Este libro nace como un esfuerzo por encontrar respuestas a temas que dominan hoy el escenario de la evaluación de las universidades y de la función de investigación de éstas. La preocupación por cómo están impactando crecientemente en la comunidad académica y en la opinión pública en la Argentina, así como los paradigmas que dominan los procesos de evaluación, han sido motivo de mi preocupación desde que en 1993 fui convocado por la Secretaría de Políticas Universitarias de la República Argentina, dirigida por Juan Carlos del Bello, para la realización de un diagnóstico sobre la situación de los postgrados universitarios en el país[1] y para colaborar en el diseño del Fondo para el Mejoramiento de la Calidad Universitaria (FOMEC).
Una cosa llevó a la otra y terminé como Coordinador Académico del FOMEC, dirigido por Carlos Marquis, entre 1995-1998. Allí tuvimos una intensa experiencia de evaluación de proyectos de mejora de las universidades estatales, que entre otros rubros daban alta importancia a la consolidación de procesos y a la capacitación de recursos humanos destinados a mejorar la investigación en las universidades. En interacción con destacados académicos que formaban parte de los comités de pares, que presentaban los proyectos o integraban el equipo técnico del FOMEC, fuimos entendiendo las distintas perspectivas de los procesos de mejora de la calidad de acuerdo a las diversas tradiciones disciplinarias e institucionales. Dado que se asignaban importantes recursos a los proyectos, el esfuerzo por evaluarlos con fineza y su alta complejidad institucional, cristalizaron en un intenso aprendizaje para quienes veníamos de otras experiencias académicas distintas al manejo de la educación superior.
Cuando ya el FOMEC había estabilizado su accionar y llegaba la hora de beneficiarse de un funcionamiento burocrático menos estresante, surgió un nuevo desafío. Se creó por ley la Comisión Nacional de Evaluación Universitaria (CONEAU), que resolvió iniciar sus actividades acreditando los postgrados universitarios. Emilio Mignone, el notable educador argentino, quien fuera su primer Presidente, me convocó para esta tarea. Jugaba en contra de una negativa el hecho de haber realizado los primeros estudios integrales sobre la problemática y además era imposible no ser seducido por su extraordinaria personalidad y su capacidad de entusiasmar a quienes apelaba para impulsar estas iniciativas que habían sido un sueño largamente acariciado en su vasta trayectoria de constructor institucional de la educación superior argentina. Como Coordinador del Área de Acreditación de Postgrados de la CONEAU entre 1996 y 1999 interactué nuevamente con colegas de las distintas disciplinas que evaluaban estas actividades, un salto relevante en los procesos de evaluación de la calidad universitaria en el país, del que todos los actores involucrados aprendimos mucho.
Los temas de la evaluación de la calidad siguieron acompañándome al integrar la Comisión Asesora de Sociología y Demografía del CONICET, que terminé presidiendo, entre los años 2002 y 2004. Se trataba aquí de evaluar a los investigadores en forma individual; recuerdo largos debates con mis colegas en función de las distintas prioridades que cada uno de nosotros asignaba a las formas en que se plasma la producción científica en sus distintas expresiones (libros, artículos en libros, documentos de trabajo, publicaciones en distinto tipo de revistas científicas, presentaciones en jornadas, seminarios y congresos). También las ríspidas discusiones mantenidas con los miembros de la Junta de Calificaciones del CONICET, ampliamente hegemonizada por integrantes de las Ciencias Naturales y Exactas, a quienes les resultaba muy difícil juzgar la calidad de los investigadores que no fueran de sus áreas, dado que las tradiciones disciplinarias se expresan en formas de divulgación del conocimiento muy distintas. Un punto recurrente en estas diferencias era el valor asignado a los libros, máxima expresión de la producción y la calidad de un investigador en las Humanidades y las Ciencias Sociales, y un producto menor para las Ciencias Exactas y Naturales que los identificaban como textos de docencia o divulgación, versus la máxima prioridad que asignaban a la publicación en revistas internacionales acreditadas.
Otra diferencia notable entre las tradiciones disciplinarias tenía que ver con el valor de los títulos de postgrados. Mientras que para las Ciencias Exactas y Naturales y las Humanidades los doctorados eran el título máximo de referencia, para las Ciencias Sociales marcadas en Latinoamérica por las maestrías de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (instaladas a partir de 1959 en diversos países de la región, al igual que el mundo de los negocios forjado en la tradición de las maestrías de origen norteamericano), este título era relevante. Ni hablar de los abogados y los médicos entre quienes las especialidades eran la nota de calidad dominante, o los ingenieros que cursaban sus niveles de especialización dentro del propio título de grado.
Estos temas siguen vigentes. Los recientes acuerdos impulsados por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva con el conjunto del sistema científico nacional para cambiar las formas de evaluación de los científicos que trabajan en proyectos aplicados, surgieron de las dificultades causadas por los criterios dominantes en las comisiones del CONICET y de la Agencia Nacional de Investigaciones, donde los pares académicos juzgan a los investigadores en función de la cantidad de publicaciones en revistas internacionales de alta calidad (definidas en función del “factor de impacto”, tema que analizaremos en profundidad en esta publicación). A pesar de estas resoluciones, las conservadoras comunidades académicas mantienen sus criterios y llevará años y mucho debate superar los sesgos introducidos por la práctica asentada de estas disciplinas.
