Las diferentes manifestaciones de violencia hacia la mujer es un tema que ocupa desde hace mucho tiempo a la humanidad, aunque las palabras “género” o “estudios de género” son términos modernos. Al ser un tema tan complejo, hacer un análisis requiere una disección por demás delimitada, ya que, como se mencionó anteriormente, es un problema sistémico que no puede ser atribuido a una sola persona, sino que se encuentra en un sistema sociocultural donde todos los actores que intervienen juegan un papel importante. Por lo que “sus formas, significados, símbolos, escenificaciones, prácticas e intensidades, son preguntas abiertas para la investigación” (Martínez y Cabezas, 2022, p. 3).
Afortunadamente hemos llegado a un momento histórico, donde identificamos la violencia contra las mujeres como un problema público, lo que nos permite visualizarlo, prevenirlo e incluso realizar acciones para erradicarlo. El hecho de poder llevarlo del ámbito privado e íntimo al público es la puerta que traspasamos por medio de esta trabajo. Ahora, armadas con concepciones modernas, con conocimientos y nociones que se han construido a través de un largo camino de luchas y resistencias, podemos leer los cuentos tradicionales con otras herramientas.
Mirar la violencia desde y en la literatura ha sido un trabajo en crecimiento cada día, ya que se pueden encontrar publicaciones tanto impresas como digitales que ponen de manifiesto los elementos y acciones que reflejan y muestran las obras literarias. No hay que olvidar que la literatura responde a una necesidad esencial de imaginar, representar e imitar. Es un retrato de la realidad, como ya hemos mencionado, pero sobre todo es una oportunidad de crear una nueva y diferente, por cierto, tan necesaria.
Es por lo anterior que en este libro nos dimos a la tarea de seleccionar los cuentos tradicionales, que han estado presentes en el colectivo y que han sobrevivido durante muchos siglos viajando por nuestro planeta e instalándose en las mentalidades de niños/as y personas adultas.
Así que identificar en los cuentos esos reflejos de la realidad ha permitido encontrar patrones que se repiten, que no desaparecen, que aunque se van transformando siguen teniendo al acecho a los personajes femeninos. En algunos momentos encontramos esa violencia descarada, incluso circense, pero en otros está disfrazada en palabras y acciones que pasan casi desapercibidas. Descubrirla permite poco a poco correr el velo, nombrarla, dejar de percibirla como normal.
Los cuentos tradicionales que se seleccionaron han trascendido en el tiempo, se configuraron como clásicos, la niñez los sigue conociendo y las generaciones los transmiten, son la cuna e influencia de las obras actuales. Esa literatura vive y se aloja en el imaginario de las personas, quienes al repetirla una y otra vez, la hemos convertido en parte importante de nuestra cultura.
En la época en que surgen estas historias, aunque la infancia no fuera concebida como tal, con los atributos que le conferimos hoy día, sabemos que siempre ha habido niños y niñas, personas pequeñas que viven y participan en la colectividad, que se convertirán en adultos/as y que son receptores y posteriormente trasmisores de esa cultura, idea que ha sido ampliamente estudiada. Como lo ha destacado Durkheim (1974) cuando afirma que para que exista esa trasmisión es necesaria una generación de adultos y otra de jóvenes, en estos últimos es en quienes la literatura cumple más su cometido, pues en ellos se han enraizado los estereotipos y mensajes de los cuentos. El mecanismo, además de ser moralizador, ha sido muy efectivo, pues la infancia al apropiarse de las historias las van repitiendo y casi sin sentirlo se convierten en anhelo de su realidad que permanece hasta la adultez y se va diseminando en las nuevas generaciones.
Ha sido necesario hacer este recorrido por los siglos que enmarca el análisis de las producciones que se presentan en los capítulos del libro, para comprender cómo la literatura, en específico la llamada infantil, es un campo fértil para el trabajo que nos ocupa.
