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3 Bellas y casaderas

En este capítulo se revisan los personajes que denominamos “casaderas y bellas” en los cuentos tradicionales, los cuales dan cuenta de ciertas condiciones que aquí desarrollamos.

“Casaderas” es una forma de denominar a aquellos personajes femeninos de los cuentos tradicionales que cumplen con ciertas características, condiciones que no acreditan todos los personajes, y esto da pauta a una serie de situaciones y tramas. Pues queda claro que todos estos personajes femeninos ambicionan casarse con un hombre poderoso. En este sentido, los cuentos tienen como uno de sus temas principales “ganar el matrimonio”, pero no con cualquier personaje masculino, sino con aquellos que ostentan el poder y las riquezas. Esto detona una competencia que puede manifestarse de formas variadas, algunas de ellas sumamente violentas.

Por ello las características de los personajes femeninos se convierten en un elemento que constantemente se va a estar señalando, ya que entre otros la “belleza” tiene relevancia.

También se establece la implicación de ser un personaje femenino dentro de la trama narrativa. Para ello ubicamos las ideas que prevalecían en cuanto a la condición de ser hombre y mujer en el contexto en que fueron creados esos cuentos. En esta época la línea de descendencia y de herencia era de padres a hijos, la ley romana estableció la patria potestas, “todo el poder al padre”, quien transmite las propiedades a sus hijos; en este sentido, el padre define la base del parentesco, y por lo tanto, de las propiedades.

Tener hijas en algunas sociedades implica gastos infructuosos, hay que mantenerlas, educarlas y a veces hasta comprarles un marido, porque con eso se establecen alianzas de las que dependen las familias.

Los cuentos tradicionales muestran algunas de estas concepciones, aun cuando no hay que perder de vista el sentido ficcional de estas obras, pero como hemos dicho, de alguna manera recuperan las creencias y costumbres de la sociedad de la época.

3.1. Belleza y fealdad, una construcción patriarcal

Cada sociedad y época tiene su propia representación acerca de la belleza, sin embargo, hay algunas coincidencias que se han extendido durante siglos en las culturas occidentales. Estas ideas se han difundido a través de la educación y las tradiciones, y también a partir de los cuentos tradicionales en los países occidentales. Y posiblemente han influenciado lo que hoy en día se concibe como belleza/fealdad.

Las/os niñas/os juegan a ser como algunos personajes de los cuentos, copiando los modelos que les parecen convenientes de emular. Sin embargo, no se le ocurriría ser la hermanastra mala, fea y detestable, o mujeres que terminan siendo duramente castigadas, que son despreciables, antimodelos.

En los cuentos tradicionales se pondera como principal atributo en las mujeres la belleza, condición indiscutible para ser valoradas, dignas de tomar en cuenta. La belleza física está acompañada de otras condiciones indispensables, como la bondad, la juventud, la discreción, la amabilidad, la laboriosidad y la delicadeza. La belleza física consiste en ciertas características, como tener la piel blanca, el pie pequeño, el cabello largo, rubio y rizado, fineza en las facciones, delgadez, delicadeza, talla alta, como algunas de las más mencionadas.

Los personajes pertenecen a una determinada raza, la blanca, recordemos que históricamente el origen de los cuentos de hadas se sitúa en Europa. Por eso una de las principales características negativas en los personajes femeninos es tener la piel oscura, como representativa de la fealdad.

En el caso del cuento Blancanieves, también el nombre del personaje lo indica: “Niña blanca como la nieve” (Grimm, 2015, p. 36). En el caso del color del cabello, es rubio como el oro, brillante y con rizos, el pie pequeño como el de Cenicienta. Un resumen de lo que se considera belleza en el contexto de los cuentos tradicionales y posiblemente en el imaginario colectivo es la siguiente descripción: “la princesa con su vestido de seda, su pelo de oro y sus ojos como estrella”, en La pastora en la fuente (Grimm, 2015, p. 2005).

Incluso la niña protagonista del cuento La niña de los fósforos, a pesar de su pobreza, Andersen la describe con “largos cabellos rubios que le caían en preciosos bucles sobre el cuello” (Andersen, 2019, p. 58).

Otros atributos que definen el ideal de belleza lo vemos en la descripción de Leonor, personaje de Los cisnes salvajes. Andersen escribe: es alta y hermosa y sus manos son delicadas.

En cambio, los mayores atributos de los personajes masculinos son el poder y el dinero, difícilmente se habla de su belleza y juventud; lo que implica un trato diferenciado sobre lo que se considera deseable entre ellos y ellas. Es decir, de ellas se solicita la belleza, en cambio los personajes masculinos destacan por otras condiciones: riqueza, poder y astucia, como es el caso de Pulgarcito de Perrault, que engaña al ogro y a la ogresa y logra una gran fortuna.

Hay dos posibilidades en cuanto al aspecto de los personajes femeninos, o son bellas, deslumbrantes, que hechizan a los personajes masculinos que las ven, quienes se enamoran de inmediato de ellas y hacen lo necesario para obtenerlas. O son feas, por lo que no son elegidas para ser esposas de los hombres poderosos, como príncipes y reyes.

