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El concepto de guerra civil
y su vínculo con la variable poder

Usos en la teoría de Foucault y Agamben

Laura Juliana Soto Moreno

Introducción

El problema de la guerra civil y el poder resulta ser de vital importancia para estudiar las formas de gobierno sobre las poblaciones. En relación con esta cuestión, las teorías biopolíticas desarrolladas por Michel Foucault y Giorgio Agamben pueden tomarse como complementarias, más allá de las diferencias que presentan por las estrategias metodológicas.[1] El análisis de las prácticas de poder que realiza Foucault a lo largo de sus libros y sus cursos permite identificar el sistema de poder como un objeto de estudio posible de la teoría política. Por otro lado, el estudio concienzudo de la soberanía y sus aristas discursivas y teológicas, realizado por Agamben, facilita comprender las formas en que ese poder se despliega en Occidente a partir de la búsqueda de las excepciones. De esta forma, este trabajo intenta aclarar el concepto de guerra civil trabajado por ambos autores para relacionarlo con la variable poder, pues este es un ámbito central de la teoría biopolítica.

Para desarrollar dicho objetivo, en primer lugar se explicará el funcionamiento de la guerra civil como paradigma de poder en Occidente a partir de las definiciones dadas por Agamben en el texto Stásis. La guerra civil como paradigma político y lo expuesto por Foucault en La sociedad punitiva. Curso en el Collège de France (1972- 1973). En la última parte, se revisarán cuáles son los diálogos posibles entre estos autores, particularmente respecto de la variable poder definida como el ejercicio de la soberanía (Foucault, 2016; Agamben, 2017).

La guerra civil como paradigma de poder en Occidente. Definiciones

En el texto Stásis. La guerra civil como paradigma político (2017), Agamben advierte acerca del predominio en la teoría política del paradigma del consenso, íntimamente ligado a las ideas democráticas, lo cual ha dejado relegado el estudio de la guerra civil entendido por Agamben como “el umbral de politización fundamental de Occidente”. En el imaginario social,[2] parece predominar la necesidad de pensar el sistema democrático en relación con el diálogo, la paz y el consenso. Este es un discurso construido a través de las interacciones entre la sociedad civil, las instituciones y los discursos académicos. El desprestigio de la guerra civil en la teoría política podría radicar en la proliferación de los discursos que promueven límites a la decisión soberana (Weber y teorías contractualistas), la codificación del derecho que promulgó las garantías judiciales y la certeza de la pena (Kelsen, Beccaria, Bentham) y la construcción de una hegemonía para impedir la aparición del disenso o para buscar la cooptación de las voces disidentes (Gramsci). Los anteriores son algunos de los sucesos teóricos que, en relación con los procesos históricos, probablemente han coadyuvado a la consolidación de dicho imaginario social,[3] a la relación necesaria y deseable entre paz, orden, consenso y diálogo por un lado, y sistema democrático por el otro. A esto es necesario sumar las explicaciones de Foucault y Agamben: según el primero, la guerra civil se ha tomado en la teoría política como la anomalía, como una monstruosidad teórico-práctica que es necesario evitar (2016). Por su parte, el filósofo italiano sostiene que una “posible razón del desinterés por la guerra civil radica en la creciente popularidad (por lo menos hasta los años setenta) del concepto de revolución” (Agamben, 2017: 13). El rescate que ambos autores realizan del concepto de guerra civil podría deberse a que este funciona como un paradigma en términos agambenianos, como una herramienta metodológica que permite hacer inteligible una serie de fenómenos históricos e identificar cómo estos atraviesan los cuerpos e influyen en el funcionamiento gubernamental.

