajes a las actividades afines con esta institución transnacional, pero la documentación de archivo permite determinar que, a través de sus vinculaciones con este elemento ideológico de la Guerra Fría, capitalizaron el concepto de la solidaridad internacional y estrecharon lazos con otros países centroamericanos hasta la década de 1990, cuando fueron firmados los acuerdos de paz en esta región, al filo del ocaso de la Guerra Fría y con una conceptualización de paz de la que, para entonces, los Estados Unidos ya habían capitalizado.[56]
A pesar de esta vinculación internacional, lo cierto es que el concepto de la paz también funcionó para que los comunistas estrecharan lazos con la política nacional. Según Adriana Petra, si bien cada una de las instituciones nacionales en defensa de la paz rescató el internacionalismo soviético, lo cierto es que, al llegar a América Latina, surgieron controversias intelectuales sobre el rescate de las tradiciones nacionales y la adaptación de los modelos de Europa a cada realidad nacional.[57] En este sentido, el Comité Nacional de Partidarios de la Paz creado en Costa Rica fue exitoso; a través de él, sus intelectuales estrecharon los valores nacionalistas de viejo cuño con su novedoso vocabulario sobre la paz mundial y las causas nacionalistas acogieron una franca vocación global, esencial para potenciar su capacidad de acción política durante la disputa ideológica de la Guerra Fría.
En un artículo publicado en julio de 1973, Prieto Tugores hizo eco del Congreso Mundial de Paz y Solidaridad que se realizaría en Moscú en octubre de ese mismo año y al que ella asistió. Su texto, publicado en Nuestra Voz, una revista mensual de mujeres comunistas, insistía en la trayectoria de la lucha por la paz y responsabilizaba a comunistas y “partidarios de la paz” por los “éxitos alcanzados por las fuerzas anti-guerreristas” y por el “fortalecimiento del principio de coexistencia pacífica y el fracaso de la guerra fría”, que eran, según ella, los “hechos más trascendentes e importantes de la actualidad mundial”. Al final, la intelectual comunista informó que hacía unos días se había conformado un “Comité Patrocinador” para enviar a una delegación costarricense hasta “la capital soviética” y afirmó que esa sería “una delegación verdaderamente representativa de las tradiciones e ideales de paz que proverbialmente han caracterizado al pueblo costarricense”.[58]
La caracterización naturalizada y ahistórica de los habitantes de Costa Rica como personas pacíficas no era nueva. Al contrario, era utilizada por todos los sectores de la política costarricense desde el siglo xix y fue fortalecida con la abolición del ejército en 1949. Este imaginario es uno de los pilares más destacados del nacionalismo costarricense, que Prieto Tugores quiso capitalizar en un contexto de anticomunismo e ilegalización de sus actividades políticas.
Es claro que, frente al carácter clandestino de las actividades políticas de los comunistas, apelar a la paz y al carácter pacífico del “pueblo costarricense” les permitía afrontar el anticomunismo con que les adversaban los poderes represivos del Estado, pero también el lenguaje anticomunista global; resulta claro, además, que la paz fue un elemento capaz de estrechar sus objetivos políticos y transnacionales de la Guerra Fría con los del nacionalismo costarricense.
Finalmente, todo indica que el uso sistemático del nacionalismo costarricense y la clandestinidad facilitaron la permanencia de las organizaciones en defensa de la paz. A diferencia de aquellas que dependían económicamente de la CIA, que dejaron de ser financiadas y cuyas actividades cesaron a finales de la década de 1960, las organizaciones comunistas no fueron dependientes de sumas onerosas, y, como se presume por las palabras de Prieto Tugores, el envío de personas que representaran al país en Moscú dependía de un Comité Patrocinador para financiar los gastos que el viaje implicaba. Este punto refuerza, a su vez, la idea de que, si bien estos intelectuales eran simpatizantes de la Unión Soviética, su filiación ideológica no estaba determinada por el financiamiento de sus actividades intelectuales, como sí sucedía con quienes levantaban la bandera de la libertad en viajes, actividades e instituciones financiados de manera desproporcionada por la poderosa filantropía estadounidense.