Los cuentos tradicionales indiscutiblemente reflejan de alguna manera la realidad de la época en que fueron creados, son el fruto del deseo y la seducción, en un primer momento, de las personas ricas y poderosas, pero después vueltos a recuperar por el común de la sociedad. Se trata de esa necesidad de contar la vida cotidiana y de dar explicación a los hechos, en los más casos, a partir de explicaciones mágicas.
Estos relatos están armados a partir de dualidades, bien/mal, belleza/fealdad, pobreza/riqueza, en antagonismo constante, confluyendo de manera tirante. También muestran el poder y el sometimiento, donde los personajes femeninos tienen las desventajas propias de una cultura patriarcal y dominante. Donde la fealdad es casi un delito, una maldición que acompaña a estos personajes, y hace su vida estrecha, porque no pueden aspirar a nada. Quizás por eso hay personajes malvados que tienen que hacer cosas terribles para conquistar un poco de respeto y bienestar. Además, muestran la competitividad entre los personajes femeninos, quienes hacen todo lo posible por ser las seleccionadas.
Estas historias, como producto cultural que data de la Antigüedad, reflejan ideas sobre las mujeres con absoluta falta de equidad y privación de los derechos más elementales, como señala Segura (2014): “Los cuentos hay que valorarlos como reflejo de la mentalidad dominante sobre las mujeres y como ejemplo a seguir por las niñas” (p. 222).
La literatura no es neutra, viene cargada con ideas que influencian a las/os lectores, aunque estos no lo perciban. La literatura siempre ha impactado el pensamiento colectivo, nunca las grandes obras pasan desapercibidas, algunas han llegado a revolucionar el pensamiento colectivo, impactando a las generaciones de muchas formas. Debe quedar claro que esta no es la misión de la literatura, sino recrear, divertir, trastocar, porque la literatura antes que todo es arte. Y como arte, tiene un poder transformador.
Meek (2008) menciona que “los niños separan lo que sucede en el mundo y lo que podría suceder en una historia” (2008, p. 158), asegura que no se sabe bien cómo lo hacen, pero pueden hacer esta distinción. Pueden diferenciar entre el bien y el mal, la realidad y la ficción. Pero aun así no siempre pueden hacer reflexiones objetivas sobre lo que sucede en las historias, en particular lo que viven los personajes femeninos en los cuentos tradicionales.
Y aunque siempre sabemos que se trata de ficción, no estamos ajenos a la violencia e injusticias hacia las mujeres porque lo vivimos en el día a día. Este tipo de violencia está en las casas, escuelas, calles, iglesias, mercados, en todos los espacios que los/as niños/as habitan. Incluso, para los infantes no son un secreto las muertes de mujeres por feminicidio, lo saben a partir de las noticias, quizá también por casos cercanos a su entorno, pero sobre todo, lo ven reflejado en los consejos cotidianos sobre el cuidado porque existe la posibilidad de que les pueda suceder. Tal vez gracias a obras como Barba Azul, muchas generaciones de niñas y mujeres están alertas.
No olvidemos que las personas solemos construir la realidad gracias a las historias que contamos y también escuchamos (Meek, 2008), la literatura no creó la violencia, es un producto social, no la generan los cuentos tradicionales, sino la sociedad, la humanidad con sus formas de relacionarse. Los cuentos retoman las representaciones y creencias para ordenar los temas y asuntos que presentan, si entre estos temas está la violencia hacia las mujeres, es porque la sociedad la ha construido, y esta es la que tiene que repararla, reconstruirla, no los cuentos. En pocas palabras, los cuentos no tienen que cambiar, debe cambiar la sociedad.
Las obras que analizamos, al no ser la creación de un autor en particular sino de toda la sociedad, en diferentes tiempos, refleja, como ningún otro producto cultural, las creencias, el pensamiento colectivo, los deseos y miedos, por eso muestran lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor de los vínculos humanos.
Han sobrevivido durante siglos, y seguramente lo seguirán haciendo gracias a su valor estético, a que reúnen el pensamiento colectivo, a que son testimonio cultural de innegable trascendencia, una pizca del pasado en el presente, y una posibilidad de conocer los sueños de antaño para ubicarlos en la actualidad.
