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1 Tecnología

Usualmente una indagación filosófica inicia con la precisión acerca del objeto de estudio, sus posibles sentidos y la elección de un determinado recorte simbólico en torno al cual van a construirse posibles interpretaciones. En nuestro caso, esta precisión terminológica es oportuna, en buena medida debido a la ambigüedad, dispersión e imprecisión con la que es utilizada actualmente la noción de tecnología en los ámbitos públicos, tanto los de difusión y divulgación tecnocientífica como los académicos.

Thomas Hughes señala que “definir la tecnología en su complejidad es tan difícil como captar la esencia de la política. Pocos políticos experimentados y pocos científicos intentaron definir la política. Pocos practicantes, historiadores y científicos sociales han intentado incluso definir tecnología” (Hughes, 2004: 2). En el caso de estos conceptos (tecnología, cultura, poder), hay una cierta comprensión de sentido común que no termina de asignarles referentes claros o que incluso obstaculiza la reflexión al borrar los límites de referencia; así, tecnología parece ser todo: el artefacto, el método, la habilidad, el sistema, los conocimientos teóricos y técnicos, el medio.

A esta ambigüedad se suma la ausencia de reflexiones críticas en los entornos públicos sobre la condición tecnológica de las prácticas sociales. Langdon Winner, uno de los teóricos críticos de la tecnología, señala que es llamativo –si no alarmante– que una de las condiciones centrales de las sociedades contemporáneas conserve todavía un velo de confusión constante y falta de reflexión, que conduce a la incomprensión de los sistemas estructurales de las prácticas sociales. Audazmente Winner designa como “sonambulismo tecnológico” a esta actitud errática y adormecida de las comunidades globales y académicas respecto de las prácticas tecnológicas (Winner, 1986).

En este mismo sentido, Gilbert Simondon señala, desde otro enfoque, que “la cultura se comporta con el objeto técnico como el hombre con el extranjero cuando se deja llevar por una xenofobia primitiva” (Simondon, 2007: 31). Simondon cuestiona además el desconocimiento de la máquina y la dimensión técnica, que no es producto del odio sino más bien de la negación de la realidad ajena. Vivimos rodeados de máquinas que no comprendemos ni queremos comprender; situación que no ocurre con otros productos humanos. Así pues, los prejuicios antitécnicos niegan la condición cultural de los objetos técnicos, pero no de los estéticos o los sagrados.[1]

En este sentido, la clarificación o el examen hermenéutico del concepto nos permite corrernos de sentidos asignados cultural o académicamente, para replantearlos desde una nueva iluminación teórica. La palabra tecnología alude a diversos referentes: a los artefactos o dispositivos técnicos, al cuerpo de actividades técnicas para la realización de diferentes tareas y también a la organización social de los dispositivos y técnicas en ciertos entornos (fábricas, talleres, equipos de investigación o desarrollo, etc.) (Winner, 1989: 22). Incluso suele emplearse como sinónimo de técnica, aunque en la literatura especializada se reserva el término técnica para “el conjunto de procedimientos puestos en práctica para obtener un resultado determinado” (Mitcham, 1989: 13), mientras que tecnología es considerada una técnica industrial de base científica (Quintanilla, 2005: 46).

Además las diferencias semánticas pueden estar vinculadas a la perspectiva desde la cual se precisa la noción: “incluso lo que superficialmente parece considerarse la misma tecnología puede parecer muy diferente vista ‘desde arriba’ usando la perspectiva del administrador o el ejecutivo de negocios o, alternativamente, ‘desde abajo’ empleando la perspectiva de un trabajador o consumidor individual” (Misa, 2009: 8). Los sentidos atribuidos a la tecnología como herramienta o como sistema, como algo demasiado simple o complejo, varían según el posicionamiento de usuarios o de productores de tecnología, que permiten captar diferentes matices de los vínculos y manipulación tecnológica con su correspondiente carga simbólica.

