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4 El legado de la Escuela de Frankfurt en la teoría crítica de Feenberg

Crítica al capitalismo

En el marco de la crítica marxista, Andrew Feenberg se enfoca en los modos de organización social configurados por la tecnología, considerando que la oposición marxista a la explotación económica de fines del siglo XIX y principios del XX[1] no percibe el problema de la dominación instituida por las prácticas tecnológicas capitalistas. El énfasis de estas críticas apunta a la apropiación de los medios de producción, sin examinar la necesaria modificación de las lógicas de producción. Esta visión economicista llevó a los socialistas a creer que la solución a todos los conflictos era eliminar la propiedad privada de los medios de producción y con ella, al mismo tiempo, se produciría la liberación de la clase obrera.[2]

Tanto estalinistas como socialdemócratas priorizaron las cuestiones económicas haciendo hincapié en cambiar la situación de explotación de los trabajadores y en la desigualdad distributiva, y esto llevó a una visión estrecha y economicista del marxismo, que dejó de lado aspectos más políticos y sociales como la alienación y la teoría de la ideología. Justamente Feenberg propone pensar la alienación y la dominación a las que somete el sistema, pero en clave sociopolítica, examinando los instrumentos y dispositivos de poder que condensan la ideología capitalista, en el estilo de los estudios foucaultianos.[3]

Feenberg distingue, a partir de los aportes de Bell (1962) y Harry Braverman (1974),[4] dos críticas marxistas con diferentes objetivos: la crítica a la propiedad y la crítica al proceso de trabajo, una basada en el análisis económico y la otra en la organización de la actividad productiva y de las prácticas sociotécnicas que configuran la experiencia cotidiana de los trabajadores. En su consideración, Feenberg evalúa como insuficiente la primera y defiende la crítica al proceso de trabajo, a su dinámica y a las praxis sociopolíticas que se articulan en los modos y medios de producción capitalistas. Entre los aspectos que pone en discusión se encuentran la concepción científica de la producción y la administración, la descualificación de la mano de obra y la consecuente subordinación vertical generada por la burocracia. (Feenberg, 2002: 42).

Según este enfoque, la descualificación de la mano de obra es un problema político de mayor envergadura de lo que tradicionalmente fue admitido, en tanto destruye el poder y la participación de los sujetos dominados en los procesos de toma de decisiones. Si la tesis marxista se sustenta en la conciencia de clase y el potencial revolucionario de la clase obrera, indudablemente hay que escudriñar los procesos que socavan los requisitos de la praxis transformadora.

Los procesos de alienación y dominación se enraízan en la fragmentación, la simplificación y la automatización de las diversas tareas realizadas por los trabajadores y que, controladas por la administración, son sencillas de aprender y realizar para los obreros. Por tanto, la hegemonía de la clase dominante no está determinada y asegurada solo por la propiedad de los medios de producción, sino también porque la misma lógica de la distribución del poder en el sistema productivo asegura su permanencia a través de la descualificación de los sujetos dominados. Por tanto, la transformación del sistema capitalista no puede consistir solo en la expropiación de los medios de producción, sino también en una reorganización de los procesos y desarrollos tecnológicos que requieren, indudablemente, conocimientos específicos de gestión, administración y tecnología.

En este marco, la crítica al capitalismo propuesta por Feenberg exige una nueva crítica de la tecnología que, él considera, ya está presente en la obra de Marx, a partir de tres interrogantes fundamentales, a saber, qué fines persigue la tecnología, cuáles son los medios que se proponen para alcanzarlos y cuáles serían las disposiciones técnicas que especifican los diseños para responder a los fines y modos (Feenberg, 2002: 46). Es necesaria una crítica tecnológica del producto y del proceso de trabajo que abarque aspectos relacionados con los tiempos productivos –su ritmo y duración, por ejemplo–, la provisión de equipamiento adecuado, el entrenamiento y formación de la mano de obra, el tipo de actividades habilitadas a los trabajadores, entre otros. Indefectiblemente, un abordaje crítico de este talante precisa argumentación informada científicamente y respaldada por una ejemplificación empírica concreta que ponga de manifiesto la planificación humana y racional tecnológica de los mecanismos productivos.

Ahora bien, aunque la crítica de Feenberg al capitalismo se nutre del pensamiento marxista, no adhiere a la línea tradicional −según la cual el sistema fracasaría por sus propias contradicciones inmanentes−. El exponencial desarrollo de las sociedades posindustriales, con su enorme industria del consumo y producción masiva de mercancías, ha demostrado su gran capacidad para reinventarse y consolidar su hegemonía sofocando las resistencias. Incluso ante la presencia de inconsistencias y obstáculos, aparentemente insalvables, logra reconfigurarse para satisfacer necesidades individuales y, consecuentemente, preserva el statu quo con una arrasadora fuerza ideológica y material. Así, propone examinar las sociedades contemporáneas según los parámetros humanistas modernos de libertad, paz y felicidad, que con seguridad el capitalismo asume como deseables, pero no ha logrado conquistar, y que permanecen como una potencialidad aún no desarrollada. Estos fines incumplidos desmoronan la fachada racional moderna y quitan legitimación a los medios tecnológicos al develar que sus códigos técnicos son contrarios a la emancipación social.

Es importante notar que las críticas marxistas indefectiblemente van acompañadas de un modelo de sociedad, más o menos planificado, que se organiza sobre nuevos criterios económicos y políticos; y que, para la construcción de este ideal, a riesgo de derrapar en la utopía, añaden contenido histórico concreto tomando como dato y evidencia la posibilidad efectiva de una revolución o transformación. Feenberg sostiene que su concepción de socialismo:

No está modelada en la práctica soviética, sino influida por una generación de movimientos de reforma popular en la Europa Oriental que fueron suprimidos por las invasiones o las amenazas de invasión soviéticas. Finalmente, bajo Gorbachov, parecía que las nuevas ideas tendrían una oportunidad en la propia Rusia. Esa esperanza no era irrazonable, por ilusoria que pudiera parecer en retrospectiva (Feenberg, 2002: vii).

Como mencioné anteriormente, las imágenes de praxis transformadora que sustentan la teoría crítica de la tecnología son las protestas y movimientos de Europa del Este que podrían haber representado una transformación socialista: el consejo de trabajadores de Hungría en 1956, la autogestión yugoslava en las industrias, las uniones independientes en Polonia y las reformas democráticas y de mercado durante la Primavera de Praga de 1968. Todos estos eventos representaron un cambio de rumbo en los modos de organización política, que podrían haberse anclado en procesos tecnológicos, pero fueron sofocados por la posición instrumentalista del régimen soviético.[5]

Por otra parte, la revuelta francesa de 1968 representó un acontecimiento histórico transformador por diversos motivos. La masiva movilización de estudiantes y trabajadores opuso una nueva crítica al capitalismo, producto de la participación de la Nueva Izquierda en Francia. Fue, además, la primera señal de inestabilidad política que se extendió al sur europeo en los setenta y que logró instalar no solo el cuestionamiento al Estado gaullista sino también a los partidos de la oposición por su “senilidad” y “esclerosis”. Es decir que amplió la crítica del aparato estatal hacia la burocracia cada vez más extendida en la praxis política.

Feenberg publicó junto a Jim Freedman una obra específica sobre el Mayo francés poniendo especial énfasis en el análisis de los discursos y en la producción intelectual de los participantes activos del movimiento.[6] Los universitarios ampliaron el espectro de sus demandas de una disputa académica a una cuestión social, el problema no era pues el descontento con la educación o la administración universitaria, sino toda la estructura generada por la ideología tecnocrática del gobierno y del sistema económico. Su análisis destaca, como novedad radical de este movimiento, la alianza obrero-estudiantil reforzada con estrategias retóricas que construían puntos de encuentro y similitud entre ambos grupos sociales.[7] También considera que la integración de diversos sectores sociales en torno a la demanda de participación en la administración de lo público logró atraer a sectores generalmente poco movilizados, como la clase media, profesionales de diversos campos y un pequeño sector empresarial.

A pesar de no haber generado cambios estructurales en los aparatos estatales, según Feenberg, fue un acto revolucionario por sus injerencias en las praxis sociopolíticas tan importante que sus secuelas continúan vigentes en la actualidad:[8]

Para llamar a los eventos de mayo una “revolución”, no es necesario demostrar que el gobierno podría haber sido derrocado por una insurrección como esta. La característica distintiva de una revolución no es que sea más fuerte que el Estado, sino que, abruptamente, ponga en tela de juicio a la sociedad existente en la conciencia de millones de personas y que las movilice efectivamente. Una revolución es un intento de estos millones de personas para influir en la resolución de una profunda crisis social por medios violentos o ilegales, restableciendo la comunidad sobre nuevas bases. Y esto es precisamente lo que ocurrió en mayo (Feenberg, 1999: 42 y 2001: 151).

El saldo de esta revolución puede rastrearse en los procesos culturales que comenzaron a movilizarse desde entonces, como por ejemplo, el cambio de foco de la explotación a la alienación, el rechazo al autoritarismo estalinista en los movimientos sociales, las modificaciones producidas en las prácticas médicas tales como el parto humanizado y la experimentación médica, el diseño y la administración participativa, las aplicaciones de comunicación informáticas y los avances tecnológicos en materia medioambiental.

La crítica de la alienación y de la dominación conduce a otros aspectos olvidados por las críticas económicas, como las estrategias de posicionamiento hegemónico en las estructuras y procesos tecnológicos. Por ello, esta línea de interpretación se aproxima a la de Marcuse, que explora cómo el desarrollo tecnológico articula las desigualdades sociales.

Crítica a la modernidad y la concepción de racionalidad

Esta crítica al capitalismo se complementa con la revisión de los conceptos de modernidad occidental y racionalidad −concebida bajo estándares lógicos supuestamente válidos universalmente−, para mostrar que ambos constituyen un modelo de civilización y conocimiento posibles, pero no el único y necesario. Es admisible postular una “modernidad alternativa” bajo otros criterios racionales que no proceda por mecanismos individualistas, autoritarios, alienantes y consumistas defendidos por la administración vertical del capitalismo.

El foco de esta crítica a la modernidad es el sistema tecnológico por su rol privilegiado en las instituciones modernas, en tanto constituye la base material sobre la cual se siembran y construyen los ideales de progreso, Estado, ciencia y tecnología. La importancia del sistema técnico es tal que puede operar como eje de demarcación entre sociedades premodernas y modernas, según cómo se articulen e integren en sus prácticas culturales los diversos dispositivos y servicios tecnológicos. Tal como observaron Lukács y Heidegger, la concepción moderna estableció un tipo de organización social basada en el mecanicismo, la clasificación, el cálculo cientificista, obsesionada con la eficiencia tecnológica, que se instaló como la Lógica y la Razón −en clave foucaultiana, el “régimen de verdad”− (Feenberg, 2002).

