El gran desarrollo de las Ciencias Naturales en el siglo XVII generó la necesidad de los científicos situados en lugares lejanos, dado los medios de transporte de la época, de comunicarse.
Inicialmente este contacto fue epistolar y la correspondencia científica el instrumento más valioso para el intercambio de los conocimientos. Adquirieron así gran relevancia los “corresponsales científicos”, personas que se ofrecieron para realizar la tarea de hacer llegar a los destinatarios esa correspondencia o de difundir las noticias que a tal efecto recibían. Jugaron un papel relevante el padre Marin Mersenne, quien intervino en todos los debates de la primera mitad del siglo XVII. Fue el principal corresponsal de Descartes y de otros científicos de la época. Viajó varias veces a Italia y participó activamente en la creación de la Académie des Sciencies. Una tarea similar realizó en Inglaterra Henry Oldenburg, de origen alemán y secretario de la Royal Society. John Collins jugó también un papel destacado como corresponsal y como científico, impulsando la publicación de obras inéditas. En Alemania este rol lo desempeñó el jesuita alemán Kaspar Schott, difundiendo los nuevos conocimientos a través de la correspondencia que mantuvo con numerosos investigadores.
Además de la correspondencia científica y personal, circulaban a través de los folletos, diarios, los catálogos de libros, calendarios, almanaques y efemérides diversos tipos de información sobre el creciente número de interesados en las actividades científicas donde obviamente el libro seguía siendo el principal organizador del pensamiento erudito. Pero el libro no era suficientemente ágil para difundir los resultados de un nuevo experimento, por ello los mismos se publicaban en forma de folletos o panfletos. Es decir, la publicación en forma de libro seguía siendo un vehículo adecuado para la difusión de los escritos asociados a la Filosofía, la Historia, las Ciencias Sociales, la Literatura y obras integrales de las Ciencias Exactas y Naturales, pero eran insuficientes con las necesidades de la práctica acotada y fragmentaria en plena expansión en estas últimas disciplinas.[[1]
Pero así como los libros eran inadecuados, las comunicaciones personales eran insuficientes, las cartas eran personales y difícilmente accedieran a ellas otros científicos que pudieran rebatir o complementar sus contenidos. Al mismo tiempo, comienza un agudo proceso de competencia por la originalidad de los descubrimientos basados en la experimentación, los que necesitan ser convalidados por formas consensuadas de las nacientes comunidades científicas. Esta competencia generó sistemas de cifrado e incluso de taquigrafía destinados a evitar la apropiación de dichos descubrimientos. Paralelamente, la acelerada expansión de las actividades en distintos países de Europa, exigía un proceso de comunicación, catalogación y difusión masiva que no reconocía antecedentes en las formas organizativas existentes.
Todos estos procesos se irán resolviendo en concreto con el desarrollo de las publicaciones asociadas a las academias, particularmente de Inglaterra, Francia y Alemania, coincidiendo con la expansión de la ciencia en esos países. Una de las primeras iniciativas fue la realizada por el historiador de la casa real francesa Francois Mézeray, quien obtuvo un privilegio para editar un periódico literario-científico para publicar noticias de actualidad en los ámbitos de la Arqueología, la Literatura, las ciencias, las artes y los oficios, propuesta que no alcanzó a plasmarse, pero dejó latente la iniciativa. Esta sería abordada de distinta forma en Francia y en Inglaterra.
La academia francesa no tuvo un órgano propio de publicidad hasta fines del siglo XVII (Mémoires de l’Academie des Sciences aparecido en 1692), pero previamente se comenzó a editar un boletín, el Journal des sçavants (el diario de los sabios, que en 1816 cambió la grafía a Journal des savants), que contenía las actas de sesiones en forma de diario. Dirigido por Denis de Sallo, consejero del Parlamento francés, se trataba de crear un boletín que contuviera la lista de los libros publicados recientemente, informes de las actividades científicas en Europa, noticias de proyectos en curso, publicar necrológicas de personas famosas y resumir el trabajo que habían realizado, describir experimentos de Física, Química y Anatomía, así como inventos curiosos o útiles de máquinas y crear un registro de datos meteorológicos, citar las decisiones más importantes tomadas por cortes civiles o religiosas y las censuras de las universidades y los resultados de los experimentos desarrollados en los laboratorios de la academia. Según Sallo, su idea al fundar la revista era “satisfacer la curiosidad y aportar conocimientos a sus lectores, especialmente a aquellos que no leían libros enteros por falta de tiempo o por pereza” (Piqueras, 2001: 3). Apareció el 5 de enero de 1665 y estimuló la creación de otras revistas en Europa. Estos movimientos se daban en relación directa al anquilosamiento de las universidades controladas por el poder eclesiástico, con fuerte resistencia al desarrollo de las ciencias. Francia se transformó en el curso del siglo XVIII en el centro de la ciencia mundial y la Academia de Ciencias en la organización científica más prestigiosa del mundo.
