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La transformación del capitalismo contemporáneo y el concepto de una clase capitalista transnacional[1]

Una revisión crítica en la perspectiva neopoulantziana

Joachim Hirsch y Jens Wissel

En los últimos cuarenta años varios autores han argumentado que una nueva clase capitalista transnacional (CCT) que opera a través de las fronteras de los Estados nacionales ha surgido. Los enfoques en cuestión se discuten ampliamente en las ciencias sociales, no sólo por sus supuestos teóricos y la evidencia empírica aportada, sino también porque las relaciones de poder internacionales están cambiando, al menos en el contexto de la crisis actual. La afirmación principal de los autores en cuestión parece ser validada por el avance de la internacionalización de las relaciones de capital y por la internacionalización del Estado. Parece que estos procesos han cobrado fuerza con la transformación neoliberal del capitalismo.

Si esta afirmación es verdadera, se deduce que hay cambios de largo alcance en las estructuras estatales, en el sistema estatal internacional y en la trayectoria de los conflictos y luchas sociales. Las alteraciones en las relaciones de clase son especialmente importantes porque conducen a nuevas configuraciones de relaciones de fuerzas[2] y aparatos de poder y, en un segundo paso, a nuevos arreglos de dominación y regulación.

El objetivo de este trabajo es revisar críticamente los enfoques en cuestión. Suponemos que las teorías existentes sobre la formación de una clase transnacional se caracterizan por debilidades significativas, tanto en términos de supuestos teóricos básicos de clase como del Estado, como en términos de considerar el papel de los aparatos estatales en la formación de clases. Por esta razón, hemos escogido como punto de partida el enfoque de Nicos Poulantzas para la teoría de las clases y del Estado. En nuestra opinión, las obras de Poulantzas, tanto en sus dimensiones teóricas como metodológicas, siguen siendo muy relevantes hoy en día, a pesar de que fueron escritas en los comienzos de la crisis del fordismo en los años setenta. En este trabajo, reconstruimos a Poulantzas con el fin de mejorar nuestra comprensión de las relaciones de clase y de poder actuales y para dar sentido al término clase capitalista transnacional. Esto también implica hacer revisiones, especialmente con respecto a la internacionalización de las relaciones de capital y de los aparatos de Estado. Nuestro objetivo es desarrollar aún más la economía política internacional crítica proporcionando una comprensión refinada de las relaciones de clase internacionales.

Primero, esbozamos los supuestos teóricos y empíricos que guían nuestro análisis del capitalismo neoliberal. Presentamos las ideas clave de las teorías relacionales del Estado y las clases y las conclusiones de los estudios empíricos que se refieren a la internacionalización de la producción. A esto le sigue una discusión crítica de las concepciones de la clase capitalista transnacional y del Estado transnacional. A continuación, explicamos el concepto de burguesía interna, que se encuentra en el centro de nuestra explicación de la formación transnacional de clase, y discutimos si está emergiendo un bloque en el poder transnacional. Por último, analizamos los efectos de la actual crisis económica global sobre las estructuras de clase transnacionales.

Las relaciones de clase y el Estado

El análisis de clase ha estado fuera de moda por lo menos veinte años. El comentario de Margaret Thatcher de que “no hay tal cosa como sociedad: hay hombres y mujeres individuales y hay familias” parece haber penetrado. Los discursos sobre la globalización y la sociedad civil y la proclamación de una nueva era democrática después de 1989 dejaron poco espacio para el análisis de clase. Esto parece estar cambiando ahora que las consecuencias de la ofensiva neoliberal y el proyecto de una economía capitalista globalizada se han hecho evidentes en la forma de una crisis económica mundial.

En primer lugar, explicaremos lo que entendemos por clase, y cómo conceptualizamos la relación entre las clases sociales y el Estado. Poulantzas, que participó en el debate de internacionalización de principios de los años setenta, desarrolló un enfoque teórico de clase que trató de evitar las trampas del economicismo. Poulantzas expuso su enfoque en el libro Las clases en el capitalismo actual (1975), que a su vez se convirtió en el punto de partida de un debate que también llevó a la revitalización del análisis empírico de las clases (Koch, 2011)[3]. Después de Poulantzas (1975: 14-15) las clases no se determinan simplemente por la ubicación económica y no existen fuera de la lucha de clases[4]. Como resultado, los intereses y las acciones de clase no pueden deducirse simplemente de los lugares en el proceso de producción; más bien, su constitución implica mediaciones culturales y políticas. Los intereses de clase no pueden definirse a priori; más bien, su determinación es parte y resultado de las luchas y relaciones de fuerzas ya existentes. Esto también significa que la dirección y los resultados de las luchas de clase no pueden predecirse. Interés es una categoría de mediación en la que convergen las determinaciones objetivas y subjetivas. En otras palabras, no existe una cadena causal “lugar de clase – conciencia de clase – acción de clase”. “La autonomía potencial del sujeto en pensar y actuar” puede “interrumpir” fácilmente tal cadena (Ritsert, 1988: 78). De aquí se sigue que es posible hablar de una clase dominante transnacional sólo si su existencia se verifica mediante luchas sociales histórico-concretas.

La formación de clases y la lucha de clases no pueden analizarse sin considerar la forma específica de lo político en el capitalismo y el significado del término Estado. El capitalismo es un orden social basado en la producción privada y mediado por el principio del mercado y el trabajo asalariado. Debido a la competencia, los capitalistas no constituyen automáticamente un actor de clase coherente (o único). Se establecen como la clase dominante política en el terreno del Estado, que representa una forma social dotada de “autonomía relativa” y separada de la economía y la sociedad. En otras palabras, existe un “bloque en el poder” (Poulantzas, 2000: 123 y ss.) constituido por varias fracciones de las clases dominantes que se autoconstituye en y a través del aparato institucional del Estado. Esta es la premisa para el desarrollo de una “política del capital” más allá de la competencia intercapitalista y la fragmentación resultante de ella. Al mismo tiempo, el Estado es un conjunto de aparatos que desorganiza a las clases subalternas, así como genera y estabiliza los compromisos político-sociales que sustentan el gobierno burgués (Poulantzas, 2000: 123 y ss.; Hirsch, 2005)[5].

En este contexto, demostraremos la inter- y transnacionalización de los procesos económicos de los últimos cuarenta años. No vemos estas transformaciones económicas como la única causa de la globalización, sino como un factor clave. Después de todo, estaban estrechamente vinculadas a cambios en las relaciones de poder globales durante y después de la crisis del fordismo. En consecuencia, la globalización no se inició fuera de los Estados nacionales, sino que fue impulsada activamente por ciertas fracciones de capital que operan en el terreno de los Estados nacionales.

El tema de este trabajo es las transformaciones recientes en las clases capitalistas. Estas transformaciones constituyen el punto de partida de los cambios en las relaciones de poder globales: algo que simplifica las cosas, puede decirse que la inter- y transnacionalización del capital avanzó la internacionalización del Estado y, al mismo tiempo, encadenó a las clases trabajadoras a operar dentro del marco de los Estados nacionales individuales. En el proceso, una forma inicialmente europea de relaciones de poder patriarcal también devino transnacionalizada[6].

