María Malena Lenta
Considerar a la niñez como categoría para la investigación o las intervenciones psicosociales implica dar cuenta de un conjunto de enfoques teóricos, modalidades de análisis, concepciones y prácticas que han ido constituyéndola socio-históricamente. En tanto campo de problemas, la niñez se define en un entramado en el que intervienen discursos disciplinares, muchas veces en tensión, como lo son el discurso jurídico, el político, el médico, el antropológico, el educativo y el psicológico, entre otros. Asimismo, supone considerar las prácticas sociales y las instituciones que son permeadas por estos discursos disciplinares y que regulan, moldean y hasta producen la propia niñez (Di Iorio, Lenta y Hojman, 2012).
Este enfoque proporciona un marco para contextualizar los primeros años de la vida humana en los diferentes grupos y culturas. Por ello, frente a la inmadurez biológica, la concepción de la producción socio-histórica de la niñez da cuenta de una característica propia de muchos grupos humanos pero que no es ni natural ni, mucho menos, universal pero que aparece como un componente estructural específico en las diferentes sociedades y culturas (Mantilla, 2017).
Desde un enfoque antropológico, Casas (1998) plantea que la característica principal de la niñez como categoría es su variabilidad. Y sostiene que cada cultura ha definido diferentes coordenadas de tiempo-espacio, otorgándoles rasgos, roles y representaciones diferentes a los sujetos que integran dicha definición, sin dejar de lado los aspectos estrictamente biológicos y de desarrollo de la especie humana. Asimismo, Noceti (2011, 2008) indica que la niñez se refiere a un espacio de identidad por el que transitan todos los seres humanos de un grupo determinado, en tanto ciclo vital. Y resalta que la relevancia de este período como marca no es en sí significativo sino por lo que funda en relación con los otros momentos de la vida de los sujetos. Esta definición culturalista de la niñez rescata la conjugación de las dimensiones de tipo etarias, étnicas, jurídicas, socioeconómicas, religiosas y territoriales como centrales.
Desde un enfoque psicoanalítico, de Lajonquière (2015) explica que la afectación del mundo adulto sobre los infans produce una infancia trifásica: 1) la infancia a modo tiempo de espera, símbolo de la minoridad del niño respecto del comercio sexual y del campo del trabajo y de la política; 2) la infancia en tanto realidad psíquica, derivación de la conquista de un lugar de la palabra en una historia que todo niño debe pleitear para no quedar al borde de la sociedad; y 3) la infancia como real o suplemento infantil que, escindiendo la realidad psíquica producida, abre el conjunto de operaciones llamadas psíquicas a la sobredeterminación en el sentido freudiano. Ningún niño/a puede tener una infancia acorde a su naturaleza infantil como suponemos. Paradójicamente, solo se puede “tener” una infancia perdida en el après coup del agotamiento del tiempo de infancia impuesto por un mundo siempre viejo.
Para Rodulfo (2012), la cuestión de qué es un niño conduce a una pregunta por su prehistoria. Pero no solo a la prehistoria en tanto amnesia de los primeros años de vida infantil, sino en dirección a las generaciones anteriores, es decir, a la trama familiar. De este modo advierte sobre el peligro que implica tomar al niño o adolescente en el sentido tradicional de las pruebas psicológicas vinculadas a la cronología del desarrollo o a la medición de sus habilidades. Por el contrario, plantea la importancia de considerar su lugar en el mito familiar y la significación del niño devenido hijo/a. El recurso simbólico, cuyo ejercicio queda sancionado por la pertenencia sólida a un entramado social, parece ser la única herramienta válida para habilitar la tarea psíquica primordial de la elaboración de lo cuantitativo que permite convertir al cachorro humano en sujeto.
En este marco, Janín (2012) y Calzetta (2004) coinciden en que, en la infancia, en tanto tiempo en el que se está sujeto a los avatares del otro, la tendencia a cero, a la ausencia de movilidad pulsional, debe ser transgredida para que la vida tenga lugar. Para que esto ocurra en la línea de la pulsión de vida, deben darse: l) la erotización; 2) la capacidad de contención, sostén y ensueño materno, desde un adulto que puede contenerse a sí mismo; 3) las posibilidades identificatorias con un otro que se ubique como diferenciado, unificado y que devuelva una imagen valiosa de sí mismo y del niño; y, 4) el encuentro con otros transmisores de ideales culturales y de una ética de vida.
En el campo de la psicología, el enfoque evolutivo ha centrado esfuerzos en la descripción de los mecanismos y procesos relativos a la adquisición de patrones del pensamiento y el comportamiento social en función de ciertos estándares esperados para los sujetos, según su cronología (Spitz, 1965; Gesell, 1967). En muchos enfoques evolutivos, persiste la idea de un estado originario de egocentrismo presocial (y prerracional). Autores como Burman (1994), Larraín y Vergara (1998) y Giberti (1997) coinciden en que se trata de un abstraccionismo etario que reduce la cuestión de la niñez a una dimensión, dejando de lado la diversidad de la condición infantil: histórica, socioeconómica, cultural, de género, religiosa, de estilos de vida, de preferencias estéticas, etc. En este sentido, para Holzkamp (2016), en la mirada acotada en el desarrollo, se corre el riesgo de que los periodos considerados como posteriores de la vida se expliquen a partir de los respectivos periodos anteriores. De este modo, el pasado biográfico se hipostasía como “causa real” del presente biográfico.