En los cuentos tradicionales hay muchos ejemplos de personajes masculinos que son eclipsados por la belleza de las mujeres, incluso son víctimas de una especie de enajenación, y hasta con verlas en una pintura suelen quedar hipnotizados. Sufren una fascinación que parece cuestión de magia, ya que quedan prendados al instante, como en el cuento El fiel Juan (Grimm, 2015), donde se dice que un joven no debe entrar a una recámara porque hay un cuadro de una hermosa princesa de la que se va a enamorar con solo verla, por eso está en peligro constante, hasta que finalmente la ve y la sentencia se cumple. En el cuento La novia blanca y la novia negra (Grimm), un personaje masculino al ver el retrato de una bella joven se queda perdidamente enamorado y decide casarse con ella. 

En otros cuentos sucede algo similar, la narrativa lo describe: “La puerta se abrió, y el rey entró en la casa, y vio a la niña tan bonita que se quedó asombrado. ¿Quieres venir a mi castillo y casarte conmigo?” (Grimm, 2015). La fascinación que experimenta este personaje es inmediata.

En el cuento de Griselda, el príncipe sale de caza y se encuentra con una mujer de la que quedó perdidamente enamorado, la describe así:

“su tez poseía blancura de azucena y su frescura natural se había conservado a la sombra de los árboles; su boca tenía todo el atractivo de la infancia y sus ojos sombreados por párpados oscuros, eran más azules y luminosos que el cielo” (Perrault, 2014, p. 13).

En otro ejemplo, Pulgarcilla, una diminuta niña nacida de un grano de cebada, después de correr muchas desventuras, al final se encuentra con un príncipe que vive en un jardín de flores, quien “al verla se prendó de su belleza, se quitó la corona y se la obsequió”(Andersen, 2019, p. XX).

Tener hijas hermosas da prestigio a los padres, porque se consideran propietarios de un bien valioso, por ello, en varios cuentos se observa esta condición: “un viejo molinero era padre de una hija hermosísima” (Grimm, 2015, p. 211), del cuento Tiribilitin. Pero también tener hijas bellas para los padres aporta un valor económico agregado, a manera de tesoro, que a menudo son quienes se ven beneficiados. Incluso hay cuentos donde los padres son poseedores de tres hijas bellas, como en El rey-rana: “un rey que tenía tres hijas muy hermosas” (Grimm, 2015, p. 134), o “He tenido tres hijas; la más pequeña era tan hermosa, que todo el mundo se queda asombrado al verla”, en La pastora en la fuente (Grimm, 2015, p. 202). El cabalístico número 3 aparece en varias circunstancias, es una característica propia de los cuentos tradicionales: tres hijas, las tres bellas, la tercera la más bella, o tres hijos y el tercero es el más inteligente y bueno.

 La belleza a veces se combina con otros factores: juventud, obediencia, amabilidad y laboriosidad; cuando se cumple con todos los atributos se trata del “prototipo de la perfección” desde la visión androcéntrica. En Piel de asno, la esposa del rey se describe como: “su amable mitad, su fiel compañera, era tan encantadora y buena y estaba dotada de un carácter tan adaptable y dulce” (Perrault, 2014, p. 33); incluso la propia reina le dice al enfermar, antes de morir: quiero que me juréis que “si halláis una mujer más hermosa, mejor formada y más discreta que yo, os dejo en libertad para darle vuestra palabra y casaros con ella” (Perrault, 2014, p. 34).

En uno de los cuentos más conocidos, Cenicienta, en la versión de Perrault se dice: “la belleza femenina es un raro tesoro cuya contemplación nunca fatiga, mas la bondad y la gracia no tienen precio” (p. 105), aunque enaltece la belleza, también se habla de otros atributos.

Entre algunos otros ejemplos del “prototipo de la perfección” están Blancanieves y Rojaflor, dos hermanas que se caracterizan por ser hermosas y trabajadoras, Blancanieves “cuidaba del fuego y ponía el caldero a cocer”, Rojaflor se ocupaba de la casa. Además son amables, incluso con un enano que las trata mal y es desagradecido. Blancanieves, en otro cuento de Grimm: “arreglaba la casa y hacía la comida; y cuando volvían los enanitos, tenía preparada una cena muy buena” (p. 39); a la Cenicienta “le hacían llevar cubos de agua, encender el fuego, guisar, lavar…” (Grimm, 2015, p. 53). En la versión de Perrault de la Bella durmiente las siete hadas le dieron como regalo ser una “hermosa doncella, cantar como un ruiseñor, bailar y tocar toda clase de instrumentos” (p. 50).

Como se puede ver, la belleza no basta, porque hay personajes femeninos que además de ser hermosas, son orgullosas, soberbias, y no cumplen con todos los atributos, eso las hace “imperfectas”, un ejemplo es el cuento El sastrecillo listo: la “princesa tan orgullosa como bella” (Grimm, 2015, p. 127). O en El rey “pico de tordo” de Grimm, donde se dice que es tan hermosa como soberbia, pero además no sabía hacer los quehaceres: “no sabía encender el fuego, ni guisar, ni nada” (p. 29).