Por otra parte, algunos autores llegan incluso a identificar tecnología con ciencia aplicada (Bunge, 1966; Layton, 1974), y entonces la confusión es aún mayor, ya que no habría tampoco una especificidad que le dé el estatus de práctica y modo de conocimiento por derecho propio; por lo cual qué sea la tecnología depende de la pregunta por la ciencia y cómo esta se dirime en el terreno de la producción y concreción material.

La vaguedad terminológica conduce con frecuencia a discusiones estériles. Así, por ejemplo, considerada como aparato, la tecnología podría comprenderse como una herramienta neutral análoga a cualquier otro medio o instrumento. Sin embargo, esta idea puede ser fácilmente refutada analizando sistemas complejos e incluso los mismos dispositivos técnicos en cuanto incorporan ciertas prácticas sociales cargadas de valores e intereses (por ejemplo, un arma biológica, un sistema burocrático en el ámbito de la salud, un sistema de transporte, etc.). A su vez, la automatización de ciertas porciones del sistema tecnológico puede llevar a la conclusión de que todos y cada uno de los elementos técnicos deben seguir un curso prefijado, establecido y programado de antemano y, entonces, el enfoque absolutiza la tecnología como bloque, como un gran sistema autómata de producción de bienes y servicios.

Ahora bien, para alcanzar algún grado de precisión en esta exploración del concepto de tecnología, vamos a distinguir la experiencia contemporánea de las cosmovisiones antiguas o medievales de la técnica o el arte. Tradicionalmente la manera de afrontar una investigación conceptual en filosofía consiste en rastrear los orígenes etimológicos y los supuestos teóricos fundacionales en los predecesores antiguos, puesto que prácticamente cualquier objeto de análisis ha sido ya pensado por autores como Platón y Aristóteles, quienes de hecho examinaron la noción de techné. De la misma manera, en filosofía de la tecnología, algunos especialistas comienzan sus exposiciones mostrando las raíces antiguas de las nociones de técnica y tecnología en la techné griega, tomando las distinciones de la Física aristotélica entre objetos naturales y artefactos, o las consideraciones de Platón en el Timeo acerca de la condición artesana del demiurgo; llegan a afirmar incluso que “la reflexión sobre la tecnología es tan antigua como la filosofía misma” (Franssen, Lokhorst y van de Poel, 2018; Reydon, 2012).

Sin embargo, proponemos aquí no asumir la continuidad de la experiencia antigua o medieval con la moderna y, menos aún, la contemporánea. Autores como Heidegger (1994 y 2002), Agazzi (1996), Mitcham y Mackey (2004), Quintanilla (2005), Winner (2004) y Simondon (2007), entre otros, enfatizan esta distinción porque, con los cambios técnicos modernos −especialmente de la Revolución Industrial−, la tecnología sufrió no solo una modificación sustancial en la producción tecnológica per se, sino una profunda transformación radical en los modos de organizarla. La nueva dinámica organizativa dio lugar a una nueva “lógica de producción” en el marco histórico del surgimiento y consolidación del sistema capitalista.

Para imaginarnos esta diferencia, pensemos en un hombre manejando un arado y otro gestionando desde un panel el riego automático de un campo. La experiencia técnica antigua y medieval puede entenderse como una posesión y un estado que dependía plenamente de la ejecución humana; además el desarrollo técnico podía observarse como un proceso de desarrollo constante, tendiente al equilibrio y que alcanzaba un punto de saturación que mantenía un mismo nivel de avance técnico durante décadas. En cambio, la experiencia tecnológica moderna nos enfrenta a procesos que nos son ajenos, cuya característica primordial es la de tender constantemente a la innovación y al “progreso” indefinido de las tecnologías actuales. Esto significa que los sistemas tecnológicos contemporáneos se retroalimentan creando nuevas necesidades, proliferan rápidamente y presionan aún más el avance de la innovación tecnológica (Jonas, 2004: 19).

