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8 Nuevos contextos para emprender

Lo reseñamos a lo largo del libro, y queremos enfatizarlo a modo de conclusión: en las últimas décadas, el desarrollo emprendedor se constituyó como una disciplina con alto grado de especialización tanto desde su dimensión académica como por la generación de metodologías adecuadas para su promoción. También los gobiernos, universidades e inversores aprendieron a orientar sus herramientas con mayor efectividad, y los mismos emprendedores adquirieron cierto sentido holístico sobre su función y generaron paradigmas colaborativos para impulsar la empresarialidad. Las propuestas ecosistémicas cimentan el nacimiento y consolidación de comunidades startup en diversos ámbitos.

Sin embargo, es necesario resaltar que este aprendizaje colectivo no sucedió espontáneamente ni fue impulsado por la observación de la dinámica de las nuevas empresas que se insertaban en las industrias tradicionales. Por el contrario, vino de la mano del surgimiento de nuevas tecnologías y empresas que, junto con los productos que lanzaban al mercado, crearon nuevos mercados e industrias. Pero lo que fue nuevo hace unas décadas ahora es extendido y masivo. La dinámica que impusieron en el desarrollo y adopción veloz de la tecnología sigue vigente, a la vez que surgen nuevos paradigmas de producción y de consumo. Los que fueron océanos azules hasta hace poco ahora son pequeñas lagunas, o directamente océanos rojos. A su vez se abren campos impensados y potenciales nuevos océanos azules que nadie puede pronosticar con precisión cómo se comportarán.

Los aprendizajes conceptuales y metodológicos nos dan herramientas para asistir con eficiencia el dinamismo de los emprendimientos actuales, pero ¿cómo debemos prepararnos para acompañar los emprendimientos de los próximos años? ¿Cómo serán las nuevas empresas competitivas de la próxima década? ¿Qué industrias se mantendrán relevantes y cuáles se redefinirán?

Para abordar esas preguntas, vamos a apelar a un apotegma del filósofo Edgar Morin, creador de las Ciencias de la Complejidad como propuesta transdisciplinaria que permite dar cuenta de la enorme diversidad y exponencialidad del conocimiento generado por la humanidad en el último siglo. Según su propuesta teórica centrada en la innovación, el futuro es impredecible porque el presente contiene semillas invisibles que no son perceptibles por estar bajo tierra, pero que en los próximos años germinarán, emergerán y crecerán como árboles, hierbas, flores o malezas que transforman indefectiblemente el paisaje. Nadie podía pronosticar su surgimiento, pero de repente ahí están.

Pensémoslo en términos de planificación. Imaginemos que a un conjunto de científicos se le encarga a inicios de la década de 1970 la tarea de diagnosticar la manera en que las empresas, familias y organismos públicos se comunicarán hacia fines de siglo. No sabemos qué diagnóstico propondrían, pero estamos casi seguros de que el informe incluiría muchos cables y terminales. Sin embargo, las semillas de internet y de la telefonía móvil estaban plantadas y eclosionarían en breve, reconfigurando rápidamente la escena y volviendo obsoletos sus pronósticos.

Si esto aplica a una situación pasada, tanto más aplica al futuro, teniendo en cuenta el permanente avance de la frontera tecnológica. Resulta clave entender la dinámica del cambio, que es lo que nos interesa profundizar para ligarlo a la empresarialidad del futuro. Nada es lineal, tal como lo expresa Morin (2009):

Las innovaciones/creaciones constituyen desviaciones, que pueden amplificarse y se fortalecen en tendencias, que o bien pueden introducirse en la tendencia dominante y modificar la orientación, o bien pueden sustituirla. Así, una evolución, sea biológica, sociológica o política, no es nunca frontal ni regular. La historia no avanza en torrente como un río. Brota de forma marginal, se desarrolla de forma desviada según el esquema: innovación → desviación → tendencia → nueva norma u ortodoxia.

Y tenemos una noticia para ustedes: lo que se consolidará como nueva norma no serán necesariamente los mejores productos tecnológicos. Serán, en cambio, aquellas innovaciones que sorteen el ‘abismo’ en la curva de Rogers, aquellos productos que consigan una base de usuarios suficientemente masiva como para imponerse. Y no podemos predecir con precisión cuáles serán, precisamente porque subyacen en el campo las semillas que menciona Morin.