Cabe destacar que la concepción de modernidad de la Escuela de Frankfurt se funda en la de Max Weber, quien define como rasgos específicamente modernos la diferenciación y la fragmentación del mundo en esferas que siguen su propia lógica, métodos y objetivos, es decir, la autonomía de las esferas económica, política, científica, tecnológica. Asimismo, Weber señala que la modernidad se basa en un proceso de racionalización que prioriza el control y la burocracia, siguiendo una dinámica interrelacional rígida como una “caja de hierro”, que coarta las posibilidades emancipatorias (Weber, 1958).

Sin embargo, en este punto, la teoría crítica se aleja de la visión frankfurtiana y recurre al constructivismo, ya que su metodología histórica revela que siempre ha existido una interconexión entre lo político, lo económico, lo técnico y lo social, a pesar de la tesis de la racionalidad weberiana. Podemos decir entonces que coincide con Habermas en cuanto a una modernidad incompleta, en el sentido de potencialidades no actualizadas, sin comprometerse con otros aspectos de la solución habermasiana, como la limitación del subsistema técnico o la restricción de cada esfera a su ámbito, ni con las interpretaciones que buscan instaurar el irracionalismo o la regresión romántica a un pasado sin mediación tecnológica.

Inspirado por el constructivismo, el análisis de la modernidad desde una perspectiva histórica y sociológica toma como datos las concreciones tecnológicas que materializan los ideales de cálculo y sumisión autoritaria en diseños específicos, pero que también revelan las prácticas de resistencia de algunos grupos sociales. Esta inspiración constructivista tiene, sin embargo, sus límites.[9] Aunque algunos constructivistas efectúan un análisis descriptivo de estos aspectos (Latour, 1988 y Bloor, 1991), su posición relativista diluye las distinciones entre sociedades premodernas y modernas porque analizan los procesos de razonamientos de ambas según la tesis de la simetría y encuentran en ellas tantas similitudes que cualquier distinción se vuelve secundaria o accesoria.

Disconforme con este corte relativista, Feenberg defiende que, efectivamente, hay un salto cualitativo entre ambas organizaciones sociales, mostrando que lo problemático no es la forma sino el contenido de la definición de lo moderno: “la modernidad se caracteriza no por la autonomía real de la razón sino por una ilusión necesaria de autonomía. Esta ilusión aparece cabalmente en las fantasías tecnocráticas y distópicas de la administración total” (Feenberg, 1995: 221-222). En definitiva, lo que hay que revisar no es el criterio de distinción sino la ilusión de autonomía que se intenta instalar hegemónicamente como logro y parámetro de referencia. La idea de una razón autónoma, imparcial y objetiva, que capta la estructura lógica del mundo, es producto de las ilusiones de la abstracción.

La diferencia entre la premodernidad y la modernidad se vincula con el modo en que diseñan la base material tecnológica que estructura todas sus prácticas sociales.[10] Mientras que las sociedades premodernas lo hacen de un modo integrado y simbólicamente expresivo, las modernas configuran un sistema de artefactos que se conciben como partes fragmentadas y que deben ser cargadas simbólicamente a través de ulteriores procesos de interpretaciones y operaciones culturales. La cultura moderna se basa en una especie de “purificación” de su base tecnológica que se proclama como universal (Feenberg, 1995). Para entender esta diferencia, sugiero imaginar una misma práctica social cotidiana en una sociedad premoderna y contrastarla con la moderna, como cocinar. En la sociedad premoderna, se visualizan utensilios, dispositivos todavía cargados simbólicamente de ciertos rasgos estéticos, comunitarios quizás; una serie de pasos y procesos que todavía vinculan a los miembros con su comunidad de pertenencia; productos y materia prima también ligados a un entorno, a un clima geográfico; dinámicas y sistemas de proveeduría de pequeña escala, locales. En cambio, la misma práctica en la modernidad adquiere otros rasgos, también culturales, pero que aspiran a una generalización y homogeneización de las prácticas: hornos industriales, pasos de cocción estandarizados, utensilios y recursos globalmente disponibles, e incluso la reproducción cada vez más automática de procesos que otrora eran comunitarios. El problema de la modernidad estaría en considerar que la segunda imagen es superior por representar alguna suerte de progreso por la racionalización de las prácticas sociales: cocinar de esta forma, bajo todo punto de vista, es racionalmente mejor que la manera premoderna.

Así pues, lo que ocurre con este proceso de “racionalización”, como se identifica a la modernidad, es una ilusión de neutralidad, universalidad y descontextualización. El problema del capitalismo moderno no es, siguiendo a Lukács, su irracionalidad o el fracaso de sus ideales, sino, justamente, las limitaciones de su concepción de lo que es racional.

Nuestra noción moderna de racionalidad está modelada en la ciencia y las matemáticas. Por supuesto, ninguna institución es racional exactamente en el mismo sentido en que lo son estas disciplinas. Las instituciones no se sostienen por la lógica sino por relaciones causales y simbólicas que carecen del rigor de la experimentación y la ecuación (Feenberg, 2017: 21).

La ilusión de logicidad oculta que lo racional está conectado con determinadas prácticas sociales y, por tanto, deberíamos hablar de racionalidades sociotécnicas. Y, en el caso de la racionalidad moderna, los rasgos generales extendidos en diversos dominios son, para Feenberg, al menos los tres siguientes: el intercambio de equivalentes, la clasificación y aplicación de reglas universales y la adecuación de medios a fines (eficiencia) (Feenberg, 2017: 22).

Aunque parezcan absolutos, estos principios son históricos y culturales. Ideológicamente fueron concebidos como la norma de validez universal porque la Ilustración se encargó de tildar cualquier tipo de emoción, prejuicio o injerencia de la cultura local como subjetivo y, por tanto, desdeñable. Al encumbrar la ciencia como un conocimiento objetivo, lógicamente fundado, sustentado empíricamente, los ilustrados consideraron que su modo de organización y comprensión del mundo era el único legítimo en términos de racionalidad.

Ahora bien, esto no significa que la producción científica sea igual a cualquier otra producción o expresión cultural, por ello se introduce la diferencia entre “sesgos subjetivos” y “sesgos formales”. Los sesgos subjetivos se perciben con mayor facilidad, son más palpables, fácilmente advertidos y sometidos a crítica en las organizaciones y teorías, como la segregación racial o la discriminación por género; los sesgos formales no se detectan con esa facilidad, aunque también instalan prejuicios y creencias específicas. Suelen presentarse como funciones u operaciones técnicas pero implican prejuicios sociales, como por ejemplo, en arquitectura, se naturaliza la construcción de entradas de servicio considerando que no deben ser visibles o expuestas al frente; la información de la que se nutre un algoritmo puede estar cargada de sesgos que se atribuyen a un mayor flujo de información en un sentido:

Los sesgos formales se ocultan en ciertos aspectos de los sistemas racionales que se tornan visibles a la luz del análisis histórico y contextual. No son cuestiones de prejuicios basados en pseudohechos o mitos narrativos; sino que el diseño del sistema objetiva el principio discriminatorio. Por ejemplo, aquellos que administran y regulan una prueba culturalmente sesgada no necesitan ser prejuiciosos para producir un resultado sesgado (Feenberg, 2017: 24).

Así pues, en los diseños tecnológicos, las instituciones, las prácticas sociales y los resultados científicos pueden parecer objetivos y neutrales, carentes de sesgos subjetivos; sin embargo, pueden instituir prejuicios formales que determinan reglas y normas. La misma noción de racionalidad está sesgada, aun cuando reconozca su origen cultural, porque pretende ser superior o la única válida universalmente.

Otro ejemplo de sesgo formal en el sistema capitalista es la normalización de la obtención de plusvalía como resultado “racional y efectivo” del funcionamiento de una empresa o medio de producción. Por ello, identificando este sesgo formal, Marx cuestiona el pedido de los primeros sindicatos por salarios “justos”, que refuerzan la norma, y reencauza la crítica hacia el sistema que somete la fuerza de trabajo al poder de los capitalistas, para pensar otras alternativas que no asuman la plusvalía como imposición técnica:

El concepto de sesgos formales explica cómo la racionalidad capitalista logra la dominación social. Esta visión contrasta con la afirmación de que las relaciones de producción capitalistas están basadas en el poder soberano de una clase dominante. Esto es ciertamente erróneo como descripción general de un sistema que ha perdurado a través de tantas generaciones de cambio y desarrollo y que, hasta un punto considerable, sigue principios racionales (Feenberg, 2017: 25).

Esto quiere decir que la inequidad no solo se sostiene por el poder de los capitalistas sobre el proletariado sino que además hay todo un sistema de reglas que refuerza y reproduce su dominio. Y, además, esas reglas se presentan como racionales, efectivas y técnicamente avanzadas, lo cual hace cada vez más difícil su cuestionamiento.

Este punto es clave para reencauzar la crítica marxista: más que por la propiedad de los medios de producción o el posicionamiento estratégico de los grupos dominantes, la dominación social está garantizada por la posibilidad de definir las reglas de juego. Por ello, es crucial, para una crítica al capitalismo, derrumbar este punto neurálgico ideológico, esto es, la definición de racionalidad.

Críticas a la idea de progreso y el determinismo tecnológico

Esta racionalidad tecnológica moderna que sustenta el sistema capitalista preserva ideológicamente su base tecnológica material gracias a la fusión y retroalimentación de las ideas de progreso tecnológico con la tesis del determinismo. Como consecuencia, se instalan las siguientes creencias sobre el curso del desarrollo tecnológico: que hay una necesidad técnica que va marcando un camino y que el objetivo final de ese recorrido es la eficiencia (Feenberg, 1999: 77).

La noción de progreso tecnológico que sostiene la modernidad se basa entonces en la creencia de que hay una necesidad inmanente que abre las potencialidades y determina cuáles serán las mejores opciones sobre la base de la eficiencia de sus diseños. Esto quiere decir que el avance de un artefacto a otro, de un sistema a otro, se justifica por sus aptitudes exclusivamente técnicas para mejorar un proceso que ya se efectuaba con menores recursos y en el menor tiempo posible. Y este desarrollo se ve como un progreso obvio y transparente por sí mismo. Esta pauta está tan arraigada en las prácticas culturales, que cualquier proceso de digitalización se percibe por sí mismo como un avance, aun cuando dificulte aún más una tarea.

