Visto panorámicamente, el recorrido que hemos llevado hasta aquí puede resultar desalentador en algunos puntos, pues hace pensar en una crisis paradigmática que ha llevado a Europa a un punto de inflexión verdaderamente decisivo. El momento en que nos hallamos ahora los europeos delata una convulsión sísmica que puede registrarse en los estratos más sensibles de la fibra cultural del Viejo Continente, con consecuencias igualmente visibles en casi todos los aspectos y facetas de la vida cotidiana de los europeos.
He adoptado una perspectiva, digámoslo así, de «gran angular», desde la que puede hacerse una interpretación más comprehensiva y holística en la que los puntos críticos se perfilan con mayor nitidez. Creo que se podría auscultar la crisis europea atendiendo a otros síntomas, pero los que se señalan en cada Parte de este libro son, en lo fundamental, muy significativos.
Ahora bien, por muy comprehensiva que pueda ser la visión que ofrece, el gran angular puede desdibujar una parte de la realidad que solo se percibe desde más cerca. La perspectiva requiere distancia, pero hace falta cercanía para apreciar los detalles, a menudo más realistas que la panorámica.
Desde una óptica cercana se hacen visibles aspectos que, no menos reales, son más alentadores. Concretamente me refiero a un fenómeno que Alejandro Llano ha explicado en profundidad, y que puede describirse como la creciente percepción de que hay una especie de «doble lenguaje»: por un lado, el que se habla en los entornos de relación humana real, directa –la que tenemos con nuestros familiares, amigos, colegas, vecinos– y, por otro, el que se habla en entornos virtuales, mediatizados.
Cada vez es más evidente la distancia entre lo que las personas expresan en el que los fenomenólogos alemanes llaman el «mundo de la vida» (Lebenswelt), y lo que de eso se dice en el «tecnosistema», una suerte de mixtura entre Estado, mercado y medios masivos de comunicación (Llano, 1999). La progresiva dicotomización entre los modos reales de pensar y vivir de las gentes, y lo que los grandes circuitos culturales europeos difunden al respecto, no es un buen síntoma de salud democrática, pero al menos pone de manifiesto el hartazgo que cada vez más gente experimenta frente a los mantras de lo políticamente correcto, y la creciente insatisfacción que produce el seguidismo del mainstream.
Desafortunadamente, también crece en Europa el número de personas que tienen la impresión de no poder encontrar alternativas para afrontar esa desazón que sienten. Pero, y por lo mismo, cuando tienen la oportunidad de hallar algo parecido a eso que Benedicto XVI denominó «minorías creativas», se entusiasman con el hallazgo y recuperan el aliento en formas que estimulan cambios muy interesantes.
Bien que a corto plazo no resulte fácil registrar el alcance de esos átomos de emergencia creativa en un paisaje desolado de humanidad –cada vez más parecido a la distopía que dibujó Orwell (2014)–, esos átomos existen, y son más reales que el Gran Hermano. Parece que en Europa cada vez es más difícil escapar de las garras de la policía del Pensamiento –incluso en la Universidad–, o sustraerse de las neolenguas-trabalenguas, que más que hacer fluir el pensamiento lo atrapan en las redes de la estupidez. Pero cuando ya no perece sensato esperar algo que no sea «más de lo mismo», resulta que surgen iniciativas como One of Us, o se publican libros como el de Rod Dreher (2018).
Particularmente los cristianos tienen el deber de no encerrarse en un gueto, justamente para poder dar la bienvenida a la realidad a muchos que habitan en el que Prada (2009) denomina matrix progre. De acuerdo con Hadjadj, entiendo que buena parte del reto consiste en superar lo que podríamos llamar relativismo on-line.
