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5 Debates conceptuales sobre innovación

En este primer apartado, nos detenemos en el marco teórico de las innovaciones organizacionales y su relación con el campo de la economía social y solidaria. Las preguntas que se plantean se relacionan las formas que adoptan las innovaciones en la organización del trabajo en las empresas recuperadas. Para ello, resulta de interés indagar cómo se produce y procesa el aprendizaje, y con qué variables se relaciona la implementación de esas innovaciones organizacionales en las empresas recuperadas estudiadas.

El concepto de innovación deriva de discusiones provenientes del campo de las ciencias económicas. En sus inicios estuvo centrado en los impactos y alcances de los cambios tecnológicos en las empresas o firmas privadas. Los principales conceptos fueron tomados de Joseph Schumpeter quien planteó un enfoque alternativo a la teoría clásica y neoclásica. El autor parte de una visión sistémica y evolucionista que entiende al capitalismo a partir de ondas largas y cortas, intentando comprender los cambios económicos de corto y largo plazo en función del equilibrio (Suárez, 2018). Los postulados se sientan sobre la base del modelo biológico de la selección natural y emanan de las críticas a los argumentos maximizadores de los neoclásicos, en las ideas de racionalidad limitada y de maximización de beneficios de los actores económicos. Por el contrario, los evolucionistas sostienen que las firmas buscan beneficios “suficientes” para lograr su supervivencia (Coriat y Weinstein, 2011).

Por otro lado, desde la perspectiva marxista la innovación se origina en el proceso de trabajo, su lógica responde a los conflictos de poder al interior de la organización, no exclusivamente a una racionalidad económica o técnica y avanza gracias al desarrollo del trabajo colectivo, no de un innovador individual (Köhller y González, 2014).

Durante lo que se llamó “los 30 años de oro del capitalismo” (1945-1975) las ideas de Schumpeter fueron dejadas de lado, debido a que fue difundida ampliamente la corriente de pensamiento keynesiano. Sin embargo, con el agotamiento del Estado de Bienestar, la crisis de la producción en masa y el advenimiento de los nuevos paradigmas tecnológicos, sus ideas retornaron con fuerza en el debate económico (Barletta, Pereira y Yoguel, 2014).

Las principales contribuciones conceptuales de la corriente evolucionista fueron, en primer lugar, que las perturbaciones en el sistema capitalista deben ser concebidas como endógenas, es decir, que los cambios se producen a partir de modificaciones internas del sistema económico. Esto significa que las nuevas tecnologías no nacen en el exterior del sistema económico para penetrar luego en él. En segundo lugar, el concepto de “destrucción creativa”, explica cómo los empresarios van introduciendo nuevas “combinaciones” como primera aproximación a los procesos de innovación. Esto provoca un aumento en la variedad de firmas que compiten con distintos productos, métodos y formas de organización. Lo cual resulta en un aumento en las tasas de beneficio y productividades. De esta forma, a partir de la emergencia de nuevas combinaciones (innovaciones) se produce una selección que al final desplaza del mercado a aquellas firmas que no pueden incorporar nuevas combinaciones (Barleta, Pereyra y Yoguel, 2014). En tercer lugar, el concepto de “desenvolvimiento”, que es sinónimo de innovación, en tanto proceso económico que se desarrolla en un estado de desequilibrio. En síntesis, para los autores adscriptos al evolucionismo de Schumpeter, la dinámica capitalista es el cambio tecnológico y la búsqueda de cuasi-rentas por parte de los emprendedores, ya sea individuales o colectivos, a partir del proceso de competencia y destrucción creativa (Suárez, 2018). Para esta perspectiva, el cambio tecnológico se produce porque las empresas innovan para asegurarse el incremento de sus rentas, aumentando la productividad y reduciendo costos, gracias a ello amplían su cuota de participación en el mercado en detrimento de sus competidores y así acrecientan su tasa de ganancia (Neffa, 2000).

En 1981 Richard Nelson sostiene que para describir una empresa es importante tener en cuenta tres variables: las estructuras, las estrategias y las capacidades organizacionales centrales (la forma en que se combinan las rutinas de orden inferior- por ejemplo, los operarios- con los procedimientos de decisión de orden superior- supervisores, jefes). El aporte de este autor se basa en que la diversidad es el único camino para el crecimiento de las empresas. Plantea que hay características de la estrategia y la estructura que aumentan la posibilidad de desarrollar capacidades para tener éxito. Para ser exitosas las empresas deben innovar y cambiar. Su conclusión central es que las empresas que pierden dinero sistemáticamente deben cambiar su estrategia, su estructura y desarrollar nuevas capacidades centrales o manejar más efectivamente las que tienen, o “abandonar la contienda” (Nelson, 1981).

