Los casos de análisis que aquí presento se encuentran dispersos en el corpus bibliográfico seleccionado para esta sistematización del pensamiento de Feenberg. La intención aquí es mostrar cómo opera la red conceptual para el abordaje crítico de prácticas tecnológicas concretas, considerando cinco casos paradigmáticos de prácticas sociales mediadas por el sistema tecnológico tomados de las esferas de las comunicaciones, la medicina, la educación, internet y el medioambiente.
La experiencia francesa de Videotex
Uno de los sistemas de comunicaciones que emplea Feenberg es el del Videotex, un tipo de tecnología para comunicaciones mediadas por computadoras (CMC) que consiste en un banco de datos online que permite no solo almacenar datos sino también enviar mails, chatear y clasificar anuncios. Este sistema tecnológico surge en los setenta y uno pensaría que, por el auge actual de las CMC, una innovación como esta hubiera tenido rápida y masiva aceptación entre los ciudadanos de cualquier país.
Sin embargo, Videotex tuvo intentos de implementación en Gran Bretaña y en Estados Unidos que fueron completamente fallidos, con bajos porcentajes de clientes en comparación con Francia, que logró la difusión y utilización masiva del sistema de comunicación. Particularmente, en Francia, el sistema no tenía ninguna diferencia o especificación técnica particular, y aun así fue interpretado y reapropiado simbólicamente por las prácticas sociales que le daban sentido. La hipótesis de Feenberg es que, en el caso francés, hubo tres factores que contribuyeron a su aceptación masiva: una política estatal de modernización, voluntad burocrática de servicio público nacional y una cultura política de oposición fuerte (Feenberg, 1995: 146 y 2010: 85).
Así pues, la introducción de Videotex fue facilitada por la política del momento, que buscaba la modernización del país, en competencia con otras naciones como Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos. En su reporte Simon Nora y Alain Minc definían las metas y objetivos de esta política de modernización llamando a una “ofensiva telemática”. Entendían que la fusión de las comunicaciones y la computación era una revolución que pronto cambiaría la dinámica de las sociedades y que, por tanto, era preciso armarse para estar a la altura del desafío. El informe muestra que el asunto no era percibido como económico sino más bien político (Nora y Minc, 1978).
En segundo lugar, la empresa Teletel, encargada de proveer del sistema a toda la nación, también concebía su función en términos políticos y no en cuestiones de rédito económico, a diferencia de la propuesta en Estados Unidos. La burocracia pública en Francia tiene otra valoración que la norteamericana: todavía mantiene credibilidad en su misión de servir a la “República” y, en este sentido, tiene la obligación de velar por el interés público de la nación más que por el de un sector de empresarios. Así, la empresa de comunicaciones francesa distribuyó gratuitamente millones de Minitel, dispositivos empleados para acceder a Videotex y, con ello, garantizó la implementación masiva de la innovación. Los empresarios aceptaron esta solución porque la distribución de estos dispositivos abriría la puerta para nuevos negocios telemáticos a grandes escalas.
Ahora bien, el tercer factor se vincula con el hecho de que el gobierno que emprendió esta campaña de modernización era conservador y estaba generando los canales para una difusión masiva de información. Numerosas voces de la oposición comenzaron a cuestionar el control estatal de Videotex. Con la llegada del gobierno socialista en 1981 y con la eliminación de las restricciones para poder publicar información en el sistema en 1986, Videotex se abrió a la participación de los usuarios y comenzó a funcionar como un espacio desorganizado de experimentación, de oferta de toda clase de servicios online, sin regulaciones estatales.
Uno de los efectos que tuvo esta apertura de Videotex fue que, en 1982, el servicio fue hackeado para proveer de un sistema de comunicación a través de chat, que pronto fue incorporado como un servicio por la masiva aceptación entre los usuarios. Numerosos programas de chateo comenzaron a ofrecerse en el sistema, plan que no estaba contemplado en el diseño original de Teletel. Esta modificación del sistema cambió profundamente la función inicial con la que se había difundido Videotex, orientada hacia la difusión de información, y se transformó en un sistema de comunicaciones a una escala impensada. Este ejemplo le permite a Feenberg ilustrar la apertura del código técnico a la concretización de nuevos intereses participantes que no estaban contemplados originalmente en el diseño.
