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6 Mujeres, anticomunismo y Guerra Fría en América Latina[1]

Propuestas de investigación a partir de los movimientos de Brasil y Chile en la antesala de los golpes de Estado

Malena Zunino y Rebeca Ávila

A las mujeres de Brasil les pertenece gran parte del mérito por detener la planeada ofensiva roja. Por miles, en una escala inigualable en la historia latinoamericana, las amas de casa se lanzaron a la lucha y, más que ninguna otra fuerza, alertaron al país. “Sin las mujeres”, dice uno de los líderes de la contrarrevolución, “nunca podríamos haber detenido el avance de Brasil hacia el comunismo. Mientras que muchos de los grupos masculinos tuvieron que luchar de manera encubierta, las mujeres pudieron pelear públicamente, ¡y cómo lucharon!”.[2]

En esos momentos más parecía un enorme carnaval, que un reclamo político.

Y seguían llegando mujeres, más y más…

La enorme plaza se hizo estrecha.
En la sombra, los hombres del soviet comenzaron a tener miedo.[3]

Introducción

En América Latina, la Guerra Fría no dejó espacio para pausas ni momentos de alivio. Por el contrario, su historia da cuenta de un incremento vertiginoso en la intensidad de los conflictos. Desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959, la llamada “latinoamericanización” del conflicto[4] significó su plena regionalización, con una intensificación de las dinámicas que ya estaban en marcha por lo menos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tal proceso obstaculizó los cambios sociopolíticos y generó, en cambio, una mayor polarización e inestabilidad.[5]

En el Cono Sur, las décadas de 1960 y 1970 estuvieron atravesadas por la desestabilización en su sentido más amplio, pasando por las esferas institucionales, económicas, políticas y sociales. El estallido de las fuerzas represivas encabezadas por las dictaduras militares (en connivencia con otras instituciones y sectores de la sociedad), así como de las insurrecciones revolucionarias, fue la expresión máxima de una fractura que atravesó la región. Sin embargo, la violencia política no fue la única dimensión del conflicto.

¿En qué otros campos se manifestó la tensión de la Guerra Fría en América Latina? ¿Hasta qué punto las dinámicas externas moldearon las dinámicas nacionales? ¿Qué otras expresiones adoptó el terror impartido desde el plano civil? En el marco de la llamada “nueva historia de la Guerra Fría”, que se desarrolló en las últimas décadas a partir de la apertura y el análisis de archivos del antiguo campo socialista y del sur global, se produjeron nuevas posibilidades para una interpretación descentralizada acerca de este período, entendiéndolo como un fenómeno global que involucró a distintos actores estatales y no estatales.

Tal perspectiva ha sido especialmente útil para habilitar una comprensión sobre el período que considerara sus singularidades y antecedentes sociohistóricos. La reinterpretación de lo que fue la Guerra Fría en la región ha implicado un balance entre las dinámicas de la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la presencia histórica de la política exterior estadounidense para América Latina y la autonomía de los procesos sociohistóricos nacionales, así como la agencia de los sujetos latinoamericanos.[6]

En paralelo a dimensiones clásicas como la diplomacia y el militarismo, otras variables importantes han despertado interés. En este sentido, si la Guerra Fría también puede ser una variable explicativa para la politización e internacionalización de la vida diaria,[7] el género sobresale como una variable sumamente potente, capaz de abrir nuevos caminos interpretativos e incluso desvelar la importancia de otros actores y espacios del periodo. Si bien históricamente no ha tenido un lugar destacado en los análisis, el género operó como una dimensión a través de la cual se trasladaron los potenciales temores de la época, de la esfera privada hacia la pública y viceversa, en una imbricación compleja y también cargada de disputas políticas –aunque no siempre de manera consciente–.[8]

Dumančić señala que el género y la sexualidad, dos categorías centrales en las relaciones humanas, identidades y prácticas, también influenciaron las formas de conducción de la Guerra Fría, la representación de sus procesos y la construcción de las memorias post-Guerra Fría. En este sentido, el autor plantea que, más que categorías útiles, se vuelven indispensables para analizar este conflicto como un fenómeno global. Aunque hayan atravesado las relaciones humanas en la larga duración, durante este tiempo histórico conllevaron problemáticas singulares y fueron centrales en episodios relevantes, tales como el “terror lila” que se infundió sobre los homosexuales, las controversias que generaron las pastillas anticonceptivas, la relación entre sexualidad y revolución y los imaginarios sobre la masculinidad combativa.[9]

Los trabajos en el campo de la historia reciente y la memoria que se ocupan de las dictaduras latinoamericanas, a pesar de su tendencia androcéntrica, han abordado el tema del género. Hiner señala que los primeros estudios se ocuparon fundamentalmente de las mujeres familiares de detenidos-desaparecidos, especialmente las madres organizadas en grupos de derechos humanos.[10] También han surgido numerosos y valiosos trabajos sobre el accionar de las mujeres organizadas en la izquierda,[11] cuestionando y tensionando los roles tradicionales de género. Pero la autora menciona que son poco comunes los trabajos sobre subjetividades marginalizadas, como las mujeres pobladoras y campesinas, LGBTQIA+, originarias y afrodescendientes. Siguiendo esta crítica, agregamos que la escasez de investigaciones sobre las mujeres de derecha[12] también es un problema: aunque estén inscritas en los roles tradicionales de género (y lo hayan defendido), su accionar histórico plantea inquietudes que nos desafían a profundizar nuestra comprensión sobre género, sexualidad y dictaduras en el marco de la Guerra Fría en América Latina.

En la historiografía abocada al estudio de Latinoamérica, el trabajo de Margaret Power sobre el accionar de las mujeres de derecha, que empezó con el caso de las chilenas desde la década de 1960 hasta la dictadura de Pinochet,[13] constituye una referencia fundamental. La autora ha profundizado su estudio en perspectiva comparada y transnacional con los movimientos de mujeres de derecha en Brasil y Estados Unidos que emergieron en la década de 1960,[14] pero también ha motivado análisis globales,[15] sosteniendo la importancia de estudiar a las mujeres de derecha porque contribuyen a la definición de política dentro de sus países, así como las posibilidades políticas hechas por y para ellas; sus creencias, declaraciones y acciones integran la cultura política y social, pero también contraponen la idea de que la mujer es más progresista que el hombre, lo que nos estimula a construir un debate más crítico acerca de sus tensiones con los feminismos y los retos futuros para alcanzar la igualdad de género.[16]

Es decir, una comprensión más amplia sobre el accionar de esas mujeres durante la Guerra Fría enriquece las inquietudes de la propia historia reciente en cuanto “pasado abierto” en América Latina.[17] Sus formas de organización política, sus vínculos, los espacios de poder que ocuparon, su construcción y reactualización discursiva nos interpelan a incorporarlas como un potente –¿paradigmático?– objeto de estudio, comparándolas y pensándolas (cuando corresponda) en una perspectiva transnacional.

En el presente capítulo, revisitamos los hallazgos y planteos de Power, que nos llevaron a escrutar otros trabajos complementarios sobre las mujeres chilenas,[18] además de trabajos de investigadoras que se dedicaron a los movimientos de mujeres brasileras, como Simone de Deus Simões (quien planteó el tema del género y las derechas aún durante la transición democrática) y Janaína Martins Cordeiro,[19] estudios sobre la prensa y las marchas multitudinarias que las brasileras y chilenas organizaron,[20] y fuentes primarias del Archivo Nacional de Brasil y Memoria Chilena (Biblioteca Nacional de Chile). A partir de ello, reanalizamos los casos de los movimientos de mujeres de derecha que organizaron marchas multitudinarias contra los gobiernos de João Goulart, en Brasil, y Salvador Allende, en Chile, para luego discutir otras propuestas de investigación que se pueden desarrollar articulando discusiones sobre género, anticomunismo y Guerra Fría en América Latina.

El objetivo de este texto no consiste en plantear la organización de esas mujeres ni su comparación como hechos vanguardistas per se, en cuanto reconocemos que el accionar de las mujeres y la difusión de sus ideas en la esfera pública y la política latinoamericana ya han tenido lugar en momentos históricos anteriores. Lo que suscita nuestro interés es comprender cómo su desempeño se moviliza y relaciona con las dinámicas y los imaginarios que tienen lugar durante la Guerra Fría, identificando aspectos que puedan estimular nuevas interrogantes sobre género y mujeres de derecha en la región. Proponemos rediscutir esa bibliografía junto a los paradigmas más recientes acerca de la latinoamericanización y la transnacionalización de la Guerra Fría,[21] con el propósito de allanar el camino para la exploración y formulación de nuevas propuestas de investigación que propicien avances en el campo.

1. Mujeres, derechas y discursos: algunos lineamientos introductorios a partir de los casos de Brasil y Chile

Cronológicamente, los movimientos de mujeres conservadoras en Brasil ganaron proyección nacional antes que los de Chile, fundamentalmente a partir de 1962, con la creación de la Unión Cívica Femenina (UCF) en San Pablo y la Campaña Nacional de la Mujer Democrática (CAMDE) en Río de Janeiro. Dos años más tarde, en 1964, surgieron la Liga de la Mujer Democrática de Belo Horizonte, la Cruzada Democrática Femenina de Recife y la Acción Democrática Femenina Gaúcha, bajo la orientación de la UCF.[22]

En Chile también se desarrollaron experiencias similares. La creación de Acción Mujeres de Chile marcó un clivaje en la consolidación organizativa de las mujeres anticomunistas: fundada el 11 de junio de 1963, la organización se compuso por mujeres conservadoras de la élite chilena que, motivadas por las elecciones presidenciales de 1964 y de 1970, buscaban impedir el triunfo de Salvador Allende en las urnas. Sin embargo, a diferencia de los movimientos de mujeres en Brasil, Acción Mujeres de Chile no presentó un funcionamiento estable: por el contrario, su actuación estuvo exclusivamente limitada a las campañas electorales. En esta misma línea, Poder Femenino, que se conformó en 1972, también se colocó como organización clave en el escenario público. En contraposición a Acción Mujeres de Chile, Poder Femenino no se abocó a la obstaculización del gobierno socialista, sino que persiguió su posterior desestabilización.