Conclusiones
En una pared, llamada “Palabra de Niño”, del Museo Casa de la Memoria en Colombia, se exponen los significados que niños y niñas les dieron a algunos conceptos durante el conflicto armado en el país mientras tenían entre cuatro y doce años de edad. Al ser cuestionada por el significado de la violencia, Sara Martínez, de siete años, respondió, tajante: “Parte mala de la paz”.[59] Aunque este significado de la violencia fue conceptualizado luego de dos décadas del fin de la Guerra Fría, lo cierto es que, en la definición de una niña, se encerraron algunas de las conceptualizaciones en boga durante la segunda mitad del siglo xx y por las que dos imperios y sus intelectuales se enfrentaron durante décadas. El ideario relacionado con la paz de los intelectuales comunistas se oponía a la concepción naturalizada de la violencia armada, mediante la que los Estados Unidos llevaban su influencia hasta el tercer mundo e intentaban implantar la paz por medio de la represión de las identidades políticas. Esa misma paz que luego fue cargada de ideas sin un aparente contenido político y alrededor de la cual se crearon instituciones con el financiamiento que antes tuvo el concepto de la libertad.
La materialización de estos conflictos en el campo intelectual costarricense evidencia el peso central de una región tradicionalmente marginalizada por los estudios sobre la Guerra Fría cultural, pero también permite ubicar a los intelectuales centroamericanos en el plano central que los imperios le habían otorgado al combate de las ideas. Según Tony Judt, la Guerra Fría cultural que libraron los Estados Unidos movilizó a trece mil intelectuales y significó un gasto de un centenar de millones de dólares solamente en Europa. Además, el mismo historiador afirma que la CIA destinó alrededor de ocho millones de dólares anuales para el financiamiento de agendas intelectuales en el mundo entero,[60] pero no existe la misma información para el caso de la agenda cultural de la Unión Soviética, tal y como lo han criticado algunos historiadores de la Guerra Fría como David Caute. Este mismo historiador hace una crítica a los estudios sobre la Guerra Fría cultural al afirmar que las investigaciones, normalmente hechas por personas herederas de tradiciones académicas de izquierda, parecen entusiasmadas al investigar sobre el financiamiento y la intrusión de los Estados Unidos en las actividades intelectuales y se muestran al mismo tiempo apáticas en la búsqueda del financiamiento que hizo la Unión Soviética.[61]
Este texto hace a un lado esta apatía, pero demuestra que, si bien ambos frentes tuvieron una intensa labor intelectual, lo cierto es que la capacidad de los Estados Unidos fue comparativamente superior a la que pudieron desarrollar muchos intelectuales en la disidencia o la ilegalidad por su adscripción con el comunismo. Asimismo, mientras que los Estados Unidos se veían obligados a canalizar altas cantidades de dinero para convencer a los intelectuales sobre su visión del mundo, todo apunta a que la Unión Soviética no requirió usar esta estrategia sistemáticamente: tanto el antiimperialismo como el rechazo a la cultura estadounidense tenían bases sólidas y paradójicamente bien motivadas por los mismos Estados Unidos, que se asentaban en el financiamiento y protagonismo en las acciones imperialistas sobre la región desde el siglo xix.
En esta misma vía, el caso costarricense es altamente representativo: mientras que el financiamiento de los Estados Unidos estableció relaciones y permitió la circulación legal de personas por las fronteras nacionales e internacionales, creó instituciones latinoamericanas de adiestramiento político en territorio nacional con la participación de agentes de la CIA que recibieron privilegios diplomáticos, permitió la impresión de publicaciones periódicas con ideas de intelectuales de todo el continente y se incluyó en la UCR mediante onerosas donaciones para la creación de centros de investigación con temáticas específicas en las que se vincularon intelectuales identificados con las ideas estadounidenses de la libertad y la democracia, nada de lo anterior pudo suceder con los intelectuales disidentes, que, además de haber sido expulsados de la UCR desde finales de la década de 1940 como castigo por pertenecer al bando perdedor de la guerra civil,[62] tenían medios económicos limitados, militaban en un partido proscrito y eran sometidos frecuentemente a la inspección de sus medios de comunicación. Sin mencionar que les era difícil la circulación de ideas, pues no eran extrañas las inspecciones de sus libros y otros materiales culturales que les llegaban o que intentaban importar por sí mismos desde el extranjero.