Ahora bien, Feenberg describe este sistema a través de los siguientes principios básicos:
- Escala: este sistema logró la implementación masiva por tratarse de un proyecto estatal, que abrió el espacio para todo un mercado de servicios inexistente. Esta enorme inversión no podría ser efectuada por pequeñas empresas que no disponen de un mercado previo.
- Gratuidad: la distribución gratuita de las terminales fue un factor determinante para la masividad de la experiencia. El diseño del dispositivo terminal también estuvo influenciado por esta condición, por ello el Minitel era sencillo, de larga duración, pero con base estable y ampliamente distribuida para la oferta de servicios.
- Estandarización: al estar planificada y diseñada desde el aparato estatal, esta experiencia pudo lograr un alto grado de estandarización de los dispositivos y servicios a un mismo precio.
- Liberalismo: aunque originalmente estaba destinado a ser una red de difusión e intercambio de información, Videotex abrió la puerta para nuevas aplicaciones inesperadas para sus diseñadores.
- Identidad: la carga simbólica que detentó el proyecto fue crucial para su aceptación, puesto que no se trataba solo de un nuevo mercado o un nuevo modo de recepción de información añadido a los usuales, era un paso más en la modernización del país. (Feenberg, 1995 y 2010).
El análisis desde los aportes de su constructivismo crítico en este caso nos muestra que
Primero, el diseño de un sistema como Teletel no está determinado por un criterio universal de eficiencia, sino por un proceso social que juzga las alternativas técnicas según una variedad de criterios.
Segundo, ese proceso social no se trata de la aplicación de una tecnología de videotex predefinida, sino que se refiere a la definición misma de videotex y a la naturaleza de los problemas a los que se dirige.
Tercero, las definiciones en competencia reflejan visiones sociales de la sociedad moderna en conflicto concretadas en diferentes elecciones técnicas.
Cuarto, surgen nuevos grupos y categorías sociales en torno a la apropiación de nuevas tecnologías o a la resistencia a sus impactos, que llevan a cambios en el diseño (Feenberg, 2010: 94).
En resumen, el caso de Videotex ilustra la ambivalencia del sistema tecnológico de comunicaciones, que admite la posibilidad de una reapropiación por parte de los sujetos y la redefinición de las funciones originalmente pensadas en el diseño. También muestra que las condiciones de su aplicación dependen fuertemente de las prácticas sociopolíticas del contexto que favorecieron su rápida difusión y masividad, aunque no sin discusión por parte de los opositores que, a su vez, ampliaron y cambiaron su uso porque lograron desregularlo.
Casos de transformación de las prácticas médicas en pacientes con HIV
Entre los casos que aparecen reiteradamente a lo largo de la obra de Feenberg están los pacientes que se apropiaron de los tratamientos y protocolos de atención, y los de los movimientos feministas para la creación de leyes y reglamentos de parto humanizado. Entre ellos, al que presta mayor atención, por su implicancia en el diseño de los tratamientos, es el de los pacientes con HIV.
La puja de los movimientos de pacientes con HIV, especialmente en la década de 1980, para participar activamente en la experimentación de nuevas drogas para su tratamiento, forzó a la práctica médica a revisar, por un lado, el lugar de los pacientes en su relación con los profesionales, hasta ese entonces marcada por el paternalismo autoritario; y, por otro lado, el rol de la medicina en la investigación experimental, que había demostrado ser débil e insuficiente (Feenberg, 1995 y 1999).
A pesar de las duras restricciones impuestas después de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial a la experimentación clínica, reguladas por la Asociación de Alimentación y Drogas (AAD) en 1966 para proteger a los sujetos e imponer límites éticos a las violaciones de derechos de pacientes y prisioneros, los movimientos de pacientes con HIV, en los ochenta, reabrieron la discusión sobre esos límites. Organizados en redes de colaboración, comenzaron a participar de experimentos con drogas nuevas de manera paralela al sistema médico, que no generaba espacios de participación o investigación a la altura de las demandas. La presión política entre los años 1987 y 1989 llevó incluso a la AAD a levantar las prohibiciones y legitimar tratamientos farmacológicos experimentales. Estas medidas no abrieron el espacio para nuevas prácticas médicas, sino que legitimaron las que ya se estaban efectuando en las redes de colaboración de los activistas de forma clandestina.
