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6 Vida y dignidad de los desaparecidos

AK: Ahora le voy a pedir que nos cuente un poco más de este último libro que es reciente en Francia y que al parecer podría ser objeto de numerosos premios literarios, por lo demás. Se trata una vez más de restituir al desaparecido, al ausente… sin embargo, en este caso, lo que hace es reconstruir la vida de la víctima. ¿Por qué no nos cuenta cómo es esta historia?

 

IJ: Mi último libro habla de un hecho policial que tuvo lugar en Francia en 2011. Trata sobre una muchacha de 18 años llamada Laëtitia que fue asesinada, masacrada. Quise volcarme sobre ese hecho policial porque es muy revelador de la sociedad francesa y de nuestras sociedades en el sentido amplio. En particular, porque ese hecho se convirtió en un asunto de Estado. El presidente se refirió a él. Todos los medios hablaron del caso. Los magistrados hicieron huelga porque el presidente los había atacado acusándolos de haber dejado a un “monstruo” suelto en la intemperie. Para mí, como historiador, había un tema fascinante. Ve que, en cuanto historiador, hablo de algo contemporáneo. No me da miedo ni vergüenza. Y no veo dónde está el problema. Porque la historia, una vez más, es una calidad de razonamiento. Es una investigación. La historia no es simplemente el pasado. Es una calidad de razonamiento. Para trabajar sobre ese hecho policial, hice una serie de preguntas que solo un historiador y un sociólogo podían abordar. Una de las preguntas, acaso la única, es cómo es que una muchacha de 18 años fue masacrada. Un hecho policial no es una anécdota. Un hecho policial es un hecho social total, donde se refleja toda la sociedad. Ese hecho policial en el cual Laëtitia fue masacrada es un feminicidio. Lamentablemente, su sociedad sabe bien lo que es un feminicidio. Un feminicidio no es una anécdota. No es un apartado del diario que leemos distraídamente. Es un hecho social que involucra a toda nuestra sociedad. La vulnerabilidad de los niños, la violencia secular que padecen las mujeres, la especie de tolerancia difusa que durante años rodeó esa violencia. Quise hablar de ese hecho policial, no de manera anecdótica, sino para contar qué nos decía sobre nuestra sociedad. Pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que quise contar la vida de Laëtitia. Quise invertir la perspectiva habitual, que es contar la muerte: contar el crimen, la violación, la masacre, las cosas horribles de las que no queremos hablar. Mi idea fue, al contrario, contar su vida. Hacer una biografía. Para que Laëtitia no importe solo por su muerte, sino también por su vida. Y bien sabemos que, en los casos de feminicidio, las víctimas están allí por eso, lamentablemente. Por haber sido violadas, matadas, masacradas y vaya uno a saber qué más. Quise recordar que Laëtitia –al igual que mis abuelos, en otro contexto– fue una muchacha, primero un bebé, luego una chiquita, una adolescente, una joven que se estaba emancipando. Y, para devolverle su dignidad, para que sea un ser humano y no solo un cadáver, quise contar toda su vida. Creo que es una manera de arrebatarle la víctima al crimen. No para hacerla renacer, ni para resucitarla; eso no tiene sentido. Para recordar que tiene su dignidad como ser humano, y no solo por haber sido masacrada. Por haber estado viva, como nosotros. Y el objeto de mi libro es ese: contar la vida de alguien que se convirtió, no tanto en víctima, sino en una ausente para siempre.

 

AK: Tanto en el caso de sus abuelos como en el caso de Laëtitia, podemos atribuir una pretensión de ejemplaridad a la investigación. Es decir, es una invitación a que todos los desaparecidos o todas las víctimas sean vistos desde el lado de sus vidas y no solo desde el lado de sus muertes. Hay en estas dos obras no solo el trabajo sobre sus víctimas –las suyas, por familia, por preocupación intelectual, las suyas por ser parte de la sociedad francesa contemporánea a la que esto ocurre– sino también las nuestras, las de los otros, las de aquellos que todavía deben ser restituidos en su dignidad interrumpida de seres humanos.

 

IJ: La palabra “víctima” no es un término que yo utilice, porque implica remitir a la persona a su muerte. Hoy, muy particularmente en Europa, el término “víctima” se ha banalizado un poco. Todo el mundo es víctima. Incluso los terroristas, ¿entiende? Los terroristas que tuvieron una infancia infeliz y tomaron un Kaláshnikov para matar gente en un café. Ese nombre de “víctima” que se da a mucha gente se torna un poco penoso. Las verdaderas víctimas, quienes fueron asesinados, los inocentes masacrados, las verdaderas víctimas, los desaparecidos, son obviamente víctimas, pero ante todo son seres humanos, personas que tenían su vida, que estaban desesperadamente vivas, que amaban la vida. Laëtitia, mis abuelos o la gente que desapareció en la dictadura durante el Operativo Cóndor no sé si hubieran querido ser calificados de víctimas. Claro que son víctimas. Las más desprotegidas, las más desnudas del siglo XX. Pero no sé si les hubiese gustado que digamos de ellos que fueron víctimas. Precisamente, porque eran personas de mucho coraje. Ya eran resistentes. A los resistentes no les gusta que se hable de ellos como si fueran cositas, como si fueran pequeñas víctimas. Quiero hablar de ellos, no en cuanto resistentes, porque tampoco voy a glorificarlos, sino como personas con una fuerza de vida tal que se convierten en héroes de su propia vida. No héroes de novelas. Héroes de su propia vida. Personas que estuvieron más allá de su vida. Mis abuelos estuvieron más allá de su vida, por su fuerza moral, por atravesar dictaduras, por escapar a redadas antisemitas en la Francia de los años 40. Hay numerosos escritores, cantantes o activistas políticos en toda América Latina, en las décadas de los 70 y los 80, que tenían una fuerza de vida tal que se convirtieron en desaparecidos, víctimas, gente que fue asesinada. Pero creo que hubieran querido que hablemos de ellos como personas vivas.

 

AK: Muchas gracias, Ivan, por este magnífico diálogo transatlántico. Creo que es muy importante que podamos tener estas conversaciones. Estas conversaciones sobre temas cruciales –la memoria, el olvido, la verdad, la importancia de la conversación pública para reforzar nuestras democracias tan amenazadas. Me alegra que su obra esté cada vez más presente en nuestro idioma para los lectores hispanoparlantes. Creo que no podemos más que celebrar los esfuerzos que se han hecho para que haya una comunicación fluida entre el mundo francés y el mundo argentino. Muchísima gracias por su presencia.



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