Queda pendiente inspeccionar con detalle el flujo financiero de la Unión Soviética a los intelectuales centroamericanos, como lo había hecho Albert Szymanski para el caso de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, cuando investigó el dinero destinado por las fundaciones internacionales a las universidades de la región, cuyo aporte fue fundamental en el desarrollo de las ciencias sociales y su modernización, así como en la introducción de las discusiones intelectuales más relevantes de la Guerra Fría.[63] También es fundamental explorar los puntos de encuentro y desencuentro entre la intelectualidad comunista y los intelectuales anticomunistas, pues una búsqueda detallada en medios de prensa podría demostrar la agitación que generaron los choques entre la paz y la libertad en el campo de las ideas.
No obstante, las iniciativas de los Estados Unidos no parecen comparables con aquellas de los intelectuales comunistas en términos financieros. Mientras los intelectuales reunidos en torno al Congreso por la Libertad de la Cultura gozaron de publicaciones, de centros de formación con la presencia de políticos de toda América Latina, y de viajes y posibilidades de llevar sus ideas hasta los espacios más relevantes del campo intelectual costarricense como las universidades públicas, los intelectuales del Comité Nacional de Partidarios de la Paz hicieron precarias publicaciones y enfrentaron el exilio de la política y las universidades del país. Adicionalmente, en este punto el enfoque para estudiar la Guerra Fría también debe asumir una postura descentrada, pues, mientras que la Unión Soviética tuvo un papel menos preponderante en el financiamiento de actividades comunistas en América Latina, desde mediados de la década de 1950, la Revolución cubana financió una serie relevante de encuentros juveniles, congresos, simposios, festivales culturales y otros eventos en que circularon ideas opuestas al papel dominante de la cultura estadounidense durante la Guerra Fría.
Por su parte, el fin del CLC debido al cierre de sus fuentes de financiamiento hizo que los intelectuales simpatizantes de los Estados Unidos dejaran las asociaciones intelectuales y se relacionaran con la política, algo que ya era conocido por los comunistas, que desconocían la separación de la vida política y la vida intelectual debido al ideal del intelectual comprometido que habían asumido en su mayoría y por toda América Latina. En este sentido, la disputa intelectual fue desigual en términos financieros, porque una idea era mejor financiada que otra y contaba con instituciones sólidas. Más tarde, los Estados Unidos no solamente se encargaron de sostener la desigualdad que surgió con la dinámica cultural del conflicto, sino que capitalizaron el concepto de la paz, para convertirlo en otro de sus monopolios ideológicos, altamente exitosos durante la Guerra Fría cultural.
- Este capítulo es resultado del Proyecto de Investigación C2213 “Intelectuales entre la paz y la libertad: el Comité Nacional de Partidarios de la Paz de Costa Rica y el Comité Costarricense del Congreso por la Libertad de la Cultura en la Guerra Fría cultural (1949-1954)”, adscrito al Programa de Investigación CALAS (01.08.2022-31.07.2023) del Centro de Investigaciones Históricas de América Central (CIHAC) y financiado por la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad de Costa Rica (UCR). El autor agradece a la fellow del CALAS, Dra. Camila de Macedo Braga por los comentarios y las observaciones a una versión preliminar de este texto.↵
- Julián Gorkin, “La experiencia de Guatemala: por una política de la libertad en Latinoamérica”, Cuadernos, n.º 9 (1954), pp. 88-93.↵