El modo en que tuvieron que abrir el código técnico profesional refleja la reticencia de los sistemas a desplegar sus posibilidades democráticas. Fueron los pacientes organizados en asociaciones quienes insistieron tácticamente en el reconocimiento de sus intereses participantes. Así, más que un problema de regulación, estos movimientos replantearon la función de los pacientes en sus propios tratamientos, la inclusión de sus intereses y demandas en los diseños de los protocolos de investigación y cuidados. Esta experiencia obligó a los profesionales de la medicina a revisar sus funciones de cuidado, que se suelen orientar a la cura, especialmente porque en este caso no había posibilidad aún de remisión de la enfermedad. El modelo organicista basado en la cura y el paternalismo médico no podían responder a las demandas de los grupos organizados. Por otra parte, también replantearon el “rol del enfermo”, que era aislado de los otros enfermos, solo se comunicaba con su círculo personal y los médicos, para evitar la solidaridad y colaboración entre pacientes (Parsons 1964: 477).
En este ejemplo, Feenberg muestra cómo la agencia de los pacientes se fue reconstruyendo políticamente gracias a la organización colaborativa, que amplió el margen de maniobra disponible. El código técnico imperante, por el contrario, intenta preservar la jerarquía existente evitando, mediante los protocolos, que los sujetos se reconozcan o tomen conciencia de sus identidades e intereses, sus problemas y necesidades comunes, aislándolos unos de otros.
Así pues, los pacientes cuestionaron el aislamiento al que eran sometidos durante las etapas de investigación y tratamiento. La crisis que produjeron en el modelo permitió un cambio en los códigos técnicos de los tratamientos y exámenes de pacientes con enfermedades que exigían cuidados paliativos. Posteriormente, tuvo también efectos en la introducción de protocolos para la atención de pacientes en dos aspectos importantes: eliminar la presión de su participación en experimentos clínicos y asegurar la comprensión adecuada de la información a través de actividades formativas en reuniones para educar sobre la enfermedad, su rol en la investigación y las opciones experimentales (Feenberg, 1995: 118).
Educación online
Otro de los casos de análisis más interesantes es la experiencia de educación a distancia de la que Feenberg formó parte en Estados Unidos, trabajando en el diseño de un programa de formación online. De su reflexión sobre las características de este tipo de proyectos y los objetivos que persiguen los desarrollos tecnológicos en educación, surge la cuestión sobre qué modelo de educación adoptan las tecnologías educativas: el de la fábrica o el de la ciudad.
Señala que los modelos educativos están ligados, en el capitalismo, a las demandas del mercado laboral y a la división del trabajo que impone. Como vimos, uno de los rasgos del sistema productivo dominante es la descalificación de la mano de obra y, por tanto, el nivel cultural pretendido es bajo. Esto va acompañado, al mismo tiempo, de la necesidad de exportar tecnología a países subdesarrollados, razón por la cual, junto a la descalificación de la mano de obra asalariada, aparecen polos de monopolización del conocimiento y de experticia técnica profesional, como por ejemplo Sillicon Valley.
Hay quienes perciben en la educación online una salida a dicha concentración del conocimiento y a la falta de acceso a una educación superior de calidad a través de los cursos que pueden ser tomados en cualquier espacio y tiempo. Incluso las instituciones la perciben como una buena alternativa porque reduce los costos de instalaciones, personal docente, material, mantenimiento, entre otros. Incluso internet ha colaborado en esta estrategia tecnológica con aplicaciones gráficas y de diseño cada vez más complejas, como los programas de preguntas frecuentes y a los expertos (Feenberg, 2002); aún más, muchos de estos programas han intentado reemplazar la figura del docente con el diseño y desarrollo de herramientas y dispositivos cada vez más sofisticados.
Sin embargo, Feenberg señala que la discusión sobre el diseño de programas educativos online es más amplia que la mirada técnica. En primer lugar, destaca que “el ambiente online es esencialmente un mundo escrito” (Feenberg, 1989) y por ello “las redes electrónicas pueden ser apropiadas por las instituciones educativas” (Feenberg, 2002: 125). Pero no pueden ser “máquinas de enseñar automáticas o copias pobres de la clase cara a cara”, y esto es así porque lo esencial de la relación pedagógica no es la interacción con el texto, sino el vínculo dialógico con el otro, y por ello no debe confundirse el medio básico (en este caso internet) con la mejora o las prácticas pedagógicas que deben efectuarse sobre él. De hecho, muchos proyectos caen en este absurdo de reemplazar el medio por el profesor, que es equivalente a sustituir en la clase tradicional al docente por el pizarrón, el laboratorio o los textos.