Esta aclaración nos permite, en primer lugar, cuestionar la idea generalizada de que “la tecnología existe desde siempre”. Los grandes complejos tecnoindustriales “no son nuevas realizaciones o quizá deformaciones de un modelo eterno, sino fenómenos completamente originales con una significación propia” (Quintanilla, 2005: 18). Pensamos que concebir la tecnología como una práctica antigua distorsiona los problemas específicos de la modernidad y la actual era digital, al verlos como extensión o ampliación exponencial de conflictos ya vividos por las comunidades en el pasado.

Podemos incluso establecer una distinción más entre las tecnologías modernas y las actuales, a las que llamaremos “nuevas tecnologías”, que representan ciertamente un cambio radical en la medida en que habilitan una reconfiguración de los vínculos sociales, en las que se entraman, interconectan e interactúan las dimensiones socioculturales con las tecnológicas como nunca antes en la historia de la humanidad. A diferencia de la tecnología generada por materiales extraídos de su entorno natural y motorizada por energía mecánica, las nuevas tecnologías se sustentan de nuevas fuentes de energía (como la nuclear) que amplían exponencialmente su rango de acción y se producen a partir de una amplia variedad de materiales disponibles también en expansión (aleaciones de metales, silicona, fibras sintéticas, etc.). Para identificarlas concretamente, podemos pensar en la tecnología láser, la biotecnología, la electrónica digital, la informática y las tecnologías de telecomunicación (Quintanilla, 2017).

Indudablemente, uno de los signos distintivos de la tecnología contemporánea es la capacidad de producir efectos inesperados o consecuencias indeseadas (Winner, 1989), lo que contradice la idea de que controlamos los artefactos y sus consecuencias de manera análoga a la manipulación de herramientas de la Antigüedad. A propósito de ello, Winner resume de manera atinada la expresión del ritmo acelerado y la innovación incesante como problemas de nuestra era de la siguiente forma:

Con el aumento de la velocidad y el alcance de la innovación técnica, las sociedades se enfrentan con la clara posibilidad de ir a la deriva en el vasto mar de “consecuencias involuntarias” […] En este sentido, el dominio en la sociedad tecnológica es cada vez más raro. Las personas trabajan en y se sirven de organizaciones técnicas que, por su misma naturaleza, impiden tener una visión general clara. Por esto, las quejas sobre la tecnología autónoma son con mucha frecuencia de este estilo: “no entiendo lo que sucede a mi alrededor” (Winner, 1989: 94).

A esta sensación de vértigo por el aceleramiento, incertidumbre y riesgo permanente, se le añaden otras características exclusivas de la tecnología actual: la automatización de una vasta parte de los procesos productivos, la búsqueda incesante de maximización de la eficiencia y el imperativo de la constante producción y mejoramiento de los sistemas técnicos previos (Quintanilla, 2017).

Más aún, no se trata solo de que la tecnología disponible en la actualidad haya modificado sus rasgos y se trate de una nueva generación de objetos o sistemas que manipulamos con mayor dificultad y limitaciones, sino que lo que se ha transformado profundamente es el vínculo de los sujetos con la técnica y, en este sentido, hablamos de un cambio radical. Para examinar esto retomemos la imagen del hombre manipulando un arado y la del técnico programando el panel para el riego automático. En la primera experiencia, los individuos humanos hacen posible que el sistema técnico funcione, es por esto que se entienden como “medio asociado” de las herramientas, esto es, la acción de las máquinas depende de la de los humanos. En cambio, los sistemas técnicos industriales (los sistemas de riego automáticos, en nuestro caso) generan otro tipo de relación y organización que desplaza a los humanos hacia un rol diferente, la de directores o reguladores de los conjuntos técnicos. Se advierte mediante esta imagen que las habilidades y experticia necesarias para estas prácticas son radicalmente diferentes; no solo considerando el pasaje de un desempaño de orden manual a uno que demanda mayor trabajo intelectual, sino también al tipo de razonamiento y articulación con la corporalidad (Simondon, 2007). Aunque todavía existen prácticas técnicas sin automatización, de carácter artesanal y de pequeña escala, la mayor parte de nuestro ambiente tecnológico presenta los rasgos que describimos como específicamente modernos y contemporáneos, potenciados por la automatización de los procesos de producción.