La transnacionalización de la producción

En la era fordista, las corporaciones multinacionales ya estaban impulsando la internacionalización del capital. En las últimas tres décadas, este desarrollo se ha acelerado considerablemente. Muchos autores se refieren a ella como transnacionalización. Se supone que esto expresa “una integración socioespacial permanente y sólida, que se extiende a través de una serie de espacios o territorios nacionales” (Pries, 2008: 45)[7]. En contraste con las fases previas de internacionalización emergen cadenas de creación de valor más permanentes, complejas y exhaustivas. En otras palabras, existe una transnacionalización adecuada de la producción (Robinson, 2004: 39)[8]. Las corporaciones transnacionales que emergen en el proceso, por una parte, se caracterizan por una estructura organizativa altamente descentralizada, que corresponde sólo vagamente a la noción de centro y periferia. Por otro lado, también existen fuertes mecanismos de coordinación central. Las empresas en cuestión combinan las ventajas de una adaptación máxima a las condiciones locales con las ventajas de los efectos sinérgicos que surgen de la cooperación entre diferentes partes de la empresa; por ejemplo en las áreas de utilización de la capacidad y uso del agua:

Al hacerlo, las empresas transnacionales “intentan cuadrar el círculo” […] Trabajan como un fan, por así decirlo, por una parte transfiriendo conocimiento e impulsos para la innovación locales al nivel transnacional y, por otro lado, transmitiendo experiencias globales con nuevos productos, tecnologías, ciclos y otras innovaciones desde el contexto de la organización transnacional hasta el contexto local. (Pries, 2008: 64 y ss.)[9]

Esto sugiere que la transnacionalización ya no se centra principalmente en la subcontratación de filiales individuales, como en la era de la multinacionalización. Ahora “incluye todo el proceso de creación de valor […] Como resultado, ramas enteras de la industria pierden su carácter nacional (estadounidense, alemán, inglés)” (Altvater & Mahnkopf, 1999: 262 y ss.).

Sin embargo, esto no significa que las empresas en cuestión se sitúen simplemente por encima de los territorios nacionales. Lothar Hack señala acertadamente que los atributos transnacionales y globales no sugieren que las empresas hayan perdido su base nacional (Hack, 2002: 669). Después de todo, “incluso las compañías globales no pueden operar en el vacío” (Hack, 2002)[10]. En otras palabras:

General Motors (GM) y General Electric (GE), IBM y Microsoft, Intel y Cisco Systems, siguen siendo empresas estadounidenses, y esto no es sólo una simple reflexión, a nivel corporativo, de los recientes estallidos de patriotismo en Estados Unidos. Para las corporaciones de este tipo, sería dañino abandonar sus bases nacionales debido a las múltiples ventajas que ofrecen esas bases, por ejemplo contratos con los militares, subsidios a la exportación y acceso a información de inteligencia. Al mismo tiempo, todas estas empresas son, de diferentes maneras, empresas que operan a nivel mundial, o están tratando de convertirse en tales (Cisco). (Hack, 2002: 670)

En las últimas décadas, muchos científicos sociales han estado trabajando en la creciente importancia de las empresas transnacionales y en la transnacionalización del capital. La importancia de estos acontecimientos para la economía política internacional está fuera de discusión[11]. Estos desarrollos no se limitan a ramas específicas (Hack, 2002: 673; Köhler, 2002: 125-152; Altvater & Mahnkopf, 1999: 259; Lühtje et al., 2002; Pries, 2008: 62 y ss.). La estructura interna de las grandes empresas transnacionales ha sufrido cambios profundos y generales. La integración transnacional va de la mano tanto de la intensificación de la competencia intercorporativa como del aumento de la importancia de los accionistas. Esto también significa que la distinción entre posesión y propiedad se vuelve cada vez más borrosa.

Otro desarrollo reciente es que los mercados financieros ya no están controlados por una multitud de accionistas individuales, sino por gestores de fondos que controlan un gran número de acciones de muchas empresas diferentes, que se obtienen a través de fondos de inversión o de pensión. Esto tiene consecuencias duraderas para las empresas individuales, porque el equilibrio de poder entre los propietarios y la administración empieza a cambiar:

Este tipo de “capitalismo inversor” (Useem, 1996) está dominado por accionistas institucionales, que pueden ser identificados como sujetos activos, y que son capaces de influir fuertemente en las actividades de las empresas multinacionales, especialmente si el rendimiento financiero ya no conduce a los precios deseados. (Meil et al., 2003: 27)

Como resultado, las relaciones de fuerzas entre las diferentes fracciones del capital comienzan a desplazarse a favor del capital financiero. Esta observación es apoyada por autores que ven el surgimiento de un “régimen de acumulación basado en las finanzas” (Huffschmid, 2007: 8; Aglietta, 2000; Sablowski & Alnasseri, 2001: 131-149).

La descentralización de las empresas –esto es, el énfasis en la independencia de sus componentes– se ha incrementado, y esto es a pesar, o en cierto sentido debido a, la presión reforzada para cumplir con los requerimientos de las oficinas centrales. Este proceso contradictorio implica descentralización organizacional y vigilancia y control intensificado desde el centro; es decir, aumentando la presión sobre partes individuales de las empresas. Esto se debe a que la competencia intracorporativa se convierte en un instrumento central de control.

En este contexto, Manfred Moldaschl y Dieter Sauer hablan de la “internalización del mercado”, que consiste en la reestructuración de las relaciones exteriores de las empresas, la configuración del poder y la jerarquía dentro de ellas y las relaciones entre las diferentes partes de la empresa en cuanto a su dependencia o autonomía (Moldasch & Sauer, 2000: 222). Esta tendencia es visible especialmente en áreas en las que existen varias empresas legalmente independientes que forman cadenas de producción y creación de valor[12]. Con la internalización de los mercados, se han establecido nuevos regímenes de control dentro de las empresas, así como entre ellas. Las partes individuales de las empresas y las industrias auxiliares legalmente independientes pueden, en papel, haber ganado la autonomía. Sin embargo, están sujetas a una creciente presión para adaptarse y ajustarse, lo que, ipso facto, pone en tela de juicio esta autonomía.

La noción de una clase capitalista transnacional

Desde la década del setenta se ha publicado una serie de trabajos de investigación y libros tratando con la internacionalización de las relaciones de clase (Hymer, 1972: 91-111; Murray, 1971: 84-109; Poulantzas, 1975). En los años ochenta y principios de los noventa, los autores que trabajaban en la tradición gramsciana, en particular, estuvieron siguiendo este hilo (van der Pijl, 1984; Cox, 1987; Gill, 1990; Bieling & Deppe, 1996: 67-78). Asumieron que la expansión global del capital dio lugar a la aparición de una nueva clase capitalista inter- o transnacional. Más que otros, los neogramscianos subrayaron que la inter- y transnacionalización de los flujos de bienes, capital y dinero también resultan de las luchas sociales en torno a un nuevo orden hegemónico global. Argumentaron que la “clase gerencial transnacional” (Cox), o la “fracción de clase capitalista transnacional” (Gill), es el actor decisivo en este proyecto.[13] Varias publicaciones examinaron las “plataformas de élite” con el fin de explicar cómo avanza el proyecto de un nuevo orden hegemónico y cómo la clase en cuestión se constituye a sí misma a nivel político (van der Pijl, 1998; van Apeldoorn, 2000: 157-181; Walpen, 2004; Mirowski & Plehwe, 2009)[14].