A su vez, esta concepción del progreso tecnológico necesario e inmanente se enlaza con la tesis determinista, porque se considera que

1. El patrón de progreso técnico es inalterable y se mueve por un mismo carril en todas las sociedades. Aunque los factores políticos, culturales y otros pueden influir en el ritmo del cambio, no pueden alterar la línea general del desarrollo que refleja la lógica autónoma del descubrimiento.
2. La organización social debe adaptarse al progreso técnico en cada etapa de desarrollo de acuerdo con los requerimientos “imperativos” de la tecnología. Esta adaptación realiza una necesidad técnica subyacente (Feenberg, 1991: 122-123 y 2002: 138-139).

El progreso bajo esta mirada se presenta como un proceso automático, lineal y de creciente dominio. Cada paso en el avance remite a los anteriores y los implica necesariamente, de modo que no es posible alterar su curso sin pagar algún costo social y económico. Las sociedades avanzadas definen el modelo a seguir para las subdesarrolladas, a través de la apropiación e implementación de tecnologías universalmente eficaces. Así pues, todavía hoy los llamados planes de modernización de un país suelen consistir en la exportación de diseño y tecnología de un país desarrollado.

Tanto el determinismo como el esencialismo obstaculizan y distorsionan la comprensión del diseño y la producción tecnológica porque asumen como real una serie de consecuencias y atributos que se distinguen a nivel teórico y tienden a consolidar abstracciones, así olvidan u ocultan el origen histórico y social de ciertas tecnologías. Esto se denomina proceso de “cierre”.

En el proceso de cierre, los dispositivos o procesos tecnológicos son descontextualizados de su origen, se abstraen de las condiciones históricas y sociales de las que surgen y se constituyen como algo dado. El proceso de diseño, de producción y de aplicación de las innovaciones tecnológicas queda encubierto en una “caja negra” y “… una vez que la caja negra se cierra, sus orígenes sociales son rápidamente olvidados […] el artefacto aparece como algo puramente técnico, incluso inevitable. Esta es la fuente de la ilusión determinista” (Feenberg, 1999: 11).

Para Feenberg, no hay que abandonar el ideal de progreso, pero para que sea posible una transformación tecnológica, hay que derribar la tesis del determinismo tecnológico y también dejar de lado las posiciones sustancialistas. Estas últimas representan un obstáculo porque creen imposible cambiar el rumbo de un sistema productivo cuyo objetivo es la esclavización del ser humano y que, a lo sumo, solo puede limitarse mediante salidas éticas o procesos de renovación espiritual al estilo de Heidegger y Ellul.

Tula Molina y Giuliano cuestionan el rechazo de Feenberg a las soluciones éticas o de revisión humanista de la técnica, porque piensan que, en principio, no serían incompatibles con la revisión política de los sistemas sociotécnicos, y expresan:

¿es realmente inútil posicionarnos de un modo sustancial (moral, espiritual) con relación a la tecnología y su innovación? Si de lo que se trata es de involucrarnos hacia una sociedad que permita desarrollar “todas las dimensiones de nuestra existencia”, y la reflexión sobre la tecnología supone una reflexión sobre nosotros mismos, ¿por qué no explorar también estas dimensiones para cambiar nuestra actitud frente a la crisis energética y ambiental? (Tula Molina y Giuliano, 2015: 188).

Desde mi punto de vista, los planteos éticos son valiosos únicamente cuando buscan complementar procesos más profundos de transformación política. Desde la teoría crítica de la tecnología, un proceso de transformación solo es posible por la organización política, comunitaria y colectiva frente a un enorme aparato material e ideológico que sofoca cualquier intento de subversión. Por otra parte, una renovación espiritual, como la que sostienen Heidegger y Ellul, no necesariamente se conecta con una organización colectiva para transformar el tecnosistema; puede acompañar, sin contradicción, la reproducción del sistema capitalista. Por tanto, considero que es necesario articular siempre cualquier propuesta de renovación espiritual o límites éticos con una profunda revisión política de las consecuencias de los principios, planes o soluciones que se defienden.

Lo cuestionable de las propuestas de renovación ética mencionadas es que suelen defender el determinismo. Para presentarlo de una manera clara, voy a exponer esta idea como argumento: frente al reconocimiento de los riesgos y daños que generan los sistemas tecnológicos, la salida ética consiste en proponer un cambio de actitud frente a la tecnología, como la serenidad o la precaución; esto supone que no se puede cambiar la trayectoria del curso tecnológico, entonces se apelan a estas limitaciones o reacciones. En cambio, si uno considera que es posible transformar el sistema tecnológico, plantea cuáles son los procesos mediante los cuales efectuar dicho cambio, es decir, una solución sociopolítica. Por supuesto, la transformación de un sistema puede implicar una serie de principios y pautas morales propias, pero principalmente se trata de un cambio profundo en las relaciones de poder y cómo se articulan técnicamente.

Los deterministas sostienen que el progreso tecnológico es autónomo y puede explicarse por criterios intrínsecos sin remitirse al contexto social. La narrativa determinista presenta los acontecimientos como si el resultado final estuviera ya contenido en los previos, como si el desarrollo histórico acaecido fuera inevitable. Sin embargo, cualquier tecnología, al momento de implementarse en una sociedad, adquiere interconexiones simbólicas, interpretaciones culturales, valores, actitudes y criterios locales que alteran su curso de desarrollo. La creencia de que la tecnología tiene un curso necesario a priori e independiente de su contexto es desmentida constantemente por los estudios históricos de la tecnología. Por eso, contra el determinismo, Feenberg enfatiza la contingencia del desarrollo tecnológico para mostrar sus intrincados cambios y rumbos a partir de la participación y acción política de los grupos sociales.

La ilusión determinista impide entonces la proyección de un futuro distinto, porque acapara la lectura de la contingencia bajo el molde de la lógica presente, comprendida, además, como el orden racional y efectivo. No hay transformación posible si no se abandona el determinismo y la abstracción de la técnica. Aquí vemos cómo aplica el análisis histórico para mostrar que la idea de una tecnología autónoma e independiente es solo un mito, dado que siempre estuvo atravesada por motivos y factores sociales y políticos (Stump, 2006: 4).

Entonces, la alternativa política no determinista de Feenberg se resume en las siguientes afirmaciones:

1. El diseño técnico no está determinado por un criterio general como la eficiencia, sino por un proceso social que diferencia las alternativas técnicas de acuerdo con una variedad de criterios específicos según el caso.

2. Que el proceso social no se trata de satisfacer las necesidades humanas “naturales”, sino que concierne a la definición cultural de las necesidades y, por lo tanto, a los problemas a los que se dirige la tecnología.

3. Las definiciones rivales reflejan visiones conflictivas de la sociedad moderna realizadas en diferentes elecciones técnicas (Feenberg, 1999: 83-84).

Estas tesis resaltan las relaciones y tensiones entre grupos sociales, intereses, culturas y factores ideológicos en la comprensión de la tecnología. De allí que es preciso examinar la historia de los conflictos entre grupos y cómo se logra finalmente un acuerdo o se impone una decisión también en el seno del diseño tecnológico, considerando que la tecnología es el terreno en disputa por excelencia, especialmente a partir de la modernidad.

El desarrollo tecnológico es el campo de batalla social de diferentes proyectos civilizatorios. No se trata de un modelo lineal, sino que admite la multiplicidad de potencialidades de desarrollo al que las sociedades se adaptan pero que, a su vez, también son adaptadas a las instituciones sociales (Feenberg, 2002: 143).

Así, por ejemplo, se denuncian los malos usos de la informática y la computación en la difusión de mensajes y en la comunicación, y la impotencia de los agentes para modificar las condiciones de las comunicaciones mediadas tecnológicamente. Estas denuncias asumen que la computación nació originalmente como un mecanismo destinado a las comunicaciones, función que no logra satisfactoriamente. Sin embargo, la computación aparece inicialmente en ámbitos empresariales o científicos con el propósito de difundir ciertos datos, y luego el uso comunicativo que los distintos actores sociales comenzaron a otorgarle tuvo que ser contemplado e incorporado en el diseño posterior de las innovaciones computacionales.

Desde la teoría crítica de la tecnología, el modelo de progreso hasta ahora implementado es solo uno de los tantos posibles y, justamente, para proponer alternativas viables al modelo establecido de progreso tecnológico, es necesario abandonar las posiciones neutrales y deterministas y, en cambio, revisar los sistemas tecnológicos como sistemas culturales e históricos que involucran múltiples valores, además de los económicos y técnicos, como los éticos, los estéticos y los políticos.

Socialismo e índices de transición

En la perspectiva política de Feenberg, especialmente en su obra Transformar la tecnología, el horizonte de transformación es la transición a un modelo socialista, que requiere el abandono de una concepción no determinista y la aceptación del carácter contingente del socialismo. Así pues, Feenberg propone una transición al socialismo en términos de una potencialidad de los sistemas tecnológicos que debe abrirse camino en el diseño, y no con la irrupción de la administración socialista sobre la misma base tecnológica disponible. Es decir, los sistemas tecnológicos permiten el surgimiento de innovaciones que sustentan una alternativa liberadora frente a la represión y explotación capitalista; aunque sean obstaculizados y sofocados por el avance tecnológico imperante. Por tanto, su propuesta consiste en permitir que la potencialidad se concrete, profundizar y sostener esas transformaciones abiertas en lugar de la apropiación de los sistemas tecnológicos actuales. Esta posición es recurrente a lo largo de sus trabajos en los análisis de movimientos y casos históricos concretos −que ejemplifican la plausibilidad de un nuevo modo de organización social− pero aparece examinada más sistemática o propositivamente en Transformar la tecnología.

El fundamento de esta interpretación podemos rastrearlo en Marcuse, para quien el sistema unidimensional explota las posibilidades económicas, el cálculo y la manipulación de los objetos, pero mantiene latentes aquellas vinculadas al placer y lo erótico: “Las potencialidades de los objetos se enfocan en una participación activa con ellos como conjuntos, en lugar de a través de la contemplación calculadora de sus componentes manipulables: ‘receptividad creativa frente a productividad represiva’” (Marcuse, 1974: II, 286). Dichas potencialidades son los elementos positivos que no pueden canalizarse en los dispositivos actuales ni pueden explicarse desde la funcionalidad técnica. La noción de potencialidad permite superar la dicotomía ideal/real de las utopías porque expresa que las propuestas concretas de cambio emergen de las prácticas sociales actuales, están allí disponibles y pueden actualizarse en la medida en que surja un modelo transicional dinámico que las encauce. Para ejemplificar este punto, podemos advertir cómo las dinámicas productivas alienan a los trabajadores generando un imperativo de productividad e hiperactividad constante en lugar de la exploración de la creatividad y el aprendizaje en los espacios de trabajo; a su vez, esto se refuerza en las lógicas de consumo y entretenimiento actuales, que fomentan la continuidad de esa hiperestimulación constante y generan un goce agobiante en lugar de instancias de desconexión y placer más equilibradas.