En el cuento de Andersen (2019) El compañero de viaje, cuando muere su padre, un joven se va a recorrer el mundo, en el camino conoce a otro viajero poseedor de objetos y fórmulas mágicas. Después de varios acontecimientos, llegan a un lugar donde hay un rey que tiene una hija muy hermosa, pero perversa y cruel, porque es una hechicera infame que había causado la muerte de muchos hermosos príncipes. Cualquiera podía pedir su mano, pero les pedía que resolvieran 3 enigmas, si no los resolvían los mandaba decapitar o colgar. Sin embargo, como era muy hermosa, al verla, el pueblo olvidaba sus maldades.

En los cuentos, a los personajes femeninos que cumplen todos los atributos deseados les va bien, son premiadas, se casan con un príncipe o un rey, se vuelven ricas y ya no tienen que trabajar más. Pero las imperfectas acaban humilladas, abandonadas y sin marido. Se premia a unas y se castiga a otras, depende de sus características físicas y de su comportamiento, de que cumplan con los atributos de la perfección. El mensaje es que hay que ser bella y buena para que les vaya bien.

Lo que se considera el prototipo de belleza es una construcción sociocultural, que es el resultado de las creencias y consideraciones de cierto tiempo histórico y contextual. Los personajes femeninos en los cuentos tradicionales están construidos alrededor de una serie de condiciones arquetípicas, vistas desde una perspectiva androcéntrica y dominante, entre ellas lo que se entiende por belleza y fealdad.

Otro elemento que forma parte de la belleza es el vestuario, el cual trasforma a las personas; con él los personajes acceden a otra condición sociocultural. Las vestimentas evidencian la riqueza, pues entre más voluptuosas son las telas y más sorprendentes las joyas, la importancia del personaje se acrecenta. No puede faltar la mezcla de ostentosidad con los atributos femeninos, como el ya clásico pie pequeño acompañado de bellas y delicadas zapatillas. En general todo el atuendo se diferencia del de los personajes humildes que trabajan en tareas rudas en un contexto donde no había las comodidades que hoy existen, como drenaje, calles pavimentadas y agua entubada.

En los cuentos los personajes femeninos, cuando son pobres, visten con ropa sencilla, pero al ser elegidas para casarse con un hombre rico, de inmediato lucen atuendos deslumbrantes. En el caso de la Cenicienta, obtiene un vestuario suntuoso por artes mágicas, lo que la pone al nivel de la realeza, motivo por el cual el príncipe se fija en ella, pues lleva traje de oro y plata, zapatitos de seda; al usarlo, incluso, “estaba tan hermosa, que ni su madrastra, ni sus hermanastras la reconocieron” (Grimm, 2015, p. 56). La ropa la transforma, y con ella, se convierte en merecedora de un príncipe.

Las/os niñas/os durante siglos han imaginado estas representaciones femeninas producto de los cuentos tradicionales, donde destaca la belleza y las vestimentas ostentosas. Pero en épocas más cercanas, con la masificación de la imprenta, el cine y la televisión, estas representaciones ya no solo quedaron en la imaginación, sino que fueron la versión de artistas e ilustradores que le dieron forma al imaginario social.

En el cuento Piel de asno, la protagonista huye de su casa, donde tenía vestidos ostentosos, y en su exilio busca trabajar para sobrevivir. Al fin encuentra a una mujer que quería una criada. Trabajaba todos los días, solo los domingos tenía un poco de tiempo para sí misma, día que dedicaba a sacar de su baúl mágico sus vestidos elegantes y se los ponía; le gustaba verse “joven, blanca y sonrosada y cien veces más hermosa que las demás; y ese suave placer la sustentaba y conducía hasta el domingo siguiente” (Perrault, 2014, p. 36). En la frase “cien veces más hermosa que las demás” se destaca que se genera la competencia entre los personajes femeninos, por ser la más bella, la más buena, la más laboriosa. 

Sin embargo, si existe la belleza, necesariamente existe la fealdad, porque es parte de una dicotomía. Y como contraposición, los personajes femeninos considerados feos son detestables, aparecen en los cuentos para resaltar la belleza de los otros personajes, como parte de una dualidad belleza/fealdad, bien/mal. Las feas son antagonistas, muchas veces están en contra de las bellas, las dañan, envidian y quieren arrebatarles lo que tienen. Se les atribuye otras características consideradas negativas, como ser viejas, solteras, malas, flojas, desagradecidas, envidiosas y además pueden ser brujas o hadas malas. Todas estas condiciones las alejan del objetivo principal: tener un esposo, específicamente un rey o príncipe.

También hay una serie de características relacionadas con la fealdad, contrarias a las identificables con la belleza, como tener la piel “negra”. En el cuento La novia blanca y la novia negra, una mujer y su hija son groseras con un anciano que solicitaba ayuda para encontrar el camino; en cambio, la hijastra de la mujer ayuda al hombre, este se venga de la madrastra y de su hija al no advertirles que las plantas que están tocando van a volver su piel negra: 

Por haberme acompañado no has tocado una hierba venenosa que tu madrastra y su hija estaban cogiendo cuando las vi, hierba que tiene la propiedad de ennegrecer el semblante de las personas que las tocan: así es que tú quedarás blanca y hermosa, mientras que la hermanastra y su madre se habrán vuelto negras como si las hubieran teñido con betún (Grimm, 2015, p. 89).

