Dr. Fabián Gabriel Mossello
Leer y escribir son construcciones sociales. Cada época y cada circunstancia histórica dan nuevos sentidos a esos verbos.
Emilia Ferreiro, 2001: 13
Todavía hoy dudamos de que el hombre fabrique para hablar enunciados o discursos, si articula la palabra o la lengua, si emite lenguas o bables; lo único que sabemos es que el hombre realiza una actividad que la historia llama lenguaje y que se organiza por la actividad parlante del sujeto en su registro de lengua y en su faz de inscripción, escritura.
Nicolás Rosa, 1998, Manual de uso
En este breve prólogo, voy a desarrollar algunas ideas que tienen que ver con mi propia experiencia como profesor universitario y, también, como productor de textos académicos. El objetivo es que sea un prólogo entendido como reflexión para el profesor y el estudiante de los distintos niveles de la educación más que un compendio de conceptos abstractos y de difícil interpretación.
Este nuevo manual que se prologa, si bien es una continuidad de ideas anteriores, asume un campo de temáticas más completas y ajustadas a la realidad que hoy circunscribe nuestra tarea como docentes. Además, es un trabajo colectivo que representa las características fundamentales que asume la escritura en la Universidad Nacional de Villa María, que no deja de ser lo típico de otras universidades.
La idea de pensar en un manual se origina en poder ofrecer un material que contenga los diferentes formatos en un mismo lugar, con textos enriquecidos y ejemplificaciones. De ningún modo se piensa en ofrecer “recetas” únicas sobre los modos de escribir, sino, por el contrario, fomentar y ayudar en el proceso escriturario. En este sentido, el material desplegado surge del ámbito mismo de la práctica docente y es, al mismo tiempo, un aporte para que esa práctica se enriquezca.
Un aspecto destacado de la formación académica depende de los géneros discursivos a través de los que se nos acerca al conocimiento de una determinada disciplina. A través de ellos, “configuramos una identidad en torno a una comunidad discursiva, posibilitando, no solo el acercamiento al conocimiento especializado de la misma, sino que también el acceso al modo de negociar la construcción de dicho conocimiento” (Gutiérrez, 2008: 1). En este sentido, el presente material asume el formato de manual, entendido como
un género discursivo cuya función predominante es la de regular la inserción de los aprendices a un área de conocimiento específica. Desde esta perspectiva, se trata de un género que adquiere gran relevancia en el marco de la enseñanza y aprendizaje inicial de una disciplina (Gutiérrez, 2008: 1).
Así, este libro es importante por múltiples razones. Las discusiones sobre los géneros académicos y su problematicidad no están cerradas ni mucho menos. Es un campo abierto, siempre en transformación y sujeto a los avatares de agendas varias. Hoy escribir una tesis de grado o posgrado no es igual a lo que se prescribía diez años atrás. Lo mismo sucede con el artículo, el ensayo o la reseña. Cambian los lenguajes, cambian los estilos, cambian los modos de comunicar y cambian las estrategias y los recursos escriturarios. Para dar un simple ejemplo, lo que antes se realizaba con papel, lápiz y una máquina de escribir ha mutado a los usos informáticos del procesador de textos y ahora hacia la enigmática y poderosa inteligencia artificial.
La escritura es un hacer histórico con un complejo desarrollo y transformación. Sin embargo, una de las notas que la definen durante su evolución es haber sido el medio por el cual se transfería algún tipo de información que debía perdurar en el tiempo. Frente a la oralidad, la tecnología de la escritura (Ong, 1994: 22) permite la permanencia del pensamiento más allá de la fugacidad de la palabra hablada. Escribir bajo el dominio del sistema semiológico (Benveniste, 2014: 32) lingüístico facilita los procesos de abstracción, síntesis y conceptualización que la práctica oral no alcanza a concretar. Por ello, según Ong, el surgimiento de la filosofía occidental no hubiera sido posible sin esta tecnología sutil.
