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9 Escenas de espera en amor gay[1]

Entre actos y secuencias

Maximiliano Marentes[2]

Introducción

En este capítulo analizo escenas de espera en relaciones erótico-afectivas de jóvenes gays de clase media del Área Metropolitana de Buenos Aires. Considero a las situaciones de espera como una vía de acceso privilegiada al estudio del amor, debido a que en ellas abrevan aspectos estructurales como individuales, al tiempo que permiten rastrear elementos del fenómeno amoroso que las trascienden. El trabajo a partir de la metodología de las escenas habilita la reconstrucción de los diferentes actores que protagonizan la secuencia y sirve para recuperar el carácter definitorio que adquieren otros elementos no humanos, como por ejemplo los dispositivos móviles, con sus respectivas imágenes y caracteres.

Visto lo cotidiano de las esperas, distingo analíticamente los actos de espera (AE) de las secuencias de espera (SE). Mientras los primeros pueden ser medidos por su duración en el tiempo y recordados como experiencias únicas, las segundas implican la prolongación de la espera a lo largo del tiempo, incluyendo, aunque no necesariamente, a los primeros. Rasgos de la experiencia del amor serán problematizados a partir de aquellas esperas, ya que, como sostiene Augé (2014), el amor crea nuevas percepciones del tiempo.

El capítulo se estructura en cinco apartados. En el primero se precisan cuestiones de método y de conceptos. En el segundo apartado analizo los AE. Los siguientes dos apartados están destinados a distintas SE: planificación de encuentros (el tercero) y temporalidades inciertas (el cuarto), respectivamente. En el quinto apartado problematizo el lugar de las esperas en las relaciones. Cierran el trabajo las conclusiones.

Sobre escenas y tipos de espera: precisiones metodológicas y conceptuales

En el proyecto de investigación en el que se inscribe este trabajo utilizamos la metodología de las escenas de Paiva (2006). A medida que fui avanzando en mi propio trabajo de campo sobre amor en varones gays, incorporé un apartado sobre esperas basándome en la guía de preguntas que se utilizó de manera colectiva en el proyecto. Esto me enfrentó con el problema de que las preguntas a modo de escena servían en mayor medida cuando la espera consistía en un acto puntual. De inscribirse en una espera de mayor duración, lograr que me contaran la escena se volvía un absurdo por la multiplicidad de escenas que hacían a esa espera. En algunos casos la escena se correspondía con el acto final de la espera, en el momento del desenlace. Otras veces persistía el problema metodológico. Para subsanarlo, comencé a pedir que me relataran esa escena como si tuvieran que contársela a un director de cine para que hiciera un cortometraje o una película. Esto derivó en lo que llamo la escena fílmica, en la que los entrevistados se objetivaron y se vieron desde afuera. Esas escenas están connotadas tanto por lo sucedido en ese momento como por la relación en la que se inscriben.

Una vez cerrada la primera fase del trabajo de campo, comencé a analizar las entrevistas ya transcriptas. En total realicé una ocho entrevistas a varones de entre 18 y 33 años, todos con al menos secundario completo. Muchos nacieron en diferentes lugares del país y todos viven en la Ciudad de Buenos Aires, con excepción de dos (en la zona Oeste del Gran Buenos Aires). Algunos se autoperciben como gays, otros como homosexuales, y alguno que otro como puto. Todos provienen de un estrato medio, con pretensiones y posibilidades objetivas de ascenso social en sus propias trayectorias vitales. En el análisis de las entrevistas reconstruí las situaciones de espera a manera de narrativas, a partir de los relatos más o menos fragmentarios de los entrevistados. Obtuve unas diecinueve historias de espera, ya que algunos me contaron más de una y las veces que hicieron esperar. Finalmente, sumé al corpus una historia personal. Por cuestiones de exposición y para agilizar la lectura, opté por incluir dieciocho de las veinte historias con la menor cantidad de citas textuales. Cuando las uso, las destaco en cursiva, al igual que expresiones coloquiales utilizadas por los entrevistados. Cada una de estas historias introduce componentes de los vínculos amorosos entre los sujetos, que sirven tanto para problematizar las esperas como las relaciones erótico-afectivas.

Durante el análisis de las historias me di cuenta de que las esperas podían pensarse, según qué se esperaba y su duración en el tiempo, como actos o secuencias. Allí fue cuando comencé a problematizar la noción de proceso de espera, tal como la entiende Auyero (2011). En su trabajo sobre pacientes de Estado que esperan para cobrar un programa social, Auyero reconoce que los actores van a las dependencias oficiales un día y posiblemente tengan que volver al día siguiente. La misma historia se repite al mes siguiente y también al próximo. Las esperas, según este autor, son procesos marcados por eventos particulares o actos de espera. La categoría de proceso de espera, tal como la entiende Auyero, me hacía ruido con las historias que me contaban mis entrevistados. Si bien pude reconocer eventos particulares que tenían un principio y una duración, que llamo acto de espera (AE), la noción de proceso me llevó a pensar en el carácter reiterado y cíclico de lo que se espera. En otras palabras, una persona que va al Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad de Buenos Aires por el pago de un programa social y tiene que esperar tres horas para, en el mejor de los casos, cobrarlo; debe volver al mes siguiente debido al carácter “permanente” de ese programa. Ahora, si alguien espera que su novio le cuente a la familia que es gay, una vez que lo contó, esa espera terminó. Marcados por la duración y su carácter único (ni reiterativo ni cíclico), considero estos casos como secuencias de espera (SE). Situaciones de espera sirve de genérico y comprende tanto AE como SE.

Actos de Espera: encuentros, desencuentros y mensajes

Los AE son aquellos eventos en los que estamos esperando algo puntual: que alguien llegue a una cita, que nos atiendan en un hospital, que me respondan un mensaje de texto. Los AE tienen dos características fundamentales. La primera, la precisión de su duración: se extienden en un plazo de tiempo definido, por lo que puede ser medible en minutos o en horas. La segunda característica se refiere a la centralidad de la espera en el lapso que se extiende. Para los actores involucrados, la espera define su situación. Estos actos resultan tan cotidianos en el discurso amoroso que Barthes (2009) les dedicó una figura.

En las esperas erótico-afectivas en varones gays, los AE suelen estar ligados a encuentros entre los entrevistados y sus partenaires. Partenaire es una noción extendida en el mundo de la danza clásica, utilizada en otras danzas y otras artes performativas, y refiere al compañero de otro en una actuación. Opto por este término, por un lado, debido al carácter escénico de los AE. Por el otro, porque permite reunir una gran cantidad de categorías de vínculos como novio, pareja, chico con el que me veo, contacto para conocernos, entre varias más.