Tener la piel negra aparece en varios cuentos como una de las peores condiciones que se pueden tener, y una de las peores formas de castigo. Otras causas son aquellas relacionadas con no cumplir el prototipo de belleza de la época, por ejemplo, las hermanastras de Cenicienta, aunque en general son señaladas como feas, la razón por la que el príncipe no las elige para casarse es por sus pies grandes, al no quedarles las zapatillas. Por ello, su madre les dice que se mutilen los pies para ser elegidas por el príncipe. Y ambas se los mutilan para casarse con el príncipe, lo que es una forma de violencia.

También se degrada a los personajes femeninos por medio de la conversión de personas a animales y de animales a personas a través de maldiciones. Hay ejemplos diversos de conversión. En el cuento Cara de cabra (Basile, 1992) como castigo a un personaje femenino “se le alargó el hocico como un palmo, se le estrecharon las mandíbulas, se le endureció la piel, la cara se le cubrió de pelos y las trenzas de castillo se le transformaron en cuernos puntiagudos” (p. 30).

Pero también estas transformaciones pueden ser para engañar a otros personajes, como en el caso del cuento La osa del mismo autor, donde un personaje femenino es convertido en osa para huir. En este mismo cuento, el rey al quedar viudo quiere volver a casarse, al no encontrar ninguna mujer tan bella como su esposa fallecida, publica un mando y ordena que todas las mujeres bellas de su reino vayan al castillo, las forma en fila para elegir a la más bella, pero solo ve seres deformes, animalizados y grotescos desde su perspectiva:

una como mona, que no se está jamás quieta (…) otra le parecía que tenía la frente torcida, otra que tenía la nariz larga, otra la boca grande, aquella con los labios gruesos, ésta demasiado alta, aquélla muy baja y mal hecha, aquélla gorda, ésta excesivamente delgada; la española no le gustaba por su color quebrado, la napolitana no le agradaba por la forma de andar, la alemana le parecía fría y helada, la francesa con muy poco seso, y la veneciana como una rueca de lino con los cabellos descoloridos (Basile, 1992, pp. 50-51). 

Las mujeres están en fila, para que el rey escoja cuál puede ser su esposa, como objetos exponiendo sus atributos, y al no cumplir las expectativas del rey, son degradadas, señaladas y burladas. La cosificación es una forma de violencia a partir de la manipulación del cuerpo, al que se considera una mercancía. 

Las consecuencias de la cosificación son muchas, entre ellas, la deshumanización de los personajes femeninos, al ser considerados como objetos que se pueden lucir, la mercantilización se instala en el imaginario individual y colectivo. Por ello, solo valen en la medida que cumplan con los estereotipos de belleza compartidos desde una visión androcéntrica. Al prevalecer la idea de que son un producto pueden ser utilizados y manipulados.

Curiosamente las hermanastras casi siempre son feas, además de malas, envidiosas y ambiciosas. Parece que todas las desgracias les fueron otorgadas, y sus madres siempre quieren que ellas, aun con esos atributos negativos, se casen con un rey o príncipe. 

En cambio las hijastras son bellas y bondadosas, cumplen con todos los atributos designados por el poder patriarcal, estas diferencias entre las hijas e hijastras se ven claramente en Los tres enanitos del bosque: “la hija del hombre era muy hermosa y muy simpática, y la otra era feísima y antipática” (Grimm, 2015, p. 23).

Aunque hay algunas excepciones, como en La Cenicienta, en la versión de Grimm, donde las hermanastras son hermosas: “bastante guapas y tenían la piel blanca, pero ¡qué corazones feos tenían!” (2015, p. 53), a pesar de ello, no contaban con las otras cualidades, porque eran malas. 

También como una constante, las madrastras siempre se casan con hombres pusilánimes, que las dejan a cargo de las hijas de su anterior matrimonio, a las que maltratan. Los nuevos esposos son débiles y manipulables, permiten que las madrastras maltraten a sus hijas, por eso las muchachas bellas son tratadas como criadas y las feas como princesas, como en el cuento La dama de las nieves:

Una viuda tenía dos hijas: la buena y guapa, y la mala y fea. Y la viuda quería más a la mala y fea, porque era su hija de verdad. La buena y guapa era solo su hijastra, y a ella la hacían trabajar como si fuera la criada de la casa; la pobrecilla tenía que estar todo el rato sentada junto a un pozo, al lado del camino, hila que hila. De tanto hilar, le sangraban los deditos (Grimm, 2015, p. 289).

Y aunque es impensable que una joven fea logre casarse con un rey o príncipe, a veces sucede gracias a las artes maléficas de las madrastras: “Entonces, la madrastra por medio de artes diabólicas logró fascinar al Rey hasta el punto de que permitiese que ella y su hija quedaran en palacio, y hasta consiguió que el Rey se casase con la muchacha negra” (Grimm, 2015, p. 91). Pero esta suerte lograda a partir de hechizos no dura, y siempre las culpables son cruelmente castigadas.