Este trabajo con la escritura, es decir, el arte de transferir un lenguaje lingüístico articulado desde el sonido a los signos que conforman un sistema representativo gráfico –pictográfico, ideográfico, simbólico, fonético, según el momento histórico de su evolución– está históricamente sujeto a dos aspectos que no quisiera dejar pasar.
El primero tiene que ver con los distintos niveles en los que puede descansar la escritura. A saber, de acuerdo con los planteos de la semiótica y la semiología contemporánea, disciplinas centrales a la hora de pensar la escritura, el trabajo con el signo según Denise Bertrand (2000) puede darse en un nivel cognitivo (asociado con el saber), un nivel pragmático (asociado con la función del texto) y un nivel patémico (asociado con las pasiones suscitadas en el texto).
En segundo lugar, el trabajo escriturario a lo largo de la historia ha estado sujeto a género, en palabras de Bajtín (1982), géneros discursivos, es decir, según enseña el semiólogo ruso, enunciados estables en cierto momento de la historia y que sirven de referencia para organizar las distintas esferas del decir. Como ejemplo, la novela, el cuento, el ensayo, la monografía, la tesis son distintos géneros discursivos, algunos literarios, otros académicos, que en su productividad están sujetos a las convenciones sociales y culturales que una cierta época les otorga.
Los géneros académicos son un tipo particular de género discursivo acotado a las especializaciones que marcan el contexto productivo-receptivo de los estudios medios y superiores. Su particularidad deriva del énfasis puesto en lo cognitivo y pragmático que los organiza. Por un lado, cuando hablamos de la actividad cognitiva, estamos focalizando en aquello que ha dado cuerpo al trabajo académico: la producción y transferencia de saberes desde un espacio muchas veces acotado individual (ej. un escritor-académico) o colectivo (ej. un grupo de investigación universitario) hacia la comunidad de lectores posibles. Sin ir más lejos, este libro que presentamos es un claro ejemplo de transferencia de saberes. Por el otro, cuando pensamos en la escritura académica desde una orientación pragmática, estamos enfatizando la relación del hacer-hacer del discurso sobre el lector, en cuanto hacer leer, hacer saber, hacer interpretar, hacer dudar o reflexionar son operaciones esenciales que toda práctica escrituraria propone a su enunciatario. En decir, por pragmaticidad del discurso académico, se quiere decir cómo se ha diseñado ese enunciado para que sea receptado en cuanto vehículo transformador del sentido, ofreciendo un saber que modifica al lector y lo pone en alerta ante nuevos recorridos epistémicos.
La escritura académica es una práctica discursiva transformadora, tanto del estudiante como del escritor profesional. No somos la misma persona después de un trabajo de escritura en tanto y en cuanto organizar, planear y concretar una escritura en cierto nivel educativo plantea múltiples dificultades y desafíos. Pues ¿qué es ser un buen escritor en el nivel superior universitario –como para situarnos en un contexto educativo–? He aquí, creo, una pregunta medular. En términos generales transitar la universidad es aprender un modo de hacer, pensar y decir en relación particularmente con el lenguaje articulado lingüístico. A medida que se recorren los años de la cursada, el estudiante va cambiando su modo de concretar en palabras sus pensamientos y los saberes aprendidos, y en esto es clave el grado de experticia con que se manejan los distintos géneros académicos.