El proceso de transición hacia un socialismo, a partir de las potencialidades liberadoras abiertas en el sistema tecnológico, constituye un proceso de transformación civilizatorio. No se trata únicamente de un cambio en el sistema productivo únicamente, sino la exploración de una trayectoria de desarrollo cultural global basado en valores diferentes. Por ello, una transformación a una sociedad más equitativa implica una modificación radical de todos los espacios, instituciones y prácticas sociales, aunque apunte como campo privilegiado a la base tecnológica.

En la propuesta de Feenberg, esta transición no puede efectuarse, como en el marxismo tradicional, a través de una revolución. Si bien una modificación radical de un aspecto del sistema abre el espacio para el avance de prácticas diferentes y desarrollos tecnológicos guiados por otros principios y dinámicas de poder, también es posible y probable que repitan y perpetúen las mismas organizaciones opresoras y autoritarias del capitalismo; esto es, que devengan en una reversión de la misma dinámica capitalista. Las transiciones, en este sentido, son ambiguas y, por eso, es preciso identificar qué indicadores señalan que efectivamente se está logrando un avance en la transformación o si se sigue reproduciendo el modelo dominante.

Estos indicadores van anunciando cambios en el sistema productivo vigente cuando se presentan prácticas sociotécnicas que, desde la racionalidad moderna y capitalista, lucen como económicamente irracionales o administrativamente ineficaces, pero que trazan pistas para la transición hacia otras formas de organización social. Por ejemplo, un marcador de cambio puede ser la configuración de una dinámica de acuerdos entre trabajadores, que puede representar una demora desde el punto de vista del ritmo productivo esperado, pero que posibilita la agencia de los protagonistas del proceso laboral. Estas prácticas se denominan “índices de transición”, ya definidas por Marx y Engels como aquellas que

parecen ser económicamente insuficientes e insostenibles, pero que, en el curso del movimiento, se superan a sí mismas, requieren más avances sobre el antiguo orden social y son inevitables como un medio para revolucionar por completo el modo de producción (Marx y Engels, 1979: 30).[11]

Ejemplos de medidas contemporáneas de transición son la propiedad pública, la democratización de la administración, la ampliación de la educación más allá de los objetivos marcados por la economía y el sistema productivo, la formación profesional y la ampliación de capacidades de los trabajadores.

Ahora bien, la revisión de la teoría marxista de Feenberg busca superar la planificación económica y la administración social de una industria capitalista heredada que, como proyectos de socialización, fracasaron en los hechos por la fragmentación y la reconversión de los cambios por el sistema industrial capitalista. Por ello, su teoría crítica de la tecnología pretende toda una modificación política y civilizatoria mediante el cambio de las condiciones culturales y tecnológicas recalificando la mano de obra.

En el caso de Feenberg, esta transición supone tres procesos: la socialización, en la que se planificaría la distribución de la producción hasta lograr la desaparición del mercado; la democratización, que suprimiría las desigualdades políticas, sociales y económicas propias de las sociedades de clase; y la innovación, que daría lugar a una alternativa de desarrollo tecnológico que borre o elimine la división tajante entre trabajo manual e intelectual (Feenberg, 2002: 149).

La socialización no tiene el énfasis puesto en la nacionalización de los medios privados de producción, ya que es insuficiente solo designar una nueva administración para la misma base tecnológica que tiende estructuralmente a conservar el carácter jerárquico y autoritario en sus procesos. Este proceso consiste en identificar los rasgos propios del capitalismo codificados técnica y administrativamente para transformarlos. Entonces el foco debe estar puesto en la configuración que tendría una propiedad pública de los medios de producción: cómo se organizaría su administración de manera horizontal, qué mecanismos podrían articular esta nueva modalidad, cómo generar suficientes recursos para sostenerla, qué instancias de acuerdos pueden codificarse para determinados aspectos. Como proyecto civilizatorio, las transformaciones socialistas articulan nuevas formas y prácticas culturales y políticas con las modificaciones en la base tecnológica, como lo fue la institución de la ciudadanía en relación con la abolición de la sucesión o la constitución de la infancia moderna en relación con la limitación gradual del trabajo infantil en los ámbitos laborales (Feenberg, 2002: 150).

Así pues, para explicar cuál es la idea que tiene de praxis transformadora arraigada en los sistemas tecnológicos explora el caso de la progresiva eliminación del trabajo infantil a mediados del siglo XIX. Usualmente los dueños de las fábricas consideraban que había tareas en las que solo los niños eran más eficientes, como las tareas de limpieza que implicaban que los niños podrían meterse debajo de la maquinaria, liberar atascos de hilos en los telares, recoger los desechos o realizar tareas repetitivas o monótonas sin protestar. Con la introducción de maquinaria, cuyas dimensiones solo permitían la operación por parte de adultos, ya sea por sus configuraciones de diseño, las medidas y anatomía tomada como referencia, todas esas ventajas atribuidas al tamaño de los infantes se transformaron en problemas técnicos concretos y se terminó de materializar efectivamente la exclusión de los niños de las tareas productivas con una fuerza mayor que la regulación jurídica.[12] Al mismo tiempo, la expulsión de los niños del mercado laboral se articuló con la redefinición del infante trabajador: surgió una nueva visión de la infancia como una etapa de aprendizaje pero también de consumo, con los consecuentes cambios culturales y políticos que tal redefinición implicó. A pesar de que en algunos países sigue existiendo el trabajo infantil, la expulsión de los niños de los mercados laborales produjo un cambio tan drástico en la cultura que, en general, no se podría revertir con facilidad, pues no se aceptaría como solución para la reducción de costos volver a introducir niños en el proceso laboral –aclara Feenberg, no al menos en los países desarrollados (Feenberg, 2010)–.

La base material de los cambios civilizatorios o culturales son configuraciones técnicas concretas. Cualquier cambio que se pretenda lograr en términos de socialización y democratización del sistema productivo debe codificarse técnicamente. Por ello, aunque se logre el control estatal de la industria, si no se modifican el acceso a los saberes, el desarrollo de habilidades y la participación democrática de los trabajadores, no habrá una diferencia significativa en el modelo civilizatorio.

En este proceso de socialización, la riqueza y la educación adquieren un valor diferente al que tienen en la cultura económica capitalista. En el actual modelo, la riqueza se mide en función de productos y mercancías, es decir, del consumo; mientras que para el socialismo marxiano está en relación con las capacidades y habilidades humanas. De esta manera, la educación cobra un nuevo sentido porque deja de percibirse como una inversión para la productividad y la eficiencia y, en cambio, es apreciada como el proceso por el cual los sujetos desarrollan nuevos aprendizajes y saberes, con el fin de enriquecer la variedad de ocupaciones y experiencias. Esta formación además posiciona a los sujetos en otras condiciones al momento de su participación e inclusión en procesos de toma de decisiones, como señalo en el último capítulo.

La educación no es una inversión, sino un índice del bienestar y la riqueza de los sujetos. En este enfoque, ocuparía mayor tiempo libre, lo cual redundaría en mayor cualificación para el trabajo. Al mismo tiempo, puede incrementar la eficacia, mejorar el desempeño laboral y, en consecuencia, podría reducir la jornada de trabajo para acrecentar el tiempo libre. Así, el proceso de socialización buscaría la ampliación del papel del conocimiento, las cualificaciones laborales y la participación democrática, en lugar de solo el control estatal de la industria.

Así pues, la socialización y la ampliación de los saberes y conocimiento de la fuerza de trabajo son fundamentales para la transición. La socialización no queda únicamente atada a la maquinaria, la propiedad, los medios de producción, sino que debe extenderse también a los conocimientos monopolizados por la administración. Este aspecto es importante porque el incremento del nivel cultural de la fuerza de trabajo permite ampliar el margen de autonomía y de toma de decisión desde la pequeña élite a toda la fuerza laboral, es decir, habilita la democratización. A su vez, esta ampliación de la autonomía y capacidad de toma de decisiones técnicas se convierte en un incentivo más para la educación. De modo que la ampliación del capital cultural requiere calificar a toda la fuerza laboral, y no solo a una pequeña élite, para participar de manera efectiva en la administración y la política y, al mismo tiempo, proporcionar el volumen de recursos intelectuales necesarios para aprovechar las opciones tecnológicas que dependen de las habilidades y capacidades de los trabajadores.

Por otra parte, los esfuerzos puestos en la educación se ven plasmados, estima Feenberg, en el diseño de nuevos y mejores desarrollos tecnológicos que dependen de las nuevas capacidades y habilidades de los sujetos formados en este marco educativo socialista. La participación política de nuevos agentes calificados abre el campo de criterios desde los que se juzgan las propuestas técnicas y las propuestas de soluciones a problemas técnicos; es decir, genera innovación tecnológica. Nuevas definiciones de los objetivos e intereses económicos, de educación, de distensión y ocio, de consumo y bienestar comenzarán a orientar la búsqueda de soluciones a los problemas y necesidades técnicas. La competencia cultural y la responsabilidad social serían los nuevos parámetros de la lógica socialista de producción.

La organización del trabajo para las innovaciones dejará de ser una tarea solitaria de ingeniería profesional para pensarse como una actividad colectiva. Junto a la democratización, da lugar a la creatividad y la originalidad de los grupos de trabajo, que ya no se enfrentan al aletargamiento, monotonía y estancamiento burocrático del modelo soviético. Hay experiencias donde las grandes empresas bonifican las ideas novedosas de trabajadores profesionales y no profesionales; aunque estas experiencias distan bastante del proyecto de Feenberg, marcan trayectorias posibles de transformación. El fomento de la creatividad y la participación política de todos los trabajadores, su cualificación y la nueva concepción de educación conducen a eliminar la distinción entre trabajo manual y trabajo intelectual, puesto que la fuerza de trabajo calificada no estaría dividida en profesional y no profesional, con sus correspondientes desigualdades políticas, económicas y sociales.

Los sujetos de la transformación y sus márgenes de maniobra

Uno podría pensar cuál es el valor de estas experiencias de resistencia si finalmente no constituyen cambios drásticos de la lógica productiva actual. En este contexto, conviene introducir la discusión sobre los sujetos y su capacidad de agencia en el marco de la teoría crítica de la tecnología. En principio, podemos identificar dos tipos de agencias: una privilegiada, que define las pautas del sistema productivo, y otra restringida por la norma impuesta. Una concepción tecnocrática pone el acento en la visión de la administración, enfocada estrictamente en la eficiencia, en los aspectos materiales y técnicos. Sin embargo, un análisis hermenéutico de los múltiples significados y dinámicas de disputa de los sistemas tecnológicos devela que siempre hay intentos de apropiación de los usuarios, que revelan otros rasgos estéticos, éticos o culturales, omitidos en la lectura económica y técnica de los dispositivos tecnológicos.

