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Lo político y lo económico
en el sistema internacional

Hacia una perspectiva crítica
de “lo internacional”

Alejandro M. Jaquenod

Introducción

Este trabajo consiste en un avance sobre el problema desarrollado en Jaquenod (2013), donde presentamos una relectura crítica de las tradiciones realistas y liberales de las Relaciones Internacionales, problematizando por un lado la concepción de Estado para estas tradiciones y la relación que establecen entre éste y la sociedad internacional, y por otro lado resaltando la necesidad de un análisis crítico de las Relaciones Internacionales. En este trabajo continuamos con esa tarea, analizando otro problema presente en las tradiciones clásicas, incluyendo sus intentos de resolución en diferentes vertientes más o menos críticas de las Relaciones Internacionales. Esto es la tensión existente entre lo económico y lo político, clásica no sólo de la disciplina, sino de las Ciencias Sociales en general, a través de la cual se presentan dos lógicas de funcionamiento del sistema internacional, una caracterizada por las relaciones de mercado y otra por las relaciones de poder, las cuales interactúan y se relacionan externamente. En segundo lugar, presentaremos la tensión entre lo local y lo internacional, la que refiere al punto de partida para el análisis de la inserción internacional.

La disciplina de las Relaciones Internacionales se ha construido a partir de numerosas áreas temáticas –como el Derecho Internacional Público, la Política Exterior y la Economía Internacional, y sigue incorporando nuevos temas a su agenda como las cuestiones medioambientales–, entre las cuales está dividida. Para el problema que nos ocupa en este trabajo son particularmente relevantes los estudios desde dos de aquellas: la Política Exterior y la Economía Internacional.

Desde ellas se pone énfasis en diferentes fenómenos para intentar analizar y explicar procesos similares, estableciendo jerarquías alternativas entre las soluciones a los mismos problemas. Así, pueden identificarse diferentes claves explicativas para los fenómenos de las Relaciones Internacionales; algunas se basan en consideraciones de tipo estratégicas, o de alianzas, y otras referidas a problemas relacionados con la asociación económica (en términos de complementariedad o competencia), ambas relacionadas con las lógicas del poder y del mercado. Estas diferencias impactan directamente en la clave mediante la que se interpretan los diferentes períodos o problemas analizados, distinguiéndose fundamentalmente la clave política de la clave económica, ya que frente a los mismos problemas, desde las mencionadas claves (a las que también podemos entender como matrices explicativas) se propondrán diferentes soluciones, ligadas al plano político o económico según el caso. Estas claves no son exclusivas dentro de cada área temática, existiendo corrientes de la Política Exterior que privilegian la clave económica –como el liberalismo internacionalista–, así como corrientes de la Economía Internacional que destacan la relevancia de los factores políticos en el desarrollo de sus análisis, como el viejo estructuralismo cepalino[1].

Esta división marca una de las tensiones que pretendemos abordar en este trabajo, aquella entre lo económico y lo político, clásica de las Ciencias Sociales y manifiesta en las diferentes lecturas en clave política y en clave económica de los problemas referidos a las Relaciones Internacionales y a los análisis de la inserción internacional de Estados particulares. La segunda de las tensiones, ligada a la anterior, tiene que ver con el punto de partida desde donde se entiende esta inserción. La inserción internacional a veces aparece condicionada y traccionada desde lo global, o bien originada e impulsada por fenómenos locales, en una tensión entre lo local (o doméstico) y lo internacional, esferas que si bien no son mutuamente excluyentes consideramos fundamental problematizar y explorar su relación. Ya hemos adelantado algunas definiciones sobre este problema para las tradiciones realista y liberal de las Relaciones Internacionales en Jaquenod (2013). Allí entendíamos que la tradición realista plantea una relación desde lo externo hacia lo interno entre el Estado y la sociedad internacional, al estar la inserción internacional condicionada, a través de consideraciones relativas al concepto de poder, por la posición del respectivo Estado en el ranking internacional de Estados. Para la tradición internacionalista liberal se daría el camino inverso, desde lo interno hacia lo externo, estando condicionada la inserción internacional del Estado en el sistema internacional por las preferencias e intereses de los individuos que componen al Estado en cuestión, entendiéndose éste como una unidad moral que proyecta la suma de intereses de los individuos que lo componen hacia el plano internacional.

Comenzaremos este trabajo con una presentación de las tensiones mencionadas a partir de los grandes debates que fueron dando forma a la disciplina de las Relaciones Internacionales, para luego presentar a la subdisciplina de la Economía Política Internacional y su comprensión de la relación entre el Estado y el mercado. Luego presentaremos dos tradiciones que enfocan el problema desde una perspectiva crítica, la tradición neogramsciana y la escuela de la regulación, precisando la relación que desde ellas se desprende entre el Estado y el sistema internacional. Finalizaremos el trabajo con nuestros aportes críticos, especialmente en lo relativo a la relación entre el Estado y el mercado, y al punto de partida para el análisis de lo internacional.

Lo económico y lo político, lo local y lo internacional

Estas dos tensiones –por un lado lo económico y lo político, y por el otro lo local y lo internacional– no son extrañas a la disciplina de las Relaciones Internacionales, y de hecho han constituido el eje de discusión de al menos dos de los grandes debates que han enriquecido el desarrollo de la Teoría de las Relaciones Internacionales.

La disciplina de las Relaciones Internacionales fue desarrollándose, complejizándose y revitalizándose a través de sus grandes debates. No existe un acuerdo unificado en torno a su identificación; sólo por citar un ejemplo, Halliday identifica tres grandes debates: entre el enfoque utópico y el realista, entre tradicionalistas y behavioristas y finalmente entre el enfoque estatocéntrico y el del sistema mundial (Halliday, 2002), mientras que Beenyworth identifica cuatro, acordando en los dos primeros pero no en los segundos: realismo/liberalismo, tradicionalismo/behaviorismo, neorrealismo/neoliberalismo y racionalismo/reflectivismo (Benneyworth, 2011). Para los fines de este trabajo nos interesa hacer hincapié especialmente en el primer debate que reconocen ambos autores, aquel entre realismo y liberalismo, de donde se deriva gran parte de la tensión entre lo político y lo económico, y en el último tomado por Halliday, aquel entre quienes insisten en tomar al Estado como el escenario central de la política internacional y aquellos que entienden que éste ha sido desplazado de ese lugar protagónico, como algunos autores liberales y transnacionalistas.