En el análisis que presentamos encontramos estereotipos, acciones, sucesos e historias que encierran muchas tipologías y elementos de violencia hacia la mujer, como de belleza y bondad, sumados a la juventud eterna, que son y han sido pretensión, muchas veces alcanzable solo sobre la base de muchos sacrificios; así encontramos princesas y damas en que recaen las exigencias que por siglos ha confabulado el patriarcado. Martos (2001) destaca que las mujeres hemos aprendido a competir eternamente por alcanzar la belleza, queremos mantenernos jóvenes, incluso si esto va en contra de la salud, así que buscamos “los valores más altos para someterlos a la diosa Afrodita, hay que mantenerse (…) esbelta, bella y elegante por encima de todo (p. 78).
La belleza y la juventud son atributos altamente valorados, los encontramos presentes en casi todos los cuentos tradicionales, permanecen vivos en nuestros días, no hay más que mirar alrededor y encontraremos miles de anuncios publicitarios que nos recuerdan cuál debe ser nuestra aspiración como mujeres.
Encontramos también que la belleza se puede enaltecer o incluso se puede modelar por medio de bellos ropajes. Aun hoy nos atrapan las descripciones de los vestidos deslumbrantes o zapatillas hermosas que usan los personajes femeninos de los cuentos como premio a su belleza o a su linaje. En la actualidad, es común ver, como a manera de juego, pero también de ideal, que las niñas se disfrazan de princesas con coronas y joyas de ornamento, atuendos llenos de color y de brillo, representaciones que imitan la magia que describen los cuentos de antaño.
Ser bella es la prioridad, en la mujer se va formando desde la niñez la necesidad de ser hermosa, tarea en que el capitalismo propone una serie de posibilidades para cumplir su objetivo. Vemos cómo la industria de la moda crece y se transforma, pero nunca olvida su cometido: “inventan vestidos aptos para maduras, pero que las hacen rejuvenecer y modas que acortan distancias entre edades femeninas, cosméticos, fórmulas mágicas, cirugía plástica y mil trucos para engañarnos unos cuantos años” (Martos, 2001, pp. 86 y 87).
Vemos entonces que a las mujeres se nos ha convertido en objetos, disponibles y desechables, que se pueden comprar, manipular y deshacerse de ellos cuando no cumplan con las exigencias de ser la princesa bella y joven, por eso estamos en constante preocupación ocupando una gran parte de nuestra vida en embellecernos.
Pero cumplir con estos estándares no es tan sencillo, pues la belleza que se nos exige no solo tiene que ver con la apariencia física o la juventud eterna; a estas se les suman la ingenuidad, la docilidad, la fragilidad, incluso la espiritualidad: “características todas ellas que han sido llamadas femeninas” (Martos, 2001, p. 86). A lo anterior se le suma la fórmula: bondad + obediencia + laboriosidad. La mujer debe seguir las reglas que rigen cada uno de estos atributos, que por cierto, se han ido transformando con el tiempo, pero permanecen en el sentido de sujeción a las reglas que ha impuesto el patriarcado.
En el ser “buena” se engloban los atributos antes mencionados de ingenuidad, docilidad y fragilidad. Como vimos en los cuentos analizados, quienes no cumplen con estas demandas son severamente castigadas o reciben, por arte de magia, un castigo ejemplar. A las mujeres malas les va mal en la vida, es el mensaje permanente. O como diría Rosario Castellanos: “mujer que sabe latín…” y completa el refrán: “no tiene marido ni buen fin”.
La bondad va de la mano con la obediencia. En los cuentos vemos que es recurrente que el padre decida el destino de sus hijas y solo entregará las riendas de su mando a otro hombre que lo sustituya en esta importante misión, así que por medio del matrimonio, busca elegir la mejor opción, la que él le parezca la más conveniente. Así la mujer pasa de depender del hombre con más alta estirpe de su familia a estar bajo el mando de otro.
