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Presentación

Dando por bueno el horrísono palabro que he puesto como título de estas páginas –es mucho pedir, y ruego disculpas por ello al benévolo lector–, la grafía «reiniciando…», o la voz «en modo reinicio» ha llegado a sernos familiar a todos los que, querámoslo o no, andamos atrapados entre cachivaches digitales. Bien porque la máquina tenga que metabolizar nuevas herramientas, programas o «actualizaciones», o bien porque alguna operación compleja la haya bloqueado y se haya quedado «colgada», a veces nos sorprende «en reinicio».

Pese a que pueda resultar prosaica –o chusca–, la metáfora sirve para sugerir la coyuntura cultural por la que pasa Europa, abocada a «parar el carro» ante la tesitura de tener que redescubrirse, o reinventarse. Cultura es cultivo, auge, aumento, crecimiento. Y es diáfano que no se puede crecer maltratando, o ignorando, las propias raíces. Europa lleva mucho tiempo mirando hacia otro lado, despreciando lo que es y fingiendo lo que no es.

O crece, o muere: es la alternativa ante la que se halla todo ser vivo, o toda comunidad viva. Vivir es crecer, o extinguirse; en definitiva, ir a más o a menos. En ambos sentidos se puede hablar, propiamente, de crisis. Aunque no toda crisis es de crecimiento, no hay crecimiento sin crisis. Alcanzar un punto crítico, o lograr «masa crítica», es condición de todo cambio cualitativo, del salto a otro orden o estatus. Dicho a la inversa, todo crecimiento tiene la forma de una superación, que no sería posible sin pasar por el trance de confrontarse con las propias carencias. A su vez, superación es autosuperación. Tomar conciencia de lo que nos falta es clave para medir la propia capacidad y desplegar la particular potencialidad de cada quién.

Todo ser vivo, y toda comunidad viva, crece superando dificultades, atravesando momentos en los que se abren vías alternativas. De cómo se resuelva el dilema dependerá que la crisis devenga superación o depresión.

Además, avanzar implica integrar algo y dejar algo de lado; sit venia verbo, incremento y excremento. La diferencia entre la superación y la depresión a menudo estriba en la recesión, digamos, depende de que haya suficiente receso para sedimentar lo que se incorpora, posibilitando así una verdadera asimilación.

Este libro intenta llamar la atención sobre algunos puntos críticos del devenir cultural de Europa que al momento presente obligan a un receso reflexivo, a preguntarnos hacia dónde vamos los europeos, y si vamos bien por donde vamos. Con algunas leves modificaciones se recogen aquí textos que en su mayoría ya han sido publicados en la última década, pero que tienen en su base una preocupación común que hace pertinente su presentación conjunta, dado que pueden contribuir –es lo que el autor pretende– a una visión panorámica del rumbo. Tal vez hemos de revisar la brújula, o cambiarla por otra[1].

En la Primera Parte se ensaya un acercamiento filosófico al aspecto que a mi juicio refleja de forma más sintomática la profunda crisis cultural que atraviesa el Viejo Continente: el desdén, más aún, un desprecio formal hacia la verdad. Con él tiene mucho que ver la desafección que Europa siente hacia sí misma, que en alguna ocasión el papa emérito Benedicto XVI llegó a calificar de odio[2].

La Segunda Parte profundiza en la senda de la Primera, enfatizando las consecuencias negativas que tiene ese desprecio por la verdad para comprender el sentido de la profesión de fe cristiana, sin la cual resulta literalmente irreconocible la historia cultural de Europa.

La Tercera Parte analiza la crisis educativa. Con matices variados en los diversos países que conforman la Unión, el Viejo Continente se debate en la disyuntiva entre comprender la educación como un proceso de mera adaptación a lo que hay, o bien como una ayuda al crecimiento de la persona. En la Cuarta Parte se examina este mismo problema en el ámbito universitario. También la Universidad –uno de los productos culturales más emblemáticos de Europa– afronta ahora un dilema «cornudo», como decían los lógicos medievales. Uno de los cuernos de la alternativa es continuar la tradición del cultivo del saber superior, y el otro es reconducir toda la actividad académica de acuerdo con el criterio de la competencia, entendida en términos socio-económicos.

Asuntos como el aborto provocado, la eutanasia y la ideología «de género», que en el discurso cultural y socio-político reclaman atención creciente, ponen de relieve una deriva tanática, o, por decirlo más claramente, una tensión suicida que a mi juicio es lo más preocupante del panorama europeo desde el punto de vista cultural. De ello me ocupo en la última Parte de este libro.

Madrid, marzo del 2019.



  1. En otro libro reciente me he ocupado de la crisis de Europa con una atención principal al aspecto socio-político (Barrio, 2017b). Aquí la perspectiva es más amplia, propiamente cultural.
  2. «Aquí hay un odio de Occidente a sí mismo, que es extraño y que solo se puede considerar como algo patológico; Occidente intenta, de manera loable, abrirse lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; de su propia historia ya solo ve lo que es execrable y destructivo, mientras que ya no está en situación de percibir lo que es grande y puro» (Pera, Ratzinger, 2006: 75). Creo que este odio es un fenómeno distinto de aquel al que se refiere Rémi Brague (1995) hablando de la «secundariedad», algo sin duda mucho más interesante.


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