Desde un enfoque crítico de la psicología evolutiva, Dueñas (2012) señala que si bien las nociones de “niñez” o incluso “infancia” remiten a una idea de maduración o desarrollo, ello es insuficiente para comprender las complejidades y singularidades que les son propias. Referirse a la niñez o a la infancia como categorías sociales y/o a las niñas, niños y adolescentes como sujetos concretos es un modo de ponderar “una” construcción sobre la niñez que se produce desde el mundo adulto e incluye una concepción retrospectiva (la niñez como lo que se fue), otra histórico-evolutiva y, finalmente, una prospectiva (los niños son el futuro).
Autores como Lenta y Di Iorio (2016), Frigerio (2008), Duschatszky (2006, 2000), Casas (1998), entre otros, plantean que la categoría niñez es ante todo una categoría que se constituye como diversa. Esta diversidad se materializa tanto al comparar diferentes culturas o identidades genéricas (Di Signi, 2015) como al confrontar en el interior de una misma, distintos momentos históricos y condiciones de vida –materiales y simbólicas– que posibilitan accesos diferenciales a bienes y servicios, reproduciendo de modo desigual el acceso a los derechos de ciudadanía (Burman, 2013; Dueñas, 2012; Fuentes, 2008; Bustelo, 2008; Noceti, 2008).
Entonces, problematizar la categoría niñez conlleva visibilizar su identidad aparentemente monolítica u homogénea, en la que se enfatizan ciertos aspectos ontológicos, epistemológicos, políticos y filosóficos donde se funda la relación intergeneracional adultos-niños/niñas/adolescentes como soporte para su constitución (Dueñas, 2012; Fuentes, 2008; Bustelo, 2008; Burman, 2003; Woodson, 2004).
La niñez en la praxis de la psicología social comunitaria
Desde un enfoque crítico, abordar infancias y adolescencias como objetos-sujetos de investigación e intervención psicosocial en el campo de la psicología social comunitaria implica reconocer que, en tanto construcción social, éstas presentan una dimensión pública que se expresa en los discursos y prácticas científicas, en las normativas, en las políticas sociales, en el sentido social común y en la circulación de mensajes en los medios de comunicación, entre otros espacios sociales. Asimismo, supone otra dimensión de orden privado y cotidiano que se desenvuelve en las relaciones interactivas, cara a cara, en el grupo familiar, con los pares y en la comunidad, promoviendo ciertas identidades en los niños, niñas y adolescentes como sujetos concretos. De este modo, más que remitir a una noción abstracta del objeto-sujeto de investigación e intervención psicosocial, nos interesa situar a los niños, niñas y adolescentes como sujetos históricos que habitan de manera singular diferentes espacios sociales, donde reproducen, a la vez que pueden poner en cuestión, la estructura de tal reproducción.
Acompañando esta mirada crítica, para Burman (2013) las infancias y adolescencias actuales se constituyen en el “entre”, es decir, en el especio intersticial producido como resultante del conflicto entre las fuerzas de desarrollo económico y las maneras en que éstas estructuran las formas de vida disponibles para ser vividas, como una condición “entre dos deudas”. Dichas deudas son de tipo macroeconómicas, nacionales y familiares, y tienen efectos multidireccionales, puesto que niños, niñas y adolescentes son ubicados entre las deudas (financieras y afectivas) para y de sus padres, pero también entre el desarrollo nacional e internacional a causa de su estatuto retórico, como supuestas inversiones para el futuro.
Esta doble inscripción de las “deudas”, en el plano de las acciones singulares y en el de las fuerzas macroestructurales aparentemente implacables, es donde resulta especialmente relevante focalizar. Sin subsumir la una a la otra, Burman (op. cit.) señala estas deudas para identificar las conexiones vacilantes o incómodas observadas en las trayectorias de vida singulares y de las condiciones sociohistóricas contingentes en las que se despliegan, y con las que se imbrican las historias de niños, niñas y adolescentes. Por lo tanto, por un lado, resaltamos la importancia de la experiencia práctica de la infancia o, dicho en otros términos, la vida cotidiana de niños, niñas y adolescentes en relaciones sociales concretas como un foco de indagación; pero, por el otro, es necesario ubicar los discursos que conforman las ideologías sobre la infancia como un fenómeno que se inscribe más bien en el orden social reificado y que condiciona los modos de “ser”, “estar” y “proyectarse” en este momento vital.