Sin embargo, si bien no podemos pronosticar específicamente qué innovaciones triunfarán y planificar en los emprendimientos del futuro en base a ellas, sí podemos tener claras intuiciones sobre los carriles por los cuales tienen chance de advenir. Para ilustrar este punto tomamos otra metáfora, esta vez de la mano de Fernando Flores (2013). Para este autor, en una clara coincidencia con uno de los principios efectuales de los emprendedores dinámicos de Sarasvathy, no se trata de predecir el futuro sino de anticiparlo, de darle forma, de controlarlo. La palabra que usa Flores para referirse a este concepto es bastante más lúdica: se trata de surfearlo.

A escala individual, las variables no controlables siempre serán muchas más que las controlables. Nuestro poder de incidencia siempre será acotado. Excepto cuando captamos una tendencia expansiva y nos montamos sobre ella. Si logramos hacerlo, la dinámica misma (de la industria, del mercado, de la sociedad) nos impulsa, y a la vez nos permite darle forma, dejar nuestra impronta en el mundo y aportar valor surfeando las olas a nuestra propia manera.

Prepararse para emprender en el escenario futuro requiere dar un giro copernicano en cómo nos enfrentamos a tal desafío. No se trata de adaptarse al futuro: se trata de anticiparlo, de traerlo al presente con nuestras propias acciones. Pero esto requiere entrenar la vista para percibir cuáles serán las tendencias que cobrarán vigor y se expandirán. Utilizando nuevamente una alegoría natural, se trata de discernir qué ondas están hoy en formación, mar adentro, pero serán grandes olas cuando lleguen a la costa.

Por cierto, no es indicado hacer ni futurología ni ciencia ficción. Por el contrario, la clave es mantener una visión centrada en las tendencias, sostener lo que Flores define como orientación estratégica al futuro:

Vivimos en una era de cambio acelerado y permanente. Ante nosotros se presenta el horizonte abierto del futuro. Se pueden discernir tendencias que iluminan ciertas zonas, pero vemos que se reducen las certezas y resulta imposible aplicar las reglas clásicas de la planificación. El mundo y la historia se nos presentan como un océano de contingencias, con una cuota siempre impredecible de sorpresa, en el que debemos aprender a navegar (o surfear).

Siguiendo el principio del ‘piloto de avión’ de Sarasvathy, no se trata tanto de pronosticar todas las eventuales tormentas posibles (lo cual es imposible), sino de desarrollar las habilidades necesarias para sortearlas y llegar a buen destino en cada vuelo. Es sobre esta base –proactiva, no adaptativa– que los emprendedores ‘abren nuevos mundos’ (en términos de Flores, 2000).

Tendencias

Durante los últimos años, en diversos espacios de formación de formadores y de emprendedores propusimos una actividad que consistía en identificar, en el rubro en el que se insertaban los emprendimientos que lideraban o que acompañaban, las tendencias de vanguardia. A modo de tarea, los cursantes debían compilarlas en una presentación con imágenes alusivas y compartir las tendencias con sus compañeros en una jornada de exposiciones. Así, se producían intercambios entre tendencias en diseño, en alimentos, en industrias digitales, en turismo, en producciones agropecuarias, en construcciones, en robótica, etc. El ejercicio tenía dos objetivos centrales:

  1. estimular la vigilancia tecnológica, prestando atención a lo que sucedía en la frontera del desarrollo de una industria determinada, y
  2. fomentar la transdisciplinariedad y el proceso de copia y adaptación (benchmarking), tomando tendencias de otros rubros que pudieran enriquecer nuestra propia actividad.

Claro que no siempre resultaron bien las presentaciones. Mirar las tendencias, lo que está ocurriendo en la frontera de emprendimientos como los nuestros, no es algo para lo que estamos necesariamente entrenados. Sin embargo, la competitividad y relevancia de nuestra propuesta de valor y de nuestro modelo de negocios probablemente esté ligada a ese ejercicio.

¿A qué debemos prestarle atención cuando miramos las tendencias? A todo. Simplemente no hay recetas. Y tal vez las principales pistas para la diferenciación provengan de los detalles que resultan casi imperceptibles, no de aquello que todos tienen a la vista. Y ese insight que se logra al ver lo que otros no ven no es ni más ni menos que el ojo del especialista, la alertidad que debemos entrenar. Sobre todo, si queremos llegar a apalancar nuestras empresas en las tendencias cuando aún son océanos azules.