Una preocupación constante entre los autores evolucionistas es el aprendizaje, por eso investigan la forma en que las empresas y los individuos adquieren conocimientos novedosos. Al inicio se asociaba el proceso de aprendizaje a la adquisición de competencias individuales, pero luego se incorporó el aprendizaje colectivo de la organización (Villavicencio, 2000). En las empresas se producen aprendizajes que se expresan en la toma de decisiones sobre la base de respuestas anteriores que ha dado la organización. Plantean que el aprendizaje es acumulativo, y se retoma en rutinas organizacionales. Los conocimientos pueden ser tácitos o explícitos. Desde esta perspectiva, la función elemental de la empresa no es conseguir en el mercado conocimientos explícitos y ya codificados sino generar, atesorar y transmitir conocimientos tácitos que los competidores no puedan reproducir tan fácilmente (Köhller y González, 2014).

Las rutinas son aquellos aprendizajes que se logran aplicar. De acuerdo con esta escuela, en última instancia se diferencia a una empresa de otra según las habilidades y competencias organizacionales que conforman las rutinas organizacionales (Coriat y Weinstein, 2011). Así, el concepto de rutina constituye la forma en que una organización acumula conocimiento. El aprendizaje es una forma de adquisición de nuevas rutinas, que a su vez configuran procesos de innovación. Son generalmente los momentos de crisis aquellos en los que la organización modifica sus rutinas organizaciones y de esta manera, posibilitan las innovaciones (Villavicencio, 2000). En la concepción evolucionista los sujetos no están dotados de una racionalidad a priori, sus comportamientos se van construyendo al aprender, debido a esto se habla de equilibrios múltiples (Coriat y Weinstein, 2011). De esta manera, una de las principales funciones del empresario consiste en generar una dinámica equilibrada entre rutinas y procesos creativos (Köhller y González, 2014). Lo que incide en la competitividad es la innovación en la forma en que se concentran y combinan los conocimientos colectivos (Köhller y González, 2014).

La mirada neoclásica de la innovación considera que tanto la presencia de ingenieros, investigadores como la existencia de departamentos de innovación y desarrollo (I+D), en la concepción de los procesos productivos y/o bienes o servicios novedosos, son las variables que dan cuenta de la existencia de las innovaciones. Se acordó que la innovación configura un proceso de mayor complejidad (Villavicencio, 2006). Sin embargo, muchos de los enfoques gerenciales y de la administración de empresas siguen planteando esta mirada ahistórica y lineal que sostiene que la innovación comienza en investigación científica básica, luego se transforma en ciencia aplicada y por último tiene como resultado un nuevo producto innovador (Köhller y González, 2014).

La perspectiva evolucionista al considerar que la innovación trasciende los límites de la investigación y el desarrollo incorpora diferentes actividades al interior de las empresas como sus determinantes territoriales y sectoriales. La idea de sistemas nacionales, sectoriales y locales de innovación de Lundvall (2009) constituye un aporte a los conceptos shumpeterianos. Comparte la mirada sistémica, evolutiva y compleja, pero suma la importancia de las relaciones con y entre las instituciones, organizaciones y las estructuras socio económicas. Se preocupa por las políticas públicas y los procesos de convergencia de brechas tecnológicas. En suma, incorpora las cuestiones relativas al rol del conocimiento, las vinculaciones entre agentes y el marco institucional en el que se desarrollan las competencias que posibilitan la innovación (Barletta, Pereira, Yoguel, 2014). Desde esta perspectiva, los países no sólo deben importar y utilizar tecnologías, sino también instituciones, con el objetivo de no quedar rezagados en el crecimiento económico internacional y el proceso de desarrollo (Lundvall y Johnson, 1994).

Dentro de este enfoque, en los años ochenta se revalorizan a las pequeñas y medianas empresas (PyMES) observando su capacidad de adaptación a los cambios bruscos que comienzan a suceder y se pone de manifiesto que lejos de ser atrasadas y poco dinámicas son flexibles para la innovación. En este tipo de empresa más que cambios tecnológicos lo que se producen son cambios organizacionales. El caso de los distritos industriales o clusters italianos fue fuertemente estudiado en este sentido, en tanto sistemas productivos definidos geográficamente, conformados por una gran cantidad de pequeñas empresas que se ocupan de diversas fases y formas de elaboración de un producto homogéneo[1] (Pyke, Becattini, y Sengenberger; 1992). Para innovar en cuestiones organizacionales se requiere de aprendizajes y de capacidades relacionales entre actores. La innovación ya no sólo depende de rutinas, puede ser una combinación de factores internos y externos. Su resultado pueden ser nuevas formas organizacionales (Villavicencio, 2000).