Elías, por ejemplo, estaba con unos siete u ocho amigos en la casa de uno de ellos esperando que Lean, un chico con el que se venía viendo, le mandara un mensaje avisándole que ya se había desocupado de la cena que compartía con sus amigos. Elías esperó un rato hasta que finalmente le llegó el mensaje de Lean que estaba liberado y se irían a dormir juntos a la casa de él. Este AE, con un desenlace favorable, alegró a Elías, quien se sintió elegido por la persona que le gustaba. Lean cumplió con una de las premisas del amor erótico: la reciprocidad de expectativas (Giddens, 2004). Elías, en sus 25 años cuando lo entrevisté, es un joven profesional que estaba terminando su licenciatura en marketing y trabajaba en Cancillería. Enseguida me dijo, con la rapidez que lo caracteriza al hablar, que no le gustaba esperar, que era muy ansioso y que prefería resolver antes de esperar. Harvey (1998) sostiene que analizar contextualmente el tiempo implica reconocer las cualidades objetivas en prácticas humanas específicas. En términos nativos, Elías me decía algo similar al citado geógrafo. A saber, que la espera dependía del contexto. Si estaba en lo de su amigo en una previa up, ni se acordaba que estaba esperando. Ahora, de ser la previa medio bajativa, él estaría pendiente de su celular: tocaría el teléfono cada dos segundos, miraría el WhatsApp –servicio de mensajería multiplataforma–, se conectaría a WiFi, lo desconectaría porque tal vez no fuera el WiFi.

A Elías no le gustaba esperar, y eso fue parte de su aprendizaje amoroso luego de una secuencia vivida con Pablo, como veremos más adelante. Y Elías ejemplifica su reticencia esperar en una espera que no fue. Flaco, un pibe con el que se estaba viendo, le pidió un tiempo porque no sabía qué le pasaba. Flaco quería que ambos devinieran esperantes de su confusión. Elías, sin embargo, rechazó la iniciativa de su partenaire y le dijo que él no esperaría que Flaco supiera qué le pasaba: se negó a ser esperante. El diccionario proporciona el término «esperador», que es definido como quien espera. Sabiendo que esperar, en las acepciones que interesan a este trabajo, es un verbo que implica una relación, se puede suponer que el esperador espera algo o a alguien. En el proyecto de investigación hemos discutido si quien hace esperar ejerce poder sobre quien espera, pero ese que espera a la vez tiene el poder de abandonarla y terminar con la situación de espera, como el mandarín que menciona Barthes (2009: 140), quien debía esperar cien noches a una doncella para corresponderla, y en la nonagesimonovena noche se fue. Los sujetos involucrados en las situaciones de espera no son esperadores o esperados, sino esperantes. El sufijo «–ante» sirve para referir a una acción permanente y connotar activamente al sujeto que la ejecuta. Así, serán esperantes de una situación de espera quienes contribuyen a mantenerla en el tiempo, tanto esperando como haciendo esperar. Y en el momento que esta espera se interrumpe, los agentes abandonan esta posición privilegiada

Manu, profesor de danzas folklóricas y encargado de un café en Recoleta, a sus 33 años era tajante: Hoy en día el que espera por sexo es porque quiere, aludiendo implícitamente a la cantidad de sitios y aplicaciones para encuentros sexuales que se relaciona con la oferta de candidatos, aquello que Illouz encuadra en la arquitectura de la elección (2012). En su vida cotidiana, Manu es muy de hacer esperar a la gente. Tal vez recibe un mensaje estando ocupado, lo mira y después se olvida de contestar. Pero a veces, ese olvido es adrede. Ese día de la entrevista un contacto que había sacado de Grindr –aplicación para encuentros sexuales entre varones– le escribió ofreciéndole unos masajes. Manu no le contestó y no tenía intenciones de conocerlo, por la cantidad de veces que le había escrito le parecía un pesado. Manu apeló, con este contacto, lo que llamo la propedéutica de la espera. Es decir, mantener al masajista esperando para que solito se diera cuenta de que a Manu no le interesaba encontrarse con él. La espera es usada por Manu, como por otros entrevistados, como una herramienta de aprendizaje: decir sin decir, para que el partenaire entienda que el interés no es recíproco.

Como las esperas nos afectan a todos decidí incorporar como ejemplo de AE una situación en la que esperé durante cincuenta minutos que Joaquín, el chico con el que estuve saliendo por casi tres meses, saliera del taller literario. En una suerte de autoejercicio de la metodología de las escenas, intenté verme desde afuera. Habíamos acordado que entre 21.30 y 22.00 horas nos encontraríamos en la esquina de la casa de su profesora del taller. Como había llegado más temprano, aproveché ese tiempo para hablar por teléfono con mi mamá y luego con un amigo mientras daba unas vueltas a la manzana, cosa que acostumbro hacer para no esperar quieto, gritándome a mí mismo las palabras de Goethe “[N]o puedo permanecer aquí más tiempo. ¿Qué hago? El tiempo se me vuelve lento” (2014: 109). A las 21.35, ya en mi base de espera –la esquina de un quiosco–, le mandé un mensaje de texto a mi partenaire para que supiera que estaba allí. Compré unos caramelos de menta y respondí unos mails desde mi celular. Leí unas noticias. A eso de las 21.50 me llamó Joaquín desde el fijo de su profesora porque tenía mala señal en ese lugar, para decirme que en un ratito salía. Me crucé de esquina. Miré una vidriera de una florería y la comparé con la del negocio de mi mamá en una pequeña ciudad en la provincia de Santa Fe. Después me crucé a la esquina de una quiniela e improvisé un interés por los números que habían salido, intentando entender la lógica de “cabeza y los primeros diez”. Abandoné la empresa y empecé a caminar de un lado a otro, como si mi movimiento me sacara del estado de espera. Ya eran 22.20 cuando Joaquín llegó. Con su aparición en escena, se fue toda la ansiedad e impaciencia que tenía. Después de eso nos fuimos a cenar a un bodegón que había descubierto en mi vuelta a la manzana, invitándome él como compensación por los cincuenta minutos de espera. El pago de la cena acompañado de unas cuantas disculpas fue la forma que Joaquín encontró para restablecer la reciprocidad puesta en suspenso en ese AE

Los AE, marcados por lo incierto, son potenciales espacios signados por el carácter contingente, tan frecuente en el amor. Badiou (2012) sostiene que el elemento azaroso de los encuentros amorosos es reconstruido ex post facto como necesario, como si uno hubiera estado predestinado a ese encuentro. Esto le sucedió a Rodri, un licenciado en relaciones públicas y telemarketer de seguros de un banco de 28 años, con quien llegamos a este acto por su desenlace. Él había conocido a un Álvaro a la salida de la Plop, una conocida fiesta gay de Buenos Aires, con quien no prosperó la relación debido a que un amigo de Rodri también estaba interesado en él. Y como un clavo saca otro clavo, un Álvaro empujó al otro y Rodri se re enganchó con Álvaro C. La Plop era un punto de encuentro entre ambos, ya que por sus compromisos no podían verse en la semana. Era un frío viernes de invierno, de los que desanima a salir, pero las ganas de encontrarse con Álvaro C eran tales que Rodri venció el calor de su hogar para ir a bailar. Quedaron en encontrarse directamente en Plop, adonde Álvaro C iría directo desde el cumpleaños de su amigo. Como el encuentro se había convertido en una certeza, Rodri no estaba pendiente de su celular por si llegaba un mensaje de Álvaro C, sino que prefería concentrarse en divertirse. Daba por hecho de que llegaría en algún momento y No necesitaba estar preguntándole todo en todo momento. La ansiedad y Rodri hacían una muy buena pareja de baile. Rodri ansioso esperaba que Álvaro C se materializara ahí para robarle el lugar de pareja de baile a ansiedad. La ansiedad fue desplazada, pero por el enojo y el odio que se desencadenó cuando Rodri recibió el para nada esperado mensaje de Álvaro C: No voy a poder ir hoy. No sé a qué hora termina el cumple. Estas sensaciones formaban lo que Ariza (2014) llama cadena, en la que las emociones van mutando. Rodri detuvo su baile y le respondió a Álvaro C con solo dos letras: OK. La breve locución inglesa decía todo, a pesar de su extensión. Significaba que la relación había terminado en ese preciso momento. El carácter “azaroso” de la vida hizo que Álvaro se acercara a Rodri a comerle la boca de un beso, y ahí empezara la relación entre ellos, que derivó en un noviazgo. Recuperando a Badiou (2012), lo contingente devino en necesario: de no haber sido por ir a encontrarse con un Álvaro C que nunca apareció, Rodri no se habría (re)encontrado con el Álvaro que después fue su novio.