Más recientemente, Leslie Sklair ha avanzado en una “teoría del sistema global” que trata de justificar este enfoque. Según él hay una clase capitalista transnacional que se divide en cuatro fracciones superpuestas: los líderes de las corporaciones transnacionales, los burócratas preocupados por el avance de la globalización, los políticos y expertos de orientación global y una élite de consumo global formada por destacados representantes de los negocios y de los medios de comunicación (Sklair, 1997: 521 y ss.). Siguiendo a Sklair, los miembros de estos grupos son los protagonistas de un movimiento social por la globalización del capitalismo. En muchos aspectos, adoptan una perspectiva global antes que nacional y comparten un estilo de vida común. Más aún, por lo general han gozado de una educación similar en las escuelas de negocios internacionales.

Según Sklair, la clase capitalista transnacional opera en las tres esferas del sistema global: el económico, el político y el cultural ideológico (Sklair, 1997: 520). En consecuencia, representa a la clase dominante del sistema global e incluye a las burocracias globalizadas, que están involucradas en la gobernanza en todos los niveles. La clase capitalista transnacional trabaja en:

Coaliciones de crecimiento urbano y local mantenidas vivas por las inversiones extranjeras, burocracias nacionales, responsables de la exportación, inversiones extranjeras directas en ambas direcciones, agencias de ayuda económicas organizadas por el mercado, organizaciones internacionales como el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, bancos de desarrollo regional y varias organizaciones de las Naciones Unidas y organizaciones transnacionales como el Bilderberg Group, la Comisión Trilateral y la Conferencia Internacional de la Industria. (Sklair, 1997: 527)[15]

William I. Robinson se basa en el trabajo de Sklair pero lo lleva un paso más lejos, particularmente en el área de la teoría del Estado. Mientras Sklair describe la evolución de la clase capitalista transnacional y, en ella incluida, a las burocracias orientadas transnacionalmente, Robinson se ocupa del desarrollo de los aparatos estatales transnacionales y del Estado transnacional (Robinson, 2004: 36, 85 y ss.).

Para Robinson, la CCT no es sólo una nueva fracción del capital. Es una fracción con conciencia de clase y forma un nuevo bloque histórico hegemónico. Ve un desarrollo de tres etapas que conduce a la aparición de este bloque: primero, la producción se transnacionaliza, lo que, en un segundo paso, genera una clase transnacional. En tercer lugar, surge un Estado transnacional. Robinson sostiene que la globalización es una nueva era que ya no se caracteriza por las economías nacionales y los modos de producción nacionales. Según él, el Estado nacional ya no representa el campo principal de la política, pero tampoco desaparece por completo. Más bien, se transforma y se fusiona con la estructura del Estado transnacionalizado (ETN). “Este aparato del ETN es una red emergente que comprende Estados nacionales transformados y externamente integrados, junto con las formas económicas y políticas supranacionales, que aún no ha adquirido ninguna forma centralizada” (Robinson, 2004: 88)[16].

Hay, de hecho, alguna evidencia de que se están produciendo cambios de largo alcance en las relaciones de clase globales. Sin duda, los procesos de globalización cultural, política y económica pueden observarse en diversas áreas de la sociedad. Sin embargo, también hay algunos problemas profundos con los conceptos de Sklair y Robinson. En primer lugar, los hallazgos empíricos sobre las cuestiones en juego no son tan claros como parece en las obras de Robinson y Sklair. Hartmann muestra que, a pesar de la retórica dominante y de la orientación internacional de las escuelas de negocios, la creación de élites económicas y políticas todavía siguen ampliamente los parámetros nacionales (Hartmann, 2003: 273 y ss.)[17]. En segundo lugar, hay cuestiones conceptuales. Embong sostiene que los términos centrales de Sklair (y Cox) son demasiado “amplios y amorfos” (Embong, 2000: 993) porque incluyen demasiadas fracciones diferentes en el concepto de CCT. En tercer lugar, los supuestos teóricos del Estado y la clase que sustentan los enfoques en cuestión son demasiado simplistas: no basta con subrayar la existencia de procesos económicos transnacionalizados para sustanciar la afirmación de que una clase transnacional ha surgido. La formación de esta clase (o incluso de un Estado transnacional) no puede deducirse simplemente de la existencia de los procesos económicos en cuestión:

Robinson no sólo ignora cualquier posibilidad de una lógica territorializadora de la acumulación de capital, sino que también pasa por alto el hecho de que las clases se constituyen mutuamente a través de procesos de explotación, a menudo con alcances locales o regionales, que afectan fundamentalmente a la reproducción global de los antagonismos de clase. (Anievas, 2008: 198)[18]

Hay un dualismo oculto en el trabajo en Robinson que separa las estrategias de acumulación de la CCT respecto de los regímenes nacionales de acumulación y los mercados internos. En su trabajo sobre la integración de los mercados financieros en la Unión Europea (UE), Macartney ofrece una conceptualización alternativa. Sostiene que las fracciones de capital en cuestión “están simultáneamente orientadas transnacionalmente y enraizadas nacionalmente” (Macartney, 2009: 480)[19].

En conclusión, el enfoque de Robinson en cuanto a los fundamentos teóricos del Estado es demasiado vago y no proporciona pruebas convincentes de la aparición de un Estado transnacional. Sigue sin estar clara cuál es su concepción del Estado y por qué deberíamos referirnos a las instituciones políticas inter- y transnacionales como aparatos de Estado.[20] Parece que el determinismo económico, evidente en gran parte del debate sobre la globalización, ha prevalecido aquí: los procesos políticos se representan como reflejos de la globalización económica, es decir, se representan casi siguiendo el patrón de base y superestructura (Anievas, 2008: 199).

Es importante diferenciar entre los intereses de las diferentes fracciones de capital y los de los gestores estatales incluso si, recientemente, los dos lados se han vinculado más estrechamente. Si no distinguimos entre las fuerzas sociales dominantes y el Estado, la teoría del Estado se vuelve obsoleta y sería más adecuado hablar sólo de economía (Panitch & Gandin, 2005: 101). Pero esto ignoraría el largo y fructífero debate sobre el Estado capitalista entre los estudiosos de la tradición materialista (Holloway & Picciotto, 1978; Jessop, 1990; Panitch, 1994). Afirmamos que Robinson entiende al Estado como una “condensación” pero no como una “condensación material” (Poulantzas) de las relaciones sociales de fuerzas. En las palabras de Martin Shaw, la teoría estatal de Robinson se caracteriza por un fuerte “sociologismo”: su línea de argumentación implica que el Estado no puede distinguirse realmente de otras relaciones sociales (Shaw, 2000: 86 y 503 y ss.). En consecuencia, estamos de acuerdo con Tabb, quien argumenta que

se necesita hacer más para discutir la política de la agencia de clase y el poder estatal; de lo contrario, la teoría de la CCT excluye la importancia de la lucha política por parte de los movimientos sociales y los actores estatales. (Tabb, 2009: 48)

Esto no quiere decir que la autonomía relativa del Estado pueda darse por sentado; si está bajo amenaza, sin duda, tenemos que explicar por qué. Esto implica explicar detalladamente las consecuencias teóricas de este desarrollo y, lo que es más importante, discutir si el orden social dominante sigue siendo capitalista. Después de todo, un Estado sin autonomía relativa no es un Estado, y el capitalismo sin Estados no es capitalismo. Si ignoráramos todo esto, volveríamos a caer en una concepción economicista de la transformación capitalista.