Desde los organismos internacionales como la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y la Unión Europea se desarrollaron manuales para realizar mediciones internacionales de innovación (Manual de Bogotá, 2001; Manual de Oslo, 2004). Estos manuales incluyen innovaciones en las prácticas organizativas en el lugar de trabajo y en las relaciones exteriores de la empresa. Como ejemplos plantean, estrategias para organizar rutinas y procedimientos de trabajo, prácticas de formación y educación del personal, introducción de sistemas de gestión de calidad, la descentralización del control de decisión y de las actividades o la creación de equipos informales de trabajo, la introducción de métodos justo a tiempo y la integración, subcontratación o externalización (Manual de Oslo, 2005, p. 63).

Desde América Latina, Arruat Camargo (2008) define la innovación organizacional como la búsqueda de nuevos diseños que transformen las estructuras internas de la organización y de sus límites con el mercado. En su estudio de cuatro empresas capitalistas colombianas concluye que la innovación debe ser una política establecida desde la dirección de la empresa, aunque la mirada de los actores externos, como clientes, estado, proveedores o universidades, también es un insumo clave para la innovación. Además, señala que la planeación estratégica y los sistemas de calidad son campos fecundos para la generación de innovaciones.

Como decíamos, la forma en que se aprende constituye una de las preocupaciones fundamentales de la teoría de la innovación. Villavicencio (2006) sostiene que la movilización del conocimiento colectivo es un proceso de aprendizaje que favorece la innovación en la empresa, que no es fruto de ajustes automáticos o adaptativos sino de procesos de negociación de conflictos, de socialización e intercambio de experiencias y expectativas, de aprovechamiento de oportunidades y de incitación a la creación de proyectos. En este sentido, la innovación es concebida como un proceso de creación colectiva de conocimiento. De esta manera, el autor plantea que, si bien la solución a un problema representa un conocimiento novedoso, no todos los conocimientos novedosos son innovaciones. Hay innovaciones incrementales que suponen mejoras o modificaciones que resultan de la combinación nueva del conocimiento acumulado por la empresa y significan innovaciones.

Los autores evolucionistas también Introducen el concepto de capacidad innovativa, que alude a la potencialidad de los actores para transformar conocimientos a partir del conjunto de saberes, rutinas y habilidades tecnológicas y organizativas tanto formales como informales y de la posibilidad de su acumulación, que involucra también aprendizajes formales e informales tanto de tipo codificado como tácito (Yoguel y Boscherini, 2001).

A partir del análisis de empresas capitalistas de diversos territorios en la Argentina, Yoguel y Boscherini (2001) construyen un indicador de capacidad innovativa de los agentes que se compone como un promedio ponderado de seis factores. Por un lado, se estiman cuatro factores asociados al desarrollo de competencias de los agentes: el aseguramiento de la calidad, los esfuerzos de capacitación, el alcance de las actividades de desarrollo y la participación de ingenieros y técnicos en el equipo de desarrollo. A su vez, un factor que mide el producto nuevo, estimado a partir del peso de los nuevos productos de la firma en la facturación. Por último, se incluye una variable proxy del grado de circulación de conocimiento codificado y tácito y del grado de desarrollo de confianza recíproca entre los agentes (instituciones públicas y privadas, empresas, universidades, centros tecnológicos, etc.) (Yoguel y Boscherini, 2001).

Las conclusiones a las que arriba este estudio resultan significativas para comparar lo que sucede en las empresas recuperadas analizadas. En primer lugar, la localización y el tamaño de los agentes no son condiciones suficientes para explicar las diferencias entre firmas de distinta capacidad innovativa. Por lo tanto, las diferencias microeconómicas entre los agentes son relevantes y más importantes que los factores del ambiente. En los lugares donde no se dan procesos de integración industrial, los factores microeconómicos tienden a prevalecer sobre los del entorno. En estas áreas existe una proporción muy reducida de firmas de elevada capacidad innovativa cuyos rasgos distintivos son el mayor tamaño y dinamismo en el mercado y el aprovechamiento de acuerdos de cooperación empresarial y de las instituciones cercanas que ofrecen distintos programas de apoyo tecnológico dirigido a PyMES. A diferencia de las áreas con externalidades positivas, el menor desarrollo institucional aumenta los umbrales mínimos necesarios para acceder a la oferta de servicios tecnológicos. La cooperación tecnológica no es significativa. Entonces sucede que en los ambientes donde no se dan procesos de desarrollo local, el tamaño de las firmas se convierte en un factor decisivo para entender las diferencias de performance y de desarrollo de las capacidades innovativas. En ese sentido, la existencia o no de asociación entre el tamaño de los agentes y el desarrollo de la capacidad innovativa podría ser pensado como una variable proxy del desarrollo del ambiente local (Yoguel y Boscherini, 2001, 29). Todos estos indicadores resultan productivos para observar qué sucede con estos factores en las empresas recuperadas analizadas en el próximo capítulo.