Otra relación que estuvo signada desde un principio por un AE es la de Francisco y Lucas. Francisco tenía unos 27 años cuando lo entrevisté, trabajaba como asesor de seguros en un banco nacional y había estudiado organización de eventos. Era del interior de la provincia de Buenos Aires, igual que Lucas, un joven dos años más chico que él. Ellos más o menos en febrero de 2014 se conocieron por Facebook por algún amigo en común y empezaron a charlar, cada vez con más frecuencia. Decidieron dar el siguiente paso y verse en persona, por lo que pactaron encontrarse en casa de Francisco, un monoambiente en Colegiales. A Francisco siempre le gustó que sus citas fueran de noche, así cuando llegaba de su trabajo tenía tiempo de ducharse, arreglarse y acomodar la casa. Siempre trato de que sea todo perfecto, decía mientras, de la mesa, barría con la mano las migas de una masita. El problema ese día de marzo fue que Lucas llegó unos cinco minutos antes de la hora pactada y, a su vez, Francisco no había terminado de prepararse. Bancame un toque abajo, no te vayas. En un toque estoy, le dijo Francisco por el portero a Lucas, mientras revisaba que la cena estuviese bien encaminada. Mientras revolvía la olla se daba cuenta de qué tenía que ponerse tal jean que combinaba mejor con la chomba. Ya con los zapatos acordes, terminaba de acomodar todo. Cuando estaba por bajar recordó un detalle fundamental: echarle perfume a las sábanas. Terminó de corroborar su look en el espejo del ascensor. Eran las 20:45 y Francisco ya estaba en planta baja. Se percató, desde adentro del edificio, que Lucas había ido vestido re lindo. Perdoname que te hice esperar, es que no encontraba las llaves, mintió Francisco para excusarse. La primera vez que se vieron en persona estos futuros novios estuvieron inmersos en un AE de veinte minutos que Lucas, livianamente, siempre reprocha.

La espera marcó la relación entre ambos y fue Francisco el que me inspiró para pensar en la distinción entre actos y secuencias. Francisco, cuando le pregunté si recordaba alguna vez puntual que hubiera esperado, me dijo que no, que al ser tan ansioso no sabe esperar. Pero llegamos a AE cuando él me contó que por sentir celos excesivos de Lucas había comenzado terapia. El click se dio un fin de semana largo, apenas habían empezado a estar de novios, en que Lucas se fue con tres amigos gays a Mar del Plata. Francisco había arreglado un viaje con su mamá y su papá, para ellos tres solos, a Claromecó. Alquilaron una casa ahí, por los tres días que estarían. Francisco tuvo dos viajes en el mismo viaje. Uno en el que la pasó excelente en compañía de sus padres. El segundo viaje fue uno que se comió y que no le permitía llegar a disfrutar del todo el momento con sus padres por suponer cosas. Lucas estaba con amigos solteros, que habían ido en plan de estar de joda y hacer la suya. Irían a previas en las que seguramente iban a conocer gente. Era como torturarme con cosas que no estaban pasando, me contaba Francisco. Y eso no lo dejaba disfrutar a él. La imaginación de Francisco no encontraba respiro y lo enceguecía. Su cabeza flasheaba con cosas que no era reales. El disfrute con sus padres estaba cada vez más opacado por el viaje que se comía. Francisco, coherente con su desesperación, agarraba el celular en busca de respuestas. Le mandaba mensajes. Lo llamaba. ¡Uy que Lucas tardara en responderle! Francisco se volvía loco. Sentía como un fuego incontrolable. Los mensajes no eran un par. Cinco. Seis. Dónde estás? Respondeme. Hasta siete mensajes. Qué estás haciendo que no me respondés? Después las llamadas. Cinco, seis llamadas perdidas. Pero la llamada no alcanzaba. El mensaje de WhatsApp no bastaba. Francisco entraba a Facebook para ver la hora de la última conexión de Lucas. Cuando finalmente llegaba la respuesta, positiva, porque siempre era positiva la respuesta, la culpa invadía a Francisco. Era una tortura. Más que esperando, Francisco estaba desesperado (Marentes, Palumbo, y Boy, en prensa). Él sufría, como explica Barthes (2009: 67) en la figura de los celos, cuatro veces: por estar celoso, por reprocharse al estarlo, por el temor de herir a su novio y por dejarse someter a una nadería. El viaje que se comió Francisco se compuso de microactos de espera, cada vez que él imaginaba cosas y Lucas no contestaba.

A partir de los AE emergen componentes de las relaciones erótico-afectivas entre varones gays. La mayoría de estos AE refieren a encuentros previamente pactados o a mensajes referidos a encuentros. Los AE suelen experimentarse a partir de la ansiedad, del querer que se resuelva pronto esa espera que nos mantiene en vilo: que llegue el mensaje, la persona o lo que fuera y que nos saque de ese tiempo muerto. La ansiedad se relaciona con el lugar central que adquiere la espera en esa situación, que es vivida como un paréntesis. Debido a la economía de la inmediatez, parece que las esperas no hacen sino volver más ansiosos a los sujetos. Volviendo a los encuentros, ¿qué pasa con las esperas en su planificación? En el siguiente apartado abordo esta pregunta.