Otro atributo constante es la laboriosidad, lo vemos reflejado en las labores desempeñadas por las mujeres en el hogar. En los cuentos identificamos una fuerte crítica a quien no cumple adecuadamente este mandato, lavar, preparar los alimentos, limpiar los pisos, ocuparse de los platos, en fin, hacerse cargo de la casa y a su vez de los miembros de la familia es un requisito para ser considerada como buena mujer. La premio nobel 2022 Annie Ernaux, en Una mujer, obra autobiográfica de gran calidez humana, narra cómo las mujeres de su natal Yvetot, en particular su abuela, “llevaba bien la casa, es decir, con una mínima cantidad de dinero conseguía alimentar y vestir a la familia” (2020, p. 27).
Las mujeres hemos sido convencidas por siglos de que estos atributos son nuestra moneda de cambio, insumo para las transacciones de la vida cotidiana. Esto nos lleva a reflexionar sobre estos sujetos a los que se les ha conferido el poder de hacer esas transacciones, es decir, a la organización corporativa de la masculinidad, como la llama Rita Segato (2021). Si recordamos lo presentado líneas atrás, a los personajes masculinos también se les confieren atributos, pero son muy diferentes de los que retratan a la bella mujer, ellos muestran fortaleza e ingenio, pueden no ser agraciados físicamente, pero se retratan como merecedores de los reinos por su astucia, sagacidad o por el solo hecho de ser hombres importantes, como reyes o nobles.
Al igual que en la vida real, la literatura en general, y específicamente la infantil, da cuenta de esta socialización diferenciada, poniendo a los personajes femeninos en una situación de desventaja, ya que están sujetos a los estereotipos y marcas culturales. Esta socialización tradicional es el marco en que se mueven los personajes en los cuentos tradicionales, ejecutando preferentemente el papel deseado, el rol hegemónico que implica a los hombres ser activos y a las mujeres pasivas, asumiendo los designios que han interiorizado. Pero aquellos personajes femeninos que no se someten a ese rol, que transgreden el pensamiento androcéntrico buscando maneras de saltarse las reglas, burlando las leyes y costumbres, son duramente castigados.
Al vivir una doble y hasta triple opresión, de género, de estatus y de aspecto físico, responden con formas violentas para conseguir lo que desean, porque es la opción que conocen, porque siempre han vivido en condiciones de violencia sistémica.
Los personajes femeninos están moldeados con dos posibilidades: o tienen elementos negativos porque son feas, ancianas, morenas, perezosas, desagradecidas, groseras, envidiosas, una combinación de las características físicas y de personalidad consideradas indeseables en ese contexto específico. O bien con los elementos atractivos que debe tener un personaje femenino, condicionantes sine qua non para conseguir lo que culturalmente consideran deseable. En esta condición arquetípica de los personajes femeninos, persiste una relación dicotómica, y la relación bien/mal, belleza/fealdad y juventud/vejez está claramente marcada, lo que abona la generación de violencia.
El matrimonio es casi el único fin, madres, padres, madrastras, hasta las hadas ayudan a los personajes femeninos a conseguirlo y así las empujan a esta adaptación dinámica (Martos, 2001) que se produce cuando la mujer se somete a su marido, se convierte en una buena chica obediente y respetuosa, que incluso no es consciente de que ha aceptado lo que se le ha impuesto.
La violencia sistémica hacia los personajes femeninos en los cuentos tradicionales es ejercida y mandatada desde los poderes patriarcales hegemónicos, por las actitudes activas que se atreven a realizar. Es decir, son castigadas por no someterse a la voluntad y designios y tratar de engañar y violentar para conseguir lo que desean. Esto se vincula con el tema del amor, que no siempre conlleva al matrimonio, considerado para los personajes femeninos el único proyecto de vida, eje en el que se circunscriben, como meta indiscutible. En cambio, en los hombres el proyecto principal es el reconocimiento social, y en un segundo plano está el amor.
Al ser dependientes, para los personajes femeninos es fundamental ganar el matrimonio, porque de ello depende su supervivencia, estatus y seguridad; en cambio, en los personajes masculinos prevalece la independencia y autonomía. Esta socialización diferenciada da lugar a una configuración por sexo, misma que condiciona todos los aspectos de la vida diaria.