En lo referido a las críticas al modelo evolucionista, se postula que surge de una perspectiva metodológica individualista, donde se concibe a la firma conformada por individuos con sus respectivas características cognitivas, dejando de lado las condiciones socio históricas en que se producen las innovaciones. A su vez, no toma en cuenta la oposición de intereses entre los directivos, ni el conflicto entre el capital y la/os trabajadora/es de cada empresa. Por otra parte, elude toda referencia al control, al conflicto y la autoridad en el establecimiento de las rutinas y competencias organizacionales (Coriat y Weinstein, 2011).

A su vez, resulta interesante destacar la fuerte impugnación que se realiza al concepto innovación desde la perspectiva de los estudios críticos del managment y del neoliberalismo con respecto a las aproximaciones evolucionistas de la innovación. Es así como, a partir la década de los ochenta el discurso de innovación social influenciado por las políticas neoliberales y los avances tecnológicos, comenzaron a asociar la idea de innovación con la capacidad de competencia individual (Laval y Dardot, 2013). Si bien el concepto es anterior se lo ha resignificado para asociarlo a la búsqueda de ventajas competitivas en todos los campos del orden social desde las personas a los territorios (Alonso y Rodríguez, 2011).

En primer lugar, se critica el componente identitario de la innovación, en la medida en que sus objetivos se dirigen a transformar el entramado institucional, empresas innovadoras, pero también economías y sociedades en las que la idea de innovación se constituya como señal de identidad. Es decir, se incita a la transformación de las políticas públicas, la reorganización del trabajo en las empresas y un cambio de la mentalidad de los individuos, asociados al conocimiento y la creatividad. La respuesta a la globalización debe ser para estos discursos la creatividad en tanto, herramienta de supervivencia (Alonso y Fernández Rodríguez, 2011). Laval y Dardot (2013) plantean que el neoliberalismo produce una subjetividad contable, al hacer competir en forma constante a los individuos entre sí. Según estos autores la nueva racionalidad neoliberal instala la idea de “empresario de sí mismo” trasladando la responsabilidad individual y el autocontrol a los objetivos que antes eran de los empresarios. La ideología gestionaría o “empresa de sí” significa que cada uno debe conducir, gestionar y dominar su vida de acuerdo con sus deseos planteando una estrategia. En esta operación se traslada a las espaldas de los individuos la necesidad de ser cada vez más eficaces. Ahora la formación y la carrera dependen sólo de cada una/o, pero siempre es imperativo mejorar con el objetivo de aumentar el rendimiento.

A su vez, se observa una mirada de la innovación totalmente despolitizada, pragmática y economicista, desconcertantemente alejada de cualquier idea de conflicto social, divergencia de intereses o actores sociales con diferentes estrategias y prácticas. Los discursos hegemónicos destacan la necesidad de mantener el progreso económico mediante la adaptación a la innovación (Alonso y Fernández Rodríguez, 2011).

Las ideas sobre las que se sostiene la innovación requieren un componente transversal, empresas flexibles y creativas, pero también que las instituciones faciliten la innovación (Alonso y Fernández Rodríguez, 2011). Es esta operación se logra trasladar al Estado y a las políticas públicas los imperativos innovadores como “una verdad”.

En última instancia se incita a un cambio a través de apelaciones morales, con el objetivo de someter la política, las prácticas sociales y la económica a un modo de organización económico deslocalizado (Alonso y Fernández Rodríguez, 2011). El discurso de la innovación funciona de una manera similar a como operan los discursos manageriales relacionados con el cambio organizacional (Alonso y Fernández Rodríguez, 2013). Se citan los ejemplos de empresas innovadoras (google, Amazon, Facebook, MySpace, YouTube, Ericsson, Sony, Cisco o Apple) a objetos innovadores (iPhone, iPad, Blackberry o Kindle) a países (Estados Unidos o Japón, Suecia o Finlandia) o regiones (Silicon Valley) y se contrapone con otras empresas, objetos y regiones atrasadas y decadentes. A partir de allí se trazan las diferencias, con el objetivo de promover el aprendizaje y la innovación para que ellos puedan insertarse también con éxito en la sociedad y economía del conocimiento (Alonso y Fernández Rodríguez, 2011).