Tanto Foucault como Agamben son representantes de las teorías biopolíticas a través de las cuales se pone de relieve la centralidad del cuerpo biológico en los cálculos del poder y de las estrategias gubernamentales. En el caso del filósofo italiano, se ve que, así como en sus trabajos sobre el estado de excepción, en Stásis. La guerra civil como paradigma político el interés es, nuevamente, la relación entre política y vida, entendiendo que la guerra civil es uno de los modos en los que opera la biopolítica, concebida esta como “un modo de ejercer el poder, cuyo objeto es el cuerpo viviente del individuo y la especie. Se trata del modo en que la política se ocupa del cuerpo del hombre” (Taccetta, 2011: 53). Para analizar entonces el funcionamiento de la guerra civil como el “umbral de politización de Occidente” (Agamben, 2017: advertencia), Agamben decide examinar cómo se presenta la guerra civil en dos momentos de la historia occidental, en la Grecia clásica y en el pensamiento de Hobbes. Ambos momentos son de vital importancia para la tradición política occidental y la formación del Estado moderno. De entrada llama la atención esta elección que, como el autor aclara, no es al azar pues ambos ejemplos constituyen dos caras de la misma moneda, “dos caras de un mismo paradigma político, que se manifiesta, por una parte, en la afirmación de la necesidad de una guerra civil, y por la otra, en la necesidad de su exclusión” (Agamben, 2017: 14). En este artículo, se utilizarán estos dos períodos históricos para mostrar los desarrollos que tanto Agamben como Foucault hacen del concepto de guerra civil, aunque el último no hace referencia a la guerra civil en la Grecia clásica. Por eso, la primera parte se dedicará a Agamben y, posteriormente, se mostrarán los aportes teóricos de Foucault.

La Grecia clásica

Agamben se apoya en los trabajos de Nicole Loraux sobre la Grecia clásica, dialoga y hace observaciones de las tesis propuestas por la autora. Según Agamben, la autora ubica el problema de la guerra civil en la articulación entre el oîkos (el espacio doméstico, privado) y la pólis (la ciudad).[4] Loraux muestra esa dicotomía de la siguiente manera:

Consideremos la stásis dentro del marco de un pensamiento cósmico en el que se presenta como una calamidad para la ciudad de los hombres, como la irrupción en el mundo civilizado de un salvajismo calificado de animal pero que en la tragedia –como lo muestra la historia de los Átridas–[5] amenaza desde adentro a la familia humana (Loraux, 2008: 36).

Agamben entonces parece estar de acuerdo con la primera tesis que identifica en los análisis de la autora, a saber: “1) La stásis cuestiona ante todo el lugar común que concibe a la política griega como una definitiva superación del oîkos en la polis” (Agamben, 2017: 20). Aunque el autor destaca que Loraux haya ubicado el problema en la relación entre ambos espacios, lo privado y lo público, este afirma que la guerra civil va más allá de esa dicotomía y “no se trata de una superación, sino de un complicado e irresuelto intento de capturar una exterioridad y de expulsar una intimidad” (Agamben, 2017: 22). Entonces, el lugar de ubicación de la guerra civil es una zona de indeterminación, un umbral entre el oîkos y la pólis. Esta observación de Agamben permite relacionar la función de la guerra civil con las anteriores investigaciones del autor en las que desarrolla la figura del homo sacer,[6] pues la stásis sería el lugar privilegiado del homo sacer, un umbral de indefinición en donde el oîkos se vuelve al ámbito público y la polis rota al espacio privado. Esta conclusión deriva de una pregunta de investigación planteada por Agamben: ¿dónde está la stásis?, ¿cuál es el lugar propio de la guerra civil? La respuesta sería en un umbral de indeterminación, es decir, “la stásis –esta nuestra hipótesis– no tiene lugar ni en el oîkos ni en la polis, ni en la familia ni en la ciudad: constituye una zona de indiferencia entre el espacio impolítico de la familia y el político de la ciudad” (Agamben, 2017: 25). De esta forma, recurrir a la stásis en la Grecia clásica le permite a Agamben dar continuidad a su postura teórica según la cual el control sobre la vida forma parte del núcleo originario del poder soberano y la biopolítica podría rastrearse más allá de la modernidad.