Por todas estas razones, reservamos el concepto de “técnica” para los sistemas y métodos artesanales o preindustriales, y consideramos el conjunto de realizaciones técnicas como “un sistema de acciones intencionalmente orientados a la transformación de objetos concretos para conseguir de forma eficiente un resultado valioso”. En cambio, utilizamos el concepto de “tecnología” para las técnicas industriales de base científica. La tecnología se especifica por la incorporación de conocimientos y métodos científicos en su diseño y desarrollo, y distinguimos asimismo lo que hemos llamado “nuevas tecnologías” como aquellas que presentan un salto cualitativo en referencia a la capacidad de control y producción regulada (Quintanilla, 2017).

Ahora bien, si la diferencia entre técnica y tecnología está planteada en función de la incorporación de conocimientos científicos en los procesos y acciones específicos, podemos preguntarnos cómo delimitar los campos respectivos, y cuál es la diferencia entre ambas, más aún considerando la indisociable conexión que asumen en las prácticas contemporáneas. Hay variadas opiniones sobre esta vinculación que aún persisten en la discusión académica y que, siguiendo a Quintanilla, agrupamos en tres posibles enfoques. El primero es el intelectualista, que identifica una estructura común a ellas, con la consecuente reducción de la técnica a mera aplicación de conocimientos y de la tecnología, a aplicación de conocimientos científicos. El segundo enfoque es el pragmatista, según el cual la tecnología se funda en la experiencia práctica y, en todo caso, la producción de conocimientos científicos intentaría dar cuenta de los resultados obtenidos a través de la práctica.[2] Entre estas posiciones que constituyen los extremos, se ubicaría la tercera postura como una integración ecléctica de los aportes específicos de la técnica con los del arte y la ciencia (Quintanilla, 2017).

Como suele ocurrir, las posiciones extremas reducen la complejidad del fenómeno a alguna de las condiciones del fenómeno abordado. De modo que vamos a plantear aquí la importancia de considerar las definiciones y vinculaciones que planteamos sobre ciencia, tecnología y nuevas tecnologías de una manera flexible y operativa, evitando la delimitación de bordes rígidos e inmóviles. Así pues, las caracterizaciones tienen el propósito de permitirnos identificar un núcleo que hace posible distinguir la práctica como tal, cuyos bordes se hacen cada vez más difusos.

Dicho esto, vamos a prescindir de la perspectiva intelectualista de la técnica y la tecnología cuando se entiende a la tecnología como ciencia o conocimiento aplicado porque hay condiciones concretas de las técnicas que no pueden reducirse a proposiciones teóricas o condiciones cognoscitivas representacionales, como las habilidades o capacidades prácticas. Por otra parte, el diseño tecnológico involucra la creatividad orientada por criterios evaluativos prácticos, como la rentabilidad, la factibilidad, la eficiencia o el rendimiento, que no responden a las dinámicas del conocimiento científico y tienen incluso más peso en la toma de decisiones que los criterios cognitivos.

Tampoco vamos a adherir a la posición contraria, que consistiría en reducir la técnica exclusivamente a su dimensión práctica, que vamos a representar en la posición de Henryk Skolimowski, uno de los exponentes del enfoque pragmatista. Skolimowski afirma que la tecnología está ligada a su modo de progreso: resuelve problemas prácticos, buscando mayor eficiencia (en cuanto a durabilidad, confiabilidad, sensibilidad o velocidad). Mediante la comprensión del progreso de la técnica, podríamos entender la diferencia con la ciencia, que avanza con la ampliación y mejora de las teorías para comprender el mundo. Aunque ambos progresos están relacionados, no necesariamente un progreso en un área implica un cambio o avance en la otra, y esto explica sus diferencias en cuanto a sus objetivos y modos (Skolimowski, 1966: 375). Se advierte también en su interpretación una reducción de la producción de conocimiento tecnológico a una mera abstracción de los resultados de la experiencia práctica, lo cual es inconsistente con las interacciones que se producen entre ciencia y experiencia técnica (Quintanilla, 2017).