Secuencias de Espera (I): arreglar un encuentro

Entiendo a las SE como aquellas esperas que se extienden en el tiempo y en el que la duración suele ser más imprecisa. Debido a su prolongación, aquello que se espera si bien es central y muy importante, no tiene el protagonismo ni el carácter definitorio que tiene la espera en los actos. Es decir, que en las SE la espera es un elemento más de la relación en la que se inscriben. Como dije antes, quien me inspiró en esta distinción fue Francisco, cuando me contaba que había esperado durante casi once meses que su novio, Lucas, contara a sus padres que era gay[3]. Era un tema de discusión entre ellos, ya que Francisco se sentía integrado a la vida de Lucas, pero a medias. A él le molestaba estar en la mesa junto a la familia de Lucas y no poder ser él mismo, cuidándose de que no se le escapara un gordo o amor, apelativos comunes en su comunicación cotidiana. Francisco ya no quería ser más el “amigo” del novio. El novio no es de las personas que no se acepta, porque yo me acepto perfectamente bien, entonces no quiero una persona al lado que no me acepte me explicaba, en el que la aceptación de la homosexualidad teñía su vínculo. Él sentía que no ocupaba el mismo lugar en la vida de Lucas y esto cuestionaba la singularidad del sentimiento amoroso. Francisco incluso llegó a poner un deadline: quería celebrar su primer aniversario, con Lucas fuera del closet. Si bien era fundamental la espera en la relación entre ellos, no es algo que estuviera presente todo el tiempo, pero que sí acompañó los primeros once meses de su noviazgo. Las secuencias pueden ser expresadas en un pretérito imperfecto debido a lo indeterminado de su duración. Una acción en el pretérito perfecto simple sirvió para terminar la espera en la que se encontraban: una tía de Lucas, que vive en Estados Unidos, vino a visitar a su familia. La visita incluyó una cena en una parrilla en Las Cañitas y ella apenas los vio sacó la ficha. Después de cenar, los encaró a ellos dos solitos en una esquina y le dijo a su sobrino La verdad que me encanta. Y Lucas dale fuerza para adelante. No pienses en el pasado, hablá con tus papás. La tía, que resultó ser un actante, comenzó a comentar a los padres de Lucas Che, me parece que Lucas es gay. Aquello que Francisco esperaba llegó a su fin, y los padres de Lucas aceptaron el noviazgo de su hijo.

La noción de actante tiene su origen en la lingüística funcionalista y es recuperada por la sociología pragmática francesa. Al quitar preminencia al actor, el actante se inscribe en una trama narrativa (Nardacchione, 2011), como las situaciones de espera. Pensar en actantes sirve para recuperar las diferentes entidades, y no sólo aquellas humanas, que actúan en las situaciones de espera. Por ejemplo, el mensaje de confirmación de un encuentro o de cancelación de éste no es entendido en sus tramas como un mero artefacto más, sino que define la situación de espera de uno u otro modo, produciendo efectos emocionales en los esperantes. Considero que es necesario no generalizar sobre el papel de las tecnologías en las situaciones de espera, ya que en cada situación se inscriben en la trama narrativa de una manera en particular, por las especificidades tanto de las tecnologías como de la relación en la que se encuentra. El mensaje confirmatorio de Lean que recibió Elías se inscribió en ese AE de una manera puntual, mientras que el que recibió Rodri de Álvaro C, de cancelación del encuentro, corresponde solamente a ese AE. Pensar las tecnologías como actantes de la espera –o incorporarlas a ella como entidades no humanas– abre el camino para devolverles el protagonismo que tienen en las situaciones de espera y no pensarlas como un mero canal de comunicación. La tía de Lucas, que le contó a la familia que Francisco era su novio, fue un actante que ninguno de los dos esperantes había contemplado y que ayudó a resolver, para recuperar la terminología de la sociología pragmática, esa controversia.

En muchas secuencias se espera un encuentro y la SE refiere a su planificación. Como en el caso de Facu, un joven de 19 años estudiante de Ciencia Política que trabajaba en un local de una marca de ropa internacional, que había conocido a Mauro por Tinder –aplicación para conocer personas de ambos sexos. Enseguida pasaron al WhatsApp, en el que charlaron unas tres semanas hasta que se encontraron en persona. La logística del encuentro estaba marcada porque Mauro tenía una relación abierta con otro chico. Coincidieron finalmente en verse la noche antes de las elecciones primarias nacionales de agosto de 2015, ya que el novio de Mauro viajaría a su ciudad natal a votar. Esas tres semanas entre que se matchearon en sus perfiles de Tinder hasta que se encontraron ese sábado por la noche, la indeterminación se hacía presente. Hasta último momento no estuvieron seguros de poder verse dado que el programa municipal que llevaría al novio de Mauro a votar a su pueblo parecía que no tenía los fondos suficientes. Ya cuando el encuentro devino una certeza, Facu agarró un vino y unos alfajores santafesinos y con un buen perfume encima se tomó el colectivo 146 que lo dejaría cerca de la casa de Mauro. Más que nervioso, Facu estaba ansioso por encontrarse con Mauro porque sabía que eran súper compatibles por sus intereses compartidos y hasta conocían sus voces por haberse mandado mensajes de audio por WhatsApp. Facu subió al departamento de Mauro, escenario de este encuentro, donde sonaba una lista de música muy tranquila que armonizaba el ambiente: el jazz era acorde con la situación y hacía todo más interesante. Los sonidos combinaban con las luces flasheras que Mauro había comprado y que podían cambiar de color. Cada uno de esos detalles no hacía sino armar un ambiente muy cálido. El encuentro se enmarcó en una muy buena conexión que incluyó un muy buen sexo. A tal punto fue tan bueno todo, que un reencuentro fue descartado de inmediato: Facu podría hacer peligrar la relación de Mauro con su novio, quienes se permitían tener sexo con otras personas pero no involucrarse afectivamente con ellas. Era una pareja libre, tal como la entiende Illouz, con una distinción entre las relaciones periféricas y el compromiso central (2009: 165). De continuar viéndose con Facu, Mauro haría peligrar su noviazgo, ya que esa distinción se desdibujaría.

Pero los encuentros de las secuencias no son siempre los primeros encuentros, sino que también incluyen reencuentros. El performer de 28 años, Diego, recordaba una SE en la que estuvo bicicleteando unos diez días a Daniel, un actor con el que había tenido una historia y que dejó de gustarle luego de algunas decepciones por la personalidad de él. Daniel se comunicó con Diego y le dijo de encontrarse: ¡Qué bueno! Se dio cuenta pensó para sí el performer. Pero la espera se resolvió para otro lado: Daniel le dijo que había tenido un resultado positivo de VIH. Diego puso fin a la relación, explicándole que el VIH no era un actante en esa secuencia, aunque tampoco ayudaba, sino que él no se sentía interesado en Daniel, con quien siguieron siendo amigos. Al regresar a su casa, Diego llamó a su terapeuta porque se sentía culpable: había dejado al chico que tenía VIH.