La elección de estos casos para el análisis se justifica por el hecho de que estas mujeres lograron convocar multitudinarias marchas que contribuyeron a la desestabilización de los gobiernos democráticamente electos de João Goulart (1961-1964) y Salvador Allende (1970-1973), dando lugar a su derrocamiento posterior a través de golpes militares y la instauración de las dictaduras en Brasil y Chile, respectivamente. Hasta el momento, la bibliografía existente indica que la organización de marchas de mujeres de derecha en este tiempo histórico es un fenómeno que no se desarrolló con estas magnitudes en otros países de la región.

Como se profundiza en los siguientes apartados, en su discurso vincularon hábilmente concepciones tradicionales de género y anticomunismo, reivindicándose como figuras apolíticas –aunque estuvieran impactando profundamente los rumbos de la política nacional y sosteniendo alternativas antidemocráticas–. Por consiguiente, estos casos encuentran su pertinencia teórico-metodológica debido a su utilidad analítica, en el sentido de que estos fenómenos pueden actuar, como explica Tilly, como si fueran el “reverso del espejo”,[23] con el que se podrán examinar algunos temas que posiblemente atravesaron a las mujeres de otros países latinoamericanos, y que han sido menos estudiadas.

La producción académica que versa sobre los movimientos de estas mujeres en Brasil y en Chile permite esbozar, en términos generales, similitudes en sus formas y contenidos. Destacamos tres puntos claves, a saber:

  1. Su aparente apoliticidad, en cuanto se nombraban a sí mismos como apolíticos y desligados de intereses ideológicos. Su aglutinación, por el contrario, se fundamentaba a través de la producción de ideas y construcciones de sentido en torno a una concepción tradicional de la familia, donde el rol de la mujer estaba directamente ligado a la maternidad. Su mancomunación y acción en la arena pública, por lo tanto, fue entendida como una tarea “natural” vinculada directamente a la defensa de la patria como una extensión del hogar y sus “instituciones democráticas” percibidas en peligro ante el avance comunista. En efecto, sus obligaciones en la escena pública se proyectaban como prolongación de sus responsabilidades hogareñas: “… el orden social estribaba en la ley, la religión, la familia y la propiedad, y cualquier cosa que debilitara a uno de estos pilares minaba a la sociedad entera”.[24]
  2. Pese a lo recién expuesto, estas mujeres se articularon con organismos locales y estadounidenses con clara tendencia político-partidaria e ideológica de derecha, que les brindaron incluso apoyo financiero.
  3. Estos movimientos de mujeres irrumpieron en el espacio público de manera expresiva, recurriendo a elementos simbólicos y performáticos.

Si bien estas manifestaciones se configuraron como expresiones explícitas en torno a la política doméstica, de celebración y apoyo al derrocamiento de João Goulart, por un lado, y desaprobación del gobierno oficialista de Salvador Allende, por el otro, en sus consignas subyacieron lógicas que trascendieron las fronteras nacionales, interiorizando un lenguaje político que la Guerra Fría logró instaurar. Así, el escenario geopolítico de la época se expresó verbal y simbólicamente a nivel local, y estas mujeres no permanecieron ajenas a ello.

Es importante señalar que las mujeres de derecha actuaron de manera relevante en otros momentos históricos,[25] incluso vocalizando su anticomunismo, como dan cuenta los trabajos de Sandra McGee Deutsch sobre la relación entre las mujeres y el fascismo en la década de 1930.[26] No obstante, las tensiones de la Guerra Fría –y sus particularidades en América Latina, con el éxito de la Revolución cubana en 1959, la Doctrina de Seguridad Nacional y el giro autoritario en los países– potenciaban aún más la imbricación entre el anticomunismo, las concepciones tradicionales de género y la idea de un enemigo interno que combatir.

Sin embargo, es absolutamente fundamental hacerse eco de la distinción planteada por Bohoslavsky, Broquetas y Gomes acerca de qué se entendía por “comunismo”. Dependiendo de la coyuntura nacional, el término podría relacionarse con percepciones más o menos abstractas sobre este peligro. Analizando las juventudes anticomunistas en Chile, Argentina y Uruguay entre la década de 1960 y el inicio de la década de 1970, los autores observan que en Chile la definición era más concreta y precisa que en los otros países. Los motivos señalados por los autores remiten a la confluencia de partidos de izquierda en la Unidad Popular, el acercamiento diplomático y comercial con Cuba, el avance de la reforma agraria y expropiación de empresas privadas, mientras que en Argentina y Uruguay ni el comunismo ni las otras fuerzas de izquierda tuvieron una capacidad política similar, de manera que su accionar se direccionó más hacia la insatisfacción con las políticas económicas, con la movilización creciente de los trabajadores y jóvenes y con las disputas en el campo moral, donde relacionaban los “procesos de modernización sociocultural” como un atributo de la “expansión comunista”.[27]

Si es importante distinguir qué entendían por “comunismo”, es igualmente clave reconocer los matices entre “anticomunismo”, “derecha” y “conservadurismo”. Atenta a esta cuestión, Power sigue a De la Torre y Ramírez Sáiz, quienes explican que, si bien los conservadores pueden ser leídos como parte de la derecha, se distinguen de algunas alas como la derecha liberal y empresarial, a medida que su conservadurismo no aboga por todas las libertades, sobre todo cuando pueden tensionar sus valores e instituciones tradicionales (como la familia, la religión, el respeto a las autoridades y las buenas costumbres).[28]

Para el presente trabajo, utilizamos los tres términos porque entendemos que las brasileras y chilenas dialogaron con estas tres corrientes ideológicas, aunque no solían autodenominarse así. Organizadas en movimientos, estas mujeres se veían como participantes activas en una guerra global contra el enemigo comunista,[29] entendida como una tarea de disputa moral que tenía como punto de partida su condición de mujeres y madres, lo que les otorgaría la condición de apolíticas. Sin embargo, para ello contaron con el apoyo –logístico y financiero– de conocidos actores locales e internacionales de derecha, como militares, empresarios y políticos. A continuación, se discute la coyuntura histórica en que emergieron estos grupos y las marchas que organizaron durante la desestabilización de los gobiernos de Goulart y Allende.

2. Recorridos y líneas de acción

Aunque hayan existido otros grupos en Brasil, nos enfocaremos en la organización Campanha da Mulher Pela Democracia (CAMDE) por su relevancia, influencia en el escenario público nacional y duración. El marco político y social al momento de su creación se caracterizó por la creciente polarización nacional e internacional, tras la renuncia del presidente Jânio Quadros en agosto de 1961, sustituido por su vicepresidente, João Goulart, y la instauración del sistema parlamentarista como reacción de los militares y la derecha para limitar su gobernabilidad. La figura de Goulart, quien procuraba impulsar las llamadas “reformas de base” y era percibido como un heredero político del trabalhismo de Getúlio Vargas, representaba la concreción de las supuestas amenazas comunistas en Brasil, propiciadas por injerencias extranjeras, según sectores de la derecha. La situación fue percibida como peligrosa para la patria, las familias y la Iglesia y, en definitiva, para la concepción de democracia sostenida por estas.[30]

Si bien circulan diversas versiones en torno a la creación de CAMDE, es sabido que en el año 1962 se reunieron, bajo el liderazgo de Amélia Molina Bastos,[31] un grupo de mujeres que frecuentaban la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz en Ipanema, Río de Janeiro. Esto habría marcado el nacimiento formal de la organización, aunque, como sugiere Simões, es posible que hubiese comenzado a operar previo a su lanzamiento público.[32] Estas mujeres se presentaban ante el espacio público como sujetas del mundo privado –en cuanto “dueñas de hogar”– a partir de su rol como mujeres, que a su entender era sinónimo de madres y esposas. Aun así, y sin intención de caer en reduccionismos, el liderazgo de CAMDE congregó a mujeres de clase alta, residentes de la zona sur de Río de Janeiro, católicas y fuertemente conservadoras. De allí que podemos decir que estas particularidades también operaron como elementos integradores. De hecho, la condición de clase de las integrantes les permitió destinar considerables recursos económicos y humanos a las labores de CAMDE, cuyo funcionamiento se basó fundamentalmente en el trabajo voluntario.[33]

En el caso de las mujeres chilenas, existe una evidente relación y continuidad entre los movimientos Acción Mujeres de Chile (1963) y Poder Femenino (1972). Muchas de las integrantes que conformaron el primero pasaron a tener roles activos en el segundo.[34] Sin embargo, diferían en su composición social, puesto que Poder Femenino se caracterizó por su influencia en diversos sectores de la sociedad incluyendo a mujeres congregadas por su oposición al gobierno de Allende, si bien su liderazgo permaneció bajo la posesión de mujeres de clase alta. Ambas se presentaron como organizaciones autónomas, apolíticas y alejadas de influencias ideológicas. A pesar de ello, entre sus figuras destacadas había mujeres que participaban de la política institucional, como María Correa Morandé, quien había sido diputada por el Partido Nacional.[35]