- Gorkin, “La experiencia de Guatemala”, pp. 90-92.↵
- Germán Arciniegas, Entre el miedo y la libertad (Bogotá: Editorial del Pacífico, 1952). Citado por Gorkin, “La experiencia de Guatemala”, p. 93.↵
- Gorkin, “La experiencia de Guatemala”, p. 93.↵
- Hugh Wilford, “Playing the CIA’s Tune? The New Leader and the Cultural Cold War”, Diplomatic History 27, n.º 1 (2003), pp. 15-16.↵
- Michael F. Hopkins, “Continuing debate and new approaches in Cold War History”, The Historical Journal 50, n.º 4 (2007), pp. 913-934.↵
- Odd Arne Westad, The Global Cold War: Third World interventions and the making of our times (Cambridge: Cambridge University Press, 2005).↵
- Frances Stonor Saunders, Who paid the piper? The CIA and the cultural Cold War (Londres: Granta Books, 1999), pp. 13-14.↵
- Saunders, Who paid the piper?, 13; Hugh Wilford, The mighty wurlitzer: how the CIA played America (Cambridge: Harvard University Press, 2008), pp. 10-11.↵
- Editorial, “La CIA y los intelectuales”, Mundo Nuevo, n.º 13 (1967), p. 1; Emir Rodríguez Monegal, “La CIA y los intelectuales”, Mundo Nuevo, n.º 14 (1967), pp. 11-20.↵
- Patrick Iber, Neither peace nor freedom: the cultural Cold War in Latin America (Cambridge: Harvard University Press, 2015).↵
- Karina Jannello, “Semánticas de la Guerra Fría cultural. Las izquierdas democráticas latinoamericanas frente a la ‘cruzada por la libertad’”, Prismas. Revista de Historia Intelectual, n.º 23 (2019), pp. 219-226; Karina Jannello, “Los intelectuales de la Guerra Fría. Una cartografía latinoamericana (1953-1962)”, Políticas de la Memoria, n.º 14 (2013), pp. 79-101.↵
- “América Central”, Cuadernos, n.º 5 (1954), p. 109.↵
- International Association for Cultural Freedom. “Records: Costa Rica, 1962-1966; Box 561, Folder 08” (Hanna Holborn Gray Special Collections Research Center: University of Chicago Library, 2022).↵
- Francisco Rodríguez Cascante, “Escribir con compromiso: la generación del 40”, Káñina, vol. 21, n.º 2 (2007), pp. 227-236.↵
- David Díaz Arias, “La temprana Guerra Fría en Centroamérica: Nathaniel P. Davis, los Estados Unidos y la Guerra Civil de 1948 en Costa Rica”, Revista OPSIS, vol. 14, n.º especial (2014), pp. 18-37.↵
- “Abelardo Bonilla Baldares”, Asamblea Legislativa de Costa Rica, 13 de diciembre de 2021.↵
- Víctor Alba, “América Central sobre un volcán”, Cuadernos, n.º 47 (1961), pp. 95-101.↵
- International Association for Cultural Freedom. “Records: Costa Rica, 1962-1966; Box 561, Folder 08” (Hanna Holborn Gray Special Collections Research Center: University of Chicago Library, 2022).↵
- Patrick Iber, “El imperialismo de la libertad: el Congreso por la Libertad de la Cultura en América Latina, (1953-1971)”, en La Guerra Fría cultural en América Latina: desafíos y límites para una nueva mirada de las relaciones interamericanas, ed. por Benedetta Calandra y Marina Franco (Buenos Aires: Biblos, 2012), pp. 117-132.↵
- Víctor Alba, “El Centro de Estudios y Documentación Sociales”, Panoramas, n.º 1(1963), p. 1.↵
- Patrick Iber, “‘Who Will Impose Democracy?’: Sacha Volman and the Contradictions of CIA Support for the Anticommunist Left in Latin America”, Diplomatic History, vol. 37, n.º 5 (2013), pp. 995-1028.↵
- Iber, “Who Will Impose Democracy?”, pp. 995-1028.↵
- Iber, “El imperialismo de la libertad”, p. 129.↵
- Saunders, Who paid the piper?, pp. 111-154; Benedetta Calandra, “La Fundación Ford y la ‘Guerra Fría Cultural’ en América Latina, (1959-1973)”, Americanía. Revista de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Pablo de Olavide, n.º 1 (2011), pp. 8-25; Patrick Iber, “Social Science, Cultural Imperialism, and the Ford Foundation in Latin America in the 1960’s”, The Global 1960s: Convention, Contest and Counterculture, ed. por Tamara Chaplin y Jadwiga E. Pieper Mooney (Londres: Routledge, 2018), pp. 96-114.↵