Bautista, un historiador de 28 años que trabaja en una editorial de textos escolares, me inspiró para comenzar a apodar a los partenaires de mis entrevistados. Debido a su mala memoria para los nombres, recurre a apodos que resumen y hablan mucho de las personas. Una SE de Bautista implicó una transubstanciación de un sociólogo que había conocido en una proyección de una serie en Casa Brandon, un centro cultural especializado en diversidad sexual. Se gustaron y se pasaron Skype, medio por el que hablaron durante casi dos meses. La charla entre ellos fluía muy, muy bien, por lo que a Bautista lo entusiasmaba hablar con él. Y cada vez que lo veía conectado, luego de una especie de deshoje de margarita virtual, en el que los pétalos significaban Le hablo y No le hablo, Bautista comenzaba a conversar con él. La escena fílmica tiene lugar un atardecer de otoño, alrededor de las seis. Bautista, frente a la computadora, está en una habitación muy luminosa. A medida que la tarde se iba, todo gradualmente se ponía a oscuras y la única luz que permanecía encendida venía del monitor. Bautista estaba trabajando. Cuando se conecta el sociólogo, se hace un zoom y la lente se enfoca en el nombre del usuario conectado. La cara de Bautista cambia: su sonrisa ilumina su rostro. Enciende la lámpara de su escritorio. La emoción se apodera de sus dedos, que tipean rápidamente, y una cascada de ventanas de chat casi que brota del monitor. Fuera del film, y a riesgo de parecer pesado, Bautista seguía hablándole al sociólogo, con quien mantenían una buena charla, pero que no proponía un encuentro. El historiador tomó la iniciativa y lo invitó a salir. La cancelación de dos encuentros lo convirtió en el sociólogo ocupado. La tercera no fue la vencida, y el Tengo que ir a buscar a mi mamá al aeropuerto lo transformó en el sociólogo imposible. Esta cancelación liberó a Bautista de la SE y lo sacó de su incertidumbre.

Los estados de ánimo de los esperantes fueron una parte sustantiva que mis preguntas en las entrevista intentaban reconstruir. Preguntaba por los sentimientos y emociones que acompañaban esas situaciones de espera. Si bien la ansiedad está presente en las secuencias, sobre todo en los momentos definitorios como los desenlaces, la incertidumbre acompaña en mayor medida a las SE. Debido a su prolongación en el tiempo, lo incierto de las secuencias implica una especie de indeterminación, en la que los esperantes continúan con su cotidianeidad mientras que la espera puede resolverse de un modo o de otro.

Bautista después jugó el juego del sociólogo imposible con otro partenaire, el Oso inspector de tránsito, con quien se conocieron en una sesión de sexo virtual de la que participaron tres varones. A Bautista no le gusta hacer esperar a la gente, por lo que enseguida lanza un No me interesas para no generar falsas esperanzas. Ahora, Oso tampoco le había sido explícito en los intereses para con él. Luego de haber chateado un tiempo, compartieron una cena y Oso no paró de hablar de lo aburrido y rutinario de su trabajo. Bautista intentó llevar la conversación hacia otros lados, pero el inspector se las arreglaba por reencauzar la charla. Al despedirse, Oso intentó besar a Bautista, quien esquivó el beso y le dio un abrazo. Comenzó ahí, para Oso, una SE de dos semanas en las que escribía mucho, mucho a Bautista. La escena fílmica de Bautista y Oso se compone con una pantalla dividida, en la que ambos están frente a sus monitores. A la izquierda, Bautista contesta ocasionalmente. Luego juega con su gata. Desaparece de la pantalla, vuelve con un sándwich. Acomoda ropa. Se vuelve a sentar. A la derecha, Oso permaneció todo ese tiempo sentando frente al monitor viendo si pasaba algo. El desenlace final fue cuando Oso, en un último intento, le dijo de volver a verse. Bautista se excusó diciendo que no, ya que estaría muy ocupado, no precisando con qué. Oso se dio cuenta y dejó de insistir. Si la imposibilidad del sociólogo resultó liberadora, lo monotemático de Oso agotó a Bautista, dejándolo con un poco de culpa. A Bautista le pasó algo similar que a Diego cuando dejó al chico que le acababa de contar el resultado positivo de VIH. La culpa, al menos en esas dos secuencias, se relaciona con el aprecio que tenían con partenaires, quienes les caían bien y no eran, utilizando una categoría de Rodri, alguien completamente volátil.

¿Por qué Bautista no le dijo a Oso, desde un principio, que no le interesaba? Para preservarse. Si bien se habían visto en plan de cita, Oso nunca explicitó que le gustara Bautista para algo más que una amistad. Él temía exponerse y que el inspector de tránsito le dijera Nada que ver, flasheaste cualquiera. Vía de acceso privilegiada al estudio del amor, las esperas dejan ver rasgos de los vínculos eróticos: la incertidumbre. De allí que sea cada vez más necesario un trabajo de reflexividad de sí mayor (Illouz, 2012), en el que la individualidad es constantemente revisada y, al mismo tiempo, amenazada.

Las SE implican, en el caso de los encuentros, una planificación y logística mayor, que mantiene en vilo la posibilidad de que ese encuentro se cancele. En ellas interfieren diferentes actantes, que tuercen las esperas para un lado o para el otro. Muchos de estos encuentros, al igual que la salida del closet de Lucas, movilizan de algún modo el deseo, que motorizan la esperanza. El apartado siguiente analiza en esa clave las SE.

Secuencias de Espera (II): la esperanza entre que pase algo y tiempos pedidos

En este apartado problematizo la espera en términos de esperanza, como cuando Bautista y Facu tuvieron secuencias en las que esperaban que algo más pasara. En ambas, la espera en términos temporales se mezclaba con la espera de tener esperanza. De las seis acepciones del verbo «esperar» en el diccionario online de la Real Academia Española (RAE), retomo las primeras cuatro: i) «Tener esperanza de conseguir lo que se desea», ii) «Creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable», iii) «Permanecer en sitio adonde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo» y iv) «No comenzar a actuar hasta que suceda algo». En esas secuencias, las dos primeras acepciones de «esperar», en el sentido de esperanza, claramente se mezclaban con las otras dos acepciones. No obstante, en todas las situaciones de espera se mixturan en mayor o menor medida la permanencia en un lugar con la añoranza porque algo ocurra. Si bien en un principio esto me pareció problemático, creo que la polisemia de esperar en español, a diferencia de otros idiomas como inglés e italiano donde se utilizan verbos diferentes, le aporta mayores condimentos a las esperas, al menos en el plano amoroso, como en el caso de Bautista.

El historiador conoció a Milton en OkCupid, una página de citas. Los algoritmos le daban una compatibilidad del 99%, y fue muy así. Chatearon y enseguida empezaron a verse en persona. El Milton de OkCupid se decía bisexual, pero el Milton de carne y hueso nunca había estado con un chico. Bautista vivió unos meses de incertidumbre entre uno y otro Milton. Siguieron un buen tiempo como amigos y charlaban mucho. Se veían casi todos los días y a veces uno se quedaba en casa del otro. Bautista se arriesgaba por saber si podría pasar algo. El No sé de Milton no lo dejaba muy tranquilo. Una noche se encontraban en la parada del colectivo que acercaba a Bautista a su casa. Milton lo abrazó y se quedó callado. Para eternizar el abrazo, Bautista dejó pasar varias veces su bondi. Como se había hecho muy tarde, se quedó a dormir en lo de su amigo. Esa noche tuvieron sexo, estando muy nerviosos. Bautista porque estaba totalmente enamorado de Milton y no había creído posible que tuvieran sexo. Milton, por ser la primera vez que tenía sexo con un chico. El encuentro sexual cambió el código entre ambos y su relación de amistad se vio teñida de un noviazgo sin sexo. No está funcionando. A vos te gustan las chicas. Admitámoslo fueron las palabras de Bautista para darle fin a la secuencia marcada por la esperanza y continuar la amistad con Milton.