En otro cuento, Los seis cisnes (Grimm, 2015), una bruja le ayuda al rey que estaba perdido en el bosque a regresar a su palacio, a cambio de que se case con su hija, le pide la bruja: “Señor, tengo una hija tan hermosa que merece ser reina; prométeme que te casarás con ella y te ayudaré” (p. 166). El rey se casa unos días después con la joven. En este caso el personaje femenino es moneda de cambio por un favor realizado. Sin embargo, el rey acepta el acuerdo porque la hija de la bruja es hermosa.

Personajes femeninos considerados feos abundan en los cuentos tradicionales, y generalmente van acompañados de la maldad, se personifican en brujas, viejas, prostitutas, madrastras, hijastras, aunque su función es someterse al régimen, no lo hacen. Porque mienten a reyes y príncipes, transgreden designios e infringen las leyes, enfrentándose al poder.

Los personajes femeninos viven en constante opresión de género, las bellas y las feas están cautivas porque sus cuerpos son de otros, atrapadas en su condición y vulnerables a los designios del poder.

Otro elemento marcado en algunos cuentos tradicionales es el sexo de los/as hijos/as, ya que tener hijas es una vergüenza, porque hay que educarlas y mantenerlas y eso se considera una carga para la familia. Por ello tiene más valía a procrear hijos. Un ejemplo está en el cuento La plantación de ajos de Basile. Un señor llamado Ambruoso tiene siete hijas, un día su amigo Basilio le pregunta cuántos hijos tiene: 

Él, avergonzado de tener que decir que había engendrado tantas hembras, le contestó:
–Tengo cuatro varones y tres hembras.
–Si es así– replicó Basilio–, manda a uno de tus hijos que venga a hacer compañía a mi hijo (Basile, 1992, p. 66).

Como el hijo de Basilio está enfermo le pide a su amigo que vaya uno de sus hijos a acompañarlo, este convence a una de sus hijas de que se vista de hombre. Cortan el pelo de la joven y la visten como hombre para que visite a Narduccio, el hijo de Basilio. Durante la convivencia Narduccio sospecha que es mujer, por eso le pone pruebas para cerciorarse de que no lo es. Pero la joven logra realizar las tareas de forma destacada, por eso la madre del joven le dice: “¡Quítate eso de la cabeza y deja de pensar en ello, que una mujer no puede hacer tanto!” (Basile, 1992, p. 68).

En el desenlace del cuento, después de resolver algunos enredos, se sabe que el supuesto muchacho es una mujer llamada Bellucia; los jóvenes se enamoran y finalmente se casan. Pero al preguntarle a Ambruoso por qué había mentido, contesta: “para que no supieran que solo había sabido hacer siete hembras” (Basile, 1992, p. 70), porque es motivo de vergüenza no tener hijos varones, y solo hijas. 

Otro ejemplo está en el cuento Cara de cabra, de Basile (1992), donde hay un campesino “que tiene a doce lloronas que alimentar” (p. 27); para alimentar a menos niñas, regala a una de ellas a una lagartija, lo que muestra el poco aprecio que se tiene por las hijas.

Los personajes femeninos desde que nacen tienen que librar batallas para sobrevivir en un contexto patriarcal, donde son vistas como inferiores, y en esto se parece la literatura a la vida real. Y donde la belleza y la fealdad son una marca que define su destino, condición que no todos los personajes femeninos están dispuestos a asumir sin tratar de desmontar las construcciones sociales establecidas.

3.2. Las casaderas

Los personajes femeninos obtienen la condición de casaderas, como vimos en el apartado anterior, al contar con ciertos atributos que llamamos “fórmula casadera”:

belleza + juventud + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad

Estos personajes no eligen a sus esposos, más bien ellas son seleccionadas, lo cual las pone en condición de casaderas. Pero hay otras formas para ganar el matrimonio, otro de tipo de casaderas, aquellas que se casan con personajes masculinos pobres, quienes por su astucia consiguen entrar a familias poderosas.

En este sentido, “casaderas” es una categoría que abarca tanto: a) el cumplimiento estricto de la fórmula para los personajes femeninos, como se vio en el apartado anterior, y b) otros elementos fortuitos, donde se destaca la astucia de personajes masculinos pobres que logran ganar el matrimonio. Algunos ejemplos de esto los veremos a continuación.

Esto sucede a partir de la resolución de acertijos, adivinar, ganar carreras y engañar. Como en el cuento El sastrecillo listo (Grimm, 2015), donde una princesa es señalada por ser bella y orgullosa, se burla de todos los príncipes que la cortejan y les pone como condición a quienes aspiran a casarse con ella un acertijo, y como nadie lo ha adivinado, se siente segura y hace pregonar por todo el reino que sin importar su condición económica se casaría con quien diera la solución. Tres hermanos sastres van a palacio para someterse al reto, la princesa les hace la pregunta: “Hay en mi cabeza dos clases de cabellos, ¿de qué colores son?”. El hermano mayor dice: negro y blanco, y falla. El segundo hermano responde: rubio y castaño, y también se equivoca. Pero el tercero menciona: oro y plata, con lo que acierta. 