Como ejemplo de una educación online que efectúa innovaciones tecnológicas sin quitar centralidad a la figura del educador, Feenberg comenta la experiencia llevada a cabo en 1981 con el equipo de diseño de la Escuela de Administración y Estudios Estratégicos del Instituto Occidental de Ciencias Conductuales de la Jolla, en California. Su meta era “permitir a ejecutivos ocupados participar en una experiencia educativa humanística a pesar de las demandas del trabajo que les imposibilitaba asistir a clases universitarias regularmente” (Feenberg, 2002: 125). Con este objetivo y en medio de un clima de rechazo a la educación por correspondencia que ya había dado sobradas muestras de infertilidad, el equipo de capacitación decidió generar un modelo a través de redes de computadoras, método todavía experimental disponible en algunas compañías y universidades que utilizaban un sistema de intercambio de información electrónica (SIIE).
Feenberg narra las dificultades técnicas: las conexiones eran complejas y requerían de largas instrucciones, los equipos eran muy básicos y costosos, la única mediación electrónica disponible no era sincrónica, por lo cual solo podían apoyarse en conferencias y efectuar pequeños intercambios grupales en privado, los capacitadores no tenían experiencia en este tipo de cursos online. Después de varios intentos y ensayos, el equipo concluyó que la conferencia no era apropiada para la formación que pretendían, de manera que priorizó el debate y el diálogo como estrategias pedagógicas centrales. Esto implicó que los grupos no excedieran el cupo de 20 personas, lo cual habilitaba a los docentes a reproducir los intercambios áulicos en el espacio virtual.
Esta experiencia refleja no el modelo de la fábrica sino el de la ciudad, centrado en el desarrollo y formación de capacidades que van más allá de su funcionalidad para el mercado y el trabajo. Para este modelo es central la figura del docente, que se desempeña en este nuevo medio (internet) como en un ambiente pleno de potencialidades aún no desarrolladas. La creatividad, las cualidades profesionales y la capacidad de inventiva son aspectos claves para el diseño de los cursos y su dinámica que ninguna conferencia reproducida una y otra vez puede reemplazar. La evolución del diseño de este curso online refleja las diversas maneras en que un equipo pone en juego las etapas del proceso de instrumentalización secundaria o cultural, para integrar las funciones técnicas con las estéticas y creativas.
Internet
A diferencia de los anteriores casos analizados, el abordaje de internet no es empírico sino más bien una hermenéutica crítica de los sentidos atribuidos a las interacciones en las redes sociales y páginas web y de las consecuencias prácticas a las que conducen estas perspectivas. Por ello enfoca, en primer lugar, las analogías e interpretaciones previas construidas sobre el sistema tecnológico, y responde a ellas.
Las críticas que comienzan a prevalecer sobre internet, cargadas de connotaciones negativas o distópicas, están moldeadas, para Feenberg, por la experiencia previa de la televisión, de la que se esperaba que trajera numerosos efectos culturales democratizadores pero su empleo monopólico y comercial terminó desilusionando los proyectos optimistas de transformación cultural (Feenberg, 2002).
Así, por ejemplo, Christian Fuchs relaciona la producción de contenidos en los sitios web y las comunicaciones en las redes sociales con el trabajo y la mercantilización, y afirma que los sujetos producen contenidos en internet de manera gratuita y son explotados por los grupos capitalistas que emplean tales intercambios para vender publicidad o información de los usuarios. El trabajo inmaterial de millones de usuarios se torna una mercancía con un rango infinito de explotación. Por eso para Fuchs, internet “no significa una democratización de los medios hacia un sistema participativo o democrático, sino la mercantilización total de la creatividad humana” (Fuchs, 2010: 192). Así, la analogía entre el trabajo y la producción de contenidos web resulta una visión distópica de internet, porque afirma que, lejos de generar un proceso de democratización, como se esperaba en sus albores, conduce a la explotación total de la capacidad humana.