Guerra de todos contra todos y la guerra civil

Tanto en los estudios de Foucault como en los textos de Agamben, es posible identificar la importancia del concepto de guerra civil hobbesiano en relación con la matriz moderna del poder. Para Hobbes, la guerra civil representa la situación más cercana y real a una indeseable y ficcional guerra de todos contra todos. Ese momento de enfrentamiento debe ser evitado a toda costa por el soberano pues se presenta como una realidad que pone en cuestión al gobierno y disuelve a la multitud previamente unificada en la autoridad, por este motivo Hobbes excluye del horizonte político la guerra civil. Para mostrar cómo se presenta la figura de la guerra civil en Hobbes, Agamben comienza con el análisis del frontispicio e identifica dos imágenes importantes, el cuerpo del soberano extendiendo sus brazos por fuera del territorio y que, a la vez (y esta sería la segunda imagen), está compuesto por muchas personas, el “pueblo” en oposición a la “multitud”. El pueblo desarrolla la cualidad política por medio de la representación, de este modo si desaparece el soberano (representación) por medio de la guerra civil, resurge la multitud despolitizada. Agamben explica esto a través de un esquema circular en el cual con la guerra civil hay un regreso a la multitud, multitud desunida que se une en el concepto de pueblo (entregando su cualidad política al rey), al estar representada en el rey la multitud se torna en multitud disuelta dentro de la cual existe el germen de la guerra civil, pues la paz está garantizada por la actuación del soberano (sin embargo el germen de la guerra civil siempre está presente). Con la guerra civil se cierra el círculo pues reaparece la multitud desunida y así sucesivamente desaparece y reaparece el concepto pueblo:

Lo mismo que una aristocracia, una monarquía se deriva del poder del pueblo, el cual transmite su autoridad a un hombre. […] Una vez que la elección ha tenido lugar, el pueblo ya no es una persona, sino una ruda multitud, pues solo fue persona cuando tenía el mando supremo, el cual ha sido ahora transferido por el pueblo a un solo hombre (cursiva en el original, Hobbes, 2000: 148).

La diferencia radical respecto del modelo griego analizado por Agamben y el hobbesiano es que en aquel la stásis funciona para repolitizar el oîkos y la ciudad, mientras que en Hobbes la guerra civil se desarrolla bajo el protagonismo de la multitud que delega su politización en la representación del soberano.

Así, mientras que Agamben utiliza el análisis de la guerra civil en Grecia y en la modernidad para sustentar su posición teórica según la cual la filosofía política y el Estado tienen raíces teológicas, la manera como Foucault se acerca al problema es diferente pues lo hace para estudiar las prácticas de penalidad, las formas que toma el poder sobre la vida. De este modo, Foucault ubica la guerra civil como el espacio en el que se desarrollan los enfrentamientos por el poder, “La guerra civil es la matriz de todas las luchas de poder, de todas las estrategias del poder y, por consiguiente, también la matriz de todas las luchas acerca del poder y contra él” (Foucault, 2016: 29). Así, para llevar a cabo el objetivo de estudiar la penalidad en Occidente entendiendo las tácticas penales como una arista de las relaciones de poder (problema desarrollado por Foucault en La sociedad punitiva y La verdad y las formas jurídicas, entre otros), dicho autor le otorga centralidad a la noción de guerra civil. En primer lugar, cuestiona el tratamiento otorgado a la guerra civil desde las tradiciones contractualistas que la presentan como la anomalía a evitar “una monstruosidad teórico práctica” (Foucault, 2016: 29). Foucault considera lo contrario:

La guerra civil es el estado permanente sobre cuya base pueden y deben comprenderse unas cuantas de esas tácticas de lucha de las que la penalidad es precisamente un ejemplo privilegiado. La guerra civil es la matriz de todas las luchas de poder, de todas las estrategias del poder y, por consiguiente, también la matriz de todas las luchas acerca del poder y contra él (Foucault, 2016: 29).