Sorprendida de que hubiese dado con la solución y no conforme con casarse con el joven, le pone otra prueba, que es dormir en la misma habitación con un oso, porque tenía la esperanza de que el oso se comiera al menor de los sastres. Pero el joven con su ingenio engaña al oso y sobrevive, y finalmente se casa con la princesa. Este es el caso donde el matrimonio esperado no es con un gran príncipe, sino con un hombre astuto.

Otro ejemplo lo vemos en El compañero de viaje, anteriormente descrito, o en Maese gato o el gato con botas (Perrault), donde el hijo de un molinero es quien se casa con la princesa. La historia cuenta que la única herencia de su padre fue un gato, pero tan astuto que le ayudó a conseguir la mano de una princesa con base en trucos. El joven se hizo pasar por un marqués y por medio de engaños se quedó con las tierras y el castillo de un ogro. Así se presentó en palacio convenciendo al rey de que era un gran señor y consiguiendo el matrimonio. Con la astucia del gato y la buena actuación del joven, ganan el matrimonio con una princesa.

En El compañero de viaje escrito por Andersen, un joven, que al morir su padre se va a recorrer el mundo, llega a un lugar donde el rey tiene una hija muy hermosa, pero perversa y cruel; ella está hechizada y había causado la muerte de muchos hermosos príncipes a los que, al pedir su mano, les exigía resolvieran tres enigmas, si no los resolvían, los mandaba decapitar o colgar. El joven, con ayuda de un compañero de viaje que sabe de artes mágicas, resuelve los enigmas, logra quitar el hechizo a la princesa y así casarse con ella.

En estos casos se trata de uniones que se llevan a cabo gracias a la astucia e inteligencia de personajes masculinos pobres, quienes por su condición no pueden ganar el matrimonio exigido en la fórmula casadera y los personajes femeninos continúan siendo un trofeo de quien las gana.

En los cuentos en rara ocasión se habla de lo que sucede después del matrimonio, es decir, sobre los acontecimientos de la vida cotidiana, pues el interés se centra en las circunstancias para llegar al matrimonio, por eso, casi no se puede dar cuenta de la violencia ejercida a los personajes femeninos durante el matrimonio.

El tema del “segundo matrimonio” aparece como un asunto periférico para explicar la situación de las familias. En este caso son los personajes viudos quienes buscan una segunda esposa para que cuide de sus hijos/as y de su casa. Pero en su elección no aplica la fórmula casadera (belleza + juventud + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad), porque las exigencias son diferentes. No se habla de belleza, ni de juventud, sino que se espera que estos personajes cuiden a los hijos del nuevo esposo y la casa, es decir que asuman el rol de madresposas del que habla Lagarde (2021). Es una constante que las madrastras siempre son malas con sus hijastros/as, no cuidan de la casa y dominan a los esposos hasta llevarlos a cometer actos terribles, como abandonar a su propia descendencia concebida en el primer matrimonio. 

Aunque los personajes masculinos son quien generalmente eligen a sus esposas, y quienes les solicitan matrimonio, porque tienen el poder de decidir el destino de ellas. Hay un ejemplo de un personaje femenino que toma la iniciativa de proponer un segundo matrimonio, lo que demuestra una actitud activa, trasgresora. El cuento se llama Los tres enanitos del bosque de Grimm, la mujer le dice a la hija del señor: “Dile a tu padre que me gustaría casarme con él” (2015, p. 23), en lugar de esperar a ser elegida, ella decide con quién se quiere casar.

En el contexto en que fueron creados estos cuentos, las segundas nupcias solo se podían llevar a cabo con la muerte de uno de los cónyuges (Hipp, 2006), por ello los personajes masculinos y femeninos al quedar viudos se vuelven a casar. Entre las características del matrimonio cristiano destacaba la monogamia y la indisolubilidad del contrato, estas relaciones estaban bendecidas por los padres, porque traían honra a las familias, incluso era una grave falta fallar a la promesa de matrimonio, que se castigaba con la excomunión.

El matrimonio incluso hoy en día es considerado la institución familiar más importante, la que da estructura a la sociedad. Aparece como un tema principal, pero las segundas nupcias generalmente son producto de la necesidad, las convenciones y la conveniencia. Estos personajes masculinos experimentan el encantamiento debido a la belleza de los personajes femeninos, como en el caso de las doncellas, no se pide la fórmula, al contrario, hay una antifórmula (maldad + desobediencia + holgazanería), generalmente no son ni jóvenes, ni bellas, ni buenas cuidadoras. Se pierde la ilusión del final feliz y la frase “fueron felices para siempre”.

En el contexto de la época en que fueron creados los cuentos tradicionales, llegar al matrimonio es el objetivo de ser mujer, para lo que fueron educadas y lo que les permite tener un lugar dentro de la sociedad. En estas historias, los personajes femeninos casados tienen un estatus diferente al de las solteras, las que generalmente son señaladas por sus malas acciones, como ser malévolas y tener muchos defectos, por ello se consideran indeseables. Al casarse, entran en un estado de gracia con la sociedad, ascienden a la perfección, al lugar más importante al que pueden aspirar. 