Particularmente Acción de Mujeres de Chile, creada en 1963 por mujeres de clase alta, se organizó originalmente con el objetivo de impedir el triunfo de Allende en las elecciones de 1964 y asegurar la victoria de la Democracia Cristiana. Esta campaña estuvo signada por intensas premisas anticomunistas y en detrimento de Allende, y estuvieron en gran parte dirigidas a las mujeres, a través de la apelación a las representaciones tradicionalmente femeninas –especialmente familiares– con elementos similares a los utilizados en Brasil.[36]

Ese movimiento no actuó de manera constante ni estable, puesto que su participación se limitó a los períodos electorales, mostrando un papel determinante en las elecciones y campañas antiallendistas, cuyo efecto fue darle una dimensión de género al anticomunismo.[37] En este sentido, Acción Mujeres de Chile volvió a la escena pública en 1970, en esta ocasión motivada por el desencanto hacia el presidente demócrata cristiano de Frei Montalva (1964-1970), especialmente producto del proceso de reforma agraria que impulsó su gobierno.[38] Junto a los descontentos ocasionados por las reformas tributarias, la chilenización del cobre y la reforma universitaria, la derecha leyó esta situación como la “puerta de entrada al comunismo”[39], y, por lo tanto, Acción Mujeres de Chile se organizó para apoyar con vehemencia al derechista Jorge Alessandri. En 1972 se creó Poder Femenino, que, según las palabras de Correa Morandé, plasmadas en el libro de su autoría La guerra de las mujeres (publicado en 1974, el año posterior al golpe de Estado), fue el resultado de un grupo de amigas que se mancomunaron “ante el urgente interés de la patria”.[40]

Tanto en Brasil como en Chile, el apoyo civil a estos movimientos se dio por su habilidad para apelar a una concepción tradicional de género, al construir discursivamente sus insatisfacciones, necesidades y esperanzas para formar un programa coherente, introduciéndolo en la opinión pública con éxito a través de distintas formas de comunicación.[41] En el caso de CAMDE, sus principales líneas de acción pueden dividirse en dos: por un lado, buscaron presionar al gobierno incidiendo en la arena pública a través de protestas y marchas, así como con el envío de cartas y telegramas al Congreso, la difusión de folletos, panfletos y libros propagandísticos que procuraban mostrar “el valor de la democracia”;[42] y, por otra parte, se dedicaron a la asistencia social[43] y a la formación y capacitación de mujeres mediante la organización de cursos, conferencias y discursos en distintas zonas de la ciudad con la intención de impartir herramientas prácticas y difundir sus ideas. Esto fue efectivo en las clases medias y los sectores populares, por lo que lograron trascender las zonas más ricas del Estado e incluso operaron en ciudades de otros estados.[44]

Por su lado, Poder Femenino fue un comité coordinador que programaba actividades antigobiernistas y se abocó mayoritariamente a expresar su descontento a través de actos públicos. El grupo emergió después de las marchas conocidas como “cacerolazos”; llevaron a cabo boicots, realizaron acciones vinculadas a la difusión y comunicación, como la distribución masiva de panfletos, y proporcionaron “apoyo y recursos muy necesarios para el amplio espectro de fuerzas que protestaban contra el gobierno de Salvador Allende”.[45] Entre otras operaciones, apoyaron las huelgas masculinas con entrega de comida y bebida. En simultáneo, sus activistas se reunían para capacitarse y formarse, tal como registra Berliner a través de entrevistas, de donde, por ejemplo, se desprende que las mujeres organizaban encuentros para escuchar a reconocidas personalidades pertenecientes a la derecha, como al político y escritor Enrique Campos, quien más tarde se convirtió en colaborador y asesor de la Junta Militar.[46]

Un contraste que merece atención son los abordajes de estos movimientos hacia lo religioso: el tema fue central en Brasil, una vez que veían al gobierno de Goulart –que relacionaban al comunismo y, por ende, al ateísmo– como una amenaza a la libertad religiosa y la Iglesia católica, entendida como una característica clave del propio nacionalismo; a pesar de la apelación a la fe católica, CAMDE contó con el apoyo de mujeres de otras religiones, como la protestante y religiones de matriz africana.[47] La dimensión religiosa no tuvo la misma centralidad en Chile, una vez que la Iglesia católica en el país había desarrollado una relación amistosa con la Unidad Popular, la Teología de la Liberación ascendía en la coyuntura internacional, y, dentro del liderazgo de Poder Femenino, había mujeres ligadas al ala liberal del Partido Nacionalista, que históricamente tenía una orientación secular.[48]

A pesar de estas diferencias, las propuestas y demandas de estos movimientos, vigorosamente ancladas a los preceptos de la maternidad y de la familia en peligro frente al avance comunista, fueron eficaces para atraer a mujeres de las clases medias y los sectores populares, quienes posiblemente estuvieran motivadas por el temor y por eso se adhirieron a determinadas demandas políticas.[49] Asimismo, las narrativas referidas a llamados “naturales” y “universales” que trascendían –o eran ajenas a– lo político y a la cuestión de clase, así como la autopercepción y el autonombramiento como seres que defendían lo privado y no como seres públicos, habilitaron y reforzaron una integración y movilización decidida y motivada que superaría la simple manipulación ideológica.[50]

A contrapelo de sus narrativas neutrales y apolíticas, CAMDE y Poder Femenino efectivamente establecieron nexos con diferentes agrupaciones y entidades nacionales. De ello dan cuenta, en primer lugar, los vínculos sanguíneos: muchas de las integrantes de CAMDE eran familiares, madres o esposas de empresarios del Instituto de Pesquisa e Estudos Sociais y del Instituto Brasileiro de Ação Democrática (IPES/IBAD) e integrantes de las Fuerzas Armadas, en especial de miembros de altos puestos del Ejército.[51] A su vez, el liderazgo de Acción Mujeres de Chile congregó a mujeres de “familias ilustres” del país trasandino (generaciones de terratenientes, empresarios y políticos conservadores).[52] Por otro lado, el liderazgo de Poder Femenino contó con la presencia de mujeres de los partidos opositores, a partir de las cuales se establecieron redes con otros políticos, con las Fuerzas Armadas y determinados sectores civiles, como el movimiento gremial, el Centro de Madres y el sector obrero vinculado a la Democracia Cristiana.[53]

En otras palabras, aunque su articulación política no haya sido absolutamente autónoma –porque contaron con el apoyo logístico y financiero de organismos e individuos interesados en su potencial–, sus perspectivas políticas y su construcción discursiva sí lo fueron, hasta el punto de lograr organizar marchas multitudinarias que jugaron un papel fundamental en la desestabilización de los gobiernos de Goulart y Allende, operando como un sostén estratégico para las dictaduras militares que les sucedieron.

3. Familia, religión y patria ante el peligro rojo: las marchas en Brasil y Chile

En Brasil, el año 1964 significó la culminación de la reacción conservadora, con una impactante irrupción en el espacio público: el 19 de marzo, en San Pablo, la Marcha de la Familia con Dios por la Libertad vio la luz por primera vez. Con la organización de UCF, las mujeres de derecha consolidaron su fuerza política movilizando alrededor de 500.000 personas. Posteriormente, se replicó en varios puntos del país, dando así continuidad al movimiento desestabilizador del gobierno de Goulart, entendido, según ellas, como encadenamientos lógicos a la defensa de la Constitución y la democracia. Más aún, representaban una demanda de la sociedad civil hacia las Fuerzas Armadas para realizar una intervención “moralizadora” de las instituciones.[54]

La marcha más grande ocurrió en Río de Janeiro el 2 de abril, convocada por CAMDE. En la invitación publicada en el Diário de Notícias el 22 de marzo, se leían las siguientes palabras:

Invitamos a las mujeres de Río a participar en una demostración cívica de fidelidad a las libertades democráticas que el comunismo está tratando de destruir en nuestro país. […]. El tiempo de la reacción es nuestro porque gracias a la democracia todavía tenemos derecho a hablar y respeto por los hombres. […]. Defendamos nuestras casas, defendamos nuestra patria. Ya comenzamos la pelea. Vamos a luchar por el saneamiento en Brasil, por la vigilancia cívica, pues tenemos la gran responsabilidad de poblar nuestra querida patria de buenos brasileros. Que toda mujer sea baluarte de la democracia, defensora de la libertad y agente de Dios [traducción de las autoras].[55]

Sin embargo, el lema de la marcha se vería modificado, puesto que el golpe de Estado impuesto el 1 de abril la alejó de la reacción y la defensa, transformándola en un evento festivo, donde se celebró la deposición de Goulart, por un lado, y la flamante victoria militar, por otro. Sus dinámicas devinieron en un “desfile conmemorativo”,[56] lo que le otorgaría el nombre popular de Marcha de la Victoria, representando justamente el triunfo de “la cruz y el rosario por sobre la hoz y el martillo”.[57]

Las siguientes palabras pronunciadas durante la marcha por Amélia Bastos, en nombre de la “mujer brasilera”, dejan en evidencia su percepción sobre el clima de época y el cambio en el significado de las manifestaciones:

Hoy las palabras de la brasilera no pueden ser las mismas que ayer, cuando era una súplica, una advertencia y un llamamiento. […]. La súplica fue escuchada por Dios; la advertencia, por parte de los hombres y mujeres de esta patria libre y soberana; el llamamiento, al que asistieron la mayoría de ciudadanos responsables y, sobre todo, las clases armadas. Honor y gloria a nuestros soldados. […]. Esta es, por tanto, la hora de oración a Dios por haber inspirado a las fuerzas de tierra, mar y aire, guardianes del régimen, el orden y la paz nacional, para cumplir con los deberes que la Constitución les asigna [traducción de las autoras].[58]

Las señoras de CAMDE fueron percibidas como las creadoras y dirigentes de tal hazaña. El general Mourão Filho, incluso, llegó a aseverar que tanto él “como todos los hombres que participaron en la revolución, no hicieron más que ejecutar lo que las mujeres predicaban en las calles para acabar con el comunismo”.[59] Detrás de ellas, marcharon mujeres de organizaciones del mismo tenor provenientes de otros Estados, representantes de diferentes religiones –umbandistas, protestantes y judíos que inclusive tuvieron un espacio reservado para pronunciar sus discursos, junto a representantes del catolicismo–, trabajadores, comerciantes, obreros, políticos, sindicalistas, agrupaciones estudiantiles (tales como las de la Universidad Católica, del Colegio y la Universidad de Santa Úrsula, de la Universidad del Estado da Guanabara y la Universidad de Brasil), militares y empresarios.[60]

Siete años después, en los primeros días de diciembre del año 1971, en Santiago de Chile las mujeres anticomunistas chilenas convocaron a una marcha cuyas pretensiones pretendían igualar los éxitos brasileros. Si bien no se conocen con exactitud los orígenes de esa actividad, el descontento de las medidas tomadas por el gobierno y la visita de Fidel Castro al país fueron los elementos decisivos que terminaron por concretar su resolución.