Insistimos una vez más en que no es posible establecer una noción unívoca, universal y delimitada ni de ciencia ni de técnica, y menos aún de tecnología. De allí la necesidad de pensar estas delimitaciones teóricas en función de una comprensión más sutil de la especificidad conceptual, pero que jamás pueden abarcar la complejidad de la práctica concreta, sus detalles e interrelaciones. Consideremos que hay ejemplos en la historia de la ciencia que contradicen la idea de que el conocimiento científico siempre antecede al desarrollo técnico, como en el caso de los principios teóricos de la estática, la hidrostática y la dióptrica, que ya se utilizaban en la Antigüedad para diseñar y construir máquinas y artefactos de varios tipos.[3] No todos los sistemas tecnológicos han sido resultado de aplicaciones del conocimiento científico, por ejemplo, las máquinas de vapor se diseñan con anterioridad a la formulación de la termodinámica. Por otra parte, la institucionalización del quehacer de ingenieros y tecnólogos da lugar a la producción de conocimientos, que si bien tienen una base científica, no se reducen a ella y se orientan por otros criterios, como los de invención, innovación creativa, eficiencia y eficacia (Quintanilla, 2017). Por tanto, no podemos presumir de una relación clara o direccionada entre ciencia y tecnología.

A esta enorme complejidad de relaciones, interacciones y superposiciones, se suman, además, los debates sobre la noción de tecnociencia −término empleado por Latour en 1983 que daría cuenta de la convergencia entre ciencia y tecnología− y de Big Science, que tornan más difícil fijar un límite de demarcación entre lo tecnológico y lo científico (Echeverría, 1998). Javier Echeverría señala, además, que en los últimos años se ha producido una revolución tecnocientífica que modificó estructuralmente las prácticas, fundamentalmente en el hecho de que, además de la investigación, deben desarrollarse innovaciones tecnológicas aplicables al mercado, la empresa y la sociedad.

El autor distingue dos fases dentro de esta revolución: la primera se produce en la época de la Segunda Guerra Mundial, en los Estados Unidos de América, con el Proyecto Manhattan, y luego se extiende a Europa y la Unión Soviética. Esta fase se caracteriza por megaproyectos militarizados, del cual el lanzamiento del Sputnik y las bombas atómicas serían algunos ejemplos.

La segunda fase surge tras una crisis de la Big Science militarizada de los años 1965-75, por la revuelta en los campos universitarios californianos y europeos contra la militarización de la tecnociencia. Desde entonces y especialmente en los ochenta comienza a ser fundamental la inversión privada en las innovaciones tecnocientíficas. Dos ejemplos de tecnociencia son el plan “e-Europa sobre el desarrollo de la sociedad de la información de 2001[4] y el plan “Tecnologías Convergentes” de la Fundación Nacional de las Ciencias de Estados Unidos.[5]

Echeverría afirma que la tecnociencia es una modalidad de actividad científica y tecnológica, una rama evolutiva que no sustituye los desarrollos científicos e ingenieriles, y que es necesario analizar. Aclara que

las técnicas son artesanales; por ejemplo, las técnicas del tejido, de preparación de un platillo, de arado de un campo, aquellas propias de culturas agrícolas o ganaderas; mientras que por tecnología se entiende técnicas vinculadas a la sociedad industrial y, por tecnociencias, técnicas o tecnologías relacionadas a la sociedad de la información (Echeverría, 2005: 11).

Finalmente, esta descripción de las disputas en torno a los complejos vínculos entre ciencia y tecnología tiene como propósito resaltar la fuerte dependencia del marco teórico de referencia y los propósitos de investigación, y la relatividad de las definiciones a las que estos conducen, como señala Gustavo Giuliano. Al no establecer una definición universalmente válida, las concepciones sobre ciencia, técnica y tecnología son variadas e incluso hasta contradictorias (Giuliano, 2007). En cada uno de los textos que abordan la temática se insiste una y otra vez en la dispersión y disparidad de respuestas, y los especialistas en el tema abordan una definición provisoria, fruto de una serie de decisiones ideológicas y personales, con las cuales es necesario comulgar para poder avanzar.