Fray Luis de León (1527-1591), considerado uno de los más grandes poetas de la lengua española, perseguido por la Inquisición por sus opiniones de la Vulgata (traducción latina de las sagradas escrituras), por lo tanto, una mente de avanzada, en La perfecta casada deja testimonio de la visión de la época con respecto al matrimonio, cuando habla de la obligación de la casada de cumplir las leyes de Dios:

Porque el servir al marido y el gobernar a la familia y la crianza de los hijos, y la cuenta que juntamente se debe al temor de Dios, y la guarda y limpieza de la conciencia (todo cual pertenece al estado y oficio de la mujer que se casa) (…) En lo cual se engañan muchas mujeres que piensan que el casarse no es más que dejar la casa del padre y pasarse a la del marido, y salir de servidumbre y venir a libertad y regalo; piensan que con parir un hijo de cuando en cuando, y con arrojarlo luego de sí a los brazos de la ama, son cabales y perfectas mujeres (1979, pp. 323-324).

En la opinión de la época, el estado de perfección de la mujer era el matrimonio, y con él, se pasa del sometimiento del padre al del marido, presas siempre de cautiverios.

En los cuentos, mujeres pobres, al contar con la fórmula ya mencionada: belleza + juventud + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad, pueden aspirar a casarse con un hombre rico, rey o príncipe, quien las elige por sus atributos. Por tanto, los cuentos son aspiracionales, alimentan el imaginario de las mujeres pobres, quienes desean ser esposas de estos hombres con poder y riqueza. Eso no quiere decir que en la vida real los reyes y príncipes se casaban con mujeres pobres, aun contando con los requisitos señalados en la fórmula anterior. Se tienen muy pocas referencias de casos en que los hombres de la realeza se casaban con mujeres que no pertenecen a esta élite. 

Caso distinto lo encontramos en La sopa al asador de Andersen, donde el rey es quien marca los desafíos para conceder su propia mano. En uno de los festejos del reino, promete que se casaría con la ratita (personaje femenino) que hiciera la mejor sopa al asador. Cuatro aceptan el reto y durante un año recorren el mundo buscando la mejor receta; al concluir el plazo regresan. Cada rata cuenta su historia, pero las primeras tres no convencen al rey, la cuarta dice que encontró los ingredientes, y que el último paso para hacerla es que el rey mezclara con su cola uno o dos minutos la sopa hirviendo, el rey dice que lo harían otro día y se casa con la rata.

En la época en que se ubican los cuentos, el matrimonio en la vida real respondía a una visión mercantilista basada en acuerdos, negociaciones y beneficios económicos, donde las mujeres podían regresar a la familia que las educó y mantuvo una compensación económica. Pero también se habla de una gratificación para el futuro esposo. Entonces, el beneficio, o la dote, puede ser para la familia de la desposada, o bien para el nuevo marido. En este sentido “la dote es un pago hecho por el marido para asegurar una esposa”(Reed, 2005, p. 311), pero también un pago atractivo a los hombres para que se casaran con ciertas mujeres, como lo hacían los atenienses. Sin importar a qué hombre se le entregue la dote, sea futuro marido o padre de la joven, con el matrimonio se reduce a las mujeres al nivel de mercancía. Por ser un trato económico que hacen los hombres, quienes tienen el poder adquisitivo, para obtener una mujer como su propiedad, como menciona el siguiente verso libre:

Ay de todas las cosas vivas y razonadas

Las mujeres son la raza más miserable;

Que primero necesita comprar un marido a gran precio

Cogerlo para que después sea el propietario de nuestras vidas 

(Reed, 2005, p. 312).

En los cuentos tradicionales que revisamos se puede ver la dote aplicada de las dos maneras. En el cuento Cara de cabra (Basile, 1992), el rey pide en matrimonio a Renzolla al hada que la crio, quien, como se dice en la narrativa: “no solo se la dio de buena gana, sino que le entregó una dote de siete piezas de oro” (p. 29). 

En El mirto, el rey ayuda a una joven pobre a casarse, para ello le da una dote (Basille, 1992), queda claro que el dinero es el que posibilita la negociación de la boda. En otro cuento, Ninnillo y Nennella, la mujer aporta riquezas a la unión, se relata que un hombre viudo se vuelve a casar, y la nueva esposa no quiere atender a sus hijastros, le reclama al marido: “¡No he traído tantos muebles bonitos a esta casa para verlos cagados del perfume de los culos de otros, y no te he dado una dote tan rica para convertirme en esclava de los hijos que no son míos!” (2005, p. 89). Resalta el sentido del humor de Basile para explicar la negativa de la esposa de cuidar de sus hijastros, y donde queda clara la importancia de su aportación monetaria en el acuerdo matrimonial.