De ello se desprende que si las instituciones transnacionales no tienen ninguna independencia en absoluto del CCT, podría no tener sentido representarlas como el ETN. Estamos de acuerdo con Robinson en que ha habido transformaciones de gran alcance en las relaciones de clase en los últimos treinta años y él ha descrito bien algunas de estas transformaciones en sus estudios. Sin embargo, no creemos que esto justifique postular la existencia de una sola clase capitalista transnacional y de un Estado. A nuestro juicio, es importante ir más allá de las dicotomías habituales de la clase transnacional y del Estado nacional, pero también más allá de las concepciones economicistas del Estado que lo representan como nada más que un reflejo de transformaciones económicas subyacentes. Creemos que Poulantzas nos proporciona herramientas conceptuales que permiten captar las complejidades involucradas, sobre todo la tensión entre la fragmentación del espacio bajo el capitalismo en territorios nacionales y las recientes transformaciones transnacionales del capitalismo.

Una conceptualización alternativa: la formación de las burguesías internas transnacionales[21]

La expansión de las empresas transnacionales no significa que haya surgido una clase transnacional, ni siquiera desde la perspectiva de la estructura económica. Para demostrar la existencia del CCT, sería necesario mostrar cómo está vinculada a los aparatos de Estado, y cómo sus conflictos y divisiones internas están regulados políticamente. También habría que demostrar que esta clase tiene un proyecto cultural y político. Además, habría que establecer que existen estructuras institucionales que facilitan la organización política de la CCT. Después de todo, habría que suponer que los capitalistas que operan a nivel transnacional se dividen internamente gracias a la competencia intracapitalista, como es el caso a nivel nacional.

En la década del setenta, Poulantzas ya discutió la internacionalización del Estado en relación con los cambios en las relaciones de clase globales. Argumentó, al igual que los autores involucrados en el debate de la derivación del Estado de Alemania Occidental (Holloway & Picciotto, 1978), que la fragmentación territorial del capital no es producto de la coincidencia, sino de la naturaleza de las relaciones capitalistas de producción:

La nación moderna lleva el sello del desarrollo de la burguesía y de las relaciones entre sus diversas fracciones. Esto afecta tanto a la transición al capitalismo dentro del proceso de la acumulación primitiva del capital, como al papel de la burguesía mercantil en la formación de la nación; tanto la etapa del capitalismo competitivo como la etapa del imperialismo (incluyendo su fase actual de internacionalización del capital). Las transformaciones de las relaciones capitalistas de producción dejan su huella en las transformaciones de la nación y del nacionalismo burgués. Ahora, incluso en la fase actual caracterizada por la internacionalización del capital, la nación moderna (sin duda alterada) sigue siendo para la burguesía el punto focal de su propia reproducción, reproducción que toma la forma precisa de internacionalización o transnacionalización del capital. Este núcleo duro de la nación moderna se encuentra en el centro inmutable de la relación capitalista de producción. (Poulantzas, 2000: 116 y ss.)

Los “derivacionistas del Estado” argumentaron de manera similar. Según ellos, la acumulación de capital a nivel global se basa en la existencia de diferentes territorios políticos, lo que sugiere que la fragmentación territorial y una economía globalizada van de la mano (Hirsch, 2005: 62). Esto no significa necesariamente que la fragmentación territorial tome la forma de un sistema de Estados nacionales. La integración europea, por ejemplo, también constituye una instancia de fragmentación territorial, aunque a nivel transnacional. Lo que esto sugiere es que la fragmentación territorial no puede ser superada completamente bajo condiciones capitalistas[22].

Obviamente, estos puntos tienen que ser considerados en los debates sobre la inter- y la transnacionalización. Incluso si no hay CCT, las transformaciones observadas seguramente afectan a las relaciones de clase y de poder (Panitch & Gindin, 2003-2004: 34 y ss.). En los años setenta, Poulantzas trató de establecer la conexión entre la fragmentación territorial y la internacionalización introduciendo el concepto de burguesía interna.

Hasta entonces, las aproximaciones materialistas disponían sólo de dos términos que referían a las diversas estrategias e interdependencias del capital y la composición interna de la burguesía. La “burguesía compradora” que no tenía ninguna base productiva por sí sola y, por lo tanto, dependía enteramente del capital extranjero. En cierta medida, estamos hablando de una burguesía que juega principalmente el papel de un gobernador en nombre de un poder externo. Según Poulantzas (1976: 12), funciona “principalmente como intermediaria comercial y financiera para la penetración del capital imperialista extranjero” al que está directamente subordinado. El término surgió en la teoría latinoamericana de la dependencia y describió a las burguesías principalmente dependientes del capital estadounidense[23].

En contraste, el término “burguesía nacional” describe una clase dominante autocentrada con su propia base material. Históricamente, las burguesías nacionales han desempeñado diferentes roles que dependían de las más amplias constelaciones de fuerzas sociales. En consecuencia, las burguesías nacionales expansivas no estaban precisamente detrás de proyectos imperialistas, sino que también estaban detrás de los movimientos de liberación nacional con el objetivo de independizarse de las potencias extranjeras y del capital extranjero.

Poulantzas afirmó que la distinción entre la burguesía compradora y la nacional no lograba capturar la situación cambiada en Europa Occidental a partir de los años cincuenta (Poulantzas, 1975: 71). Si Poulantzas hubiera optado por operar con esta distinción, se habría visto obligado a adoptar cualquiera de los dos relatos insostenibles de internacionalización y la influencia del capital estadounidense en Europa. Por un lado, podría haber inferido de los conflictos internos del capital en las metrópolis después de la Segunda Guerra Mundial que las burguesías nacionales habían logrado mantenerse a cargo en Europa occidental[24]. Por otra parte, podría haber aceptado la noción de ultraimperialismo, que sugiere que lo único que queda son burguesías compradas globalizadas porque ya no era posible construir alianzas con fuerzas subalternas a nivel nacional. Rechazando ambas opciones, Poulantzas afirmó:

Lo que se necesita, pues, es introducir un nuevo concepto que permita analizar la situación concreta, al menos la de las burguesías de las metrópolis imperialistas en su relación con el capital americano. Provisionalmente, y por falta de una palabra mejor, usaré el término “burguesía interna”. Esta burguesía, que existe junto a sectores genuinamente compradores, ya no posee las características estructurales de una burguesía nacional, aunque el alcance de esto por supuesto difiere de una formación imperialista a otra. (Poulantzas, 1975: 72)

Siguiendo a Poulantzas, las burguesías internas difieren de las nacionales en la medida en que sus complejas interdependencias con el capital estadounidense conducen a una erosión de la autonomía ideológica y política. Al mismo tiempo, las burguesías internas son diferentes de las burguesías compradoras porque poseen su “fundamento económico y base de acumulación de capital” (Poulantzas, 1975: 72). En otras palabras, las relaciones de las burguesías internas con otras fracciones externas del capital son mucho más ambiguas que las de las burguesías nacionales o compradoras. En consecuencia, las burguesías de Europa occidental eran dependientes de los Estados Unidos, pero esta relación de dependencia era diferente de la que existe entre las burguesías compradoras y el capital estadounidense. Poulantzas comentó que debido a la existencia de una base productiva nacional, hay “contradicciones significativas […] entre la burguesía interna y el capital americano” (Poulantzas, 1975: 73).