Novios y amigos no son formas diferentes de las relaciones, sino topos de una constelación en la que amigarche, amigos con derechos, amigovios y un sinfín de categorías sintetizan los vínculos. Las esperas involucran diferente tipos de relaciones entre los partenaires. Más que como un continuum o como una gradación de las relaciones, pienso estos vínculos como una suerte de topos o lugares, tal como los entiende Barthes (2009), en los que uno se va parando para definir la relación. En sus relaciones eróticas, los varones pasan de un topo al otro, y en ese pasaje los individuos se van reposicionando para establecer cuáles son las expectativas acorde con ese vínculo. Se podría argumentar que el amor romántico suele estar más presente en novios que en amigarches, entre los que convendría hablar de amor confluente (Giddens, 2004). La propuesta del sociólogo inglés sirve más a fines heurísticos que descriptivos de la realidad, visto que ambos modelos no son sino tipos ideales. Considero, en cambio, que el amor romántico va tiñendo los vínculos eróticos entre los sujetos, por lo que se reactivan rasgos de este complejo discurso en cada uno de estos lugares o topos. En el mundo homosexual, las fronteras entre uno y otro topo relacional son más porosas debido a la hipersexualización. Giddens (2004) e Illouz (2012) sugieren que la sexualidad masculina está más asociada a la proliferación de encuentros, más que al carácter emotivo de éstos. Socializados bajo este imperativo cultural, es de esperar que los varones gays practiquen una sexualidad signada por la multiplicidad de encuentros. El contacto erótico entre varones es una vía de entrada para establecer diferentes vínculos. De allí que varios estudios sobre boliches gays (Sívori, 2004), salones de chats (Boy, 2008) y páginas de encuentros (Leal Guerrero, 2011) terminen reflejando la sociabilidad de estos espacios, en los que el interés erótico es un componente más de las relaciones, y tal vez su motivo de ingreso.

Gastón es el nombre del Milton de Facu, con la diferencia de que Gastón era gay, pero tenía novio. Ellos trabaron una amistad durante varios meses, en la que las ganas de Facu de ser amigos se mezclaban con las ganas que le tenía a Gastón, a quien había conocido en el colectivo 146 volviendo de una fiesta. Gastón encontró un compañero de salidas y aventuras en Facu, un muy buen amigo que estaba más disponible para él que su novio, con el que discutía por los amigos de éste. Obstinado y perseverante es como se autopercibe Facu, quien sabiendo que la amistad estaría desprovista de besos, se aferró a una ambigüedad que signó el momento en conoció a Gastón. Porque si realmente te interesaba conocer gente para salir, amigos, le decís desde el primer momento que tenés novio, y no al día siguiente cuando se encontraron en una plaza, me decía Facu al dar cuenta que Gastón no tenía una relación abierta, pero tampoco jugaba muy bien el juego de la monogamia, norma que se presupone en las relaciones de pareja. Finalmente se dio: tuvieron intimidad en un telo, una vez que habían ido a ver una banda y se había hecho muy tarde. Facu dejó de ser el amigo de Gastón para ser el tercero en la relación de éste con su novio. Cuando ellos se pelearon, Facu empezó a salir con Gastón e incluso grabaron en un árbol en Tigre un Gastón y Facundo. La felicidad invadía a Facu y lo hacía sentirse extasiado. Al fin había llegado lo que durante tanto tiempo, viajes y salidas, había estado esperando. Hasta que Gastón, después de un mes y medio, volvió con su novio. Las historias de Bautista y de Facu exaltan un elemento central en el complejo del amor romántico: la espera que a la larga dará su fruto y por la cual los sujetos tendrán intimidad. Este rasgo está bastante relacionado con el carácter heroico del amor romántico y es muy frecuente en las pautas de seducción de la literatura romántica (Illouz, 2012).

Otras SE signadas por la esperanza corresponden a los tiempos indeterminados que se piden, se dan, y hasta se padecen. La poca predisposición de Elías hacia la espera es parte de su aprendizaje amoroso con Pablo, con quien vivió una espera horrible. Ellos se habían conocido en un boliche en Rosario y les pasó lo típico: desde esa noche estuvieron juntos. Al mes y medio ya vivían juntos. Todo venía bien, hasta que Elías empezó a notar raro a Pablo, un médico unos años mayor que él. No pasa nada era la respuesta de Pablo ante la pregunta de Elías sobre qué le pasaba. Aun sabiendo que algo sucedía, Elías se fue quince días de vacaciones a Cuba con sus amigos. Tengo que volver y esto tiene que ser o para bien, o para mal. De acá o seguimos o se corta, pensaba para sí Elías mientras se alistaba para el viaje. En esas dos semanas no existió comunicación alguna entre Pablo y Elías. Durante todo ese tiempo, en el que el viaje fue solo un episodio, Elías esperó. Dándose cuenta de que algo andaba mal, esperaba que las cosas cambiaran. Al regresar, Elías notó que Pablo estaba igual. Y ese fue el desenlace final. Arreglaron para que el joven saliera más temprano de la prepaga donde trabajaba y se encontraron en su casa para charlar. El médico le contó que había ido al supermercado y comprado cosas para la semana siguiente, mientras tomaban mates en la cocina. Elías interrumpió la cotidiana charla de Pablo, en la que el futuro de la relación era una obviedad, preguntándole qué era lo que le tenía que decir. Pabló rompió en llanto y confesó que se le había terminado la pasión. Como no le gusta ponerse en un lugar de mendigar amor, Elías ni intentó remontarla, porque para él, la pasión es algo que cuando se va, se va. La pasión, elemento central del amor romántico introducido por el amor pasión, en esta narrativa de espera pareciera ser una entelequia y que en tanto actante traduce ese amor. Los dos abrazados siguieron llorando por un rato. El llanto de Elías era por la angustia que le había generado ese desenlace, cuando habían tenido una relación muy fuerte. La escena concluyó con la amiga de Elías que fue a rescatarlo de ese desenlace irremontable de una espera horrible.