La revista constaba de veinte páginas e incluía diez artículos, cartas y notas. Después de sólo trece números, la revista fue interrumpida y retirado el privilegio concedido a Sallo. Reapareció en 1666 bajo la dirección del abad Jean Gallois, al que sucedió en 1674 el abad Jean Paul de la Roque. La revista fue semanal hasta 1723 y mensual desde 1724. Actualmente es una revista literaria. Si bien ha sido considerada el antecedente original de las actuales revistas científicas, es evidente que en forma más directa los procesos actuales se ligan a la creación, también en 1665, del primer órgano de difusión de la Royal Society de Londres: los Philosophical Transactions of the Royal Society, dirigidos por Henry Oldenburg, quien era el secretario de la sociedad.
Cuando Henry Oldemburg fue elegido secretario en 1663, mantuvo su extensa correspondencia con al menos treinta científicos relevantes. La tarea se hizo tan pesada que se formó un comité para atender esta actividad y comenzó la distribución del trabajo en el mismo repartiéndose por los países de origen de la correspondencia. En esta labor, los dirigentes de la Royal Society, Robert Moray, Robert Boyle y Oldemburg se plantearon sistematizar estos procesos y crearon la revista Philosophical Transactions, que se resolvió fuera exclusivamente científica y que no debía tratar temas legales o teológicos. Se aprobó su publicación mensual y el primer número, de dieciséis páginas, apareció el 6 de marzo de 1665. Contenía esencialmente el material preparado por Oldemburg en base a la información científica recibida y no tenía esencialmente la descripción de experimentos originales. Este modelo se expandió rápidamente. En 1682 aparece en Alemania una importante revista científica: Acta Eroditorum fundada por el profesor de Leipzig Otto Mencke, que duró más de un siglo. Se publicaba en latín y tuvo la colaboración de destacados científicos.
Otras revistas, en cambio, siguieron el modelo del Journal des Sçavans, que al tratar una variedad amplia de temas, además de los de ciencia experimental (sobre todo de Historia, Teología, Derecho y Filosofía), permitían la venta del material en niveles que facilitaban el mantenimiento de la publicación.
Revistas más concentradas en la descripción de experimentos originales aparecerían recién entre 1780 y 1790 en publicaciones especializadas en Física, Química, Biología, Agricultura y Medicina. Hacia 1830 se registraban unas 300 revistas de este tipo. Una gran expansión fue la de las revistas médicas especializadas demandadas no solamente por los profesionales de esta disciplina sino también por el público interesado en la problemática de la salud.
Las revistas científicas europeas de la época todavía incluían contenidos y formatos muy distintos a los actuales. Sin embargo comenzaron a atisbarse publicaciones periódicas consagradas a la medicina que ya no eran portavoces de academias ni estaban redactadas por un solo autor y sus allegados; eran verdaderos órganos de comunicación utilizados por grupos muy amplios de autores y lectores de información científica y profesional. Algunas de ellas alcanzarían a nuestros días, como The Lancet (desde 1823) en Gran Bretaña, los Archives Générales de Médecine (desde 1823) en Francia y varios Archiven y Zeitschriften en los países germánicos. En España solo se fundaron cinco revistas. Dos de ellas en 1820: el Periódico de la Sociedad Médico-Quirúrgica de Cádiz y las Décadas de Medicina y Cirugía. Al año siguiente apareció el Periódico, de la Sociedad de Salud Pública de Cataluña. Hasta 1808 el país atravesó un periodo fuertemente absolutista, que explica los escasos esfuerzos por disminuir la distancia existente entre la producción científica nacional y extranjera y aunque se fundaron algunas revistas que difundieron las nuevas ideas científicas e ilustradas producidas en el resto de Europa, en España durante estos años la edición de una revista fue una aventura arriesgada no sólo en el ámbito económico, sino también en el plano político o religioso, localizada sólo en las ciudades más dinámicas y comerciales en contacto con Europa y en la capital del Estado. En este periodo, la fundación de una nueva revista fue, en cierta manera, un hecho aislado, las aventuras editoriales fueron puntuales y la continuidad editorial una excepción. (Algaba, 2000).
