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9 La filosofía en la universidad

La Filosofía inmuniza frente a la arrogancia

¿Hay lugar aún para la Filosofía en la Universidad? ¿Qué papel puede fungir la Filosofía en la formación superior universitaria? No me refiero solo a la formación de estudiantes de Filosofía, obviamente interesados en ella, o al público, relativamente restringido, de los estudiantes de materias humanísticas. Me lo planteo porque desde hace más de treinta años vengo enseñando Filosofía a gentes que mayoritariamente carecen de interés alguno por esta materia. Generalmente mis cursos se resumen en justificar la presencia de la Filosofía en el curriculum de personas que estudian otras cosas. Por tanto, la reflexión que propongo aquí refleja una preocupación y ocupación real que tengo[1]. (Por otra parte, no me siento demasiado incómodo con ella, pues con los años he aprendido a ver que también es un trabajo filosófico justificar la Filosofía).

Hay un servicio muy interesante que la Filosofía puede prestar en general, y en particular en el ámbito académico, sobre todo en la Universidad: ofrecer algún recurso inmunológico contra la arrogancia intelectual. No digo que la Filosofía inmunice del todo frente a eso; ningún ser humano puede sustraerse completamente a este peligro. Pero alguna ayuda puede ofrecer.

«Filosofía» consiste en aprender a echar de menos. Eso significa la palabra: buscar el saber. Procede del verbo griego philein (amar) y sophia (sabiduría). Una de las formas del deseo (eros) es el deseo de saber. Lo comenta Sócrates, y lo recoge Platón en el célebre discurso de Diotima, en el diálogo El Banquete. Eros es un personaje mitológico, hijo de Poros, el dios de la abundancia, y de Penía, que representa la penuria, la escasez. Al ser hijo de ambos está como entre medias, a medio camino entre la abundancia y la escasez[2]. El filósofo aspira a saber, pero sabe que no sabe. Sócrates decía: solo sé que no sé nada. Eso ya constituye un saber; ya es saber algo, y muy importante, por cierto. Desde luego, es un saber mayor que la ignorancia absoluta del sabihondo, que ni siquiera sabe que no sabe, que ignora que ignora. El que desea, al menos sabe lo que desea, aunque igualmente sabe que no posee aquello que desea. Mas ya es una cierta forma de poseerlo el aspirar a ello.

Los humanos aspiramos a saber, a ser sabios. Y cuando eso lo dice un ateniense del período clásico no es algo de poca monta: ser sabio es saberlo todo de todo, tanto en extensión como en intensidad. Está claro que se trata de un ideal utópico. Por muy afortunada que sea la capacidad intelectual de una persona, nunca podrá abarcar todo el saber, ni en extensión ni en intensidad. Pero a eso aspiramos todos. Al comienzo de la Metafísica, afirma Aristóteles: todos los hombres desean por naturaleza ser sabios[3]. Aspiramos a ser sabios, pero nos quedamos en filósofos, como quien dice, en aspirantes: gente que sabe que no sabe. Eso es saber mucho más que la necia arrogancia de quien piensa que ya nada le queda por saber. El filósofo ha dado el primer paso de un camino, que ciertamente nunca terminará de recorrer. Pero al menos ya lo ha emprendido.

Me parece que una de las mayores dificultades que tiene hoy la Filosofía para justificar su presencia en foros culturales –también para sobrevivir académicamente en la Universidad, que nació para hacerle sitio– es precisamente la idea, quizá no explícitamente tematizada, pero implícitamente muy presente, de que ya sabemos mucho. En la llamada «sociedad del conocimiento» parece que ya lo sabemos todo, o casi todo: estamos hipervinculados, y podemos acceder a cualquier información inmediatamente, a golpe de «click». En términos platónicos, podría decirse que hoy hay mucha gente necesitada de que alguien, no sé si el filósofo, o quien sea, les libere de la caverna on-line. Hay mucho cavernícola que piensa que con tanto cachivache informático ya sabemos todo o casi todo. Tal vez no lo piensan de forma reflexiva, pero se conducen como si eso fuera así.

Hoy no resulta sencillo sustraerse a una curiosa forma de imbecilidad, que inconscientemente supone que somos más inteligentes que la generación anterior, que no disponía de esos aparatos. Aunque pueda hacerse pasar por lo contrario, es una soberana estupidez pensar que somos más listos por el hecho de estar conectados a internet –muchos se pasan on-line las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como don Quijote–.