En este sentido, los géneros académicos poseen dos grandes niveles de operatividad. Por un lado, en las transformaciones individuales, como referimos, en cuanto el estudiante se apropia lentamente de un saber decir desde ciertas normatividades discursivas –monografía, tesis, tesina, informe, reseña, ensayo, ponencia, entre otros–. Adquirir experticia en estas formas le permitirá poder comunicarse adecuadamente desde el horizonte de expectativas (Bajtín, 1982) que cada sector social discursivo pone como marco de referencia. Pero, por otro, el dominio de los géneros académicos le permitirá el ingreso a un colectivo más amplio, en cuanto el estudiante lentamente va participando del espacio global de transferencia de saberes, tanto en formato físico como virtual. Un entorno que desborda el pequeño lugar de los aprendizajes de una cátedra o una universidad y lo conecta con el colectivo intelectual global, lo que coadyuva a la constitución de una identidad académica trans-institucional, hoy más que nunca dominada por la virtualidad y las nuevas inteligencias informáticas. Por ello, la importancia de una alfabetización académica que
señala el conjunto de nociones y estrategias necesarias para participar en la cultura discursiva de las disciplinas, así como en las actividades de producción y análisis de textos requeridas para aprender en la universidad. Apunta, de esta manera, a las prácticas de lenguaje y pensamiento propias del ámbito académico superior. Designa también el proceso por el cual se llega a pertenecer a una comunidad científica y/o profesional, precisamente en virtud de haberse apropiado de sus formas de razonamiento instituidas a través de ciertas convenciones del discurso (Carlino, 2006: 13-14).
Todo esto nos enfrenta a nuevos desafíos pedagógicos para orientar lo escriturario. Frente al avance acelerado de nuevas formas de la informática, como lo es hoy la inteligencia artificial, frente a las novedosas maneras de canalizar la lectura de diferentes géneros discursivos ante el despliegue de las lecturas virtuales y multimodales, frente a la diversidad de escrituras no formalizadas que el estudiante trae como habitus para decir en redes sociales, foros, grupos y demás plataformas, el docente deberá reescribir sus estrategias didácticas en un esfuerzo por ajustar la productividad del texto (Kristeva, 2004: 32) a los nuevos entornos discursivos. De ahí el esfuerzo y la creatividad necesarios de las instituciones educativas y, en particular, de aquellos espacios curriculares dedicados a enseñar la lectura y la escritura, pues ¿qué debemos hacer como docentes ante la complejidad de formatos, estilos y lenguajes disponibles? ¿Cómo pensar las estrategias para la planificación de la escritura en tiempos de coexistencia de formas tradicionales y nuevos recursos virtuales? ¿Cómo pensar el proceso creativo del texto desde la IA?
En el contexto actual, tanto la lectura como la escritura en formato digital forman parte de nuestro quehacer cotidiano y, en ese marco, también los docentes somos aprendices de lenguajes, códigos y procesos que nos interpelan a cada momento. Así, se hace indiscutible el uso de lo digital y de la inteligencia artificial, incluso desde la primera infancia, por lo que en el ámbito universitario estos recursos emergen como mediadores indispensables del saber.
Si bien la tendencia es a leer en otros formatos que no sean el papel y a escribir y estudiar con textos enriquecidos por pantalla, la tarea de escritura en sí continúa atravesando las dificultades propias por tratarse de un proceso cognitivo creativo y aún más, aunque los recursos tecnológicos parecieran ayudar en el proceso, al menos en la búsqueda de información y redacción, se corre el riesgo de caer frecuentemente en plagio o en prolijas copias sin citas, inverosímiles, no chequeadas.
En el caso concreto de la emergente inteligencia artificial (IA), sabemos que no opera sola ni es autónoma de las decisiones que requiere nuestra inteligencia humana. De todos modos, se abre un campo de incertidumbres para saber hasta dónde y de qué modos los procesos de enseñanza y aprendizaje serán atravesados por su uso. Es claro que los desarrollos en tecnología de la última década han convulsionado los modos de leer y escribir de una manera sustancial y visible en todos los niveles educativos. En este sentido,
el fomento de la lecto-escritura se encuentra atravesado por reinvenciones y nuevos modos de comprensión y/o abordaje. Por eso mismo, la transmisión del conocimiento se ha reconfigurado de un modo dinámico y contundente, dando lugar a nuevos recorridos y tránsitos (Cammertoni, 2023).
Estamos ante un espacio productivo resignificado por lo digital y lo tecnocomunicacional que supone añadir “reflexiones sobre la actual transición que atraviesa la escritura académica a partir de la aparición textualizada de la Inteligencia Artificial (IA) y su correspondiente y paulatino uso en estudiantes, docentes y profesionales de distintos campos” (Cammertoni, 2023).