Horrible fue el desenlace de una SE de Diego. Él conoció a Hernán en un colectivo cuando iba a trabajar a una disquería en Corrientes y Callao. Después de un tiempo en el que Hernán, unos ocho años mayor de un Diego de 25 años, resolvió las cosas con su ex, comenzaron una historia de amor de unos tres o cuatro meses. Un día, casi sin previo aviso, Hernán cortó con Diego, diciéndole que la cosa no iba más y que en ese momento no estaba listo para estar de novio. Hernán fue como que desapareció de la faz de la Tierra, aunque dejando algo pendiente con Diego, quien quedó un poco obsesionado y chequeaba cuál era el horario de su última conexión en WhatsApp. La obsesión de Diego lo llevaba a controlar qué subía Hernán a Instagram: era la forma de saber de él sin preguntárselo directamente. Hasta que una noche apareció la foto inesperada. Era una fría noche de fin de semana, apenas pasadas las diez. Diego caminó desde la disquería hasta la puerta del cine Gaumont, a unas ocho cuadras, donde tomaría el colectivo para encontrarse con su amiga[4] con quien iba a ver una obra de danza. Mientras aguardaba que llegara el colectivo, chequeaba Instagram. La parada del colectivo, un no lugar en términos de Augé (2014), devino un lugar para Diego. Los no lugares –espacios de circulación, de consumo y de comunicación– son los lugares en los que no se pueden leer inmediatamente las relaciones sociales, por lo que suelen pasar desapercibidos a los observadores. ¿Pueden ser los escenarios de espera no lugares devenidos en lugares justamente por las esperas? En ese escenario, viendo el timeline general de Instagram, apareció Hernán. Para ser más preciso, apareció una foto en la cuenta de Hernán: un pibe acostado boca abajo, mostrando la cola, en la cama de Hernán. Un comentario súpermachista servía de paratexto de la imagen. Esa foto le parecía patética y lo llenaba de odio. Lo patético, por el lugar en que ponía al pibe. El odio, porque ese pibe no era él. Sentía ansiedad, enojo e ira más que angustia, aunque un poco de ésta estaba presente. Diego recicló ese atisbo de angustia y la convirtió en odio. De Instagram se fue a WhatsApp a escribirle a Hernán cosas horribles e incendiarias. Pero se detuvo y no apretó el send. Ya estaba, no era necesario: iba a ir a ver esa obra con su amiga, quien sirvió de disyuntor. Interrumpiendo el descargo, Diego manejó sus emociones por medio del emotional work en términos de Hochschild (1983). Él leyó la imagen que había subido Hernán a la red social de imágenes en línea con el momento no apropiado para estar de novios, en un acto de habla con carácter locutivo, ilocutivo y perlocutivo (Austin, 1982)[5]. Sin embargo, a los dos meses, Hernán sí estaba de novio, pero no con Diego.

Algo similar le pasó a Manu. Chico, un hombre de 37 años, estuvo saliendo unos cinco meses con él hasta que le pidió un tiempo porque tenía sentimientos encontrados. Manu comenzó a vivir una espera agónica, en la que no quedaba del todo claro qué eran, ya que seguían compartiendo el mismo trato de siempre, aunque menos afectuosamente. Como Chico vivía en Santa Fe, solían videollamarse por Skype. Un domingo cerca del mediodía Manu se levantó, mientras su hermano y un amigo de Manu seguían durmiendo, y se conectó a Skype, con el mate ya preparado. Recomendó a Chico una serie que estaba mirando y se puso a ver un capítulo. Cuando terminó se dio cuenta de que Chico se había desconectado. Le preguntó por WhatsApp qué había pasado y le dijo que como había tenido que reiniciar, se cortó la videollamada. Manu esperó un rato más y Chico no volvió a conectarse. Manu resolvió activamente la espera buscando respuestas en Cam4, un sitio web en el que se pueden transmitir online contenidos pornográficos. Manu y Chico ya habían discutido porque éste frecuentaba el sitio. Manu ingresó a Cam4. Tuc, tuc, tuc era el ritmo del corazón en la boca. Que no esté, que no esté, que no esté, que no esté rogaba para sí Manu, aun sabiendo lo que encontraría. Seleccionó la opción para ver las salas de Argentina. Tuctuctuc latía cada vez más fuerte el corazón de Manu. Las manos y hasta su cara comenzaron a temblarle. Y de dónde sos? preguntaba a Chico alguien del público. De Santa Fe y el finde voy a Buenos Aires, respondía él. La impotencia se apoderó de Manu. En ese momento Manu despertó a todos en su casa a los gritos. Luego agarró su celular y le escribió sintiendo una enorme bronca, tan rápido como pudo Bueno, disculpame. No quería interrumpir tu transmisión en Cam4. Estás flasheando cualquiera fue la respuesta de Chico. La bronca se acrecentaba cuando Manu veía que Chico agarraba el celular y contestaba sus mensajes. Qué estoy flasheando cualquiera?! Te estoy viendo, sentenció el mensaje de WhatsApp. Manu comenzó a llamarlo. Chico, teléfono en mano, miró el techo y dijo Ah, bueno. Cam4 registraba todo. Cuando se dignó a atenderlo, Manu comenzó una especie de interrogatorio monológico: Escuchame. ¿Cómo es esto? ¿Qué querés de mí? ¿Querés que volvamos? ¿No querés que volvamos? en un estado de calentura sin igual. Me estás tomando de boludo, me escribís como ‘Ay, vamos a compartir una cena, vamos a…’. Manu se fue de boca, tratando de escupir la bronca que le había generado. Tenés 37 años y todavía te comportás como un pendejo. 37 años de boludo tenés. Vas a ser un viejo choto condenó.

Cam4, en el caso de Manu, así como Instagram para Diego, fueron una versión contemporánea de lo que Barthes (2009) encierra en la figura del informante: aquél que provee información sobre el sujeto amado que lo vuelven uno más. “El Informante me descubre un secreto. Ese secreto no es profundo; viene del exterior: es el exterior del otro lo que se me ocultaba. El telón se abre al revés, no a una escena íntima sino a una sala pública” (p. 184). Chico y Hernán mostraron en salas públicas, que el tiempo pedido a Manu y a Diego, era tiempo perdido.

La esperanza estuvo muy presente en las SE en las que se quería algo más con el partenaire o en la que se habían pedido tiempos. Refiriéndose a las noches y sus alrededores, Augé considera como transiciones y formas intermedias de la vida humana a la espera, la esperanza y el temor (2014: 51). Las situaciones de espera, en mayor o menor medida, funden y confunden esas tres formas intermedias. Un componente central de todas las situaciones de espera es la relación en la que se inscriben. El próximo apartado problematiza este punto.

La espera en la relación

Augé considera que nuestra percepción del tiempo es doble y dual. Una escena trae un problema nacido en el pasado, pero que requiere una solución inminente. Como en las películas, mientras no aparezca ese desenlace, vivimos en un tiempo suspendido, en suspense (2014: 112-113). Las situaciones de espera, como tiempos suspendidos, nacen de una relación iniciada antes: un noviazgo, un ligue, un contacto en una aplicación. Las esperas, entonces, son definidas por esas relaciones iniciadas previamente, al mismo tiempo que las definen. Tiempos muertos con mucha vida, se enmarcan en esas relaciones, transformándolas y dinamizándolas, a veces al punto de llegar a romperlas. Cuando Manu vio a Chico videotransmitiendo por Cam4, supo que el tiempo que aquél le había pedido sería interrumpido: ya no tenía más tiempo que darle.