En los cuentos tradicionales la construcción de los personajes se basa en estereotipos que se representan de forma grotesca, caricaturizada, congruentes con la ficción literaria propia de la tradición oral, donde van integrándose elementos de boca en boca, exagerando y modificando elementos. Sin embargo, la esencia de la violencia hacia los personajes femeninos permanece, mostrando al mismo tiempo algo del pensamiento de la época.
Como vemos, al analizar los cuentos que nacen en la tradición oral hace muchos siglos encontramos elementos que permanecen y siguen vigentes en el tiempo, tales como el ideal de belleza, de bondad, de sensibilidad, en los que históricamente las mujeres son convocadas a cumplirlos, casi sin darse cuenta, ya que están interiorizados en los modelos que todos los días se nos presentan. Martos (2001) los describe como un corsé invisible que es altamente eficaz.
Los personajes femeninos desde que nacen tienen que librar batallas para sobrevivir en un contexto patriarcal, donde son vistos como inferiores, y en esto se parece la literatura a la vida real. Y donde la belleza y la fealdad son una marca que define su destino, condición que no todos los personajes femeninos están dispuestos a asumir sin tratar de desmontar las construcciones sociales establecidas.
Las hadas son personajes con poderes sobrehumanos, lo que les da una condición de superioridad, incluso por encima de los hombres poderosos, quienes por una parte les temen, pero también acuden a sus poderes. Mujeres que dan consejos, que ayudan, pero que también advierten, mujeres solas, escondidas a las miradas que solo aparecen en caso de que se les invite o se les invoque. ¿Será que se les atribuyen esos poderes a mujeres trasgresoras con la finalidad de no reconocerlas? Las hadas son los únicos personajes que no se someten a los poderes, y aunque estas son más poderosas, fomentan el patriarcado al ayudar a las jóvenes a casarse con reyes y príncipes.
Otros personajes recurrentes son las madrastras, a ellas se les adjudican los actos malvados que incluso cometer sus maridos, pues encontramos en los cuentos alusiones constantes de que influyen negativamente y dominan al esposo. Pueden ser hermosas, pero sus acciones e intenciones las convierten en seres horribles. No asumen el rol de mujeres cuidadoras de sus hijastros/as y todo el tiempo están buscando usurpar un lugar para sus propias hijas.
Si miramos con atención, sin afán de justificar los actos maléficos, se describe a las hijas de las madrastras como feas y groseras, además de malas y desobedientes, lo que las excluye de la oportunidad de casarse con el príncipe deseado y de tener dinero, prestigio, riquezas y comodidades. Y sobre todo de alcanzar el mandato patriarcal de conseguir que sean aceptadas por sus cualidades.
En los cuentos a las madrastras se les confieren conocimientos de hechicería, lo que las acerca al estatus de brujas. Las brujas siempre aparecen como seres malvados, estos personajes son fundamentales en la literatura. No debe extrañarnos, pues recordemos que históricamente se ha usado este término para las mujeres que salen de los estándares establecidos.
Conocemos historias donde mujeres ardieron en la hoguera por bailar y cantar, por buscar formas distintas de ser reconocidas o por mostrar conocimientos que no eran atributos femeninos. En este sentido, esas virtudes y poderes de los personajes femeninos no serían propios, sino dados por fuerzas del mal. ¿Qué mujer podría influir en los otros si no es por una fuerza superior y oscura?
Según el juicio de la Inquisición, las mujeres “denunciadas por brujas eran mujeres trasgresoras”, quienes, según Zalfaroni (2005, en Pineda, 2019, p. 17), no se resignaban a ser esposas y madres sumisas como lo requería la estructura patriarcal.
La crítica llega hasta nuestros días, mujeres que se asumen como dueñas de su futuro son fuertemente criticadas por el poder que han obtenido a fuerza de resistencia, en una sociedad donde la violencia estructural es cada vez más sutil. Podemos decir entonces que las hadas, brujas y madrastras son personajes femeninos que representan el comportamiento aceptado o rechazado y que encierran en su hacer una fuerte crítica social, si las miramos con detalle vemos que en los cuentos también se reflejan actos trasgresores en todo momento. Mujeres que resisten de diferente forma los embates del patriarcado.