A partir del discurso de la innovación se establecen las recetas que deben implementar las empresas para ser innovadoras, el discurso del management provee las fórmulas que ya resultan trilladas: flexibilidad, horizontalización de las jerarquías de mando, trabajo en equipo, organización en red, subcontratación de empresas y trabajadores, métodos de organización de unidades de innovación con grupos de emprendedores que compiten entre sí y textos de autoayuda con supuestos descubrimientos de la neurociencia para estimular la creatividad, entre otros. Se conforma así un nuevo discurso sobre la importancia de las emociones sobre la base de un modelo de gestión que pone a las cuestiones personales e individuales como el sostén del éxito de las organizaciones (Alonso y Fernández Rodríguez, 2013). La idea de una subjetividad sustentada en las emociones es considerada la clave del rendimiento de las empresas. Un trabajador motivado resulta más eficaz. El “managment del alma” busca la adaptación, la integración y al mismo tiempo el aumento de los rendimientos (Laval y Dardot, 2013).

Para finalizar, los autores refieren a la importancia que ha tenido para la creación de industrias innovadoras ciertas condiciones de partida como la existencia de un Estado de bienestar avanzado, sindicalismo poderoso, solidaridad social, altos niveles educativos, la elevada participación de la mujer en el mercado laboral o escasa dispersión salarial, cuestión soslayada por los discursos que pregonan la innovación.

En resumen, el discurso innovador no tiene en cuenta que para instalar empresas y territorios innovadores es necesario un Estado presente y una sociedad con determinadas particularidades (Alonso y Fernández Rodríguez, 2013). Ese discurso posee una serie de afinidades con el discurso neoliberal cuyo objetivo redunda en última instancia en la instauración de la competencia como forma de conducta, la individualización de las relaciones laborales y la conformación de esos individuos en empresarios de sí mismos (Laval y Dardot, 2013).

La mirada evolucionista y sus aportes constructivistas no cuestionan la lógica del capital en la que se inscriben las innovaciones y la forma en que se insertan en las empresas, las redes o los distritos industriales. Postulan que la equidad social es el resultado de la complementariedad y asociación entre la competitividad empresarial y otros factores como las identidades culturales, formación y capacitación de la/os trabajadora/es, etc. (Roitman, 2015).

Sin embargo, algunas de las conclusiones a las que arriban los autores provenientes de la economía heterodoxa pueden servir de punto de partida para nuestro análisis: en primer lugar, no hay una relación directa entre conocimiento científico e innovación; en segundo lugar, el conocimiento se construye colectivamente en el espacio de la empresa y tiene componentes tácitos y no comercializables; en tercer lugar, la competitividad de una firma no está determinada por el desarrollo tecnológico del sector o por el tamaño de las organizaciones, ya que existen industrias y servicios de baja intensidad tecnológica como algunas PyMES que son innovadoras; a su vez, la innovación refiere a productos y procesos pero también corresponde a formas de organización y de comunicación; y, en último lugar, la innovación no es evolutiva e incremental sino que sucede de acuerdo con una mixtura de procesos de investigación y desarrollo, de fabricación, de aplicación y de mejoras incrementales (Köhller y González, 2014).

Resulta interesante retomar la propuesta de Köhller y González, (2014) que plantean un concepto sociológico de innovación. Los autores proponen pensar la innovación como un proceso social interactivo, que implica cambios en las relaciones de poder. Partiendo del carácter social de la innovación, intentan integrar aportes de diferentes perspectivas teóricas y corrientes sociológicas. En primer lugar, la innovación en tanto proceso de creación de valor en sentido marxista, retomando el proceso de trabajo como fuente de innovación. En segundo lugar, adaptando la idea de innovación a las teorías de alcance medio sobre diversidad institucional y cambio social, tomando en cuenta la heterogeneidad institucional de lo estatal, lo territorial y lo sectorial y el carácter multidimensional del concepto de innovación: económico, social, cultural y tecnológico. En tercer lugar, proponen una teoría dinámica de la organización en la que la innovación se muestra como un elemento operativo esencial tomando en cuenta tanto lo informal como las relaciones de poder en tanto variables centrales para el análisis (Köhller y González, 2014).