Entre las organizadoras de la marcha, sobresalieron las mujeres de Acción Mujeres de Chile, lo que fue funcional para enfatizar la desvinculación política del evento. Ahora bien, varias dirigentes de los partidos opositores al gobierno participaron en su planificación. Cabal cuenta de ello evidencia la solicitud del permiso emitido por un grupo de mujeres del Partido Nacional para llevar a cabo la marcha.[61] De igual forma, el evento contó con el apoyo explícito de los partidos políticos opositores, entre ellos del Partido Nacional, la Democracia Cristiana y el movimiento paramilitar Patria y Libertad, quienes enviaron hombres con la intención de custodiar su recorrido.[62] Por eso, compartimos lo indicado por Power al asegurar que fue improbable que esas mujeres planificaran y organizaran la marcha sin el beneplácito de los partidos políticos.[63]

Las demandas explícitas e inmediatas fueron relevantes para potenciar su componente aglutinador. Aquellas se construyeron a partir de elementos prácticos y materiales –las narrativas de hambruna, la escasez de alimentos y la carestía de la vida– aun cuando estos problemas no habían alcanzado la profundidad que efectivamente tendrían unos meses más tarde;[64] así lo deja al descubierto la propaganda publicada el 30 de noviembre en El Mercurio:

Las mujeres vamos a protestar porque no hay posta (tipo de carne de vacuno/res) para hacerles sopa a las guaguas (bebés) y éstas se enferman de diarrea; vamos a denunciar que a nuestros maridos se les obliga a asistir a reuniones políticas para conservar sus empleos, vamos a protestar porque a la mayoría universitaria no se la deja expresarse.[65]

Después de una intensa difusión, que guardó similitudes con las modalidades brasileras, el 2 de diciembre de 1971 tuvo lugar la multitudinaria Marcha de las Cacerolas Vacías, a la que asistieron varias decenas de miles de mujeres. En las calles de Santiago, se desplegaron elementos tradicionalmente asociados al espacio privado, pero que en público fueron cargados de nuevas resignificaciones y sentidos. En esta línea, las representaciones y simbologías de la marcha pretendieron reflejar las problemáticas cotidianas, de allí que se recurriera a uno de los elementos domésticos –y, por añadidura, femeninos– por excelencia: la cacerola vacía.[66]

Luego de la Marcha en Santiago, esa práctica pasó a replicarse en diferentes ciudades del país y convirtió el caceroleo en una modalidad popular de protesta ante el gobierno y de repudio al desabastecimiento, tanto en los espacios públicos como en los privados. Estas formas de expresión devinieron en un símbolo y representación de aquella “gesta heroica” encabezada por las mujeres, (auto)consideradas como heroínas, como se desprende de las palabras de Teresa Donoso, periodista de El Mercurio:

Así fue como la modesta cacerola, arrancada a la paz de las cocinas, conoció la fama. Convertida en tambor de las huestes femeninas, se paseaba oronda por el territorio nacional, pese a las condenas que pendían sobre su machucada cabeza. Soñaba, quizás, con ganar un monumento a su memoria. (Y tal vez lo tenga un día).[67]

El devenir de los acontecimientos se tradujo en un indiscutido alcance mediático.[68]

Tanto en Brasil como en Chile, el éxito de las marchas no solo se debió a una masiva salida a las calles, sino sobre todo a la heterogeneidad de sus asistentes, en cuanto legitimaba y perpetuaba la idea de unión para defender la patria frente a un enemigo en común, consagrando así la percepción de “universalidad” de sus concepciones. Para alcanzar esta heterogeneidad, fue clave la asimilación de elementos simbólicos que imbricaron género y anticomunismo, a partir de la captación de temas tanto de la coyuntura política nacional, como de la internacional, invocando una narrativa integradora y patriótica. Las propagandas de las marchas apelaron a valores como el amor a la patria, la defensa de la familia y el respeto a la democracia –siempre definida a partir de sus entendimientos anticomunistas y paradójicamente con vistas a la obliteración de las instituciones democráticas–.[69]

Como se desprende de las consignas anteriormente citadas, mientras que, en las marchas brasileras, el patriotismo estuvo profundamente anclado a las simbologías religiosas, las mujeres chilenas recurrieron a otros elementos en sus discursos e íconos. En Río de Janeiro, la escena se inundó de pabellones nacionales, cintas verdes y amarillas que representaban los colores de la bandera nacional, pero también imágenes como un rosario de enormes dimensiones llevado por las mujeres de CAMDE. Se entonó el himno nacional y el del Estado de Guanabara, pero también se escuchaban canciones clásicas sobre la ciudad, como “Cidade Maravilhosa”. Abundaban las pancartas con ingeniosas y alusivas leyendas, tales como “Trabajador, sólo en democracia vas a poder elegir tu religión”, “Ejército con Dios”, e incluso interpelaciones en tono chistoso e irónico como “Buen rojo, solo pintalabios” o “Fueron a la luna con cohetes, con nosotros se convirtieron en estrellas”, en referencia a la primera expedición al espacio realizada por la URSS.[70]

En Santiago de Chile, también se afirmó la defensa de la patria, a través de la premisa de que la chilenidad habría sido violentada y debía ser rescatada. De ello dan cuenta las innumerables banderas nacionales y los himnos entonados, un límite simbólico que distinguía a los “verdaderos chilenos” de los “falsos chilenos”, y, aunque algunas consignas no lo expresaran abiertamente, se enmarcaban en un proyecto más extenso de desestabilización del gobierno constitucional.[71] Pero en el país transandino, como lo plantea Power, las mujeres transformaron su vida cotidiana en un arma política a través de la simbología de las cacerolas, asociadas a la cocina y, por ende, a su rol doméstico asociado a su género, y también expresaban su insatisfacción ante la escasez de bienes de consumo.[72] Al unísono del golpeteo de las cacerolas, las mujeres pronunciaron consignas como “Allende, escucha, ¡las mujeres somos muchas!”, “¡Chile sí! ¡Cuba no!”, “¡Calabaza, calabaza!, ¡Fidel para tu casa!”, “No hay carne, fúmate un habano” y “En la olla no hay un hueso y el gobierno se hace el leso”.[73] En el ejercicio comparativo que hace Power sobre estos movimientos en Brasil y Chile, la autora concluye que el accionar de estas mujeres emergió desde su posición en la esfera privada y familiar, y no en respuesta a las obligaciones que se les atribuían como ciudadanas. Esta lectura ayudó a legitimar su anticomunismo, a medida que protestaban contra elementos que amenazarían su familia y su nación (y la Iglesia, en el caso brasilero), reforzando la conexión entre esos elementos a través de imágenes y simbologías muy potentes.[74] Las palabras de la líder de CAMDE, Amélia Bastos, destacadas por Chaves, reflejan esta intención cuando decía: “Hay que observar, superponer la democracia, la Patria, el régimen, las pasiones políticas, hasta que no haya más peligro. Luego limpiaremos la casa” [traducción de las autoras].[75] Pero, al fin y al cabo, efectivamente hicieron política y tensionaron profundamente los límites de la institucionalidad democrática.

En este sentido, la contradicción interna de los movimientos –también denominado por Greiffenhagen como el “dilema del conservadurismo”–[76] se manifestó precisamente entre la imagen que construyeron públicamente y lo que tejieron fuera de la dimensión pública: eran mujeres que defendían los roles de género tradicionales, pero terminaron desobedeciendo sus prédicas. Ante este escenario, se vieron convocadas a correrse del espacio privado para ocupar las calles, en un escenario entendido como masculino por excelencia y, por lo tanto, históricamente vedado para ellas. Sin soslayar los intereses de las instituciones y los partidos nacionales liderados por hombres ni la injerencia extranjera, es clave entender las dinámicas internas de tales movimientos y las motivaciones de sus agentes, quienes, a través de marchas multitudinarias, lograron inscribirse, de manera estratégica, en el punto álgido de las crisis de los gobiernos de João Goulart y Salvador Allende y, en consecuencia, allanaron el camino a los golpes de Estado y la instauración de las dictaduras militares.

4. Género, anticomunismo y la Guerra Fría latinoamericana: otras propuestas de investigación a partir de las mujeres de derecha

Tomando en consideración lo expuesto anteriormente, esbozamos algunas observaciones con la intención de construir propuestas de investigación alternativas a las tradicionales, planteando preguntas académicas que sirvan para la generación de futuros trabajos y la producción de nuevos hallazgos que atiendan a la relación entre las mujeres, el anticomunismo y la Guerra Fría en América Latina.