También hay personajes que asumen la prisión patriarcal y parecen ser felices, disfrutan de su condición de cautiverio, pero otras se revelan a la prisión, contrarían los designios del poder, buscan su libertad e independencia, luchando con las armas que tienen en su condición dentro de la trama literaria.
Entre la transgresión y la obediencia fluctúan los personajes femeninos, si la forma genérica es la obediencia, la desobediencia va hacia la ruptura del orden patriarcal, y la búsqueda de la independencia.
Vemos las dificultades de los personajes femeninos para cumplir con los deberes genéricos, con el destino trazado, cómo haber nacido bajo cierta condición conlleva a un futuro prefijado, a una condición inamovible. Determinaciones históricas son condicionantes de vida: tener ciertas características, como ser fea o tener la piel oscura, determina el destino de los personajes femeninos.
Estos viven la violencia desde sus diferentes formas de ser mujer, porque todas, las que cuentan con los estereotipos socialmente aceptados y las que no, están sujetas al mismo sometimiento patriarcal. Finalmente son vulneradas, cosificadas, tratadas como mercancía, de primera o de segunda.
La muerte y la tortura están presentes, se narran sucesos desgarradores donde las mujeres son víctimas de golpes, mutilaciones, escrutinio social e incluso la muerte, acciones ejemplares por sus malos actos o decisiones. El asesinato de mujeres por razones de género ha sido una constante histórica, hablamos de feminicidios desde hace un par de décadas como “la forma última y extrema de un continuum de formas de violencia por razones de género a las que son sometidas las mujeres a lo largo de su vida en una sociedad patriarcal y androcéntrica” (Pineda, 2019, p. 13); sin embargo, aunque el término es nuevo, ha sido una constante a través de los años. “Lo que hoy podríamos denominar feminicidio en el pasado era visto como una necesidad para garantizar el dominio y el orden social masculino” (Pineda, 2019, p. 21).
Los cuentos tradicionales, producto colectivo de invaluable valor cultural, han sido objetivo de censura por varios motivos, entre ellos por la crueldad que muestran, y por señalar que promueven el modelo patriarcal y la violencia de género. Pero no hay que olvidar que reflejan los comportamientos de la sociedad, porque en la vida real: “las mujeres también fueron asesinadas por no satisfacer los imaginarios y expectativas del placer masculino” (Pineda, 2019, p. 17). Sin embargo, en la gran mayoría de los cuentos, hay un castigo a quien realiza estos actos. Y esta circunstancia se puede aprovechar.
Consideramos que por eso es importante poner atención a los sucesos que promueven el incremento de las expresiones de crueldad y violencia hacia las mujeres para así hacer una ruptura de los códigos tradicionales, transformar pautas de comportamiento y generar cambios sociales (Pineda, 2019).
Coincidimos con Segato (2021) cuando explica que hay algo positivo para las mujeres, nosotras “hemos identificado nuestro propio sufrimiento, y hablamos de él. Los hombres no han podido hacerlo” (p. 18). Lo que nos indica que para avanzar contra la violencia hay que reconocer nuestras vulnerabilidades.
Es importante destacar que aunque en los cuentos tradicionales encontramos muchos elementos que nos muestran aspectos en los que los personajes femeninos sufren distintos tipos de violencia, hoy día hallamos versiones nuevas, que se fueron transformando de una recopilación a otra. Hay, pues, versiones que conservan atributos y demandas patriarcales, pero también hay cuentos que trascienden y proporcionan una nueva visión de las mujeres.
Así encontramos la versión de Cenicienta de Rodari, donde ella no quiere casarse con el príncipe, o la Bella durmiente, en el cual la princesa se niega a dormir, e incluso historias donde las niñas ya no quieren ser princesas, sino brincar, bailar, pintar, escribir, recorrer el mundo, desprendiéndose de los mandatos patriarcales… Pero esa es otra historia.