- Randall Chaves Zamora, “Intelectuales bajo asedio: la Guerra Fría cultural y la Fundación Ford en la Universidad de Costa Rica (1954-1975)”, en Imperios, agentes y revoluciones: la larga guerra fría en Costa Rica (1928-1986), ed. por David Díaz Arias (San José: Centro de Investigaciones Históricas de América Central, 2022), pp. 189-216.↵
- Adriana Petra, “El ‘Proyecto Marginalidad’: los intelectuales latinoamericanos y el imperialismo cultural”, Políticas de la Memoria, n.º 8-9 (2008-2009), pp. 249-260; Teresa Huhle, Bevölkerung, Fertilität und Familienplanung in Kolumbien. Eine transnationale Wissensgeschichte im Kalten Krieg (Bielefeld: Transcript Verlag, 2017).↵
- Archivo del Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica, Acta de la sesión 1332-04 (Ciudad Universitaria Rodrigo Facio, 13 de noviembre de 1963).↵
- International Association for Cultural Freedom. “Records: Costa Rica, 1962-1966; Box 561, Folder 08” (Hanna Holborn Gray Special Collections Research Center: University of Chicago Library, 2022).↵
- Vania Markarian, “¿Requiem para Solari?: Relevos de la sociología universitaria uruguaya en los años sesenta y setenta del siglo pasado”, Tempo Social, vol. 32 (2020), pp. 33-53; Aldo Marchesi y Vania Markarian, “Solari y Trías. Dos trayectorias intelectuales en la guerra fría”, Prismas, vol. 23, n.º 2 (2019), pp. 290-296.↵
- Liana Babbar Amighetti, “Emilia Prieto y el movimiento por la paz en Costa Rica”, elmundo.cr, 20 de diciembre de 2020, en t.ly/Dm0j9.↵
- Iván Molina Jiménez, Los pasados de la memoria. El origen de la reforma social en Costa Rica (1938-1943) (Heredia: Editorial de la Universidad Nacional, 2008), pp. 56-62.↵
- Babbar Amighetti, “Emilia Prieto y el movimiento por la paz en Costa Rica”.↵
- “Murió exministro Danilo Jiménez”, La Nación, 16 de marzo de 1996, p. 16A; “Oscar Bákitt”, Pincel. Pinacoteca Costarricense Electrónica (1997), en t.ly/wbzpg.↵
- Tony Judt, Postwar: A History of Europe Since 1945 (Nueva York: Penguin Books, 2005).↵
- Adriana Petra, “Cultura comunista y Guerra Fría: los intelectuales y el movimiento por la paz en la Argentina”, Cuadernos de Historia, n.º 38 (2013), pp. 99-130.↵
- Manuel Aznar Soler, “Guerra Fría cultural y exilio republicano de 1939: el Congreso Mundial de Intelectuales por la Paz (Wroclaw, 1948)”, Culture & History Digital Journal, vol. 7, n.º 1 (2018), pp. 1-13.↵
- Germán Alburquerque Fuschini, La trinchera letrada. Intelectuales latinoamericanos y Guerra Fría (Santiago: Ariadna Ediciones, 2010), pp. 25-60.↵
- Petra, “Cultura comunista y Guerra Fría”, pp. 109-125.↵
- Archivo Nacional de Costa Rica, Unidad documental simple CR-AN-AH-MAMOVAL-COR-002813- Boletín Paz, del Comité de Partidarios de la Paz (San José: Fondo Manuel Mora Valverde, 10 de octubre de 1950).↵
- “Si los pueblos quieren no habrá guerra”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, p. 1.↵
- “Joliot-Curie llama a los pueblos al II Congreso Mundial de Partidarios de la Paz”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, pp. 1 y 4; “Noticias Internacionales”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, pp. 2-3; “Los efectos de la bomba atómica”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, p. 3; “El llamamiento de Estocolmo no va dirigido contra ningún país determinado”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, pp. 2-3.↵