Esto explica el notable retraso con que la publicación de revistas especializadas comenzó en España. Las Dissertaciones de la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla (1736) apareció medio siglo después de sus homólogas europeas: la Miscellanea curiosa de la Academia Naturae Curiosorum vio la luz en 1670, con un contenido principalmente médico, complementado con temas de Historia Natural, mientras que el Acta medica et philosophica hafniensia de Thomas Bartholin y el Journal des nouvelles découvertes sur toutes les parties de la médicine de Nicolás de Blégny lo hicieron, respectivamente, en 1671 y 1679.
Cinco de las trece revistas mencionadas fueron publicadas por reales academias de medicina: las citadas Dissertaciones y sus Memorias académicas (1766-1819), por la Real Sociedad de Medicina de Sevilla; Ephemérides barométrico-médicas matritenses (1737-1738) y un volumen de Memorias (1797), por la de Madrid, y otro volumen de Memorias (1778), por la Real Academia Médico-Práctica de Barcelona. Dos revistas fueron órganos de expresión de asociaciones profesionales: las Dissertaciones physico-médicas (1751-1752), de la Sociedad Médica de Nuestra Señora de la Esperanza de Madrid, y la Obra periódica anual, de la Sociedad Médica Gaditana establecida con el título de San Rafael (1785). Las restantes revistas fueron editadas a título personal. Otro de los campos científicos que tuvo una presencia temprana en las publicaciones periódicas (revistas) fue la Historia Natural, una disciplina de larga historia y que floreció en España, por razones obvias, tras el descubrimiento de América. La primera revista dedicada a la Historia Natural fue Anales de Historia Natural, cuyo primer número apareció en octubre de 1799.
Los grandes cambios técnicos e industriales sufridos por Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX se expresaron en un gran progreso de la Ciencia y las Matemáticas. La Royal Society, que publicó las obras de Isaac Newton y Charles Darwin, editaba sus revistas especializadas. Pero entre 1850 y 1860 se duplicó el número de las revistas de divulgación científica, diseñadas para conectar al público con el mundo científico.
En 1859 se creó la revista Recreative Science: A Record and Remembrancer of Intellectual Observation de Historia Natural y Física, y posteriormente surgió el Intellectual Observer: A Review of Natural History, Microscopic Research, and Recreative Science. La revista Popular Science Rewiew surge en 1862 y desaparece en 1881. En 1864 aparece Quarterly Journal of Science, que deja de publicarse en 1885 y en 1868 Scientific Opinion, que sólo llega hasta 1870. The Reader se crea en 1864 mezclando Ciencia con Literatura, tratando de llegar a un público más amplio que el de la comunidad científica pero solo resiste hasta 1867.
El 4 de noviembre de 1869 se crea en Inglaterra la revista Nature. A weekly ilustrated journal of science, que publicaba artículos en una amplia variedad de temas, aunque con el tiempo se fue especializando en Biología. Además de los artículos estrictamente científicos, la revista incluyó crecientemente noticias científicas de carácter general y artículos sobre políticas científicas de diferentes países, críticas de libros y artículos sobre la historia y el futuro de algunas disciplinas científicas. Su continuidad y rigor en la selección de artículos científicos le valieron una gran popularidad en el mundo científico y en la opinión pública internacional.
Edición original del 4 de noviembre de 1869.
Norman Lockyer.
La revista fue creada por un ex editor de The Reader, Norman Lockyer, pero pertenecía y fue financiada por Alexander Macmillan.[2] Nació con fines polémicos, impulsada por un grupo autodenominado X Club, con científicos de creencias liberales, iniciado por Thomas Henry Huxley y al que pertenecían Joseph Dalton Hooker, Herbert Spencer y John Tyndall, entre otros. Partidarios fervientes de la Teoría de la Evolución de Darwin, enfrentaban a los grupos más conservadores de los científicos británicos. Posiblemente esta perspectiva fortaleció a la revista, además del apoyo financiero sostenido que recibió. Norman Lockyer, su fundador, era profesor en el Colegio Imperial y fue sucedido en 1919 por Richard Gregory, quien impulsó la instalación de Nature en la comunidad científica internacional.