La dependencia de las burguesías internas europeas respecto del capital estadounidense y sus tensiones con él no se debían a factores externos sino a sus relaciones internas:

Las relaciones de estas burguesías entre sí son descentradas, en la medida en que proceden por medio de la internacionalización del capital americano dentro de las propias burguesías. De hecho, cada Estado nacional europeo defiende simultáneamente el interés de las demás burguesías europeas, teniendo en cuenta la competencia con su burguesía doméstica, pero asumiendo en todo su estado común de dependencia con respecto al capital americano. (Poulantzas, 1975: 77)

Sería una falacia reducir la burguesía interna a cierta forma de capital o mapearla en un lado de la división entre capital monopolista y no monopolístico:

Si bien la burguesía nacional incluye una parte del capital no monopolista en los países que nos ocupan (las “pequeñas y medianas empresas”), también incluye segmentos enteros de capital monopolista; y, a la inversa, también hay segmentos de capital no monopolístico enteramente subordinados al capital extranjero por medio de acuerdos de subcontratación y canales comerciales. Así pues, aunque la burguesía doméstica exhibe cierta unidad política en sus contradicciones con el capital extranjero, está profundamente dividida, en particular en la medida en que está hendida por la contradicción entre el capital monopolista y el no monopolista, y este hecho no deja de tener efecto en su debilidad política. (Poulantzas, 1976: 44)

De manera similar, la distinción entre burguesía interna y compradora no refleja simplemente las diferencias territoriales, “sino más bien […] el proceso de internacionalización del capital, sus diversos momentos, fases y cambios según se expresan en cada formación social” (Poulantzas, 1976: 44). Como resultado, esta diferencia no es fija ni estática, sino que depende siempre de luchas sociales específicas y de las constelaciones resultantes de las fuerzas sociales (Poulantzas, 1976: 44).

Con el término burguesía interna, Poulantzas describió la nueva relación entre las burguesías europeas y la burguesía hegemónica de Estados Unidos, que incorporó elementos de autonomía y dependencia. Para él, era indudable que la burguesía norteamericana era la burguesía nacional que gobernaba a nivel global, que constantemente expandía y estructuraba el mundo según su modelo. Esto pudo haber sido una observación adecuada en los años setenta pero más de treinta años después las cosas han cambiado. Sostenemos que hoy en día hay una burguesía interna incluso en los Estados Unidos porque la afluencia masiva de capital desde los años ochenta ha cambiado considerablemente la composición interna del capital estadounidense. Si esto es correcto, una burguesía con fuertes orientaciones transnacionales ha tomado la delantera en el bloque en el poder de Estados Unidos (Panitch & Gindin, 2003-2004).

Esto también sugiere que el término “burguesía interna” ya no se refiere a las burguesías que simplemente negocian las exigencias estratégicas de un Estado nacional específico con las demandas del capital estadounidense. Como efecto de la globalización de la valorización del capital, las burguesías internas han sido transnacionalizadas: han interiorizado al capital transnacional y, con él, las relaciones de poder transnacionales. De ello se deduce que los Estados nacionales también han sido transnacionalizados. Esto no significa, sin embargo, que hayan perdido su importancia política: siguen siendo un terreno importante para la reproducción de las respectivas burguesías transnacionalizadas, razón por la que éstas siguen siendo burguesías internas (Wissel, 2007: 119 y ss.).

Además, parece que han surgido instancias reguladoras a nivel internacional y transnacional que permiten procesar las grietas y contradicciones que caracterizan a las burguesías internas transnacionalizadas. Al mismo tiempo, hay actores que promueven la globalización como un proyecto político, como lo observan Nölke, Overbeek y van Apeldoorn:

Hemos identificado una coalición de fuerzas poderosas que conduce los cambios actuales hacia un marco regulatorio de gobernanza corporativa basada en principios marcados. En el núcleo de esta coalición están los actores globales del mercado de capitales (por ejemplo, los fondos de pensiones, los hedge funds y otros inversores institucionales), una gama de firmas de servicios profesionales que venden sus servicios a estos actores y un pequeño número de agencias públicas supranacionales e internacionales, a saber, la Comisión Europea, la OCDE y el Banco Mundial. (Nölke, Overbeek & van Apeldoorn, 2007: 216)

Por supuesto, esto no significa que las diferencias nacionales entre burguesías hayan desaparecido, pero si hay una transnacionalización de partes relevantes de estas burguesías[25], esto introduce la cuestión de cómo se regulan las contradicciones internas de esta nueva entidad transnacional. Siguiendo a Poulantzas, podemos preguntar si está emergiendo un bloque en el poder a nivel transnacional y si hay instituciones y estructuras que sustenten el proyecto hegemónico transnacional correspondiente.

En resumen, la transnacionalización de la producción, los cambios en la relación entre los propietarios y los gerentes y el surgimiento de las burguesías internas han tenido efectos contradictorios en las relaciones de clase globales. La creación de redes empresariales y cadenas de producción transfronterizas, unidas al proyecto neoliberal de financiarización del capital, ha impulsado las orientaciones transnacionales dentro de las clases capitalistas, que incluye a los propietarios, gerentes y burócratas. Esto ha fortalecido los lazos transnacionales entre los antiguos miembros de esas clases que tienen raíces nacionales y ha creado apoyos institucionales para nuevas formas de comunicación y acuerdo. Sin embargo, este proceso de transnacionalización similar a una red se acompaña al mismo tiempo de la multiplicación de posibilidades de control centralizado dentro de las corporaciones. Además, las empresas transnacionales siguen dependiendo de las condiciones nacionales de producción. No es casualidad que la abrumadora mayoría de las empresas transnacionales se localicen en aquellos Estados que son globalmente dominantes a nivel económico, político o militar.

Además, la internacionalización y la globalización no son procesos homogéneos. El desarrollo desigual y los cambios permanentes resultantes en las relaciones de clase y en las condiciones de producción siguen siendo características claves de la competencia capitalista (Callinicos, 2007: 533-549; 2009; Hirsch & Kannankulam, 2011). Como resultado, también surgen procesos que se pueden describir como “triadización” y “devolución”: la transnacionalización de la clase capitalista es acompañada de procesos de fragmentación transnacional y regional, que se caracterizan por la formación de clusters a través y dentro de los Estados nacionales. En suma, el desarrollo de las burguesías internas transnacionales ha transnacionalizado los bloques en el poder nacionales y locales, pero también hay evidencia de la formación de estructuras a nivel transnacional que podrían sostener un bloque en el poder transnacional.

¿Un bloque en el poder transnacional?

El tema del bloque en el poder nos lleva de nuevo a Poulantzas. Según él, la clase capitalista se constituye, a través del Estado, como la clase dominante políticamente. El monopolio estatal de la violencia tiene un papel clave en el proceso. Después de todo, es indispensable para reasignar recursos, que son esenciales para establecer la infraestructura productiva (en un sentido amplio), y para hacer concesiones materiales a las clases subalternas, que es una forma vital de gestionar las relaciones existentes de poder de clase. La hegemonía –la unidad del consenso y la fuerza que integra a las clases dominadas en un “programa nacional-popular” (Gramsci)– puede consolidarse y hacerse sostenible sólo a nivel de los Estados nacionales individuales. Siguiendo esta línea de argumentación, no podemos hablar de una clase capitalista transnacional en sentido estricto porque un Estado mundial con un monopolio de aparatos de violencia y legitimación no existe y no puede existir[26]. Sin embargo, la cuestión sigue siendo si el nacionalismo metodológico aparente en el trabajo de Poulantzas puede ser defendido.