Por esto, todo lo que sigue en este apartado debe ser tomado tan solo como una guía de observación, no como una descripción del paisaje. Los invitamos a acompañarnos a la última visita guiada del libro, cuyo objetivo es entrenar el pensamiento incremental.

Si bien el fenómeno es incipiente y, tal como lo demuestra la historia económica de los últimos siglos, la dinámica del capital es altamente efectiva a la hora de absorber cualquier paradigma alternativo, una plétora de opciones, sin pretensiones revolucionarias, discute en última instancia el pívot de nuestro sistema económico político: la propiedad. Como todos sabemos, la propiedad privada está protegida por complejos andamiajes legales e institucionales en los Estados, y nadie está dispuesto a renunciar gratuitamente a aquello que posee y considera propio. Sin embargo, por diversas vertientes la posesión se está volviendo menos importante que la funcionalidad, la accesibilidad y la usabilidad.

Ya es por todos conocido el mantra que se repite sobre las nuevas generaciones: que valoran más las experiencias que la acumulación de bienes. Los viajes sobre las pertenencias. Y todas esas connotaciones románticas. Pero ¿alguno de ustedes probó de tener un auto viviendo en el centro de una gran ciudad? ¿Y una casa quinta para ir a pasar los fines de semana en las afueras? Realmente es un trastorno. A menos que tengas una renta extraordinaria (a la que no accede el mayor porcentaje de la sociedad), los costos de estacionamiento, peaje, multas, patente, mantenimiento del jardín, reparaciones, impuesto inmobiliario y automotor, y las horas dedicadas a cuidar y sostener las propiedades son realmente una canilla abierta por la que se va el tiempo y el dinero, dos de los bienes más escasos en los tiempos que corren.

¿No es mejor poder disponer de un automóvil en el momento en que lo necesitemos para llegar al lugar al que tenemos que llegar y que, una vez arribado, directamente se esfume para no tener que preocuparme por estacionarlo, cuidarlo, etc.? ¿Y no es mejor poder disponer de una casa exclusivamente cuando tengo tiempo y ganas de utilizarla, sin tener que asumir el costo de mantenerla los 365 días del año? Eso explica por qué Google está invirtiendo en autos autónomos, y por qué tiene tanto éxito Airbnb. La cultura urbana está imponiendo sus usos y costumbres, y la usabilidad le está ganando la batalla a la propiedad. No es el tipo de revolución contra la propiedad que imaginaban los anarquistas y socialistas del siglo pasado, pero en definitiva tener tiene un nuevo sentido.

El poder del consumo es, en definitiva, el poder del mercado, y en su atómica incidencia con cada decisión de compra individual, está permitiendo el surgimiento de productos sustentables, orgánicos, biodinámicos, vinculados a las culturas locales, fairtrade, amigables con la fauna autóctona, con las mascotas, con los veganos, y vaya a saber cuántos friendly más. En parte, esto es posible gracias a los negocios longtail (o de ‘larga cola’), basados en plataformas cuyo costo por abastecer a un nuevo usuario es cercano a cero[1]. Así, los negocios de nicho también pueden ser masivos (si la escala deja de ser local).

Por otro lado, gracias a las plataformas y organizaciones, compartir lo que tenemos, lo que sabemos y lo que hacemos pasó a ser un intercambio C2C. Ir a trabajar a otra parte del mundo a cambio de alojamiento, comida, vínculos y una experiencia para sumar en el curriculum vitae se convirtió en una práctica extendida[2]. También el intercambio no monetario (colaborativo) de diversos bienes y servicios, y la optimización de la capacidad ociosa de camiones, automóviles, asientos de avión, depósitos, etc. Y qué decir de los movimientos de código abierto (open source), de hardware abierto (open hardware), de diseño de maquinarias abiertas[3], las licencias de propiedad abierta (creative commons), los procesos de desarrollo colaborativo, de innovación abierta y las plataformas de intercambios que permiten la externalización masiva o colaborativa (crowdsourcing). También el financiamiento colectivo (crowdfunding y crowdlending), e incluso la fijación de precios colectiva (crowdpricing) redefinen o proponen sistemas alternativos de propiedad sobre los conocimientos, los esfuerzos, los bienes, los servicios y sobre las empresas que los ofrecen.