Para empezar, destacamos que la llamada “contrasubversión” comprendió una importante dimensión simbólica, que se manifestó en el campo cultural para construir diferencias entre lo normativo y lo subversivo, a fin de justificar la idea de estar ante un combate contra una amenaza global.[77] La fuerza que ganó el anticomunismo en la región durante esa época se debió a algunos componentes fundamentales, y uno de ellos fue el campo moral, largamente aludido por los movimientos de mujeres conservadoras de Brasil y Chile. Kolar y Mücke plantean que la descripción del comunismo como el enemigo de un supuesto Occidente combinó el pensamiento religioso conservador de los siglos xix y xx con las concepciones de la libertad individual y del capitalismo del siglo xx.[78] Tales concepciones estuvieron en el centro de las disputas de la Guerra Fría, como elementos esenciales de una “idea de modernidad” encabezada especialmente por Estados Unidos.[79]

Dumančić plantea que, durante la Guerra Fría, la reproducción y el establecimiento de un núcleo familiar estable fueron percibidos como parte integrante de la seguridad nacional contra amenazas extranjeras.[80] Al respecto, el trabajo de Felitti da cuenta de la “sociedad cristiana occidental” –en sus análisis a partir de los discursos militares argentinos entre 1966 y 1973– y su alarma ante la decadencia de los valores familiares, que bajo esta óptica era el resultado directo del desarrollo de una peligrosa infiltración ideológica que corrompía las “raíces profundas del ser nacional”. La forja de este vínculo hizo que las identidades de género y sexuales, sus expresiones y sus prácticas fueran atadas al concepto de “ciudadanía”.[81] Al articularse alrededor de roles de género tradicionales –recurriendo a los signos de la maternidad, el hogar, la familia– para plantear demandas políticas en una coyuntura crítica de desestabilización de gobiernos democráticos, los movimientos de mujeres anticomunistas en Brasil y Chile que revisitamos en este capítulo obraron por la manutención del orden en función de sus propios preceptos.

Siguiendo esta línea de lo simbólico, igualmente valiosas para un análisis integral del universo de las mujeres de derecha son las contribuciones de Power al integrar el concepto de “miedo” como un elemento en común que articula y atraviesa sus discursos en distintos tiempos históricos y espacios geográficos. En un plano similar, Caiozzi y Chaves acuden también al temor para sostener que esta fue una dimensión clave para que las mujeres de los sectores populares se alinearan con las demandas de esos movimientos. Pensaban, por ejemplo, que el comunismo podría desviar a sus maridos por enrolarse en los sindicatos y en efecto los alejaría de su rol como proveedores del hogar.[82]

Con eso presente, y en paralelo a las sugerencias de Burbridge –quien se inspira en el trabajo de Power desde un enfoque de las relaciones internacionales[83]–, consideramos de suma relevancia plantear una discusión en clave del binomio seguridad versus inseguridad, no solo para arribar al análisis en términos descriptivos de sus (in)seguridades, sino también para conocer la significación que la persecución de la seguridad tuvo en sus motivaciones.

Entre los potenciales temores de la Guerra Fría, las progresivas libertades sexuales que se expandieron en la década de 1960 también constituían una gran preocupación, porque iban precisamente en contra del orden instituido, es decir, de las concepciones tradicionales de género y sexualidad. En este sentido, es ilustrativa la perspectiva de Terán al hablar del caso argentino, donde se deja en evidencia que el “andamiaje represivo de la cultura” fue respuesta de sectores conservadores y tradicionalistas que impusieron un bloqueo a los procesos de “modernización”, los cuales desde su perspectiva planteaban narrativas reaccionarias ligadas a sensibilidades integristas con reminiscencias católicas y “extemporáneas”. Tales prácticas eran entendidas como una transgresión social que afectaba a la ciudadanía en su conjunto, por lo que sus “practicantes” debían ser combatidos. Igualmente interesante es el trabajo de Langland, que da cuenta de cómo determinadas violencias fueron autorizadas sobre mujeres brasileras que se volvieron guerrilleras de izquierda alrededor de 1968, no tanto por el contenido de su accionar político, sino más bien por el imaginario que se creó acerca de sus prácticas sexuales y su concepción de familia. Esto se dio tanto por parte de la prensa y la publicidad –con su impacto en la opinión pública–, como por parte de los agentes represores.[84]

Los movimientos de mujeres de derecha iban precisamente a contrapelo de estas otras formas de manifestación de la identidad sexual y de género que contestaban el orden instituido.[85] Ellas peleaban, por lo tanto, una doble batalla: en la esfera pública, utilizaban el lenguaje más nítidamente asociado a la Guerra Fría (entre sus alocuciones más comunes, hacían referencias al enemigo interno y externo, a la amenaza comunista, a la URSS y los soviets, a Cuba), pero también actuaban fuertemente en la esfera privada al convocar a la población a luchar por la defensa de la dinámica familiar tradicional. De ahí que lograron tejer vínculos entre los temores que se manifestaban en el campo público y el privado, oscilando entre discursos más nítidamente politizados y otros que se construían como apolíticos, al incorporar elementos que referían directamente a la intimidad de la familia y el hogar.

Otro dato clave para pensar nuevas propuestas de investigación fueron los vínculos establecidos entre las mujeres latinoamericanas y las organizaciones y los partidos de derecha a nivel nacional e internacional. Es una premisa comúnmente aceptada que, durante la Guerra Fría, la reacción conservadora ante lo que se percibía como una amenaza al orden se organizó de manera transnacional; en esta línea, Harmer va más allá al plantear que, entre América Latina y Estados Unidos, se desarrolló una Guerra Fría interamericana: en lugar de una mera proyección del conflicto bipolar entre Estados Unidos y la URSS, y con la Unión Soviética dudosa de involucrarse más en la región, fueron sobre todo los propios actores latinoamericanos (estatales y civiles) quienes disputaron sus proposiciones sobre el comunismo y el capitalismo,[86] estableciendo redes y circulando saberes, tácticas y recursos, en procesos que no se restringieron a la importación de ideas estadounidenses.[87]

El caso de Brasil nos ofrece algunas evidencias –y estimula muchas preguntas– en este sentido: en el archivo de CAMDE,[88] se puede verificar que se organizaron charlas abiertas de figuras anticomunistas internacionales, tales como Juanita Castro,[89] Eudocio Ravines[90] y Elspeth Rostow.[91] El movimiento recibió un homenaje de refugiados del campo socialista, y sus representantes participaron de encuentros de la Liga Mundial Anticomunista (WACL) en 1968 y 1969. Cordeiro menciona estos eventos (incluso registra la anécdota sobre una de las representantes que no pudo viajar al encuentro porque su marido no se lo permitió),[92] pero falta comprender y examinar en detalle la manera en que se desarrollaron y cuáles fueron los efectos de estas conexiones.

Igualmente es conocido el grupo que organizó en 1967 el I Congreso Sudamericano de la Mujer en Defensa de la Democracia, en Río de Janeiro. Entre los trabajos que abordan el tema, Velez utiliza el fondo de CAMDE en el Archivo Nacional de Brasil para reconstruir cómo se organizó el evento y reflexionar sobre las discusiones que se llevaron a cabo alrededor del tema de la educación, del cual también se ocupan Campos y Chaves.[93] En otro trabajo, Chaves ofrece una perspectiva más transnacional al procurar identificar las agrupaciones de mujeres latinoamericanas que estuvieron presentes, pero todavía resta identificar qué vínculos se tejieron y cuál fue el impacto del congreso en otros países.[94] Finalmente, el último registro del archivo de CAMDE da cuenta de una participación en el Congreso de Suiza para manifestarse en contra del aborto, en 1974, lo que refuerza la utilidad de volver a la historia de esas mujeres con una perspectiva transnacional.

En esta dirección, los hallazgos de Power sobre el nexo entre las mujeres anticomunistas en Brasil, Chile y Estados Unidos son iluminadores y constituyen interesantes puntos de partida, porque permiten complejizar el accionar de esas mujeres en el plano regional, matizando la comprensión respecto a la injerencia estadounidense.[95] Tal como quedó plasmado en páginas anteriores, los antecedentes académicos dan cuenta de una relación entre los movimientos de ambos países, específicamente de la inspiración de las chilenas en sus congéneres brasileras, pero es necesario profundizar en las configuraciones propias de los intercambios para elucidar la circulación de saberes, tácticas y redes tejidas entre esos grupos.

Para abordar este tema, Power alude a la investigación de la periodista del Washington Post, Marlise Simons, a fin de visibilizar el nexo establecido entre los chilenos radicados en Brasil, que habían abandonado el país luego del triunfo de Allende, y que entraron en contacto con el IPES. Simons retomó las palabras del Dr. Glycon de Paiva, quien fuera fundador y miembro de aquel diario, al decir:

[Nosotros] enseñamos a los chilenos a utilizar a las mujeres contra los marxistas […]. Las mujeres son el arma más eficaz que hay en política […]. Tienen tiempo y una gran capacidad para mostrar emoción y movilizarse rápidamente. Por ejemplo, si uno quiere difundir un rumor, como ser, “el presidente es alcohólico” o bien, “tuvo un infarto leve”, se usa a las mujeres. Al día siguiente circula en todo el país.[96]

Si bien la cita anterior trasluce una ausencia de agencia de las mujeres conservadoras, es por demás importante elucidar su(s) papel(es) en la historia de la Guerra Fría, contraponiendo la idea de que no tenían agendas propias.[97] Como se dejó al descubierto en el presente trabajo, las mujeres conservadoras de derecha construyeron sus narrativas y sus símbolos, tenían sus prácticas y referencias que las colocaban y reafirmaban como tales. Así, cabe preguntarse no solo cómo se compuso la relación entre las mujeres de derecha con los hombres de sus propios países, sino los nexos regionales y los desarrollados con el norte global y qué implicaron, en términos geopolíticos, las vinculaciones en estos diferentes niveles de análisis.