Una cosa es reconocer las evidentes ventajas que representa la informática, en rapidez y accesibilidad de la información, y otra pensar que por estar conectados somos más inteligentes. No se puede negar que las nuevas tecnologías informáticas facilitan mucho, por ejemplo, las tareas de documentación en la Universidad. Y está muy bien el hipertexto, los enlaces a bases de datos y wikis variadas, el trabajo en red, el correo electrónico, poder navegar por una biblioteca virtual sin tener que viajar, etc. Pero no es lo mismo conocer que estar conectado a las fuentes del conocimiento, por lo mismo que el soporte del saber no es, a su vez, sabio: la sabiduría es un hábito intelectual, algo que solo puede tener su residencia en un ser inteligente, no en el papel, la pizarra o el ordenador.

No pocos incurren de manera irreflexiva en esta tremenda ingenuidad, de la que se curarían si atendieran a un detalle elemental: la información es un instrumento indispensable, pero es riqueza cognoscitiva en la medida en que reobra sobre nuestra estructura mental, nos forma y nos conforma, nos aporta intelectualmente algo, una nueva forma mentis, y para eso hace falta detenerse, estudiar.

No digo que sea absolutamente necesario ir a los libros o al «soporte papel» –en mi caso sí lo es–, pero siempre hay que hacer algo que las propias herramientas informáticas no facilitan en modo alguno, que es concentrar la atención. Más bien tienden a dispersarla. Creo que todos tenemos experiencia de la dificultad que representa, precisamente de cara al estudio, algo que aparentemente sería una ventaja: pasado ya un cierto umbral –que cada vez es más fácil traspasar–, la excesiva acumulación de datos y la constante remisión a otras fuentes, más que facilitar, dificulta el estudio. Cobra creciente importancia disponer de un criterio para seleccionar fuentes, para contrastar el valor de la información; en definitiva, saber a dónde tengo que ir y en qué me debo detener, que es algo que la propia herramienta no suministra. Mucha gente se dedica a navegar sin rumbo, a ver qué hay sobre algo sin saber seleccionar las fuentes que realmente valen la pena, sin criterio ni elementos para contrastar hasta qué punto determinadas informaciones pueden suponer un verdadero aporte. Esto no lo proporcionan las herramientas sino el estudio: los buenos libros escritos por gente que sabe, y la conversación no mediada –preferiblemente directa, sin mediación de «pantallas»– con personas que han estudiado. En definitiva, cada vez se hace más evidente la necesidad de echar el cierre al «on-line» y ponerse a estudiar. Las herramientas digitales no lo facilitan. Tampoco lo hacen imposible, pero hacer eso ahora es más difícil que antes.

Decía que en nuestros días tendemos a pensar que ya sabemos mucho, y eso representa una dificultad para la Filosofía. En primer término, es un error. Intelectualmente siempre estamos en parihuelas; es mucho más lo que nos queda por saber que lo que ya sabemos. Más aún: cualquier logro cognoscitivo es un verdadero logro, y también un logro verdaderamente humano, en la medida en que abre perspectivas de ulteriores logros.

Esto lo sabe por experiencia todo el que ha estudiado en serio, no solo Filosofía; cualquiera que ha hecho una investigación seria, por ejemplo, una tesis doctoral, que suele ser trabajo de años y que exige mucha dedicación. La sensación que tiene quien termina una tesis doctoral es que está aterrizando en el tema. Seguro que de eso sabe mucho más que los miembros del tribunal que ha de juzgarla. Probablemente es quien más sabe de eso. En Europa es corriente que una persona pase tres, cuatro o cinco años estudiando a fondo un asunto muy concreto, y por tanto es fácil que no haya en el mundo alguien que sepa más de eso. Pero su impresión personal, al terminar la tesis, es que está dando los primeros pasos, que habrá que continuar. Se trata de un comentario que invariablemente se escucha en los actos públicos de defensa de una tesis, al menos lo que yo he presenciado siempre que he estado en una. Y creo que no es una frase retórica. Es verdad que quien está en esa situación lo ve así.