La distribución pasó a ser un factor clave, tal como podemos afirmar con Amazon, aun cuando sus innovaciones (tales como el reparto de mercadería utilizando drones y la propuesta de ingreso del repartidor al domicilio con un código electrónico cuando no está el dueño de casa) hayan sido innovaciones que llegaron demasiado temprano al mercado y pagaron un costo por ello.

Tienen claro también el poder de la distribución los servicios on demand de contenidos digitales. Especialmente por los problemas que ocasiona la dispersión del contenido relevante. ¿Les pasó enfrentarse a los miles y miles de títulos que ofrece Netflix y quedarse paralizados ante la pantalla principal, indecisos sobre qué mirar por miedo a perder tiempo con una mala serie, película o documental? En esos momentos siempre es buena la recomendación de un amigo, ¿cierto? En general terminamos viendo lo que varias personas de nuestro círculo cercano nos indicaron. No es casual que, por este fenómeno, en era de la sobreinformación se hayan erigido los influencers como figuras centrales, como una suerte de acomodador de cine que nos lleva al asiento indicado evitándonos andar a tientas para descubrir dónde queríamos llegar.

Los niños descubrieron este valor de guiar y ser guiados, y por esto consumen y publican videos tutoriales para casi todo. Y mirándolos asimilan contenidos de una manera alternativa a las convencionales, generando modalidades de aprendizaje autoguiado por sus motivaciones, o ‘aprendizaje invisible’, tal como lo denominan Cobo Romaní y Moravec (2011).

Por otro lado, ya está presente en nuestra sociedad lo que Moravec et al. (2013) denominan la knowmad society, en referencia a la pérdida del anclaje físico de muchas actividades humanas y a las posibilidades de relocalizarse (sin no se pierde la conectividad) que eso genera.

También estamos en ciernes del descubrimiento de la descentralización de diferentes procesos. Desde las megaobras concentradas para generar energía, el paradigma migró a la generación distribuida e intercambio de energía. Es posible que tampoco sea lejana la fabricación domiciliaria de bienes, con las tecnologías de control numérico que soportan la impresión 3D, y cuando el concepto de industria gane microescala de la mano del hágalo usted mismo (do it yourself), trascendiendo lo que actualmente se define como fábrica 4.0. El diseño y los servicios en general ocuparán el lugar de los bienes, como la mercadotecnia viene proponiendo hace más de diez años, y gratis será un precio cada vez más extendido para muchos productos (Anderson, 2009).

La inteligencia artificial y la robótica están reemplazando mil funciones que actualmente realizamos los humanos y, con el desarrollo exponencial de esas tecnologías, sabemos que este proceso recién empieza. Los pronósticos sobre las consecuencias sociales que esto ocasionará oscilan entre lo catastrófico y lo promisorio, pero lo único seguro al respecto es que en la medida en que se redefina el límite de lo artificial, también se redefinirá el límite de lo humano.

¿Y qué hay de esto en internet? El test de Turing difícilmente sea un indicador vigente para medir la diferencia entre la inteligencia humana y la artificial a partir de la vigencia web semántica (3.0) y de la experiencia personalizada al extremo que advino con la web 4.0, que recién comienza pero ya promete gestionar nuestro propio mundo personal al nivel de ‘elija su propia burbuja’, sólo que una inteligencia impersonal y externa participará del ‘elija’. ¿Y qué decir de la web 5.0 que será predictiva, basada en algoritmos que podrán anticiparnos nuestras propias preferencias en función de la información que le proveemos a la red?

Todo esto es posible a partir de la generación y gestión de grandes volúmenes de datos (big data), que son la proteína de los sistemas inteligentes que paso a paso permean todos los ámbitos, sin distinción entre físico y digital y, por supuesto, interactuando de igual a igual con la vida, de la mano de la bio y de la nanotecnología.

Pero, para terminar la descripción de este impreciso sobrevuelo en busca de olas nacientes antes de que se transforme en una mala copia de Black Mirror, queremos señalar un punto central: en el corto plazo serán puestas en jaque las organizaciones tal como las conocemos. No es nuevo el concepto. Después de todo, es el principio que subyace desde la década de 1990 en la descripción del acrónimo ‘VUCA world’, es decir, del mundo actual cargado de volatilidad (volatility), incertidumbre (uncertainty), complejidad (complexity) y ambigüedad (ambiguity). La redefinición de lo institucional, y no tanto cuánto cotice cada una, es lo más revolucionario que subyace a las tecnologías vinculadas a las criptomonedas.