Junto con las lecturas transnacionales, incorporar enfoques diacrónicos puede resultar provechoso porque permite revisitar prácticas y enunciados femeninos conservadores previamente utilizados por movimientos que los antecedieron. Tomando como guía a Power y a McGee Deutsch, estos abordajes transversales, a la vez que visibilizan los cambios y las continuidades en los discursos anticomunistas, echan luz sobre las particularidades que adoptaron tales corrientes ideológicas a lo largo de la Guerra Fría.[98]

De igual manera correspondería trazar proyecciones que conecten los movimientos en sus etapas de mayor movilización con las etapas posteriores, los períodos dictatoriales y los periodos posdictatoriales. Esto abriría la puerta para analizar los devenires de estas mujeres, así como facilitaría el estudio de la participación femenina en la dictadura desde miradas integrales en el largo plazo. ¿Cómo incorporó el régimen a estas mujeres? ¿Qué ocurrió con las que volvieron a sus hogares?

Sugerimos como forma de complementar teórica y metodológicamente lo mencionado abordar estos procesos desde aproximaciones a las trayectorias de vida personales, profesionales y militantes, a modo de incorporar otros elementos a los relatos sobre la Guerra Fría en general. Esto se presenta como una alternativa –no excluyente, sino adicional– con beneficios para mejorar la comprensión histórica sobre estos períodos.

En último término, es pertinente señalar la necesidad de incluir dos variables que comúnmente han sido menos estudiadas (en comparación a la clase o la religión, por ejemplo), a saber, la cuestión racial e intergeneracional. Por su capacidad significativa y su poder explicativo, consideramos apremiante que futuras investigaciones prosigan delineando tensiones y diálogos en este sentido.

Conclusiones

Este capítulo da cuenta de un creciente desarrollo teórico e historiográfico latinoamericanista sobre la categoría de género y la Guerra Fría a través de la problemática de las mujeres de derecha y el anticomunismo. Particularmente, Brasil y Chile se colocan como los países del Cono Sur donde las movilizaciones femeninas de derecha alcanzaron su máxima expresión en las multitudinarias marchas que colaboraron con los derrocamientos de los presidentes democráticamente electos y su corolario, la imposición de las dictaduras.

En sintonía con contribuciones anteriores, hemos intentado dar cuenta de que, si bien es indiscutida la influencia geopolítica de las narrativas de la Guerra Fría, sus lógicas fueron incorporadas como propias por los movimientos. De todas formas, sus consignas en el espacio público guardaron consigo características singulares, cuyas expresiones también se desprenden de la coyuntura histórica nacional. Al mismo tiempo, en sus simbologías accionaron concepciones tradicionales de género: en paralelo a la apelación a cuestiones de corte práctico e inmediato, tales movimientos interpelaron e invocaron a las mujeres de sus respectivos países a “pelear” por el futuro de su familia, ergo, su patria.

A partir de estos casos, hemos intentado dejar de manifiesto que las mujeres de derecha pueden ser abordadas desde múltiples ángulos, para confluir en comprensiones más integrales en términos historiográficos y sociológicos sobre el entrecruzamiento de género, anticomunismo y Guerra Fría en América Latina. Por eso, también sostenemos la relevancia de acogerse a las lecturas transnacionales y los análisis diacrónicos, así como la inclusión de la cuestión racial e intergeneracional, a modo de interrogar el objeto de estudio de otras maneras, posiblemente replanteando cómo las mujeres de derecha pueden profundizar nuestra comprensión sobre la Guerra Fría en nuestra región y la agencia civil en los giros autoritarios.

Tras su irrupción en el plano público, las mujeres de derecha de Brasil y Chile expusieron sus demandas, temores y aspiraciones por restablecer un orden de acuerdo a sus apreciaciones. Si fue en las calles donde estas mujeres lograron expresar sus ideas y ganar amplia visibilidad durante la Guerra Fría, cabe preguntarse qué ocurrió con las mujeres de derecha de otros países latinoamericanos donde no se desarrollaron marchas ni otras manifestaciones públicas de tal envergadura. En armonía con esta premisa, alentamos a futuros trabajos a continuar con la búsqueda de respuestas a interrogantes acerca de sus formas de organización política, los vínculos establecidos con otros agentes nacionales e internacionales, los espacios de poder que ocuparon, la construcción –y reactualización– de su discurso, entre una extensa y vasta gama de posibilidades que se deriven de la creatividad investigativa.