Otra revista de divulgación científica relevante fue creada el 28 de agosto de 1845 por Rufus Porter, Scientific American, y actualmente es la revista científica más antigua de los Estados Unidos.
Edición original del 28 de agosto de 1845.
Rufus Porter.
Porter fue parte del proceso de notable de expansión de la industria norteamericana durante el siglo XIX, integrando los técnicos e inventores que revolucionaron estos procesos. Carente de estudios formales, durante muchos años sobrevivió pintando murales en diversas ciudades. Pero fue un inventor prolífico. Su obituario describió su “larga carrera de utilidad como un inventor de ruedas de agua de turbina, molinos de viento, barcos voladores, motores rotativos, y artilugios diversos para abolir en la medida de lo posible, el trabajo agrícola”.
Durante 1825-1826 publicó cuatro ediciones de A Select Collection of Valuable and Curious Arts, and Interesting Experiments. Construyó una cámara oscura portátil que le permitió hacer retratos de silueta en menos de 15 minutos. Experimentó con un molino de viento harinero, una lavadora, una desgranadora de maíz, una alarma de incendio, una máquina de fabricación de cuerdas y una cámara. Inventó relojes, señales ferroviarias, bidones, un aparato de medición de distancia, un mecanismo de caballos de fuerza, una batidora, un salvavidas, una prensa de queso, y un rifle giratorio. Inventó el revólver automático rotatorio, pero le vendió los derechos a Samuel Colt por $100.
En 1841 publicó y editó en Nueva York, la revista New York mechanic. El primer número se publicó el 2/1/1841, y se subtitula “el defensor de la industria y la empresa, y el diario de la mecánica y otras mejoras científicas”, y sobrevivió dos años. El 28 de agosto de 1845 creó la revista Scientific American, que diez meses más tarde vendió a Orson Desaix Munn I y Alfred Ely Beach. En la presentación de la revista se señalaba:
Scientific American se publica todos los jueves por la mañana… cada número ofrecerá de dos a cinco grabados originales, muchos de ellos elegantes, e ilustrativos de nuevas invenciones principios científicos, de obras públicas y contendrá, además de las noticias más interesantes de los acontecimientos que pasan, avisos generales del progreso de la Ingeniería Mecánica y otras mejoras científicas; estadounidenses y extranjeros. Las mejoras e invenciones; Catálogos de Patentes estadounidenses; ensayos científicos, ilustrativos de los principios de las ciencias de la Mecánica, Química y Arquitectura: información útil e instrucción en diversas artes y oficios; experimentos filosóficos curiosos; Misceláneas de inteligencia, música y poesía. Este trabajo está especialmente destinado al patrocinio de la Mecánica y Manufacturas, siendo el único periódico en Estados Unidos, dedicada a los intereses de esas clases, pero también es especialmente útil para los agricultores, ya que no sólo va a evaluar las mejoras en los implementos agrícolas, e instruir en diversos oficios mecánicos, y se transmitirá la inteligencia más útil para los niños y jóvenes.
En los países del continente americano pertenecientes al imperio portugués y al español el desarrollo de la ciencia fue tardío, y aunque circularan materiales de ese tipo, el primer intento de generar publicaciones científicas o de difusión de la ciencia data de 1772, con la creación en México de la revista de Física y Medicina Mercurio Volante, creada por el médico José Ignacio Bartolache y que se editó durante unos pocos meses. En Cuba apareció en 1790 la publicación Papel Periódico de la Havana, que si bien era una revista de información general, contenía artículos científicos sobre diversas disciplinas. En el Río de la Plata aparece en Buenos Aires en 1802 el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, editado por Juan Hipólito Vieytes, que fue publicado hasta 1807. Un total de doscientos dieciocho números regulares y cuatro extraordinarios. Estaba dedicado esencialmente a difundir conocimientos para mejorar el desarrollo de la agricultura, y ello incluía información sobre las Ciencias Naturales y las técnicas, socializando los conocimientos científicos más novedosos de su época.