- “Los mexicanos protestaron en tanto los ticos se sometieron dócilmente”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, p. 2; “No estará Costa Rica al margen de la Guerra”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, p. 2.↵
- “12.000 formas recogidas hasta el 12 de Octubre y llegaremos a 20.000 el 13 de Noviembre”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, p. 4.↵
- “Caravana Juvenil por la Paz”, Paz. Órgano del Comité Nacional de Partidarios de la Paz, 30 de octubre de 1950, p. 4.↵
- Rodolfo Ulloa Bonilla, Camaradas: militantes del Partido Comunista de Costa Rica (San José: Rodolfo Ulloa Bonilla, 2019); Rogelio Cedeño Castro, “De la preciada memoria de un médico y amigo muy querido. El poliedro de la vida. Dr. Óscar Morera Madrigal”, Surcos Digital, 28 de octubre de 2022, en t.ly/qwj_y.↵
- Archivo Nacional de Costa Rica, Unidad documental simple CR-AN-AH-MAMOVAL-COR-001379 – Lista de miembros del Consejo Mundial de la Paz (San José: Fondo Manuel Mora Valverde, 1970).↵
- Óscar Morera Madrigal, “La Marcha de la Paz no es marcha comunista”, La Prensa Libre, 18 de febrero de 1967, hoja suelta.↵
- Akira Iriye, “Historicizing the Cold War”, en The Oxford Handbook of the Cold War, ed. Por Richard H. Immerman y Petra Goedde (Oxford: Oxford University Press, 2013), pp. 16-30.↵
- Randall Chaves Zamora, “Independencia antiimperialista: la solidaridad con Vietnam durante la visita de Lyndon B. Johnson a Costa Rica y el movimiento estudiantil en 1968”, Diálogos. Revista de Historia, vol. 22, n.º 2 (2021), pp. 1-37.↵
- Molly Geidel, Peace Corps Fantasies. How Development Shaped the Global Sixties (Mineápolis y Londres: University of Minnesota Press, 2015).↵
- Archivo Nacional de Costa Rica, Unidad documental simple CR-AN-AH-MEP-005000- Despacho del Ministro. Correspondencia con OEA, UNESCO, Cuerpo de Paz, Scouts, Movimiento Nacional de Juventudes, entidades nacionales y extranjeros, iglesia, BID, CREFAL, FAO. Memorando sobre la situación educativa de Costa Rica (San José: Fondo del Ministerio de Educación Pública, 1968).↵
- Paul Kengor y Robert Orlando, The Divine Plan: John Paul II, Ronald Reagan, and the Dramatic End of the Cold War (Wilmington: Intercollegiate Studies Institute, 2019).↵
- Johan Galtung, “Violence, Peace, and Peace Research”, Journal of Peace Research, vol. 6, n.º 3 (1969), pp. 167-191.↵
- Archivo Nacional de Costa Rica, Unidad documental simple CR-AN-AH-MAMOVAL-003848 – Propuestas de ensayos acerca de la Paz en Centroamérica y el Caribe (San José: Fondo Manuel Mora Valverde, 1948-1982); Archivo Nacional de Costa Rica, Unidad documental simple CR-AN-AH-MAMOVAL-003779 – Discursos sobre la paz y la justicia social (San José: Fondo Manuel Mora Valverde, 1967-1983).↵
- Petra, “Cultura comunista y Guerra Fría”, 108-109.↵
- Emilia Prieto Tugores, “La lucha por la justicia y la paz debe ser acción mantenida y vigilante”, Nuestra Voz, julio de 1973, citado por Mercedes Flores González, ed., Emilia Prieto Tugores. Selección de ensayos: 1930-1975 (San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 2016), pp. 362-363.↵
- Javier Naranjo, Palabra de Niño (Medellín: Casa Museo de la Memoria, 2022). ↵
- Judt, Postwar, p. 45.↵
- David Caute, Cold War Culture. Stage, Screen, Music, Ballet, Expo, Art and Ideology. USA-USSR-Europe. (Óxford: Oxford University Press, 2003).↵
- David Díaz Arias, Crisis social y memorias en lucha: guerra civil en Costa Rica, 1940-1948 (San José, Costa Rica: Editorial Universidad de Costa Rica, 2015).↵
- Albert Szymanski, “Las Fundaciones Internacionales y América Latina”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 35, n.º 4 (1973), pp. 801-817.↵