Mientras que no faltan los agoreros que pronostican una enorme burbuja financiera alrededor de las crypto, otros son optimistas (como Wences Casares, el argentino precursor del tema en el Silicon Valley, o Ale Sewrjugin, el autor de la propuesta de economía Phi); y los más visionarios capitalistas de riesgo del planeta están invirtiendo millones de dólares tanto en criptomonedas como en la cadena de bloques (blockchain), la tecnología de validación distribuida que permite resguardar su autenticidad, propiedad y valor.

No es tan disruptivo que se exploren vertientes digitales para resguardar el valor. Después de todo, en algún momento de la historia el oro fue reemplazado por simples pedazos de papel pintado que permitieron atesorar e intercambiar bienes y servicios, y le llamamos dinero. Pero aún hoy aceptamos el dinero en papel, no importa de qué color ni tamaño, porque detrás de él hay un Estado nacional que garantiza su valor a partir de su Banco Central. En última instancia, son los Estados quienes resguardan el valor de nuestros intercambios. Y lo digital no es una frontera real para esto, ya que cada vez utilizamos menos papel y más medios digitales (tales como tarjetas de crédito, de débito, transferencias por homebanking, billeteras electrónicas, y hasta pim por sms) para intercambiarlo. Esto vale para los pesos, los dólares, los yuanes y los euros. Pero ¿quién sustenta el valor de las criptomonedas? Nadie. O todos. El último reducto de confianza no finaliza en un Estado Nación sino en una tecnología, la blockchain, una estructura de datos distribuida en millones de terminales, inalterable, descentralizada y capaz de generar confianza sin necesidad de terceras partes. Así, el intercambio de valor entre dos partes ya no necesita una tercera parte (en el caso del dinero, un Estado) para certificar la validez de lo transado.

¿Y esta tecnología, la blockchain, sólo es aplicable para certificar valor monetario? Ya habrán intuido que no. Al ser un registro trazable, inalterable e impersonal, sirve para validar y otorgar confianza en cualquier rubro de interacciones sociales que requieran ser registradas. ¿Se pusieron a pensar en la cantidad de instituciones que nuestras sociedades generaron para certificar y otorgar confianza a las partes? ¿Se imaginan cómo sería el mundo sin ellas? Los escribanos, contadores, abogados, registros del automotor, sellados en el Ministerio del Interior, pasaportes y documentos nacionales de identidad, bancos, y hasta los mismos Estados van a redefinir sus funciones. Y, si estas tecnologías se consolidan, algunos de los mencionados simplemente desaparecerán como profesión o como institución.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el emprendedorismo, se preguntarán a esta altura? ¿Por qué elegimos terminar el libro con esta aparentemente ambigua e imprecisa descripción de un improbable futuro mediato?

En primer lugar, porque no es tal. No es una descripción del futuro; tal cosa iría contra lo que predicamos. Por el contrario, decidimos reseñar lo que, con nuestro sesgo de formación, entrevemos como semillas y plantas que están emergiendo del ras de la tierra y que posiblemente configuren el paisaje en el que se insertarán las empresas más competitivas de los próximos cinco a diez años. Y de antemano advertimos que lo hacíamos en calidad de guía de observación, como esos conceptos que queremos dejar en su memoria en el último tramo de la visita guiada. En este final elegimos el sentido etimológico de la palabra proyecto, que significa literalmente ‘arrojado hacia adelante’. En este mundo que adviene se dirimirá qué resulta innovador y competitivo.

En segundo lugar, lo hicimos por algo que ya habrán adivinado. El emprendedorismo no nos interesa en sí mismo, sino como una herramienta potente para impulsar el desarrollo local, para generar valor distribuido y para lograr un mayor bienestar y equidad social. Desde esta perspectiva, definitivamente no sabemos cómo será el futuro, pero sí podemos afirmarles que el protagonismo de los emprendedores a la hora de acercarlo, de hacerlo posible, de darle forma y contenido humano, será incremental.


  1. Cfr. Rifkin, 2014.
  2. https://goo.gl/kDMJLh
  3. https://goo.gl/fQsNWG


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