Según Feenberg, Fuchs exagera la comparación, en primer lugar, porque si bien las corporaciones explotan estos espacios para su propia ganancia, no es lo único que sucede ni lo más importante en las redes o comunicaciones mediadas por internet:
A diferencia de la tierra despejada y cercada para criar ovejas, o el trabajo despojado de habilidades, las comunicaciones en línea siguen siendo esencialmente lo que eran incluso después de su mercantilización. Por supuesto, el contenido está determinado hasta cierto punto por el diseño de la interfaz y se realiza mediante procedimientos como la extracción de datos, pero el flujo de datos original no se altera mucho en el proceso (Feenberg, 2017: 92).
En segundo lugar, a diferencia de la fragmentación y abstracción que sufre el trabajo en la lógica productiva capitalista, la producción de contenidos en redes o en páginas web no pierde su carácter artesanal, personal y creativo, que queda librado a una relativa libertad del usuario, ausente completamente en el trabajo productivo del obrero.
Para Feenberg, los intercambios efectuados en internet son comparables a las comunicaciones telefónicas: las empresas miden el tiempo, cobran la duración de las llamadas, estructuran y gestionan las interfaces; pero los dueños de las empresas no se apropian ni controlan el contenido de esos intercambios; también son análogos a las veredas: en ellas, los empresarios tienen oportunidad de vender sus productos y desarrollar toda clase de estrategia comercial, sin embargo, no dejan de constituir por ello un espacio público de intercambio y “tránsito” de los usuarios, en el que ocurre todo tipo de intercambio (no solo ni exclusivamente comercial) (Feenberg, 2017).
Por otra parte, según Jodi Dean, el enorme flujo de las contribuciones inútiles en línea ha derribado la ilusión optimista del potencial de la acción de abajo hacia arriba que emanciparía a los sujetos de la alienación y la dominación capitalista (Dean, 2005, 2010). Para la autora, los usuarios enredados en las comunicaciones online abandonan o relegan su compromiso político a las peticiones en línea o a la expresión de sus opiniones, lo que genera una ilusión de praxis política.
Feenberg contraargumenta que Dean confunde el análisis de las redes sociales con todos los contenidos de internet en los que se pueden encontrar discusiones serias y políticamente significativas. Además, cuestiona la presunción de que los usuarios identifican sus comunicaciones en las redes con las acciones políticas:
¿Dónde está la evidencia de que las personas que firman peticiones por internet habrían salido a las calles en ausencia de una coartada fácil para quedarse en casa? No estoy convencido, tanto por el contraste inadecuado de la comunicación en línea con la acción “real” como por la noción de que alguien sea realmente lo suficientemente tonto como para confundir los dos (Feenberg, 2017: 96).
Para Feenberg, en realidad internet no despolitiza a los sujetos sino que reduce el valor testimonial de su libre expresión. Los sentidos negativos atribuidos a las comunicaciones en internet olvidan ponderar la tecnología que implican, y que su examen social debe complementarse con el estudio de su dimensión técnica. Como tal, internet se realiza técnicamente a través de capas de funciones y significados que se superponen y que encarnan diversos intereses y demandas, por ello
Los intereses conflictivos pueden encontrar su modus vivendi o reconciliarse al final a través de innovaciones concretizadoras. Por lo tanto, los diseños a menudo se componen de múltiples capas de funcionalidad que representan a varios actores relevantes en lugar de formar un todo inequívoco y estrechamente unificado con un solo propósito (Feenberg, 2017: 100).
Por tanto, un análisis crítico fértil de la tecnología de internet debe identificar esas capas y remitirlas, al menos, a dos actores posibles: los empresarios que intentan vender y transformar internet en una industria del entretenimiento y los usuarios que intentan participar de la vida social. Los primeros imponen un modelo de consumo, mientras que los segundos persiguen un modelo comunitario. La contienda entre ambos modelos va definiendo especificaciones técnicas y todavía no hay una clara imposición de alguno de ellos. De modo que, para Feenberg, el resultado de estas múltiples capas de funcionalidad todavía está en lucha, y argumenta que la ambigüedad del sistema tecnológico está en diversas funciones que pueden y son empleadas por ambos modelos:
- Estructura no jerárquica: los protocolos de internet no están centralizados, lo cual hace difícil hablar de un monopolio o dominio sobre ellos; esto no quiere decir que las interacciones se efectúen en condición de igualdad, pero dificultan el control centralizado y la influencia directa y hegemónica sobre los sujetos. Sin embargo, las industrias de entretenimiento y las grandes empresas demandan cada vez más restricciones para proteger la propiedad intelectual de sus productos y aumentar la banda ancha para la venta de servicios a costa de avanzar sobre las comunicaciones y usos personales y públicos.