Ahora bien, a pesar de que ambas perspectivas son igualmente atribuibles a la tecnología y que, efectivamente, son relevantes a la hora de definir los procesos de diseño, hay una priorización estructural intencionada de las interpretaciones y acciones de los agentes técnicos por sobre los intereses de los usuarios. Al separar ambas esferas, se disocia el ámbito del diseño y la producción del ámbito de la aplicación; los usuarios (y los trabajadores) solo pueden responsabilizarse por los usos y significados que atribuyen al dispositivo ya diseñado, pero, prácticamente, no tienen ninguna injerencia en el espacio delimitado para los agentes técnicos, a saber, el diseño y la producción.

Siguiendo a Foucault, Feenberg señala que en las sociedades contemporáneas no puede pensarse el poder como una acción personal soberana que se ejecuta sobre el sistema técnico. No podemos entender las dinámicas sociales como un poder soberano, encarnado en una persona o institución –por ejemplo, el rey– cuyas acciones se perciben como provenientes de una posición social preeminente. En nuestras sociedades, el poder se comprende en el marco de prácticas socioculturales que, en cierto sentido, son anteriores y fundantes de los sujetos que las experimentan. Entonces son las prácticas tecnológicas las que definen los posicionamientos y generan subjetividades a través de los códigos que imponen y regulan las acciones dentro del sistema sociotécnico.

En Tecnosistema, utiliza la imagen de M. C. Escher “manos dibujando” como analogía para explicar la coproducción entre sociedad y tecnología. Al crear los sistemas tecnológicos, los sujetos también perfilan sus capacidades y posicionamientos. Ninguna agencia puede controlar plenamente el proceso tecnológico (desde afuera y desde arriba), pero tampoco le resulta ajeno. Este círculo de coproducción va constituyendo el tecnosistema y las subjetividades o agencias en relaciones de interacción mutuas (Feenberg, 2017: 10).

De allí que el análisis no está centrado en identificar ni ontológica ni políticamente la clase o sujeto que llevará adelante la transformación tecnológica, sino en las lógicas estructurantes de las subjetividades, los movimientos y las prácticas sociales desde la dinámica y posicionamientos que van ocupando las diferentes agencias definidas por el código técnico capitalista. Su explicación de la acción humana está disuelta en poderes y capacidades habilitadas por la interrelación con los sistemas técnicos, similarmente a la visión de la teoría del actor red (Latour, 1988).[13]

Así pues, no es una clase social, o un grupo social determinado como la clase de los trabajadores, la protagonista de la transformación de la tecnología. Las prácticas de resistencia y de apropiación de las tecnologías están en manos de movimientos flexibles, horizontales, cambiantes y, por ello, fácilmente solubles. Veremos en el capítulo 6 casos específicos en los que se examinan las relaciones, las estrategias y tácticas empleadas para poder introducir los intereses participantes en el diseño de un tratamiento o dispositivo técnico. En este marco, las instituciones tradicionales como el Estado y sus administraciones son el producto de dinámicas y lógicas de centralización del poder que impiden cualquier avance en la democratización técnica.

Si la transformación es posible, Feenberg cree que debe serlo desde los sujetos implicados en los sistemas sociotécnicos de manera activa y participativa, no desde la mera ocupación de posiciones públicas o cambios de administración pública. Desde su perspectiva, las instituciones políticas son los lugares más concentrados, verticales y resistentes a la democratización de las decisiones. Lo que hay que redefinir, en todo caso, son las reglas de juego, y esta reconfiguración, como lo muestra la imagen de Escher, comportaría una transformación de las instituciones.

Al respecto, Tula Molina y Giuliano objetan que hay ocasiones en que los cambios se promueven desde el Estado, y citan el ejemplo de la Ley 26.522, de Servicios de Comunicación Audiovisual, en Argentina implementada en 2009, cuyo objetivo era

… la regulación de los servicios de comunicación audiovisual […] y el desarrollo de mecanismos destinados a la promoción, desconcentración y fomento de la competencia con fines de abaratamiento, democratización y universalización del aprovechamiento de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Según estos autores en este ejemplo el aparato burocrático estatal operó como facilitador de las estrategias democratizadoras (Tula Molina y Giuliano, 2015: 200).

Pienso que Feenberg no niega la posibilidad de que el Estado pueda, a veces, facilitar o propiciar transformaciones; en el caso de Minitel muestra cómo la política de modernización favoreció la apropiación democrática de Videotex.[14] Las prácticas democratizadoras las ejercen los ciudadanos al apropiarse de los sistemas tecnológicos, en este caso de los sistemas de comunicación audiovisual. Pero la creación de una ley no garantiza las tácticas democratizadoras, ni su mediación opera siempre para ampliar el margen de maniobra de los sujetos marginados por los códigos técnicos. Con frecuencia, esa intervención debe ser constantemente reconducida, interpelada y reclamada por los sujetos, en articulación con otras instituciones que afianzan la organización democrática. Suelen ser, por ejemplo, las universidades públicas, las asociaciones civiles, las organizaciones sin fines de lucro, los gremios de trabajadores los que intentan liderar los esfuerzos para no ser arrastrados por las decisiones arbitrarias o impuestas por los representantes o instituciones gubernamentales que intervienen. En los países donde la inversión en desarrollo científico tecnológico proviene principalmente del Estado, es todo un desafío pensar cómo articular las agencias para avanzar en la democratización de la tecnología. Sin embargo, debo conceder que falta en la obra de Feenberg una revisión de las dinámicas geopolíticas, las desigualdades que se generan entre países productores y consumidores de desarrollo tecnológico, el papel del Estado como principal inversor en materia de innovación tecnológica y las políticas de implementación tecnológica en los países “en vías de desarrollo”.

Para entender estas relaciones dialécticas y dinámicas entre sujetos e instituciones, hay dos conceptos centrales en la teoría crítica de la tecnología, a saber, autonomía operacional y margen de maniobra, que remiten tanto a los agentes como a las estructuras que les otorgan poder. Estas categorías son redefiniciones tomadas de la obra de Michel de Certeau, que entiende que los sujetos no son meros receptores pasivos, sino que ejercen resistencia y readaptación a las reglas que se les imponen. También propone que el análisis sociológico no puede detenerse en la descripción de una estructura –cambiante o no, pero global al fin– sino que debe explorar en la oscuridad de las prácticas cotidianas para mostrar estas maniobras que suelen parecer insustanciales desde el punto de vista de la globalidad (De Certeau, 2010).

En La invención de lo cotidiano (1980), Michel de Certeau propone explicar esta dinámica de inequidad política a partir de las nociones de “estrategias” y “tácticas”. Afirma que la estrategia “postula un lugar susceptible de ser circunscrito como algo propio y de ser la base donde administrar las relaciones con una exterioridad de metas o de amenazas (los clientes o los competidores, los enemigos, el campo alrededor de la ciudad, los objetivos y los objetos de la investigación, etcétera) (De Certeau, 2010: 42). La estrategia representa la posición del grupo dominante, marca un lugar propio y las reglas de juego, se opone a quienes desacatan esas reglas y los doblega mediante acciones de instauración y regulación de las prácticas cotidianas. Abordar las estrategias como análisis de la vida cotidiana es enfocar las prácticas “desde arriba”, desde la mirada de la administración.

Por otro lado, los sujetos sometidos por las estrategias no se limitan a la mera ejecución de las reglas impuestas, sino que se apropian de ellas, buscan intersticios en los que la estrategia no tiene fuerza, generan espacios minúsculos de resistencia. Por ello, es importante analizar también las prácticas de oposición en las que aparecen otros elementos que escapan a la mirada global y atienden al juego de resistencias de los grupos dominados. Estas acciones se denominan “tácticas”, que sería “la acción calculada que determina la ausencia de un lugar propio… no tiene más lugar que el del otro” (De Certeau, 2010: 43). Además, las tácticas actúan en posición de retirada y defensiva en el terreno delimitado y organizado por la ley de una fuerza extraña. No tienen la capacidad de darse un proyecto global ni sostenerse a sí mismas. Las tácticas obran entonces en el espacio gobernado por la administración, gradualmente, aprovechando las ocasiones fugaces porque, justamente, operan sobre el campo propio del otro dominante. Su dinámica es ocasional y dispersa, depende de las fallas y quiebres del control desde arriba; opera como lo hace un cazador furtivo, a la espera de la oportunidad propicia.

Feenberg reinterpreta estas nociones críticamente para explicar la dinámica general de las relaciones entre los sujetos en el sistema tecnológico; así, las estrategias se reconocen como “autonomía operacional”, esto es, “la libertad de la administración para tomar decisiones independientes sobre cómo llevar a cabo las actividades de la organización que supervisa, independientemente de las opiniones o intereses de los actores subordinados y la comunidad circundante” (Feenberg, 2002: 16). Los intereses y valores de la clase dominante se cristalizan en el código técnico del sistema productivo que opera como regla general que tiende al beneficio y concreción de estos intereses.

La autonomía operacional consiste en la selección iterativa entre alternativas técnicas que terminan finalmente por maximizar y monopolizar la capacidad de iniciativa; los agentes y las estructuras que detentan la autonomía operacional definen, entonces, el código que guía las producciones e innovaciones tecnológicas. Sin embargo, ese control nunca es total, hay puntos ciegos que escapan a la definición o imposición de delegaciones o codificación de los intereses de los grupos dominantes.

Así pues, las tácticas constituyen el “margen de maniobra” de los grupos dominados:

Así como la autonomía operacional sirve como la base estructural de la dominación, también los dominados ganan un tipo de autonomía diferente, una autonomía que trabaja con el “juego” del sistema para redefinir y modificar sus formas, ritmos y propósitos. Llamo a esta autonomía reactiva “margen de maniobra”. Puede ser usada para una variedad de propósitos en organizaciones técnicamente mediadas, incluyendo el control del ritmo de trabajo, la protección de los colegas, improvisaciones productivas no autorizadas, racionalizaciones e innovaciones informales, y otras. La acción en el margen puede reincorporarse en estrategias, a veces en formas que reestructuran la dominación a un nivel más alto, a veces de maneras que debilitan su control (Feenberg, 2002: 84).

El margen de maniobra no siempre representa una oposición o transformación del sistema, es ambiguo en sus potencialidades: puede representar un cambio incompatible con el código, lograr modificaciones en los procesos y ritmos de trabajo o simplemente diluirse en el código técnico global. De esta manera se explica el interjuego de relaciones y reposicionamientos entre las líneas generales de desarrollo del tecnosistema y las resistencias de los distintos grupos dominantes, con su relativa incidencia en los códigos técnicos del sistema productivo (Feenberg, 1991: 86; 1999: 112).