Esta perspectiva significa considerar que ambos elementos no son pasibles de ser separados de manera tajante pues tampoco existe un determinismo causal en el que la superestructura sea un mero reflejo de las relaciones sociales concretas, sino una reciprocidad entre ambos niveles. En este punto, resulta pertinente recuperar la categoría de determinación social elaborada por Breilh[1] (2013, 2010) para articular el sistema de contradicciones que se enlazan entre tres grandes dominios que operan en la producción de infancias y adolescencias: el dominio general que corresponde a la lógica estructurante de acumulación capitalista, como formación económico-social que organiza a los sujetos en clases sociales según su relación con la propiedad de los medios de producción, que se articula con la lógica de jerarquía entre los géneros bajo el orden patriarcal adultocéntrico y el sistema racista con sus condiciones político-culturales; el dominio particular de los modos de vivir con sus patrones estructurados grupales de vulnerabilidad; y el dominio singular, de los estilos de vida y el libre albedrío personal que viven los sujetos con sus condiciones fenotípicas, genotípicas y materiales. En consecuencia, se pueden pensar las infancias y adolescencias como objetos-sujetos de investigación a partir de las relaciones de poder como una matriz integrada de clase-género-etnia-generación, situadas en territorios sociohistóricos con modalidades singulares de aprehensión de esas determinantes.
A su vez, la interpelación reflexiva a la que el sujeto cognoscente situado se enfrenta en función de sus propias ubicaciones de clase-género-etnia-generación nos lleva a reconocer a las infancias y adolescencias (objetos-sujetos de investigación e intervención psicosocial) en su total otredad. Sin embargo, no se trata de una otredad que signifique la negación de lo uno –lo que el sujeto cognoscente no es, su exterioridad–, sino que se expresa como una diversidad. Siguiendo a Dussel (1998), se refiere a un otro comprendido como extraño o inesperado pero que es a la vez otro-objeto-sujeto (Montero, 2000), es decir que la otredad de la niñez es fuente de saberes y experiencias propias y se construye en una relación de autonomía-heteronomía. Las consecuencias políticas de esta relación son: la liberación, la capacidad de expresar la opinión públicamente y el acceder al espacio público, desprivatizando lo que se oculta y se debe a la ciudadanía. Es un posicionamiento que incluye a la otredad en la acción, la liberación y en la relación crítica entre los aspectos singulares y la totalidad participativa.
Entre la otredad de la niñez y la protección de sus derechos
La titularidad de los derechos de niñas, niñas y adolescentes conferida en las nuevas normativas elaboradas a partir de la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN,1989) y las normativas nacionales como la Ley 26.061 (2005) junto con otras leyes jurisdiccionales, se confronta con las posibilidades concretas de exigibilidad directa de sus derechos por parte de los propios niños, niñas y adolescentes. En territorios donde priman los procesos de precarización de las condiciones de vida, la vulnerabilidad, en tanto susceptibilidad de padecer, sufrir algún daño o enfermar, se exacerba. El trabajo infantil, la situación de calle, la explotación sexual infantil, la escolarización de baja intensidad, junto con otras situaciones, tienen lugar allí donde fallan los soportes comunitarios y de las políticas sociales para suplir o acompañar las tramas familiares con dificultades para apuntalar las trayectorias de vida de los niños y niñas que llegan al mundo. De este modo, la ciudadanía de la infancia no es una condición dada por la propia existencia de niños, niñas y adolescentes como sujetos concretos, sino que debe ser considerada en la tensión entre la heteronomía y la autonomía, y depende de la vida política para poder generar las condiciones de puesta en ejercicio y de exigibilidad.
En el artículo 12 de la CIDN, el derecho a la voz y a ser escuchados se establece en un principio general de la construcción de la subjetividad del niño o niña pues tiene en cuenta todas las dimensiones de su experiencia vital e intelectual, y no simplemente sus emociones. De allí que en la praxis de la psicología social comunitaria, el trabajo catalítico para el fortalecimiento comunitario y la promoción de procesos de exigibilidad de derechos en el campo de la infancia ponga énfasis en la participación, el protagonismo y la voz de niños, niñas y adolescentes. Tal como señala De Certau (1995: 35), el ejercicio de la palabra, más aun en el caso de los sujetos históricamente hablados por otros, adquiere la forma de la protesta y “(…) quizás esa sea su grandeza, la que consiste en decir: ‘no soy una cosa’”. El lugar para la palabra de niños, niñas y adolescentes en las investigaciones e intervenciones psicosociales puede ser considerado como un primer tiempo de la acción política.
- Desde un enfoque praxiológico, Jaime Breilh trabaja la categoría de determinación social de la salud junto con otros referentes del campo de la salud colectiva, para abordar la salud como un objeto multidimensional y complejo, frente a los enfoques positivistas clásicos y funcionalistas. A partir de estos trabajos se consideró pertinente retomar este enfoque para complejizar el abordaje de las infancias y adolescencias.↵