Todo el que se ha metido en serio a estudiar un tema sabe que de eso es mucho más lo que le queda por saber que la ciencia que ya ha podido acopiar. Fuera de estos casos, hoy a muchos les cuesta reconocer que no sabemos, y esto, insisto, representa hoy una importante dificultad para la Filosofía. O bien, dicho a la inversa –en términos positivos–, la Filosofía puede ayudar a superar esta dificultad.

A menudo esa arrogancia no se presenta con tintes groseros, como la soberbia del sabihondo que, pagado de sí mismo, piensa que ya lo sabe todo. No es lo más frecuente. Hay una forma más taimada de arrogancia intelectual, que se puede y debe calificar así pero que tiene la curiosa característica de que fácilmente se disfraza de lo contrario, de modestia intelectual. Es la actitud de quien piensa que ya tiene bastante con lo que sabe. Quizá es una arrogancia que pasa inadvertida como tal, pero es igualmente antihumana, va directamente contra la intuición de Aristóteles (todo ser humano desea naturalmente ser sabio), y contra la idea que expresa Sócrates por la pluma de Platón en El Banquete.

Conformarse con lo que ya se sabe es antiintelectual y antiuniversitario. Nos puede pasar a todos. En la Universidad hay estudiantes que dicen: Ya tengo bastante con lo que sé. Y resulta que lo que «saben» es la elementalita técnica de acceder a las fuentes del saber. Conformarse con eso es intelectualmente mezquino, impropio de la amplitud de miras que cabe esperar de un universitario. Es una situación de lamentable decaimiento de las energías del espíritu.

Otra manifestación de ese decaimiento o declive espiritual, contra el que igualmente la Filosofía puede ofrecer algún recurso interesante, es la actitud de quien se limita a «buscar» el saber. Desde luego, filo-sofía es eso: buscar el saber. Mas todo buscar presupone querer encontrar lo que se busca. No tendría mucho sentido buscar sin exponerse a encontrar, digamos, una búsqueda autosatisfecha consigo misma, algo que puede darse en forma de poses orladas aún de cierto prestigio cultural entre los autodenominados intelectuales «de izquierdas».

El pathos de una búsqueda acomodada, en la hamaca, aún goza de renombre entre algunos intelectuales. No sé si soy demasiado suspicaz, pero a veces me parece sorprender esa actitud detrás de algunos ademanes, algo forzados, de ciertos «buscadores». Sin llegar al nivel de postureo impostado de los herejes consagrados del llamado pensamiento «alternativo», que se hizo proverbial en Francia y Estados Unidos durante los años sesenta y setenta del siglo pasado, o en su decadente rebufo, hay universitarios que incurren en esa arrogancia disfrazada de lo contrario: un teórico buscar pero sin un real querer encontrar lo que se busca.

Creo que la Filosofía no es una garantía absoluta frente a este morbo, que hoy es muy fácil que se le oculte como tal morbo a quien lo padece. Pero aunque no sea un antídoto seguro, al menos la Filosofía puede colaborar a que se produzca una cierta alarma ante semejante perversión. No digo que quien la sufra sea un perverso. Que entontezca no quiere decir que pervierta. Algunas formas de perversión sí pueden estar ocasionadas por el entontecimiento, pero no todo tonto es malo. Como digo, es posible que hoy el morbo le pase desapercibido a quien lo padece, de tan corriente que ha llegado a ser, y de tan sedicente que es la manera en que se vende entre los «intelectuales» como la única forma de cordura. Puede llegar a ser verdaderamente estupefaciente. Es obvio que uno puede padecer un morbo sin tener conciencia clara de que lo padece. Por eso cobra especial relieve contar con algún sensor eficaz que nos ayude a detectar ese peligro, que es muy real entre nosotros.

Por otras muchas razones, pero también por esto es muy recomendable leer a Platón, o releerlo si a uno se le ha olvidado. Lo mismo habría que decir de El Quijote.

También es un antídoto contra el metodologismo…

Otro servicio que la presencia de la Filosofía puede rendir en el mundo académico es el de inmunizar algo contra un vicio al que los universitarios, especialmente los que andan metidos en el mundo de las ciencias sociales, somos hoy vulnerables, que es el metodologismo, una especie de obsesión por el método, que en algunos casos –al menos yo lo veo con frecuencia– llega al extremo de hacer pensar que hay una vía maestra por donde todo el mundo tiene que discurrir, y que constituye la única forma de acceder realmente al saber, a resultados de conocimiento interesantes.