En esta interpretación la desigualdad entre los sujetos no tiene que ver principalmente con la posesión o no de los medios de producción, sino con la posibilidad política de definir qué intereses se materializan en los procesos de diseño y cuáles serán legitimados en indicaciones y especificaciones técnicas que luego se difunden a todo el sistema social. Así se diluyen las viejas consideraciones de los sujetos en grupos o clases sociales con intereses y estructuras definidas, con un relativo nivel de organización:

Una vez inscritos en una red, los individuos no sólo adquieren nuevos intereses, sino que en algunos casos también adquieren un conocimiento situado de la red y un poder potencial sobre su desarrollo. Este conocimiento desde abajo y el poder interno son diferentes del conocimiento y el poder de los individuos que no tienen conexión a la red. Incluso sin calificaciones expertas, los que están dentro de la red pueden identificar problemas y vulnerabilidades. Tienen una plataforma para cambiar los códigos de diseño que dan forma a la red. Esta es una coproducción consciente: las interacciones recíprocas de los miembros de la red y los códigos que definen roles y diseños (Feenberg, 2017: 53).

Por ello, en lugar de pensar en “sujetos políticos”, quizás sea más apropiada la noción de agencia, propia de la línea constructivista. Feenberg considera que las agencias relevantes son definidas por los códigos técnicos en los que se intenta materializar sus intereses participantes. Su análisis político no explica –tampoco pretende hacerlo– la necesidad de coordinación y mediación de instituciones políticas tradicionales, como los partidos políticos. Cuando se refiere a experiencias colectivas de agencia lo hace en términos de movimientos o redes participativas, como la de los colegios profesionales u organizaciones sociales, es decir, aquellos que tienen un interés específico en algún sector del tecnosistema (laboral, médico, ambiental).

Esta concepción de la agencia, proveniente del constructivismo social de la tecnología, se articula con la pérdida de esperanza en la clase trabajadora como agente revolucionario del marxismo. Ahora bien, como las agencias son definidas por los códigos técnicos y no todos los sujetos tienen los mismos intereses y conocimientos para modificar un código de una determinada práctica, no se pueden generalizar las condiciones y características de los agentes a priori. Esto quiere decir que no podría pensarse en un movimiento global que pretenda cambiar la totalidad del tecnosistema, al estilo en que podría formularse una revolución. El modo en que se entienden las transformaciones históricas concretas es más bien local, se sitúa en un sistema sociotécnico específico. De allí que las agencias se delimiten o perfilen en la interacción de cierres, ampliaciones, conflictos y pujas entre la autonomía operacional y el margen de maniobra:

La agencia, en el sentido en que la uso, no es una cuestión de preferencia arbitraria, sino que está arraigada en las experiencias asociadas con situaciones sociales específicas. Los sistemas técnicos inscriben individuos en redes que los involucran en diversos roles, por ejemplo, como usuarios de la tecnología o trabajadores que la construyen o, incluso, como víctimas de sus efectos secundarios imprevistos. Los intereses surgen de estos roles y se vuelven políticamente relevantes cuando los individuos tienen la capacidad de reconocerlos (Feenberg, 2017: 53).

Por tanto, la agencia se caracteriza por la capacidad de reconocer sus intereses participantes, es decir, por su conciencia. La reflexión, como capacidad distintiva de los agentes intencionales, es la clave para romper con la noción simétrica del constructivismo y con las idealizaciones de los sujetos capaces de llevar adelante la transformación en las versiones utópicas o deterministas del marxismo.

Gran parte de sus consideraciones sobre los actores sociales capaces de llevar adelante las transformaciones necesarias para la transición socialista pueden entreverse en los casos y ejemplos que somete a consideración. En su análisis del movimiento del Mayo francés, de los movimientos ecologistas, feministas, de la comunidad de pacientes con HIV, Feenberg sugiere que su concepción de la agencia capaz de llevar adelante los cambios es aquella de movimientos amplios, masivos en algunos casos, cuya heterogeneidad está atravesada y cohesionada por los “intereses participantes”.[15]

Ahora bien, las principales características de los movimientos, además de su heterogeneidad, son las redes de interacción informal, las creencias o principios compartidos y la acción colectiva en torno a temas conflictivos, con una organización basada en una coordinación de las acciones descentralizada y flexible entre diversas agrupaciones, subculturas o coaliciones (Diani, 1992 y 2015).[16] Consideramos que, en el marco de la teoría crítica general de la tecnología, legada de la Escuela de Frankfurt, es comprensible que esta constituya los tipos de sujeto y acción que tiene en mente Feenberg. El problema se presenta a la hora de pensar el código técnico y la cristalización concreta y efectiva de la transformación en el sistema productivo.

Como el mismo Feenberg muestra en sus ejemplos y casos de análisis, los movimientos impulsan el cambio, pero no son los que definen el nuevo código técnico o la propuesta de redefinición. Suelen ser organizaciones específicas, instituciones intermedias, grupos de profesionales, incluso el Estado (como muestra el caso francés del Minitel). Sin embargo, Feenberg no explicita su posición sobre esta dinámica, ni cuál es la relación entre las coaliciones que efectivamente logran la redefinición técnica del código de diseño y los movimientos sociales más amplios. Si bien puede no constituir un punto de interés del autor, es necesaria la explicitación de algún tipo de articulación teórica al respecto, habida cuenta de que no toma la noción marxista de clases y que pondera, en el análisis de casos, los movimientos como principales agentes de transformación.

La democratización de la tecnología

El proceso de transformación civilizatoria propuesto por Feenberg se basa en la democratización de la tecnología, esto quiere decir, en la ampliación de la participación o el margen de maniobra de las agencias, expulsadas por los códigos técnicos capitalistas para poder tomar decisiones sobre las formas de vida de la comunidad. La democratización tecnológica implica garantizar que los actores que no poseen capital financiero, cultural o político accedan al proceso de diseño que en la sociedad capitalista está reservado a un grupo pequeño de actores que administran el sistema e imponen en cada diseño y desarrollo tecnológico los parámetros culturales que organizan las prácticas sociales.

Siguiendo los aportes de Barber (1984) y Sclove (1995), afirma que la participación ciudadana es mucho más que el voto y la lucha por los derechos, y que un proceso de democratización profunda implica un compromiso de los sujetos con la comunidad con las formas de vida gracias al involucramiento activo en las diversas propuestas de gestión y administración tecnológicas.

La democratización no necesariamente afectaría o ralentizaría el progreso tecnológico, sino que redefiniría los parámetros con los que se juzgan los avances al introducir nuevos intereses en el seno de los debates y decisiones de diseño. Sin embargo, la ampliación de la libertad de los trabajadores no siempre es deseada por ellos; por tanto, se dificulta la tarea de pensar cómo lograr la participación de ciudadanos que con frecuencia rehúyen involucrarse en los espacios de poder. Por eso las agencias se definen en cuanto los sujetos toman conciencia de sus intereses participantes y se movilizan para su codificación en los sistemas sociotécnicos.

Lo que une a los ciudadanos en redes de participación son los intereses participantes: “El concepto de intereses participantes se refiere a los diversos impactos personales de la actividad técnica: efectos secundarios, tanto beneficiosos como perjudiciales, precondiciones y consecuencias sociales, efectos en las condiciones de vida, etc.” (Feenberg, 1999: 140). Los ciudadanos comparten algunos intereses, como salud, seguridad, educación y formación profesional. La lucha política que se instala en la democratización y la representatividad es el reconocimiento de estos intereses como tales, que frecuentemente son ignorados u ocultados por posiciones ideológicas que truncan las demandas de ciertos sectores sociales. Por ejemplo, para reclamar tratamientos médicos respetuosos, los pacientes tienen que creer primero que hay una necesidad y un interés valioso, que debe ser reconocido en los códigos técnicos de las prácticas médicas y que no contradicen ni obstaculizan el desempeño profesional del personal de salud. Cuando los movimientos feministas comienzan a reclamar en contra de la violencia obstétrica, hay primero un reconocimiento y toma de conciencia de las acciones y prácticas que las violentan y cuáles serían deseables. En ese proceso, hay una dinámica compleja de subjetivación, de empoderamiento y autorización para la defensa de un trato respetuoso en oposición a la autonomía operacional médica que naturaliza prácticas violentas.

Este proceso de autorización y participación de los sujetos en los procesos de decisiones técnicas se denomina democratización “profunda”, inspirada en la democracia “fuerte” de Sclove:[17]

Llamaré “profundo” a un movimiento para la democratización cuando incluya una estrategia que combine la racionalización democrática de los códigos técnicos con los controles electorales de las instituciones técnicas. Una democratización profunda semejante alteraría la estructura y la base del conocimiento de la administración y la pericia. El ejercicio de la autoridad vendría a favorecer las agencias en dominios sociales técnicamente mediados (Feenberg, 1999: 147).

La democratización habilita entonces el espacio para las agencias de los sectores populares en los procesos de toma de decisiones técnicas, para lo cual es necesario erradicar la idea de que la participación popular constituye un obstáculo o un freno al desarrollo técnico. Al mismo tiempo, es necesario revisar la idea de que democracia es únicamente el reconocimiento de los derechos civiles, como el voto, sino también el derecho a participar activamente, transformar la organización de lo público, ampliando las capacidades y poderes de los grupos marginados.

La democratización se logra a través de intervenciones democráticas, que se clasifican de la siguiente manera:

  1. La primera modalidad es local, esto quiere decir que se producen intervenciones democráticas específicas llevadas adelante por activistas o miembros implicados en algún problema o conflicto específico. Suelen ser los sectores afectados por decisiones técnicas particulares los que promueven y reclaman su inclusión en el proceso de diseño de los sistemas y dispositivos tecnológicos, como, por ejemplo, los pacientes, los vecinos de un mismo barrio o los grupos vinculados por género. Estas intervenciones ocurren a posteriori, una vez que las prácticas tecnológicas ya están diseñadas y en funcionamiento. En estos casos, quienes ocupan la posición de “usuarios” o “de abajo” cuestionan y entran en conflicto con estas tecnologías. Ejemplos de este tipo de intervenciones son las protestas ambientales, boicots de consumo o en defensa de animales, paros y movilizaciones para el reconocimiento de tratamientos médicos, etc.
  2. Otro modo de intervención son las reapropiaciones del diseño tecnológico, que involucran ya los aspectos del diseño y la producción tecnológica en la medida en que los agentes redefinen creativamente los dispositivos o sistemas, hackean, alteran o reinventan las prácticas para hacer lugar a sus demandas e intereses. Por ejemplo, el sistema paralelo de tratamientos experimentales que generaron los pacientes con HIV para acceder a la medicación cuando esta les era negada. Feenberg identifica estas intervenciones también en la evolución de internet.
  3. Las acciones a priori del lanzamiento de tecnologías constituyen el tercer modo de intervención democrática, que suele presentarse en las instancias de evaluación y discusión del diseño tecnológico. Algunas de estas estrategias han sido codificadas en diversas legislaciones que regulan la participación de los ciudadanos en la decisión sobre grandes proyectos tecnológicos, especialmente en aquellos con gran impacto ambiental. Los comités de ciudadanos y los foros de consulta son algunos modos en los que se manifiestan, pero menos usuales que los anteriores (Feenberg, 2017).