En el cuento Las hadas de Perrault, se cuenta la historia de dos hermanas, una es bella y la otra fea, la primera parecida a su padre y la otra a su madre. La hija bella un día fue por agua a la fuente y allí se encontró con una anciana, le pidió agua y amablemente se la dio, como era una hechicera, le concedió una gracia, que cada vez que hablara saldrían de su boca flores, perlas y diamantes. Al regresar a casa le contó a su madre lo sucedido y esta mandó a la otra hermana para que le dieran una gracia, pero al aparecer la vieja, fue tan grosera con ella, que le dijo que le saldrían de la boca culebras y sapos. La madre culpó de todo a la hermana y la iba a castigar, así que esta huyó de la casa y en el bosque la vio un príncipe que se prendió de ella. Se casaron de inmediato sin pedirle nada: “tal don valía más que todo lo que otra pudiera aportar en dote”. La hermana fea se hizo odiar tanto que la madre la echó de la casa y murió en el bosque. La dote es un elemento importante en algunos cuentos, gracias a que se da ese beneficio económico se lleva a cabo el matrimonio.

En muchos cuentos tradicionales el matrimonio es un elemento que aglutina, que define el problema o nudo, y resuelve el conflicto en un final feliz para algunos personajes. En este sentido, con la boda llega este final feliz, y todos los enredos y problemas se resuelven castigando a las antagonistas, quienes generalmente son personajes femeninos.

El matrimonio como tema sucede en los personajes femeninos jóvenes, cuando se habla de segundas nupcias, solo tiene trascendencia en la medida que las madrastras maltratan a sus hijastras.

Las madrastras suelen ser mujeres viudas, mayores de edad que vienen a completar las familias de los hombres viudos. De estas mujeres se espera, además de una dote, que se encarguen del cuidado de sus hijastros/as. Pero como estos personajes femeninos son malvados, siniestros y vengativos, siempre quieren dañar a sus hijastras y beneficiar a sus propias hijas con los mejores partidos para ser sus esposos. Las relaciones que se describen son con hijastras y no con hijastros.

Hipp menciona que “en las sociedades preindustriales, el matrimonio era una cuestión de estrategia económica y política, pero también tenía algo que ver con las emociones” (Hipp 2006, p. 61). También se menciona que esta última parte era más viable en los sectores altos, porque el matrimonio debía mantener en primer lugar el patrimonio y linaje de las familias.

Cuando se gana el matrimonio en una carrera, o al resolver un acertijo, se trata de juego, como una lotería, donde todas las personas casaderas pueden participar, y desposarse con un rey, príncipe o princesa. Estas historias alimentaban el imaginario colectivo, hacían pensar a las personas humildes que podían tener una mejor suerte, e incluso acceder a la nobleza. No se trataba de democratizar a la sociedad, los cuentos mantenían la ilusión de un mejor futuro, hay que señalar que eran épocas de mucha pobreza, enfermedades causadas por la falta de agua y de drenaje; en un contexto de grandes desigualdades socioeconómicas y un clima violento, donde soñar con hermosos castillos, carrozas de oro y vestidos suntuosos daba esperanza, lo que ayudaba a permitir el control social.

Palabras finales

La concepción de la belleza en los cuentos tradicionales se encuentra en la categoría de casaderas, ya que es una condición para ganar el matrimonio. La belleza es la suma de otras virtudes, ya mencionadas en la fórmula casadera: belleza + juventud + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad. No se habla de estos elementos en todos los cuentos, sin embargo, hay algunos que son indispensables como la belleza y juventud. En este sentido, las casaderas son las jóvenes bellas que buscan como esposo a un hombre rico y poderoso, el cual elige a quienes consideran apropiadas. Y para lograrlo requieren cumplir con la fórmula.

Pero hay otras circunstancias para ganar el matrimonio, en este caso se destaca la astucia de personajes masculinos pobres que se casan con jóvenes ricas gracias a que resuelven acertijos, adivinanzas y se hacen pasar por hombres ricos.

Hay cuentos donde los personajes están casados por segunda vez. Pero en estos segundos matrimonios entran otras consideraciones, ya no se habla de ganar el matrimonio a partir de la fórmula, porque estas uniones se llevan a cabo para cumplir con otras expectativas. Tanto los personajes femeninos como los masculinos tienen otras motivaciones. Ellos esperan que su nueva esposa se hagan cargo de su casa y sus hijos, y en ocasiones que los beneficien con la dote. Y ellas no quieren asumir esa tarea, y por eso hacen todo lo posible por deshacerse de sus hijastros/as. En estas relaciones, los personajes femeninos ejercen cierta posición de autoridad, la cual no es gratuita, porque a partir de este “supuesto dominio” se les responsabiliza del maltrato hacia sus hijastros/as.

Finalmente, los personajes femeninos casaderas, ya sean jóvenes o mayores, son presas de los designios patriarcales, al ser elegibles muestran una actitud pasiva. No obstante, hay personajes femeninos que enfrentan el orden establecido utilizando sus artes y saberes. Quienes emplean: “diferentes elementos y sustancias repugnantes para elaborar sus brebajes, ejerciendo como figuras activas, capaces de influir en el destino de los seres humanos” (Fernández, 2015, p. 40). Se trata de personajes con poderes, como hadas, madrastras y brujas, como veremos en el siguiente capítulo.



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