Es un hecho que las formaciones semejantes a Estados y otros modos de organización de clases –por ejemplo, foros de discusión y coordinación y think tanks– se han desarrollado a nivel transnacional. Esto conduce a la cuestión de la hegemonía. La hegemonía se logra sólo si hay apoyos institucionales, ideológicos y políticos que sustentan un denominado programa popular. En la era neoliberal (o post-fordista), la ideología dominante ha prevalecido gracias a las actividades de organismos internacionales capaces de dar forma y diseminar ideas[27]. Sin embargo, los apoyos institucionales y políticos también necesarios no han llegado a existir hasta ahora: ni hay un conjunto coherente de aparatos de Estado a nivel internacional, ni tampoco los cuerpos en cuestión probaron ser suficientemente poderosos para crear un verdadero consenso popular detrás de la agenda neoliberal. Como resultado, la hegemonía del neoliberalismo ha permanecido frágil.

En este contexto, sostenemos que hay al menos algunas palancas para erigir un bloque en el poder transnacional que existe en forma semejante a un aparato de Estado, políticos e ideológicos. Sin embargo, estos aparatos están fragmentados internamente y sólo están débilmente acoplados. Ante todo, la falta de un Estado mundial significa que no existe un aparato represivo centralizado que sería necesario para la imposición de arriba hacia abajo de las estrategias capitalistas de clases y la formación de un acuerdo hegemónico estable. En otras palabras, existen algunas de las condiciones económicas, políticas e ideológicas para la constitución de la CCT, pero permanecen inconexas.

Observemos nuevamente que el concepto de bloque en el poder se refiere al Estado nacional en el enfoque de Poulantzas. Esto explica el hecho de que el Estado tiene cierto grado de autonomía frente a las clases sociales, pero sigue siendo un Estado de clase. A la inversa, el Estado representa una forma social separada de la economía y la sociedad, que conserva una autonomía relativa respecto del bloque en el poder y, por lo tanto, no puede equipararse a él. En contraste, el bloque en el poder consiste en las diversas fracciones de la clase dominante. Debido a la competencia intercapitalista, no puede constituirse como una unidad por sí misma. En cambio, su constitución tiene lugar en el terreno del Estado.

Esto sugiere que la transnacionalización de las burguesías internas conduce a un cambio en la composición de los bloques en el poder nacionales y, por tanto, en las respectivas formaciones sociales. Por esta razón, Poulantzas afirma que los bloques en el poder nacionales en Europa:

Apenas se pueden situar en un nivel puramente nacional; los Estados imperialistas se encargan no sólo de los intereses de sus burguesías domésticas, sino también de los intereses del capital imperialista dominante y de los otros capitales imperialistas que se articulan en el proceso de internacionalización. Por otra parte, sin embargo, estos capitales “extranjeros” no participan directamente como tales, es decir, como fuerzas sociales relativamente autónomas, en cada uno de los bloques en el poder involucrados. (Poulantzas, 1975: 75)

Pero, ¿qué significa que haya una articulación de los intereses del capital imperialista dominante? Introducimos el concepto de un bloque en el poder transnacional en este contexto. Debería quedar claro, sin embargo, que este bloque no puede tomar ni la forma ni la estructura de un bloque en el poder nacional, pues no hay institucionalización política a nivel transnacional comparable a la de un Estado nacional en funcionamiento[28]. Para darle sentido al concepto, tendremos que abandonar el dualismo habitual del nivel nacional y transnacional. El bloque en el poder transnacional no es una estructura externa agregada a los bloques en el poder nacionales y Estados. Más bien, resulta de un proceso multiescalar. Esto sugiere que las escalas territoriales individuales y las agregaciones institucionales tienen que entenderse no sólo en su relación entre sí, sino también en su interpenetración. En otras palabras, el bloque en el poder transnacional, mediado por la transnacionalización del capital, forma parte de los respectivos bloques en el poder nacionales. Esto ha llevado a un cambio en las relaciones de poder que deja en desventaja a las clases subalternas (Carroll, 2010: 129), y a la tendencial internacionalización y transnacionalización del Estado. No obstante, los distintos Estados nacionales difieren todavía considerablemente entre sí. Las especificidades nacionales siguen influyendo en gran medida en la constitución de los bloques en el poder nacionales, en las relaciones generales de poder, en la cultura política y en las tradiciones dominantes en las respectivas sociedades, y en la estructura de los aparatos estatales nacionales.

El hecho de que las fuerzas de clase detrás del proyecto transnacional se hayan integrado en los bloques de poder nacionales no significa necesariamente que tomen una posición de liderazgo. La composición de los bloques en el poder nacionales difiere considerablemente, lo que conduce repetidamente a conflictos y bloqueos entre las diversas fracciones de capital. En general, los diversos bloques en el poder se han transnacionalizado, pero en diversos grados. Como antes, los bloques en el poder transnacionales mantienen las bases productivas nacionales.

La cuestión crucial es si ha surgido una estructura significativa que permita la constitución de un bloque en el poder transnacional, es decir, una configuración institucional capaz de hacer frente a la competencia intercapitalista a nivel transnacional y las contradicciones entre las diferentes burguesías transnacionales. Hay alguna evidencia para esto. El bloque en el poder puede no ser capaz de constituirse sobre un terreno proporcionado por un gobierno transnacional, pero puede basarse en redes transnacionales que operan a distancia de los Estados nacionales y en organizaciones dotadas de alcance y autoridad transnacionales. Entre ellas están las agencias de calificación, las empresas de consultoría de gestión, las grandes inversiones, el mercado monetario y los fondos de pensiones (Harmes, 1998: 92-121), y las redes intelectuales influyentes mencionadas anteriormente (es decir, la comisión trilateral, el FEM, la ERT, etc.). Estas instituciones desempeñan un papel clave en el establecimiento y diseminación de normas transnacionales y patrones de conducta, facilitando así la formación del bloque en el poder en cuestión[29].

Además, existen nuevas instituciones transnacionales que generan una nueva forma de derecho internacional y supervisan su cumplimiento[30]. Un ejemplo es la Organización Mundial del Comercio (OMC), que dispone de sus propios procedimientos para la solución de controversias. Tales procedimientos, al igual que toda la red de regulaciones inter y transnacionales, forman un terreno caracterizado por una competencia feroz, una autonomía limitada y una alta responsabilidad por las crisis[31]. Lo que está en juego en esta área no es sólo la regulación económica. De hecho, la transnacionalización cambia completamente la relación de la política con la economía. A nivel transnacional, los intereses económicos son mucho más fácilmente reconocibles que a nivel nacional. Después de todo, el nivel transnacional se caracteriza por la presencia meramente indirecta de los Estados nacionales, la importancia de las empresas privadas y las organizaciones privadas y un bajo grado de autonomía institucional.