Al decir esto hay que matizar, porque depende de qué filosofía. No, desde luego, la cartesiana es la que está en mejores condiciones de vacunar contra esa inflación metodológica. Descartes es grande, pero su manía principal es el método, la mathesis universalis, un método universal de la razón que él protocoliza en el famoso «Discurso del método», y en otra obrita, «Regulae ad directionem ingenii». Descartes es una vaca sagrada del gremio filosófico, y yo, en cambio, hago lo que puedo. Pero junto a grandes virtudes que tiene, se le nota un poco «atacado» con este tema del metodologismo.

En general, la Filosofía ayuda a ver que el camino es importante (en griego, la palabra método significa «vía a través de la cual»), pero lo es más la meta a la que conduce. Necesitamos seguir un camino para llegar a algo, mas lo decisivo es arribar a una meta. La virtud misma del medio es su virtualidad para lograr el fin al que conduce. Buscar, pero para encontrar, decía. El que busca no busca buscar, sino encontrar lo que busca; de lo contrario, no busca. El método es interesante, pero es más interesante a dónde lleva. Por supuesto que a los metodólogos lo que más les interesa es el método; es esto el centro de su atención, y debe ser así. Pero de acuerdo con su propia naturaleza, el valor del camino o del medio se deriva del valor del fin al que conduce. Al menos eso me parece a mí, que ciertamente no soy metodólogo.

Muchas publicaciones universitarias que caen en mis manos pecan de este exceso. Es patente que están cuidadas metodológicamente, que siguen los protocolos establecidos por las agencias de acreditación y calificación, sobre todo si se trata de análisis cuantitativos con aparato estadístico: ahí los protocolos son precisos y detallistas, y eso está muy bien. Pero el 80% –por decir algo– de la literatura que leo sobre cuestiones sociológicas y educativas es para ir directamente al cesto, aunque esté muy cuidada metodológicamente, aunque aparezca indexada en las bases bibliográficas internacionales, o aunque sean trabajos publicados en revistas de postín. Me consta que hay instrumentos de evaluación de la «producción investigadora» –perdón por el palabro– que se limitan a pasar los artículos por una herramienta informática que detecta dónde están publicados o si contienen textos plagiados. Pero qué dice ese artículo, qué valor tiene eso que dice y qué razones aduce para decir lo que dice, es algo que no puede ponderar una máquina.

Probablemente exagero, pero no demasiado. Me parece que muchas «aportaciones científicas» que se publican no aportan nada o casi nada. Se supone que una aportación tiene que aportar algo –y seguro que algo aporta–, pero me da la impresión de que, por muy impactante que sea el aparato metodológico, en cuanto a su contenido aportan más bien poco, de manera que el/los autor/es se podría/n ahorrar el esfuerzo, y ahorrarnos a los sufridos lectores la penalidad de leerlos. Se publican muchos artículos que cumplen los requisitos para aparecer en publicaciones de «impacto», pero que tan solo impactan en una herramienta informática: no hay quien los lea. Por muy cuidados que estén en el aspecto procedimental, a menudo aparecen mal escritos, o con la redacción deficiente o ambigua de quien desea contentar a todos a base de no decir nada claro y concreto. Se nota demasiado que en su mayoría obedecen a la necesidad compulsiva de publicar, cosa que comprensiblemente obsesiona a muchos jóvenes colegas pendientes de promoción. Ahora bien, eso pasa factura. Un preciosismo metodológico que lleva a conclusiones triviales es mejor ahorrárselo.

… Y frente a la precipitación

Otro rendimiento que la Filosofía puede tener en el ámbito académico es una cierta defensa contra las prisas. Puede parecer superfluo decir esto, pero creo que es muy sustantivo que la Filosofía pide ir despacio. Cualquier empeño o tarea intelectual seria exige estudiar, o lo que es lo mismo, dedicación, poner esmero, cuidado, atención a los detalles. Eso no puede hacerse a todo correr. Tampoco cabe estudiar catorce cosas a la vez. El ritmo un poco loco de nuestra vida, sobre todo en las grandes ciudades, a menudo dificulta esa actitud despaciosa, esmerada, y a veces acaba uno haciendo lo que puede. Pero los estudiantes distinguen bien estudiar una materia de atropellarla por la urgencia de un examen.