  1. El presente capítulo se elaboró a partir de dos ponencias presentadas en las XIV Jornadas de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, en 2021, y en la Plataforma para el Diálogo “Guerra Fría y Golpes de Estado en América Latina (a 70 años del golpe de Estado en Bolivia, 1952)”, organizada por CIHAC/CALAS en 2022. Agradecemos a los participantes, quienes nos estimularon a revisar, cuestionar y replantear nuestro trabajo.
  2. Clarence W. Hall, “The Country that Saved Itself”. Reader’s Digest, noviembre de 1964. Texto “Quando homens de empresas viram revolucionários” e folheto “The country that saved itself”, Fundo do Instituto de Pesquisa e Estudos Sociais (IPÊS), BR AN, RIO.QL.O.CDI.22, Arquivo Nacional. En t.ly/W1f4H.
  3. Maria Correa Morandé, La guerra de las mujeres (Santiago de Chile: Universidad Técnica del Estado, 1974), p. 33.
  4. Gilbert Joseph y Daniela Spenser, eds., In from the cold: Latin America’s new encounter with the Cold War (Durham: Duke University Press, 2008); Tanya Harmer, Allende’s Chile and the Inter-American Cold War (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 2011).
  5. Vanni Pettinà, Historia mínima de la Guerra Fría en América Latina (Ciudad de México: El Colegio de México, 2018), pp. 37-61.
  6. Pettinà, Historia Mínima de la Guerra Fría, pp. 19-22.
  7. Greg Grandin, The Last Colonial Massacre: Latin America in the Cold War (Chicago: University of Chicago Press, 2004).
  8. Es importante destacar que han surgido trabajos importantes que conjugan directamente los conceptos de género y Guerra Fría, como los de Iván Molina Jiménez y David Díaz Arias, eds., El verdadero anticomunismo. Política, género y Guerra Fría en Costa Rica (1948-1973), (San José: Editorial Universidad Estatal a Distancia, EUNED, 2017) y Philip E. Muehlenbeck, ed., Gender, Sexuality, and the Cold War: A Global Perspective, (Nashville: Vanderbilt University Press, 2017). Desde la perspectiva de la historia nacional, muchos trabajos también abordan tangencialmente estos temas aunque no los discutan en términos teóricos. A lo largo del capítulo, abordaremos algunos ejemplos de la historiografía sobre las dictaduras en Brasil y Chile.
  9. Marko Dumančić, “Hidden in Plain Sight. The Histories of Gender and Sexuality during the Cold War”, en Gender, Sexuality, and the Cold War: A Global Perspective, ed. por Philip Muehlenbeck (Nashville: Vanderbilt University Press, 2017), pp. 1-12.
  10. Hillary Hiner, “Memorias marginadas. Historia reciente y memoria en Latinoamérica desde una mirada crítica feminista interseccional y queer”, Aproximaciones teóricas y conceptuales en estudios sobre cultura política, memoria y derechos humanos, ed. por Ximena Faúndez, Faud Hatibovic y Jaime Villanueva (Santiago: CEI-CPMDH – Universidad de Valparaíso, 2020), p. 135.
  11. A modo de ejemplo, entre las numerosas producciones académicas que abordan el tema, destacamos las siguientes: Celia Amorós, Historia de la Teoría Feminista (Madrid: Instituto de Investigaciones de la UCM, 1994); Andrea Andújar et al., comps., Historia, género y política en los 70 (Buenos Aires: Feminaria, 2005); María Concepción Campos Luque y María José González Castillejo, coords., Mujeres y Dictaduras en Europa y América: el largo camino (Málaga: Atenea, 1996); Hillary Hiner, “Fue bonita la solidaridad entre mujeres”: género, resistencia, y prisión política en Chile durante la dictadura”, Estudos Feministas, vol. 23, n.º 3 (septiembre-diciembre, 2015), pp. 867-892; y Hillary Hiner, “Mujeres resistentes, memorias disidentes: ex presas políticas, militancia e Historia Reciente en Chile”, Conversaciones del Cono Sur 2, n.º 2 (2016), pp. 4-8; Jane Jaquette, The Women’s Movement in Latin America, Participation and Democracy (Nueva York: Routledge, 2018); Elizabeth Jelin, comp., Ciudadanía e identidad: las mujeres en los movimientos sociales latinoamericanos (Ginebra: UNRISD, 1987); Joana Maria Pedro, Cristina Scheibe Wolff y Ana Maria Veiga, Resistências, gênero e feminismos contra as ditaduras no Cone Sul (Florianópolis: Editora Mulheres, 2011); Graciela Sapriza, “Memorias de mujeres en el relato de la dictadura (Uruguay, 1973-1985). Violencia / carcel / exilio”, DEP. Deportate, Esuli, Profughe, n.º 11 (julio, 2009), pp. 64-80; Tauana Olívia Gomes Silva, “Mulheres negras nos movimentos de esquerda durante a ditadura no Brasil (1964-1985)” (Tesis de Doctorado en Historia, Universidad Rennes 2 y Universidad de Santa Catarina, 2019); María Sonderéguer, comp., Género y Poder. Violencias de género en contextos de represión política y conflictos armados (Buenos Aires: Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, 2012); Maria Cláudia Badan Ribeiro, Mulheres na luta armada: protagonismo feminino na ALN (Ação Libertadora Nacional) (San Pablo: Alameda, 2018); Tamara Vidaurrázaga, “Subjetividades sexo genéricas en mujeres militantes de organizaciones político-militares de izquierda en el Cono Sur”, Revista de Estudios de Género, La Ventana, vol. 5, n.º 41 (4 de noviembre, 2015), pp. 7-34.
  12. Para la consulta de trabajos de referencia sobre mujeres de derecha, véase el listado de Margaret Power, “La mujer de la derecha en América Latina y en el mundo: Una perspectiva comparada”, Revista de Estudios Históricos, vol. 2, n.º 1 (agosto, 2005). En t.ly/2QMQc.
  13. Margaret Power, La mujer de derecha. El poder femenino y la lucha contra Salvador Allende, 19641973 (Santiago de Chile: DIBAM – Centro de Investigaciones Barros Arana, 2008).
  14. Margaret Power, “Who but a Woman? The Transnational Diffusion of Anti-Communism among Conservative Women in Brazil, Chile and the United States during the Cold War”, Journal of Latin American Studies vol. 47, n.º 1 (febrero, 2015), pp. 93-119; Margaret Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras en Brasil y Chile en las décadas de 1960 y 1970”, El pensamiento conservador y derechista en América Latina, España y Portugal. Siglos xix y xx, ed. por Fabio Kolar y Ulrich Mücke (Madrid: Iberoamericana – Vervuert, 2018), pp. 313-329.
  15. Paola Bacchetta y Margaret Power, eds., Right-wing women. From Conservatives to Extremists Around the World (Nueva York y Londres: Routledge, 2002); Power, “La mujer de la derecha en América Latina”.
  16. Power, “La mujer de la derecha en América Latina”.
  17. El término es de Franco y Levín, citadas en Hiner, “Memorias marginadas”, p. 134.
  18. Ivonne Gabriela Berliner, “Chilenas de sectores medios con valores conservadores como sujetos políticos: 1964-1989” (Tesis de Doctorado en Historia, Universidad de Chile, 2005); Claudia Fedora Rojas, “Poder, mujeres y cambio en Chile (1964-1973): un capítulo de nuestra historia” (Tesis de Maestría en Historia, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 1994); María Stella Toro Céspedes, “Las mujeres de derecha y las movilizaciones contra los gobiernos de Brasil y Chile (1960–1970)”, Estudos Feministas, vol. 23, n.º 3 (septiembre-diciembre, 2015), pp. 817-837.
  19. Solange de Deus Simões, Deus, Pátria e Família: as mulheres no golpe de 1964 (Petrópolis: Vozes, 1985); Janaína Martins Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”. Entre Memória e História, a Campanha da Mulher pela Democracia (CAMDE)” (Tesis de Maestría en Historia, Universidade Federal Fluminense, 2008); Janaína Martins Cordeiro, “Direitas e organização do consenso sob a ditadura no Brasil: o caso da Campanha da Mulher pela Democracia (Camde)” (ponencia presentada en el Coloquio “Pensar las derechas en América Latina, siglo XX: Género, Mujeres y derechas”. Los Polvorines, octubre de 2017).
  20. Eduardo dos Santos Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964: a ‘marcha’ noticiada”, Revista de História da UEG, vol. 10, n.º 2 (julio-diciembre, 2021), pp. 1-22; Aline Alves Presot, “As marchas da família com Deus pela liberdade e o golpe de 1964” (Tesis de Maestría en Historia Social, Universidade Federal do Rio de Janeiro, 2004); Vanessa Tessada, “Mujeres, dictadura y neocapitalismo. Representaciones femeninas en medios de comunicación durante las dictaduras chilena (1973–1989) y Argentina (1976–1983)” (Tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile, 2010), en t.ly/PPJpy.
  21. Marcelo Casals, “Chile en la encrucijada”. Anticomunismo y propaganda en la ‘campaña del terror» de las elecciones presidenciales de 1964’, Chile y la Guerra Fría Global, ed. por Tanya Harmer y Alfredo Riquelme Segovia (Santiago de Chile: RIL Editores, 2014), p. 91.
  22. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”, p. 30.
  23. Charles Tilly, Grandes estructuras, procesos amplios, comparaciones enormes (Madrid: Alianza Editorial, 1991), p. 113.
  24. Sandra McGee Deutsch, “Contra ‘el gran desorden sexual’: Los nacionalistas y la sexualidad, 1919-1940”, Sociohistórica, n.º 17-18 (2005), p. 130.
  25. Power, “La mujer de la derecha en América Latina” y La mujer de derecha. El poder femenino.
  26. Sandra McGee Deutsch, “What difference does gender make? The extreme right in the ABC countries in the era of fascism”, Estudios interdisciplinarios de América Latina y el Caribe 8, n.º 2 (junio, 1997), pp. 5-21; Sandra McGee Deutsch, “Spartan Mothers: Fascist Women in Brazil in the 1930s”, en Right-Wing Women: From Conservatives to Extremists Around the World, ed. por Paola Bacchetta y Margaret Power (Nueva York y Londres: Routledge, 2002), pp. 155-167.
  27. Ernesto Bohoslavsky, Magdalena Broquetas y Gabriela Gomes, “Juventudes conservadoras en los años sesenta en Argentina, Chile y Uruguay” en El pensamiento conservador y derechista en América Latina, España y Portugal. Siglos xix y xx, ed. por Fabio Kolar y Ulrich Mücke (Madrid: Iberoamericana – Vervuert, 2018), p. 294.
  28. Renée de la Torre y Juan Manuel Ramírez Sáiz, “Trayectorias, redes sociales y política ciudadana de tres mujeres líderes”, en La Ciudadanización de la política en Jalisco, coord. por Renée de la Torre y Juan Manuel Ramírez Sáiz (Guadalajara: ITESCO, 2001), citado en Power, “La mujer de la derecha en América Latina”.
  29. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, p. 318.
  30. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”.
  31. Hermana del general Antônio de Mendonça Molina, miembro del Servicio Secreto del Ejército, quien luego sería nombrada como La Madre del Año en abril de 1964 por el periódico O Globo, destacando sus dotes de mujer cristiana, profesora, dedicada a la familia, a Dios y a los cuidados (Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil (CPDOC); Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”, p. 27).
  32. Simões, Deus, Pátria e Família, pp. 29-32.
  33. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”, p. 80.
  34. Por ejemplo Elena Larraín, quien dirigió Acción Mujeres entre 1964 y 1970 y fue una de las fundadoras de Poder Femenino. Con base en su experticia, mantenía vinculaciones estrechas con los partidos de oposición a Allende. A manera de ilustración, Power señala, en La mujer de derecha. El poder femenino, que Larraín sostuvo diversos encuentros semanales con figuras destacadas de la derecha independiente, como con el expresidente Jorge Alessandri y el ideólogo y dirigente del gremialismo Jaime Guzmán.
  35. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, pp. 324-325.
  36. Power, La mujer de derecha. El Poder Femenino; Eugenia Rodríguez Sáenz, “La Guerra Fría y la transformación de las identidades políticas y ciudadanas de las mujeres en Guatemala, Costa Rica y Chile (1945-1973)”, Historia Global y circulación de saberes en Iberoamérica, siglos xvi-xxi, ed. por David Díaz Arias y Ronny Viales Hurtado (San José: Universidad de Costa Rica, Centro de Investigaciones Históricas de América Central, 2018), p. 170; Toro, “Las mujeres de derecha y las movilizaciones”, p. 831.