En lo que sigue presentaremos críticamente los aportes que se hicieron para tratar de superar estas tensiones. La Economía Política Internacional surgió justamente ante la necesidad de abordar la interacción entre las esferas económicas y políticas en el escenario internacional. Por su parte, y desde una perspectiva crítica, la tradición neogramsciana, trabajó la vinculación entre las esferas domésticas e internacionales, la segunda de las tensiones que mencionamos más arriba. Por último, la escuela de la regulación (ya presentada anteriormente) ha realizado una propuesta integradora donde da cuenta de ambas tensiones.

La Economía Política Internacional y su aproximación a la relación entre Estado y mercado

El problema de la separación entre las esferas económicas y políticas ya estaba presente en los desarrollos de los autores clásicos de la economía política, aunque se acentúa con la expansión de la llamada economía vulgar, cuando la economía política se despojó de gran parte de su ropaje filosófico, sociológico, historiográfico y politológico para convertirse simplemente en economics, o economía a secas. A partir de entonces la esfera de lo económico y la esfera de lo político fueron cada vez más extrañas la una a la otra, relacionándose sólo superficialmente.

A mediados del siglo XX, sin embargo, esta separación fue poniéndose cada vez más en cuestión en lo que a lo internacional se refiere, a medida que los fenómenos internacionales ponían en cuestión los enfoques teóricos imperantes. Diferentes estudiosos y académicos fueron tomando conciencia de la interacción creciente entre los fenómenos económicos y políticos, especialmente en el nivel internacional, delineando una perspectiva integradora entre ambas. Durante los años setenta, un grupo de cientistas políticos definió como un campo de investigación distinto de la economía a la Economía Política Internacional (Leiteritz, 2005). Susan Strange, una de las pioneras en este acercamiento, encontraba que de hecho ya existía cierta interacción entre ambas esferas, aunque con importantes problemas desde cada una de las perspectivas. La literatura relacionada al estudio de la interacción entre la economía y la política era inadecuada y subdesarrollada desde la perspectiva de las Ciencias Políticas, y desequilibrada y sesgada hacia el dólar desde el campo de la Economía (Strange, 1970)[2].

Robert Gilpin, uno de los autores más reconocidos de esta subdisciplina, y además uno de los principales exponentes de la tradición realista, brindó la definición más extendida y aceptada de la Economía Política Internacional. Para este autor,

la existencia paralela y la interacción mutua entre el ‘Estado’ y el ‘mercado’ en el mundo moderno, crean la ‘economía política’; sin ambos, Estado y mercado, no podría haber economía política. En ausencia del Estado, el mecanismo de precios y las fuerzas del mercado determinarían el resultado de las actividades económicas; este sería el mundo puro del economista. Sin el mercado, el Estado –o su equivalente– asignaría los recursos económicos; este sería el mundo puro del cientista político. (Gilpin, 1987: 8)

Estas dos esferas que aparecen claramente diferenciadas en esta definición, el Estado y el mercado, parecieran operar separadamente y con sus lógicas propias. Mientras que la primera está dominada por la política del poder, el mercado está impulsado por el imperativo de la eficiencia económica (Leiteritz, 2005). Para Gilpin, no existe una jerarquía establecida entre el mercado y el Estado, ninguno impone su primacía, sino que la relación mutua entre estas esferas es interactiva y cíclica, y el punto a investigar es la interacción mutua entre mecanismos diferentes para ordenar y organizar las actividades humanas (Gilpin, 1987). Este punto medio, o terra incognita entre ambas esferas es donde pareciera ser más necesaria la profundización teórica. En este espacio de choque, o vacío se encontrarían las áreas relacionadas a la teoría de la integración o a las organizaciones económicas internacionales (Strange, 1970).

Gilpin manifiesta cierta tensión sobre la interdependencia entre estas esferas. Si bien considera que no pueden ser separadas completamente, ya que el Estado, en tanto encarnación de la política, puede influenciar fuertemente los resultados económicos (al determinar la naturaleza y la distribución de los derechos de propiedad, o las reglas que determinan los comportamientos económicos), y el mercado, encarnación de la economía, es en sí mismo una fuente de poder capaz de influenciar los resultados políticos, por lo que “si bien es posible considerar a la política y a la economía como fuerzas que se abren paso en la era moderna, ellas no operan independientemente la una de la otra” (Gilpin, 1987: 10). Sin embargo, más adelante afirmará que “el Estado y el mercado, cualesquiera sean sus orígenes respectivos, tienen una existencia independiente, sus propias lógicas, e interactúan entre sí” (Gilpin, 1987: 10, n. 1).

El autor hace explícita esta tensión cuando entiende que

la relación entre el Estado y el mercado, y especialmente las diferencias entre estos dos principios organizadores de la vida social, es un tema recurrente en el discurso académico. Por un lado, el Estado se basa en los conceptos de territorialidad, lealtad y exclusividad, y posee el monopolio legítimo del uso de la fuerza. […] Por otro lado, el mercado se basa en los conceptos de integración funcional, relaciones contractuales y la creciente interdependencia entre compradores y vendedores. Es un universo compuesto principalmente de precios y cantidades; el agente económico autónomo que responde a las señales de precios proporciona la base para la toma de decisiones. Para el Estado, las fronteras territoriales son una base necesaria para la autonomía nacional y la unidad política. Para el mercado, la eliminación de todos los obstáculos políticos y de otra índole es imperativa para el funcionamiento del mecanismo de precios. La tensión entre estos dos mecanismos fundamentalmente diferentes de ordenar las relaciones humanas ha moldeado profundamente el curso de la historia moderna y constituye el problema crucial en el estudio de la economía política. (Gilpin, 1987: 10-11)

Esta interrelación entre la economía y la política ha tenido diferentes interpretaciones según la influencia de los diferentes paradigmas entre los que se puede dividir a la Economía Política Internacional, remitiendo al primer gran debate de la disciplina de las Relaciones Internacionales. Estos paradigmas son el realismo, el liberalismo y el marxismo (también entendidos como realismo, racionalismo y revolucionismo). Según Dougherty y Pfaltzgraff (2001), los realistas y los marxistas estarían de acuerdo en que ambas esferas están estrechamente relacionadas e interpenetradas, aunque los realistas entenderán que el Estado-nación tiene primacía sobre la economía, a la que subordina en su búsqueda de poder. Los liberales, por su parte trazarían una distinción clara entre el sector político (público) y el sector económico (privado), donde mientras que la política es un asunto público, la economía depende de leyes naturales determinadas por la suma de una multitud de decisiones privadas de producción, consumo, ahorro e inversión.