Hubo tres principales novedades en las publicaciones académicas del siglo XIX, que en gran medida establecieron el patrón a seguir a comienzos del siglo XX. Se fundaron academias integrales regionales, especialmente en futuros países como Alemania e Italia que no tenían un gobierno central unificado. Y todas las academias de Milán, Turín, Venecia, Bolonia, Nápoles y Palermo en Italia, de Berlín, Munich, Viena, Hamburgo y Gotinga en la futura Alemania y la real Sociedad de Edimburgo y la Real Academia Irlandesa tenían sus respectivas revistas científicas. En segundo lugar se fundaron gran cantidad de nuevas sociedades especializadas por disciplina. La tercera novedad fue la aparición de academias exteriores a Europa en los dominios británicos de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, la India y en los Estados Unidos.
El surgimiento de instituciones científicas sostenidas con fondos públicos como los jardines y los observatorios reales de Greenwich y de París y en el siglo XIX de numerosas e importantes instituciones estatales sumaron publicaciones de carácter científico, algunas de las cuales, como el Almanaque Náutico del Observatorio Real de Inglaterra y la Connaissance des Temps del Bureau de Longitud de París, se vendieron ampliamente por su utilización por los marinos.
El carácter amateur de muchas sociedades científicas de los siglos XVIII y XIX tuvo una importante influencia en la economía de sus publicaciones. Los miembros de las sociedades obtenían gratuitamente las publicaciones a cambio de su suscripción a la sociedad científica. Las ventas adicionales eran escasas y parte importante se utilizaba para intercambio y para formar así las colecciones de otras revistas científicas afines. Cuando los integrantes eran un número razonable y además tenían a su cargo las labores de edición, se cubrían los costos. Las publicaciones de revistas científicas no eran un negocio comercial de las sociedades científicas.
Las patrones así establecidos continuaron en la primera mitad del siglo XX. Comenzaron a editarse algunas revistas con opiniones de los avances producidos en su respectivo campo disciplinario dada la dificultad de los académicos para leer personalmente toda la creciente producción. Los métodos de publicación seguían siendo los establecidos históricamente. Un comité honorario decidía sobre la pertinencia de las publicaciones en base a informes de los árbitros, con un personal relativamente pequeño que se ocupaba de la correspondencia, la edición de los textos, el envío a la imprenta y el manejo de la distribución por correo. La impresión de las revistas se hacía en las imprentas de acuerdo al tamaño de los tirajes. Gran parte del mismo se distribuía gratuitamente a los suscriptores de la sociedad científica o se utilizaba para intercambio. Las ventas eran escasas. Mientras este método de producción de revista pudo mantenerse no había necesidad de comercializar agresivamente las revistas en las bibliotecas ni darle un formato particularmente atractivo a las revistas que eran buscadas a través de las bibliotecas universitarias que en este período comenzaron a crecer en forma muy importante.
Este esquema coexistió con la edición a cargo de editoriales comerciales que hemos visto, pero que tomarían un rol trascendente, como analizamos más abajo.
- “At the beginning of the 17th century, written scientific communication was primarily throug books and gazettes. Soon there arose in science, however, the important formula: one experiment or observation equals one communication or publication. This formula was of significance because it meant that current methods of publication were inadequate. The characteristic book was inapropiate for presenting the results of one new experiment or observation, because an author had to wait until he accumulated several results before he could justify publication. Even so, many single observations or discoveries continued to be published in the form of separate booklets or pamphlets. William Harvey’s great work on the circulation of blood, for example, appeared as a 72-page booklet in 1628. The early gazettes or newspapers consisted mainly of reports from so-called intelligence offices, and they were not suitable for transmitting scientific information” (Porter, 1964: 211).↵
- Que en 1843 fundó con su hermano Daniel Macmillan Publishers. Alexander desarrolló la reputación literaria de la empresa, mientras que Daniel se hizo cargo de los aspectos comerciales. Originalmente llamada Macmillan & Co., la firma comenzó como una librería de éxito en Cambridge y se expandió a la publicación de libros. Tras la muerte de Daniel en 1857, Alexander continuó dirigiendo la empresa a la que le dio un perfil internacional y comenzó la publicación de revistas, entre ellas Nature. Macmillan abrió oficinas en Nueva York en 1869.↵