- Anonimato: este rasgo puede ser aprovechado por cualquiera de los modelos, por ejemplo, para favorecer la actividad comercial (en el caso de pornografía paga) o para expresar libremente opiniones políticas especialmente en las comunidades sometidas a regímenes dictatoriales. De modo que tanto las empresas como los activistas pueden todavía disputar el terreno de las funcionalidades del sistema. Los interesados en romper el velo del anonimato son los Estados, preocupados en el discurso por la lucha contra el terrorismo. Según cómo se resuelva esta contienda, permanecerá o no la configuración democrática del sistema.
- Radiodifusión: el nivel de difusión de información habilitado por internet representa un beneficio tanto para quienes buscan extender el mercado como para quienes desean una amplia recepción de sus plataformas o ideas políticas.
- Almacenamiento de datos: este aspecto también revela el enorme comercio que se ha desarrollado durante estos últimos años con los datos de los usuarios, que ha abierto incluso espacios para vendedores y compradores de información personal. Sin embargo, el almacenamiento de datos es una gran ventaja para la conservación de información comunitaria, en la medida en que sean protegidos sus derechos de privacidad. Esta disputa se dirime entre modelos de redes propietarias o comunitarias.
- Comunicación masiva: la posibilidad de comunicar a muchas personas simultáneamente, de que todos tengan acceso a un archivo compartido favorece tanto fines comerciales como comunitarios. Algunos consideran que este rasgo garantiza la democratización por sí solo, otros exageran su fracaso. Para Feenberg todavía es un terreno ambiguo y en lucha (Feenberg, 2017: 101 y ss.).
En síntesis, como espacio público, internet todavía es un terreno de disputa política y aún es temprano para diagnosticar su condena. A diferencia de la televisión, internet es la primera forma de mediación técnica que permite la interconexión de grupos y, como tal, es una tecnología reciente (Feenberg, 2012). Todavía posee numerosas potencialidades que no han sufrido el proceso de “cierre” de sus significados en un código técnico dominante. De allí la importancia doblemente crucial para abrir y desarrollar las potencialidades democratizadoras que busquen ampliar el modelo comunitario.
Movimientos ambientalistas
Acerca de los movimientos ambientalistas, el tipo de metodología de análisis es similar al de internet. Examina las posiciones teóricas sobre las causas y soluciones de las problemáticas medioambientales y define su propia posición al respecto.
Para el examen, parte de las discusiones entre Paul Ehrlich y Barry Commoner en 1970. El primero sostenía que el control poblacional era un elemento clave en las cuestiones ambientales, así abogó por medidas polémicas, tales como el control de la natalidad o la oposición al ingreso de inmigrantes. El segundo representa el giro socialista sobre los problemas medioambientales y hace hincapié en la transformación técnica para la resolución de los conflictos. Esta disputa teórica se trasladó a la práctica en dos diferentes posicionamientos retóricos y estratégicos, los primeros buscaban medidas para el fin del crecimiento poblacional e industrial, los segundos abogaban por alianzas rojas y verdes para transformar la industria (Feenberg, 1999).
Mediante esta discusión, Feenberg muestra dos concepciones diferentes sobre la tecnología y sus consecuentes respuestas a la crisis medioambiental. Así, Ehrlich sostiene la tesis del determinismo tecnológico, y su respuesta al problema de la polución es limitar el crecimiento demográfico, ya sea por restricciones voluntarias o medidas coercitivas extremas por parte del Estado (como en China). En su obra más importante, Ehrlich señala que
… sólo hay dos tipos de soluciones para el problema de la población. La primera es la “solución de tasa de natalidad”, en la que encontramos formas de reducir la tasa de natalidad. La otra es una “solución de la tasa de muerte”, en la que los medios para aumentar la tasa de muerte (guerra, hambre, pestilencia) nos encuentran (Ehrlich, 1968: 34).