Siguiendo esta propuesta, en el curso en el Collège de France (1972-1973) Foucault tratará de mostrar, según sus palabras, el juego (en la sociedad del siglo XIX) entre una guerra civil permanente y las tácticas opuestas del poder, mostrar las formas cómo se presenta el poder particularmente en relación con la modalidad del encierro y las resistencias posibles. Uno de los desarrollos más interesantes respecto de la noción de guerra civil en Foucault se encuentra en el curso citado publicado bajo el nombre La sociedad punitiva, especialmente en la clase del 10 de enero de 1973, de la cual se extrajeron los puntos que se mostrarán a continuación.

Para analizar las modalidades de la penalidad, es decir, cómo se castiga, quién castiga, quién es castigado y mediante qué instrumentos (Foucault, 2016: 39), el autor parte de cuatro elementos: 1) la existencia de una guerra social constante, universal e interna a la sociedad; 2) un sistema penal construido sobre la base de la universalidad como ficción, es decir, unas leyes hechas por cierta clase social destinadas a otra clase social; 3) el paso de la espectacularidad del castigo a la universalidad de la vigilancia (que se puede observar en la figura del panóptico); y 4) un sistema de encierro que hace posible desarrollar enteramente la vigilancia. Tomando estos puntos para el análisis y partiendo de la guerra civil como “matriz general de las tácticas penales”, Foucault pasa a señalar las diferencias entre dos nociones: la de guerra de todos contra todos (Hobbes) y la de guerra civil. Lo fundamental que identifica Foucault, a contramano de la tradición de la teoría política que equipara guerra civil con guerra de todos contra todos, es que esta es una ficción derivada de la igualdad individual y de los intereses y competencias individuales, mientras que la guerra civil es real y se desarrolla a través de los elementos colectivos, por lo cual trasciende los derechos individuales.

La guerra civil siempre nace, se desarrolla y ejerce a la vez a través de masas, elementos colectivos y plurales. […] Lejos de ser el proceso por el cual se vuelve a bajar de la república a la individualidad, del soberano al estado de naturaleza, del orden colectivo a la guerra de todos contra todos, la guerra civil es el proceso a través del cual y por el cual se constituye una serie de nuevas colectividades inexistentes antes de ella (Foucault, 2016: 46).

Entonces, si el poder es el resultado de las relaciones de fuerza que han surgido en un contexto histórico determinado, un modo de identificar esas interacciones (y esta es la propuesta de Foucault) es estudiando lo colectivo que se construye en el ejercicio de la guerra civil y considerar a la “política como la continuación de la guerra civil”.[7] Por lo tanto, el ejercicio del poder soberano no implica la anulación de la guerra civil, pues esta permanece latente en la sociedad, más bien el poder institucionalizado pretende administrar constantemente la amenaza que implica la aparición de la guerra y por ello emplea tácticas como la vigilancia, la amenaza, la fuerza armada, aspectos que son las formas concretas que toma el poder y las cuales son analizadas por Foucault.

La cuestión del poder

A partir de lo expuesto hay que destacar una idea importante que aparece en ambos autores: la guerra civil está latente en la sociedad civil post Pacto Social y esta no es excluida por el ejercicio del poder soberano, como pretendía Hobbes. Más bien, el poder soberano la niega, la oculta, diluyendo el elemento político colectivo de la guerra civil en lo individual. Ambos autores parecen coincidir en que la crisis de la soberanía es lo que hará reaparecer la guerra civil, ya que esta es el estado terminal de la disolución del soberano (Foucault, 2016: 46). Siguiendo con esa idea es posible identificar en Agamben la consideración sobre una guerra civil como la proyección del estado de naturaleza en la ciudad, es el momento en el que la multitud disuelta intenta volver a unirse en torno a un soberano (Agamben, 2017); por ello es necesario que desaparezca el soberano a través de la guerra civil con el propósito de volver a constituir el elemento colectivo fundamental para desarrollar la guerra, es decir, para que la multitud vuelva a transformarse en pueblo según la interpretación que Agamben realiza de Hobbes.

En cierto modo, la guerra civil es entonces el estado terminal de la disolución del soberano, así como la guerra de todos contra todos es el estado inicial a partir del cual el soberano puede constituirse. Mientras haya un soberano no habrá guerra de todos contra todos y la guerra civil no podrá reaparecer sino al final del camino, cuando aquel desaparezca (Agamben, 2017: 46).