Estas intervenciones democráticas tienen como objetivo ampliar el margen de maniobra de los grupos dominados en los sistemas tecnológicos. Pero no encontramos planteada una propuesta general o un marco más amplio de democratización, más que en estas tácticas específicas.

De los aspectos más criticados a la teoría crítica de la tecnología, quizás el más señalado es esta noción de democratización. No hay un análisis exhaustivo o una discusión más profunda de la idea de democracia, sino que está anclada en algunas de las ideas de Barber y Sclove con escasa presencia en su desarrollo teórico. Gerald Doppelt cuestiona justamente esta falta de desarrollo teórico sobre uno de los conceptos nodales de su teoría y sostiene que es necesaria una explicitación más detallada de su idea de democratización, para diferenciarla con claridad de la democracia liberal (Doppelt, 2006: 94 y ss.). Según Doppelt, hay un desfasaje entre sus ejemplos y su teoría en este punto; pues en el análisis de casos aparece una concepción de democracia basada en la búsqueda de la equidad de los distintos sectores sociales (paradigma de la equidad) y el reconocimiento de esta igualdad en el acceso a derechos; mientras que, en la teoría, se evidencia una concepción de democracia en tanto acceso a los procesos de tomas de decisiones y participación de distintos actores sociales (paradigma de la agencia). Quizás la solución consista en sustentar teóricamente la noción de democratización desde el paradigma de la equidad (Doppelt, 2006).

Siguiendo esta objeción, añado además que esta debilidad teórica se extiende a la caracterización concreta de las intervenciones democratizadoras. Si bien la teoría crítica de la tecnología no es un programa de acción política ni mucho menos un plan de socialización tecnológica, el riesgo de esta laguna argumentativa es que su propuesta de democratización sea tan abstracta que sea objeto de las mismas críticas que lanza a Marcuse (a saber, que no explicita las condiciones teóricas para que la transformación sea posible).

Por otra parte, Feenberg no plantea una posición clara respecto a la cuestión de la propiedad privada y sus posibles limitaciones, sobre la nacionalización de los recursos o medios de producción, porque su foco está puesto en los cambios que habrá que efectuar una vez que el acceso al diseño esté abierto para los sectores marginados. Este aspecto es cuestionado también por Doppelt (2006) que señala la ausencia de una reflexión sobre la propiedad privada.

Otro grupo de críticas apuntan más bien al proceso de democratización, las presento a continuación organizadas en tres puntos centrales.

1) La administración totalitaria es un “imperativo tecnológico” de la producción industrial. Si uno no respeta el avance del desarrollo tecnológico, se expone al fracaso y al retraso económico.

El primer grupo de críticas apunta a la factibilidad del proceso democratizador, puesto que los riesgos de no someterse al desarrollo tecnológico implican el retraso económico en una dinámica capitalista imperante. Para Douglas Kellner, la visión de Feenberg sobre las posibilidades democráticas de la tecnología es correcta o acertada en tanto le permite evadir el optimismo ingenuo y el pesimismo distópico; sin embargo, considera que respecto a las intervenciones democráticas, Feenberg “subestima las formas en que la tecnología se usa actualmente como un instrumento de dominación y lo difícil que es resistir, reestructurar y utilizarla para la reconstrucción social” (Kellner, 2017: 271). Kellner insiste en que el sistema sigue siendo tremendamente autoritario y que los casos que lograron algún cambio no son suficientes para dar cuenta de la posibilidad de la democratización de toda la esfera técnica, por ello es preciso aferrarse a la crítica social, antes que proponer salidas utópicas (Kellner, 2017).

Para Fernando Tula Molina y Gustavo Giuliano (2015), la propuesta de Feenberg carece de estrategias que limiten la lógica capitalista, que avanza con sus prácticas de derroche y la cultura de lo descartable, y afirman que es necesario un viraje estratégico más radical que la democratización propugnada por Feenberg; en la misma línea, Serge Latouche piensa que se vuelve necesaria “una revolución cultural que restablezca la política sobre nuevas bases” (Latouche, 2009: 32).[18]

Graeme Kirkpatrick coincide con los autores mencionados en cuanto a la austeridad en la propuesta de limitaciones al código técnico imperante, en contraste con la generosidad con la que confía en que la democratización conducirá a un cambio civilizatorio deseable, como si la mera presencia de más participantes en la toma de decisiones fuera a garantizar su transparencia, su compatibilidad con el medioambiente o su seguridad respecto de daños potenciales (Kirkpatrick, 2017).

En respuesta a este tipo de objeciones, Feenberg intenta contrarrestar la perspectiva distópica y las posiciones pesimistas hacia la transformación democrática con el análisis de casos, tomando las experiencias de los movimientos de pacientes con SIDA, el caso del Minitel/Videotex −que desarrollaremos al final del capítulo o los casos de reapropiación de los dispositivos y sistemas en la cultura japonesa. Todos estos ejemplos cumplen la función de mostrar que, efectivamente, el sistema tecnológico puede ser reapropiado y modificado por los grupos marginados.

Considero, por mi parte, que es necesario especificar qué medidas de limitación del capitalismo podrían acompañar las intervenciones democratizadoras. Si bien los ejemplos que ilustran sus argumentos dan cuenta de la posibilidad de crear innovaciones orientadas por valores humanistas, democráticos y socialistas, no se explica cómo se sostienen y defienden, o cómo podrán multiplicarse hasta constituir un cambio significativo si el sistema técnico, de plano, rechaza cualquier intervención que atente contra su reproducción.

2) Aunque algunos grupos puedan, finalmente, participar en la transformación de los códigos técnicos, no es posible determinar si sus intereses son realmente representativos de los sectores vulnerados o marginados.

Para analizar estas objeciones hay que examinar de qué tipo de democracia está hablando Feenberg, si es directa o representativa. Los defensores de la primera, como Rousseau, afirman que los procesos en los que participa toda la ciudadanía garantizan el cumplimiento efectivo de su voluntad, pero solo son factibles en comunidades pequeñas. Los defensores de la segunda consideran que los representantes garantizan la participación de todos los sectores sociales en las decisiones, sobre todo en sociedades masivas.

Ahora bien,

si la tecnología es política y su diseño un tipo de legislación, entonces seguramente debe representar intereses tal como lo hacen las decisiones y leyes políticas ordinarias. Pero la representación técnica será diferente de los tipos de representación electoral con los que estamos familiarizados en la medida en que el medio tecnológico es diferente del derecho (Feenberg, 1999: 137).

Esto quiere decir que la representación en los sistemas tecnológicos presenta una singularidad que no estaba considerada en las teorías de la democratización.

Por ello, Feenberg no se posiciona en ninguna de las dos, básicamente porque actualmente la cuestión no se reduce a si esa democracia es directa o no. Por la complejidad de los sistemas tecnológicos actuales, las soluciones contemporáneas buscan abandonar los planteamientos dicotómicos para buscar alternativas complejas en las que múltiples capas de formas de representatividad y foros de participación directa se complementen para dar un nuevo marco al sistema político representativo. El objetivo es mostrar, como lo expresa Frank Cunningham, que “los diferentes grados de prácticas directas y representativas deben considerarse complementarias en lugar de alternativas globales exclusivas” (Cunningham, 1987: 47).

Una democratización participativa que tenga en cuenta su encuadre tecnológico tiene que abandonar los viejos parámetros espaciales −de territorios− con los cuales se pensaba la organización política. Hasta ahora las democracias se comprenden como organizaciones políticas dentro de un espacio delimitado o territorio, circunscritas y limitadas a los habitantes de un área geográfica. El espacio era así un factor decisivo al momento de determinar las formas de organización gubernamental o política en general, siendo la medida de la participación y representación política. Ya se trate de una democracia directa basada en relaciones cara a cara, o representativa en la que la autoridad es portavoz de los habitantes de espacios delimitados, en ambos casos había una comprensión de la democracia y la participación de los sujetos ligadas a una organización espacial o geográfica.

Sin embargo, la mediación tecnológica rompe la importancia del espacio geográfico y pone de relieve la cuestión de la democracia (directa o representativa) al tiempo que es un parámetro menos obvio que el espacial. La participación en el caso de la autoridad técnica se define por las instancias temporales en las que los sujetos son afectados por algunos intereses participantes y no por el espacio en el que se encuentran. Para aclarar cómo funcionan los parámetros temporales, tomemos el ejemplo de los pacientes. Un grupo de participación y representación de pacientes en el proceso de toma de decisiones no estará delimitado por un espacio sino por una función y el tiempo en el que dicha función esté operativa. Lo mismo puede pensarse para grupos de participación de ciudadanos.

En el caso de los sistemas tecnológicos podemos hablar de organizaciones en redes técnicas globales o locales. Los sujetos participan en estas redes cotidianamente, pasando de una a otra (como la productiva, la médica, la política, etc.), su participación queda delimitada entonces por el tiempo en que transitan dichas redes. Por esta razón, la participación o la representación en el caso de una democratización tecnológica tiene que estar planteada en otros términos, vinculada a los intereses participantes. La democratización de la tecnología consistiría entonces en la incorporación de los intereses participantes de quienes estén formando parte de las redes sociotécnicas en determinado tiempo.

La pregunta pendiente es si deberían tomarse en cuenta todos los intereses.

¿Cuáles de los intereses participantes deben acomodarse dentro de una tecnología democratizada, o modernidad alternativa? ¿Cuáles tecnologías o aspectos de nuestro entorno construido deberían ser transformados democráticamente? O, aún más importante, ¿de acuerdo con qué criterios de emancipación o bienestar humano? (Doppelt, 2006: 88).