Leiteritz (2005) afina esta tensión cuando entiende que en la actualidad, si bien la economía global se ha extendido a todo el planeta, seguimos confinados en un sistema (fragmentado) político de Estados, estados que tratan de mantener el control sobre la globalización económica. Sin embargo, más allá de la creciente interacción e interdependencia económica, Susan Strange (1970) hace hincapié en la disparidad existente en los ritmos de estas transformaciones. Si bien, por un lado, el ritmo de desarrollo del sistema económico internacional se ha acelerado –y muy probablemente continúe haciéndolo–, el sistema político internacional en cambio se mantiene más bien estático y rígido. La autora remarca, entonces, la necesidad de mecanismos de ajuste y de sincronización entre ambas esferas.

La subdisciplina de la Economía Política Internacional ha sido exitosa en problematizar la relación entre las esferas política y económica, buscando puntos de contacto entre ambas. De todas formas, las respuestas que esta subdisciplina ofrece a esta tensión no exceden de la relación externa entre los fenómenos económicos y políticos, cada uno con sus propias lógicas, sin indagar en una conexión interna entre lo político y lo económico. Así, los aportes desde la esfera política y la esfera económica se conectan sólo en tanto una de ellas impacta en la otra, cayendo en un economicismo o politicismo donde se pierde de vista que, en el capitalismo, ambas esferas son expresión de las mismas relaciones sociales antagónicas que es necesario explorar desde un enfoque crítico. Al mismo tiempo, esta tradición se ha visto fragmentada y dividida en diferentes enfoques, con agendas y metodologías sumamente diferentes (Murphy & Nelson, 2001).

Los aportes de los neogramscianos a la relación entre lo doméstico y lo internacional

A partir de los años ochenta, el marxismo se introduce dentro del campo disciplinar de las Relaciones Internacionales con una alternativa teórica superadora de las viejas y acotadas tesis del imperialismo, de la mano de los aportes de los autores neogramscianos, cuyo principal exponente será Robert Cox. Estos autores actualizan los conceptos del autor italiano Antonio Gramsci al campo específico de las Relaciones Internacionales, adaptando, por caso, el concepto de hegemonía desde el campo de la disputa entre clases en la arena doméstica hacia la arena internacional, incorporando a ésta la disputa entre Estados[3]. Ya el mismo Antonio Gramsci había adelantado algunas reflexiones parciales sobre el problema, cuando se formulaba la siguiente pregunta:

¿Las relaciones internacionales preceden o siguen (lógicamente) a las relaciones sociales fundamentales? Indudablemente las siguen. Toda renovación orgánica en la estructura modifica también orgánicamente las relaciones absolutas y relativas en el campo internacional a través de sus expresiones técnico-militares. Aun la misma posición geográfica de un Estado nacional no precede sino sigue (lógicamente) las innovaciones estructurales, incidiendo sobre ellas sin embargo en cierta medida (precisamente en la medida en que las superestructuras inciden sobre la estructura, la política sobre la economía, etc.). Por otro lado, las relaciones internacionales inciden en forma pasiva o activa sobre las relaciones políticas (de hegemonía de los partidos). (Gramsci, 2011: 52) [énfasis en el original]

Las reflexiones de Antonio Gramsci en sus escritos de la cárcel suelen ser muy fragmentarias y abstractas, especialmente en lo referido a las relaciones internacionales, y en el pasaje que acabamos de citar se encuentran en unas pocas líneas enumerados una gran cantidad de problemas y debates que se podrían trabajar individualmente, desde la ya mencionada tensión entre lo económico y lo político, hasta el debate entre estructura y superestructura, pasando por cuestiones técnico-militares hasta geográficas. En lo referido a las Relaciones Internacionales, en los escritos de Antonio Gramsci se destacan análisis parciales y coyunturales de problemas específicos de su época, especialmente en lo referente a la hegemonía en el continente europeo posterior a la Primera Guerra Mundial, sin abundar en la densidad teórica presente en otros de sus estudios[4].

La tradición neogramsciana buscará incorporar los aportes de Antonio Gramsci para la construcción de una alternativa teórica al estudio de las Relaciones Internacionales, avanzando sobre el problema de la doble dimensión entre lo internacional y lo doméstico, entre otros, desde una perspectiva crítica. Robert Cox asocia la idea de hegemonía al establecimiento del orden global, basada fundamentalmente en el consenso más que en el uso del poder del Estado, y entiende tres formas de actividad, o esferas, donde operaría. Estas esferas se encuentran relacionadas mutuamente de forma dialéctica y son (i) las relaciones de producción, (ii) las formas de Estado (relacionada con el complejo Estado-sociedad civil), y (iii) el orden mundial (que incluye diferentes fases de conflicto y estabilidad). Las fuerzas sociales actúan a través de estas esferas, conformando una estructura histórica[5].

La preeminencia del consenso sobre el uso de la fuerza se manifiesta en el tipo de dominación que ejerce el estado hegemónico, basado ideológicamente sobre un consentimiento amplio sobre una serie de principios generales que garantizan la supremacía del Estado dominante (o los Estados dominantes) ofreciendo, al mismo tiempo algún tipo de satisfacción (o perspectiva de satisfacción) para aquellos menos poderosos (Cox, 1987). La distinción entre lo local y lo internacional se hace presente en las dos etapas de la proyección de la hegemonía estatal, ya que esta se consolida primero a nivel doméstico por aquellas fuerzas sociales que ocupan el rol dirigente dentro de un Estado, y en un segundo momento puede ser proyectada al nivel internacional (Bieler & Morton, 2013).