«Nuestra época ya no es esencialmente la de la ideología, sino la de la tecnología, y este es un aspecto fundamental. Hoy en día es raro cruzarse con un ateo militante, pero sí muy frecuente encontrarse con un fan del budismo. En el Campus de Google no hay iglesia, sino una sala zen con un profesor cuyos rasgos asiáticos pretenden garantizarte su doble competencia en satori y en Samsung. Y es que el budismo es ante todo una técnica de meditación, y nuestra era es la de la técnica. ¿Y qué ocurre con el relativismo? ¿Se puede considerar propiamente una doctrina, como en tiempos de Protágoras? El relativismo es más bien el efecto del dispositivo mediático. Los medios de comunicación necesitan espectáculo y news. Ahora bien, para que haya espectáculo, es preciso un choque de posiciones y que estas se contrapongan; y, si solamente se trata de news, es preciso que esa noticia no sea Buena Noticia, que su novedad no tenga ningún impacto existencial, sino que nos coloque en una situación de espectador no comprometido, indignado pero pasivo, implicado pero entretenido» (Hadjadj, 2016: 41-42).
En cualquier caso, la buena noticia es que impacto no es lo mismo que relevancia profunda, y que es creciente el número de personas que lo percibe así, lo cual da lugar, entre otras cosas, a que cada vez sea menos fiable la demoscopia y menos previsible la reacción de las gentes, por ejemplo, al acudir a una convocatoria electoral[1].
Otro ejemplo significativo de esa duplicidad entre lo que se dice en los mass media y lo que la gente habla en los círculos íntimos, se puede apreciar en la percepción que muchos tienen de la familia en Europa. Mientras los grandes canales de difusión no dejan de estigmatizar la que llaman «familia tradicional», y alentar los denominados «nuevos modelos», cada vez es más la gente que aprecia la seriedad y humanidad de los vínculos familiares, o la echa de menos cuando les faltan o los han roto.
Lo lamentable es que la disolución de esos vínculos y la extinción de la referencia educadora, socializadora y humanizadora de la familia se lleva a cabo, por parte de intelectuales y políticos teóricamente comprometidos en las «políticas sociales», no a costa de su bolsillo, sino del de las verdaderas familias, esquilmadas con impuestos absurdos diseñados para costear esas políticas delirantes, esquizofrénicas y socialmente suicidas.
Para quien esto escribe hay algo meridianamente claro. Mi interpretación de la tesitura dilemática en la que Europa se debate no es ajena a la convicción de que Dios existe, y de que es señor de la historia. Un cristiano puede ser más o menos optimista sobre la expectativa que ofrece el mundo, pero lo que la esperanza le lleva a ver es que, incluso yendo las cosas mal, o muy mal, el sufrimiento que puedan acarrearnos tiene sentido. Eso lo descubre mirando a Jesucristo.
Yo no soy Dios, y no sé cómo continuará o acabará esta historia, pero sí sé que está en su mano providente, y que el curso de los acontecimientos puede adoptar rumbos imprevisibles[2]. Puede que Europa desaparezca como cultura –y es bastante diáfano que fenecerá si continúa maltratando sus raíces–, mas solo Dios sabe qué quedará de todo esto, y qué vendrá después. Yo tan solo sé que, pase lo que pase antes, el end será happy para quienes en Él confían.
- Fenómenos como el acceso a la presidencia norteamericana de Donald Trump ponen de manifiesto que la realidad puede desmentir a los gurúes. (No hay más que ver la cara que se le quedó a Hilaria después de aquello).↵
- En ese sentido tal vez debería matizar algo de lo que dije en la Presentación acerca del dilema cornudo. El matiz lo proporciona Hadjadj: «La adhesión a un partido que quiere transformar el mundo siempre es o nostálgica o utópica. Hay que exultar con optimismo por el progreso del mundo del mañana o instalarse en el pesimismo de la añoranza del mundo del ayer: pero lo cierto es que las cosas siempre empeoran y mejoran simultáneamente. La parábola del grano bueno y la cizaña nos enseña que todo evoluciona a la vez hacia lo peor y hacia lo mejor; y que querer extirpar todo el mal en nombre de la utopía o de la nostalgia no puede sino conducir a arrancar al mismo tiempo el grano bueno, porque sería querer abolir la libertad» (Hadjadj, 2016: 31).↵