Gustavo Giuliano muestra la actualización de estas disputas en Joseph Pitt (tesis pragmatista) (2000) y Fernando Broncano (tesis intelectualista) (2000), para posteriormente plantear la posibilidad de un esquema o marco conceptual que admite comprender ambos campos en su dimensión propia, manteniendo las conexiones y puentes entre sí (Giuliano, 2007: 104).

Figura 1: una posible vinculación entre ciencia, técnica y arte (Giuliano, 2007: 105).

En el esquema propuesto por Giuliano, el contexto histórico-social pasa a ser el ambiente, soporte o marco referencial de los diferentes ámbitos, de manera que no es posible pensar ninguno de ellos aislado de los significados y cargas valorativas culturales e históricas específicas. Así, por ejemplo, la relación que se plantea entre ciencia y tecnología no se comprende de la misma manera en Estados Unidos, donde la Big Science opera con mucha mayor fuerza simbólica y práctica, que en Argentina. En cuanto a los conceptos centrales, tanto ciencia y tecnología conservan sus campos específicos, pero se vinculan y relacionan entre sí. Aquí, ciencia aplicada no equivale a tecnología, sino que “la ciencia aplicada y la tecnología se convierten en una suerte de puente que permite vincular la técnica con la ciencia” (Giuliano, 2007: 104). Estas interrelaciones evitan el reduccionismo científico y ponen de relieve la complejidad teórica que renuncia a la definición esencialista y acabada, en un intento de comprensión dinámica y flexible de las relaciones entre técnica, tecnología y ciencia, incluyendo la experiencia de la técnica en la Antigüedad, el arte y la cultura; es decir, “el afirmarse de la tecnología no ha eliminado otras formas del hacer eficaz, o sea, no ha reemplazado el horizonte más general y articulado de la técnica” (Agazzi, 1996: 96).

Proponemos aquí que una buena manera de expresar estas dinámicas, interacciones y conexiones consiste en adoptar la noción de praxis tecnológica, tomando los aportes de Echeverría acerca de la noción de práctica científica, con la cual nos apartamos de los posicionamientos extremos intelectualistas o pragmatistas. De este modo, se puede comenzar a pensar la ciencia −y nosotros añadimos, la tecnología− como una práctica social específica, atendiendo a los procesos que dan origen al conocimiento científico y a sus resultados, los valores que intervienen en ellos, las relaciones que se establecen en la comunidad científica y hacia el exterior (con otras comunidades o la sociedad más amplia) (Echeverría y Álvarez, 2011). Esta postura rompe con la visión tradicional de la ciencia como producto, desligada de los procesos que le dieron origen, considerada como un cuerpo sistematizado de enunciados, al que además se le atribuye “neutralidad valorativa” justamente por estar desprendido del contexto sociopolítico en el que se realiza. Por ello, las posiciones formalistas u objetivistas desatienden el contexto de descubrimiento por ponderarlo inocuo o irrelevante respecto del análisis lógico de la estructura de las proposiciones científicas.

En cambio, desde esta nueva perspectiva, las teorías, métodos, aplicaciones, consecuencias observacionales, experimentos, etc., se comprenden como resultado de elecciones y preferencias de las comunidades científicas orientadas por valores no solo epistémicos, sino también políticos, morales, económicos, culturales, etc. (Gómez, 2014). En este sentido, la práctica tecnológica puede comprenderse como aquella en la cual intervienen conocimientos científicos, valores y posicionamientos culturales y políticos que no diluyen la especificidad de su objetivo: el diseño de soluciones a problemas prácticos que involucran transformaciones materiales, pero también teórico-conceptuales (Herrera Jiménez, 1989).