Así, para los Estados hegemónicos hay una primacía de lo doméstico, siendo esta dimensión el primer lugar donde debe asentarse el dominio de una fuerza social determinada para recién luego proyectarse hacia el espacio global. Ejemplos del asentamiento global de la hegemonía doméstica serían la Pax Britannica durante gran parte del siglo XIX y principios del siglo XX, y la Pax Americana a partir de la Segunda Guerra Mundial, aunque este esquema comenzaría a entrar en crisis a partir de la década del setenta, con el avance de la globalización, de la mano de la internacionalización de la producción y del auge de las finanzas[6].

El enfoque neogramsciano incorpora el carácter clasista del Estado, considerando a éste no como un instrumento directo de una clase dominante, al estilo de la teoría clásica del imperialismo, sino más bien como una arena de la lucha de clases[7]. En otras palabras, la estructura de clases en la que se apoya el Estado define la naturaleza de éste, y en el Estado se corporizan aquellos principios generales capaces de sostener a las relaciones de producción funcionales a los intereses de la clase dominante, especialmente en aquellos períodos de relativa estabilidad en el conflicto de clases. Aquí se acepta la idea de que las acciones del Estado se encuentran restringidas por el conocimiento de los agentes estatales sobre lo que es posible y lo que no es posible dada determinada estructura de clases, esto es, un entendimiento general sobre las tareas y los límites del Estado, otorgando un alto nivel de racionalidad a la acción estatal (Cox, 1987).

Para convertirse en hegemónico, un Estado determinado debe crear y proteger un orden global universal. Esto es un orden global donde todos los Estados bajo esta hegemonía puedan encontrarla compatible con sus intereses, y no un orden global donde un Estado explote directamente a los otros. En otras palabras, por orden global universal se entiende no sólo a la regulación del conflicto inter-estatal sino a una sociedad civil concebida globalmente. Esta hegemonía se expresa en una serie de normas universales, instituciones y de diferentes mecanismos que establecen reglas generales de comportamiento, tanto para los Estados como para aquellas fuerzas de la sociedad civil que trascienden las fronteras nacionales. Esta hegemonía implica un orden dentro de una economía global con un modo de producción dominante capaz de penetrar en todos los países y conectarse con otros modos de producción subordinados (Cox, 1996).

En este último punto se ve como esta tradición es capaz de incorporar aspectos de lo económico y lo político de una manera orgánica, incorporando al mismo tiempo una nueva dimensión a la relación entre lo doméstico y lo internacional, ya que si para los Estados dominantes esta hegemonía se construye primero en el espacio doméstico y luego es proyectada al espacio internacional, el resto de los Estados parecería estar afectado por una serie de normas generales de comportamiento, las que estarían actuando sobre su sociedad civil, invirtiendo la relación.

La escuela de la regulación y la modalidad de inserción en el régimen internacional

La tradición francesa de la escuela de la regulación problematiza tanto la tensión entre lo económico y lo político como aquella entre lo local y lo internacional en el estudio de las relaciones internacionales[8]. Esta tradición entiende por régimen de acumulación a la articulación específica entre producción y consumo, cuyo rasgo central sería el mecanismo predominante de producción de plusvalía, el que puede ser extensivo (caracterizado por bajos incrementos de productividad, preponderancia de la producción de plusvalor absoluto y un bajo nivel de consumo obrero), o intensivo (caracterizado por altos aumentos de productividad, predominio de la producción de plusvalor relativo y un patrón de consumo masivo). Estos regímenes de acumulación generan distintos tipos de desequilibrios, por lo que su funcionamiento prolongado depende de la existencia de formas institucionales capaces de regular este funcionamiento. Éstas codifican las relaciones sociales en el capitalismo (Altamira, 2006) y son el salario, la moneda, el Estado, el comercio exterior y la organización del modo de trabajo, y según sus características y combinación definen el modo de regulación. Aquí nos interesa retomar aquella del comercio exterior, también entendida como modalidad de integración al régimen internacional, o de adhesión al régimen internacional. Ella hace referencia a las relaciones entre los Estados-nación y el espacio internacional, e implica opciones políticas tomadas en determinados períodos, más que relaciones puras de mercado. La elección de un régimen internacional, de una gestión del cambio y del grado de apertura a los capitales extranjeros definen la modalidad de inserción y la viabilidad de un régimen internacional (Boyer & Saillard, 1996). Así, las diferentes formaciones nacionales se integran y articulan internacionalmente en una división del trabajo, insertándose en modos internacionales de regulación (Becker, 1997).

El concepto de régimen internacional (que como veremos más adelante es heredado de la tradición internacionalista neoliberal), entonces, hará referencia a la forma en que las tensiones entre la toma de decisiones de agentes privados –como respuesta a las diferencias estructurales de los países– es transformada en principio de crecimiento. Así, estas variantes potencialmente destructoras son canalizadas, a través de la profundización de la complementación entre las economías nacionales y la limitación de las especificidades nacionales a variables tolerables. Esta regulación se lleva adelante a través de la creación de normas e instituciones capaces de orientar las decisiones de los agentes privados y de fijar reglas para las intervenciones estatales, principalmente a través de las redes comerciales y financieras, las firmas multinacionales, el sistema monetario internacional y los acuerdos comerciales (Vidal, 1996). Estas iniciativas privadas se desarrollan como respuesta a las diferencias estructurales entre las formaciones nacionales, diferencias que revelan el mapa de la economía mundial y tienden a acentuar y reproducir las separaciones que las generaron (donde la inercia del pasado es una característica intrínseca importante de los espacios nacionales) (Mistral, 1986).

Este sistema internacional (o sistema capitalista global) no puede considerarse ni como un modelo jerárquico ni como uno del estilo centro/periferia, sino más bien como un tejido o una red variable. Aquí, los movimientos de capital entre las formaciones nacionales son modificados por éstas y por sus regímenes de acumulación y modos de regulación, así como por las fuerzas sociales y políticas que éstos implican (Hirsch, 1995)[9]. En este contexto, el comercio exterior juega un papel ambivalente, ofreciendo tanto oportunidades –como insumos más baratos, financiamiento, mercados extendidos–, como ciertas restricciones, como el acceso y la adquisición de nuevas tecnologías, la gestión de la moneda y la macroeconomía interna (Mistral, 1986).