Más adelante, al difundirse crecientemente en el país los distintos rankings internacionales sobre las universidades, me tocó observar de cerca la gran preocupación que (sobre todo en las universidades privadas) existía en relación a la ubicación nacional, latinoamericana o internacional que distintas consultoras o entidades académicas organizadoras de estas clasificaciones asignaban según distintos criterios a las universidades. Impactos mediáticos generados por opiniones ligeras de periodistas con escaso dominio del tema pero con acceso a medios masivos no hicieron más que fortalecer estas preocupaciones. Por cierto, los directivos de las universidades estatales asignaron menor importancia a estos temas. En primer lugar porque sus ingresos no guardan correlación con su inserción de mercado, y en segundo lugar porque fueron escasos los académicos que se preocuparon por realizar investigaciones integrales que permitieran debatir las deformaciones y debilidades de estas clasificaciones. Al crear (desde la Universidad Abierta Interamericana) la revista Debate Universitario y asumir su dirección, desarrollé en su primer número una síntesis de las investigaciones que sobre el tema venía realizando en el Centro de Altos Estudios en Educación de la entidad. Leyendo la vasta bibliografía existente sobre la temática a nivel internacional y la gran documentación y fuentes disponibles en Internet, traté de explicarme el origen de esta temática, tanto en términos conceptuales como de las estructuras institucionales públicas y privadas que se fueron plasmando en su desarrollo.
Esta investigación me condujo necesariamente a intentar entender los procesos por los cuales las revistas académicas internacionales (dominantemente en inglés) se convirtieron en el centro de la evaluación de la calidad. Se hizo necesaria una revisión histórica que empezara por analizar el desarrollo de los libros y las editoriales científicas, para explicar estos procesos en términos históricos, de manera de mostrar que muchos de los procesos actuales de rebelión de las comunidades académicas y de muchos gobiernos con la construcción del sistema de evaluación, comercialización y difusión de las revistas científicas, se explican por las deformaciones que tuvieron lugar en la construcción misma del sistema de organización de la información científica. Procesos que se ejemplifican aquí con la creación del Institute for Scientific Information (ISI) producto de circunstancias históricas que definieron sus limitaciones y que impactaron profundamente en la deformación del sistema internacional de evaluación de la ciencia.
Por cierto, esta historia no terminó de escribirse con la creación y el funcionamiento del ISI, pero entendemos que este es un dato de tanta relevancia que nos permite concluir el primer volumen de este libro, que sometemos a la consideración de muchos académicos y funcionarios preocupados por los impactos que estos temas producen en el manejo de los procesos de evaluación de la ciencia y la tecnología, con las consiguientes consecuencias en la distribución de recursos, el desarrollo de las carreras académicas de los investigadores y tantos temas relevantes asociados. Esperamos que también sea útil para los investigadores y docentes que trabajan sobre temas de educación superior, para los periodistas interesados en profundizar estas problemáticas y para el público que curiosamente se asoma a estas problemáticas que hacen a la vieja preocupación de la fijación de reglas de juego para la medición de la calidad universitaria y la evaluación de la ciencia y la tecnología. O por lo menos a la comprensión más profunda de los distintos núcleos de intereses que regulan los criterios dominantes.
En el segundo volumen se expondrá la evolución de los distintos sistemas vigentes de evaluación de la relevancia de las revistas científicas (Scopus, SCImago), y los debates en desarrollo a nivel internacional de las nuevas formas de comunicación científica y formas de acceso provocadas por el desarrollo de Internet, así como un análisis más detallado de los debates actuales sobre el uso del idioma español en el mundo académico latinoamericano. Nos detendremos en la historia de la evaluación de la ciencia en Argentina y la generación y evolución de sus revistas científicas, sus editoriales universitarias y las formas dominantes de la comunicación científica nacional. Confiamos en que las críticas, sugerencias y comentarios del libro aquí presentado nos ayuden a mejorar las preguntas esenciales para el desarrollo de la investigación que sirve de base a este trabajo en proceso.
Una aclaración sobre las fuentes y citas en este libro. Para no abrumar al lector con interrupciones permanentes sobre el origen de la información, solo se citan los autores cuando se reproducen fragmentos textuales. En la bibliografía se encontrarán las fuentes que han sido más utilizadas en este estudio, que por cierto tiene mucho de síntesis de investigaciones y documentos generados por distintos estudiosos de las problemáticas. Dado que en gran parte sintetizamos procesos analizados detalladamente por otros académicos, no aspiramos a una gran originalidad al respecto. Sí en todo caso al valor de ciertos énfasis y formas de organizar la información que en su secuencia permitan una mirada menos frecuente que las de cierta literatura dominante en las Ciencias de la Educación, la Bibliometría y la Cientometría que codifican como verdades reveladas ideas que disimulan las dificultades históricas y limitaciones conceptuales con que se han construido los sistemas de evaluación de la calidad de las universidades y de las publicaciones científicas.
Esta investigación ha sido desarrollada en el Centro de Altos Estudios en Educación (CAEE) de la Universidad Abierta Interamericana. Quiero agradecer a las autoridades de la Universidad su apoyo irrestricto para desarrollar esta investigación, así como a los miembros del CAEE y de la revista Debate Universitario con quienes he mantenido constantes intercambios sobre las temáticas aquí desarrolladas.
En este proceso hemos tenido la dolorosa pérdida de la coordinadora de Debate Universitario, Gabriela Giba, que también colaboró permanentemente en la localización de material utilizado como fuente en este libro, y con quien mantuve detalladas conversaciones sobre los sistemas de documentación científica. A ella le dedico este libro.
- Barsky, O. (1997). Los posgrados universitarios en la República Argentina. Buenos Aires, Troquel.↵