A pesar de que es posible encontrar algunos puntos en común entre Agamben y Foucault respecto, por ejemplo, de un modelo de soberanía cuyo objetivo es expulsar la guerra, la guerra de todos contra todos como una ficción y la pérdida de lo colectivo bajo la representación establecida a partir del pacto, ambos parten de intereses diferentes para conceptualizar la guerra civil. El seguimiento que Agamben hace de la guerra civil desde la época clásica tiene que ver con lo fundamentado por él a lo largo de sus investigaciones, según las cuales la inclusión de la vida biológica en los mecanismos del Estado (la biopolítica) es la esencia misma de todas las formas de poder político en Occidente, mientras que para Foucault esto era justamente la novedad de la época moderna. Así lo expresó Agamben en Stásis: “mis investigaciones han demostrado, sin embargo, que la producción de una vida a la que se puede dar muerte –una vida ‘sacra’– constituye desde el comienzo el umbral del edificio jurídico-político de Occidente” (Agamben, 2017: 98). Para sustentar su punto, Agamben ha utilizado la figura del homo sacer para descifrar ese vínculo originario entre control de la vida y soberanía. Según sus investigaciones, el ejercicio del poder implica la “excepción soberana”, esto es, la posibilidad de sacrificar al homo sacer, como contracara de la protección de la vida que debe garantizar el soberano. Entonces, “seguridad sobre la vida, asesinato político, guerra civil interna y guerra civil mundial son los pares constitutivos de la estructura soberana moderna” (Ludueña, 2015: 50).

La guerra civil sería una de las formas que presenta el bando[8] (como esa zona de indistinción que estaría entre la naturaleza y el Estado). El bando es la relación originaria que vincula al homo sacer con la soberanía, es un lugar que no es ni estado de naturaleza ni Estado soberano. Justamente siguiendo el esquema presentado por Agamben en Stásis, la política debe entenderse “como un campo de fuerzas cuyos extremos son el oîkos y la polis: entre ellos la guerra civil marca el umbral en el que, al transitarse, lo impolítico se politiza y lo político se ‘economiza’” (Agamben, 2017: 31). La nuda vida es el núcleo de la soberanía, por eso la actuación de la ley implica controlar la vida biológica, y por eso el interés del soberano es excluir de sus cálculos la guerra civil, pues esta pone en juego su poder en el umbral donde se confunde lo doméstico y lo político.

Como se dijo anteriormente, Agamben se aboca a explicar los orígenes de la stásis griega y de la guerra civil en Hobbes para sustentar lo que viene desarrollando en trabajos anteriores: la postura teórica según la cual hay que desentrañar las raíces escatológicas del Estado, pues los conceptos políticos son, según él, conceptos teológicos secularizados. Por otro lado, Foucault retoma la idea de guerra civil para identificar la forma material en que se presenta el poder, dado que es la guerra civil la matriz para entender por qué se ponen en práctica ciertos procedimientos gubernamentales para controlar el conflicto, ya que, como él afirmó, “la guerra civil se desarrolla en el teatro del poder” (Foucault, 2016: 47). El ejercicio del poder implica para Foucault una guerra constante y por eso es posible identificar las formas que toman las relaciones de fuerza en un momento histórico determinado con unos actores históricamente identificables. Entonces, el poder como ejercicio de la soberanía o como las estrategias de la gubernamentalidad reinscribe constantemente la guerra en las desigualdades, en las violencias estructurales. Por ello no es posible pensar el poder como algo que se posee sino que hay que pensarlo en términos de juegos de estrategia (1992), como respuesta y contra-respuesta en el trasfondo de la guerra civil.

El poder logra o no ejercerse: siempre es, por lo tanto, una forma determinada de enfrentamientos estratégicos instantáneos y continuamente renovados entre unos cuantos individuos. […] El poder, la legalidad de la que se sirve, los ilegalismos de los que se vale o contra los cuales lucha, todo eso debe pensarse como cierta manera de librar la guerra civil (Foucault, 2016: 264-265).