Sin embargo, parece que un complejo económico-político se ha desarrollado a nivel transnacional que permite a las diferentes fracciones de las burguesías internas perseguir sus intereses y gestionar sus disputas, al menos de manera rudimentaria. Debido al bajo grado de concentración institucional, este proceso económico y político cambia su forma constantemente. Las instituciones anteriormente importantes pueden volverse insignificantes con relativa rapidez y las instituciones anteriormente irrelevantes de repente pueden tomar el centro del escenario. Esto se debe a los repentinos cambios y relocalizaciones en las relaciones de poder, a la ruptura de los lazos institucionales ya existentes y a la aparición de nuevos vínculos[32]. Es concebible que incluso la OMC pueda ser objeto de una pérdida drástica y repentina de significado.

Todo esto también significa que la regulación adquiere una forma mucho más compleja, operando en varias escalas y apareciendo mucho más incoherente y susceptible de crisis que antes. Esto conduce repetidamente a conflictos entre las fracciones transnacionales del capital, así como entre ellas y las fracciones nacionales. En la crisis económica global actual estos conflictos se han hecho evidentes.

Transnacionalización y crisis actual

Después de un largo auge, el post-fordismo neoliberal ha estado en una grave crisis desde 2008. Llamar a esta crisis una crisis financiera es engañoso. Las turbulencias en el sector financiero se deben más al hecho de que la especulación financiera encubrió que la crisis de sobreacumulación es intrínseca al capitalismo neoliberal. La burbuja resultante en los mercados financieros estalló en el otoño de 2008. Las dimensiones de la crisis actual son comparables sólo con la Gran Depresión de los años veinte y treinta. Es de esperar que la crisis tenga un resultado similar: la aparición de una forma históricamente nueva del capitalismo. Hasta acá, sólo podemos adivinar cómo se verá.

Hasta ahora, los responsables de la toma de decisiones transnacionales, es decir, la clase capitalista transnacional y la clase dirigente, parecían capaces de prevenir que los gobiernos nacionales adoptaran prácticas proteccionistas a pesar de la gravedad de la crisis. Esto demuestra que esta clase tiene una notable influencia política. En otras palabras, el consenso neoliberal ha demostrado ser sorprendentemente fuerte. Cuánto tiempo va a continuar así depende de la duración y las consecuencias de la crisis, que no se puede predecir con precisión en la actualidad.

Sin embargo, también es cierto que el nacionalismo económico está en aumento. Una consecuencia de la crisis es sin duda el retorno del Estado nacional que, hasta hace poco, era bastante inimaginable. Los Estados nacionales actúan no sólo como salvadores de las corporaciones en dificultades (y en algunos casos incluso recurren a la nacionalización), sino que también desempeñan un papel clave en los debates sobre la re-regulación del sistema financiero internacional. En estos debates, los intereses divergentes de los Estados individuales se han hecho visibles; algunos ejemplos son las disputas entre los Estados miembros de la UE, entre Europa y Estados Unidos, y también entre Occidente y China, que se refieren a las diferentes estrategias adecuadas de gestión de la crisis. Los desacuerdos sobre la regulación financiera entre Estados Unidos y Gran Bretaña por un lado y los países de la eurozona por el otro, son obvios. Al mismo tiempo, la crisis de la eurozona revela un defecto fundamental de la globalización neoliberal: la UE, que puede ser vista como un ejemplo de transnacionalización avanzada del Estado, es una formación caracterizada por la clara separación de la integración económica y política. Las crisis de la deuda soberana en Grecia, Irlanda y Portugal son ejemplos de las dificultades que surgen cuando una unión monetaria no está apuntalada por políticas económicas y financieras comunes. Y estas crisis son sólo la punta del iceberg. El aumento exorbitante de las deudas nacionales y los déficits presupuestarios, consecuencia de los rescates, es un fenómeno más general. El actual caos político y económico en Europa, así como las especificidades de las respuestas nacionales a la crisis, reflejan divergencias sustanciales en los intereses de los diferentes Estados miembros de la UE.

Todavía no está claro si la UE y la eurozona son capaces de aguantar la tormenta. Si es así, su diseño institucional cambiará considerablemente. Si la unión monetaria europea colapsara se produciría una renacionalización significativa de la política. Sin importar lo que suceda, la crisis alterará las condiciones para la formación del bloque en el poder transnacional. Básicamente, la UE se enfrenta a la alternativa de desintegrarse o lograr una integración más profunda de las políticas financieras y económicas.

En general, parece probable una cierta renacionalización de la política. Incluso si se pudiera prevenir una ola proteccionista, el hecho de que la hegemonía global de los Estados Unidos esté seriamente en cuestión significa que se podría esperar que las controversias entre los gobiernos nacionales aumenten en frecuencia e intensidad. Es probable que se intensifiquen las tendencias hacia la refragmentación de las clases capitalistas a lo largo de las fronteras estatales o regionales. Sin embargo, el desarrollo general seguirá teniendo efectos contradictorios. En la UE podemos ver la alternativa entre la integración política acelerada y el colapso. El regreso de la intensificación de la política de austeridad ya es visible. Se puede asumir que la lucha de clases desde arriba, que luchó vigorosamente durante los últimos años, seguirá ganando fuerza. En este contexto, es importante señalar que no será posible transferir todos los costos de la gestión de la crisis al sur global[33].

En las metrópolis, la crisis también será utilizada por ciertas fracciones del capital como instrumento disciplinario utilizado para contrarrestar los llamados a la defensa de los bienes públicos (Demirović, 2009: 50) y desmantelar el sector público (Gallas, 2010)[34]. Los imperativos económicos y políticos neoliberales de los últimos treinta años serán reforzados y los Estados nacionales tendrán la tarea de lograrlo. Al principio, la crisis económica ha fortalecido el sistema político y su legitimidad. Después de todo, los líderes políticos y los gobiernos se beneficiaron de la crisis presentándose como los salvadores del sistema financiero. En otras palabras, las intervenciones estatales han salvado el neoliberalismo y, como resultado, estamos atestiguando la profundización del estatismo autoritario en el plano político (Kannankulam, 2008).

Como señaló Poulantzas, este tipo de intervencionismo estatal conlleva riesgos considerables -a pesar de que, inicialmente, puede tener efectos estabilizadores. A largo plazo, los rescates estatales y la política de austeridad amenazan con convertir la crisis económica en una crisis política y, finalmente, estatal. Podemos observar esto actualmente en Europa y en Estados Unidos. El hecho de que los gobiernos ahora sean aún más dependientes del capital financiero que antes aumenta su probabilidad. Tendencialmente, los Estados nacionales han perdido su autonomía relativa frente a las fracciones dominantes del capital, y este desarrollo ciertamente aumenta las tendencias de crisis.

Conclusión

Los acontecimientos recientes en el capitalismo global muestran que la noción de una CCT uniforme es el producto del pensamiento apresurado que resultó de la exageración de la globalización que caracterizó los debates en las ciencias sociales en los años noventa y principios de los dos mil.