En este sentido, las innovaciones sociales halladas en el mundo de la autogestión seguramente no configuran formas radicales y revolucionarias, sin embargo, se sostienen en el desarrollo inclusivo de las organizaciones y tienen impacto en el entorno social en el que se encuentran. Entonces nos preguntamos cómo fue abordado en el campo de la economía social el concepto de innovación y cuáles son los debates que se dan sobre este concepto polifacético y controversial.

Tal como venimos instalando, en esta tesis se propone una visión crítica del concepto de innovación. Las empresas recuperadas aparecen como un campo fértil para la transformación social.

La mayor parte de los autores que se dedican a analizar el concepto de innovación en su relación con el campo de la economía social y solidaria (Dagnino, 2014; Etxezarreta, Etxezarreta, Zurbano y Estensoro, 2014; Moulaert et.al, 2013; Vuotto, 2011) enfrentan la principal crítica antes señalada al concepto, ya que remiten al carácter aspiracional y utópico de las innovaciones sociales. Consideran que la innovación social es la que posibilita a una colectividad el pasaje del contexto social de las necesidades al universo de las aspiraciones sociales. La innovación social, desde la perspectiva sistémica, “plantea el cambio social, intentando atacar las causas de los problemas más que simplemente a atenuar los síntomas” (Vuotto, 2011, p. 162). Los procesos de innovación social son entendidos como la intervención de algunos actores sociales para responder a una aspiración o satisfacer una necesidad, ofrecer una solución o crear una oportunidad para modificar las relaciones sociales, cambiar el marco de acción o proponer nuevas orientaciones con el objetivo de mejorar la calidad y las condiciones de vida de una colectividad (Bouchard, 2013).

Vuotto, plantea que existe consenso en lo referido a que la innovación social implica la aplicación novedosa de ciertas ideas, inclusive pueden no ser originales, en muchos casos son adaptaciones o combinaciones nuevas de ideas o su aplicación a nuevos ámbitos (2011).

La innovación social hace referencia al conocimiento tangible o intangible cuyo objetivo se orienta a la incorporación de mejoras en los procesos, servicios o productos que se orientan a satisfacer las necesidades sociales (Dagnino y Gomes, 2000)

Desde esta perspectiva, la forma cooperativa es la que se considera innovadora, ya que este carácter institucional plantea un nuevo arreglo organizacional, una manera diferente de administrar el poder, y de organizar a la/os asociada/os, donde se coloca a las personas en el centro y se postula una gestión democrática y participativa. Consideran que las empresas cooperativas y de la economía social han contribuido desde sus inicios al desarrollo de innovaciones sociales, por su característica de dirigir sus acciones a fines sociales, así como por estar basadas en los principios de democracia y solidaridad (Etxezarreta, Etxezarreta, Zurbano y Estensoro, 2014).

Se plantea la existencia de etapas sucesivas en los procesos de innovación social: experimentación, institucionalización y maduración. Luego, las experiencias se consolidan y pierden su carácter innovador, o fracasan definitivamente.

En el Manual internacional de la innovación social (Moulaert et.al, 2013) se intenta reforzar un marco analítico para homogeneizar la mirada. Se resalta el potencial político y social de situar la innovación social como uno de los ítems a considerar en el diseño de una estrategia de desarrollo alternativa. La innovación social se esboza como idea fuerza que incorpora los valores de la solidaridad y equidad, promueve la investigación que describe el contexto en que se desarrolla y las acciones que buscan la construcción de una sociedad socialmente inclusiva.

Según los autores el potencial innovador de la economía social y solidaria descansa en dos factores que la hacen distinta con respecto a las empresas privadas y al ámbito público: su carácter no lucrativo y su afán de democratizar diversos espacios. El primero genera confianza entre usuaria/os y productora/es, mientras que el segundo cuestiona las instituciones sociales que por su estructura son incapaces de responder a ciertas necesidades sociales (Bouchard, 2013).

No es posible dejar de lado en términos de innovación social y cooperativismo al modelo Mondragón ya citado previamente, resulta una configuración exitosa del grupo cooperativo industrial. Se destacan las relaciones de intercooperación entre más de 260 cooperativas (Heales, Hodgson y Rich, 2017). La literatura recalca que se dan una serie de procesos de mutua dependencia, intercambio e integración vertical entre las cooperativas de producción, consumo, crédito y educación (Santos y Rodríguez, 2011). Los órganos participativos de decisión determinan las modalidades de financiamiento y administración de cada una de las cooperativas que integran el grupo. Se destacan los mecanismos de redistribución de las ganancias de aquellas cooperativas que tienen un buen ingreso a las que no pasan por buenos momentos y la rotación del personal jerárquico entre las diferentes cooperativas en función de las necesidades. El último factor exitoso es que cuando una cooperativa se expande en vez de aumentar su dotación de trabajadora/es, se crea una nueva en alguna de las actividades. De esta manera, se consolida un modelo de cooperativas fuertemente integradas, pequeñas y flexibles (Santos y Rodríguez, 2011).