Esta observación puede hacerse en términos generales, pero especialmente la Filosofía demanda ir con calma. No digo que sean más difíciles los problemas filosóficos que los planteados en otras disciplinas, pero es indudable que en Filosofía se plantean algunas cuestiones sumamente complejas. Para cualquiera que se haya asomado al gremio filosófico, es obvio que a día de hoy se sigue discutiendo sobre los mismos asuntos que aparecen en los diálogos de Platón. Han surgido otros argumentos en los últimos veinticinco siglos, pero la fibra principal de la conversación filosófica sigue siendo la que nutrió esos diálogos. Ahí seguimos, y sin mucha perspectiva de zanjar la discusión en un plazo breve; es probable que esto dé para otros veinticinco siglos. Sócrates decía que la Filosofía es «aporética». Eso significa que los caminos por los que discurre no tienen fin, no se les ve salida, i.e. siempre cabe seguir sin llegar a un definitivo final. No quiero decir que nunca se llegue a nada, sino que nunca se llega a concluir la discusión.

Pienso que puede haber un par de problemas filosóficos que hayan alcanzado una solución definitiva, pero no muchos más. Edmund Husserl, por poner un caso verdaderamente excepcional, produjo un argumento de tal contundencia que logró liquidar una discusión. Sin entrar ahora en dibujos, no me consta que después de que Husserl lo formulara, alguien haya defendido la postura que ese argumento impugna, en concreto, una forma de relativismo, muy viva en su momento, que él denomina psicologismo, o relativismo psicologista. Ha habido después de Husserl autores que han sostenido otras formas de relativismo, por supuesto, pero esa que él combate nadie en su sano juicio se ha atrevido a sostenerla, pues el argumento de Husserl literalmente la pulveriza.

Probablemente se puedan contar con los dedos de una mano, y sobrarían varios, los casos de discusiones filosóficas que hayan llegado a un resultado satisfactorio, pacíficamente asumido por todo el gremio, o por la mayor parte de los interlocutores de esa conversación.

A la gente joven que se aproxima por primera vez, suele desazonarles la impresión de que la Filosofía es un campo de batalla cubierto de cadáveres, pensadores que se han dejado el pellejo intentado algo que no han logrado. Ni siquiera sobre la cuestión en apariencia más elemental, que sería definir qué es la Filosofía, hay un mínimo acuerdo. No ya unanimidad, ni tan solo una mínima convergencia sobre de qué estamos hablando, cuál es el objeto de nuestra discusión o empeño intelectual: hay casi tantas definiciones de Filosofía como filósofos. Es lógico que eso parezca decepcionante. El recorrido de la Filosofía está sembrado de gente muy lista que tiene una idea feliz, que aduce argumentos bien pensados y bien armados para defender una cosa, pero después viene otro que, con argumentos no menos persuasivos, dice lo contrario y parece echar por tierra todo lo logrado antes. Y luego llega otro que propone una alternativa que parece no tener nada en común con las anteriores, de modo que uno acaba hecho un lío: no hay quien se aclare, porque ni siquiera se aclaran sobre lo más elemental. Es verdad que esto pasa. Pero también tiene su punto de interés.

Uno de los factores que influyó en mi temprano interés por la Filosofía fue la oportunidad, que tuve siendo muy joven, de asistir a algunas conversaciones filosóficas muy interesantes. Algunas las recuerdo con viveza. En mi ingenuidad, tenía la sensación de que un argumento bien armado poseía la capacidad de dirimir una discusión larga y difícil. Me atraía incluso la «violencia» –digamos, la contundencia– con la que una conclusión se infiere de sus premisas. Si la argumentación dialéctica puede producir avances espectaculares en cuestiones tan decisivas, humanamente tan densas como las que se suelen plantear los filósofos, es algo grandioso. Naturalmente, esa ingenuidad me duró poco. Enseguida me di cuenta de que esto no ocurre nunca o casi nunca. Mas por otro lado advertía –y eso sí me alentaba– que, aunque se trate de un avance modesto –un pasito de bébe–, un pequeño progreso en la formulación de un problema, una tenue luz que ayude a reformularlo mejor, tal vez tomando en cuenta otros lados del asunto que antes no se han visto, compensa todo el esfuerzo que ha llevado a que se produzca.