En nuestra opinión, las preguntas planteadas sólo pueden ser contestadas con la ayuda de un enfoque teórico que se centre en la relación entre la formación de clases, la lucha de clases y el Estado. Obviamente, este enfoque se ubica en la tradición de la teoría materialista del Estado. Con su ayuda, podemos demostrar que la fragmentación del espacio es una característica fundamental de las relaciones capitalistas de producción. De esto deducimos que las tendencias para la formación de la CCT y el bloque en el poder transnacional siguen siendo débiles. Hay fragmentaciones significativas tanto dentro de esta clase como a lo largo de las fronteras nacionales y regionales, y estas fragmentaciones han aumentado recientemente, sobre todo como consecuencia de la crisis económica. Como resultado, parece más apropiado hablar de burguesías internas transnacionalizadas en plural.

El desarrollo histórico del capitalismo no es homogéneo ni lineal. En su lugar, se caracteriza por discontinuidades y rupturas significativas. De ello se deduce que los procesos de globalización e internacionalización que caracterizan al post-fordismo marcan una época histórica específica, lo que también significa que pueden modificarse.

Las actuales crisis económicas y políticas no se traducen automáticamente en mejores condiciones para la política emancipatoria. Para esto, las relaciones de poder tendrían que cambiar fundamentalmente. Las partes transnacionalizadas de las clases dominantes se enfrentan con clases obreras que están divididas en líneas nacionales y operan principalmente a nivel nacional. Además, los sindicatos en general siguen buscando estrategias que apuntan al (re) establecimiento de compromisos institucionalizados entre el capital y el trabajo. A nivel transnacional, todavía no existe una estructura institucional coherente, ni mucho menos rudimentariamente democrática, que facilite tales compromisos y cree campos para el debate político. En otras palabras, las estrategias sindicales transnacionales carecen de un destinatario y de puntos de partida para las negociaciones corporativistas. Al mismo tiempo, los movimientos sociales autonomistas, que se apoyan en el rechazo explícito de las instituciones corporativas y estatales, hasta acá no parecen haber encontrado una respuesta convincente a la crisis. Como resultado, no se puede descartar que las divisiones nacionales y racistas entre los trabajadores se profundicen en un futuro más cercano[35].

En conclusión, la inter- y transnacionalización del capital y del Estado va acompañada de una creciente heterogeneidad en los tipos de empleo, relaciones laborales y relaciones de explotación. Como resultado, las formas tradicionales de organización sindical amenazan con convertirse en cosa del pasado. Las políticas emancipatorias exitosas se basan en la transnacionalización de las clases dominadas que, sin embargo, se enfrentan a profundas divisiones, incluso más fuertes que las de las clases dominantes. Como resultado, los cambios posibles en las relaciones de poder dependen de la cuestión de hasta qué punto es posible establecer nuevas formas transnacionales de movimiento y organización que incluyan tanto a los sectores sindicalizados y establecidos del trabajo asalariado como a los actores menos centrados en el Estado con sus estrategias correspondientes.

Notas

Nos gustaría agradecer a Greg Albo, William K. Carroll y Alex Geallas por sus comentarios inspiradores.

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  1. Traducción: Andrea Díaz Vélez y Rodrigo F. Pascual.
    Revisión: Gerardo Iraci.
  2. Sobre el concepto de “relaciones de fuerza” véase Wissel (2010).
  3. Véase también Wright (1978).
  4. Véase también Demirović (1987: 31). Por problemas en la concepción de Poulantzas puede verse Jessop (1985: 163 y ss.) y Wissel (2007: 73 y ss.).
  5. Para profundizar en las discusiones alrededor de la teoría del Estado desde perspectivas críticas y en el rol del Estado en tanto mediación ver los trabajos de Pablo Míguez y de Rodrigo F. Pascual (respectivamente) presentes en este volumen [n. del E.].
  6. Con respecto a la composición masculina de la clase capitalista transnacional véase Tickner (2004: 15-23) y Lutz (2004: 47-55).
  7. Véase también Candeias (2004).
  8. La transnacionalización en este sentido no se opone a la internacionalización, sino que puede entenderse como un avance en el proceso que comenzó con la internacionalización del capital y que en algunos casos continuó más allá de lo internacional.
  9. Véase también Bartlett y Ghoshal (1989) y Doz et al. (2001).
  10. Ver Luthje et al. (2002: 69 y ss.).
  11. Ver también Kindleberger (1969), Barnet y Müller (1974) y Dunning (1992).
  12. Véase también Lüthje, Schumm y Sproll (2002: 279) y Sklair (1998: 195-215).
  13. Los trabajos de Pablo Míguez, Alejandro M. Jaquenod y de Ulrich Brand, Christoph Görg y Markus Wissen presentes en este volumen profundizan sobre diferentes aspectos de la tradición neogramsciana en las Relaciones Internacionales [n. del E.].
  14. Para una revisión crítica del elitismo metodológico de estos estudios véase: Borg (2001: 67-78) y Plehwe y Walpen (2006: 27-50).
  15. Para una crítica de Sklair, ver Plehwe y Walpen (2006: 27-50).
  16. Véase también Robinson (2007: 17 y ss.).
  17. Véase también Anievas (2008: 196); ten Brink (2008: 165 y ss.); Staples (2008: 45-46) y Carroll (2010: 110).
  18. Véase también Embong (2000: 996 y ss.) y Colas (2002: 200 y ss.).
  19. Véanse también los hallazgos de Carroll (2010: 109 y ss.).
  20. Para una crítica más detallada ver Morton (2007: 137 y ss.); Colas (2002: 198 y ss.) y el debate en Science & Society, vol. 65, no. 4 (2001-2002).
  21. En la traducción al inglés de Poulantzas, los términos “interno”, “interior”, y “burguesía doméstica” parecen de uso intercambiable. En este trabajo hemos optado por el uso de “burguesía interna”.
  22. Oliver Nachtwey y Tobias ten Brink, en su trabajo presente en este volumen, desarrollan las discusiones alrededor del debate alemán sobre el mercado mundial y sobre la fragmentación internacional en una pluralidad de Estados nacionales [n. del E.].
  23. Para una discusión sobre la teoría de la dependencia y el concepto de subimperialismo véase el trabajo de Julián Kan e Iván Kitay en este volumen [n. del E.].
  24. Véase, por ejemplo, Mandel (1972).
  25. Esto no significa que no haya más burguesías nacionales sino que ella perdieron importancia en las últimas décadas. Además, el imperialismo no está desapareciendo, sino que se está materializando en condiciones diferentes si las fuerzas dominantes en un Estado están transnacionalizadas. El capital transnacional y la burguesía interna usan el imperialismo clásico si necesitan proteger sus intereses, pero tienden hacia una forma de acción común imperial más transnacional, con la ONU, la OTAN o coaliciones de intervención ad hoc.
  26. Véase también Hirsch (2005) y Hirsch y Kannankulam (2011).
  27. Véase también Plehwe y Walpen (2006: 27-50).
  28. Véase también Brand, Görg y Wissen (2011) [y el trabajo de los mismos autores incluido en este volumen, n. del E.].
  29. Véase también Sinclair (1999, 153-168); van der Pijl (1998: 160 y ss.) y Hillebrand (2001: 150-173).
  30. Véase también Buckel (2007); Fischer-Lescano y Teubner (2006).
  31. Véase también Keohane, Moravcsik y Slaughter (2000: 457-488); Smith (2004: 542-573), Wissel (2007: 161).
  32. Considerando la OMC y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), véase Wissen (2009: 883-906).
  33. Véase también McNally (2009: 471-478).
  34. Véase también Albo y Evans (2010: 283-308).
  35. McNally (2009).


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