La acumulación y la regulación requieren de una dimensión espacial, y la diferente identificación de esta dimensión es uno de los factores que nos permite diferenciar entre las diferentes vertientes de la escuela de la regulación. Siguiendo a Musacchio (2014), podemos distinguir la variante parisina, la grenoblesa, y la austroalemana. Mientras que la primera de ellas parte de la referencia al Estado-nación en un sentido más clásico, la vertiente grenoblesa se centra en la idea de sistema productivo, el cual puede coincidir o no con las fronteras políticas nacionales. Para la tercer variante, la austroalemana, la noción de espacio está relacionada con el despliegue de las funciones de las instituciones políticas y la dinámica de la puja entre los grupos sociales. Más allá de estas diferencias, es importante notar que para todas estas vertientes –o sea para la escuela de la regulación en general–, el sistema internacional sigue existiendo como un agregado de espacios, reproduciendo aquello que mencionábamos de las tradiciones clásicas de las Relaciones Internacionales como importante superar, en tanto desde nuestra perspectiva entendemos lo global como un general que se parte en Estados-nacionales particulares, como veremos más adelante con mayor detalle.

Nos interesa ahora detenernos especialmente en dos aspectos que se desprenden de los desarrollos de la teoría de la regulación en lo que respecta a la inserción internacional de las formaciones nacionales. En primer lugar, la recepción fundamentalmente acrítica que realizan de la teoría neoliberal de los regímenes internacionales, fundamentalmente de los desarrollos de Stephen Krasner y Robert Keohane. Como decíamos anteriormente, la noción de régimen internacional es heredada (en algunos autores incluso explícitamente)[10] de la tradición internacionalista neoliberal de las Relaciones Internacionales. Para esta tradición los regímenes consisten en los principios y normas de conducta que se espera que sus miembros prosigan. Así, un régimen internacional se define en base a cuatro componentes: principios, normas, reglas y procedimientos de toma de decisiones, los que contienen mandatos de conducta, prescribiendo y proscribiendo ciertas acciones (es decir, implican obligaciones), establecidos por los gobiernos para tratar determinados temas (Keohane, 1988)[11].

En segundo lugar, nos interesaría resaltar la concepción del sistema internacional para la escuela de la regulación que mencionábamos más arriba, donde éste aparece como una suma, o un agregado, de formaciones nacionales, siendo éstas el punto de partida para el análisis del sistema internacional. Así, el sistema internacional aparece determinado por la competencia entre los Estados nacionales (Hirsch, 1995). El sistema internacional aparece entonces como la suma total de las unidades nacionales (visión matizada levemente en los nuevos aportes de esta escuela), partiendo la unidad nacional en el contexto de la división internacional del trabajo (Yaghmaian, 1998). Coincidimos con los críticos en remarcar la necesidad de remover la centralidad nacional y tomar como punto de partida la totalidad internacional, es decir, el capital social total y sus fragmentos como acertadamente remarca Yaghmaian[12].

El mercado mundial y la arena internacional

Veíamos que la Economía Política Internacional daba cuenta de aquella tensión entre lo económico y lo político, aunque bajo la forma de esferas en contacto, las cuales interactúan aunque bajo lógicas propias (como son aquellas de las relaciones de mercado para la esfera económica, y aquellas de las relaciones de poder para la esfera política), estableciendo en el mejor de los casos lógicas externas. Sin embargo, y siguiendo a Teschke y Lacher (2007), entendemos que la interrelación entre el sistema internacional de Estados y el capitalismo (el cual nació dentro de un sistema internacional de Estados previamente existente) no puede estar determinada ni por una lógica del capital (como en las relaciones de mercado) ni por una lógica de la anarquía (como en las relaciones de poder). Los Estados capitalistas han utilizado diferentes estrategias y han construido diferentes proyectos de territorialización, muchas veces en disputa, de los que resultan variaciones en el orden internacional a través del tiempo[13]. Desde este enfoque se deja de lado la racionalidad invariable usualmente otorgada, tanto a dirigentes estatales motivados por la maximización del poder dictada por la competencia geopolítica, como a los capitalistas maximizadores del beneficio motivados por los imperativos competitivos del mercado, quedando patente la necesidad de superar estas tensiones a partir de la crítica de lo internacional, especialmente en lo referente a la interacción entre lo económico y lo político como esferas separadas, y en segundo lugar, y subsidiaria de esta, a la tensión entre las dinámicas domésticas e internacionales.

Para avanzar en una lectura crítica sobre lo internacional necesitamos entonces avanzar sobre lo expuesto anteriormente, entendiendo que si bien las relaciones capitalistas se estructuran globalmente, una de las formas en las que la relación de capital se nos presenta es en la apariencia de un antagonismo entre estado y mercado –vulgarmente entendido como un juego de suma cero–, antagonismo que se proyecta globalmente como una oposición entre el mercado mundial y los estados nacionales (Bonnet, 2011). El mercado mundial aparece compartimentado en diferentes estados en competencia, cuya contracara política pareciera ser la arena internacional[14]. En otras palabras, las relaciones entre los Estados aparecen desarrollándose económicamente a través del mercado mundial, y políticamente a través de la arena internacional (o el sistema internacional de Estados), como si fueran espacios diferenciados, conectados externamente.

Para avanzar en la crítica propuesta necesitamos revisar esa suposición, tomando como punto de partida aquello que aparece como lo común a esos espacios, al mercado mundial y a la arena internacional. Esto común son justamente los múltiples Estados en competencia entre los que está compartimentado lo internacional, o bien el Estado a secas. Si abordamos al Estado en tanto forma, es decir como fruto de la “separación de la explotación (ejercida por el capitalista) del mantenimiento del orden social (ejercido por el estado)” (Holloway, 2007: 25), separación de la explotación económica respecto de la dominación política que implica la separación histórica de los productores de los medios de producción (Bonnet, 2009), podemos entenderlo como el momento de coerción sin el cual ninguna sociedad de clases podría existir (Burnham, 2002).