Aunque no se dé con una solución definitiva y satisfactoria para todos, cualquier pequeño avance que aclare algo más una cuestión de semejante densidad humana como la de los problemas que comparecen en la discusión filosófica, puede tener mayor envergadura que muchos pasos de gigante en el desarrollo de cualquier ciencia natural. Es evidente que en Filosofía, caso de que se den, se dan pasos muy modestos, pero es muy importante darlos.

Un servicio que la Filosofía rinde al desarrollo intelectual, particularmente en la Universidad, consiste justamente en acostumbrarse a entender que la discusión racional tiene valor con relativa independencia de cuál sea el resultado al que nos lleve. En apariencia esto contradice lo que dije antes acerca del peligro de incurrir en un metodologismo que nos haga olvidar que es más importante la meta que el camino que a ella nos conduce. Pero en la discusión racional sobre temas de alcance humano es importante comprender que hay discusiones en las que es muy difícil llegar a un acuerdo.

Estamos muy influenciados por un contexto cultural excesivamente pragmatista. La civilización «digital» nos familiariza con la representación de que todo lo que hacemos tiene que tener un resultado automático: acción-reacción; se aprieta un botón o se acciona un mando, e inmediatamente ocurre algo. Sin ninguna duda es una maravilla disponer de aparatos que facilitan cada vez más muchas tareas instrumentales, rutinas que ahorran tiempo y esfuerzo que podemos dedicar a cosas más interesantes. Mas no todo en la vida es así. Es importante que alguien que se dedica, o se prepara para trabajar con la inteligencia –todo el mundo emplea la inteligencia en su trabajo, pero un universitario se prepara para hacerlo en una forma peculiarmente ambiciosa–, llegue a entender que hay logros que no son automáticos, que no se consiguen rápidamente, sino tan solo después de mucho tiempo y esfuerzo, probablemente después de cosechar abundantes fracasos y no «tirar la toalla», volver a intentarlo una y otra vez.

Quien ha madurado ha aprendido a diferir las satisfacciones. Sabe que en algunos empeños hay que acostumbrarse a esperar los resultados tras esfuerzos prolongados durante largo tiempo, reiterando los intentos y tolerando la frustración. Algunos esfuerzos es razonable esperar que cosechen resultados inmediatos, pero no todo en la vida tiene ese régimen: hay propósitos que hay que acostumbrarse a esperar mucho para verlos coronados por el éxito. La discusión filosófica eso lo lleva en el genoma, acostumbra a ir despacio, a ver las cosas con calma, a ponderar las razones unas con otras contrastando su valor de verdad y su eficacia para iluminar cuestiones que no son nada simples.

Las discusiones académicas no se justifican por el resultado al que eventualmente puedan dar lugar, por ejemplo, en forma de consenso. En un sector muy restrictivo de la discusión humana –las negociaciones– es razonable esperar que la conversación termine con un acuerdo. Se trata de una forma de diálogo en la que los interlocutores entienden que aquello ha valido la pena si ha dado lugar a que los diferentes pareceres converjan en un punto común, y para ello se dispone de un protocolo, un turno de palabra, un moderador, unos apaños, firma y foto de familia al final. Eso tiene mucho sentido en algunas discusiones; no en todas ni, creo, en las más interesantes, pero sí en algunas en las que se trata no tanto de entender como de hacer algo entre todos.

También en algunas cuestiones económicas o jurídicas es interesante tener esa expectativa y aplicar las teorías de la decisión racional, la lógica de juegos, etc. Ahora bien, hay otros problemas, de tipo ético, político, científico o filosófico, para los cuales no tiene sentido pretender que la discusión acabe en acuerdo. Eso no ocurrirá más que por excepción, si ocurre. En todo caso, la discusión en esos terrenos vale la pena si contribuye a clarificar las posturas en liza. Si la discusión sirve para eso, realmente presta un servicio impagable.

La Universidad tiene aquí un reto interesante: mostrar que el acuerdo valida un sector muy limitado de la discusión racional, pero no es el prototipo de la conversación humana. Ahí la Filosofía puede ayudar mucho.


  1. La he desarrollado de manera algo más pormenorizada en un libro reciente (Barrio, 2016).
  2. El Banquete, 202e-204b.
  3. Aristóteles, Metafísica, I, 1, 980 a 21.


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