AK: Ivan Jablonka, bienvenido a la Argentina. Es un placer iniciar esta conversación con usted. Sabemos –porque así lo contó en alguno de sus libros– que no es su primera visita a nuestro país. ¿Tiene alguna impresión para compartir con nosotros?
IJ: He venido varias veces a la Argentina. Es un país que me gusta mucho, que me importa. Primero, desde el punto de vista del espacio. Tienen en el norte Iguazú; en el sur, Tierra del Fuego. De un lado, el mar; del otro, la montaña. Hay de todo en Argentina. Además, es el país de Borges y Cortázar, autores que para mí fueron importantes como lector, historiador, escritor. Y en un plano más personal, Argentina es también el país de mi familia. En la década de los 30, mis abuelos se quedaron en Francia, donde encontraron la muerte, mientras que la hermana y el hermano de mi abuelo vinieron a Argentina, a comienzos de esa década, y salvaron sus vidas. Antes de la guerra, Argentina era un refugio. Después, el país ya no recibió a víctimas sino a verdugos, y luego llegó la dictadura. Pero la primera parte del siglo XX… recuerdo a la Argentina de esa manera; uno de los países que recibió a los judíos cuando Europa se había convertido en una trampa mortal.
AK: Sin duda, esta relación entre el interés intelectual que le plantean Borges o Cortázar y el interés personal de una familia que encontró refugio aquí es un buen inicio para una conversación en la cual la memoria y la historia, el relato y los hechos se cruzan. Y, a propósito de eso, creo que en su obra se observa la recurrencia de algunos problemas que se presentan como pares dilemáticos. Historia y memoria, justamente, escritura científica y escritura literaria, dato e invención, conocimiento y evocación. Vemos también –si es que no me equivoco demasiado– que usted intenta mostrarnos que no se trata de oposiciones o dicotomías, de “o esto o aquello”, sino más bien del modo en que los límites entre esto y aquello se difuminan y son tenues. Uno pensaría más bien que entre uno y otro de estos términos lo que hay son costuras y no cortes.
IJ: Para responder a su pregunta, debo hablar de mi infancia. Le ruego que me disculpe por esta nota personal. Como dije hace un rato, mis abuelos paternos se quedaron en Francia, fueron arrestados por el régimen de Vichy y luego enviados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Siempre supe que había perdido a mis abuelos. Lo sabía y eso forma parte de mi infancia. Sin embargo, no recuerdo que mi padre me haya sentado en un sillón para contarme la terrible verdad. No sucedió así; fueron más bien cosas intuitivas. Por ejemplo, mi padre nos hablaba de su infancia en los hogares judíos comunistas. Entonces, yo sabía que él había sido huérfano. Crecí en esa atmósfera entre historia y memoria, y muy pronto, en la niñez, me vi confrontado a la muerte y la violencia. A la peor violencia que existe: el genocidio. Y esas son cosas que me marcaron mucho como hombre y como historiador. Creo, incluso, que por eso me convertí en historiador. Así se entiende mejor la dialéctica que hay para mí entre memoria e historia. Mi padre nunca nos ha hablado en un tono lloroso o iracundo. Mi padre es alguien que habla de un modo racional. Y para mí la memoria siempre ha remitido a algo más importante que ella, a la voluntad de entender, esto es, a la historia. Entonces, siempre he establecido una suerte de nexo jerárquico entre la historia y la memoria. Porque para mí lo más importante es la historia. Es el hecho de comprender, de plantear preguntas, de interrogarse sobre el pasado y entender qué ocurrió, qué nos ocurrió. Por eso soy historiador. La memoria es algo importante, dinámico. Pero la memoria no es nada sin la historia. Cuando iba a la escuela secundaria, nos hablaban mucho del “deber de memoria”. Es una expresión que siempre me ha incomodado. Porque no veo en nombre de qué se me forzaría a recordar algo. Máxime cuando se hablaba de mis abuelos. Antes que el deber de memoria, prefiero la libertad del historiador.