Siguiendo a Bonnet (2008), la forma es el modo de existencia de un contenido particular, en este caso unas relaciones sociales inherentemente antagónicas. Estas relaciones sociales adoptan diversas formas: formas políticas como el Estado, o formas económicas como el mercado. El concepto de forma de Estado se refiere a las características que el Estado capitalista adopta en un determinado período histórico y territorio nacional (o territorios). Estas características se estructuran a partir del modo específico que adoptan las relaciones de dominación en su seno, y su articulación con las relaciones de explotación, esto es la relación entre los distintos poderes del Estado-nación y la relación entre el Estado y el mercado, es decir, “la manera específica en que se articula esa unidad-en-la-separación entre lo político y lo económico en el propio Estado” (Bonnet, 2015: 118).

En las perspectivas clásicas de las Relaciones Internacionales (especialmente para la tradición realista), el concepto tradicional de poder supone un Estado cosificado: un Estado que aparece como una cosa, es decir, cosificación de las relaciones sociales (de dominación, podemos agregar) en torno a las que está constituido. En la sociedad capitalista, los hombres se relacionan entre sí de múltiples maneras, siendo la relación vertical entre capital y trabajo (antagónica) la principal de ellas, por lo menos en los términos analíticos propuestos. Este antagonismo es constitutivo de la sociedad capitalista, y adopta diferentes formas, o modos de existencia. En el Estado, una de estas formas, esta relación antagónica entre capital y trabajo aparece cosificada, y como tal aparece en el espacio internacional, donde interactúan una sumatoria de estados-cosas. Como vimos, la escuela de la regulación avanza en una comprensión profunda sobre el Estado, aunque sigue entendiendo a lo internacional como una aglomeración de Estados, es decir, como una sumatoria de unidades.

Esta operación se repite para el mercado mundial, el que aparece como una suma de diferentes mercados nacionales, los que se podrían agrupar y desagrupar de diferentes maneras, como uniones aduaneras, zonas de libre comercio, asociaciones entre zonas de libre comercio, de las que se pueden sumar y restar (la Europa de los seis, de los nueve, de los quince, el Brexit, Grexit). La arena internacional también aparece como una suma de Estados nacionales, que se parte en bloques (occidental, oriental), en mundos (primero, segundo, tercero), en continentes (tres Américas, Europa, Asia y Eurasia). Lo común a todas estas afirmaciones es, entonces, que lo internacional aparece como una gran sumatoria de unidades (estados) o cosas, en el que podemos incluir o excluir a cualquiera de ellas para afinar nuestro objeto de estudio. Los gobernantes, en tanto presidentes de determinado país, primeros ministros, o embajadores, aparecen como representantes de estos países, pronunciándose en nombre de ellos y de sus intereses. Los hombres (gobernantes, en este caso) asumen la representación de estas cosas en tanto agentes relacionándose con otros agentes de su misma naturaleza, es decir, unos frente a otros (sea en el mercado mundial o en la arena internacional) los Estados aparecen todos como iguales. La fragmentación del mercado mundial en una competencia entre Estados esconde sin embargo una dualidad: la competencia entre capitales en el mercado mundial. Esta competencia entre capitales, sin embargo, suele tomar la forma de una competencia entre naciones o Estados, especialmente desde la disciplina de la Economía Internacional, como en los clásicos modelos de comercio internacional de Adam Smith y David Ricardo, así como en el modelo de Heckscher-Ohlin, dualidad que consideramos necesario superar desde una perspectiva crítica.

Las relaciones sociales entre hombres (antagonismo entre capital y trabajo que se solidifica en el Estado) asumen entonces la forma fantástica de relaciones entre cosas (las relaciones entre los diferentes Estados en el mercado mundial o la arena internacional). Para entender el carácter de las relaciones sociales dentro del capitalismo es clave analizar este proceso (Burnham, 2002). Al aparecer el Estado como una cosa representada por sus gobernantes, como unidad, el mundo se refleja como una suma, como una aglomeración de Estados nacionales (Holloway, 1993), una agregación y aglomeración de estados-cosas con relaciones mutuas de exterioridad. La territorialización de las relaciones sociales juega, en este sentido, un rol central, ya que este sistema mundial de Estados, en lugar de un agregado de unidades compartimentadas puede entenderse como un sistema único donde el poder estatal está localizado en entidades territoriales (Picciotto, 1991), entidades que fracturan la sociedad mundial y aparecen como estados en competencia.

Debemos correr entonces el punto de partida, desde el estado hacia las relaciones de clase, acordando con la propuesta teórica de la tradición neogramsciana, aunque con reservas (especialmente en lo referido a la doble dimensión de la relación entre el Estado y el sistema internacional, que veremos a continuación). Debemos tomar a las relaciones de clase, dominadas por las relaciones de producción y los procesos de acumulación capitalista, entonces, como nuestro nuevo punto de partida para una lectura crítica primero del Estado (Picciotto, 1991) y de la teoría de las Relaciones Internacionales después.

El sistema internacional de Estados como punto de partida

El Estado en tanto Estado-nación (descendiendo un poco en el nivel de abstracción), es entonces una parte integral del sistema internacional y del mercado mundial. Recordemos que la tradición neogramsciana planteaba una relación dual entre el Estado y el sistema internacional, donde el Estado hegemónico proyectaba esta hegemonía desde el espacio doméstico hacia el espacio internacional, planteando un orden global con una serie de reglas y normas aplicables al conjunto del sistema internacional, es decir, al resto de Estados que componen este sistema internacional. Desde nuestra perspectiva, en cambio, en tanto entendamos al mercado mundial como la esfera de movilidad del capital y a la ley del valor operando globalmente, necesitamos tomar al sistema internacional y al mercado mundial como el punto de partida para analizar el desenvolvimiento de los Estados-nación y sus relaciones entre sí. Estos últimos constituyen entonces una particularización del todo global que aparece escindido en mercado mundial y sistema interestatal, un particular que sólo puede entenderse a partir de las circunstancias y precondiciones históricas que permiten su desarrollo (entre ellas su ubicación en el sistema internacional de Estados y en la división internacional del trabajo, las cuales no vienen dadas), una particularización del capital global en capitales (que suelen adoptar la forma de capitales nacionales), con órganos políticos y características propias y distintivas. Según esta perspectiva, debemos tomar al Estado nacional como el representante y garante del modo de producción dominante, dentro de unas fronteras definidas históricamente. Los Estados en el sistema internacional se encuentran entonces separados, pero atados, en tanto particularizaciones diferentes de un general común, lo global (von Braunmühl, 1978).