Ahora bien, el proyecto de Erlich tuvo un fuerte rechazo de las minorías, especialmente de la población negra de Estados Unidos, que la vio como un intento velado de ataque racista, basado en un control feroz de la reproducción y natalidad de los negros y pobres. Por ejemplo, una de las soluciones era el pago de un impuesto por hijo, lo cual, evidentemente, posicionaba inequitativamente a pobres y ricos. Por otra parte, la propaganda con la cual se promocionaba la salida de Ehrlich estaba plagada de referencias y prejuicios acerca de la población negra −chivo expiatorio de los problemas urbanos como la delincuencia y las drogas−. Por ejemplo, uno de los avisos para control de natalidad decía:
Los barrios marginales de nuestra ciudad están llenos de jóvenes, miles de ellos ociosos, víctimas del descontento y la adicción a las drogas. Y millones más se derramarán en las calles en los próximos años al ritmo actual de procreación. Saldrás a la noche a tu propio riesgo. El año pasado, uno de cada cuatrocientos estadounidenses fue asesinado, violado o robado. El control de la natalidad es una respuesta (Commoner, 1971: 232).
En 1972 el Club de Roma, siguiendo la línea neomalthusiana de Ehrlich, publicó Los límites del crecimiento, según el cual “el modo básico del sistema mundial es el crecimiento exponencial de la población y el capital, seguido por el colapso” (Meadows et al., 1972: 142).
La relación causal establecida entre el crecimiento poblacional y la crisis ecológica está basada en el determinismo tecnológico capitalista, porque la salida al problema ambiental es el ajuste y el control de la natalidad y la reproducción humana, no la transformación del sistema productivo; la preservación del sistema productivo representa la preservación del sistema capitalista.
En oposición, Commoner afirmó que los problemas ambientales no son efecto de la sobrepoblación sino del capitalismo y del colonialismo. Sus estudios mostraban el aumento de los impactos negativos ligados al incremento de tecnologías altamente contaminantes que habían reemplazado a los procesos tradicionales, menos dañinos para el ambiente. Por lo que propuso transformar la tecnología moderna “para satisfacer las demandas ineludibles del ecosistema” (1971: 282). Señaló que los problemas generados por la sobrepoblación podían ser resueltos sin apelar a restricciones moralmente cuestionables y políticamente autoritarias, mediante estrategias técnicas implementadas en el sistema productivo. Por ejemplo, el mismo efecto esperado de reducción de la mitad de la población podía lograrse con la reducción de la cantidad de vehículos con emisiones contaminantes a través de una política de Estado de revisión del sistema de transporte público.
Para Commoner, los trabajadores son los que pueden llevar adelante las demandas ambientalistas para transformar el sistema porque son los más expuestos a las consecuencias negativas de la contaminación tanto en las fábricas como en la ciudad. Estaba convencido de que, con información y argumentación científicas, serían ellos quienes levantarían el estandarte de la lucha ambientalista. Sin embargo, como señala Feenberg, la teoría de la lucha de clases de Commoner no fue acompañada de una teoría de la conciencia de clase, porque, además de la información científica, es preciso generar la preocupación política y cultural por el medioambiente para lograr una apropiación efectiva de la lucha contra la explotación destructiva de la naturaleza (Feenberg, 1999: 64 y ss.).
La discusión entre las dos posiciones comentadas muestra que, en palabras de Feenberg:
El movimiento ambiental debe elegir entre una política represiva de control creciente sobre el individuo o una política democrática de control sobre los procesos sociales de producción (y, agregaríamos, cultura). En la condición anterior, el sistema de producción existente puede preservarse junto con todas las injusticias asociadas a él, durante un período prolongado a pesar de la crisis ambiental. En la última condición, este sistema de producción debe cambiarse radicalmente a través del desarrollo de nuevas formas de control social (Feenberg, 1999: 69).
También en este caso, Feenberg insiste en la ambivalencia tecnológica y la potencialidad de la democratización de la tecnología, mostrando que los rasgos históricos que adquiera dependen del código técnico o de diseño que oriente la búsqueda de soluciones, y esa orientación está dada, en el caso del ambientalismo, por dos modelos civilizatorios opuestos que defienden soluciones técnicas diferentes.