Los aportes al debate desde América Latina

En los inicios de las recuperaciones, decíamos (Fajn y Rebón, 2005; Fajn y Bauni, 2010; Ruggeri, 2009) sobre las modificaciones en el proceso de trabajo, que tanto el lay out, las máquinas, los productos como los procesos de trabajo no sufrían modificaciones. Incluso, constituía una imposibilidad la transformación o innovación tecnológica. No sólo porque las empresas recuperadas no contaban con el respaldo económico financiero para el acceso al crédito sino porque no se ha desarrollado una tecnología que no sea un producto que se encuentre al servicio del capital. En otras palabras, la tecnología que la/os trabajadora/es heredaron en la fase de autogestión en una empresa recuperada había sido pensada para su utilización en el marco de un sistema productivo capitalista. Su uso reproduce prácticas laborales que organizan la forma en que la/os trabajadora/es se mueven dentro de la planta, las relaciones entre estos en el curso del proceso de trabajo, e incluso la forma en que se coordinan y planifican esas relaciones (Ruggeri, 2009). Así, no alcanza con la toma de la empresa y apropiarse de los medios de producción, resulta necesario adecuarlos a nuevas relaciones de producción (Ruggeri, 2009). Es decir, se observa la ausencia de tecnologías y fuerzas productivas que se desarrollen en función de un modelo democrático y autogestivo, esto es así para todos los rubros incluso en la escuela recuperada el modelo pedagógico tradicional no suele entrar en cuestión.

En este sentido, se plantea el tema de la forma en que las empresas recuperadas se relacionan con los factores de producción heredados, lo cual refiere a los equipos, las maquinarias, lo que producen y la forma en que ese proceso productivo fue ideado. En términos de gestión del trabajo la tecnología incide en gran medida en las posibilidades de innovación porque una impone una serie de restricciones.

Dagnino, Brandão y Novaes (2004) son autores latinoamericanos que proponen la categoría de “adecuación socio técnica” para hacer operativa la aplicación de la teoría crítica de la tecnología a la perspectiva de la economía social. La idea central de la adecuación sociotécnica es que el artefacto tecnológico o la tecnología sufre un proceso de adecuación a los intereses de grupos sociales que la utilizan, que no son aquellos que los crearon. La aplicación del concepto a las organizaciones de la economía social se puede resumir de la siguiente manera: una tecnología cristalizada en un código técnico por prácticas hegemónicas puede transformar ese código mediante prácticas contrahegemónicas e insertarlo en un sistema de relaciones democráticas en la producción. Ahora bien, para que se produzcan otros códigos técnicos, las prácticas de democratización productiva deberían sostenerse por tiempos largos. Tanto los autores citados como Roitman (2015) sostienen que hasta ahora la evidencia empírica disponible muestra las dificultades para reformular las tecnologías y sus códigos, en vistas a la democratización en la economía social.

Al igual que la idea de innovación, la adecuación socio técnica configura un proceso no lineal, y no puede ser planteada sólo como un resultado. De esta manera, sustituye la idealización típica del laboratorio por la práctica concreta de los movimientos sociales. Existen una multiplicidad de modalidades de adecuación sociotécnica. En primer lugar, aquellos cambios que llaman software, relativos a la distribución del excedente y cambios culturales (adaptaciones de la fábrica a los intereses de la/os trabajadora/es, etc.). La segunda modalidad de adecuación refiere a la organización del proceso de trabajo, en lo relativo a la participación de la/os trabajadora/es en los consejos y decisiones internas/estratégicas de la fábrica, etc. En tercer lugar, la adecuación de la tecnología hardware heredada, es decir, las máquinas y los equipos. Por último, incluyen los cambios en la subjetividad de los obreros en relación con el proceso de trabajo y el cambio tecnológico (Novaes y Dagnino, 2006).