Al entender al Estado como modo de existencia de las relaciones capitalistas, su supervivencia pasa a depender de su capacidad para asegurar la reproducción de estas relaciones de clase dentro de sus fronteras, incluso más que de las amenazas externas desde otros Estados, como suele entenderse desde la tradición de las Relaciones Internacionales. No hay mejor ejemplo en este punto que recordar la alianza entre el ejército prusiano y el francés en mayo de 1871 –Estados enemigos en el pasado y el futuro próximo, enfrentados en guerra hasta ese momento, amenazas mutuas para su supervivencia en términos realistas– para aplastar la revolución en marcha de la Comuna de París, o incluso la creación del Ejército Blanco entre 1917 y 1921 para enfrentar a los bolcheviques durante los primeros años de la Revolución Rusa, compuesto por fuerzas francesas, británicas, japonesas, canadienses y norteamericanas, entre otros. Esta supervivencia del Estado, que debe entenderse entonces como supervivencia del Estado en tanto estado capitalista, no remite exclusivamente a las amenazas socialistas, sino que se puede también considerar al conflicto con el Estado Islámico (desde 2014 hasta el presente), en tanto amenaza regresiva y terrorista a las relaciones sociales capitalistas en un espacio geográfico clave y estratégico para la comunidad internacional como es el Golfo Pérsico y sus reservas de hidrocarburos[15]. A estos ejemplos se podrían sumar otros regionales que destacan el acercamiento entre los dos principales rivales del Cono Sur en momentos clave de la historia latinoamericana, como la alianza entre Argentina y Brasil (junto con Uruguay) durante la Guerra del Paraguay a fines del siglo XIX, o más recientemente, la superación de las hipótesis de conflicto y el acercamiento y cooperación entre las dictaduras burguesas terroristas de Argentina y Brasil en el marco del Plan Cóndor.

Siguiendo a Piva (2012), al ser la forma Estado el lugar donde el interés particular de la burguesía se presenta como interés general, esta forma sólo puede sostenerse mientras la reproducción del capital sea capaz de sostener la reproducción del conjunto social. Para asegurar esta supervivencia, en tanto entendamos lo internacional como una unidad fragmentada en una multiplicidad de Estados, cada Estado nacional debe competir por atraer e inmovilizar una porción del capital global dentro de sus fronteras (von Braunmühl, 1978; Holloway, 1993), garantizando así la reproducción de las relaciones sociales capitalistas y agregando un adjetivo a nuestra concepción de lo internacional: una unidad fragmentada en una multiplicidad de Estados en competencia. La crisis del Estado debe entenderse entonces como la crisis de las relaciones de clase en su interior, y viceversa. La incapacidad del Estado para garantizar la reproducción de las relaciones de clase, es decir, de las relaciones capitalistas, se convierte en la crisis de Estado y pone en juego su capacidad de supervivencia en el sistema internacional.

En este punto, en tanto comprendemos al Estado como un modo de existencia de las relaciones capitalistas, y a los Estados nacionales como partes fragmentadas en competencia de un todo global y en el que estas relaciones se territorializan, “los conflictos entre los Estados deben ser entendidos, en un nivel más abstracto, como conflictos entre capital y trabajo que asumen cada vez más la condición del poder nacional del capital sobre el trabajo” (Burnham, 2002: 123). Dentro de cada Estado no se encierran relaciones antagónicas entre capital y trabajo aisladas, o parceladas, del resto del mundo, sino que el antagonismo global entre capital y trabajo se territorializa en formas particulares en cada Estado-nación, los que aparecen actuando como managers de una porción del capital global en su intento por atraerlo y mantenerlo en su interior durante su proceso de valorización, en competencia o cooperación con otros Estados-nación en búsqueda del mismo objetivo[16]. La entrada o salida de capitales sancionará la relación de capital en cada Estado-nación, manifestando el capital una tendencia a fluir hacia aquellos territorios que mejor favorezcan su reproducción (en términos relativos), ya que en tanto móvil debe fijarse o inmovilizarse allí donde la relación entre capital y trabajo aparezca como más favorable a su reproducción. Los Estados, en tanto managers políticos de los circuitos globales de capital, y en tanto lo político (momento de coerción), deben garantizar que esta relación entre capital y trabajo sea favorable a la reproducción de capital, cuanto más favorable mejor, competencia que aparece como rivalidad en el mercado mundial y en el sistema internacional de estados.

Entendemos que en el marco de la sociedad capitalista, el punto de partida para el análisis de lo internacional deben ser las relaciones de clase, y más específicamente, el antagonismo entre capital y trabajo, el cual asume manifestaciones tanto políticas como económicas. Una vez que el capitalismo se ha extendido por todo el planeta, debemos entender a estas relaciones como globales al ser todo el planeta el espacio de movilidad del capital, en una tendencia que avanza cada vez más hacia la liberalización del movimiento de los capitales (tendencia contrarrestada por contra-tendencias derivadas de las políticas proteccionistas). Los Estados nacionales encierran relaciones sociales que se establecen como particulares del antagonismo global, y como tales interactúan en el espacio internacional. Aquí nos parece relevante entonces diferenciar dos instancias diferentes de abstracción, desde el plano lógico: lo global y lo internacional, estando la segunda de estas instancias mediada por la interrelación entre los Estados-nación particulares.

Conclusión

En este trabajo hemos profundizado en nuestro análisis crítico de las Relaciones Internacionales, yendo más allá de las críticas a las tradiciones realistas y liberales de esta disciplina. Nos concentramos en una de las subdisciplinas que identificó adecuadamente el problema de la interacción de los fenómenos económicos y políticos en el espacio internacional, la Economía Política Internacional, presentando su surgimiento y su conceptualización de la interacción entre las esferas políticas y económicas, tanto en términos generales como para los diferentes paradigmas que componen esta subdisciplina. Si bien entendimos adecuada su identificación del problema, comprendemos que su resolución no logra superar la separación entre las esferas económicas y políticas con relaciones de exterioridad.