  37. Rodríguez, “La Guerra Fría”, p. 157.
  38. “De la campaña del terror a la marcha de ollas vacías – Mujeres y derecha política (1964-1973)”, Memoria Chilena – Biblioteca Nacional de Chile, consultado el 7 de julio, 2023, en t.ly/o6Rmu.
  39. Gabriela Gomes, “Héroes y demonios. Los jóvenes del frente nacionalista patria y libertad en el Chile de la Unidad Popular (1970-1973)”, Revista Red Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea, vol. 3, n.º 4 (junio-noviembre, 2016), p. 60.
  40. Correa, La guerra de las mujeres, p. 112.
  41. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, p. 314.
  42. Presot, “As marchas da família com Deus pela liberdade”; Toro, “Las mujeres de derecha y las movilizaciones”. Este tipo de conductas se vieron reforzadas por la colaboración prestada por la prensa de tendencia conservadora. En esta línea, es significativo el estrecho vínculo establecido con O Globo e ilustrado por Cordeiro (“A Nação que se salvou a si mesma”, pp. 34-35), quien incluso precisa que el propio director del periódico, Rogério Marinho, ofreció su auditorio para llevar a cabo el lanzamiento oficial de la organización. Si bien este punto merece un análisis más acabado respecto al complejo entramado entre los medios de prensa hegemónicos y los grupos desestabilizadores del gobierno de Goulart, es menester hacer eco de las palabras de Chaves en “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”, en donde afirma que gran parte de la prensa no solamente actuó como portavoz de tales sectores, sino que se constituyó como un actor político de envergadura en sí mismo, mediante la difusión de una representación del mundo en perjuicio de otras. De allí que las mujeres, además de colaborar, trabajaron a la par de la prensa, con miras a construir y alimentar la circulación de un discurso de “consenso” en la constitución de la opinión pública. Véase Flávia Biroli y Luís Felipe Miguel, Notícias em disputa: mídia, democracia e formação de preferências no Brasil (San Pablo: Editora Contexto, 2017).
  43. Cabe señalar que la presencia en el espacio público de mujeres de clase alta abocadas al asistencialismo y a la intervención social no es novedosa. La bibliografía existente en torno al tema sugiere que la feminización de la práctica caritativa es un fenómeno habitual y de larga data en la región. Véase Ana Peluffo, “El yo femenino y sus ‘otros’: sobre la beneficencia y la construcción de identidades en el siglo xix”, Cuadernos de Literatura 13, n.º 25 (julio-diciembre, 2008), pp. 8-23.
  44. Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”; Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”.
  45. Power, La mujer de derecha. El poder femenino, p. 193.
  46. Berliner, “Chilenas de sectores medios”.
  47. Cordeiro, “Direitas e organização do consenso”.
  48. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, pp. 320-324.
  49. Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964” y Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”.
  50. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”, pp. 81, 92.
  51. Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”, p. 4.
  52. Power, La mujer de derecha. El poder femenino, pp. 101-103.
  53. Power, La mujer de derecha. El poder femenino, pp. 194-195.
  54. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”, p. 47; Presot, “As marchas da família com Deus pela liberdade”.
  55. Citada en Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”, p. 1.
  56. Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”.
  57. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”, p. 50.
  58. Matias, Rodrigues, s.f., citado en Cordeiro, “Direitas e organização do consenso”.
  59. Simões, Deus, Pátria e Família, p. 107.
  60. Presot, “As marchas da família com Deus pela liberdade”.
  61. Toro, “Las mujeres de derecha y las movilizaciones”, p. 832.
  62. Cristián Pérez, “A 45 años de la visita de Fidel Castro: Reflexiones sobre su efecto en la izquierda chilena”, Estudios Públicos, n.º 148 (primavera, 2017), pp. 119-134. Véase también las memorias de Manuel Fuentes Wendling, Memorias secretas de Patria y Libertad (Santiago de Chile: Grijalbo, 1999). El periodista fue secretario de propaganda del grupo paramilitar de extrema derecha Frente Nacionalista Patria y Libertad.
  63. Power, La mujer de derecha. El poder femenino.
  64. En La mujer de derecha. El poder femenino, Power problematiza esta narrativa al sostener que el primer cacerolazo, en diciembre de 1971, se organizó como una reacción a la visita de Fidel Castro, y no a la escasez, que en ese momento no tenía la dimensión que estos discursos lograron instaurar en el imaginario y la memoria popular; sin embargo, la fuerza de esta narrativa logró ocultar otras experiencias de ascensión socioeconómica importantes que también tuvieron lugar durante el gobierno de la Unidad Popular hasta la crisis de 1972.
  65. Rojas, “Poder, mujeres y cambio en Chile”, p. 172.
  66. Nikki Craske, Women & Politics in Latin America (Cambridge: Polity Press, 2000).
  67. Teresa Donoso Loero, La epopeya de las ollas vacías (Santiago de Chile: Editora Nacional Gabriela Mistral, 1974).
  68. Al igual que en Brasil, los medios de prensa hegemónicos en Chile se configuraron como actores protagónicos en la desestabilización del gobierno, entre ellos destacan las operaciones de El Mercurio, que además recibió recursos económicos de Estados Unidos (Berliner, “Chilenas de sectores medios” y Power, La mujer de derecha. El poder femenino).
  69. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, p. 235; Presot, “As marchas da família com Deus pela liberdade”.
  70. Presot, “As marchas da família com Deus pela liberdade”, p. 23.
  71. Carmen Gloria Godoy Ramos, “Un pasado en blanco y negro: El imaginario de la Unidad Popular y la nación en el Chile dictatorial”, Revista Chilena de Antropología Visual, n.º 18 (diciembre, 2011), p. 6.
  72. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, p. 313.
  73. Consignas extraídas de El Mercurio, 2 de diciembre de 1971 (citadas en Power, La mujer de derecha. El poder femenino, p. 178).
  74. Power, “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”, pp. 325-326.
  75. Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”, p. 10.
  76. Martin Greiffenhagen, Das Dilemma des Konservatismus in Deutschland (Múnich: Piper, 1971), citado en Fabio Kolar y Ulrich Mücke, “Introducción”, en El pensamiento conservador y derechista en América Latina, España y Portugal. Siglos xix y xx, ed. por Fabio Kolar y Ulrich Mücke (Madrid: Iberoamericana – Vervuert, 2018), pp. 21, 25.
  77. Benjamin Cowan, Securing Sex: Morality and Repression in the Making of Cold War Brazil (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 2016).
  78. Kolar y Mücke, “Introducción”, p. 30.
  79. Odd Arne Westad, The Global Cold War. Third World Interventions and the Making of Our Times. Cambridge: Cambridge University Press, 2005). En Historia Mínima de la Guerra Fría, pp. 31-32, Pettinà señala pertinentemente que la lectura de Westad sobre la Guerra Fría, como un enfrentamiento entre las visiones de modernidad capitalista y comunista, puede producir limitaciones a la comprensión de este período en América Latina. Sin embargo, el concepto nos parece preciso para mostrar la forma en que se articulaban y disputaban esos conceptos tanto en la política interna como en la externa.
  80. Dumančić, “Hidden in plain sight”, p. 6.
  81. Karina Felitti, La revolución de la píldora. Sexualidad y política en los sesenta (Buenos Aires, Argentina: Edhasa, 2012), p. 64.
  82. María Antonella Caiozzi, “Guerra psicosocial, género y populismo: las ‘voluntarias’ de la Secretaría Nacional de la Mujer durante el régimen militar chileno. 1973-1980”, Encuentros Latinoamericanos (segunda época) 7, n.º 2 (diciembre, 2013), pp. 70-121; Chaves, “Mulheres de direita, imprensa e o golpe de 1964”; Power, “La mujer de la derecha en América Latina”.
  83. Roisin Burbridge, “Pragmatism and Contradictions: Right-Wing Women and the Quest for Security in Cold War Chile, 1964-1988” (Tesis de Maestría en Relaciones Internacionales en Perspectiva Histórica, Universidad de Utrecht, 2021).
  84. Oscar Terán, Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina, 1956-1966 (Buenos Aires: Punto Sur, 1991), p. 154; Victoria Langland, “Birth Control Pills and Molotov Cocktails: Reading Sex and Revolution in 1968 Brazil”, In from the Cold: Latin America’s new encounter with the Cold War, ed. por Gilbert Joseph y Daniela Spenser (Durham y Londres: Duke University Press, 2008), pp. 308-349.
  85. Pese al conservadurismo, las distintas identidades sexuales y de género continuaron expresándose de diversas formas y disputaron estas concepciones; y, para finales de la década de 1970 e inicios de la de 1980, la visibilización de la sexualidad junto a las nuevas dinámicas mundiales tensionaron las narrativas tradicionales. Para más información sobre este punto, véase Cowan, Securing sex; y Vanessa Tessada, “Mujeres, dictadura y neocapitalismo. Representaciones femeninas en medios de comunicación durante las dictaduras chilena (1973-1989) y argentina (1976-1983)” (Tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile, 2010), en t.ly/2pSOp.
  86. Harmer, Allende’s Chile, pp. 1-2.
  87. Laura Sala, “En búsqueda de una doctrina contrasubversiva propia. Las tesis de ascenso de los oficiales guatemaltecos, 1975-1985”, Desafíos, vol. 32, n.º 2 (julio-diciembre, 2020), pp. 1-47.
  88. Texto e recortes de jornais sobre palestras promovidas pela CAMDE, BR RJANRIO PE.0.0.7, Fundo Campanha da Mulher Pela Democracia, Arquivo Nacional. En t.ly/O6qvG.
  89. Hermana de Fidel y Raúl Castro, se convirtió en disidente del proceso revolucionario encabezado por sus hermanos en Cuba, lo que la llevó a mudarse a Miami. Según Juanita, fue Virginia Leitão da Cunha, esposa de Vasco Leitão da Cunha (embajador brasilero en Cuba y posteriormente ministro de Relaciones Exteriores de la dictadura entre 1964 y 1966), quien la contactó con la CIA para su reclutamiento.
  90. Político, escritor y periodista peruano. Exdirigente del Partido Comunista Peruano, posteriormente se volvió crítico del comunismo.
  91. La académica norteamericana presentó una ponencia titulada “El rol de la dueña del hogar ante la inflación”. Su marido fue el renombrado economista Walt Rostow, abiertamente anticomunista.
  92. Cordeiro, “A Nação que se salvou a si mesma”.
  93. Érica Diniz Velez, “Sentinelas na vanguarda da defesa do futuro do Brasil. As mulheres da CAMDE entre os anos de 1964/69” (Tesis de Maestría en Historia, Universidad Federal Fluminense, 2015); Daniela de Campos y Eduardo dos Santos Chaves, “A educação nacional e o conservadorismo 1emenino em tempos de ditadura”, História da Educação, vol. 26 (2022).
  94. Eduardo dos Santos Chaves, “Direitas organizadas na América Latina: o caso do I Congresso Sul-Americano da Mulher em Defesa da Democracia, em 1967” (ponencia presentada en el II Congresso Internacional Online de Estudos sobre Culturas: Dinâmicas e Comportamentos Socioculturais na/da América Latina. Foz do Iguaçu, junio de 2020).
  95. Power, “Who but a Woman”.
  96. Washington Post, 6 de enero de 1974, citado en Power, La mujer de derecha. El poder femenino, p. 186.
  97. Power, “La mujer de la derecha en América Latina”.
  98. Power, “La mujer de la derecha en América Latina” y “Discursos anticomunistas y antisocialistas de mujeres conservadoras”; McGee, “Spartan Mothers”.


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