En cuanto a los gradientes de la innovación nombran, en primer lugar, el uso simple de la tecnología que incluye las formas de organización del proceso de trabajo. En segundo lugar, la apropiación, implica el uso de conocimientos relativos a los aspectos productivos, gerenciales y de concepción de los productos y procesos, sin que exista cualquier modificación en la utilización concreta que se hace de ellos. En tercer lugar, el ajuste del proceso de trabajo supone la adaptación de la organización a la forma de propiedad colectiva de los medios de producción, el cuestionamiento de la división técnica del trabajo y la adopción progresiva del control obrero. En cuarto lugar, la revitalización o repotenciamiento de las máquinas y equipos: significa no sólo el aumento de la vida útil de éstos, sino también ajustes, reacondicionamiento y revitalización de la maquinaria. Lo que denominan alternativas tecnológicas sucede cuando consideran necesario el empleo de tecnologías alternativas a las convencionales. La incorporación de conocimiento científico-tecnológico existente o a desarrollar, resulta del agotamiento del proceso sistemático de búsqueda de tecnologías alternativas y de la percepción de que es necesaria tal incorporación a la producción para satisfacer las demandas por adecuación socio técnica. Según los autores, las actividades asociadas a esta modalidad son procesos de innovación de tipo incremental, aisladas o en alianza con centros de investigación y desarrollo o universidades. Por último, consideran que la incorporación de conocimiento científico tecnológico nuevo es la etapa más avanzada. Para lograrla se requiere la participación de áreas de investigación y desarrollo de universidades (Novaes y Dagnino, 2006).

Los autores formulan la tarea de promover prácticas contrahegemónicas tecnológicas que subviertan los códigos técnicos, planteados por el capital hacia un proceso de democratización (Novaes y Dagnino, 2006). Realizan un trabajo comparativo sobre los aspectos socio técnicos de empresas recuperadas en Brasil, Uruguay y Argentina e indican como una de las principales innovaciones la igualdad en los retiros. Señalan a su vez, el relajamiento en el control, las modificaciones en las condiciones de trabajo y la sociabilidad. Sus conclusiones son pesimistas con respecto al grado en que las empresas recuperadas avanzan en la adecuación sociotécnica (Novaes, 2015; Novaes y Dagnino, 2006). En un sentido similar, a partir de su investigación sobre empresas recuperadas en la Argentina, Marcelo Vieta (2009) indica que la práctica de paga equitativa se trata de una innovación única que diferencia a las empresas recuperadas de otras cooperativas de trabajo. Además, destaca otras innovaciones sociales como la búsqueda de formas de financiamiento alternativas, la horizontalización de la producción, la reinversión destinada a las necesidades de producción y/o el mantenimiento de la empresa y, por último, la apertura de espacios para la comunidad.

En primer lugar, releva como ejemplo la creación formal e informal de redes de cooperación entre cooperativas para diferentes fines, como alternativa de financiamiento. En cuanto a las estructuras de organización horizontales hace referencia a lo que sucede en los consejos de delegados electos y asambleas de trabajadora/es que tienden a garantizar modalidades de administración y autogestión más transparentes que lo que sucedía en la empresa bajo dirección patronal. La prevalencia de procesos laborales y comités de trabajo ad hoc que se adecuan a las necesidades de cada orden o estadio de producción particular y que son integrados a procesos de toma de decisiones en la planta. Por último, encuentra estructuras de comunicación más horizontales en la producción que fomentan un diálogo más abierto y flexible entre la/os trabajadora/es.

En síntesis, el concepto de adecuación sociotécnica, por un lado, permite analizar el proceso de adaptación de la tecnología existente a la formación de nuevas relaciones sociales de producción, pero al mismo tiempo repone como problemas los condicionamientos que generan este tipo de procesos y las dificultades inherentes a los mismos.

Ruggeri (2009) concluye que las innovaciones producidas en las empresas recuperadas de la Argentina se inscriben en la lucha de la/os trabajadora/es por darse su propia forma de producción y que desarrollan en el curso de la práctica, no como ideas concebidas adrede para provocar esas rupturas.

El carácter práctico del proceso configura una de las cuestiones centrales a analizar en el proceso de innovación en la medida, como señalamos anteriormente, en que no se produjo, no existe, una teoría sobre cómo, ni de qué forma se debía producir autogestivamente. La/os trabajadora/es innovan por emulación, o por prueba, ensayo y error en los procesos cotidianos de organización autogestiva.

Sobre la base de estos aportes cruciales a las miradas de la innovación en las empresas recuperadas, nos detenemos a analizar el corpus y describir los principales hallazgos.


  1. Se encuentran en el centro y noroeste de Italia, algunos producen baldosas cerámicas, calzado, muebles, ingeniería mecánica, juguetes, etc. El éxito no solo depende de lo económico sino también de lo social e institucional, en este sentido la flexibilidad de la mano de obra para adaptarse ante demandas cambiantes y el carácter local, son las claves innovadoras del modelo, por eso se denomina al modelo de especialización flexible (Pyke, Becattini, y Sengenberger; 1992).


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