En este sentido, podría complementarse la propuesta política con una orientación ética sobre qué intereses participantes pueden democratizar efectivamente la tecnología y sobre qué aspectos deben efectuarse las transformaciones. Para Doppelt, el aporte ético podría sortear la falta de criterios más generales de la teoría crítica de la tecnología, incorporando una concepción de ideales democráticos (como la igualdad y la justicia), porque de otra manera no se pueden discriminar las intervenciones democratizadoras de las que no lo son (Doppelt, 2006: 87).[19]

En respuesta a estas objeciones, Feenberg señala que no asocia la democracia con tomar buenas decisiones, sino que, en ocasiones, las intervenciones democráticas han tenido consecuencias benéficas que no han sido fáciles de introducir en el sistema técnico. Y respecto a las críticas a su optimismo exagerado responde que

La esperanza que deposito en la democratización también está libre de presupuestos ontológicos. Creo que la tecnología y las instituciones sociales pueden servir a una gama más amplia de intereses donde una gama más amplia de opiniones debe ser tomada en cuenta en el proceso de diseño. Hago notar la calificación: “pueden servir”, no “servirán”. Confío en la idea de que el interés racional propio desempeña un papel significativo, aunque no siempre predominante, en la vida social moderna; no creo que sea una suposición irrazonable (Feenberg, 2017b: 289).

3) La última crítica a la democratización tiene que ver con la interpretación que asume que la actividad política en la esfera técnica representa un obstáculo para la libertad de los expertos, que deberán lidiar con ciudadanos sin cualificaciones técnicas específicas.

Esta crítica tiene que ver con los modos de organización y de gestión que asuman la dimensión cultural del diseño tecnológico, con lo cual pueden delimitarse funciones y roles específicos sin que esto implique una homogeneización y equiparación de las opiniones en los procesos de toma de decisiones. De todas formas, el problema del posicionamiento de los agentes no tiene tanto que ver con qué personas van a ser portavoces de las necesidades de las comunidades o con las estrategias para reunir a la comunidad para debatir proyectos técnicos locales, sino principalmente con que los intereses participantes se materialicen en los códigos técnicos. Si bien es deseable que los ciudadanos participen en las decisiones de su propia comunidad, debatiendo en asambleas, los modelos de participación para Feenberg son los colegios profesionales, basados en la pericia técnica para introducir los intereses participantes en los códigos técnicos.


  1. Feenberg se refiere no solo al marxismo del siglo XIX (Marx, Engels, Plejanov), sino también al de principios del XX (especialmente a Lenin, con su consigna “trenes y electricidad”, o los socialistas franceses y alemanes).
  2. Las relaciones de propiedad, como lo señala ya Rousseau, no son el origen sino el resultado de la fuerza ejercida después de la división del trabajo. Por eso desde Rousseau en adelante la izquierda ve en las leyes la norma del más fuerte.
  3. En este sentido, Feenberg se inscribe en la tradición frankfurtiana que elabora una crítica a la ideología y la alienación, aspectos que los distancian enormemente del estalinismo. De allí que retome las críticas a la racionalidad instrumental, a la unidimensionalidad y la reificación como fuentes insoslayables de su posición política.
  4. Braverman identifica en su obra Trabajo y capital monopólico (1974) las dos críticas y se ocupa de mostrar cómo el sistema capitalista de producción genera una base tecnológica que responde a la lógica verticalista de los procesos de trabajo. En la misma línea que Bell, considera que las preocupaciones de Marx sobre el proceso de trabajo y su dinámica fueron omitidas en la literatura posterior y propone reinstalar la discusión a la sombra de los movimientos de izquierda de los sesenta y los setenta.
  5. Si bien a nivel teórico hay interpretaciones que advierten las cargas valorativas en los procesos técnicos, para Feenberg, en la práctica el modelo soviético utilizó una estrategia instrumental, al exportar tecnología e implantarla como si fuera una herramienta (Feenberg, 2002: 11).
  6. Cuando la poesía gobernó las calles: los eventos del Mayo francés de 1968 fue publicada en 2001. Algunas de las ideas allí presentes ya estaban planteadas en Cuestionar la tecnología, de 1999. La obra aborda el Mayo francés a partir de tres elementos: el primero, una narrativa histórica sobre los acontecimientos de 1968 (sus antecedentes, las revueltas y las movilizaciones obrero-estudiantiles y su declive); el segundo, una serie de documentos panfletarios y artículos cortos que dan cuenta de la perspectiva de los sujetos involucrados en las movilizaciones; y, finalmente, cuatro ensayos de Feenberg en los que trata la lógica de la revuelta estudiantil, la relación entre estudiantes y trabajadores, la crisis ideológica de la clase media y la nueva imagen libertaria del socialismo. Esta obra identifica la singularidad del movimiento por la profusa producción de discursos escritos y orales que acompañaron la lucha obreroestudiantil.
  7. Si bien el movimiento estudiantil logró convocar y reforzar una unión con una enorme masa de trabajadores, no logró establecer la misma identificación de intereses con los partidos de la oposición y las centrales de trabajadores. Feenberg afirma que esta imposibilidad de coordinación entre los movimientos y las estructuras organizativas partidarias condujo a una oposición innecesaria y perjudicial para la fuerza del movimiento obrero estudiantil (Feenberg, 1999 y 2001).
  8. Feenberg destaca en sus escritos que a pesar del programa banal de nacionalizaciones que derivó en un conservadurismo fiscal, detrás de los partidos de izquierda fueron gestándose los movimientos ambientalistas y feministas. Estos movimientos representan el legado de la alianza entre estudiantes y trabajadores, a pesar del fracaso de la revuelta.
  9. Sobre este punto, David Stump señala limitaciones en este giro hermenéutico de Feenberg, porque no considera los matices al interior de los estudios sociales de la tecnología, como la diferencia entre los historiadores de la tecnología y los constructivistas fuertes. Stump cree que Feenberg, en realidad, adhiere a la posición de los historiadores; mientras que los constructivistas fuertes, como Bloor, conciben la tecnología de manera esencialista y serían incompatibles con su versión crítica, porque no examinan sus variaciones o transformaciones históricas sino solo sus interrelaciones recíprocas entre agentes intencionales y no intencionales (Stump, 2006: 7). Como el constructivismo, Feenberg afirma que la tecnología está siempre abierta a la crítica social, pero, según Stump “hay ciertos sistemas tecnológicos que son autónomos y que están tan instalados en nuestra cultura que aparecen en todos lados, pero al mismo tiempo permanecen invisibles, razón por la cual son tan poderosos” (Stump, 2006: 13). Ejemplo de este tipo de sistemas son los eléctricos, los de transporte y de comunicación, que han adquirido un grado de autonomía tal que es difícil pensar cómo se puede efectuar una transformación sobre ellos. Sin embargo, Feenberg prefiere continuar el rumbo antiesencialista que ha trazado desde 1991 y reinterpretar la modernidad sin comprometerse con los postulados de una tecnología autónoma.
  10. En este sentido, Feenberg adhiere a las posiciones de Marcuse y Nishida, quienes critican la forma que asume la racionalidad moderna sin rechazar los avances científicos y tecnológicos alcanzados. Todos ellos entienden que el éxito de la ciencia y los desarrollos tecnológicos modernos no se fundamenta en la pretendida neutralidad axiológica e imparcialidad que refleja al mundo tal como es, sino por su rol especial (aunque no único) en el trato con el mundo. Ese trato con el mundo es la dinámica en la que se produce el diseño, a partir de la abstracción del objeto técnico de su contexto.
  11. Esto es lo que los marxistas llaman también tareas transicionales y generalmente se formulan en las llamadas consignas transicionales. De hecho, Trotsky escribe un Programa de transición (1938), que surge como respuesta a la principal contradicción que se produce en la época de decadencia del capitalismo monopolista entre la madurez de las condiciones objetivas para la transformación socialista de la sociedad y la inmadurez de las condiciones subjetivas, esto es, la ausencia de una dirección marxista del proletariado.
  12. La portada de la obra Entre la razón y la experiencia (2010) muestra la imagen de las máquinas hiladoras operada por una niña. Uno puede advertir en la imagen que la máquina hiladora presenta un primer nivel adaptado a la estatura de la niña, y un segundo nivel acorde con la altura de un adulto.
  13. Si bien pondera positivamente los aportes metodológicos del constructivismo social de la tecnología, la teoría crítica de la tecnología no equipara la acción humana con la agencia de los sistemas o dispositivos técnicos sin distinción de intencionalidad implicada en la tesis de la simetría y la teoría del actor red. En el sistema tecnológico hay una relación de inequidad entre los sujetos que los posiciona como administradores o usuarios. Aunque la acción de los sujetos siempre es interdependiente del resto de los actores sociales y procesos técnicos, el sujeto no puede diluirse en sus roles, sino que conserva una relativa estabilidad que lo distingue del resto de los componentes de la red (Feenberg, 2017). En este sentido, la noción de sujeto o, más precisamente, de agencia política, está construida en el entrecruzamiento de la metodología constructivista con el trasfondo general de la teoría crítica frankfurtiana.
  14. Ver capítulo 6.
  15. Recordemos brevemente que el concepto de intereses participantes se refiere a aquellos compartidos por los sujetos relacionados con impactos personales y efectos secundarios, tanto beneficiosos como perjudiciales en las condiciones de vida, etc. Por ejemplo, un parto humanizado es un interés participante compartido por todas las mujeres gestantes. En la obra de Feenberg, otros actores pueden interesarse por el mismo objetivo o tema, sin embargo, el problema radica en que el proceso de toma de decisiones deje fuera a los principales implicados o afectados por las decisiones efectivamente tomadas (Feenberg, 1995 y 1999).
  16. Para profundizar estos aspectos, se puede consultar la “teoría de los movimientos sociales”. Los autores considerados representativos de las cuatro corrientes principales en los análisis de los movimientos sociales hasta la década de los ochenta son: la perspectiva del “comportamiento colectivo” (Turner y Killian, 1987), la “teoría de la movilización de recursos” (TMR) (McCarthy y Zald, 1977), la perspectiva del “proceso político” (Tilly, 1978 y 1984) y la aproximación de los nuevos movimientos sociales (NMS) (Touraine, 1981 y Melucci, 1989 y 1996). En este caso tomamos los aportes de Diani (1992 y 2015) porque los analiza a la luz de los cambios producidos por las nuevas formas de coordinación mediadas por la tecnología en 2015.
  17. Barber también propone el término democracia “fuerte” para una política participativa, cuya base es la acción comunitaria local. En oposición, la democracia débil es la que se centra en los derechos de los individuos, inhabilitando la participación comunitaria (Barber, 1984). Sclove toma la propuesta de Barber, pero la amplía con la introducción de la tecnología. Es decir, esta participación de la comunidad debe fomentarse no solo en política sino también en el sistema tecnológico, a partir de una reestructuración en su diseño.
  18. Esta crítica se aproxima más a la posición de André Gorz porque Feenberg no explica cómo es posible la transformación sin frenar la lógica voraz del sistema productivo y consumista (Tula Molina, 2017).
  19. Como vimos, esta objeción, ya planteada por Tula Molina y Giuliano (2015), probablemente se debe a la carencia de limitaciones a un sistema que, por su misma lógica, impide el acceso de los intereses participantes.


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