La ventaja de la noción de praxis tecnológica es que permite el análisis de la tecnología introduciendo categorías históricas y no esencialistas. “Este concepto pragmático nos ayuda a eludir falsas generalizaciones de los tipos tecnológicos modernos u occidentales. Lo que experimentamos es siempre tecnología en uso o tecnología en situación” (Rammert, 2001).[6]

Por otra parte, la concepción de práctica tecnológica no solo nos permite examinar su condición histórica, sino también cultural. Como señala Hui, se acepta tácitamente que existe solo un tipo de técnica y tecnología, como universales antropológicos, que cumplen las mismas funciones en todas las culturas y pueden ser explicados en los mismos términos (Hui, 2024). Sin embargo, los rasgos del modo de producción imperante no constituyen características esenciales de la técnica, sino que más bien son los que se imponen en los procesos de colonización y globalización de los modelos tecnológicos actuales. Así pues, la noción de práctica tecnológica nos habilita a revisar la diversidad de modalidades de vinculación y mediación técnica que desafían la tendencia dominante.

Finalmente, esta primera exploración del concepto de tecnología nos conduce directamente a examinar las discusiones y debates filosóficos que su abordaje nos plantea, de modo que en el siguiente capítulo presentaremos sucintamente algunas de las líneas de investigación y problemas abiertos en la filosofía de la técnica o de la tecnología como campo disciplinar específico.


  1. A diferencia de Winner, cuya observación le conduce a una reflexión política de la tecnología, la propuesta simondoniana consiste en un examen minucioso y detallado de la naturaleza, relaciones y condiciones de evolución de las máquinas, de corte más bien analítico.
  2. Don Ihde ya había distinguido estas posiciones en su obra Technics and Praxis como las “idealistas” y “materialistas”. La primera asume que la tecnología es ciencia aplicada, mientras que la segunda supone que la tecnología da origen a los conocimientos científicos. La visión idealista habría sido la imperante, ante lo cual propone una superación materialista (Ihde, 1979).
  3. Si bien no podemos retrotraer el concepto de ciencia moderna, como tampoco el de tecnología, a la Antigüedad, esta observación plantea el problema de si, efectivamente, la interacción entre ciencia y técnica es producto o novedad de la modernidad, puesto que parece haber ya desde la Antigüedad una interacción entre la producción teórica y la práctica. Por lo cual tendríamos que pensar si las diferencias entre ambas tienen que ver más bien con las condiciones o lógicas en que se producen dichos conocimientos y artefactos o máquinas, como lo sugiere Quintanilla.
  4. El Plan fue ideado por el Consejo Europeo (Lisboa, 23 y 24 de marzo de 2000) para reposicionar económicamente a Europa y consistía en explotar las oportunidades de la nueva economía, especialmente, y de internet. Los objetivos principales eran: lograr un internet más seguro, rápido y barato; invertir en personas y formación, y estimular el uso de internet. Ello exigió la coordinación de las acciones estatales, de investigación científica y tecnológica orientada hacia las metas establecidas por la Comisión Europea.
  5. La Fundación Nacional de las Ciencias de Estados Unidos desarrolla una serie de proyectos bajo el concepto de convergencia, cuyos objetivos son orientar los proyectos según problemas específicos y urgentes, y la integración transversal de las disciplinas. En el año 2002, publicaron el Informe “Tecnologías convergentes para la mejora del rendimiento humano: nanotecnología, biotecnología, tecnología de la información y ciencias cognitivas”, donde abordan los resultados de la investigación transdisciplinaria en torno a metas como expandir la capacidad cognoscitiva y comunicativa, mejorar el rendimiento de las habilidades físicas y de salud, la seguridad nacional y la unión entre ciencia y educación, entre otros.
  6. Quintanilla discrimina entre técnica, “una clase de realizaciones técnicas equivalentes respecto del tipo de acciones, a su sistematización, a las propiedades de los objetos sobre los que se ejercen y a los resultados que se obtienen”, y realización técnica, “un sistema de acciones intencionalmente orientado a la transformación de objetos concretos para conseguir de forma eficiente un resultado valioso” (Quintanilla, 2005: 47). La diferencia con el de praxis tecnológica es que no habría una escisión entre la técnica y su aplicación.


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