Las relaciones muchas veces llevan a enmarcar esas esperas y situarlas dentro del vínculo, en la que los esperantes creativamente intentan salirse de ese tiempo en suspenso. Matías tenía 33 años cuando lo entrevisté, estaba terminando su doctorado y acababa de postularse para una beca posdoctoral. Él y Mati, un contador bien posicionado y perenne estudiante de filosofía dos años mayor, llevaban tres años y unos meses de noviazgo, y un poco menos de convivencia. ¿Qué esperaba Matías? Tener sexo con su pareja. Como había sido operado recientemente, el postoperatorio implicaba que no tuvieran relaciones. Estoy esperando que se le pase el dolor y la anestesia y las pastillas que está tomando suspiraba cuando me lo contaba. A Matías no le gustaba estar en esa posición, ya que ahí comenzaban las incertidumbres. Se debatía. Decidía masturbarse, luego se detenía porque ese día tendrían relaciones. Pero resulta que después Mati estaba cansado, Matías lo buscaba y él no respondía, y no terminaban teniendo sexo. Matías se quedaba esperando que se le pasara y eso le rompía las pelotas. Fiel a su estilo filosófico, Matías pensaba qué hacer con la espera. Necesitaba deconstruirla, porque la espera está llena de ansiedad y llena de expectativas. Matías me ofreció dos escenas fílmicas. La primera estaba marcada por el tic-tac de un reloj analógico. Las tomas serían de movimientos corporales, como por ejemplo cuando uno sacude la pierna debajo de la mesa. No aparecería ningún sujeto en la escena, ya que la espera se compone de un montón de gestos, de pequeños gestos. Fragmentos de espera. Matías relacionaba la espera con la ansiedad. Su corto sería sobre la ansiedad. El blanco y el negro primaría en el corto, y algunos objetos aparecerían con color, como unos zapatos de tacón rojo. No habría un sujeto de la espera. Justamente hay un montón de fragmentos de ésta. Son esos fragmentos los que nos constituyen pero que nos desubjetivan también, fragmentando al sujeto de la espera en un montón de cositas, de gestos, de imágenes. La segunda escena fílmica sería una alternativa al anterior corto, donde se jugaría la fantasía frente a un sujeto que no hace nada. Pijas. Sexo. Eyaculación. Las fantasías de alguien que está sentado esperando. Bajo el manto de un ethos teórico, Matías me decía: Seguramente la espera tiene mucho que ver con la fantasía. El tiempo de la espera es un tiempo donde uno fantasea todo lo que puede pasar y lo que quiere que pase, lo que podría pasar, lo que no quiere que pase.

La espera de Matías se enmarca en su relación con Mati. Si bien la operación de Mati fue una semana antes de nuestro primer encuentro, se inscribía en una espera prolongada. Matías venía preparando su proyecto para beca postdoctoral. Luego de eso su casa estuvo invadida de gente por el cumpleaños de Matías. Hay momentos donde es más difícil coordinar, me explicaba. Además, Matías está finalizando su tesis doctoral. La vorágine de uno hace que se desencuentre con el otro. Esta es la forma en que Mati seguramente esperó lo mismo de Matías. Hubo momentos en que el primero estaba re ansioso y con muchas ganas de tener sexo, y Matías, con su cabeza en otro lado, llegaba a la noche sin energía. Al principio Mati se frustraba mucho, ya que sentía que no le gustaba más a Matías. Una rosca medio narcisista, en el mal sentido, me decía Matías buscando mi complicidad. Pero el tiempo de la relación llevó a que se conocieran más. Esto implicó que esa frustración se canalizara tirándose un lance, y si picaba, bien. Si no arrancaba, no pasaba nada. La espera ya sería menos ansiosa. Esos lances pueden entenderse como tácticastal como las define De Certeau (1996). La táctica, aquello que hacen activa y perspicazmente los sujetos, cae del lado de la agencia para desafiar las normas –y en nuestro caso los tiempos– de las instituciones que imponen sus estrategias.

Recuperando la distinción entre actos, secuencias y procesos, las esperas de Matías y de Mati me llevaron a pensar en que, a medida que se “institucionalizan” los vínculos, los AE y las SE pueden –aunque no necesariamente suceda– inscribirse en procesos, caracterizados por el carácter recurrente y reiterativo de aquello que se espera. Cada AE o cada SE es un nuevo comienzo, que tendrá su desenlace, pero que puede recuperar su carácter procesual. Para Matías y Mati esto era favorable: ya se conocían y encontraban las tácticas, para intentar perspicazmente interrumpir esas esperas. En aquella pareja, la espera por sexo es algo episódico y reiterado y no algo único. Como resumía Matías: había momentos en los que era más difícil coordinar.

Conclusiones

A lo largo del capítulo intenté analizar, a partir de situaciones de espera, los vínculos erótico-afectivos entre jóvenes varones gays. Como dejan ver las situaciones que incorporé en este trabajo, las esperas brindan elementos que la trascienden y permiten enmarcarla en una relación particular, al mismo tiempo que arrojan pistas sobre los modos en los que aman estos varones. Si el amor nos hace percibir el tiempo en un modo específico (Auge, 2014), las esperas en el amor, entonces, son vividas en función de esa especificidad.

La idea de permanencia en un sitio y la de inacción remiten más a lo que definí como actos. Pero como hemos visto en las narrativas, las esperas implican una acción y una agencia por parte de los partenaires involucrados y no como meros sujetos pasivos. En esa incertidumbre se funden las diferentes acepciones que arroja la RAE: no actuando para salir de esa espera y teniendo esperanzas de que algo suceda. Esta agencia de los sujetos de espera se sintetiza en la noción de esperantes.

Distinguir entre tipos de espera –actos, secuencias y procesos– permite reconstruir la forma que se experimenta ese tiempo muerto (o no productivo). Tiempos muertos llenos de vida, estos paréntesis temporales son muchas veces iniciadores de otros vínculos: noviazgo entre los esperantes, noviazgo con otro sujeto, amistad, ente tantos otros. De igual modo, son tiempos muertos con vida que matan relaciones, sobre todo cuando se pide ese bien preciado: el tiempo. En tanto situaciones intermedias, abren paso a diferentes contingencias.

Pensar en términos de actantes sirvió como forma de recuperar la función que cumplen otras entidades en esas tramas narrativas que son las esperas: mensajes de texto, de WhatsApp o llamadas, fotos en Instagram o videotransmisiones en páginas porno, tías, amigas y pasiones irremontables desempeñaron papeles para nada desdeñables en las historias de esperas. Considero que todos y cada uno de estos actantes merecen ser tenidos en cuenta en las esperas, que ayudaron a resolver de un modo u otro.

Bibliografía

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  1. Agradezco los comentarios de Mariana Cerviño y Mariana Palumbo a una versión previa de este texto.
  2. Maximiliano Marentes (IDAES/UNSAM-IIGG/UBA-CONICET) maximiliano.marentes@hotmail.com
  3. A medida que avanza el trabajo de campo, pude notar que las salidas del closet se dan cuando los varones se encuentran en un vínculo erótico-afectivo. Es decir, la mayoría de los varones gays contamos a nuestras familias estando con alguien y no en nuestra soltería, a veces forzados por haber sido descubiertos.
  4. La presencia de otras personas, además de los partenaires, es central de las historias de amor. Este rasgo, que excede a los fines de este capítulo sobre el que volveré en futuros trabajos, plantea preguntas como: ¿cuántas personas entran en escena en un vínculo erótico-afectivo? ¿Cuál es el rol de los amigos como red de contención? ¿Y de las amigas?
  5. El carácter performativo del lenguaje permite entender qué se dice (nivel locutivo), transformar las relaciones entre los sujetos del habla (nivel ilocutivo) y servir a fines más lejanos (nivel perlocutivo).


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