En todo caso, lo trascendental para Foucault y Agamben es la relación entre vida y muerte, los modos en que el poder soberano controla la vida y la incluye en sus cálculos, la biopolítica, y lo imperioso de salirse de la lógica gubernamental y rescatar la potencialidad de la vida. Más allá de las diferencias metodológicas y teóricas entre ambos autores, sus aportes respecto de la guerra civil permiten identificar el lugar en el que se desarrollan las relaciones de poder (la guerra, aunque sea latente o estructural) e interrogar la presencia permanente de la violencia en la historia jurídica de Occidente. Entonces, es importante retomar un texto de Fabián Ludueña para continuar pensando en las

imbricaciones existentes entre la genealogía de la biopolítica y la guerra, una relación que ya había sido señalada por Michel Foucault para los tiempos modernos pero que, según vemos, puede ser retrotraída cronológicamente hasta los inicios mismos del pensamiento político occidental (Ludueña, 2015: 53).

Bibliografía

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  1. Este artículo intenta establecer un diálogo entre Agamben y Foucault en relación con la guerra civil o, más bien, intenta reconstruir la idea de guerra civil como una figura importante en el mundo biopolítico. Por ello, no se profundizará en varias diferencias que presentan entre sí uno y otro autor, especialmente en cuestiones metodológicas y en cuanto al objeto de estudio que uno y otro se propone. Para ello, se puede consultar Heffes (2007) y Raffin (2018).
  2. A partir de Enrique Marí, puede entenderse el imaginario social como un conjunto de símbolos, soportes mitológicos, montajes de ficción y prácticas extradiscursivas que “hacen materialmente posibles las condiciones de reproducción del discurso del orden” (Marí, 1986: 93).
  3. Para pensar estas interacciones, cf. Foucault (1992), Marí (2014) y Zelik (2009).
  4. Es importante aclarar que Agamben hace observaciones teóricas a los trabajos de Loraux sobre la stásis en la Grecia clásica. Ya que no es tema de este artículo, me limitaré a nombrar la principal observación encontrada: Agamben afirma que es necesario corregir las hipótesis de Loraux pues estas dan por descontada la génesis de la stásis dentro del oîkos y más bien es necesario tomar la guerra civil como un arcano político (la cual, por demás, es su propuesta).
  5. Los Átridas, linaje descendiente del rey Agamenón, fueron maldecidos por los dioses en Grecia pues su linaje se fundó con la sangre del hermano gemelo de Atreo, Tiestes. Debido a ello, el destino de los Atridas está ligado al asesinato, al parricidio y al incesto. Loraux explica, a través de este ejemplo, cómo Ares, dios de la guerra, se instala dentro de la familia a través del asesinato, y desata en el hogar familiar y en la ciudad (así como entre los Átridas), una competencia permanente y el deseo de gloria derivado de la caída ante el enemigo (Loraux, 2008).
  6. Esta oscura figura del derecho romano arcaico que implica la vinculación entre vida humana y sacralidad tiene, para Agamben, una íntima relación con su concepto de soberanía: “aquel a quien se puede matar sin que reporte reproche jurídico alguno y, además, es sobre quien cae la prohibición del sacrificio” (Taccetta, 2011: 87).
  7. De esta forma Foucault, invierte el sintagma de Clausewitz “la guerra es la política continuada por otros medios”. Se pueden encontrar estas referencias en varios textos de Foucault, particularmente en Vigilar y castigar y en el curso publicado bajo el nombre Defender la sociedad.
  8. “Bando” puede entenderse como “el poder de entregar algo a sí mismo” (Taccetta, 2001: 95). El banido es una figura medieval y representa a quien se le puede dar muerte o que incluso se considera ya muerto, por lo cual está a un paso entre el animal y el hombre, entre la exclusión y la inclusión (ver definición en Agamben, 2002 y Tacceta, 2001).


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