El interrogante fundamental es si la inteligencia artificial será una herramienta que favorezca el proceso escriturario o, más bien, lo dificulte en algún sentido. Junto a esto se abre el otro plano de todo recurso, en cuanto a cómo se implementará en los distintos niveles de la escolaridad. ¿Los docentes están en condiciones de articular IA y estrategias tradicionales dentro del aula?
Como refiere Marisol Cammertoni (2023):
Las consideraciones sobre la IA y la redacción académica incluyen estudiar, revisar y subrayar la irrupción de sistemas que generan respuestas puntuales, veloces, coherentes, despliegan estructuras textuales y se ofrecen como guías de escritura o directamente, incluyen ordenamientos textuales propuestos para su uso. Sintéticamente, existen perspectivas que demonizan su utilidad y otras que manifiestan un abordaje y exponen una situación para tener en cuenta y advertir qué hacer con la propuesta de las inteligencias artificiales de escritura (Cammertoni, 2023: 45).
Preguntas que ruedan en las aulas actuales y que desbordan la mera práctica de escritura y lectura académicas para cubrir el espacio de las prácticas abstractas y experimentales de otras ciencias (matemáticas, físicas, biológicas, entre otras). Es que el rol posible que le vamos a ir dando a la IA en el armado de los procesos de pensamiento es todavía un enunciado hipotético.
Tal vez la perspectiva histórica nos permita ir encontrando un hilo conductor a cierta respuesta toda vez que recordamos el “sismo académico” producido cuando se empezó a popularizar la interfaz de Windows, el paquete de Office y aquel Google incipiente. Recuerdo que García Márquez en una nota de diario dijo: “Esta novela que presento (Crónica de una muerte anunciada) es mi primera novela escrita con un computador”. El balance de los usos del procesador de texto y la web pasados treinta o más años, creo, ha sido por demás positivo en cuanto esos recursos tecnoescriturarios nos simplificaron más que entorpecieron la producción y transferencia de saberes. De igual manera, si pensamos en la inteligencia artificial (IA) como lo fue en su momento y sigue siendo el corrector de Word o la corrección en línea a través de la nube, para solucionar problemas de orden general como los de sintaxis y ortografía, organización de ideas y manual de estilo, entre otros, creo que la elección de aquella herramienta va a ser muy productiva. Si, por el contrario, la IA ayuda al plagio, la copia y otras apropiaciones varias de ideas ajenas, estaremos haciendo un mal uso y nuevamente se abrirá esa brecha que tantas veces hemos presenciado en las aulas entre los escritores “honestos” que hacen el esfuerzo de producir textos genuinos y aquellos que se “suben” al decir de otros.
Nuevas preguntas desde un panorama visible y tangible que tensionan las teorías hasta ahora aceptadas y nos lanzan hacia nuevos horizontes epistémicos. Tal vez debamos ir mudando paulatinamente nuestras concepciones de lectura y escritura sujetas al papel y el lápiz para abrirnos a otros circuitos del decir donde se juega mucho más con la conectividad global de ideas y la celeridad de los circuitos informatizados para el procesamiento del lenguaje. Sin embargo, sea del modo que sea y con la tecnología que adoptemos, las didácticas de la escritura deben garantizar ese espacio que se abre siempre que vamos a plasmar nuestras ideas; un espacio en el que la creatividad, lo singular y personal se tejen desde el lenguaje y proyectan hacia la sociedad, hacia la cultura.
Los capítulos que siguen buscan dar respuestas, al menos parcialmente, a estos planteos y otros más. Los distintos autores han dispuesto sus ideas focalizando en un sector de las prácticas de escritura académica para proponer sus reflexiones, desplegar estrategias y organizar didácticamente el mapa de procedimientos necesarios para llegar al “buen puerto de la textualidad”.
Referencias bibliográficas
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