Luego procedimos a presentar dos perspectivas críticas de lo internacional que entendemos que logran avanzar sobre una concepción conjunta de la relación entre las esferas políticas y económicas a partir de una interpretación clasista de las relaciones sociales. Estas dos tradiciones son la neogramsciana y la escuela de la regulación. Tras presentar los principales aportes de estas corrientes nos concentramos en su entendimiento de la relación entre el Estado y el sistema internacional, resaltando la permanencia de una concepción del sistema internacional en tanto unidad de una multitud de Estados para la escuela de la regulación, y la doble dimensión que la tradición neogramsciana presenta para la relación entre los Estados y el sistema internacional.

Finalmente presentamos nuestros aportes, desde una perspectiva crítica, para las dos discusiones que se desarrollaron a partir de la presentación de las diferentes escuelas: la tensión entre lo económico y lo político, y la tensión entre lo doméstico y lo internacional. Así comenzamos presentando un análisis crítico de la relación entre el mercado mundial y la arena internacional, donde desde las Relaciones Internacionales se opera una cosificación del Estado, pasando a entenderse el mundo como una aglomeración de Estados-cosas. Entendimos, en cambio, que para una comprensión crítica del sistema internacional debemos partir de las relaciones de clase, las cuales son globales pero se particularizan en diferentes Estados nacionales, los cuales entran con competencia por atraer, territorializar y retener una porción del capital global, con el fin de garantizar las relaciones de clase dentro de sus fronteras, las cuales están definidas históricamente.

Esperamos que este trabajo logre contribuir a las discusiones sobre las diferentes tensiones en los análisis de las Relaciones Internacionales, siendo un paso más en nuestros intentos por analizar las relaciones en el espacio internacional desde un enfoque crítico.

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  1. Hemos desarrollado este problema en profundidad en nuestra tesis doctoral (Jaquenod, 2018).
  2. Suele incluirse a la teoría de la dependencia dentro de las perspectivas de la Economía Política Internacional, especialmente en América Latina. En su trabajo presente en este volumen, Julián Kan e Iván Kitay presentan críticamente los postulados principales de esta corriente. (N. del E.)
  3. Los artículos de Pablo Míguez, y de Ulrich Brand, Christoph Görg y Markus Wissen, en este volumen, profundizan en diferentes aspectos de la tradición neogramsciana en las Relaciones Internacionales. (N. del E.)
  4. Para profundizar en estos asuntos, remitimos a diferentes trabajos de nuestro compañero de investigación, Javier Waiman, quién aborda en su tesis doctoral de pronta publicación los diferentes tratamientos del concepto de hegemonía en los trabajos originales de Antonio Gramsci.
  5. Ver trabajo de Pablo Míguez en este volumen.
  6. Ver trabajo de Pablo Míguez en este volumen.
  7. Este aspecto es explorado en el trabajo de Ulrich Brand, Christoph Görg y Markus Wissen presente en este volumen.
  8. Ulrich Brand, Christoph Görg y Markus Wissen, en su trabajo incluido en este volumen, desarrollan en profundidad ciertas lagunas teóricas presentes en los razonamientos de la escuela de la regulación [n. del E.].
  9. Véase también el trabajo de Joachim Hirsch y Jens Wissel incluido en este volumen [n. del E.].
  10. Véase Vidal (1996).
  11. Es interesante notar el estrecho vínculo entre esta concepción y aquella neogramsciana que hacía referencia a las normas de conducta establecidas por el hegémono para garantizar un orden global.
  12. Según la escuela de la internacionalización del capital, “El capital como relación social de producción ha sido internacional en su carácter básico (su realidad esencial) desde el comienzo. El confinamiento parcial del capital en sitios nacionales –la forma nacional del capital– ha sido un fenómeno cambiante, declinante en su alcance con el desarrollo de las fuerzas productivas” (Yaghmaian, 1998: 247, énfasis en el original), es decir, se vuelve cada vez más internacional (o mejor dicho, siempre fue internacional y se desnacionaliza cada vez más).
  13. “El registro histórico exhibe una inmensa co-variación en el nexo entre los estados capitalistas y los proyectos de territorialización […] La realidad es que los Estados capitalistas han adoptado diversas ‘estrategias de especialización’, que van desde la concesión de la plena independencia jurídica a estados subalternos, a través de proyectos semi-hegemónicos como la Unión Europea, a sistemas de control territorial absoluto en la búsqueda de un Lebensraum o ‘imperio formal’. Es más, los propios países capitalistas centrales han estructurado las relaciones entre sí y con el mercado mundial de maneras históricamente cambiantes” (Teschke & Lacher. 2007: 577-578).
  14. Véase también el trabajo de Rodrigo F. Pascual y, sobre el debate alemán del mercado mundial, el trabajo de Oliver Nachtwey y Tobias ten Brink en este volumen. [n. del E.].
  15. Somos conscientes de que han existido excepciones que lograron escapar a la regla, como la supervivencia por casi ocho décadas de la Unión Soviética (aunque numerosos estudios dudan en caracterizarla, pasado el inicial impulso revolucionario –precisamente durante la Guerra Civil Rusa mencionada anteriormente–, como un Estado socialista o como un Estado donde se haya superado completamente el capitalismo), o bien de la República Popular China (la cual fue finalmente integrada en la comunidad internacional luego de ser aceptada por la Organización Mundial de Comercio como una economía en tránsito hacia una economía de mercado). Muchas veces la aceptación de estos Estados en la comunidad internacional (usualmente considerados bajo el mote de Estados parias) depende de factores coyunturales y geoestratégicos particulares e históricamente determinados.
  16. Esto supone una premisa intermedia: un personal del Estado comprometido con la reproducción capitalista en su territorio, o incluso más allá, el éxito del personal del Estado depende en gran medida de un resultado satisfactorio en la reproducción capitalista. En última instancia, quienes compiten por territorializar el capital dentro de las fronteras estatales son personales del Estado diferentes.


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